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sábado, 30 de abril de 2011

ALGUNAS IDEAS SOBRE DROGAS Y SEXO

ALGUNAS IDEAS SOBRE DROGAS Y SEXO


Para mi amigo Ángel,
que quemó cerebro.


Las drogas destruyen tu memoria y tu propio respeto, no son buenas, pero las drogas son parte de mi vida y son tan fuertes como el diablo
(Kurt Cobain)

niños que se ponen como motos / con goma para pegar 
(Miguel Ríos)

El problema con las drogas no es que sean malas, es que son buenísimas (Ernesto Blume)


No soy un experto en el tema, pero me parece que todo educador debería tener ideas claras sobre el problema. Estas son algunas de las mías.

Una generación de convivientes con las drogas

Desde que tengo memoria me han prevenido contra las drogas. Como mi niñez empieza a perderse en la oscuridad de lo antediluviano, eso es desde hace mucho tiempo. No es que supiera muy bien qué cosa era eso de drogas, pero sí que eran malas, muy malas, y que los padres responsables se preocupaban de ello, lo suficiente para sentarse con uno a hablar sobre el tema en una época donde no se estilaba que los padres hablaran con sus hijos. Naturalmente no era consciente de lo que pasaba, eso de las drogas a los 9, 10 u 11 años no es algo que a un chico de clase media en realidad le preocupe demasiado. Yo miraba más bien a las chicas.

Sin embargo, otro recuerdo me viene a la mente, tan marcado en ella como a veces ciertos sueños muy vívidos lo están. Estaba en la cancha de fútbol de mi cole, sentado en medio de un corro de chicos de mi tonelaje, tendríamos unos 9 o 10 años de edad. Uno de estos compañeros hablaba directa y frontalmente de lo rico que era el “asio”. Por supuesto, quería decir “ácido”, que se refiere a un tipo de droga alucinógena. No sé si en verdad este chico de diez años la usara, pero hablaba con tal convencimiento y con tanto gusto de los efectos que producía, que los que lo escuchábamos sentíamos esa especie de combinación de envidia, fascinación y celos que mostraría un chico virgen oyendo hablar de la primera experiencia sexual de alguien. La conversación, en la que yo intervine en absoluto silencio, derivó en cómo obtener el “asio” y otras drogas menores, aunque bacanes, como la marihuana. La cocaína aún no estaba muy de moda. No dudo que la mayoría de aquellos compañeros hicieron la experiencia, de manera inmediata o tardía. Algunos de ellos, como se decía entonces y ahora, “quemaron cerebro”, y fueron concomitantemente condenados a una suerte de ostracismo social, sea por condena moral, sea porque era más probable que en su compañía los consumidores no tan torpes terminaran por ser detectados. Alguno que otro de aquellos muchachos se especializó en el narcotráfico. Les va muy bien económicamente.

Durante décadas hemos convivido con las drogas. Muy poca gente hablaba con claridad de ellas. Se ponía por delante la condena moral. Quiso la suerte que mi humilde persona fuera elegida en algún momento para hablar en un evento escolar masivo sobre el tema de las drogas, de donde muy tempranamente me alisté en el bando de los no consumidores. Sin embargo, ello no me libró de las otras drogas, esas que no sabíamos que lo eran, y cuyo consumo era socialmente permitido y alentado, como el tabaco y el alcohol. Es más, su empleo se asociaba a los ritos de adolescencia. No se salía de la niñez sin el empleo de dichas sustancias. La condena no las alcanzaba, eran legales. Y claro, quien toca guitarra quiere cajón, y la gran mayoría de los jóvenes de clase media de mi época adolescente fueron consumidores de drogas ilegales en diferentes medidas. Hasta hoy muchas personas de mi generación se reúnen a puerta cerrada para fumarse su porrito, y conforman un mercado interesante por su capacidad de gasto. No haré al respecto fáciles juicios morales. Los adultos supuestamente sabemos qué hacer y qué no. Sin embargo, divierte ver gente hecha y derecha tomar infantiles precauciones propias de niños malcriados que hacen su travesura, para fumarse el tronchito.

La ruptura generacional

Esta generación ahora tiene hijos adolescentes y jóvenes, y creció en medio de la aceptación soterrada e hipócrita de las drogas ilegales combinada con la aceptación abierta de las drogas legales. Muchos de ellos son en la actualidad indiferentes ante ellas, y traspasan esa indiferencia a sus hijos. Más importante resulta prevenir el embarazo adolescente, por ejemplo, cuyos efectos son más decisivos en la vida y la economía de las personas y familias. Otros son más militantes y enfrentan en sus hijos el consumo de drogas ilegales, aunque aceptan el consumo de las legales. Naturalmente esta confrontación es tanto más inútil cuanto que la nueva generación de adolescentes y jóvenes maneja sus propias reglas, como ha sido desde que el mundo es mundo. Otros padres y madres, situados en las puntas estadísticas, son consumidores de drogas, legales e ilegales; mientras que otros son no consumidores de drogas ni legales ni ilegales.

Los ritos de paso de la niñez a la juventud en nuestras culturas están profundamente asociados al consumo de drogas de varios tipos. El tabaco y el alcohol son los más conocidos, como aceitadores de relaciones sociales, tan complicadas para los adolescentes. Las profundas urgencias hormonales y los desajustes entre lo que el cuerpo exige y los límites sociales podrían estar en el origen del consumo. El cuerpo pide sexo, y los senderos químicos del cerebro estructurados desde la educación formal y no formal no son suficientes ni para obtenerlo ni para contenerlo. El celibato y la virginidad son, como dice la canción, cosa medieval en tiempos de fácil acceso a anticonceptivos y condones. Basta ver el estrepitoso fracaso de las iglesias en contener su empleo en la gran mayoría de los fieles. Lo máximo que pueden ofrecer es la sublimación de una tremenda urgencia hormonal, y, claro está, las reuniones parroquiales se convierten en oportunidades para que los chicos y las chicas se conozcan e intimen. La masturbación, por otra parte, ofrece alguna contención, aunque siempre ronda aquella antigua quisicosa de que mejor es el sexo, porque se conoce gente. Visto desde la química cerebral, el cerebro de un adolescente debe ser lo más parecido a una elaborada e inquietante trompeadera de pulpos. Se entremezclan urgencias y temores, y hormonas y neurotransmisores están en una revolución que hace de la Marcha de los Cuatro Suyos, por comparación, una reunión de monjes trapenses.

Naturalmente este enredo se expresa en contextos sociales determinados. La acelerada descomposición social de nuestra sociedad deja de proporcionar referentes utilizables efectivos. Domar, en el buen sentido del término, a los jóvenes y orientar sus energías hacia actividades “adecuadas”, como cualquier profesor y padre responsable de familia sabe, es una labor paciente que requiere de presencia física y emocional. Ningún contenido valorativo se instala sin referente concreto. La principal contención en los adolescentes es un juego de toma y daca, de tira y afloja, del que se espera emerja un ser humano capaz de contenerse a sí mismo y determinar un uso de su sexualidad libre y responsable. El problema es cuando los padres y educadores no estamos ahí, en esas situaciones que ellos deben resolver solos. Ese es nuestro terror y eso determina nuestra dificultad para dejarlos crecer autónomamente. Es un tema complejo, y me contento por ahora con dejar planteadas algunas de sus dificultades.

Drogas, sexo y envidia

Nadie como los Les Luthiers ha conseguido expresar la profunda ambivalencia y envidia de los padres frente a los hijos en su pequeño y maravilloso R.I.P al Rap. El enlace es

 http://www.youtube.com/watch?v=PULB4MjXCPg

Préstese especial atención a dos aspectos: La velada y graciosísima alusión al “éxtasis” y las drogas como las metanfetaminas, y la general y muy jocosa “denuncia” de la envidia de nosotros, “los mayorcitos”, sentimos frente a la libertad sexual que muchos jóvenes ejercen. Creo que la relación entre Consumo de Drogas y Libertad Sexual queda suficientemente explicitada, aunque no suficientemente demostrada.

Lo que entendemos por Drogas

Para la acción práctica de los padres y educadores, aparte del jovial reconocimiento emocional que debiéramos hacer sobre nuestra propia posición al respecto, resulta imperativo manejar ideas dinámicas alejadas de los estereotipos socialmente instalados, so pena de perder de vista lo que realmente pasa.

No existe consenso social sobre qué son drogas y qué no. Las mejores definiciones son las más simples por lo general, y la definición de “droga” como sustancia que al ingresar al organismo modifica una o varias de sus funciones, aunque tal vez demasiado amplia, da cuenta de la ambivalencia en que se desarrolla el tema. Porque entonces una sal de Andrews y una aspirina resultan ser drogas. Y desde el punto de vista farmacológico lo son. A nadie se le ocurriría igualar el consumo de aspirinas con el de marihuana, pero desde la perspectiva de la definición dada, vienen a ser lo mismo. Ello obliga a pensar que el tema de las drogas debería desplazarse hacia sus efectos. Y separar lo que es dañino de lo que no lo es.

Esta es una distinción clara en lo que respecta a los medicamentos, drogas por derecho, digamos así, e introduce criterios cuantitativos y cualitativos en el tema. Si te enchufas 40 aspirinas las modificaciones que harán en tu organismo producirán un “daño” concreto y a veces irreversible. La pasta básica de cocaína resulta diabólica en sus efectos, dado que en muchas personas basta una probadita para engancharse. Se supone que si se usan drogas es porque de alguna manera se necesitan. Y los efectos de cualquier droga son más o menos conocidos, en especial en lo que se refiere a la creación en el cerebro de ciertos “senderos químicos” relacionados con las sustancias cerebrales productoras del placer, cuya necesidad se hace perentoria, y cuya falta de satisfacción produce el espantoso “síndrome de abstinencia”. No puedo dejar de pensar en la reflexión de Bertrand Russell al respecto de lo fácil que es para las culturas primarias aceptar el alcohol de los hombres blancos, dado que los efectos de su consumo son, y cito de memoria, una de las pocas cosas que hacen que se crea que la vida es digna de vivirse. Ello nos lleva al tema de a qué consideramos “daño causado por las drogas”, el porqué se decide consumirlas, y por qué se cree que la voluntad debiera bastar para dominarlas.

El daño que causan las drogas

Hay un cierto consenso en que las drogas causan “daño” físico. Esto tiene sus absurdos incorporados. Mi santa abuela fumó su proverbial cajetilla de nauseabundos cigarrillos negros hasta los 85 años de edad, cuando dejó este mundo por otras muy distintas razones. Muchos ven el tema no como una cuestión o no de consumo, sino de si el consumo modifica de modo “negativo” las relaciones sociales de estudio y trabajo, en una suerte de “si no se nota, no existe”. Naturalmente están los efectos de largo plazo, acumulables, como lo sabe cualquier fumador. Desde una perspectiva puramente física – pulmones, hígado, etc. – parece que el consumo está guiado por el efecto rana: La rana salta cuando la meten en agua caliente, pero si la metes en agua fría la sancocharás antes que el batracio se percate. Si eres inteligente sabrás que el equilibrio entre el consumo de drogas en general y la vida depende de un nivel de consumo asociado a un estilo de vida saludable que compense tus pequeñas desviaciones hacia el tabaco, el alcohol o la marihuana. La mayoría de los consumidores, sin embargo, no hace este razonamiento y sufre diversos desequilibrios homeostáticos en diversos momentos, como las aseguradoras y los sistemas de Salud privados bien saben al cobrar sus primas y tarifas. Nadie ha hecho ningún esfuerzo serio por instalar una cultura de prevención de Salud.

El daño producido por las drogas en el terreno mental es, en cambio, mucho más oscuro de determinar y más visto como un estereotipo por el que sentir un temor difuso. No todos los consumidores queman cerebro, pero el daño que se percibe en la conducta del consumidor crónico es evidente en especial cuando se presenta el “síndrome de abstinencia”, que muestra la pérdida de control de las propias acciones. Este parece ser el punto crítico donde el daño que las drogas producen es considerado más negativo. Es un lugar común el fumador que sale a las 4 am de su casa a comprar cigarrillos. El “síndrome de abstinencia” evidencia la pérdida del control volitivo, y se asocia además con la evasión del mundo real. No me meteré con el problema de la realidad de la percepción del mundo, aunque bien se lo merecería.

Se registra consumo de drogas entre los soldados en los frentes de batalla, sea en la forma de la administración de alcohol antes de una batalla, o sea en la forma del consumo de marihuana y otras drogas más “duras” entre los jóvenes soldados norteamericanos durante la Guerra de Vietnam. De hecho, parece ser que el consumo puede ser fomentado en ciertas circunstancias, como se ha hecho inveteradamente en nuestra sierra con el consumo de coca para extraer mayor fuerza de trabajo a los indios sin sobrecostos laborales, como darles de comer, por ejemplo. Es evidente que en estos casos el consumo de drogas parece estar bastante “justificado” desde el lado de la realidad, sea para ocultarla o sea para soportarla.

Voluntad y Drogas

Uno de las creencias ético-morales más instaladas socialmente es la idea de que el problema de las drogas es una cuestión de voluntad individual. Las personas somos diferentes en nuestra química cerebral, y es evidente que la voluntad está relativizada por motivos genéticos. Un “deber-ser” señala que el pasarse en el consumo hasta el extremo de la pérdida de la propia voluntad debería generar acciones de recuperación del propio Yo. Alcohólicos Anónimos y las diversas acciones sociales de rehabilitación de consumidores de drogas ilegales muestran resultados poco alentadores al respecto, aunque según parece no hay mejores opciones para todos los que necesitan de estas instituciones. En todos estos casos se entiende como condición el aceptar una especie de “fuerza superior” – a veces con contenido religioso – a la que se debe someter la propia voluntad, y que de alguna manera funciona como una prótesis emocional. Tal vez esto pueda entenderse como que la necesidad de una profunda convicción emocional que marque la química cerebral de tal modo que pueda “sustituir” la necesidad de la droga. Parece una “solución” semejante a la de la extirpación del lóbulo frontal para enfrentar ciertos desórdenes mentales. La conversión religiosa parece funcionar en este sentido, lo que es utilizado seguramente por diversas confesiones. No estamos seguros que este camino sea otra cosa que una solución desesperada.

La necesidad de prevenir

Visto lo anterior, parece que la Prevención es el arma de la victoria en este caso. Se necesitan políticas de Salud Pública al respecto, y políticas de Familia y Juventud. El sector Educación parece que la tiene más clara, aunque los problemas para aplicar políticas de prevención en este caso son más complejos. Pero está claro que la Prevención es mucho más barata y eficiente, y políticas efectivas al respecto deberían reducir el número de los que requieren “rehab”.

En el nivel directo de las familias y las instituciones educativas es posible actuar preventivamente, aunque esto también presenta problemas. Las famosas charlas antidrogas que cualquier centro educativo que se respete organiza para padres de familia y profesores en algunos colegios tienen entre sus espectadores a consumidores de alcohol, tabaco y medicamentos, así como algunos consumidores crónicos o eventuales de marihuana y cocaína, hoy padres y madres de familia y/o docentes. Me pregunto qué pensaran para su coleto cuando escuchan la consabida y siempre repetida condena moral. Tiene que haber una profunda escisión en las mentes de los que aceptan de boca para afuera la condena al consumo de drogas legales o ilegales. Mi generación tiene tan instalada, vista como unidad, el consumo de drogas, que en realidad dudo mucho que esta condena, implícita o explícita, surta algún efecto. Cuando no nos cuentan la cosa moral, aunque esta condena se suponga, y se incide más bien en el daño producido, entra en juego la racionalidad adulta y los efectos de estas charlas suelen ser mejores. De aquí se extrae como lección que no es la apelación moral lo importante, sino informar y enseñar cómo prevenir. Y la prevención tiene que instalarse en los padres de familia desde el nivel inicial, porque si queremos que nuestros hijos manejen la cosa por ellos mismos necesitamos formarlos en determinadas direcciones, y la inmensa mayoría de los padres y madres de familia no tiene ni idea de cómo hacerlo. Y ello implica también tratar con el tema sexual, de las relaciones sociales, de la envidia de los mayores, y de las relaciones intergeneracionales, entre otras cosas.

A los adolescentes no les interesa mucho esto, como no les interesa demasiado la estructura del aparato reproductor cuando lo que quieren es sexo. La información es necesaria, qué duda cabe, pero los adolescentes no necesitan la condena moral, que produce muchas veces inquietantes escisiones emocionales. Los adolescentes, a veces sin saberlo ellos mismos, necesitan herramientas para entender qué diablos les pasa, por qué se sienten como se sienten, y por qué las relaciones sociales son como son. Y ello en un ambiente que les dé autonomía y seguridad propia, así como confianza, guía y consejo constante. Ellos necesitan lo que dijimos antes, autonomía para poder aprender a relacionarse unos con otros, y a lidiar consigo mismos y con las cosas que les ocurren.

En términos más generales, nadie, excepto algunas agencias y ONG s se han preocupado realmente del tema preventivo. Se ve más importante la salida – o ingreso - de divisas o el fortalecimiento de grupos de poder más o menos vinculados, directa o indirectamente, al tráfico de drogas. Lo que podríamos llamar “génesis social” del consumo de drogas no parece estar muy visualizado. Las drogas como parte de los happenings que marcan el ingreso de los adolescentes al mundo de los adultos presuponen una elección por parte de cada joven al consumo de éstas. Necesitamos, como sociedad, hablar de este tema más allá de las coyunturas electorales y de los intereses particulares. Por desgracia, la ausencia o inoperatividad de políticas al respecto ha sido la constante. Hay más preocupación por otras cosas.

Conclusión

Pienso que enfrentar el narcotráfico y prevenir el consumo de drogas son dos caras de la misma moneda. Se necesita un fuerte liderazgo para encaminar un esfuerzo nacional realmente efectivo. Esto es política social, y no deberíamos pensar que las políticas sociales son solamente para pobres. En las elecciones políticas de Junio deberemos elegir entre dos opciones, y tengo la sensación de que solamente una de ellas podría plantearse con seriedad el tema. La otra, por desgracia, parece demasiado vinculada al otro bando.

Y punto.

lunes, 24 de enero de 2011

PARA QUE SIRVE LA EDUCACION (II)

PARA QUE SIRVE LA EDUCACIÓN (II)

Tras el ligero, incompleto y seguramente sesgado recorrido sobre las diversas etapas de la educación que he hecho en la primera parte de este artículo, vuelvo al tema de fondo. Me han dicho que la primera parte arrancaba bien pero que la bilis me iba ganando conforme iba escribiendo. Debo decir que se hace lo que se puede. Veremos qué pasa ahora. Si la bilis nos hace la vida un poco más complicada, tal vez podré recabar ciertas disculpas …

Y cómo decíamos ayer …

¿Para qué sirve educarse? Parece que, en un sentido amplio, la supervivencia es un objetivo esencial de la Educación en la medida de que se necesita permanecer vivo para poder hacer cosas. Quizá valga la pena pensar qué significa eso de supervivencia.

Cualquier vida razonablemente vivida implica una serie de aspectos, algunos de ellos que nos preocupan tanto que procuramos no pensar en ellos nunca, o cuando menos hacerlo lo menos posible, porque suena a medio chiflado ponerse a hablar sobre “el sentido de la vida”. Pero el problema de Para qué Educamos se combina necesariamente con este del sentido de la vida. No parece demasiado relevante penetrar en la profundidad filosófica del asunto, aunque parece que es inevitable asumir ciertos puntos desde allí.

Las realidades de la Vida

Es obvio que “la vida” la tienen también los hongos y las amebas. Pero ellos no se educan, ni lo necesitan para la supervivencia. Les basta con sus capacidades genéticas. Por otra parte, por más que nos reconozcamos como” hermanos de las rocas, los peces y las estrellas”, las duras realidades de nuestra vida resultan ser bastante semejantes a las de los hongos y las amebas. Es decir, personas, amebas y hongos nacen, crecen, intercambian energía con el entorno, se reproducen, y, "al final”, entregan la maleta y salen de casa con los pies por delante y en traje serio. Puede que haya algo después de la muerte, puede que no, pero por ahora nos interesa la perspectiva que podamos conocer, y no sabemos en realidad si hay algo después o no. Es en el terreno de la fe donde esto contará o no con alguna certidumbre. No educamos ni nos educamos para la vida futura, sino para la supervivencia en este barrio. Indudablemente, no es una cuestión baladí, pero no es materia de este artículo.

Imagino que para los seres humanos del paleolítico inicial las realidades de la vida empezaron a vivirse de manera más consciente, y se asumieron como hechos que se vivían dentro de estructuras que después alcanzaron gran desarrollo, las sociedades. En éstas es que aparece la cultura, y el ser humano termina ubicado en estructuras sociales cada vez más complejas dentro de las que desarrolla su existencia, de modo que la “vida” es, básicamente, la manera cómo nos desenvolvemos y los roles que asumimos al interior de dichas estructuras sociales. La supervivencia se hace humana, porque ya no se trata solamente de comer, sino de comer “en sociedad”, mostrar tu "clase" en lo que comes y en cómo comes, hacer gastronomía y modales; ni sólo de reproducirse sino de casarse y formar una familia, o a veces al revés; ni sólo de intercambiar energía con el entorno sino de trabajar para ganarse la vida. El nacimiento y la muerte dejan de ser puramente naturales, pues se nace en una estructura social, y se muere uno en una estructura social, a veces la misma. En todo caso, todo esto es así en la medida que como humanos nos podemos asumir, tal vez con justicia, como diferentes de los chimpancés y demás animales.

Cross-Over

En este contexto, la “vida” ocurrirá en un período en el tiempo, que percibimos agudamente como un presente formado de hechos sucesivos. Se nace un determinado día de un determinado año, se vive un plazo dentro de ciertas coordenadas de espacio y tiempo en este universo, básicamente limitados a este planeta, y luego se hace mutis. Vulgo, se muere uno. La pertenencia a la sociedad implica un conjunto de deberes sociales y de posibilidades que se desenvuelven a lo largo de este período vital, y que supuestamente conducen a ciertos logros que propenden a una mejora de las condiciones en que realizamos nuestra estadía en el presente universo. Una manera larga y farragosa de decir que tratamos de “vivir bien”. Toda esta reflexión parecería más o menos inútil, ya que constata cosas que damos por evidentes (aunque pienso en el humor inteligente de Monty Python, Les Luthiers y otros al respecto), si no fuera porque existe algo que nos ha dado qué pensar en estos últimos tiempos, y ello es la posibilidad concreta de la extinción de la especie humana. Hacia el año 2070, comentan ciertos expertos, se dará el “cross-over”, es decir, el cruce de diversas situaciones límite que la presencia de las sociedades humanas ha producido en el equilibrio de nuestro planeta. La posibilidad de la extinción de las sociedades actuales, e incluso de la especie, agrede frontalmente una convicción que tenemos, tan obvia que jamás la asumimos como tal, que suponemos que nos perpetuaremos indefinidamente en nuestros descendientes, y que éstos “vivirán” en una sociedad humana. Por lo menos ese parece ser el modo en que verbalizamos algo que por lo general no pensamos y que justifica nuestras acciones con nuestros descendientes. Por otra parte, nuestra particular percepción del tiempo como presente hace que tal futuro no nos quite demasiado el sueño.

Susto

El colectivo humano parece cada vez más “asustado” al respecto. Las mentes más brillantes con las que cuenta la especie discuten el calentamiento global, la crisis energética, la explosión demográfica, la contaminación, la posibilidad de intercambios nucleares, los alimentos transgénicos, y otros problemas derivados de nuestro exponencial crecimiento demográfico y nuestra creciente intervención, para mal, en los delicados equilibrios de nuestro entorno. Las previsiones no son nada optimistas. Esto se refleja en los medios de comunicación y en las industrias culturales. Se publican libros, se producen películas y se diseñan titulares que predicen el Fin del Mundo para la semana, mes, año o década que viene. Al margen de un posible complot para la creación de un cierto “Gran Miedo”, o del aprovechamiento comercial de los temores profundos de la humanidad, lo cierto es que estamos viviendo en apariencia una época de “temores difusos” bastante difundidos. Quizá, como decía Borges, todos los tiempos son el Fin de los Tiempos; o, como señalaba un chusco por allí, el Mundo ya se acabó, pero como estamos tan ocupados, no nos hemos percatado … . En cualquier caso, el “espíritu de la época” (zeitgeist) que quería Hegel parece estar básicamente signado en nuestros días por el miedo y la aprensión frente al futuro.

Educarnos para Enfrentar el Miedo

Para no perdernos en generalidades, recuperemos el tema. ¿Nos educamos y educamos para enfrentar estas difíciles circunstancias que se avecinan? Enfrentar los miedos es algo necesario para poder superarlos. Eso se empieza a hacer a través de la formación de una identidad sólida, y luego adquiriendo certezas y herramientas conceptuales para enfrentar los miedos mismos, identificar los problemas reales que enfrentamos, sus complejas realidades, analizarlos, comprenderlos, evaluarlos y definir decisiones para resolver los problemas con las mejores armas de que podamos disponer, y en la medida que podamos. Esto es válido para todas las sociedades. E implica una visión de largo plazo que el sistema educativo puede implementar, pues trabaja sobre la base de largos plazos. Decía Franklin D. Roosevelt, en épocas de extraordinaria dificultad, que a lo único que hay que tenerle miedo es al miedo mismo. Y en consecuencia pregunto: ¿Qué hace el sistema educativo para superar el miedo mismo? ¿Qué identidad fomenta? ¿Con qué certezas nos equipa? ¿Con qué herramientas nos pertrecha para conocer y enfrentar la realidad de la supervivencia? De repente lo único que estamos haciendo es trasladar el miedo de una a otra generación.

Se ha planteado que la Educación no necesita más reformas, que lo que se necesita urgentemente son revoluciones educativas orientadas al cambio fundamental de un modelo industrial a un modelo orgánico, más adecuado y propio a las condiciones y la esencia de la vida humana. El concepto de progreso industrial y científico está en un colapso económico y cultural, y se observa un cierto retorno a las falaces tranquilidades que proporcionan ciertas ortodoxias antiguas y nuevas, y una suerte de pensamiento mágico que se generaliza en las sociedades. Hay un doble peligro en todo ello.

Desconfianzas Saludables

Por una parte, no podemos confiar ciega y mágicamente en el desarrollo científico y tecnológico, como se ve claramente en el caso de los transgénicos, los que inteligentemente el Ministro del Ambiente considera que colisionan con el modelo agroexportador peruano, que se está centrando en la producción que aprovecha el hecho de ser un centro Vavilov de biodiversidad. Y en esto hay oposición por parte de ciertos intereses económicos y otras instancias de gobierno que llevados de una lógica estrictamente de corto plazo, pretenden introducir productos transgénicos, con consecuencias imprevisibles para el medio ambiente y la estabilidad económica.

Por otra parte, no podemos confiar ciegamente en puntos de vista ortodoxos que, como en el caso de algunas iglesias más o menos mayoritarias, defienden entre otras sandeces el crecimiento demográfico al prohibir a sus fieles el empleo de anticonceptivos, o chocan contra las libertades civiles de las personas. Y en esto hay apoyo por parte de ciertos sectores sociales y políticos centrados en el interés de poseer una masa de maniobra grande, subempleada e iliterata que se pueda manipular política y económicamente.

Educarnos para la Desconfianza

¿Nos educamos y educamos en el conocimiento político y económico de estos procesos, de manera que el ejercicio de nuestra libertad sea responsable? ¿Educamos y nos educamos en ciencia y tecnología para poder juzgar y decidir sobre los muchos temas ciudadanos que las implican? ¿Nos educamos y educamos en la identificación, descripción, análisis, comprensión, evaluación y toma de decisiones de cara a los problemas que nuestras sociedades afrontarán y en muchos casos ya afrontan? Y si no lo hacemos, ¿qué deberíamos hacer al respecto?

Linealidad y Puntos Críticos

El educador británico Ken Robinson plantea un hecho educativo interesante: La “linealidad”. Tendemos a considerar los procesos educativos – y muchos más – como “lineales”, al modo de cadenas de producción heredadas de las revoluciones industriales. Dado que los sistemas educativos provienen de las revoluciones industriales, se estructuraron del mismo modo para proporcionar trabajadores a las líneas de producción, presionando en las estructuras psicológicas de los niños y jóvenes para adaptarlos al sistema de producción “lineal”. Es un hecho que la situación en este siglo XXI ha cambiado. La especialización de las labores propia de la línea de producción ha cambiado en profundidad las relaciones sociales y ha desnudado la poca sostenibilidad del modelo “lineal”. De hecho, en la constante búsqueda de la eficiencia y la eficacia, los sistemas administrativos de avanzada incorporan cada vez más conceptos muy alejados de la linealidad. Se “retorna” a paradigmas globales y sistémicos. Se habla de lógicas difusas y paraconsistentes, de economía de crecimiento cero, entre otras muchas cosas. Claro está, hay una inercia arrastrada desde hace 200 y pico de años que amenaza con una detención cuando se alcance algún punto crítico. Como en la vida humana, que se detiene no cuando más del 50 % de los sistemas orgánicos falla, sino cuando se produce un fallo crítico en un 5 o 6 % – como un ataque al corazón o una crisis diabética – y se muere uno dejando la mayor parte del cuerpo sano e intacto pero bien muerto; así también la estructura de la sociedad humana, que es orgánica, en la medida que la conforman seres humanos, está llegando claramente a puntos críticos.

Opciones

¿Qué debe hacer la Educación entonces? ¿Para qué educamos? Mi hija enfrentará estos temas de una u otra manera. Quizá se adaptará a la realidad adoptando un punto de vista derivado del pensamiento mágico que la alejará de la realidad y le dará la ilusión de la inconsciencia y la “felicidad”, aunque sea por un tiempo. O tal vez contribuirá eficazmente desde su espacio y su tiempo a la resolución de los problemas nacionales y globales, labor en la que podría encontrarse su realización personal y algún sentido a la existencia. En un contexto futuro del que tan poco sabemos, y que incluso podría resultar completamente diferente a nuestras “predicciones”, cuál puede ser el sentido de una vida que la Educación tendría que tomar como un paradigma para saber qué va a contribuir a formar.

Felicidad y Sentido de la Vida

Porque un tema que estamos pasando por alto considera que “la felicidad” es importante para las personas, y que se la considera un objetivo vital al que se puede y se debe dedicar todos los esfuerzos. Hay la creencia generalizada que el “sentido de la vida” es ser “feliz”, o alcanzar la “felicidad”. Me detengo un poco aquí. La Felicidad, jaja, como quería una canción de moda y el título de un libro de cuentos de Bryce Echenique. ¿Es el “sentido de la vida” el encontrar “la felicidad”?. Esta es otra de esas reflexiones que no hacemos porque la damos por sentada. ¿En qué diablos consiste eso de ser “feliz”? No lo sabemos, no lo hemos pensado, pero aspiramos a que nuestros hijos lo sean, y a veces consideramos con amargura que la infancia puede ser “el único momento feliz” de nuestras vidas. Hace no tanto tiempo, cuando la expectativa de vida de los seres humanos era de más o menos 30 años, estoy seguro que el período de “felicidad” era la infancia. Pero la humanidad se metió en el chiste de la civilización y el progreso, y la expectativa de vida aumentó, y la infancia ha pasado a ser algo así como una suerte de paraíso perdido que añoramos. El hecho es que nuestros hijos, según tablas actuariales, vivirán tanto o más que nosotros. Puede preverse que una “Educación para la felicidad” puede ser importante. Si es que es real eso que decimos de que nos interesa la felicidad de nuestros hijos.

Realizarse

Algunos asimilan la “felicidad” con la “realización”. No he encontrado mejor definición que ese magnífico chiste de Les Luthiers acerca de que realizarse es trascenderse en el más allá de los hechos hasta alcanzar cierto tipo de equilibrio. El humor lutheriano pone el dedo en la llaga: ¿Qué es eso de trascenderse en el más allá de los hechos, dicho además en el tono más ridículamente serio imaginable de estereotipo de clase de filosofía? ¿Y qué es eso de cierto tipo de equilibrio? Parece una confesión extraordinariamente sarcástica de nuestro propio desconcierto frente al hecho de algo que no sabemos qué es ni de qué hablamos, pero eso sí, deseamos ardientemente que suceda …. . Sin embargo, es cierto que queremos que nuestros hijos se “realicen”, quizá en el sentido de que esperamos que lleguen a ser aquello que quieren ser y tengan “éxito” en el empeño. O quizá que hagan lo que nosotros, que sabemos ya cómo son las cosas …

Nadie pide venir al mundo, pero todos eligen quedarse

Algunos adolescentes sutiles y astutos hacen la declaración rebelde – parece ser la época para ello – de no haber solicitado venir a este mundo. Con lo que nos cargan a los adultos con la responsabilidad de su venida. Es cierto, por supuesto. Nadie pide venir. Y la pregunta suele estar presidida por la convicción subjetiva del joven adolescente de que la vida es un hecho atroz, y que lo sabemos y que no parece haber gran cosa qué hacer al respecto. Por cierto, también sabemos que la vida es dulce y que no nos queremos ir, por lo que tendemos a demorar el momento de la salida a lo más tarde posible. Y vaya si hacemos cosas para demorar el inevitable momento. Pero eso es un punto de vista adulto que no convence a nuestros jóvenes, cuya rebeldía existencial termina canalizada por el medio ambiente hacia el hedonismo y el consumo que nos haga olvidar que nacimos para morirnos. Quizá sea útil plantear la respuesta que yo les di a mis propios manganzones cuando me clavaron la pregunta. Es cierto, y no hay duda, ellos no pidieron venir, pero tampoco se trata de echar culpas, pues muchacho. Claro que el mundo es atroz, pero cuando nosotros, sus padres, llegamos, ya estaba así. Todo el cuento es qué es lo que nosotros los adultos hemos hecho o estamos haciendo para mejorar las cosas. Y aquí es donde me temo que no podemos mostrar grandes logros, como el padre ese que decía a su hijo que le presentaba una libreta que parecía ensangrentada de puros rojos: “A tu edad Napoleón se sacaba 20 en todo”, y la desenfadada respuesta del vástago: “Y a la tuya, emperador de Francia …”

Y por otra parte, es cierto que ninguno de nosotros eligió vivir, pero ello no es más que una enorme paradoja porque antes de vivir no podías elegir nada, y por ello nadie escoge o no escoge, porque no puede escoger o no escoger, porque no hay una entidad que pueda elegir. El estar vivo no se “elige”, es un hecho dado en el devenir del universo. Y en eso somos iguales a las plantas y los animales. El estar aquí es una parte de lo que implica el existir en el mundo en sentido general, no es parte de nuestra humanidad. Y si lo creemos es puro antropocentrismo de creer que somos el centro del universo. Y la cara de mis hijos cuando les decía estas cosas oscilaba entre el desconcierto y el “no te entiendo ni papa, papá …”. Pero yo seguí sin misericordia señalando que lo humano, como Albert Camus implicaba, no es elegir venir sino elegir permanecer. Y resulta que, siempre siguiendo a Camus, el suicidio es verdaderamente el único problema filosófico realmente importante. Porque nadie elige venir, pero cada día que no nos suicidamos, elegimos quedarnos acá. Pero eso mejor no se lo digamos a nuestros hijos … . Y además, estoy seguro que se puede decir mucho más al respecto.

Estar contento

Y es que esto de la felicidad no es “estar contento”. Estar contento ocurre si hacemos algo que nos guste particularmente. Un adicto a las drogas, un asesino en serie o un borracho consuetudinario serían, entonces, felices. Tampoco la felicidad es alcanzar la satisfacción de las necesidades, como según parece tendemos a pensar. La famosa historia de la camisa del hombre feliz nos muestra que el problema de las necesidades, como saben los teóricos de la economía, es que son infinitas, y se suceden unas a otras. Y sin embargo, como decía Woody Allen, el dinero no hace la felicidad, pero qué bien la imita … pero la posesión de dinero y el consumo desaforado y hedonista que parece ser el modelo social predominante no nos proporciona felicidad sino inconsciencia. Y en la actualidad el modelo es que la inconsciencia de la farra es sinónimo de felicidad. Pero es fácil constatar que se sufre en todas las clases sociales, en todos los colores y diseños que la humanidad presenta.

Condiciones de la Felicidad

El decir que somos “felices” tendría que resolver dos problemas, al menos. Uno es el problema de mi identidad en medio de una sociedad y de un mundo, porque no vivimos solos y mucho de lo que nos hace felices corresponde a intercambios sociales. Y el otro es el de la consciencia individual del yo en el mundo, porque no estoy seguro que una persona que no sabe que está allí podrá experimentar la felicidad. O. de hecho, cualquier cosa.

Esta segunda parte del artículo me sale larga otra vez. Me temo que una tercera parte será inevitable. También Viene: ¿Es el objetivo de la educación ser felices o lograr el éxito económico? ¿Qué tiene que ver acá la Educación en Valores? ¿Será posible revertir el cross-over, por lo menos antes de las elecciones peruanas? ¿Qué podrá contar más en la Educación: Lectura, Valores, Ciencias, Matemáticas, Música, Artes, Humanidades, Educación Física?

Todo esto, en la continuación, si todo sale bien.