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viernes, 16 de agosto de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 50: LAS MIL Y UNA NOCHES (3)

CRÓNICAS DE LECTURAS – 50
Las Mil y Una Noches (3)

I
La lengua árabe

La lengua árabe en la que se escribieron el Corán, las Mil y Una Noches y otras muchas obras es muy diferente de las romances, las germánicas y las eslavas, y posee por su cuenta algunas espeluznantes particularidades. Su disposición gráfica, vale decir lo que se ve en un texto árabe clásico nos recuerda las Biblias y otros Libros Incunables editados por Gutenberg y otros viejos editores antes de que se inventaran los signos de puntuación y otros medios de organizar las ideas, que según parece esto de los Organizadores de Ideas actuales no son más que la última expresión de una antigua y gloriosa tradición. Medio milenio de Imprenta nos acostumbró a la evolución de una tipografía que dispone hoy de divisiones por párrafos y acápites, de mayúsculas y signos de puntuación, de vocales fonéticas y otros signos auxiliares. Ni el uso de la arroba (@ - originalmente medida de peso para 100 kilos) ni el de los emoticones son precisamente novedad desde el punto de vista de la tipografía. Las delicadezas tipográfícas fueron extrañas al árabe y al hebreo, su resucitada lengua prima hermana. Ahora bien, para lo que sirve esta parafernalia de imprenta es para precisar y agudizar la comprensión lectora como una respuesta a la complicación en la decodificación. Si en las lenguas de alfabeto fonético de tipo latino o cirílico la Decodificación y la Comprensión pueden más o menos separarse como procesos, parece que aprender a leer en árabe o en hebreo implica que el proceso bicorne de DECODIFICAR / COMPRENDER hay que dominarlo a la vez. Pareciera que los alfabetos latino y cirílico pusieran muletas en las entendederas para lograr la abstrusa habilidad de leer, que no otra cosa son esas constantes anáforas y vueltas que otorgan a lo escrito en latino y cirílico un sentido que el lector árabe en árabe y el lector hebreo en hebreo no necesitaban para captar el sentido de lo escrito. Para ellos desde el mismo principio de su aprendizaje hay que pasar por la comprensión del entorno cultural metido en la escritura, y ello nos explica por qué para ingresar a la Universidad de El Cairo durante el período más brillante de la cultura árabe el único “pre-requisito” (qué palabra más horrible) era recitar el Qumrán completo, de memoria y sin errores. Se me ocurre que algo así debe pasar también con el coreano, el japonés y el chino mandarín en sus modernas versiones fonéticas.

Que este tema tiene su importancia se ve en lo que le ocurrió al pobre San Jerónimo, traductor de la famosa Vulgata Latina, y a los primeros equipos de Traductores de las Escuelas de Palermo y Bolonia cuando se les encargaba diversas partes de la Biblia y enfrentaron textos en hebreo. Motivados estaban, considerando que de su chamba dependería el texto sagrado de toda la Cristiandad por los siglos de los siglos: Estos no cantados héroes se enfrentaron cuál Roldanes y Oliveros de Cantar de Gesta a textos hebreos sin mayúsculas, ni signos de puntuación, ni vocales, párrafos ni otros apoyos a la interpretación, y se vieron obligados a ir al combate inventando sobre la marcha UNIDADES DE SENTIDO por su cuenta y riesgo: Los versículos y capítulos de la Biblia fueron el resultado, que por cierto nos complicaron la existencia a nosotros lectores al darle a las Sagradas Escrituras sentidos que de seguro no poseían en el principio. Y así se nos hace penoso recordar los motivos por las que las diferentes sectas se han asesinado y quemado entre sí, todo por el sentido de una u otra palabra o frase que nadie miró en el original hebreo, donde el problema de repente nunca fue tal a los ojos y entendederas de los dichos. Por otra parte, como en el japonés, el sánscrito y el llamado quechua imperial, hay formas cultas del árabe que no son para ser habladas sino solamente escritas. En árabe y hebreo las vocales se marcan solamente si son verdaderamente necesarias, es decir si hay riesgo concreto de confusión. En estas lenguas “lo que no se dice” tiene tanto o más peso que “lo que se dice”, lo que nos trae a las mientes ciertos pasajes del Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein acerca de lo inefable, de lo que no se puede hablar como centro atractor de lo que se habla. El contenido entre líneas está así casi manifiesto para los lectores árabes y judíos, Cuando Sir Richard Burton enfrentó esto por primera vez, trató de presentárselo a occidente de manera que los occidentales entendieran cómo funcionaba la lengua árabe, y por eso renunció a los párrafos y separaciones y tradujo, por decir así, “de corrido”, repitiendo la disposición gráfica de las letras tal como las encontró. No pudo ir tan lejos como hubiera querido, los editores de seguro no lo dejaron: Mantuvo algunos signos de puntuación y las vocales, y así aunque como edición no fue precisamente un éxito editorial, es de consulta obligada para los especialistas.     

II
Continúan las Historias, y el rol de Dunyasad

Hemos visto ya la intención apologética del Islam, siempre presente en las historias narradas por la encantadora Shahrasad. Como la Biblia, las Mil y Una Noches a veces es tolerante de otros cultos, pero siempre subsumiendo su eventual verdad dentro de la propia, como suelen hacer todas las religiones, las que aunque juzgan justos a los justos de otras religiones, los consideran “en ruta” hacia la verdad que ellos representan más fielmente que los otros. No es muy diferente esta ruta al camino de la vida que propone el Dante al principio de la Divina Comedia. Pero en demasiadas ocasiones las religiones son xenófobas e intolerantes y caricaturizan a las gentes de las otras, en esto las Mil y Una Noches no son la excepción: como en la historia de Mesrur el mercader, y su amada Sinu-L-Mauazif  (Noches 465 a 477) que deja a judíos y cristianos como gente de cuestionable e indigna conducta, en especial cuando tratan de convertir a los Verdaderosa Creyentes a su religión. La historia de Alí Nuru-D-Din y Maryem, la cinturonera (Noches 477 a 492) introduce en las relaciones interreligiosas el elemento político de la “paz armada” propia del segundo siglo de la Hechra, y el rey de Ifrancha al que se alude es sin duda Carlomagno. El nombre Maryem es árabe por María, y su apellido-adjetivo “cinturonera” (as-sonariya) un apodo que los musulmanes le encajaban a los cristianos peregrinos y a los judíos, que usaban el cinturón como parte de su indumentaria. Enredada por supuesto en la clásica historia de amor, probablemente sea una de las que más poesías contiene, particularmente en esa variedad de requiebro que los latinos de América parecemos haber heredado, y también se lee acá un verso que contradice la común creencia en la prohibición muslime a rajatabla del alcohol y que más bien nos sugiere a Omar Khayyam: Bebamos, que Alá clemente / perdona a los pecadores / y en el vino medicina / encuentro yo a mis dolores / y dizque tampoco peco, / al beber, ya que Alá dijo: / - Para el hombre, en la bebida, / se encuentra algún beneficio. Luego, como es común, vienen historias puntuales, destinadas a reforzar ciertos puntos o a relajar la tensión narrativa, incluyendo cortas fábulas como la del cuervo y la culebra (noche 495) o la de la araña y el viento (Noches 497 y 498). Una historia que sigue la misma estructura de la de As-Simbad es la de Abdu-L-Lah, el de tierra, y Abdu-L-Lah, el de Mar (Noches 509 a 511), contada antes de volver a las clásicas historias de amor y más apariciones del Califa Harunu-R-Raschid.  

El tema del Buen Amor aparece en la historia de Kamaru-S-Semán y su amada (Noches 516 a 523), que como el Kamasutra, el Ananga Ranga, el Arte de Amar, el Libro de Buen Amor, el Decamerón  y muchos otros circula entre los polos opuestos y complementarios del erotismo terrenal y el amor sublimado, donde ambos son más o menos la misma cosa vista desde diferentes ángulos. El tema familiar vuelve en la historia de Abdul-L-Lah-Ben-Fazil, Amel de Bazra, y sus dos hermanos (Noches 523 a 528). Entre las noches 528 a 533 aparece un tema nuevo en la historia de Mârufu-L-Askafi y su mujer: Las desventuras conyugales del hombre tranquilo que debe soportar a una mujer insoportable hasta que ya no la soporta, que cambia totalmente su carácter perdiendo en la ruta sus valores morales y haciendo pagar a la realidad por ello con ventaja para él. Pero como la puritana moralidad musulmana no tolera éticamente este modo de resolver el asunto, Shahrasad trata de arreglarlo sin perder el sentido del cuento, y en una solución inconsistente recurre al consabido premio por la buena acción a través de la aparición de un anillo mágico (de los muchos que aparecen en las Mil y Una Noches), que trata de usar en una suerte de compensación moral. Los objetos mágicos (anillos, lámparas, ollas) parecen servir, en las Mil y Una Noches como en otras mitologías, para compensaciones de carácter moral. Pero acá no termina el enredo de Mâruf.  Se aparece la ñora (Fatimetru-L-Urra) a enredarlo todo de nuevo, la moraleja se acompleja, y parece ser que la enseñanza moral final es que a mujeres de esta calaña solo se les apacigua con plata: (Mâruf) no hacía caso de su mujer Fatimetru-L-Urra, la cual era ya vieja y más mala y fea que nunca (…) Y dizque Mâruf, al dispensarle aquellas atenciones y honores, no lo hizo porque lo mereciera por su buen natural, sino solo buscando el agradar a Alá. Lo que es una razón como otra cualquiera para portarse como un caballero. Pero la en otras cosas hábil Shahrasad no sabe cómo recuernos salir del embrollo en que se ha metido. Hay que ganar tiempo y para eso necesita le rescate la hasta aquí silenciosa Dunyasad: ¡Ye qué sabrosas estas tus palabras, más poderosas a cautivar los corazones que las mágicas miradas! ¡Y qué interesantes y atrayentes esas tus historias peregrinas y raras! Pues no se pueden comparar – respondió Shahrasad – con la que pienso contaros la noche que viene, si vivo y el rey prolongar mis días es servido. Cosas del marketing de los cuentos, que en boca propia la alabanza misma es locura y empezamos a entender por qué Shahrazad insistió tanto en tener al lado a Dunyasad como respaldo, que sonsas no eran las hermanitas.   

III
Siguen las historias, y llegamos a Aladino

Ha llegado a mis oídos, ¡ye monarca, el bienhadado!, que Mâruf no desairó a su mujer, por amor a Alá; pero se abstuvo con ella de todo trato conyugal. Continúa la historia de Mâruf, pequeña pero central en las Mil y Una Noches con el intento de la fea y desgradable Fatimetru-L-Urra de robar el Anillo Mágico. Pero el hijo de Mâruf sorprende a la ladrona y la mata por accidente. Así las hermanitas le enseñan a Shahriar, así de pasada nomás, que es solamente Alá quien dispone el castigo de la mujer que le falta al marido, empleando para el caso justicieros al paso. Inmediatamente, para diluir el efecto de lo dicho y no tener que abundar en explicaciones, viene un rosario de historias para distraer (Historia de Baibars y de los capitanes de policía, noches 533 a 543; Algunas historias referentes a Abu-Nuás y Raschid, noches 543 a 549; y otras más). Se hace hora de retornar a la novela de caballerías y hazañas guerreras tan del gusto de los soberanos del Siglo, y así en la historia de Garib y Achib, su hermano (Noches 549 a 572) se vuelve sobre la épica de la lucha contra los politeístas, esto es los cristianos, llamados así debido a su adoración de la Trinidad, que los duros monoteístas del Islam no atracaban por nada. Además - probablemente por contagio cristiano - hay milagros de Alá y conversiones en masa a la fe de Mahoma, sea sobre él la paz. Tras algunas cortas historias se plantea un tema metafísico que siglos más tarde le quitará el sueño a René Descartes: el de la realidad y el sueño en la historia del durmiente despierto (Noches 576 a 583). Tendemos a olvidar que las preocupaciones filosóficas occidentales nacieron casi todas en el mundo árabe, y que Averroes comentó a Aristóteles mejor que Santo Tomás de Aquino. Esta historia dícese habría inspirado a Pedro Calderón de la Barca su La Vida es Sueño, así como ciertas escenas de La fierecilla domada y Sueño de una noche de verano a un tal William Shakespeare. No sabemos, tal vez sea sólo que todos los seres humanos nos preguntamos las mismas cosas. En esto como en todo, Alá es el más sabio.

Tal vez por ser este relato demasiado filosófico es que le sigue una recatafila de crudos cuentitos, como el graciosísimo y constantemente comentado pedo histórico (Noches 583 y 584) y la muy gráfica Ar-Raschid, juez de amor (Noche 585), que anteceden al ciclo de la historia de Alá-D-Din y su lámpara (Noches 587 a 603), una de las más conocidas y famosas de las Mil y Una Noches, ambientada en el Reino de Az Zin, es decir en la China, pero con su mago originario del África. Son de antonomasia los djinns (genios) de la lámpara maravillosa y el anillo mágico de esta historia, más aún porque no son solamente artilugios mágicos capaces de albergar seres que pueden hacer lo que se les pida, sino porque su posesión mejora el alma y el entendimiento de su propietario: Ala-D-Din empieza esta historia como un zafio ganapán, analfabeto y haragán; y la culminará sensato, inteligente y sensible. La lámpara es dadora de luz, el simbolismo en este caso escapa de oriente y se vuelve universal. Otro elemento es el de la elevación de los humildes sobre los doctos, tan propia del Islam y las otras religiones del cercano oriente. Pero Alá, claro, es el más sabio, y en la seguidilla de cortos cuentos que sigue recurre a argumentos anteriores y a otros nuevos, pasando por la historia de Parisad y sus hermanos (Noches 640 a 651) de origen persa, historia caballeresca con una princesa de protagonista; por las llaves del sino (Noches 652 a 660); por la historia de la princesa Nuru-N-Nehar y de la bella Pari-Banu (Noches 660 a 673), y debo confesar que fuera de Shahrasad, es esta hermosa y justiciera hada Pari-Banu mi personaje femenino preferido de Las Mil y Una Noches. Hecha la ruborizada confesión, henos en la historia de la princesa Zuleika (Noches 673 a 681); la de Ataf el generoso (Noches 681 a 695); y dos conjuntos sucesivos de anécdotas atribuidas a personajes populares: El Quevedo de Oriente, Abu-Nuás, mencionado antes, y el famoso Choja, padre de los chistes y los donaires que abarca de la Noche 695 a la 700.       

IV
Y más Historias todavía

Tras la historia de Alí Jocha y el tarro de aceitunas (Noches 700 a 703), popular en las versiones infantiles de las Mil y Una Noches; sigue la del caballo mágico (Noches 703 a 710) pariente del Caballo de Troya y del famoso Clavijo del Quijote; la historia prodigiosa del espejo de las vírgenes (Noches 710 a 717), adminículo que permite averiguar si conserva o no su virginidad la dama que en él se observe. Tras éstas vienen algunas historias cortas de amores infelices y de los otros, incluyendo la historia de la treta que urdió una mujer contra su marido (Noche 722), francamente rabelesiana. Destaca por otras razones la corta historia del ángel de la muerte y el rey de los Beni-Israil o Hijos de Israel (Noches 726 y 727), de origen talmúdico, que presenta al ángel Asrail, el que recoge las almas de los que van a morir, junto con puntos teológicos sobre lo irrevocable de los plazos y la suerte de los tibios e indiferentes en materia religiosa. La princesa mendiga (Noche 735) relata un episodio histórico de las guerras civiles entre Omeyas y Abbasíes, en que una princesa destronada ruega patético amparo a los vencedores. Siguen anécdotas sobre los tacaños, las marrullerías de las mujeres casadas, y en medio una Noche completa (la 739) dedicada a los versos, y para muestra un botón: Si me tildas de imperfecto / te lo agradezco de veras, / pues con ello me aseveras / que no soy sino perfecto. Otro tremendo y dramático episodio histórico se narra en la historia del fin de Chafar, el Visir, y de todos los Beni-Barmek (Noches 744 a 754, incluyendo otras relacionadas), horrenda masacre ordenada por el Califa Harún sobre la familia de su Gran Visir. La fatalidad del amor y la intensidad de los sentimientos – que causa desmayos y desvanecimientos en los enamorados, y eventualmente la muerte, como en esta historia – aparecen en la historia de las tres esclavas (Noches 755 a 757). Luego vienen otras historias y anécdotas de ebrios, para continuar con las apreciadas seguidillas de relatos en la historia de Al-Maliku-N-Nazir y los tres capitanes de la guardia, el cairota, el bulakí y el kurdo (Noches 765 a 770). Vienen historias de amor y de rivalidades entre sirios y egipcios, en que los segundos le toman el pelo a los primeros, más otro cuento rabelesiano, el chico terco y su hermana, la del pie pequeño (Noches 778 a 780).

Un original género literario árabe, la munazira, surge en este punto – aunque ya se vio antes esporádicamente – en la disputa que entre sí tuvieron el cirio y el vino (Noches 788 a 790). La munazira es una polémica, justa o competencia poética entre dos o más rivales, que se disputan un premio y para ello recurrirán a sus mejores galas retóricas. Parece anteceder de algún modo los toasts anglosajones en los que era tan experto Mark Twain, como las competencias musicales o de baile donde se aprecia la capacidad de improvisación, como por cierto la Impro de nuestros días. Otras munaziras enfrentan al aceite y la carne, y a los árabes de ciudad y los beduinos, esta última presenta interés incluso histórico y sociológico. Siguen más historias edificantes de carácter apologético religioso y también histórico; así como anécdotas donosas que involucran al famoso personaje Choja. Por acá se distinguen historias de origen sufí, como la del profeta y la justicia de la providencia (Noches 801 y 802), la del barquero del Nilo y el Santo (Noche 803). A estas alturas del partido, parece que a la encantadora Shahrasad se le están acabando los argumentos, y el rey Shahriar no parece que caerá dos veces en la maniobra de distracción de Dunyasad. La bella narradora recurre entonces a la historia antigua, y hasta se sale del Islam, con Iskander y el rey del pueblo de los humildes (Noches 806 y 807). Iskander el bicorne es el nombre que llevó en el Oriente el Rey Alejandro el Grande de Macedonia, y el que anécdotas suyas se filtraran hasta a las Mil y Una Noches atestiguan su inmenso impacto histórico. Destaca en esta Noche en particular un episodio que involucra calaveras, que según parece William Shakespeare podría haber copiado para Hamlet.

(PARÉNTESIS: Encontré que entre Nicolai Rimsky-Korsakov, el Ballet Kirov y los bailarines Farukh Ruzimátov y Svetlana Zakhárova se perpetraron en el 2002 esto:  http://www.youtube.com/watch?v=CpE_pCHVBR4&list=PL3AD77B0D25EFBBC8 )

V
Colofón


Corro a todo meter para que no me ganen las Mil y Una Noches. Y sí parece que les gano, pero mejor no canto victoria antes de acabar. Algunas historias como las de Aladino y la de Simbad fueron apartadas del corpus de las Mil y Una Noches, y dieron lugar a ediciones aparte de libros, por su extensión vinculados a otros cuentos, e incluso han aparecido películas de aventuras y hasta serie de TV con un Simbad nada parecido al original. Las versiones para niños suelen ser más conocidas, y tienen  la virtud de mostrarte el personaje y la obra, pero así y todo prefiero recomendar la lectura del original para saber qué se incluyó y qué no. Aprovecho sí para quejarme amargamente de la irregular invasión perpetrada por Disney con esa cosa en animación de Aladdín, y su muy artificial personaje la princesa Jazmín, que no le hace justicia a ninguna de las princesas de las Noches Árabes. En fin, lee y ve lo que quieras, no seré yo quien te lo critique. Ya vuelvo con la última parte de estas Crónicas, si Alá quiere. 

Viene de Las Mil y Una Noches (2) en el link:  

viernes, 5 de abril de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 26: CÓMICS


CRÓNICAS DE LECTURAS – 26
Leer Cómics

I
La idea del Cómic

A qué chico no le gustaba leer cómics en los ´60. Ello no tiene nada de raro, las imágenes, los colores y la acción gustan a los chicos. En consecuencia hubo harto espacio para que el cómic (o Novela Gráfica) alcanzara hace buen rato mayoría de edad y sea una expresión literaria completa en sí misma, con sus registros, códigos y demás yerbas. Yo no he sido la excepción, he leído cómics como cancha, porque a pesar de lo que digan mis enemigos, soy humano y he tenido infancia. Soy prueba viviente de que no hay contradicción en leer cómics y a la vez leer libros. El único efecto discernible que percibo es el haber aprendido dos estilos diferentes de expresión. El cómic se parece mucho a lo que en otras latitudes se llama álbum, y que en esta latitud no es otra cosa que libros con dibujitos, especializados para niños. El cómic permite transitar entre los álbumes y los libros propiamente dichos. No entiendo esa actitud conservadora que rechaza los cómics (y hoy los mangas) a favor de una lectura pretendidamente “más seria”. Léase Watchmen, amigo, amiga; revísese cosillas como Evangelión o Tintín, y si aún no está convencido hablamos. Abra  - o como dicen los huachafos, aperture - su mente. El cómic, pepín, historieta, cartoon, mono, muñequito, funnie, tebeo o chiste reúne dos formas de expresión: La imagen y el texto, combinados en un código propio, permitiendo así a sus lectores aprender habilidades lectoras diferentes de las tradicionales. Vale la pena romper una lanza por la Diversidad: La Lectura de Hoy no es lo que solía ser, y al revés de lo que podríamos creer, resulta más exigente para nuestros niños, adolescentes y jóvenes que lo que fue para nosotros. La continuidad unívoca álbum – cómic – libro, ahora por lo menos es biunívoca, se va del álbum al cómic como al libro, porque el cómic se ha independizado, por lo menos en su soporte de papel, que se seguirá prefiriendo a los soportes electrónicos por la simplísima razón de su costo: Todavía son más baratos diez libros que una lap top, o incluso una tablet. Sin embargo, a la larga deberemos replantearnos este tema. Una ventaja de la tablet – o un soporte equivalente - es que podemos proporcionar una a cada uno de nuestros colegiales y simplemente cargar en ella todos los textos necesarios, año tras año. Les ahorraríamos a las familias así unos cuantos miles de dolores, que ahora se embolsican ciertos oligopolios y sus aliados políticos.

De paso podríamos también empezar a romper la tradicional dimensión monolineal del texto escrito. Intentos como el de Carlos Oquendo de Amat con Cinco Metros de Poemas no son ni comunes ni prácticos, los límites editoriales son taxativos. En cambio, la Tira Cómica, el cómic-book, el e-book, las pantallas del cine y la televisión, los monitores de computadoras y videojuegos rompen las secuencias más o menos lineales de lectura que se conserva en libros y cómics, a despecho del tiempo como dimensión unidireccional. En la relación entre hardware y software, los nuevos soportes pueden dar lugar a simultaneidades opuestas y complementarias con secuencias, combinándose en múltiples y distintos meta-códigos. Es un ancho campo que aún no podemos predecir dónde nos llevará, la alta velocidad con que la Internet vehicula la información determina que incluso un libro como Lo que nos enseñan los videojuegos sobre el aprendizaje y el alfabetismo, de James Paul Gee, editado en 2003, ya esté hoy irremediablemente obsoleto. Sin embargo, a este libro en su campo le pasa lo que al Origen de las Especies, de Charles Darwin en el suyo, que aunque sabemos bien de su obsolescencia, también sabemos que necesitamos leerlo por la base conceptual que nos ayudará a entender el fenómeno que se trata. Porque para poder enfrentar cualquier cosa necesitamos de un arsenal de conceptos y procedimientos para aprehenderlo, apropiarnos de esa cosa, y dominarla lo suficiente para hacer cosas con esa cosa. Si bien la lectura tradicional tiene en común con el cómic las secuencias estereotipadas de imágenes, hace uso del alfabeto fonético de relativamente pocos elementos. El cómic incorpora el lenguaje visual, ciertamente pre-letrado, cuya interpretación no obedece a decodificaciones fijas y que no hace asociaciones son multívocas. El cerebro usa de palabras para pensar, y de los mensajes visuales para enmarcar una totalidad. Es diferente “leer” un libro y “leer” un cuadro. Hay trabajos de Jürgen Gölte al respecto, referidos a la iconografía moche y su interpretación, así como la importancia del soporte tridimensional. Y en la Bibliotecología moderna se sabe que se requiere la supervisión de expertos para que los niños puedan acceder a las pantallas.

A diferencia de la lectura tradicional secuencial, los dibujos y gráficos se  interpretan de modo inmediato, en un código cifrado pero abierto, no unívoco, que va de la pluma del dibujante a los sentidos, a las sensaciones visuales. La decodificación y comprensión del mensaje del dibujante escapa a la interpretación cerrada y se abre hacia un lenguaje que vehicule operaciones metacognitivas conscientes, que superan la sensación de inconsciencia producida por la decodificación simultanea. El trabajo del lector es más o menos el mismo con textos escritos y gráficos: Decodificación de los símbolos y luego agrupación de lo decodificado en unidades concéntricas de sentido, acumulables conforme se decodifica, proceso que a veces llamamos comprensión. Estoy seguro que los lingüistas lo pueden explicar mejor, porque hay aquí aparejada una diferencia entre símbolos y signos, que no es solamente de grado. En todo caso, la TV y el Cine, por más que necesiten también de procesos análogos a los empleados para la lectura - decodificación y comprensión – presuponen una mucho mayor automatización de los procesos cognitivos, y en esto se parecen en algo al Cómic, que podemos así ubicar también como un tránsito y un vínculo entre la lectura tradicional y el lenguaje total inmediatista producido en pantalla. Como en el cómic, podemos analizar con relativa facilidad la metacognición de nuestros procesos de captación de contenidos del Cine y la TV, lo que a nuestro entender es una labor intelectual extremadamente importante, y que sigo sin entender por qué no fomentamos ni formamos a nuestros docentes y Bibliotecarios en esta dirección, que no es nada del otro mundo. Quiero que algo se haga, estoy cansado de lamentarme de lo brutos que son en la TV abierta, que considera al espectador ente pasivo e incapaz de contemplar a posteriori el proceso de la Producción y Dirección de una producción visual, no veo por qué el sistema educativo le tiene que marcar el paso. La Televisión no piensa, solo vende. El pensamiento en cambio, debería presidir el proceso de enseñanza / aprendizaje.

II
Cómics de infancia, Géneros y Superhéroes / Supervillanos

No estoy tan al tanto de la historia de los cómics como quisiera, cuando llegué ya existían. Entiendo que aparecieron originalmente en los diarios, como Tiras Cómicas, allá a principios del Siglo XIX, para entretener a los lectores que ya habían hecho sus lecturas serias, o como un intento de segmentar y atraer lectores de otros lados, niños y niñas sospecho. Aquí surgió el lenguaje primario del cómic, cosas como las viñetas, el manejo del encuadre y los globitos de diálogo. Hemos tenido la oportunidad de ver en El Comercio, La Prensa y otros diarios peruanos a vetustísimos personajes como Flash Gordon y el Príncipe Valiente, de principios del siglo XX. Cosas de costos, suponemos, pues a esas alturas las Tiras Cómicas eran monopolio de King Features, el sindicato de noticias de William Randolph Hearst, que incluyeron títulos como Mandrake el Mago y El Fantasma. Estas tiras de caricaturas de los diarios me atraían poco. Otra cosa eran los cómics hoy tradicionales, que se vendían en los quioscos o que intercambiábamos, y cuyas secuencias a veces solíamos esperar. La gran mayoría de los cómics que leía en esta etapa venían de Estados Unidos y se traducían e imprimían en México por la Editorial Novaro, que seguro tenía los derechos para América Latina de las diversas líneas argumentales, las más conocidas eran las de DC y Marvel, con ventaja para la primera. Supermán y Batman – y el resto de la Liga de la Justicia - eran más conocidos que los Hombres X o Iron Man, que conocía más porque aparecían en los Cartones de TV. Estos “Cartones” eran primitivos en su hechura, entre ellos destacaron Los Vengadores, Iron Man, Thor, Scott MacCloud El Ángel del Espacio y otros que no recuerdo, caracterizados por lo barato de su fabricación: se tomaban las viñetas del cómic, se añadía movimiento a la boca de los personajes, se completaba con sonido, y ya estaba: Era ver el cómic por la TV.  

A diferencia de la Literatura convencional, el Cómic no se encuadra como Lírico, Épico o Dramático. Los géneros en los cómics son muy diversos, más dependientes del mercado, con gran riqueza combinatoria, aunque eso en tiempos de mi infancia no se notaba, pues el asunto parecía depender demasiado de los segmentos del mercado. Había por ejemplo cómics femeninos, como Susy, Secretos del Corazón, que ningún chico se hubiera atrevido ni siquiera a sostener entre las manos, cuando menos no en público. Pero los que más abundaban eran los del género de la Ciencia Ficción, subgénero Superhéroes. Mi preferido siempre fue Linterna Verde, al que la película que le sacaron hace poco hace poca justicia. El Cómic Costumbrista presentaba a Archi y Verónica, representación estereotipada del deber-ser del High School americano trasladado a los colegios latinoamericanos de clase media, y que influyó fuertemente en ellos, como se demuestra en el hecho que no había salón de clase sin su respectivo Torombolo. Un personaje curioso era Chiricuto, que tenía su tira en los chistes Novaro, y que representaba festivamente a los militares. En los tiempos de la Instrucción Pre-Militar fue raro el Instructor cuyo apodo o chaplín no fuera Chiricuto. Asimismo, en las goteras de mi memoria están ciertos chistes como Joyas de la Mitología y alguno que otro de tema Histórico o inclusive sobre Santos, aunque estoy seguro que debieron ser muy pocos. Fuera de éstos y de uno que otro título por ahí, no teníamos mayor contacto con cómics de aventuras, bélicos, satíricos, costumbristas, deportivos, fantásticos, de terror o policiales. No dudo que los hubiera, pero seguro serían cómics de adultos, aunque todos creíamos en aquellos días que los cómics eran solamente para chicos. Pero había esos chistes mexicanos, de los que se hablaba sotto voce, con sus extraños personajes: Hermelinda Linda, El Monje Loco, Santo, Blue Demon y otros que definitivamente no eran para niños. Y por eso los leíamos clandestinamente.

Por si no lo saben mis lectores, los superhéroes están patentados desde los años ´30. Legalmente hablando, nadie puede llamarse Super Héroe a no ser que lo pasen por el aro de Marvel o DC. Pero el modelo o paradigma parece tener origen religioso, con los Héroes semidivinos tipo Hércules, Perseo, Sigfrido, Roldán o incluso el Cid o los personajes de libro de caballerías como Amadís de Gaula o Tirante El Blanco. Este origen se ve más lógico si consideramos que los Super Héroes son una suerte de Santos modernos, de sólidos principios éticos y morales, aunque hoy está de moda presentarlos conflictuados. Stan Lee y su Sorprendente Hombre Araña, son tal vez los mejores exponentes de estos héroes con problemas éticos, es famosa su frase: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y así Marvel diferencia su producto presentando a Hulk, Daredevil, los X-Men, como Héroes a pesar suyo, problematizados (monstruos, deformes, ciegos). Curiosamente, el Super Villano parece que surgió primero que el Super Héroe,  en la Literatura francesa, en los personajes folletinescos de Zigomar, Rocambole, Arsenio Lupin, Demonax, y sobre todo el grande Fantômas, que conocí a través de su cómic Fantômas, la amenaza elegante, muchísimo más edulcorado que su versión literaria, de tira cómica y fílmica. Marvel no podía menos que tratar de apropiárselo con el nombre Fantomes, sin éxito. Sin embargo, y de esto me percaté desde temprano, estos “superhéroes” no resolvían problemas. En realidad los asuntos a los que dedicaban sus energías eran los policiacos, el mantener el orden, no luchaban por la paz, o contra la desigualdad o el hambre. Habrá que esperar a los Watchmen para ver algo diferente.

III
Cómics de adolescencia / Homenaje a Robin Wood y a Mi Novia y Yo / Las Tres Tradiciones

Dice el verso de José Martí: Tiene el Señor Presidente / un jardín con una fuente / y un tesoro en oro y trigo. / Tengo más, tengo un amigo. Tuve la suerte que a pocos se les acuerda en mi niñez y adolescencia de Tener un Amigo. No haré panegírico de la Amistad, no se preocupen, sólo a los chistes. Yo pasaba probablemente demasiado tiempo en la casa de Tito, en parte por las dos grandes colecciones de cómics encuadernados por períodos de publicación, que leíamos juntos. Estas dos colecciones fueron un total descubrimiento para mí, eran chistes que no conocía ni de oídas, no estaban difundidos. Una colección estaba formada por Cómics más o menos tradicionales, aunque no se referían a Batman, Superman, Linterna Verde o la Liga de la Justicia, como los que había estado leyendo: Eran cómics de guerra, en especial los que tenían como personajes a Robert Briton, as de la Royal Air Force en la guerra contra los nazis; y al Sargento Nick Fury (castellanizado Furia), que comandaba un pelotón estadounidense en la Europa post Invasión de Normandía. Si mi memoria no me traiciona, se llamaban Trinchera, Guerra, y otros nombres por ahí, y se dividían por Marina, Ejército y Fuerza Aérea. Según parece eran traducciones directas de cómics difundidos como propaganda en la Segunda Guerra Mundial. La otra colección de cómics fue completamente trascendental para mí y no dudo en decir que me marcó la existencia para siempre, hasta hoy los leo y disfruto. Editados en Buenos Aires, desplegaban absolutamente todos los géneros y subgéneros del historietismo. Dentro del muy limitado espectro existente en el momento, eran claramente cómics desalienantes, que mostraban el mundo de un modo mucho más realista que los cómics de Novaro, apegados a los modelos norteamericanos. Por esas épocas yo ya era un lector voraz de libros, sumamente crítico, y los cómics empezaban a desinteresarme, hasta que encontré las cuatro grandes revistas de la editorial Columba: El TonyIntervaloFantasía y D’Artagnan. Las variantes de personajes, argumentos, series e historias mostraban una inmensa capacidad para la creación y los géneros, y uno no se cansaba: En el cómic costumbrista están Cuentos de Almejas y Gente de Blanco; en el de Aventuras, Aquí la Legión, El Cosaco, Jackaroe; en la Ciencia Ficción, Gilgamesh el Inmortal; en el cómic deportivo Beto Navarra; en el Histórico, Nippur de Lagash y Dago; en el cómico, Pepe Sánchez y la genial y predilectísima Mi novia y yo. Y asimismo una cantidad de cómics inclasificables y combinaciones de gran profundidad psicológica y emocional, como Dax y Savarese. Y me quedo en esto por millas de distancia, porque no he leído todo lo que debería ni cuento todo lo que sé.

Destaca aquí un autor al que no dudo en elevar a mis altares para compartir velitas con Shakespeare, Cervantes, Thortorn Wilder, Borges y Marguerite Yourcenar: Había una vez un matrimonio de socialistas fabianos, afanados en hacer el paraíso en la Tierra australiana, país tan grande que sugiere espacio para cualquier utopía social, pero no así para los Wood, que tras una huelga huyeron a otra parte donde vivir sus valores, y en 1900 recalaron en Paraguay, donde fundaron Nueva Australia. Allí nació Robin Wood en 1944. Su familia no supo mantenerlo, vivió en orfanatos y su educación formal no pasó de la primaria. Se hizo autodidacta y gran lector, cachimbo de la Universidad de la Vida. ¿Cómo se gana la vida en Buenos Aires un jovencito talentoso recién bajado del Paraguay? Primero aguantando. Como tantos otros antes que él, conoció la pobreza y se ganó sus espuelas creando personajes y tramas, que terminaron por ser aceptados, imagino que por cansancio de los editores, porque era – es – absolutamente prolífico y estoy seguro completa y majaderamente insistente. Como otros antes que él - cuesta no acordarse de Félix Lope de Vega - el acto de la creación se le impone a tiempo completo las 24 horas al día, y tiene más historias que contar que callos en los pies, y a la editorial Columba le faltan revistas para meter todo lo que le sale de la mitra: En 1968, Robin Wood ya tenía lectores cautivos con el drama histórico - épico Nippur de Lagash, con uno de espías (Dennis Martin), un western (Jackaroe) y un policial (Big Norman). No me acuerdo bien cuando empecé a leerlo, debe haber sido más o michi hacia 1970 o 71, es decir, muy poco después de que empezara con las entrañables historias de Mi Novia y Yo (Nro.178 de Intervalo), que escribió y  publicó ininterrumpidamente durante 25 años, conchabado con el gran dibujante Carlos Vogt, expresionista del humor, la risa y los momentos conmovedores, que el humor los tiene o no es humor. Mi Novia y Yo inició comedia romántica y humorística, pero llegó a genial comedia biográfica, en la que Tino / Robin Wood conversa con nosotros con naturalidad sobre la historia que construye con nosotros: No hablemos del barrio de sanata. Hablemos del barrio duro y agridulce que nos hizo crecer (…) Sin lamentos … recordar con el corazón y el alma … Recordar con las ganas bárbaras que nunca se nos acabe el amor. (Canción de Barrio, Intervalo Cinecolor Año XII, Nro. 68). El sello de la genialidad está en leer una y mil veces las mismas historias y jamás cansarse de ellas, pues siempre te ríes, siempre tratas de ocultar el lagrimón. Este es Robin Wood, magnífico inventor de pseudónimos para que su nombre no se repitiera hasta la náusea en el índice de cada revista: Mateo Fussari, Robert O’Neill, Noel Mc Leod, Roberto Monti, Joe Trigger, Carlos Ruiz, Rubén Amézaga. Y también Cristina Rudlinger. Por si no lo saben.

Me sale grande esta crónica, porque hay tanto qué decir, y a falta de mejor lugar para contarlo, comento acá la existencia de las tres vertientes principales del Cómic, de los que me vine a enterar de adulto, y que siempre vale la pena plantear, porque hay diferencias notables entre Norteamericanos, Franco-Belgas y Japoneses, que son los que marcan las pautas aquí. Ya hemos mencionado a DC y Marvel por los Estados Unidos, y más abajo veremos algunos franco-belgas. De manga no sé nada, lo siento, consúltenle a mi hijo Alejandro Bellina, que es el experto en el tema.

IV
Más sobre Cómics, Cine y Tradiciones

Había muchos más chistes / cómics circulando por ahí que los ya mencionados, durante mi infancia y adolescencia. Recuerdo la chilena Editorial Zigzag y su popularísimo personaje Condorito y sus patas Garganta de Lata, Titicaco, Pepe Cortisona, Coné y la guapa Yayita. Una primera aproximación a los comics de carácter satírico se me dio a través de la excelente revista estadounidense MAD, así como la análoga argentina Humor Chancho, donde me familiaricé con el grande Fontanarrossa. MAD satirizaba la sociedad de consumo en un momento en el que en mi entorno se hablaba de eso, lo que demostraba, como dice Tino, que en todas partes se cuecen habas. De la escuela japonesa no sé nada, mi ignorancia es total, de esto del manga no pretenderé saber más que mi hijo Alejandro, que es un capo en el tema, y al que me remito para cuando a él le dé los forros de explicarse. En 1959 aparecen Astérix, Obélix, Detritus y demás entrañables personajes de los franceses Goscinny Uderzo, que después vi en película con nada menos que Gerard Depardieu como el invencible Obélix. A la tradición franco-belga pertenecen también Tintín, Aquiles Talón y Lucky Luke, con los que trabé conocimiento de joven. Hay una serie Noire, francesa, de la que forman parte el guionista Christian Godard y el dibujante Clavé, que dan vida a uno de los cómics europeos más importantes: La Banda de Bonnot. En Italia está Cesare Reggiani, gran dibujante y guionista, creador de Desviación Cerebral, cómic espeluznante e inquietante, de Ciencia Ficción post-apocalíptica, que a su vez inspirará a guionistas y dibujantes, su impronta está incluso en la novela gráfica / película Watchmen, muy fiel a su Novela, suerte que no han corrido otras novelas gráficas llevadas al cine, como las olvidables La Liga de los Caballeros Extraordinarios, o V de Vendetta, cuya desmayada adaptación no llega a hacerle justicia a la dinamita anarquista y revolucionaria del cómic. En esto siempre fallan guionistas y directores de cine, seguro presionados por los productores, que tratan desde siempre de no salirse de lo políticamente correcto, de no comprarse rollos con el poder, aunque siempre empleen de cara al público el pretexto cada vez menos creíble del esto es lo que le gusta a la gente.

Por ello una obra cinematográfica como Watchmen es doblemente valiosa, no solamente porque consigue reflejar casi a la perfección la atmósfera opresiva y paranoica del cómic, sino por no reducir su potencial de escándalo ni quitarle un ápice de sociopatía a su personaje Roscharch, único héroe verdadero de la obra (Ninguno de ustedes lo entiende. Yo no estoy encerrado con ustedes. Ustedes están encerrados conmigo), repleta de individuos disfrazados de superhéroes y vigilantes (watchmen) de los que solamente uno – el Doctor Manhattan - posee verdaderos superpoderes, pero que, con sus desadaptaciones y todo, terminan por servir obsecuentes – lo sepan, como el Comediante; o no lo sepan, como el Búho Nocturno II - al complejo militar-industrial estadounidense en una realidad alterna en la que Richard Nixon gobierna tres períodos, y la guerra nuclear contra la Unión Soviética es una realidad que se desatará en cualquier momento sobre las cabezas de los personajes secundarios, todos los cuales morirán en la explosión nuclear de Nueva York. Dicha explosión, junto con otra docena más, es provocada por el “héroe” Ozymandias, chico listo que tratará de unir al mundo y evitar la autodestrucción echándole la culpa al Doctor Manhattan. A Ozymandias le pertenece la frase que revienta el hiperrealismo de esta ucronía: Dan, No soy un villano de opereta ¿En serio crees que les iba a explicar mi plan maestro si quedase la más mínima posibilidad de que pudieran alterar su resultado? Lo hice hace 35 minutos. Vale la pena tanto leer la novela gráfica como ver la película, y así nos introduciremos en un género del cómic interesante y dinamitero: el underground. Claro, si te gustan las cosas como son y como están, no te hagas paltas, no lo leas. Pero después no te preguntes quién vigila a los vigilantes …  

V
Colofón

Nos quedamos por mucho y a muchos no mencionamos. Pienso en los peruanos Juan Acevedo, Carlín y Heduardo; y en el argentino Quino. Pero por otra parte, cantidad no es sinónimo de calidad. El nivel cognitivo de las masas cuenta en términos de mercado. Agotado el impulso educador que llegó a principios del siglo XX sólo queda el mercado, y los cómics, que antes se adelantaban a la necesidad, ahora están detrás de los segmentos marketeros. En la oferta realmente existente – incluso en la explosión creativa del manga -, la calidad brilla por su ausencia. No podemos estar contra el cómic. Abramos las expresiones creativas. Lee lo que quieras


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martes, 26 de febrero de 2013

CRONICAS DE LECTURAS 16: LEER SOBRE LECTURA (I)


CRÓNICAS DE LECTURAS - 16
Leer sobre Lectura (I)

I

Crisis económica y Clases Particulares

En los años ´80 en el Perú se produjo un doble trauma de carácter catastrófico, aunque por lo general tendemos a solamente recordar sólo uno: Sendero Luminoso inició la Lucha Armada, y Alan García gobernó el Perú por primera vez. No me extenderé en una descripción sobre ambas calamidades, sus consecuencias son evidentes aún. Simplemente menciono un efecto que estos cataclismos produjeron en el devenir de mi existencia, y de hecho no fue un efecto tan trascendental. Pero en honor a la verdad debo decir que si me orienté a mirar a profundidad los fenómenos del aprendizaje y entre ellos los de la lectura, puedo decir que se lo debo a Abimael y a Alan Damián, en partes iguales. Nunca ha sido fácil ganarse la vida en el Perú, pero a fines de los ´80 y principios de los ´90 se había hecho extremadamente complicado. Para muchísimos esa etapa fue de cambios de ciento ochenta grados: Yo andaba en administración, finanzas e investigación de mercados; y de repente tuve que volverme a donde podía hallar trabajo, la educación. Diantres, educar siempre fue mi vocación, lo estudié, pero nunca esperé que tendría que usarlo para ganarme la vida. Sabía lo mal considerada que está la carrera, y aunque siempre fue mi vocación personal, era lo suficientemente sensato para saber que no sería por su ejercicio que armaría una situación económica razonable. Mi expertisse en el tema había empezado a los 15 años, que me metí de apóstol voluntario, y así antes de iniciar mi carrera ya había acumulado cinco años enseñando en colegio primario. Como la crisis económica en la que el Perú se debatía desde los ´70 parecía adoptar carácter permanente, las empresas en que trabajaba o eran privatizadas o quebraban (algunos maliciosos amigos especulaban que las quiebras tenían sospechoso vínculo conmigo), y ganarse la vida se volvía más peliagudo, en especial cuando estás criando hijos y tratas, como se dice, de “darles lo mejor”. Así que desempolvé papeles, y entré de lleno en la educación del modo en que se hacían más cobres: Por la libre, como free-lance. Que eso de tener jefes que te exploten era algo ya experimentado. Además gracias a Alan Damián todo el mundo era free-lance (que era decir desempleado, pero con caché), así que aproveché de una pequeña propiedad y le saqué partido residiendo y trabajando en ella.

Así que héme aquí de profesor y promotor de mi empresa Servicios Educativos Eiffel, que así le llamé con toda pompa. Recibía alumnos de escolar, preuniversitaria y universitaria, que la manera de ganar alumnos era ofrecer un servicio adecuado y efectivo. Y así me encontré a mí mismo haciendo Constructivismo sin siquiera tener una idea de la existencia del concepto, que aún no había llegado a estas latitudes. Y mi “constructivismo” avant-la-lettre empezaba por operar haciendo coaching individualizado y operando “por competencias”, términos que tampoco se usaban porque, como el chiste alemán, aún no habían llegado. En todo caso, o llegué a ciertas sistematizaciones de modo espontáneo, o simplemente estaba subido sin saberlo en la tendencia internacional, porque en esos mismos años se salía del modelo de la Tecnología Educativa y se hacía fuerte crítica de los modelos educativos tradicionales. Desde mi perspectiva la cosa era simple: Interrogaba a mis alumnos sobre su necesidad, sobre lo que visualizaban como problema y determinaba qué era necesario hacer. Y así tratábamos de resolver el problema. Tuve algunas experiencias muy interesantes: Recibía niñas pequeñas que necesitaban cercana tutoría durante el viaje al extranjero de los padres, jóvenes de primaria con problemas de “disciplina”, jóvenes secundarios que necesitaban aprobar sus cursos, preuniversitarios y universitarios que “no la agarraban”. Incluso jóvenes y adultos con requerimientos especiales, en los que no me explayaré, pero que estaban en lo que hoy llamamos inclusión educativa. Fueron así varios años en los que fui acumulando experiencias educativas de diversa índole, y en los que me hice bien conocido en mi barrio. Y aunque había enseñado siete años en colegio nacional, e incluso por nueve meses fui unidocente multigrado en la sierra, hay siempre algo nuevo en enseñar, pues que no trabajas con arcilla y piedras sino con mentes y corazones. Recuerdo una señorita de fuerte personalidad que llegó proclamando su odio por las Matemáticas, su absoluta falta de interés por ellas, y que me necesitaba para poder dejar de verlas por el resto de su vida, pues tenía que aprobar un examen sobre álgebra que incluía el Binomio de Newton. Debo haber trabajado muy bien con ella, porque al final dejó el Derecho y estudió Administración. De aquí extraje mucho de importante: El papel de la motivación, la necesidad de tener currículas abiertas y flexibles, lo importante que es lo individual - coaching, tutoría y tutorización -, lo esencial que es comprender las diferencias individuales, lo necesario de orientar y facilitar más que enseñar e imponer; y por sobre todo, cuán necesario se estaba haciendo enseñar a aprender más que paporretear.

II

De la Preceptiva al Constructivismo

Así que me encontré por muchos años en el rol del Preceptor, y tuve alumnos con los que trabajé desde el tercero de primaria hasta el segundo de Universidad. Eventualmente continúo en la Preceptiva, y soy caro porque aseguro resultados, en fin, nunca es de más hacerse un poco de propaganda. Fue a través de algunos de mis alumnos del Humboldt que llegó Sandra P. a mi oficina, a quien nunca agradeceré lo suficiente el haberme confiado el curso de Metodología del Estudio y la Investigación en la Escuela de Interpretación y Traducción de Lima (ESIT). Imagino que algo debió verme para planteármelo, pero tampoco vamos a hacernos los retrecheros, lo cierto es que se presentó la oportunidad y traté de plantear la cosa pedagógica que tenía en mente de la manera más coherente posible. Por primera vez tenía en las manos la posibilidad de investigar lo que era necesario para formar Traductores e Intérpretes. En realidad y sin saberlo, tras varios años de hacer coaching, me había vuelto constructivista, Y me computaba mismo revolucionario en la Educación, hasta que una colega me saludó años después como constructivista y ahí me enteré cómo era la cosa. Pero por entonces arranqué por lo obvio: Qué querían de mí mis empleadores, lo que me llevó a la malla curricular, los requerimientos de las dos carreras, los perfiles de ingreso y egreso, las características y rasgos de la Traducción y la Interpretación; y de ahí a las habilidades y capacidades que debía formar, y de ahí a los contenidos de mi curso. Todo estaba en mi Syllabus, que empecé a entender también como un Manual: el curso se desarrolla en dos niveles paralelos, uno teórico y otro práctico, tendiendo a establecer una praxis constante, que entendemos como base del proceso del aprendizaje.  Ya estaba, por ende, centrando la cosa no en la Enseñanza, sino en el Aprendizaje. Y eso fue lo único verdaderamente revolucionario que hice, y que mis colegas imitaron por la razón más sencilla del mundo, porque funcionaba. Por esa razón mi curso siempre resistió la tentativa de reducirlo a tres horas semanales, y tuvo cuatro horas semanales en dos bloques de dos horas durante diecisiete semanas.

El debate que años después presenciaría en el Ministerio de Educación y otros lugares entre Objetivos y Competencias siempre me pareció estéril. De hecho yo no me hacía problemas y planteaba Objetivos para la parte Teórica (Un concepto claro de la Metodología y su importancia; el aprendizaje de las bases del conocimiento científico; y la comprensión de las técnicas básicas de la Investigación Bibliográfica y de Campo), y Competencias para la Práctica (Comprensión de lectura y elaboración de resúmenes - captación y transmisión de contenidos; Aprendizaje de las modalidades y técnicas de Toma de Apuntes, lectura y fichaje, dirigidos a la autoeducación y autoformación; y Elaboración de Trabajos de Investigación, incluyendo Investigación Bibliográfica y de Campo). Porque después de todo mi Objetivo General era que al final del curso el participante debe hallarse habilitado para tomar en sus propias manos el proceso de aprendizaje, de manera que esté en condiciones de aplicar las habilidades adquiridas en todos los aspectos de su vida intelectual, entre ellos los cursos que llevará en su Institución u otros lugares, así como a su vida profesional. (…) el participante debe hallarse mejor capacitado emocional e intelectualmente para enfrentar las dificultades que ofrece el aprendizaje, y obtener resultados positivos prácticos pero con base firme en el rigor de los esquemas del método científico. Y dado que pensaba en términos de Praxis, pues podía aplicar la teoría en la práctica y hacer que mis alumnos leyeran, tomaran apuntes, ficharan e hicieran investigación bibliográfica y de campo precisamente sobre los temas teóricos. No es difícil si tienes clara la diferencia entre problemas sustantivos y problemas técnicos. Aquí me sirvió muchísimo la expertisse alcanzada como Investigador de Mercados. Y la verdad es que nunca abrigué la más mínima duda que mis alumnos aprenderían. Y por ello algunos otros aspectos cayeron, llamémoslo así, de cajón, aunque no con la misma claridad todo el tiempo, temas como la importancia de la metacognición y la evaluación por competencias. Lo cierto es que, tal como preconizaba yo mismo, la Práctica me aclaraba la Teoría y yo asumía cualquier cambio en mi syllabus como hipótesis a demostrar.

III

El Aprendizaje de las Competencias Lectoras

Una de las cosas que necesaria y obligadamente tiene que hacer un Traductor en su vida profesional, es leer. Leerá mañana, tarde y noche, lo hará en varios idiomas y registros, y sus ingresos y su forma de vida dependerán en mucha medida de la rapidez y eficiencia de sus procesos lectores. Me parecía de extrema importancia que el participante supiera qué hace cuando lee. Y ello significaba que yo, el profesor, debía saberlo a la perfección. Yo leía desde tiempos inmemoriales, con gran rapidez y entendiendo bien, es decir, era bastante práctico en esto de leer; pero carecía de la Teoría. Naturalmente me sorprendí al enterarme cómo, siendo yo mismo tan aficionado a leer, y consciente de que la mayor parte de mis conocimientos provenían de la lectura; ignorara tan absolutamente la teoría de la lectura. No había hecho mi tarea. El Curso de Metodología me dio el pretexto perfecto para hacerlo, y conforme iba aprendiendo iba aplicando directamente, con lo que mejoré drásticamente mi capacidad lectora, a la vez que el dominio teórico sobre ésta. Echarse a buscar los elementos teóricos de los procesos lectores no era fácil en aquellos días, los procesos no se veían claros y la comprensión lectora no era el problema acuciante que hoy en día se distingue. Busqué en Bibliotecas Públicas, y encontré muy poco sobre Lectura. Pero tanto va el cántaro a la fuente que al fin hallé casi todo lo que quise en una de las poquísimas Bibliotecas Privada-Públicas existentes, la de CEPAL (en aquel entonces solamente Centro Peruano de Audición y Lenguaje). Fue ahí que gracias a su amabilísima bibliotecaria pude leer y fichar los primeros textos que leí sobre Lectura y Comprensión Lectora; empezando con los de INIDE (Instituto Nacional de Investigación en Educación) que me proporcionaron algunas luces, en especial el Estudio de los niveles de comprensión de lectura en una muestra de docentes en servicio del Perú de 1977; que me dio a conocer el problema lector que pocos años después se evidenciaría, y así mismo cuán asociado estaba al problema de la didáctica. Otro INIDE fue Lenguaje: Linguística y Metodología, compilado por Ibico Rojas y Lilly García. Encontré asimismo al estudioso de la lectura en el Perú Danilo Sánchez Lihón, investigador y compilador cuyos trabajos me devoré. Recuerdo además a Olga Manyari Rey de Córdova, Los Niveles de Comprensión de Lectura en los alumnos de Primer Ciclo de Educación Superior, cuyos resultados yo trataba de extrapolar a mi experiencia, aunque no empleaba los mismos instrumentos en mi propia práctica docente. Quedé muy impresionado con un artículo de 1986, de la Revista de Psicología-PUCP, de Juana Pinzás García, cuya claridad y precisión me fueron muy útiles: Del símbolo al significado-El caso de la comprensión de lectura. Posteriormente leí su Leer pensando – Introducción a la visión contemporánea de la lectura (2001). También devoré grandes cantidades de lectura sobre los procesos cerebrales, en particular la dislexia (Albert Galaburda), las técnicas de redacción (College Reading and Study skills, de Katherine McCormack), y las técnicas remediales de Comprensión Lectora, donde hallé los inapreciables trabajos de Mabel Condemarín y toda la tribu chilena. También fue la primera vez que me crucé con Lev Vygotsky, cuyo Pensamiento y lenguaje me ha acompañado desde entonces. Hubo más, claro, pero estos son los que recuerdo particularmente de manera especial y que me dieron a conocer lo que buscaba.

En todo esto yo estaba llevado del concepto metacognitivo de que si sabes qué estás haciendo pues entiendes mejor y llegas a su dominio (mastering phase). Por supuesto todos nosotros lo sabemos, pero no lo tenemos demasiado presente todo el tiempo. El aprendizaje es una cosa compleja en sí misma, y los procesos metacognitivos son importantes cuando sobrepasamos determinado nivel. Para Traductores e intérpretes me parecían absolutamente esenciales, pero la Comprensión Lectora no es un Fin en Sí mismo. Se trabaja para ser utilizada en los procesos de Traducción e Interpretación, y por ello me parece importante darle al asunto desde el primer momento: La Comprensión de Lectura es un proceso conformado por operaciones de predicción sucesivas y concéntricas: Microoperaciones a nivel de palabras, oraciones y párrafos; y Macrooperaciones a nivel de conjuntos de párrafos, capítulos, grupos de capítulos, libros y conjuntos de libros. El paso de las Microoperaciones a las Macrooperaciones implica un salto en el nivel de los procesos mentales vinculados, pues en definitiva relacionar conjuntos de textos implica el uso de habilidades muy superiores a relacionar oraciones. Estas operaciones requieren del ejercicio de procesos mentales que hallamos en cualquier Taxonomía de habilidades más o menos coherente. Y basado en ello planifiqué y ejecuté diversas formas de tortura intelectual con mis alumnos, que sin excepción me odiaban cuando tenían que hacer sus tareas de una semana a otra. Las Tareas consistían en el resumen de textos complejos, en el que cada párrafo debía reducirse a una ficha siguiendo un conjunto de microoperaciones detalladas. Reconozco que los textos cuyo resumen solicitaba por fichas y marcando el paso eran grandes y malosamente elegidos: El Discurso del Método de René Descartes;  Los Sonámbulos de Arthur Koestler; El Crepúsculo de los Ídolos de Federico Nietszche; Sobre la Inducción, de Bertrand Russell; Sobre el método deductivo de Alfred Tarski;, Los límites de la comprensión científica del hombre de Gunther Stent. Creo a estas alturas que era excesivo ponerles estos textos a mis alumnos de entonces, pollitos recién salidos de la Secundaria. Y sin embargo, no me arrepiento para nada, y lo justifico por razón de la evaluación del curso. Por supuesto, el Curso de Metodología del Estudio y la Investigación se evaluaba entonces, como ahora, empleando el increíblemente vetusto sistema vigesimal. A estas alturas me parece increíble que las Universidades sigan empleando este sistema. Pero para mi sorpresa, cuando dicté mi Curso las primeras veces no generaba desaprobados, y más bien las notas eran altas, aunque el Curso era considerado el más difícil de todos los de Primer Ciclo. La razón era sencilla: La valla era alta pero no impasable. Y si mis alumnos la conseguían pasar a punta de esfuerzo no había ninguna razón para no ponerles … 20. Vale decir, en la práctica solamente habían dos notas: 0 y 20. Es decir, o tienes la Competencia, o no la tienes. Punto. Al término del proceso de enseñanza / aprendizaje, no pueden haber Competencias a medias: o sabes manejar el carro o no sabes manejarlo; o sabes nadar o te ahogas. Es una cuestión de manejar adecuadamente capacidades, habilidades y conceptos. Y actitudes, claro está. Porque hay una manera de desaprobar el Curso, y así se lo decía a mis alumnos: Si no quieres.       

IV

Más Libros sobre Lectura

Posteriormente y en base a los años que me pasé dictando el Curso de Metodología del Estudio y la Investigación, más otros cursitos como Realidad Peruana y Latinoamericana; Realidad Mundial Contemporánea; Ciencia y Tecnología; Lógica Matemática; Introducción a la Economía; Organización y Administración de Empresas de Servicios, Seminarios de Tesis y otros más de la misma calaña, en ESIT y en otras partes; me percaté de las profundas falencias de la Educación Superior y Universitaria. No las indicaré de nuevo, ya algo al respecto he hecho en otras de estas Crónicas de Lecturas. Pero por alguna razón el Curso de Metodología del Estudio y la Investigación es uno de los engreídos de mi corazón, y como ya dije me obligó a aprender mucho, muchísimo más sobre lectura. Y es que cuando te subes a un carro ya es difícil bajarse. Y así entonces mis intereses sobre la Comprensión Lectora se abrían en diversas direcciones, empatando particularmente con el tema de las neurociencias, y así entonces libros como la Introducción a la Neuropsicología de  Arthur Benton, y Cerebro y Lenguaje, de Archibaldo Donoso poseen algunos capítulos dedicados a explicar de modo profundo y más o menos sencillo sobre la neuropsicología de la lectura y escritura. Otros títulos interesantes son Léeme un Cuento: Desarrolle en sus niños el amor a la lectura; de Bernice Cullinan, Andar entre Libros, de Teresa Colomer; Leer, pensar, entender, de Ester Ruth Tuchsznaider; Aprender a leer, de G. Wells; Análisis psicolingüístico de la lectura y su aprendizaje, de Frank Smith; Modelos de Lectura, de Lucía Araya; el excelente y jocundo Lector in fabula, de Umberto Eco; Progress in Understanding Reading: Scientific Foundations and New Frontiers, de Keith Stanovich, que en referencia a la estructura y funcionalidad de la capacidad racional, plantea el famoso “efecto Mateo” (El que más tiene, más recibe), aplicable entre otros muchos aspectos a la Comprensión Lectora. Naturalmente no he leído todo lo que me gustaría leer sobre lectura. Ojalá me dé el tiempo y la vida para, sobre todo, tener la oportunidad de aplicar lo leído en algún momento.

Hay otros libros que sin tratar directamente sobre Lectura o Comprensión lectora se refieren a éstas en diferentes contextos. Uno de los que más me gustaron lo leí con ocasión precisamente de la planificación del Curso de Metodología y no dudo en recomendarlo con todo entusiasmo: Cómo se hace una Tesis de Umberto Eco debería ser el libro de cabecera de todos los que están haciendo trabajos de investigación. A diferencia de muchos otros cuenta con una suerte de frescura que le quita solemnidad y pone las cosas en su lugar. Y finalmente, vale la pena mencionar que mi tiempo a cargo de este Curso de Metodología del Estudio y la Investigación – así como todos los demás cursos que dicté durante mi permanencia en ESIT - coincidió con un acontecimiento de enorme importancia que estaba ocurriendo paralelamente por entonces: El origen e introducción de Internet en nuestro país, que según parece se produjo durante toda la década de los ´90, o por lo menos fue por entonces que yo lo noté. Tuve la buena suerte de aprender mucho sobre lectura y comprensión lectora a través de la cuenta de Internet (Red Científica Peruana) que ESIT tenía. Claro, la velocidad de conexión era muy baja, y la información se demoraba un siglo en cargar, por comparación con la actualidad. Pero era rapidísimo en relación con la búsqueda en Biblioteca. Y me parecía absolutamente extraordinario poder utilizar un exótico motor de búsqueda, escribir “lectura” y encontrarme con montones y montones de páginas con información relevante al respecto. Claro, el revolucionario Google no existía aún, los motores que empleábamos eran básicamente Altavista, el excelente Lycos, Excite, WebCrawler y otros, pero para lo que necesitábamos entonces era más que suficiente.  Y en realidad, reflexionando un poco, siempre fue más que suficiente, ahora tenemos mucho más de lo que necesitamos, a no ser que afinemos la búsqueda.     

  
V

Colofón

Mucho de lo que aprendí en los años que estuve en ESIT me fue de extraordinaria utilidad posteriormente, cuando dediqué tiempo y energías a capacitar Maestros secundarios de la educación pública. Lo cierto es que cuando se lee, nada se pierde y todo encuentra utilidad y aplicación. Por ello me ratifico en que uno debe Leer lo que quiera, como quiera y cuando quiera.  

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martes, 16 de octubre de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 10: LECTURAS DES-AGRADABLES

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CRÓNICAS DE LECTURAS – Diez
Lecturas des-agradables

I
Des-agrado y complejidad

A mí me gusta leer todo, y de todo. Pero hasta en el Paraíso de Adán y Eva se coló una serpiente, así que no extrañe que haya algunos libros que no solamente no me gustaron, sino que su lectura se me hiciera tan fastidiosa que incluso tuviera que abandonarla. No es ello culpa de los autores. A veces me he forzado para terminar de leer un libro, pensando que la disciplina de terminar una lectura que se te hace desagradable puede ser rendidora desde el punto de vista del desarrollo de ciertas habilidades. Es así que de las cuatro lecturas que ubico como desagradables para mí, llegara a terminar una, y aunque el resto aún no me ha derrotado, dudo mucho que las reemprenda a estas alturas, aunque mientras hay vida hay esperanza. Lo más seguro, como se dice, es que quién sabe. Me ha ocurrido que ciertos libros que me parecieron francamente insoportables en una primera aproximación, tras un ligero esfuerzo “se me arreglaran”. En todo caso, creo que es posible ubicar la “lectura des-agradable” en función de ciertas características del lector y del texto. Si algo es “des-agradable” de leer, es posible que el hecho esté asociado a las dificultades para leerlo. Lo que resulta interesante a mi entender es entonces indagar qué hace que una lectura sea difícil, y cómo la dificultad la hace des-agradable. Ello se relaciona en directo con la formación de hábitos lectores, así como con las habilidades de decodificación y comprensión, o con qué tipo de lecturas son las más recomendables en determinados casos. Estos son temas de “palpitante actualidad” (perdónenme el ripio) para los profesores e interesados en que la lectura sea algo más que un indicador para quedar bien en la lista de PISA. Y así en frío podemos decir, por ejemplo, que la “lectura por obligación” es por definición más difícil que la lectura por elección. 

Por otro lado, cuando uno menciona que tal o cual libro o autor no le gusta, como que queda bonito el decir que se le ha leído. Se piensa, y no es errado, que debe haberse leído a alguien antes de declararlo un tal por cual. La Literatura, a diferencia de la Historia, las Matemáticas, la Física o la Filosofía, tiene por supremo juez al lector vulgar y corriente, pues después de todo lo que se busca en la obra literaria es muy diferente de lo buscado en un Libro dedicado a una disciplina cualquiera. Un libro de Matemáticas no tiene obligación de ser bonito o agradable. Para que califique como un buen libro de matemáticas debe cumplimentar las normas propias de esa disciplina científica, y si además, es “bonito” y/o “bien presentado”, ello aumenta su calidad al darle no solamente valor científico, sino además pedagógico. Don Aurelio Baldor y sus celebérrimos textos de Matemáticas no serían tan bien considerados si sus ecuaciones trigonométricas o sus ejercicios presentaran errores, y por más lindo que sea tendríamos que desecharlo. Pero es obvio que en este caso se da la conjunción de la validez científica con la calidad del lenguaje y de la edición. Además, este hecho es menos notable en un texto de Lógica Formal que en uno de Historia o Ciencias Sociales. Un caso al respecto es la monumental obra de Winston Churchill, La Segunda Guerra Mundial, que a más de poseer datos e informaciones de primera mano, está además escrito en una prosa de magnífica factura, que le valió a Churchill el Premio Nobel de Literatura. Un lenguaje elegante y/o interesante y/o accesible coadyuva al éxito de un texto, así sea de matemáticas, economía o química. El éxito se mide de maneras muy curiosas, y tal vez los textos clásicos de Economía y Administración de Paul Samuelson, Curso de Economía Moderna; y de Harol Koontz, Cyril O´Donnell y Heinz Weihrich, Elementos de Administración, pueden ser ejemplos interesantes. Es indudable que podemos entender mejor textos especializados si están presentados de manera que aúnen la solidez científica con la propiedad en el uso de la lengua, y en este caso estaremos frente a un manual o texto adecuado a los fines del aprendizaje. Pero los libros especializados no se venden masivamente, sino que los adquieren solamente los que los requieren. 

II
El Tambor de Hojalata (Günther Grass), Opiniones de un payaso (Heinrich Böll);

Que Dios y el buen Günther me perdonen, el Tambor de Hojalata es una novela bien escrita, pero que tiene una trama tan detallada, enrevesada y repleta de alusiones, guiños y referencias a la germanidad de las primeras décadas del Siglo XX, que mi latinidad, seguramente demasiado naïve, terminó por considerarla absolutamente insoportable. Y ojo que me di el trabajo de leer completamente y con la debida atención todas y cada una de sus interminables 400 y pico páginas. A la página 50 ya la trama me tenía hasta la coronilla, así como la manera de contarla, y me convencí que si quería saber cómo se vivía en Königsberg durante el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, me sería más útil un libro de Historia. Pero dudé en dejarme vencer por este libro. Ciertos autores y obras, que según yo empiezan “mal”, luego “se arreglan”. Viví en esto las experiencias posteriores de Asesinato en la Gran Ciudad del Cusco, de Luis Nieto; y de Yo me Perdono, de Fietta Jarque. En todo caso, si iba a desechar a Günther Grass, lo menos que podía hacer era hacerlo con conocimiento de causa. Ello me preocupó lo suficiente como para preguntarme por qué emprendí la lectura de este libro, y la respuesta fue doble: era barato – formaba parte de una colección de autores contemporáneos – y años atrás había visto la película, que me había gustado mucho. Pero ni el precio se justificaba, ni veía la película por ninguna parte de la para mí farragosa y demasiado florida prosa de Grass. Aún así, terminé el libro, lo cerré con enorme alivio, y lo guardé pensando que su lomo quedaba bonito en el estante como adorno, porque la probabilidad de que volviera a abrirlo era mínima. Y así lo dejé reposar en su estante per sécula seculorum, moviéndolo solamente para mudarme de casa. Y sé que soy injusto, y sé que no debería largarme a decirlo, y sé que es muy probable que me equivoque, y que entre las consecuencias de dicha equivocación arriesgue el que los miembros del club de fans de Günther Grass me declaren persona non grata, pero qué quieren, pues, que les diga, si la vida es así.

Algunos, varios, en realidad muchos años más tarde volví al tema en circunstancias parecidas. La cosa era otra colección, donde figuraba el libro Opiniones de un Payaso, de Heinrich Böll. No sé si entre Grass y Böll haya algo en común fuera de ser alemanes, y no asocio necesariamente aburrimiento con germanidad, atendiendo en especial a que nunca había leído a Böll, y sentía cierta curiosidad. Los recuerdos se difuminan, y de mi lectura de Grass sólo me quedaba el vago recuerdo de que no me había gustado. Y esto de que un libro no consiga interesarme, vamos, es un espanto, peor aún si consigue derrotar mi capacidad de leer y comprender, lo que por cierto no me pasó con el Tambor. Además, ni Grass ni Böll son escritorzuelos cualesquiera, están bien considerados como novelistas y si algo les ven tantos, pues por algo ha de ser. Seguramente – me dije - mi mala experiencia con Grass debía atribuirse más a mi superficialidad e inexperiencia y/o a las circunstancias vitales que rodearon la lectura del Tambor. Así que me decidí por un nuevo intento, tratando de no asociar al susodicho con Heinrich Böll, y pasé de nuevo al ataque. Compré las Opiniones de un Payaso, las coloqué en mi mesa de noche, y leía algunas páginas justo antes de dormir. Craso error. Aunque las Opiniones de un Payaso eran bastante más potables y digeribles que el Tambor, tanto en la forma como en la trama, menos ambiciosa y más centrada, sin embargo sentía el germano testimonio de Böll tan ominoso como el de Grass. Los códigos de esa germanidad de la que había tenido tan devastadora experiencia me pasaron factura asaltando mis sueños nocturnos, y el fracaso existencial del payaso de marras se infiltró en mis contenidos oníricos. Vale decir, el Payaso se me mezcló con el Tambor, y que Freud, Jung o Bleuler traten de explicarlo si pueden. Habiendo pasado por la experiencia de Grass y su Tambor, las vicisitudes laborales, matrimoniales y religiosas del Payaso me dejaban, más que frío, deprimido. Perdí el interés, no quise leer más. Me imaginé que si yo fuera alemán o por lo menos europeo, probablemente la obra tal vez me daría para más, pero la verdad desnuda es que llegué hasta la mitad. Creo que la germanidad, sea ésta lo que sea, se me escapa. Espero que los fans de Böll, de Grass y de la germanidad me perdonen el pecado de lesa cultura.

III
Fenomenología de la Percepción (Maurice Merleau-Ponty) y la lectura rentable.

Pero existe un libro que me ha derrotado en toda la línea, y ese es la Fenomenología de la Percepción, de Maurice Merleau-Ponty, y no siento vergüenza alguna de confesarlo. Reto al más pintado de los lectores experimentados a emprender la lectura de este libro, a entenderlo plenamente desde el principio hasta el final. No es que no se pueda hacer, es que posee gran densidad – muchas ideas en pocas palabras – en su redacción y conceptos, y puede compararse a abstrusos textos análogos, como los de Martin Heidegger, por ejemplo. El que esto escribe tuvo la suerte de leer a Heidegger en una obra densa pero de corta extensión: ¿Qué es esto, la Filosofía?  de la Editorial San Marcos, y he de decir que si bien era difícil de leer, el hecho que fuera delgadito ayudó muchísimo a asumir que interpretar sus pasajes complejos no me llevaría la vida entera. Es que la percepción cinestésica de un libro determina cómo se le lee. De hecho, vemos y sentimos el grosor del libro antes de leerlo, y mientras leemos vamos prediciendo más o menos cuánto nos llevará leerlo, y ello, unido a la dificultad conceptual intrínseca de leerlo abona al famoso enfoque abajo-arriba (Del texto al lector) que determina la “lecturabilidad” de un texto. El ¿Qué es esto …? era delgadito, podía preverse que cualquier dificultad que presentara sería de corta duración. Aunque la percepción de la extensión de un libro puede ser inconsciente, desde que lo tenemos en las manos o abierto frente a nosotros, en este caso se me volvió tan consciente como un queco en plena cara. Es que tomamos decisiones respecto a la lectura llevados no sólo del texto mismo, sino de otros elementos de “rentabilidad”, como el tiempo disponible y la capacidad lectora a invertir. Es decir, encontramos el enfoque de “lecturabilidad” de arriba-abajo (Del lector al texto). Nuestra percepción de la necesidad de leer este libro en específico nos hace invertir más o menos recursos personales en él. Si algo me molestaba del Tambor de Hojalata, mencionado líneas arriba, era que sabía que tenía unas 200 páginas de más de lo mismo, pero es que no era tan difícil de leer como la Fenomenología … así que pasaba piola. Imaginémonos lo que pasa cuando tomamos un señor mamotreto como el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora, cuyas dos mil o más páginas auguran seguro desastre de no ser porque es un Diccionario, no se supone que uno se lo lea todo, sino que lo consulte. Qué alivio. Hay una relación entre el interés que despierta cierto libro en relación con la cantidad de páginas que te esperan, más su dificultad en leerlo. Viene a mi mente el caso diametralmente opuesto de un best-seller en inglés, The Far Pavilions, de M. M. Kaye, cuya apasionante trama, aunada a un profundo conocimiento del autor sobre la India de la Rebelión de los Cipayos, más un agudo uso del idioma inglés – una de mis intenciones al leerlo era mejorar mi inglés, y tuve éxito – determinaron el pleno disfrute de todas y cada una de sus 1189 páginas, en una edición de bolsillo, es decir de letra chiquita y sin figuritas. Con este libro incluso pasé por esa extraña sensación de desasosiego y decepción proveniente de que terminase “tan pronto”. Bueno, así es al derecho, y parece que así es al revés también.

Y no es que Fenomenología de la Percepción tenga una enorme extensión, en realidad es un libro bastante normal, de unas 460 páginas, y yo ya había emprendido antes lecturas filosóficas análogas, algunas verdaderamente complicadas, como Así Hablaba Zaratustra, de Federico Nietzsche; El Conocimiento Humano de Bertrand Russell; La Fe Filosófica frente a la Revelación de Karl Jaspers; el Leviatán de Thomas Hobbes, o la densa Historia de la Lógica Formal de I.M. Bochenski. No era yo un principiante ni tenía motivos para creer que esta lectura presentara mayor dificultad que otras. Pero cuando hice las primeras 65 páginas de Merleau-Ponty … me encontré con la curiosa sensación de que aunque podía, también no podía; y de que si quería, también no quería. Para ejemplo, un botón: “La pura sensación, definida por la acción de los estímulos sobre nuestro cuerpo, es el “efecto último” del conocimiento, en particular del conocimiento científico, y es gracias a una ilusión, por otro lado natural, que la colocamos al principio y la creemos anterior al conocimiento”. Sean mis lectores indulgentes y traten de mirar este problema desde la perspectiva de la “economía” de la Comprensión Lectora. La Comprensión es relativa a tu habilidad como decodificador. Es decir, si el vocabulario, la sintaxis o el registro son complejos, tu dificultad en decodificar será mayor, y por ende mayor el esfuerzo a invertir. Una consecuencia es que mucha tendrá que ser tu motivación para continuar esa lectura. Igualito pasa con las dificultades conceptuales en relación al tiempo que le dedicas, y a cómo lo ordenas. Si como lector yo debía detenerme a comprender el significado y sentido de oraciones como la transcrita, dado que casi todas se preveía eran más o menos así … ¿pues cuánto me demoraría en leer, de verdad, ese libro? ¿Y cuánto esfuerzo intelectual podía en realidad dedicarle? No era lectura “de transporte público” ni podía impunemente interrumpirse en un punto para retomarlo horas más tarde. Requería volver a páginas anteriores, meditarlo, trabajarlo. Además no lo leía por cumplir con obligación académica alguna, era por así decir el “libro de la semana”, sobre un tema que me interesa - la percepción- y me daba acceso a la fenomenología de Husserl. Vi que su lectura requería subrayado, glosas, fichas, anotaciones y organizadores visuales. Tras las primeras 65 páginas podía medir cuánto tiempo y esfuerzo debería invertir, pero no tenía claros los eventuales beneficios que me reportaría esta lectura. Tenía otras cosas qué leer, algunas obligatorias. Por otra parte, el esfuerzo de entenderlo era útil, aunque preveía que debería repetirlo oración tras oración, párrafo tras párrafo, capítulo tras capítulo, durante 463 páginas. De hecho, sentía que esta lectura no era exactamente “rentable”. Cuando leemos atendemos a conjuntos de signos colocados consecutivamente, cuya comprensión depende de la rapidez y eficiencia de la decodificación, y si debía detenerte tanto tiempo y dedicar empeño a decodificar la gramática y a comprender el sentido, el ulterior proceso de predicción de lo que lees se te entorpece y dificulta. En conclusión, la Fenomenología se hacía esfuerzo de largo aliento, que no me era posible emprender plenamente en mis circunstancias del momento. Y con un relativo dolor de corazón, decidí dejarlo para emprenderlo después. No dudo que la Fenomenología de la Percepción sea más accesible a especialistas, o, con el tiempo debido, a personas de medianas cultura y capacidad de comprensión, la que indudablemente saldría muy reforzada. Pero ni soy especialista, ni tenía el tiempo. Y narro todo esto tratando de distinguir por qué una lectura puede hacerse des-agradable, tanto desde el punto de vista del texto (enfoque abajo-arriba), como desde el punto de vista del lector (enfoque arriba-abajo) y tratando de relacionar esto con la motivación.  Es curioso que otro libro de dificultad análoga, El calendario Inca, de Tom Zuidema, muy extenso y complejo conceptualmente, no me produce la misma sensación de “falta de rentabilidad”, y no me arredra continuar su lectura – y eso que tengo que devolverlo a su propietaria cada cierto tiempo. Pero me queda claro que en este caso percibo la utilidad de pasar por el aro y mido con otro rasero la economía de la comprensión lectora.

IV
Moby Dick (Herman Melville)

Böll me aburrió, Merleau-Ponty no era rentable. Dos buenas razones para dejar de leer. Pero mi historia con el clásico Moby Dick es bastante menos clara. De entre las muchas obras que se consideran importantes o clásicas – 1000 libros que leer antes de morirse uno -, nunca había intentado ésta hasta que me obsequiaron el libro. Por supuesto, estaba al tanto de la trama y había visto dos versiones en cine, una con Gregory Peck, y otra con Patrick Stewart como el Capitán Ahab. Los temas vinculados al mar me apasionan particularmente, y puede que lo mejor que haya leído en cuanto a este género sea Capitán de Mar y Guerra, de Patrick O´Brien, también llevada a la pantalla con éxito y mucha propiedad. Pero leer Moby Dick era otra historia. Entre las consignas que uno trae cuando lee puede uno echarse a la busca de contenidos simbólicos, metafísicos y filosóficos; del mismo modo que se podría buscar cuántos pronombres relativos tiene un texto. Es decir, la intención que determina una lectura es uno de los determinantes del interés y la motivación. En este caso me ocurrió como con algunos profes fanáticos de la literatura del Virreinato del Perú, que conocen a Juan del Valle y Caviedes y su Diente del Parnaso, y que ríen con dicha obra, pero que no consiguen compartir la gracia porque nadie más entiende el chiste, aún en el caso de leerlo. Y el problema es que yo parezco estar entre aquellos que no le encuentran la gracia a Moby Dick. Es decir, tampoco, tampoco, pues como relato se deja leer, y como historia no está nada mal. Pero es que ya sé en qué termina el cuento: la ballena gana, el Pequod se hunde, Ishmael es el único sobreviviente. Y tal vez mi error sea que traté de encontrar los tres pies del gato. En la búsqueda intencionada de guiños, anáforas y referencias del texto, me quedé desnudo. Nanay, naranjas, ñangas, no encontraba nada de esa supuesta profundidad filosófica que me habían vendido. Así que puedo decir, como se dice en el Perú, que me quedé en medio de la mismísima calle. Por más que trataba de ver lo que tuviera entre líneas, para mí seguía siendo la anécdota: La historia de Ishmael, muchacho que se embarca en un barco ballenero, un muy rayado capitán, las aventuras … pero ¿el sentido de la existencia? …. ¿las claves de la comprensión del proceso de iniciación? … ¿… el sentido de la vida …?. Taque no, no los veía, ni aún los veo. Y como sé cómo termina, bueno, pues aún no lo he terminado de leer …

¿Qué diagnóstico puedo hacer de mí mismo con respecto a este libro que me sigue mirando burlonamente desde el librero? Lo he puesto ahí a sabiendas, entre Edgar Allan Poe y George Orwell, para poder atacarlo en cualquier momento, que nunca llega. He leído de Herman Melville el cuento del notario autista Bartleby, recomendado y proporcionado por mi amigo Rafael Moreno, que me encantó. Pero soy consciente que al amigo Bartleby no traté de hallarle nada fuera del disfrute de una historia bien contada, y es que eso fue lo que Rafael me vendió. Vale decir, y a modo de hipótesis, tal vez las expectativas que se venden a los potenciales lectores respecto de una obra determinada determinen sus reacciones. Antes de la obra leí comentarios sobre la obra. Por cierto, las editoriales dan información en las contratapas y en la publicidad, precisamente para vender las obras. Moby y Bartleby son del mismo autor, y el uno me encanta mientras el otro me desalienta … “curioso y más curioso”, como dice Alicia en el País de las Maravillas. Y asimismo, no puedo dejar de pensar que nuestros escolares enfrentan sin anestesia libros que son supuestamente interesantes… en la mente de los burócratas del Ministerio de Educación, de los profesores de Comunicación que arman el Plan Lector, o, Dios nos asista, de los superdotados de los organismos intermedios, vulgo UGELES.  No me extraña que Otra vuelta de tuerca, de Henry James; o Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez, se encuentren en la mente de muchos alumnos en la misma situación en que yo tengo a Moby Dick, es decir, en un stand-bye que bien puede convertirse en permanente. La transmisión del entusiasmo que despierta una lectura no es automática de persona a persona. Las expectativas no saltan con resúmenes de contratapa, o con comentarios del sentido que pueden tener ciertas obras literarias. Así como hay motivaciones positivas las hay negativas, y quizá la más insidiosa sea la de las expectativas. Poner demasiado en una lectura suele acabar en aburrimiento, decepción o simplemente indiferencia frente a un texto. No se debe olvidar que un lector es diferente a otro, que sus experiencias, capacidades, intereses y expectativas no son mecánicamente refundibles en un “diagnóstico general” que guíe nuestra elección de textos, por ejemplo para el Plan Lector. Y así trato de convencerme a mí mismo de que tengo buenas razones para no leer el Moby Dick.      

V
Colofón

Hay buenas razones por las que una lectura se puede hacer des-agradable. He tratado de explicar algunas de ellas: Aburrimiento, complejidad, falsas expectativas. Tal vez la moraleja debiera ser que la lectura es algo tan personal que en realidad sí pueden existir buenas razones para no leer ciertas cosas, y en ese sentido el lema que he asumido para mis pequeñas y humildes Crónicas no podría ser más adecuado: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás. Y si no puedes con algo, no te rayes, que hay oferta de sobra … pero trata de que los libros no te derroten. Y mientras esto escribo, la Ballena Blanca y el Payaso tocan el Tambor, mientras se parten de risa allá, en mi librero, junto con Merleau-Ponty … .