jueves, 24 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 2)

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 2)


En esta segunda parte de ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERÚ, empezaré por recuperar un par de ideas fuerza que mencioné en la primera. Decíamos que las sociedades tienen características que, fijadas en tradiciones, determinan mucho de su quehacer político, entre lo que destaca la visión que tienen de la manera y el estilo de dirigir que tienen sus gobernantes, que expresa lo que de algún modo esperamos de ellos. Aquellos gobernantes cuyo recuerdo ha quedado fijado, y que identificamos como importantes, se convierten históricamente en paradigmas del “deber ser”, del Buen Gobierno. Dichos paradigmas nos pueden ayudar a entender qué esperamos de los gobernantes potenciales, especialmente de cara a las elecciones que en unas semanitas tenemos que afrontar.

Nuestra democracia actual arrastra sus tradiciones, la mayoría anteriores a ella. El Presidente de la República es el sucesor legal de todos los que mandaron en este territorio, y eso lo convierte en continuador por lo menos de tres de los grandes personajes de nuestra Historia: El Sapa Inca Pachacútec, el Virrey Francisco de Toledo y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado. Ello en la medida que el estado republicano de hoy es sucesor del Virreinato y del Tahuantinsuyo, que a su vez es resumen y compendio de los 10,000 años anteriores a él. A ellos estamos dedicando este Tríptico, y ya pasamos por el Sapa inca Pachacútec, centrándonos en algunos de sus rasgos que de alguna manera hoy en día nosotros, la indiada, esperamos nuestro gobernante posea.

Esta segunda parte se la dedico al Excelentísimo Señor Virrey del Perú, Don Francisco Álvarez de Toledo. Cualquier semejanza de nombre con el apellido de cualquier candidato es pura, purísima, extraordinariamente impóluta e inocente, y además involuntaria, coincidencia. Qué culpa tengo yo que se apelliden igual.

Francisco Álvarez de Toledo, Virrey del Perú


El Perú, tras la Conquista del Tahuantinsuyo y el esfuerzo de sojuzgar y controlar a la población originaria, seguía siendo tierra levantisca. El Rey, en la remota España, lo sabía. Había que poner orden en estas tierras, y sostenerlo. Se había intentado ya al convertir al Perú en Virreinato, es decir un Reino más bajo la directa autoridad del Rey de España, y que resultó ser el más extenso, pues que abarcada toda América del Sur menos las posesiones brasileñas. Y los Incas ni se habían rendido ni estaban derrotados, y resistían desde Vilcabamba, amenazando, como espada de Damocles suspendida sobre las cabezas, la estabilidad de la perla más preciosa de la Corona española. Los españoles, fieles a sus antiguas tradiciones anárquicas, también andaban soliviantados. Algunos españoles en el Perú mantenían encomiendas para darse la gran vida como señores feudales con los tesoros del Virreinato, y se sentían más dueños del Perú que el Rey mismo, lo que seguro no le gustaba ni poco ni mucho. Las Nuevas Leyes de 1542 en lugar de aplicarse como Dios manda, servían básicamente para aguantar la pata rota de la mesa donde comían pan los Virreyes del Perú, de los que el primero – Blasco Núñez Vela – por excesivo entusiasmo en hacer cumplir la Ley, había perdido la cabeza a manos de los Conquistadores, ahora Encomenderos, del Perú, que tras haber derrotado al Tahuantinsuyo no se sentían demasiado impresionados por una Corona real, menos todavía por un gorro virreinal. Y para remate, el tesoro español demandaba recursos para mantener su prestigio y poder en Europa. Había en estos reinos una crisis de autoridad y una crisis de lealtades. ¿A quién enviará al Perú el Rey Felipe II, en cuyo Reino jamás se pone el Sol?

Francisco Álvarez de Toledo, tras larga y hazañosa vida, estaba más o menos en lo que hoy llamaríamos “situación de retiro”. Cuando el Consejo de Indias, reunido para examinar los problemas de las colonias españolas en América, decide proponerlo para Virrey, el Rey lo nombra como su representante directo en tanto que “persona real” en el Perú – que nada menos que eso era ser un Vice-Rey – en 1568, hace ya más de 400 años. Con el nombramiento de Virrey venían también adjuntos los de Gobernador y Capitán General, vale decir, el control de los asuntos civiles y militares, nada menos. Don Pancho de Toledo no conocía las Indias, y ya era un veterano cincuentón, que pesaban como muy cercanos a la vejez en aquellas épocas, en que tal edad no tenía el mismo significado que hoy. Es así que llega a Cartagena de Indias en 1569 con sus credenciales de Virrey en la faltriquera.

Nótese que la Autoridad de Francisco de Toledo le viene por delegación del Rey mismo. La fuente de la Autoridad es importante, dado que su prestigio se suma al prestigio personal del nombrado. Hay en esto cierto parecido con lo que ocurre en la actualidad con las democracias republicanas. En las Monarquías del Siglo XVI el Soberano – el depositario de la Soberanía - por supuesto, era el Rey, y nadie más. Si al Soberano del Perú, el Rey Felipe II Austria, se le hubiera ocurrido sentar sus reales por estas tierras, pues ni modo, de cajón hubiera sido el Big Boss. De hecho algo semejante ocurrió a principios del Siglo XIX con nuestro vecino el Brasil, gracias a ciertas travesuras napoleónicas. Hoy en día el Soberano sigue ahí, pero por supuesto ya no es el Rey de España, sino el Pueblo peruano. Pero ni el Rey ni el Pueblo están en todas, y los Virreyes lo eran precisamente por dos cualidades consideradas esenciales en aquestas monárquicas épocas, la lealtad y la capacidad. La capacidad era esencial, pero ningún Rey hubiera nombrado para Vice-rey a alguien cuya lealtad en el cumplimiento de las instrucciones no estuviera absolutamente fuera de toda duda. Más aún considerando que pasar el charquito del Océano Atlántico, más el cruce el istmo de Panamá, más embarcarse en este Pacífico Océano, hacia la costa más remota del mundo que era la nuestra precisamente, implicaba un aislamiento geográfico tan grande que la lealtad al Rey resultaba desde todo punto imperativa. Más en épocas en que una carta podía tomarse seis meses en llegar del Perú a España, y eso cuando era rápido. Ellos en todo caso preferían el error leal que el acierto desleal. Y desde el punto de vista político tenían toda la razón, qué duda cabe. Quizá ello explique por qué los funcionarios de gobierno parecen a veces tan tontos. Ser leal al Rey significaba poseer la virtud o valor de la lealtad, y ello significaba in illo témpore que se era español a toda prueba y católico a ultranza. Lo que implicó que Don Francisco Álvarez de Toledo gobernaría con tres ideas fijas en la cabeza: Servir a Dios, al Rey y a España. Y que quede claro que él no vino a gobernar a favor del Perú sino de España. No pertenecía por la sangre a la familia imperial incaica, no tenía ningún contacto telúrico con los Andes, y menos aún había sido electo por nadie, sino por el Rey, que Dios guarde, con la ayuda de los Consejeros de Indias.

Notamos muy presente este valor, al que se le da entonces y hoy una enorme importancia: La Lealtad. Podemos criticarle al Virrey Francisco Álvarez de Toledo todos, absolutamente todos sus actos de gobierno, pero indudablemente ni tirios ni troyanos, ni entusiastas ni opositores podemos criticarle en absoluto su insoslayable lealtad al Soberano, que fue absoluta y completa, hasta en sus errores. ¿Y qué significa eso de la lealtad? Ateniéndonos a algunas definiciones que encontramos por ahí, digamos que la lealtad es muy parecida a la Fidelidad, aunque no exactamente igual, y consistiría en “hacer aquello con lo que uno se ha comprometido”. Alto el fuego. Observemos primero que “ser leal” es asumir un compromiso determinado frente a un tercero; y en segundo lugar que se trata de ser consistente con ese compromiso y hacer todo lo necesario para cumplir el compromiso. Esto es tan importante para asegurar el Buen Gobierno, que hacemos jurar a los Presidentes, por lo que tenemos por más sagrado, el cumplimiento fiel de la Constitución y las Leyes. Y si lo cumple, se supone que la Patria se lo premiará, y si no, que se lo demandará. Y se entiende que el compromiso debe ser total, porque los intereses generales no se compelen con los particulares, y al que representa el interés general no le cabe anteponer intereses particulares ni propios ni ajenos. Hacerlo constituye una deslealtad política de alto vuelo. El soberano, frente al cual se ha asumido el compromiso, tiene el derecho de demandar el cumplimiento y castigar el incumplimiento.

La comparación con nuestros gobernantes republicanos es posible en este punto. ¿Cuáles de nuestros gobernantes republicanos resultaron más leales a su Soberano, es decir, al pueblo peruano que los colocó en el puesto? Hay que ver los dos elementos, el compromiso asumido y las acciones realizadas en función de éste. Se puede asumir de palabra el compromiso, de hecho todos los mandatarios lo hacen … ¿pero cumplirlo? Parece harina de otro costalillo. Porque los candidatos se comprometen a hacer y no hacer cosas, y cuando ya han gobernado, y tenemos la experiencia, se puede recurrir a ella para averiguar si efectivamente el Presidente cumplió con lo que prometió cuando era candidato. Y esto podemos observarlo, por ejemplo, en la persona de nuestro muy querido y jamás bien ponderado Señor Presidente de la República, cuya lealtad a su Soberano, el pueblo sufrido del Perú, es cuando menos cuestionable, dado que, según recordamos, en esto de la lealtad no lo es demasiado, pues fue electo con ciertas promesas cuyo cumplimiento aún estamos esperando. Pero tenemos fe que en los meses que le quedan de repente le da por cumplir alguna.

En el Siglo XIX tenemos dos casos tristes de lealtad presidencial. Derrotado nuestro país en la Guerra del Pacífico, el General Cáceres y sus heroicas huestes combatían con desesperación básicamente para no cederle territorio a Chile. Militarmente vencidos, peleamos en los aciagos años de 1881 a 1883 para minimizar el daño lo más posible. Haríamos lo que fuese para gestionar la paz, menos ceder territorio. Y por eso la lealtad del llamado “Presidente de la Magdalena”, Francisco García Calderón es un paradigma. Porque lo peor es que era un presidente de cartón, de esos que resultan elegidos para cargar el muerto, sin Poder efectivo, excepto el que viene de su investidura. No tenía plata ni tropa, y lo único que nos recordaba que era Presidente era esa bonita faja bicolor con la que se adornaba. Casi daba risa. Y los chilenos que ocupaban Lima por supuesto que rieron de buena gana, porque ya la veían hecha. Pero el caso es que el compromiso que García Calderón había recibido de la representación nacional era clarísimo: Paz, pero sin ceder ni un milímetro cuadrado de territorio. Y cuando los chilenos le pusieron el Tratado correspondiente ante los ojos – Tratado que estaba listo desde 1879 – se les congeló la sonrisa, porque, leal como era este valeroso hombrecito sin ningún poder, simplemente les dijo aquello que saca de sus casillas a esa gente que disfruta de poder efectivo y que cree que tiene la sartén por el mango: NO, NO y, en caso que haya dudas, NO. Y cumplió con ese compromiso hasta el extremo de soportar vejaciones e insultos, incluso la deportación de la patria a tierras enemigas. Un paradigma digno de seguir en horas aciagas.

Por cierto, el valor de la Lealtad parece distinguirse mejor en tiempos de Guerra. La discusión contemporánea sobre si era mejor ceder terreno y acabar esa maldita guerra de una buena vez se hizo amarga y compleja con la deportación a Chile de García Calderón. La potencia de ocupación esquilmaba sin misericordia al Perú, y la juventud peruana moría con denuedo en los campos de batalla. No soy de los que está de acuerdo con lo que hizo Miguel Iglesias al reconocer la derrota y ceder territorio, pero lo cierto es que demostró entereza al aceptar una posición que en automático lo haría odiado por todos. Iglesias prometió terminar la guerra, y cumplió con lo prometido, preso de inmensa amargura, podemos imaginarlo, desde que él mismo había combatido contra los chilenos en el Morro Solar, donde vio morir a su propio hijo, y en San Pablo. Cuando entendió que el Perú no podía soportar más la guerra (en lo que podemos y debemos discrepar), el Presidente Miguel Iglesias cargó sobre sus hombros la responsabilidad de firmar la rendición y hacer la paz con Chile. Podemos estar en desacuerdo, pero que se compró el pleito, se lo compró. Y la entereza moral necesaria para hacer lo que se debe hacer tiene en Miguel Iglesias un trágico exponente.

En el Siglo XX, tan pletórico de deslealtades y promesas incumplidas, la figura del Presidente del Gobierno de Transición, Valentín Paniagua, también posee este brillo de la Lealtad. Por mandato constitucional y exigencia popular, el Presidente Paniagua debía tomar una serie de medidas que permitieran al Perú recuperar la vía institucional y democrática tras casi un decenio de dictadura de Fujimori y Montesinos. Y lo hizo dentro de los plazos establecidos, convocó a elecciones, y cumplió con toda lealtad su deber para con el Soberano que ahí lo había puesto, es decir el pueblo del Perú. ¿Por dónde andará su monumento?

Volvamos al siglo XVI con el Virrey Don Pancho Álvarez de Toledo. Si tomamos en cuenta lo importantes y discutidos que fueron sus más de 11 años como gobernante del Perú, el carácter de Don Pancho deviene como muy importante, y explica en buena medida lo acertado de su nombramiento. Don Pancho, a los 53 años de edad, ya era hombre completo y experimentado en las lides militares y políticas de su época. Administrador no lo era tan bueno, curiosamente, o cuando menos nada nos hace pensar que tuviera una gran experiencia previa. Pero está claro que poseía valores personales propios, que se decantaban en una conducta que se puede calificar de moralmente intachable. Sobrio hasta el extremo, era bastante inmune a la corrupción, por aquello de que quien nada necesita, nada apetece. De contextura sólida e imponente físicamente, su carácter serio y su firmeza le permitían, y seguramente muchas veces lo hizo, imponerse sobre los que le rodeaban, y establecer un fuerte liderazgo, que ejerció con audacia. Pagado de su propia persona, era impulsivo por momentos, e impaciente frente a lo que no andaba bien o no funcionaba, con seguridad debe haber dado muchos puñetazos contra la mesa para hacerse obedecer por los españoles de la época, tan aficionados al revolutis; y seguramente debe haber tenido medio aterrorizados a sus subalternos. Como era altivo, seguramente pensaba que nadie haría mejor que él las cosas, y debe haberle costado delegar la Autoridad del Rey. De ideas firmes y concretas, vino con la idea de reformar lo que debía reformar y mantener lo que había que mantener. No era fácil meterse con el Virrey Toledo, y más difícil todavía tenerlo bajo control, coacción o relativizar su autoridad, incluso influir en él debe haber sido casi imposible, y eso que los peruanos tenemos harta experiencia en eso de manejar al Príncipe. Este hombre haría lo que creyera correcto al servicio de Dios, el Rey y la Patria española, y punto.

Quizá sea difícil hallar en nuestra historia republicana a un gobernante que, en términos de carácter fuerte y firmeza de propósito, le sea comparable. Nuestros presidentes han sido demasiado dubitativos, demasiado temerosos de pisar callos, y esto demasiadas veces. Tal vez podamos encontrar en el siglo XIX la figura de Don Andrés Avelino Cáceres, empecinado en la Resistencia contra los chilenos invasores hasta el extremo de nunca admitir la derrota, y que jamás se rindió, con lo que dio muestras de un carácter parecido en ciertos aspectos al del Virrey Toledo. Es indudable que el carácter de una persona influye grandemente en su forma de administrar el estado. Si es sobrio, de carácter reformista, firme en sus ideas y planteamientos, serio y capaz de ejercer liderazgo, podemos decir que es una persona idónea para ejercer el mando, que requiere tener autoridad. En el siglo XX tenemos realmente pocos ejemplos de carácter fuerte. Esto parece ser más propio de los gobiernos fuertes, donde la Autoridad del gobernante muchas veces se expresará en términos del carácter que posee. Los gobernantes de Facto no pueden basar su Autoridad en fuentes externas a ellos mismos, tienen necesariamente que ser muy caudillos. Es posible que el Presidente de Facto Juan Velasco Alvarado haya contado, según se cuenta de sus acciones y contando con su talante reformista, con estas características personales cercanas a las del Virrey Toledo.

Retornando al Siglo XVI, lo cierto es que Francisco Álvarez de Toledo, ni bien llegó a Lima, lo primero que hizo fue establecer su Autoridad. Podría haberse comportado como otros Virreyes, en el sentido de que cuando estás en un cargo así, contemporizas con la realidad para no chocar demasiado con Chocano – que debe ser personaje de mucho poder - y hacer lo que tienes que hacer de la mejor manera que veas, aunque eso implique que pases por alto ciertas cosas. Cualquier persona que ha ejercido alguna autoridad, de cualquier tipo, sabe que esa autoridad nunca se desenvuelve en el vacío, sino en medio de inquinas, recelos, antipatías, conflictos, conveniencias, luchas por el poder y el control. Pero Pancho Toledo metió carácter y puso orden donde no lo había, de manera que pudiera dejar la capital, que era lo que quería hacer, y las cosas siguieran funcionando. Así se metió con lo más difícil por delante, de arranque y sin meter embrague: Reorganiza la hacienda y las escalas de salarios, restablece el servicio militar, nombra corregidores, pone orden en la Iglesia y la Audiencia. Se toma un año entero para poner orden en casa, porque aspira a más, y por eso o pisa ahora los callos difíciles y complicados, o no lo hará nunca. Y no deja títere con cabeza, y se mete con los temas de la plata, de las armas y de los nombramientos, es decir, los recursos económicos, militares y políticos, con lo que se asegura el control de las fuentes del poder.

Con esto sólo bastaría para decir que el Virrey Pancho de Toledo hizo un Buen Gobierno. Pero eso fue solamente el principio. Uno no hace cosas por hacerlas, sino para algo. El Virrey tenía un programa qué cumplir. Y como la única manera de hacer las cosas bien es verlas con los propios ojos, inició una famosa Visita General al Perú que duró 5 años, de 1570 a 1575, y dejó huellas tan duraderas como los corregimientos, las reducciones y las mitas. No insinúo que estas medidas hayan sido positivas para nosotros o para el Perú visto como la “persona nacional” de Basadre, solamente dejo sentado que Pancho Álvarez de Toledo, con lealtad probada a su Rey y a su Patria, y con eficiencia y firmeza de carácter hizo lo que debía hacer, y lo hizo bien. Y dejó por ello una huella histórica imborrable. Podemos admirar al hombre sin tener que denigrarlo por hacer eficientemente lo que desde su posición debía de todos modos hacer. Quizá podamos deplorar que no haya sido más tonto, débil o ineficiente, como la mayoría de los que han detentado autoridad en nuestra Patria. Quizá hubiera sido mejor para la vida de los peruanos de entonces el que no hubiera hecho bien las cosas. O tal vez podemos deplorar que de todos los ineficientes españoles de la época justo nos haya tocado éste. Pero que fue eficiente y eficaz, por suerte o por desgracia, lo fue.

No por nada le llamaron el Solón peruano. Solón, como mis lectores saben o ignoran, es el paradigma universal del legislador reformista y creativo, el que a partir de la realidad que encuentra, la modifica para mejorarla, para desactivar los conflictos y permitir el desenvolvimiento de una vida más o menos normal, tras resolver las contradicciones que encuentra. El Virrey Francisco Álvarez de Toledo resultó ser un reformista creativo y realista, que encontró al Perú como la mona, y cuadró las cosas para hacerlas manejables. En la ruta cometió errores, que su empleador Felipe II no le perdonó, lo que consideramos fue muy injusto. Porque, efectivamente, tuvo características de un Solón. Quizá debamos pedirle a Dios que nos libre de tipos eficientes que gobiernan bien, pero para el extranjero …

Ahora hagámosla igual que la que hicimos en la Parte 1. Pensemos en los principales candidatos. ¿Quiénes de ellos podrían parecerse en algo al Virrey Francisco Álvarez de Toledo?

Instrucciones: Califica de 1 a 5 a cada candidato en los temas de LEALTAD - FIRMEZA Y DECISIÓN POLÍTICA - CARÁCTER REFORMISTA. No te hagas trampa. Intenta ser objetivo. Luego suma sus puntajes. El puntaje máximo es 15 y el mínimo 0. Ello te dará una idea de qué puedes esperar de ellos.

Candidatos por orden alfabético
CARÁCTER

Luis Castañeda
Keiko Fujimori
Ollanta Humala
Pedro Pablo Kuczynski
Alejandro Toledo

Y ojo, QUE DESPUÉS VIENE: El Presidente Ramón Castilla y Marquesado.



miércoles, 23 de marzo de 2011

UNA VISITA AL CARDENAL PRIMADO DEL PERÚ

(Corta Interrupción de la serie sobre Elecciones y Gobernantes en la Historia del Perú)


Nuestro amadísimo Cardenal es una persona extremadamente especial. Goza de un puesto de autoridad proveniente de una Institución que representa en la actualidad líneas muy conservadoras, incluso desde el Vaticano. No es una autoridad política, pero es indudable que desde que el mundo es mundo, las Iglesias tienen implicancias políticas reales, efectivas y concretas en el devenir de la política. Cualquier política realista debe tomar en cuenta este poder. Muchos años atrás Pablo Macera señalaba lapidariamente que en el Perú se gobernaba teniendo de una mano a la Iglesia, y de la otra al Ejército. Es decir, en corto, a los que influyen las conciencias y a los que portan las armas. Dos fuentes de poder indudables.


Con el tiempo esta visión ha cambiado y se ha diversificado. La Iglesia Católica ya no es la única fuerza que influye en las conciencias. Los medios de comunicación, otras Iglesias cristianas y de las otras, y diversas corrientes laicas se reparten una influencia sobre las mentes que antes era mantenida con mano de hierro vía los mecanismos sacramentales. Por otra parte muchas personas, en su fuero interno, no adscriben a estas posiciones. Los agudos conflictos históricos entre Iglesia y estado que se desataron en América Latina desde los años 30 y 40 hasta la actualidad, en el Perú no se produjeron con la misma intensidad. La fuente de conflicto más dura fue la Reforma Agraria del General Juan Velasco Alvarado, que afectó al antiguo y mayor terrateniente de la época, la Iglesia Católica. El Cardenal Juan Landázuri, hombre de Dios de inmensa caridad cristiana, puso por delante esta característica que debiera informar las acciones de los actuales dignatarios católicos, y renunció a la propiedad de estas tierras, evitándole al Perú un conflicto de grandes proporciones, y dando muestra de que a veces las Iglesias pueden ajustarse a las necesidades de la justicia. Viendo el desempeño de nuestro actual Cardenal – Arzobispo, cómo se le extraña a Landázuri.


Si pensamos en los milenarismos brasileños, o la guerra de los cristeros en México, veremos que nosotros al fin y al cabo la pasamos piola. La Teología de la Liberación, producto peruano de exportación, proporcionó un equilibrio necesario a la Iglesia Católica, cosa que hoy extrañamos al ver a la Iglesia de Bartolomé Herrera y Hubert Lanssier tan decantada a un conservadorismo tan poco ajustado al ágape cristiano. Los grupos de laicos conservadores católicos más extremos invariablemente son grupos de personas con mucho dinero y poca sesera, que reproducen las diferencias sociales y les otorgan carácter de voluntad divina, que terminan presos en contradicciones que de cuando en vez saltan, y que se acallan en medios de comunicación porque la imagen es lo último que se pierde. La estructura de la Iglesia Católica de hoy no proporciona suficiente guía a estos grupos y tampoco a la gran masa de sus feligreses. Tampoco es que sea una organización muy santa. En nuestro país la Iglesia Católica se las arregló para estar apegada al poder económico y político de modo tal que su influencia se empleó en la defensa y refuerzo de las posiciones conservadoras, y a la inversa, fue defendida – y aún lo es – por los grupos más conservadores, aunque no con la unanimidad de que solía gozar. Una simbiosis de poder, en suma. Pero que afecta la labor que supuestamente se planteó a sí misma hace ya siglos. De hecho, y como suele ocurrir con las Iglesias, el compromiso político se tragó al Catolicismo Peruano, que nunca fue demasiado fuerte ni en sus mejores momentos, y que por desgracia históricamente ha estado mayoritariamente del lado de los poderosos, formando al final parte objetiva de la alianza para extraerle la plusvalía a las gentes, con la excepción de personalidades y grupos que sostenían y sostienen otro y más evangélico espíritu.

La Iglesia Católica es en consecuencia, y hoy más que nunca, una fuerza política, con posiciones, compromisos y alianzas, a la que, como a todo actor político, es necesario considerar en un análisis concreto del tejemaneje político. Ello, como es obvio, no tiene mucho que ver con quien ocupe el solio. Podría ser la Madre Teresa de Calcuta o el fraile Torquemada. Igual hay que caer por ahí. Y sonriendo además. A la vista de ganar las elecciones y asumir el control del aparato del estado, las relaciones con el vecino que administra la Catedral se vuelven repentinamente importantes. Cabe entonces, en una acción política medianamente eficaz, establecer como aliada si es posible, o por lo menos neutralizar, a dicha fuerza política. ¿Cómo se neutraliza la posición política de un grupo político? Esto es parte de la teoría de las alianzas. Por lo general primero se establece una línea de comunicación que permita el intercambio de ideas y opiniones. Luego se buscan los elementos comunes que permitan establecer conversaciones y tratativas. Se refuerzan los puntos en común. Se negocia. Se llega a cuerdos acuerdos. Casi un protocolo de Realpolitik.

Es así que un rito no tan formal como la Misa o la Confirmación, pero igualmente importante, es el de que los candidatos a la Presidencia de la República se den su vuelta para visitar al posible vecino. Naturalmente es una reunión de lo más cordial, llena de lugares comunes acerca del rol histórico de la Iglesia en la formación de la nacionalidad del Perú, y de la importancia de mantener buenas relaciones entre la Iglesia y el estado, ambos preocupados por el bienestar de la Indiada, etc, etc, etc. Es decir, podría haber sido una cosa muy sencilla, una de esas conversaciones que no te obligan a nada pero que establecen líneas de comunicación que dado el caso serán necesarias. O que cuando menos, no estorba tener. Conversar no es pactar, decía Don Ramiro Prialé, epítome de los negociadores políticos en nuestro país.

Por otro lado, la reacción de los grupos ciudadanos de defensores de los derechos de las personas de diferente orientación sexual ha sido muy interesante. Creo en lo personal que los ciudadanos de diferente orientación sexual necesitan y deben tener vías para que las situaciones afectivas y legales creadas a nivel de las parejas sean protegidas por el Estado, en el mismo nivel, equivalencia o igualdad de las relaciones entre los heterosexuales que son el resto de la población. Se legisla por la naturaleza de las cosas, no por la condición de las personas. Las leyes deberían diferir lo menos posible de los usos y costumbres, y más aún en el terreno afectivo social. Contra esto va la ausencia total de políticas de fomento social, que en nuestro ordenamiento legal obedece a muchos factores. No tenemos, o si las tenemos son inoperantes, políticas de juventud, de infancia, de adulto mayor, de parejas, de género, de adopciones, etc. Falta, error, inconsecuencia y responsabilidad de los que hasta hoy nos han gobernado, de los cuales muchos intentan hoy repetir el sabroso plato. Esta ausencia de visión de desarrollo social es uno de los grandes temas pendientes, y forma parte de la Deuda Social que los administradores del estado peruano, ocupado en favorecer a los grandes conglomerados a cambio de migajas, no se ha preocupado de satisfacer.

Menos aún se han establecido políticas para el caso de las personas de diferente orientación sexual. Pero aclaremos. Los derechos son algo esencial en el ordenamiento democrático. Pero convertirlos en realidad es complejo, y depende del principio de realidad, es decir del mapa político en concreto y del avance de la opinión pública. El ejemplo de la abolición de la esclavitud es notable y muy análogo. En una perspectiva maximalista tenía que hacerse, debía hacerse, era cosa ya no solamente de derechos sino de humanidad y de dignidad. Pero se necesitaba o el dinero para pagar, o una guerra civil. De hecho en Estados Unidos hubo una guerra civil. Y en Brasil el tema era tan esencial que produjo la caída del imperio y la fundación de la República. En nuestro país el guano financió la liberación de los esclavos y nos evitamos una guerra social. Por supuesto, esto los maximalistas se lo criticaron a Ramón Castilla en nombre del deber ser. Pero la esclavitud fue abolida.

Sin embargo, la situación de las personas de diferente orientación sexual en el Perú no es como la de los esclavos del último tercio del siglo XIX. Menos mal. Ni tampoco son tontos ni están ahí esperando que los liberen, lo que es mejor aún. En mi modesta opinión, las personas de diferente orientación sexual deben ejercer todos los derechos que nos asegura la ciudadanía en un estado democrático, y soy partidario de una apertura total, hasta maximalista en ocasiones. Pero una cosa es con guitarra y otra es con vihuela. Veamos la operatividad de las cosas, es decir el problema concreto de convertir una aspiración en un hecho político. En mi experiencia asesorando y elaborando Planes de Gobierno, me costaba muchísimo, incluso en partidos de izquierda, introducir el tema puntual de los derechos y libertades que se les debe a las personas de distinta orientación sexual. Personas con indudables raíces revolucionarias, luchadores sociales valientes y capaces se oponían a esta ampliación natural de los derechos mostrando una homofobia completamente inconsecuente con sus avanzadas posiciones en otros campos. Muy humano, por cierto. Había particular oposición al “matrimonio gay”, por motivos de nombre y de rasgos del matrimonio en el Perú, que está tan arrejuntado con el tema del matrimonio religioso, que es considerado “Institución”, y no solamente “Contrato”, como en la mayoría de los países. Y es que esta “Institución”, por serlo, es protegida por el Estado, y esto es constitucional e imposible de soslayar. Tampoco es que estos políticos de izquierda opositores al matrimonio gay fueran impermeables, en especial cuando se les mostraba los hechos reales sobre los que había que crear posiciones y tomar en cuenta. Tampoco dejaban de entender que hay vastos sectores de población con diferente orientación sexual, cada uno con su voto,m y que esos votos pueden ser orientados al voto preferencial. Y así apareció en la discusión política la figura, en varias partes a la vez, de la “Unión Civil”, contrato pero no institución, que pareció en aquel momento producto de una negociación política nada deleznable. Poner de acuerdo a políticos profesionales es tarea para los chinos que construyeron la Gran Muralla …


Se entiende que las organizaciones que nuclean a personas de diferente orientación sexual sean maximalistas. Como a muchos, me hizo sonreír la manifestación de chapes hecha al frente de la casita del Cardenal-Arzobispo. Era singularmente apropiada, y extraordinariamente bien dirigida, aunque es cierto que lindaba con la invasión de propiedad. Sin embargo, tomada con cierto liberalismo, no resulta muy diferente de la ritualizada forma en que los sindicatos y organizaciones sociales de base estructuran sus marchas al Congreso, gases lacrimógenos incluidos. Como para darles a los compañeros LGTB la bienvenida en nombre de todos los “protestantes” del Perú. Pero sospecho que tienen que aprender aún que parte del rito también es que su manifestación y posiciones sea minimizada, deformada o banalizada. Y que si logran visualizar su tema, este será atacado, no importa la justicia de su causa. Naturalmente, en la defensa de sus derechos, siguen y seguirán contando con el suscrito.

El que un político como Ollanta Humala le señale al Cardenal Primado del Perú que su familia es católica o que las familias de Nadine y la propia son familias conservadoras, no nos parece que sea para tanto. No le va a contar que nunca van a Misa, si es que no van, claro. Decir de lo que es, que es, es decir, según Aristóteles, la verdad. El Presidente de la República gobierna para todos los peruanos, héteros y homos, varones y mujeres, católicos y ateos. Tiene que andar con la opinión pública, es lo que le corresponde, y lo que más le vale hacer si no es tonto. Y aunque no nos guste no es tema fundamental en el Perú la situación legal de las personas de distinta orientación sexual, lo es el tema de las estructuras familiares, que lo abarca. Y tampoco creo que el manejo que Ollanta hizo del tema haya sido el mejor. De hecho creo que pudo hacerlo mucho mejor. Pero perdónenme mis amigos, el problema del aborto es mucho más grave. Perdónenme mis amigos, pero hay muchas más familias con un solo padre que personas de orientación sexual diferente, aunque a veces coincidan las problemáticas. Perdónenme mis amigos, pero la situación de las familias en el Perú, sin chamba, sin salud, sin educación, sin servicios, sin seguridad, abarca a la de las personas de diferente orientación sexual. Por ser de distinta orientación, no han dejado de ser ciudadanos ni de padecer estas situaciones que, según parece, la mayoría de los candidatos no está afrontando frontalmente en su afán por sostener el modelo económico.

Para culminar, veamos el asunto desde una perspectiva que suponemos más realista. Entre las posibilidades reales de presidentes de la república que tenemos, ¿Será Toledo el que volverá funcional el tema? Recordemos que frente a la presión mediática ya retrocedió sobre el tema, imaginemos qué pasará cuando tenga que enfrentarse con Cipriani, sobre todo considerando lo que le pasó en su anterior gobierno, extraordinariamente débil. ¿Y Keiko? Me parece que ella más bien no ve con simpatía el tema… ¿Y Castañeda? Bueno, ahí francamente no sabemos, pero creemos que en vez de apoyar a las personas de diferente orientación sexual, posiblemente les construya una escalera. ¿Y PPK? Me parece que es demasiado conservador para meterse con la Iglesia. Visto desde esta luz, las cosas se ven un poco diferentes.

El problema con este tema, como con otros, es que siempre será un tema polémico, guiado de las hormonas o del hígado en vez de ser afrontado por las neuronas. No creemos ser los dueños de la verdad, pero creemos que nuestra opinión merece ser manifestada, en especial porque pensamos que la política también es una ciencia. Y ya vuelvo con la segunda Parte de Elecciones y Gobernantes en el Perú.

martes, 22 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 1)


Como dice la canción, no se puede nadar sin agua. Tengo en la línea de producción cosas sobre didáctica de la Historia, enseñanza / aprendizaje de valores, perlitas cognitivas, educación para el trabajo y varias cosetas más, pes cholo. Pero se nos meten las elecciones en medio, y queda tan poquito para la primera vuelta que mejor tratamos de hacerle guiños a la realidad política y meternos de nuevo en el ajo. Estos últimos días las cosas decantan. Las encuestadoras, temerosas de perder credibilidad – deben seguir vendiendo estudios de mercado cuando no hay elecciones, la vida hay que ganársela – empiezan a sincerarse. Y es lógico, hay dos mil maneras de manipularlas, y muchas se han evidenciado en los últimos días, con lo que la gente pensante debería no caerse de contento cuando una encuesta te da más votos de los que te dijo originalmente que tenías. Los abrazos de oso sueles ser algo apretados. Pero para nosotros, la indiada, pueden ser cosas del Orinoco, de esas que tú no sabes y yo tampoco.

Así que ni modo. Habrá que intentar meterle un poquito más de neuronas a la campaña electoral. Y en este caso se me ha ocurrido pensar qué es lo que esperamos lograr con las elecciones. Y pensaba que si vamos a votar por Presidente de la República, por Jefe del estado, valdría la pena hacer un pequeño recorrido.

Cultura política y orígenes

Nuestra cultura política es curiosa. Es una de esas cosas que determinan nuestra identidad. Y aunque quizá eso no nos guste, nuestra identidad, eso de “ser peruano”, está muy determinado por esa cosa que se llama sociedad, y la sociedad tiene un desarrollo en el espacio – este territorio que llamamos Perú – y en el tiempo. Lo que hacemos hoy tiene, tras de nosotros, casi 200 años de vida republicana, 300 años más de Colonia de los españoles, un siglo de Tahuantinsuyo más, y, casi nada, 10,000 años de constante permanencia en nuestro territorio. Ello nos sube la autoestima, y nos ha dado una cierta prestancia que otros países no tienen, y en América, salvo México, y quizá Bolivia y Guatemala, ningún país es comparable a este pedazo de tierra, con su curiosa gente y sus extrañas ideas de cómo gobernarse. En los Estados Unidos, algo que tenga 200 años es realmente viejísimo. En la Argentina, la gente no desciende de sus abuelos, sino de los barcos repletos de migrantes. Nuestras tradiciones son viejas como los agujeros de las orejas y el Hombre de Lauricocha. Gozamos o padecemos de una mezcla informe de estirpes, muy nuestra, donde convivimos desde bailarines de marinera moches hasta navegantes lacustres aimaras, pasando por descendientes directos de Huayna Cápac – nuestro amigo el genealogista Ronald Elward los ha encontrado -, polacos nacionalizados, palestinos fabricantes de alfombras mágicas, huancaínos que comercializan hasta los ojales vacíos de las camisas, quechuas mahometanos, pentecostales e israelitas del Nuevo Pacto Universal, zambos que tocan el cajón y rockean como los buenos, pitucas que charlan por los codos en sus casas de playa, tusanes que cocinan el mejor wantán frito del universo, croatas pescadores, tiroleses con mote, capullanas morenas de ojos verdes como la perdición de Adán, bricheros y pequeños empresarios, vedettes y delincuentes, sacerdotes y luchadores sociales, y un larguísimo e inacabable etcétera. Pucha, que tratar de entender nuestros orígenes como sociedad es tan sencillo como explicar en fácil la teoría de las Supercuerdas.

Don Nicomedes Santa Cruz, ese grande y orgulloso Negro Peruano, pretendía en una de sus décimas simplificar el nudo gordiano, y sugería con gracejo que en el Perú solamente cohabitaban tres razas, y eso era fácil de entender para todos. Total, no hay más que indoblanquinegros, blanquinegrindios y negrindoblancos. Pero se le olvidaron al zambrano los tusanes y los niseis, que hay harta gente de esa por acanga; y de que decir “indio” es meter en el mismo saco a huancas, quechuas, moches, tallanes, chachapoyas, cajamarcas, chancas, collas, shipibos, matsiguengas, aháninkas, aymaras, etc.; y que decir “negro” es mezclar a congos, angolas, ashantis, sudaneses, bantús, zulús, xhosas, hausas, etc.; y que decir “blanco” es mezclar a vikingos, árabes, tiroleses, andaluces, calabreses, provenzales, escoceses, bávaros, húngaros, bielorrusos, drávidas, etc.; y que decir “chino” es combinar viets, han, song, nipones, coreanos, taiwaneses, mongoles, tibetanos, y más etcéteras todavía. Así que tratar de dilucidar las mezclas y combinaciones puede ser realmente espeluznante, e incluso escandalizar a algunos creyentes en la imposible “pureza de la sangre”. ¿Cómo, Dios de Israel, le llamamos a alguien cuyos ocho bisabuelos son de origen cajabamba, portugués, croata, vasco, danés, chincha, alemán, y español? ¿”Chincapocromán? ¿”Davascajañol””? Yo tengo mi propia teoría al respecto, y creo que es la mejor posible. A alguien así le llamo “hija”. Es que solamente Dios, en su infinita sabiduría, quizá pueda tener una idea de los tipos de gente que existe, y de cuánto grupo más hay en nuestra patria tan extraordinaria. Total, dicen que Dios, para rematar esto de la mezcla, nació en Trujillo … Así que mejor no nos metamos con lo que no es posible meterse.

Un paréntesis

(Dicho sea de paso, eso del tema de “peruanos afrodescendientes” estará bacán para los discursos oficiales, pero desde que tengo memoria tengo amigos negros, y vaya, negros les he dicho siempre, aceptando bien interculturalmente el mote de “crudo” para mí, por cierto. Es que una cosa es el discurso oficial, que pretende marcar la interculturalidad para los que no la agarran, lo que debe hacerse y está muy pero que muy bien, y otra cosa muy distinta es jugar fulbito y decirle a Carlitos: “¡afrodescendiente no amarres bola, pásala!”. El idiolecto es el idiolecto, y solamente debiéramos pretender cambiarlo cuando resulta ofensivo o irrespetuoso con un grupo humano, o cuando el grupo mismo, con todo derecho, desee ser conocido de otro modo. También es cierto que el tono dice mucho, y entiendo que los “negros – afrodescendientes” se resientan de la palabra “negro” dicha con displicencia, desprecio o prejuicio. Y es cierto que palabrejas como “negroide” son monstruosidades por donde se las mire. Y para sentar un ejemplo, no otra cosa ha sido sustituír “campas” por “asháninkas” o “machigüengas” por “matsiguengas”, que es como los asháninkas y matsiguengas de nuestra patria desean ser llamados, por sus propias razones y sin que al resto nos tenga que importar cuáles sean. Si yo me llamo Javier no quiero ser Douglas Enrique, pues mi nombre es parte de mí y mi identidad. Y como dice Guareschi, cada uno consigo mismo, y Dios con todos. Fin del paréntesis.)

El Gobernante en la Historia del Perú

Me encantan las digresiones, dicho sea de paso. Mis sufridos lectores lo habrán notado. Llevo dos páginas y no he entrado en materia todavía. Así que, como dice el dermatólogo, vamos al grano. Los estilos de ser gobernante en nuestra Historia marcan, quieras que no, el estilo actual de serlo. Tratemos de entenderlo mejor.

¿De dónde proviene la autoridad republicana con la que revestimos al Presidente de la República? Teóricamente del consentimiento popular expresado en la voluntad general del pueblo. Este ya es un ajo conceptual. Porque el “consentimiento popular” siempre ha sido en eso que llamamos Democracia, una trampa para cazar inocentes pajaritos. La “voluntad general del pueblo” es algo tan huidizo y tan difícil de determinar que el teórico francés Condorcet – víctima de la Revolución Francesa que dio lugar a la frase de que la Revolución se traga a sus hijos-, que era hombre práctico, tenía que recurrir a una falacia, la de suponer que si alguien obtenía más de la mitad de los votos, entonces representaba la “voluntad general del pueblo”. Es decir, el hecho práctico de que todos los habilitados para ello votemos nos da una idea aproximada de la “voluntad general del pueblo”. En las actuales elecciones las encuestas, cuál grandes electores, proponen a cinco probables candidatos al “Sillón de Pizarro”, lo que nos parece gracioso. ¿Qué clase de autoridad republicana es la de alguien que sale elegido con el 30 % de los votos? Eso está en nuestra Tradición, porque el ballotage o Segunda Vuelta es cosa bien nueva en nuestra legislación.

Nuestra democracia actual arrastra sus tradiciones, la mayoría anteriores a ella. El Presidente de la República es el sucesor legal de todos los gobernantes anteriores de este territorio, y eso lo convierte en continuador por lo menos de tres de los grandes personajes de nuestra Historia: El Sapa Inca Pachacútec, el Virrey Francisco de Toledo y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado. Ello en la medida que el estado republicano de hoy es sucesor del Virreinato y del Tahuantinsuyo, que a su vez es resumen y compendio de los 10,000 años anteriores a él.

Autoridad y elecciones

Miremos un poco más adentro, ligeramente. Al principio de nuestra Historia Republicana el Presidente era elegido de manera indirecta por el Congreso. Lógico en una República que recién empezaba y que pretendía tener cierta estabilidad para lograr eso de ser Libre y Feliz por la Unión. Viéndolo en cierta perspectiva, veníamos de haber sido Virreinato y Tahuantinsuyo, y en esas unidades políticas nadie elegía a nadie. El Sapa Inca era resultado de una combinación de sucesión por sangre y guerra ritualizada; y el Virrey del Perú era nombrado por el Rey de España. Sin embargo, nuestro imaginario popular y social vio y ve aún a los gobernantes como una suerte de seres semi-divinos, con capacidad para hacer más o menos lo que les venga en gana, limitados básicamente por su propia voluntad y por las fuerzas concretas a las que les deben sus cargos. Nada raro si entendemos que la democracia y la república son instituciones novedosas – menos de 200 años - en un país con más de 10,000 años de Historia.

Nos pasamos los primeros 30 años de la República con caudillitos imitadores de los Virreyes y los Sapa Incas, pero incapaces de moverla con la solvencia ya no de Pachacútec o el Virrey Toledo, sino de sacristán de Iglesia de Cristo Pobre. Llegó Ramón Castilla y tuvimos ilusiones, ingresos y veleidades de gran potencia, y por un buen rato – lo que duró la plata del guano y el salitre -, nos la creímos. La Guerra con Chile nos devolvió a nuestro nivel, y con el tiempo y tras el supuestamente tranquilito período de la República Aristocrática (1895 – 1919), en la que gobernaban los que la movían y nadie más, se vinieron huaycos democratizadores de dentro y de fuera del Perú, y empezó un ajuste de cuentas interno que aún no acaba. Tras la dictadura de Leguía y su fracaso en perpetuarse, vino una Constitución – 1933 - que nos movió el piso y el cotarro, porque por primera vez había voto directo para elegir al Presidente de la República. Se acababan para siempre los compromisarios y las tutelas, y el pueblo pisaba con sus pies cochinos lo que hasta entonces fue salón dorado de aristócratas y señores semifeudales. Quien pateó esa puerta, debemos decirlo, fue Víctor Raúl Haya de la Torre. No nos interesa ahora lo que haya hecho después, en aquel momento era visto peor que Ollanta ahora. Hasta entonces caudillajes militares y civiles le pasaron la factura al sistema político peruano. Desde entonces las Dictaduras ya nunca más pudieron ser lo que eran, desde que el pueblo estaba involucrado. Para ser Dictador, como lo fueron Benavides, Odría, Velasco, Morales Bermúdez y Fujimori, debías rodearte de ciertas formas gubernamentales que te dieran legitimidad, para hacer tu régimen “sostenible”. Incluso elecciones, aunque fueran amañadazas, como las de Odría de 1950, o las de Fujimori. Y si te sometes a elecciones estás frito, Dictador, porque tarde o temprano te darán forata, de uno u otro modo. Testigo el ciudadano Fujimori. Y, desde otra perspectiva, testigo el general Velasco, que precisamente cuestionaba a profundidad las elecciones, dado que así como estaban no representaban a nadie, y por eso jamás las convocó pues no las necesitaba.

Desde 1933 hasta la fecha sostenemos la elección directa del Presidente de la República, aunque con dos cambios fundamentales. Uno fue la ampliación constante y sostenida de capas de población al electorado. Las ampliaciones fueron por edad, de 21 años a 18; luego por género, y las mujeres votaron; y al final se acabó con la prohibición para los analfabetos. La otra fue el sistema de Segunda Vuelta, que reflejaba la preocupación de darle más carne a la “voluntad general del pueblo”, para que el Presidente tuviera más del 50 % de los votos, y lograra legitimidad para que fuera más difícil bajárselo.

Pachacútec, Sapa Inca

Empecemos el recorrido por los gobernantes más característicos del Perú por el Sapa Inca Pachacútec, autocrático y divino gobernante del Tahuantinsuyo, que es su principal paradigma. Podemos suponer que la Autoridad del Sapa Inca reflejaba a la de los muchos Sinchis, Cápacs, Curacas y gobernantes de toda índole que hubo en el Perú desde 10,000 años en adelante. Así que tradición telúrica de gobierno había tras él. Hubo en apariencia, incluso, otro Imperio en la Historia anterior a la invasión española, el Imperio Huari, y podemos perfectamente suponer que el Sapa Inca heredaba, como era lógico, toda la parafernalia, características, y conceptos vinculados a la Autoridad in illo témpore. Así que el Big Boss en cuestión, autoridad suprema del Tahuantinsuyo, devenía su poder de una legitimidad basada en su relación con la Tierra y los poderes del más allá, que de una u otra manera hemos heredado. El Sapa Inca era un jefe religioso, porque era el Hijo del Sol, nada menos. Lo que quería decir que tenía que negociar con toda una élite religiosa muy poderosa. Aliado con ella rodeaba sus actos de ritos religiosos que reforzaban su legitimidad. Al Hijo de Dios no lo detienes en la calle y le pides DNI para que se identifique. Y por si hubiera alguna duda, el Big Boss circulaba sentado en sus andas, con una guardia personal de esas que no te las para ni mandinga, rodeado de sacerdotes, vírgenes del Sol, soldados adustos, ayayeros, cargadores de andas, funcionarios de gobierno, ministros de estado, portaquipus, y como diez mil extras encargados básicamente de gritar Causachum Pachacútec. Había que ser muy idiota para no verlo, y más te valía verlo y gritar causachum, so pena de perder salva sea la parte antes de que sin mayor ceremonia te cortaran el pescuezo.

Es obvio que a Pachacútec no lo eligió nadie, si acaso él mismo. Ni siquiera le tocaba ser Sapa Inca. Él se la hizo, por decirlo así. Es decir impuso su Autoridad. Naturalmente primero fue héroe militar al derrotar a los chancas en Carmenca y Yahuarpampa, cuando no era más que el Auqui Cusi Yupanqui, lo que demuestra su audacia al enfrentar ejércitos más poderosos, así como su capacidad militar. Es curioso, porque hemos tenido presidentes que han sido héroes militares, como Castilla, Cáceres y Benavides. Aunque tampoco ello asegure algo. Don Eloy Ureta, ilustre vencedor en la Guerra con Ecuador, perdió las elecciones frente al insípido Manuel Prado. Ah, pero el Jefe de Estado Mayor en esa guerra, Manuel A. Odría, sí que fue presidente por golpe de estado. En fin. Lo cierto es que el Auqui Cusi tiene que ajustar sanguinarias e internas cuentas con el aparente correinante Inca Urco, a quien le pisaba los callos; y hacer de su padre el Sapa Inca Viracocha una figura decorativa, conservándolo como mandamás teórico, para que sea el Auqui Cusi quien realmente la mueva. A la muerte de su padre, el Auqui Cusi deviene Sapa Inca, y ahí es donde lo vemos realmente en acción.

El Sapa Inca Pachacútec respeta la institucionalidad que ha heredado y la utiliza, ni más ni menos que un Presidente moderno, para remachar su Poder y aumentar su Autoridad. Hace alianzas sociales, políticas y militares con diversos ayllus y etnias, y combate a otras, lo que le permite controlar las fuentes de poder de todos los tiempos, los recursos económicos y a la vez aumentar sus efectivos militares. Organiza un aparato administrativo realmente eficiente para manejar dichos recursos. Los quipucamayocs son el aparato burocrático y administrativo al que nada se le escapa en su furia contable. Los tocricocs o tukuy ricocs son una combinación de contralores, fiscales y espías que, premunidos de la Autoridad del Sapa Inca, simbolizada en las hebras de la mascaypacha que portaban, vigilan con los ojos bien abiertos todo lo que ocurre y ponen orden en donde hay que ponerlo, destituyendo funcionarios y expandiendo, para ponernos poéticos, “la Justicia en toda la Tierra”. Claro que esa era la justicia de Pachacútec, no la nuestra. Pero que la gente se comió ese contenido ideológico se lo comió con ojotas y uncus completos. Y con todo éxito, pues aún hoy en día, nos la creemos.

Me imagino una posible escena de la época. Un Collca Camayoc (administrador incaico de collca) se tira una cantidad de maíz producto del tributo de los ayllus, y por el que debe responder, para hacerse su aqa (chicha) a espaldas de las gentes, y meterse su tranca de vez en cuando. Alguien más tenía que saber de esto, porque habría cuando menos un quipu camayoc que viera el faltante y lo registrara, pues así es la chamba. El astuto Tocricoc que casualmente “por ahí pasaba”, seguro metía la nariz en los quipus, y detectaba el faltante. Casi veo al Tocricoc desplegar las hebras, tomar el mando y dedicarle al corrupto, con la mismísima Autoridad del Sapa Inca, frente a quien todos tiemblan, una de esas muertes espeluznantes por lo horribles, y que se vuelven testimonio de la dureza en la aplicación de la Ley. Desde siempre es así como se sienta ejemplo sobre el adecuado manejo de los recursos comunes. Por supuesto no lo hacía en nombre del pueblo, sino del sacrosanto Sapa Inca Dueño de Todo y Detentador del Derecho, a quien robarle era, Inti no lo permita, nada menos que crimen nefando. Aquí tenemos ante los ojos el significado real de decir Ama Súa, Ama Qella, Ama Llulla, por más que la frase misma no sea real. Lo real y concreto era “róbame y miénteme, y verás lo que te pasa”.

De entonces acá, vemos la Autoridad política como la de un alguien que “organiza”, que “hace funcionar” el aparato del estado de manera correcta. Ese Alguien no tiene piedad con la corrupción. Nos interesa tanto que las cosas anden bien que le exigimos al Sapa Inca, perdón, al Presidente, que sea un buen organizador y que castigue duramente la corrupción. En nuestra historia republicana encontramos que hombres como Manuel Pardo y Nicolás de Piérola cumplimentan de alguna manera este primer paradigma, el de “organizador” y “luchador contra la corrupción”.

Sigamos con el Poderoso Sapa Inca Pachacútec que, premunido de la autoridad que le da poseer el control religioso, económico y militar, está subido en la cresta de la ola de una dinámica de expansión militar y política, en la que se va apoderando a la velocidad de Illapa (el rayo) de las fuentes de riqueza de la época. Lo vemos extender su aparato organizativo, ordenar el mundo poniendo a los ayllus a trabajar para él, construir, reconstruir y mantener con eficacia caminos, puentes, tambos, collcas, acllahuasis, centros administrativos, palacios y ciudades completas. Así legitima su Autoridad a cada paso que da, aprovechando todo lo que encuentra en su victoriosa marcha. Logra asegurar condiciones de vida vivibles y ordenadas a la población, y la organiza para utilizarla como un instrumento bien templado para la sostenibilidad del sistema de la que él es la cabeza. Crea círculo virtuoso tras círculo virtuoso. Es, realmente, un ejemplo extraordinario de Buen Gobierno que ha superado las barreras del tiempo. Sobre el Orden que erigió, su hijo Túpac Yupanqui y su nieto Huayna Cápac añadieron y modificaron, pero no fueron muy creativos, sino simples talentosos continuadores. Si miramos el paradigma de la Autoridad Política en el estado anterior a la invasión española, ese paradigma indudablemente es el Auqui Cusi Yupanqui, el Sapa Inca Pachacútec. Él es indudablemente nuestro Hammurabi, Marco Aurelio o Tsi Huang Ti andinos.

Hagamos un juego que tiene algo de ejercicio mental y pensemos en los principales candidatos. ¿Quiénes de ellos podrían parecerse en algo al Sapa Inca Pachacútec?

Instrucciones: Califica de 1 a 5 a cada candidato en los temas de AUDACIA - CAPACIDAD DE ORGANIZACIÓN - LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN. No te hagas trampa. Intenta ser objetivo. El puntaje máximo es 15 y el mínimo 0. Luego suma sus puntajes. Ello te dará una idea de qué puedes esperar de ellos.

Candidatos por orden alfabético
AUTORIDAD

LUIS CASTAÑEDA
KEIKO FUJIMORI
OLLANTA HUMALA
PEDRO PABLO KUCZYNSKI
ALEJANDRO TOLEDO

Nota: Que me perdonen mis amigos que piensan votar por otros candidatos, pero es que se necesita ahorra espacio también ...

Y ojo, TAMBIÉN VIENE: El Virrey Francisco Álvarez de Toledo, y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado.

martes, 8 de marzo de 2011

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE VIOLENCIA ESCOLAR Y MATONERÍA - BULLYING


ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE VIOLENCIA ESCOLAR Y MATONERÍA - BULLYING


"El conocimiento - esto es, la educación en su sentido verdadero – es nuestra mejor protección contra el prejuicio que no razona y el miedo que produce pánico, ya sea que éstos nazcan de algún interés especial, de minorías restrictivas o de líderes aterrados."
Franklin D. Roosevelt







Me pidieron hace un tiempo que me manifestara al respecto de lo que ocurre en las Instituciones Educativas, y que se expresa en el término de moda Bullying. No me gusta la palabreja. Lo que se quiere expresar con ella constituye un problema real, pero y para variar, lo hemos percibido cuando la palabreja nos llegó desde norteamericanas latitudes. Y desde que es importado y corresponde a una realidad propia de los Estados Unidos y países anglosajones en general, entiendo que el haber “descubierto” este muy real problema a través de ojos ajenos significa que los parámetros con los que se trata el tema pueden no tener mucho que ver con los de nuestra realidad. Empezando por la manía de emplear palabras en idioma extranjero cuando no son necesarias. La lengua de Cervantes cuenta con sinónimos apropiados, entre los que “Matonería” me suena interesante, y resulta muy adecuada traducción para la palabreja de marras. Naturalmente no daremos coces contra el aguijón ni nos haremos problemas por una palabra, así que la trataremos provisionalmente como matonería – bullying, con la idea de que nos entiendan. 

Violencia escolar y matonería - bullying

El término Violencia Escolar está muy vinculado al de matonería – bullying, aunque parece ser mucho más general. Aludiría a toda clase de violencia que se ejerce al interior de las Instituciones Educativas, la que proviene de todos los actores y se dirige a todos los actores; Directivos, docentes, discentes y padres y madres de familia. Se incluiría la violencia desde y hacia el interior de cada uno de estos grupos. Este tema se manifiesta así extraordinariamente amplio y merecedor de un estudio en profundidad. Por lo que sabemos hay aproximaciones muy solventes. Hemos visto mucho, por ejemplo, sobre las relaciones entre Estado y Sindicato, entre Directivos y Docentes y entre Docentes y Alumnos. Relativamente poco hemos visto sobre los organismos educativos intermedios tipo UGEL o DRE, y se lo merecerían. Hace falta, definitivamente, una profunda mirada de conjunto.

Naturalmente, el espectro de la Violencia Escolar incluye a la matonería-bullying. Sin embargo, hemos encontrado que algunos investigadores asumen el concepto Violencia Escolar como sinónimo perfecto de matonería – bullying, y creemos que esto es un reduccionismo. Hay una forma de lenguaje que esconde, así como hay una forma de lenguaje que muestra. Igualar la matonería – bullying con la Violencia Escolar oculta la violencia que proviene de actores que no son alumnos. Es violencia la toma de colegios, que expresa conflictos entre padres y madres de familia con profesores y directivos. Es violencia que colegios de paga máxima coloquen cámaras de video en baños y salones para “monitorear” a alumnos y profesores. Es violencia la asignación de profesores a ciertas instituciones educativas vía pago de cupo, así como la rotación desmedida y manipulada de éstos. Es violencia el que muchos profesores estén obligados a empezar clases el martes y terminarlas el jueves en los colegios rurales. Es violencia forzar exámenes de evaluación docente con parámetros políticos, y además entregar las pruebas previamente a los profesores del partido propio. Es violencia aumentar las pensiones sin criterio racional alguno. Es violencia – y una trastoque del sentido de la escuela - que una institución “educativa” tire por la borda alumnos porque no cumplen un “perfil”. Es violencia que tras once años de escuela los alumnos no sepan leer correctamente. Es violencia la existencia de escuelas unidocentes y multigrado. Y la lista podría continuar indefinidamente. Veríamos que todos los actores están vinculados de uno u otra modo. La violencia es un hecho social evidente, la escuela no está aislada ni de la sociedad ni de la cultura. De repente la matonería – bullying no es solamente un tema de escolares en un salón de clase.

Qué es la matonería - bullying

Sin embargo, la matonería – bullying es definido por algunos como un tema de salón de clase, de violencia entre pares, aunque en el marco de las relaciones formales que se establecen en la escuela. Podemos deducir entonces tres actores, no dos: Victimarios, víctimas e institución formal (Esta última representada por profesorees y Directivos). La matonería - bullying se presenta principalmente en las Escuelas, pero también en las Universidades e Institutos. Entre sus características se dice que esta violencia puede ser física, verbal, psicológica, directa, indirecta, e incluso virtual. Que existen agresores victimarios y agredidos víctimas. Que es el ejercicio de una violencia “ilegítima”. Sus consecuencias van desde el daño psicológico y físico hasta la deserción y abandono de los estudios, el ausentismo y el fracaso escolar. Se correlaciona con otros problemas sociales, como el racismo y la xenofobia, la intolerancia frente al inmigrante, la homofobia, la discapacidad, los desórdenes de la conducta y del aprendizaje, las dificultades para establecer la identidad personal, la inserción laboral de los jóvenes. 

La definición de la estadounidense No child left behind act (NCLBA) es interesante: El término bullying en tanto se entienda como acoso escolar, se aplica a “aquellas conductas relativas a la identidad de un alumno, o a la percepción de esa identidad, concernientes a su raza, color, nacionalidad, sexo, minusvalía, orientación sexual, religión o cualesquiera otras características distintivas… siempre que…entorpezcan significativamente las oportunidades educativas o la participación en programas educativos de (los) alumnos; (y) perjudiquen la disposición de un alumno a participar o aprovechar los programas o actividades educativos del centro escolar al hacerle sentir un temor razonable a sufrir alguna agresión física”. El centro del problema de la matonería – bullying podría tener relación con la formación de identidad, en la que el sistema educativo tiene un papel de primera línea.

Violencia escolar y expectativas sociales en la educación

No hace mucho encontré un par de textos que me parece pueden ayudar a encuadrar algunos aspectos generales de nuestro tema: El primero es de 1923, del antropólogo Clark Wissell, y dice así: “Nuestra cultura se caracteriza por una predominante creencia en algo que llamamos educación – una suerte de mecanismo destinado a hacer propicios los designios de la naturaleza en la manifestación de cultura. Nuestra fe implícita es que esta fórmula, o método, permitirá el cumplimiento más feliz de tal finalidad, (esa) es nuestra religión verdadera. (….) Nuestra fórmula suprema para llevar a término la realización de nuestros más caros ideales es la educación … Es una especie de gran fórmula mágica con cuya ayuda esperamos perpetuar y perfeccionar nuestra cultura.” En corto, creemos en la educación como panacea social en la misma medida que nuestros antepasados creían en Aia Paec o Pariacaca. Cuando percibimos problemas sociales convocamos así a esta entidad metafísica y pontificamos: “Esto se arregla con Educación”.

El otro texto es del clásico Emile Durkheim, que dice así: “(La educación) es sólo la imagen, el reflejo de la sociedad. La educación imita la sociedad y la reproduce de manera compendiada (…) La educación es sana cuando la nación misma goza de buena salud; pero, por carecer del poder de modificarse a sí misma, se corrompe cuando la nación declina. Si el medio ambiente moral, tal como es experimentado por los maestros mismos, es corrompido, es inevitable que sean afectados por él. (….) Estamos girando en círculos.” Y otra vez en corto: La sociedad determina la educación, no la educación a la sociedad. Una sociedad corrupta y violenta produce una escuela corrupta y violenta.

Como sociedad peruana estamos dando vueltas en círculos alrededor de dos creencias tan contradictorias como opuestas: Por una parte, tenemos una fe mágica en que "la escuela" (o un ente más metafísico aún: "la educación") dará solución a todos nuestros problemas, Por otra parte, que "la educación" nos hará progresar para salir de nuestra situación de subdesarrollo. Estas creencias se expresan fuertemente en los programas electorales y reflejan difundidas creencias sociales. No me gusta decirlo, pero me temo que tanto en un caso como en el otro nos engañamos a nosotros mismos con excesivo entusiasmo. 

En primer lugar, la educación no es palabra mágica ni actividad por la que tras dos sinsaravinos y algunos pases mágicos sacamos gentes educadas; ni tampoco la educación es la palanca que nos sacará adelante, cuando menos no sola, a no ser que consideremos que dotar a Estados Unidos, España, Italia, Japón, Brasil y otros países con nuestros 3 000 000 de peruanos migrantes más talentosos sea la gran contribución de la educación peruana para el desarrollo.

Entorno social de la matonería - bullying

¿Qué tiene que ver todo esto con la matonería – bullying? Se supone que es función de la escuela enseñar a convivir estableciendo relaciones humanas con soporte en el amor, asumido como valor supremo. La fuerza y el ejercicio de la violencia nos repugnan explícitamente, y las rechazamos. Deseamos que las relaciones de convivencia se basen en una visión de futuro compartido por todos los que habitamos este pedazo de tierra bajo el sol, sostenido por un común sustrato de afecto, trabajo y conocimiento. Deseamos que las escuelas sean espacios abiertos, amables, bulliciosos de actividad física y mental. Deseamos que las escuelas proporcionen el afecto y saber que tanta falta nos hace como sociedad. Deseamos que sean lo que deben ser: espacios de aprendizaje.

Bueno, esa es la teoría. Y es un sueño hermoso, pero me temo que es un sueño, aunque digno de ser perseguido. No es posible que el sistema educativo se aísle de una sociedad corrupta y violenta como la que tenemos para transformarla desde afuera. El sistema educativo es un resultado de la sociedad peruana tal como esta es, no tal como nos gustaría que fuera. Nos guste o no, la educación es corrompida y violenta y frustrante porque la sociedad peruana es corrompida, violenta y frustrante. Tratar la matonería – bullying como si fuera un problema aislado equivale a curar el cáncer a la piel poniendo curitas en las escaras. Sí, ya sé que es triste y que suena horrible. Pero es obvio que resolver este problema no pasa por medidas de contención, control y represión arbitradas desde la Escuela. La represión de conductas anómicas es también violenta, aunque a diferencia de la matonería – bullying, sea legítima, separe a la víctima del victimario y contenga la situación de abuso. La matonería - bullying seguirá siendo un problema escolar mientras no asumamos nuestros conflictos en todos los niveles y no arbitremos formas de resolverlos como nación y como sistema educativo.

Ghettosmatonería - bullying

Claro que el problema no apareció con la palabra, estaba allí hace muchos, muchísimos años. El conocido cuento Paco Yunque de César Vallejo, nos golpea en nuestras emociones no solamente porque está muy bien narrado, sino porque da cuenta directa y frontal del modo en que la violencia de los conflictos entre clases en la sociedad se traslada al aula, que es correa de transmisión de las diferencias sociales de generación en generación. El personaje Humberto Grieve es por todo concepto un matón, un faite, un compadrito, un “bully” que agrede para dominar al hijo de la cocinera en el salón de clase. Paco Yunque construye su identidad de aplanado. El profesor ve pasar el asunto. La historia de Paco Yunque ya no nos pega como solía hacerlo porque hoy es virtualmente imposible encontrar un colegio no público en el Perú, donde algunas clases sociales se arrejunten y se miren. Hemos alcanzado en los NSE A, B y parte del C el estadio del ghetto, apenas ligeramente quebrado por actividades de bien social, algunas positivas como mecanismos de integración social. En otro artículo nos hemos referido a la formación de ghettos desde la perspectiva de políticas sociales que sean algo más que beneficencia disfrazada. 

Lo cierto, real y efectivo es que ahora el sentido de pertenencia a las clases sociales está más instrumentado que nunca desde el sistema escolar. Y en eso el cuento Paco Yunque sigue vigente. El efecto de la educación privada es reunir en el mismo espacio a los hijos de las personas de ingresos aproximadamente iguales. Lo propiamente educativo es secundario. Observar la costosa publicidad de ciertos colegios particulares es ver empresas que publicitan sus logros para provocar la compulsión de compra. La lógica mercantilista es la de trasladar los costos de ventas y publicidad al consumidor,y no es extraño que los costos de pensiones hayan subido en pocos años de un 30 al 40 % en ciertos segmentos, según reciente investigación periodística de El Comercio.

Formación de Identidad y matonería - bullying

Por lo tanto, la matonería – bullying por sí sola no expresa la violencia entre clases sociales, porque éstas están en sus ghettos escolares, y se mezclan poco. La violencia escolar introyectada y expresada en la matonería – bullying es muchísimo más insidiosa, más sujeta al trauma de la adaptación personal a un grupo, más interiorizada en el alma de los alumnos, más pegada a las diferencias culturales entre los padres de los niños. En suma, más cercana a la formación de identidad. Puede distinguirse en los niños y niñas que se comportan agresivamente frente a las diferencias tal como las perciben, en la expresión infantil de las disfuncionalidades familiares mal asumidas y trabajadas por la Escuela, en los estereotipos de conducta funcionales a la contención y adaptación a un cierto perfil, en la división entre alumnos de alto rendimiento y la morralla que proporciona las pensiones para que los del primer grupo tengan todas las ventajas, en la diferenciación en el aula entre niños que acceden a los gizmos de moda – celulares, iPods, etc. –y los que no. Hoy en día las Escuelas muestran más entusiasmo en separar a los alumnos que no cubren el “perfil” que en resolver problemas educativos. Como dicen en los buques, los tiran por la borda. Este rechazo de la Escuela suele ser destructivo en el desarrollo de la identidad y por ende en el futuro de un alumno. Me pregunto si la expresión peruana de la matonería – bullying se limita a los alumnos. Muchas Escuelas ejercen la matonería – bullying con los padres de familia y/o con sus profesores. El Estado, principal empleador educativo, también es un matón con los profesores a los que emplea, en especial los contratados. Los entes intermedios sirven de filtro para ubicar a los profesores en determinados grupos, en función de intereses que poco tienen que ver con lo educativo. Parece ser sólo natural que esta relación de anomia institulizada, invisibilizada y mal contenida llegue a los alumnos por mímesis y currículum oculto, y ellos la expresen a su modo. El ejemplo arrastra. En las dos direcciones. 

Cuando un alumno de la escuela de Columbine toma una carabina y liquida a todo títere con cabeza que tuvo la mala pata de pasar por ahí, nos entristece y nos preguntamos qué tiene la sociedad norteamericana que produce tales estragos emocionales y físicos, con tan tremendas consecuencias. No miramos a la Escuela estadounidense, parece obvio que la Escuela no tiene gran responsabilidad, y es poco lo que puede hacer frente a casos patológicos. Ni defiendo ni ataco al sistema educativo de los Estados Unidos cuando digo que es obvio que de él no depende el problema de la venta y posesión de armas de fuego.

Cuando en nuestro país un chico hiperactivo y desadaptado le rompe el alma a otro por el delito de tener un iPod o un celular que él no tiene, o por mostrar conductas interpretadas como homosexuales, o por mostrar un acento o color algo diferente, reproduce una situación de violencia escolar que está bastante más diseminada y es mucho más general que un problema entre pares. Es la punta de un gran iceberg, que se muestra donde la sociedad y la educación hacen crisis, como en Chile. De ahí podemos pasar al problema del pandillaje, pero en mi modesta opinión ambos problemas no se identifican sino de manera relativa. La matonería – bullying presenta un tercer protagonista que la Pandilla no tiene: la Institución escolar. Parece que los paganos de todo este tema son los alumnos y los padres y madres de familia. La única reacción posible de los atribulados padres de familia conscientes de estos problemas consiste en aislar cuanto puedan hacerlo a los niños. Ni la sociedad ni la Escuela tienen nada que ofrecer al respecto.

Tres medidas de emergencia

Pero tratemos de no escabullirnos al maximalismo. Se necesita una transformación social importante para resolver este problema y muchos otros que padece nuestra sociedad. Pero en un terreno quizá más limitado pero mucho más manejable, ¿Qué puede hacer la Escuela privada o pública, para atacar el Bullying? ¿Cómo responder a la emergencia? Se nos ocurren cosas obvias: 

Una es prevenir. Se previene desterrando la violencia escolar de la Escuela, y suena fácil, pero lo sencillo es difícil, porque en este caso nos metemos en el terreno del Clima Institucional, complejo como él solo y lleno de resistencias, pero que debe afrontarse para crear una escuela democrática, con contenidos positivos propios qué defender, donde las diferencias puedan convivir entre sí resolviendo conflictos y construyendo sociedad y patria. Y en este punto es imperativo encontrar maneras de asumir y resolver los conflictos que ponen frente a frente a los diversos actores en la Institución Educativa.

En segundo lugar, los primeros años de la primaria son esenciales para detectar eventuales problemas de formación de identidad, y por ende de matonería - bullying. Hay un lado positivo, el acompañamiento del proceso de formación de identidad, Por otro lado puede haber un programa de emergencia temprana. Claro que hay que tratar a los niños y niñas con el guante blanco que se merecen en esta etapa de sus vidas y no tirarlos por la borda. La presencia de especialistas expertos y motivados es esencial a este respecto.

En tercer lugar, dado que la matonería – bullying se manifiesta principalmente en el salón de clase y en los recreos, los docentes deben estar preparados para reaccionar inmediatamente al respecto, con autoridad y profesionalismo para cortar de raíz el abuso y poner al matón en una línea de tratamiento predeterminada, que trate el problema como problema y no como conducta a castigar.

Colofón

Estoy seguro que mucho se queda en el tintero. Sin embargo, estas consideraciones creo nos permiten acercarnos al tema. No son ideas enteras sino apenas retazos que deben ser completados, discutidos y diseminados para convertirlo en el tema nacional que indudablemente es. Y, por ahora, punto.

miércoles, 2 de marzo de 2011

ÉTICA Y POLÍTICA ESQUIZOIDE


Todo momento es bueno para atacar el tema de la Ética y la Política. Una campaña electoral en un contexto como el nuestro merece chequear las propuestas al milímetro, pero también es útil para reflexionar un poco sobre temas de perfil general y amplio. De ahí que examinar el deber ser político no solamente no es inútil, sino tarea impostergable. El uso de nuestra libertad política, que nuestro contexto social y cultural mediatiza de acuerdo a las fuerzas sociales en que nos sumergimos cuando nos introdujeron en este mundo, es una de las pocas posibilidades reales que tenemos de intervenir en nuestro entorno y modificarlo para hacerlo vivible. Por ello tanto interés embozado y desembozado en mediatizarlo. Y por ello también es tan necesario entenderlo so pena de que nos lleven por la nariz y nos controlen en vez de ser nosotros, “el pueblo”, los que controlen.

PENSAMIENTO POLÍTICO CRÍTICO

No hay tal cosa como un pensamiento político crítico positivo o negativo, hay sólo pensamiento crítico, y si es la sociedad humana la que está al revés y es pasible de crítica extrema, pues peor para la sociedad humana. Que lo digan en Oriente Medio hoy en día. Una primera cuestión a criticar en cualquier examen ético y político es que si bien la ética y la política versan sobre el “deber ser”, tendrían que partir de lo que “es”. La perspectiva ideal no deja de ser interesante, se parte del “deber ser” y de ahí se retrocede hacia lo que existe o se manifiesta. Sin embargo, debo preferir un anclaje en la realidad algo más aristotélico-orgánico en vez de platónico-matemático. Después de todo, la política está mejor organizada y pensada desde la perspectiva de Nicolás Maquiavelo que desde la de Fray Luis de León. No es casual que a “El Príncipe” se le haya opuesto “Política de Dios y Gobierno de Cristo”. La dinámica del pensamiento y la acción políticas se debaten entre la del “Príncipe de este mundo”, con la del “Buen Príncipe”.

Como tratamos de llegar a algunas certezas útiles, no a volar soñando con lo que debería ser, confrontemos el discurso manifiesto con el latente, miremos con lupa lo que es, empleando las herramientas conceptuales que hayamos podido adquirir en nuestra vida. En parte esto es para evitar caer en la desesperanza o el aburrimiento que una confrontación demasiado desinformada puede crear, en especial en el contexto político actual. Entender, “aprehender” algo, es apropiarnos de ese algo y ejercer dominio sobre él. Y la realpolitik es real. Intentemos, pues, ver las cosas desde ese punto de vista. Analicemos un poco el sentido de los compromisos adquiridos de los políticos con sus electores, que en general se expresa en los Programas y las Promesas electorales. No nos engañemos, aunque terminemos cínicos. Mejor cínicos que autoengañados.

POLÍTICA Y DISCURSO

¿Son los votantes a los que realmente se dirigen los políticos cuando establecen programas y promesas? Sí, en alguna medida. De hecho, en las elecciones el criterio que determina el triunfo de una u otra opción es el número de votantes que se manifestará al respecto. El importante poder de convencer a una mayoría es antiguo como la primera vez que los griegos se embarcaron en ese experimento llamado Democracia. Y los sofistas fueron los primeros que la Historia registra - seguramente de antes ya existía la tendencia –en decir claramente que la forma se imponía sobre el fondo. Vale decir, la capacidad para la retórica política se impone en la realidad sobre lo que se dice. Y eso depende en gran medida de la efectividad y eficacia del lenguaje empleado. El lenguaje político hoy en día es también iconográfico y simbólico. La palabra sola ya fue. Convencer no implica solamente presentar la realidad como es, es también en buena medida reformularla en discursos consistentes.

Influir en la conducta de voto de mucha gente es en definitiva muy importante. Hay dos aspectos que merecen tenerse en cuenta, y que provienen de la inmersión de la muy vieja Democracia en el relativamente nuevo Capitalismo. Giran alrededor del mercado como modo de organización de la vida: En primer lugar, la posibilidad de convencer a la población implica, tal como hacen los medios de comunicación, poseer condiciones para lograr una audiencia “cautiva”. De ahí la preeminencia de los instrumentos de marketing político. En segundo lugar, poseer una audiencia cautiva puede comercializarse, es decir comprarse y venderse. Guste o no, es lo objetivo en la manera cómo se hace política hoy en día. El problema de la ética-política incide entonces en lo subjetivo: Qué valora el político que influye a los votantes a través de su lenguaje. Es decir, qué clase de valores sostiene como esenciales en el discurso y en la realidad, y cuánta distancia existe entre uno y otro. Para los viejos y nuevos sofistas y para muchos políticos actuales los contenidos son más o menos intercambiables. Lo esencial consiste en poseer esa audiencia necesaria que me posicione en un mercado de bienes y servicios políticos, lo que me permitirá obtener suficientes medios para llegar a cada vez más audiencia, y con ello mejorar aún más mi posición en el mercado. Ello denota, como espíritu de la época, un relativismo ético y una distancia entre el discurso diseñado para conseguir y manejar una audiencia, y el verdadero contenido del discurso.

A QUIÉN SE DIRIGE EL DISCURSO POLÍTICO

¿A quién entonces se dirige el verdadero contenido del discurso político en vera instancia? Digámoslo con todas sus letras: A los que poseen los medios para financiar las campañas. Objetivo aunque no nos guste. Hay intereses y poderes concretos fuera de lo que podríamos llamar el poder popular o poder democrático reflejado en las urnas. Tales intereses se expresan en los Lobbies, aunque no es el único modo. El acuerdo entre los intereses económicos y la necesidad de pasar por el voto popular y democrático establece una incómoda coexistencia de los intereses generales con los intereses particulares. Después de todo, si quiero ser electo necesito plata para hacerme conocido y que mi mensaje llegue a más gentes y permita aumentar mi audiencia. Servir a ciertos intereses particulares parece funcionar para alcanzar los medios para hacerlo: Paneles y letreros, espacios televisivos y radiales, mítines, desplazamientos geográficos, páginas web y demás parafernalia antigua y moderna.

TIMOCRACIA

Para poder obtener esa plata tan necesaria se necesita vender audiencia, tal como hacen los medios. Un periódico se sostiene con avisaje, y el costo del avisaje depende de la lectoría y penetración de dicho periódico. Como político, los costos – y por ende el precio – están en razón de la influencia en la opinión pública y en la capacidad para determinar la conducta del votante a la hora de la verdad. Algunas sociedades políticas indudablemente más avanzadas que la nuestra responden a esto con normativas que tratan de poner cierto orden y alguna sensación de igualdad de oportunidades, como directivas sobre libertad de prensa y propiedad de medios, franjas electorales, financiación de las campañas por el estado, límites a los gastos privados de campaña, relativa pequeñez de las circunscripciones electorales, etc. Otros aceptan el lobby como inevitable o mal necesario y prefieren normarlo, publicitarlo, que el elector lo conozca. Cada sociedad política autónoma mata sus democráticas pulgas a su propio modo, y establece checks and balances que determinen relaciones más o menos claras entre los intereses y poderes particulares con los intereses generales, los que se supone aparecen con los mecanismos democráticos, como el sufragio; y dan origen en las urnas a un Poder considerado la expresión de la “voluntad general” de la Nación.

En el Perú poseemos algunos checks and balances, pero tan limitados en su aplicación, que en la práctica el asunto queda librado al mercado electoral y al financiamiento privado, lo que en la práctica es una Timocracia, es decir, la preponderancia en la toma de decisiones políticas del Poder económico por sobre el Poder Popular o Democrático.

ÉTICA POLÍTICA EN UNA TIMOCRACIA

El espacio ético en la política queda entonces extraordinariamente limitado por esta irrupción. El ejercicio ético de la Política se limita a lograr que este estado de cosas esté compensado, por ejemplo a través del conocimiento de los mecanismos del sistema político. Dicho conocimiento con el escándalo y protestas consiguientes debieran de algún modo proporcionar base de opinión pública para establecer algunos checks and balances. Sin embargo, lo que hace que una democracia sea incipiente es precisamente la carencia de valores democráticos y la ausencia o silenciamiento de dichos escándalos y protestas. La discusión política suele ser convertida en una suerte de si el huevo y la gallina. El poder de la Plata – en buena cuenta la Timocracia - está tan instalado como lógica subyacente en nuestra Patria, que ha habido congresistas que en un alarde de buena conciencia, o de una peligrosa confusión conceptual, axiológica y lingüística entre contenidos manifiestos y latentes, juró su cargo Por Dios y por la Plata. Es poco creíble que los beneficiarios de un tal estado de cosas busquen cambiarlo si es que de él se benefician. No creemos que la ética se dé en los árboles con una tan grande robustez.

ÉTICA POLÍTICA Y DISCURSO

Digamos entonces que el alcanzar una posición de Poder implica para cualquier político vender de uno u otro modo su alma al diablo. Ello significa diferenciar marqueteramente su discurso en lo manifiesto y lo latente. Ello no pude ocurrir sin tensiones racionales, emocionales y axiológicas, como en el caso del despistado congresista juramentador. Otro caso ilustrativo interesante de comentar es el del Presidente Alan García, que aunque bastante trejo en el accionar político, llega a manifestar algunas de estas inconsistencias en su lenguaje cotidiano, como si de alguna manera la tensión del ejercicio del poder le pusiera en la encrucijada entre ambos discursos, y confunda las audiencias y las oportunidades. De ahí frases como la plata llega sola.

ESQUIZOIDÍA POLÍTICA

Se distingue en consecuencia la tremenda división esquizoide en las personalidades que habitan la mente de nuestros políticos. Por una parte deben satisfacer las expectativas de sus reales electores, es decir de las personas, empresas o conjuntos de intereses que financian las campañas, y para eso deben manejar un tipo de lenguaje; mientras que por otra deben convencer a sus electores subalternos organizados en un electorado – algunos lo llaman con gran sinceridad elec-tarados - cada vez mas desencantado de la política y los políticos. Dos discursos con dos conjuntos marcados de valores que se contraponen entre sí igual que la verdad y la mentira.

Uno de los efectos más visibles de esta suerte de esquizofrenia política es la pérdida de contacto con la realidad en algunos políticos, agravada por el hecho de la percepción simbólica del propio Poder como “plumas” que deben lucir, obnubilada por la suposición de que son ellos los que construyen la realidad a través de su lenguaje, como mandantes, en vez de percibirse a sí mismos como mandatarios de sus electores. Tiene sentido si pensamos en el muy complicado doble papel que deben ejercer como mandatarios de sus verdaderos electores, mientras tratan de mantener la ilusión de que provienen del pueblo. Su lenguaje como autoridad se distancia del de sus electores secundarios, hasta que llega una nueva campaña y repentinamente se vuelven humanos, simpáticos y coloquiales. Estas inconsistencias están enfrentadas con la posibilidad de ejercer responsablemente un cargo político.

Si el sistema político produce como vástagos políticos con sistemas de valores y discursos sesgados en dos direcciones, no se ve que exista manera de lograr las reformas necesarias que permitan llegar a un proceso democrático solvente. Se desperdician esfuerzos, que serían bienvenidos para mejorar temas como la salud y la educación en mantener unido un castillo de naipes político, y los discursos se entremezclan dando lugar a estilos de autoridad caracterizados por bandazos sin mayor consistencia. Casi podríamos decir que éste ha sido el estilo de gobierno que nos ha caracterizado durante más años de los que hemos visto. Las diferencias se observan en el estilo de los bandazos más que en el hecho de darlos o no darlos.

FINANCIAMIENTO: ORIGEN DE LA AUTORIDAD POLÍTICA

El tema del origen del financiamiento de las campañas políticas va muchísimo más allá del tema de la contraposición de intereses particulares y generales, que se puede manejar y ser objeto de negociaciones coherentes cuando es abierto y público. El tema se concreta así al detalle de quiénes, cómo y con qué plata financian las campañas. El estado de la cosa pública ya es complejo con la presencia incontrolada del Poder económico, que se transparenta en los compromisos adquiridos por candidatos de varios partidos con empresas mineras. No es saludable para una Democracia que las autoridades políticas dependan del Poder económico, aún de modo transparente. Esta situación sólo es aceptable en una Timocracia. En ese caso sinceremos el sistema, dejémonos de veleidades igualitarias, quitémonos las caretas, hagamos un sistema de representación para las empresas nacionales y extranjeras, y arrojemos la Democracia al tacho de la basura de la Historia. Pero tengo la sensación que no es eso lo que la mayoría de las gentes desea.

Pero esta puerta vergonzantemente abierta muestra oscuridades aún más tenebrosas, si es que pensamos en esos otros Poderes económicos sólidamente constituidos, como el Narcotráfico, que ya están en la danza aunque no con la publicidad de alguna ONG financiada por la gran minería. Puestos a comprar y vender congresistas y presidentes en el mercado libre, pues hay posibilidades. La experiencia de otros países como México hacen de esta casi certeza algo inquietante.

SUPERACIÓN DE LA TIMOCRACIA

Hay sin embargo, motivos para sentir esperanza. El Poder Popular o Democrático tiene sus posibilidades, y da ciertos espacios para quemarle la película al más pintado, aún en el caso de una democracia tan profundamente imperfecta como la nuestra. No vamos a ponernos candorosamente amables con alguna posición, aunque es inevitable tener alguna preferencia. Pero lo cierto es que una de las ventajas de la Democracia es la oportunidad de colocar puntos en agenda que permitan avanzar hacia una situación más vivible en términos sociales y económicos. Otra es poder mencionar con claridad el estado de la cosa pública, y desplegar un lenguaje articulado y único, sin esquizofrenias, que pueda convencer a franjas de la población, y solidificar un frente o espacio democrático y popular que contrapese los otros poderes. Así la ética política es un elemento imprescindible para avanzar en el imaginario democrático de las gentes. El solo hecho de manejar un solo lenguaje implica presentar – no siempre cumplir - una sola escala de valores contrastable con los hechos. Y ello es condición necesaria - no suficiente - para aspirar a ejercer autoridad democrática.

Vivir para ver. El que tenga ojos, que oiga.

Nota al margen.- El presente artículo se llamó hasta hoy 15 de agosto de 2013  ÉTICA Y POLÍTICA ESQUIZOFRÉNICA. El día de hoy recibí una comunicación de una persona que padece Esquizofrenia, que se quejó del empleo de dicho término. Entiendo que tiene razón, y que todos los que ejercemos nuestro derecho a la libertad de expresarnos estamos obligados a hacerlo con respeto por las personas. Entiendo que cambiar este título no nos hace menos ni más. Reconocemos nuestro descuido y lo subsanamos ipso facto. Saludos cordiales a todos nuestros lectores.