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sábado, 22 de diciembre de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 15: NAVIDAD


CRÓNICAS DE LECTURAS – 15 - NAVIDAD

Para leer en Navidad: Canción de Navidad de Charles Dickens

I
Navidad en la Nieve y la Arena

Escribir sobre la Navidad siempre es una complicación, porque cuando uno es chico la fecha tiene un significado, y cuando se crece otro. En el proceso se nos pierde el encanto, la ilusión y la alegría que se suponen asociadas a esta época del año. Al final, como dice Gabriel García Márquez, la Navidad es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Vale decir, una farsa sin atenuantes, una feria comercial donde el más regalado es el sistema financiero, que te financiará y refinanciará la deuda en que incurras por los regalos que tienes que hacer y por el pavo y los licores que tendrás que regurgitar. Se supone que debes estar contento por obligación social, aunque se te estruje el corazón y tengas la vida hecha trizas. No consigo transigir con la hipocresía adjunta a esta Fiesta, por más que sé que hay que respetar la alegría inocente. Pero por otra parte, y suponiendo que consigamos dominar la depresión navideña, puede ser una buena oportunidad de hacer fiesta de lo que es fiesta. Y algo que se me ocurre es que se puede pasar un momento interesante leyendo el famoso Cuento de Navidad de Charles Dickens. Digo leerlo, aunque sea preferible no hacerlo la misma Nochebuena, no vaya a ser que la televisión, los regalos, los videos, el pavo, los nacimientos y los árboles de navidad nos devoren el momento y nos perdamos de lo que en verdad puede ser la Navidad. Porque esta historia, leída a media luz, en su versión original, es espeluznante.   

De todas las historias de Navidad, el Cuento de Navidad, Canción de Navidad o Villancico de Navidad (A Christmas Carol), es la que más ha capturado la imaginación del mundo anglosajón, y de rebote al nuestro. En su original es una novela corta estructurada como canción o villancico, dividida en Cinco Estrofas. No hay literatura navideña que no lo mencione. Aunque también se hace pesado porque hay tantas, tan variadas y tan desiguales versiones cinematográficas y televisivas, que hoy es un lugar común navideño, y todo el mundo se sabe a la superficial la anécdota sin entender mucho de qué se trata la cosa, porque el estereotipo de Ebenezer Scrooge (no el personaje, inconmensurablemente más rico) como el malvado usurero y avaro prestamista (Yo no celebro la Navidad, y no puedo permitirme el lujo de que gente ociosa la celebre a mi costa.) que repentinamente se convierte, desaparece totalmente el proceso del por qué y el cómo se convierte. Charles Dickens vivió una infancia difícil y conoció desde dentro el hambre y el abuso, no extraña que tuviera la compulsión de escribir sobre niños abusados y orfanatos, lo que conocía de primera mano. Sus obras son casi siempre de títulos simples: Oliver Twist, Nicholas Nickleby, David Copperfield, La pequeña Dorrit, usando de nombres propios como si debiéramos saber que estos niños tienen nombre y no son cifras de una estadística. La calidad humana de Dickens nacía del hondo sentimiento de compartir la desgracia, de sentirla tan injusta y horrible en el corazón que no se soporta que otros la padezcan. Tal vez no hay nada peor que saber qué es lo que sienten los miserables, y así uno se identifica con la rabia, la ira y la cólera, eso que algunos despistados llaman resentimiento. Claro que hay que superarlo si quieres hacer las cosas bien, que de la amargura no surge nada bueno, y aunque Dickens no creía en la revolución social - que para ello hay que estar convencido que la miseria de los unos está en función de la riqueza de los otros - sí que puso manos a la obra en lo que sabía hacer: contar historias, y eso es bastante más de lo que la mayoría hacemos. Y así la Canción de Navidad nos muestra a Dickens colocándose – y colocándonos – en el otro lado de sus personajes, en el sitio de los que deberían – deberíamos - estar haciendo algo para que los niños de carne y hueso sean niños y no monstruos. Charles Dickens parece llegó antes de tiempo a donde llegan los sabios: Al humor solidario y bondadoso. Y es este humor el que quiero compartir, así que ahí va mi reseña de: 

II
Canción de Navidad (Charles Dickens)

Canción de Navidad narra la peripecia de Ebenezer Scrooge: Duro y agudo como un pedernal al que ningún eslabón logró jamás sacar una chispa de generosidad; (…) secreto, reprimido y solitario como una ostra, que se retrae en su soledad en plenas fiestas navideñas, que desea que los pobres se mueran para eliminar el exceso de población, y cuya figura se contrapone a la de su sobrino, vivaz muchachón que sí sabe vivir la vida, y que nos dice que siempre he pensado que (las navideñas) son unas fechas deliciosas, un tiempo de perdón, de afecto, de caridad; el único momento que conozco en el largo calendario del año, en que hombres y mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la gente de abajo como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro destino. Dickens presenta a Scrooge en contrapunto tanto con su sobrino como con su empleado Bob Cratchit, explotado sin misericordia. La historia se inicia en la Nochebuena en que Scrooge es despertado por la inesperada visita del fantasmal espectro de Jacob Marley, su socio muerto, condenado a vagar por la Tierra sin poder hacer lo que debió hacer en vida, y con quien sostiene una charla esclarecedora (Pero tú siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacob, balbuceó Scrooge (…). ¡Negocios! - exclamó el fantasma entrelazando otra vez las manos - El género humano era asunto mío. El bienestar general era negocio mío; la caridad, compasión, paciencia y benevolencia eran todas de mi incumbencia. Mis relaciones comerciales no eran más que una gota de agua en el anchuroso océano de mis asuntos). Y aunque Scrooge duda de la oportunidad que Marley le trae de ultratumba, éste se la ofrece: Esta noche estoy aquí para advertirte que aún te queda una oportunidad para escapar a un destino como el mío. Una oportunidad, una esperanza que yo te he conseguido, Ebenezer (…) Vas a ser hechizado por Tres Espíritus. Dado que las versiones de pantalla han hecho de todo con estos tres fantasmas, parece que vale la pena reseñar a los tales espíritus respetando lo que el mismo Dickens quiso decir. Así que ahí voy:

El Fantasma de la Navidad del Pasado era un extraño personaje, como un niño, y sin embargo parecía un anciano visto a través de una cierta áurea (…). El cabello le caía hasta los hombros y era blanco; como el de un anciano, sin embargo no había arrugas en su rostro (…). Tenía unos brazos muy largos y musculosos, igual que las manos, dando una impresión de fuerza excepcional. (…) Pero lo más sorprendente era el chorro de luz fulgente que le brotaba de la coronilla y hacía visibles todas estas cosas. Este Espíritu pasea a Scrooge por su infancia solitaria y los escasos afectos de su pasado, y lo confronta con sus propias decisiones, en especial la renuncia al amor por haber decidido vivir para el lucro. Y así empiezan a resurgir sentimientos, esa vacilante llama que pervive aún en el más empedernido de los pecadores. Pero el pasado lo tortura, y no lo quiere ver: ¡Déjame! ¡Llévame de vuelta! ¡No sigas hechizándome! Y llega el momento del Fantasma de la Navidad del Presente, y el hechizado Scrooge entra en una habitación repleta de pavos, ocas, caza, pollería, adobo, grandes perniles, lechones, largas ristras de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas de ostras, castañas de color rojo intenso, manzanas de rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, inmensos pasteles de Reyes y burbujeantes boles de ponche que empañaban la estancia con sus efluvios deliciosos. Y en medio de toda esta abundancia, un gigante festivo, de esplendoroso aspecto, que sostenía una antorcha encendida, parecida a un cuerno de la abundancia (…) vestido con una simple túnica, o manto, de color verde oscuro, ribeteado con piel blanca (que dejaba) al descubierto su ancho pecho como si desdeñara protegerse u ocultarse (…). Sus pies, visibles bajo los amplios pliegues del manto, también estaban desnudos, y en la cabeza no llevaba más cobertura que una guirnalda de acebo salpicada de brillantes carámbanos. (De) rostro cordial; chispeante mirada, mano generosa, animada voz, ademanes espontáneos y aire festivo. El Fantasma simpatiza con los pobres y los que sufren escasez, en especial los trabajadores, y muestra a Scrooge a pobres y ricos que por igual viven la alegría de la Fiesta, mientras otorga su espíritu a quien más lo necesita y de paso lanza un dardo contra los puritanos: En esta tierra tuya hay algunos, (…) que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido.

III
Más de Canción de Navidad

El Fantasma de la Navidad Presente conduce a Scrooge a la intimidad del mísero pero amoroso y feliz hogar de su propio empleado Bob Cratchit. No todo es felicidad en este hogar, pues Tiny Tim, hijo menor de estas buenas gentes, está tullido y enfermo, pero lleva su condición con coraje y es que, después de todo, es Navidad. Dickens contrasta con exquisitez y delicadeza la pobreza de la cena navideña con la alegría y solidaridad de la familia, la que a su vez contrasta con la soledad de Scrooge, que pregunta al Fantasma si Tiny Tim vivirá. Cuando el Fantasma le contesta que no, le recuerda que dijo eso de que los pobres mueran para eliminar el exceso de población: Hombre (…) si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios! ¡Tener que escuchar al insecto en la hoja disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo! Hago notar que esta lúcida e iracunda cita no la he visto jamás en las versiones para niños, ni en las dulzonas versiones navideñas, y hago formal juramento que lo transcribo del original sin atenuante alguno. Continuamos. Cuando Bob Cratchit se atreve a brindar a la salud de Scrooge, su esposa le reconviene: Tiene que ser Navidad (…) para beber a la salud de un hombre tan odioso, tacaño, duro e insensible como (…) Scrooge. ¡Sabes que es cierto, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú (…)! Y Robert: Querida, los niños, es Navidad. Y es que No había nada de alta categoría en lo que hacían. No eran una familia distinguida; no iban bien vestidos; sus zapatos estaban lejos de ser impermeables; sus ropas eran escasas (…) Pero estaban felices, agradecidos y satisfechos unos de otros, y contentos con el presente. 

Pero el Fantasma aún no termina de darle su chiquita a Scrooge, y le conduce por un tour que normalmente no aparece en las versiones convencionales, mostrándole cómo viven la Navidad los mineros del carbón, los hombres de los faros y los marineros en alta mar; cómo es la Navidad en los lechos de los enfermos y los hogares de todo calibre, en los hospicios, hospitales y cárceles. Y aterriza mostrándole a Scrooge la carcajada de su propio sobrino (Si por una improbable casualidad el lector conociera a un hombre con una risa más feliz que la del sobrino de Scrooge, todo lo que puedo decir es que también a mí me gustaría conocerle) que celebra la Navidad burlándose de su tío con su algo de británica, maliciosa y varonil ironía: ¡Dijo que las Navidades eran tonterías, os lo juro!, (…) ¡Y además se lo creía! (…) La riqueza no le sirve de nada. No hace con ella nada bueno. No la utiliza para su bienestar. Ni siquiera tiene la satisfacción de pensar, ja, ja, ja, que algún día nosotros la disfrutaremos. (…) Me da lástima; no puedo enfadarme con él. El que sufre por sus manías es siempre él mismo. Le da por rechazarnos y no querer venir a cenar con nosotros. Y he aquí quizá la escena más dramática de todo el Cuento de Navidad: Scrooge distingue una garra tras el ancho abrigo del Espíritu, que entonces le descubre (…) dos niños; unos niños harapientos, abyectos, temibles, espantosos, miserables. Se arrodillaron a sus plantas y se colgaron del manto. (…) Eran un niño y una niña. Amarillos, flacos, mugrientos, malencarados, lobunos (…). Donde la gracia de la juventud debió haberles perfilado los rasgos y retocado con sus más frescas tintas, una mano marchita y seca, como la de la vejez, les había atormentado, retorcido y hecho trizas. Donde podrían haberse entronizado los ángeles, acechaban los demonios echando fuego por sus ojos amenazadores. Monstruos tan horribles y temibles como aquellos no se han dado en ningún cambio, degradación o perversión de la humanidad a lo largo de toda la historia de la maravillosa Creación. Scrooge, aterrorizado y asqueado, pregunta si son del Fantasma, que le responde: Son del hombre (…). Y se agarran a mí apelando contra sus progenitores. Este chico es la Ignorancia. Esta chica es la Necesidad. Guárdate de los dos y de todos los de su género, pero guárdate sobre todo de este chico porque en la frente lleva escrita la Condenación, a menos que se borre lo que lleva escrito. Y ahí el Espíritu – la voz del propio Dickens - dirige su mano a la ciudad, a la que acusa con voz tonante: ¡Niégalo! (…) ¡Difama a quienes te lo dicen! ¡Admítelo para tus propósitos tendenciosos y empeóralo todavía más! ¡Y aguarda el final!

IV
El final de la Canción de la Navidad

El Fantasma de la Navidad del Futuro es muy diferente a los anteriores: Iba envuelto en un ropaje de profunda negrura que le ocultaba la cabeza, el rostro, las formas, y sólo dejaba a la vista una mano extendida, de no ser por ella, habría sido difícil vislumbrar(le) y diferenciarle de la oscuridad que le rodeaba. (…) Scrooge notó que era alto y majestuoso y que su presencia misteriosa le llenaba de grave temor. Nada más podía discernir pues el espíritu ni hablaba ni se movía. Scrooge, remecido por el Pasado y el Presente, sabe que este Espíritu representa el Futuro y siente miedo y horror, pero asoma pequeña la esperanza de que todo puede ser distinto. Ve hombres de negocios que hablan con displicencia de un muerto reciente, y poco a poco transita desde la compasión por el muerto al horrible convencimiento de que ese cadáver que todos desprecian y cuyas pertenencias se arrebatan los buitres de la muerte, podría ser él mismo. Y el Fantasma le muestra en silencio el cadáver con afán documental y frío, con una indiferencia que añade más horror si cabe a estas escenas: (sobre el lecho) yacía el cadáver de aquel hombre, despojado, desposeído, sin que le velaran, sin que le lloraran, sin que le atendieran. Scrooge ruega al Fantasma le muestre un buen sentimiento asociado a este muerto, y el Espíritu le muestra una familia que no tendrá que pagarle la deuda al usurero. Scrooge no quiere saber que el muerto es él mismo, y pide al Fantasma le enseñe un afecto relacionado a un fallecido, y el silencioso Espíritu le muestra a Bob Cratchit que vuelve de visitar la tumba de Tiny Tim, así como la congoja de la honrada familia, en dolorosísima contrastación con la indiferencia que despierta el otro muerto. Y cuando el Fantasma le muestra su propia lápida con su propio nombre, Scrooge es presa del pánico y suplica una oportunidad: Haré honor a la Navidad en mi corazón y procuraré mantener su espíritu a lo largo de todo el año. Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro; los espíritus de los tres me darán fuerza interior y no olvidaré sus enseñanzas. ¡Ay! ¡Dime que podré borrar la inscripción de esta losa!

Y, de repente, Scrooge despierta en su cama, y se siente raro, pues ha pasado por un reajuste cognitivo y afectivo de raíz: (…) el tiempo que le quedaba por delante era su propio tiempo y podía enmendarse. (…) Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro, repetía Scrooge mientras luchaba por salir de la cama. Los tres espíritus me darán fuerza. ¡Oh, Jacob Marley! El Cielo y la Navidad sean loados. ¡Lo digo de rodillas, viejo Jacob, de rodillas! Y suenan las campanas, porque hay más alegría en el Reino de los Cielos por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no lo necesitan. El viejo renegrido usurero se ha transformado, ha renacido, se ha reformado, está chiflado de contento: ¡No sé qué hacer! decía Scrooge llorando y riendo al mismo tiempo, (…) Me siento tan ligero como una pluma, tan feliz como un ángel, tan contento como un colegial (…) tan embriagado como un borracho. ¡Feliz Navidad a todos, feliz Año Nuevo para el mundo entero! (…)  ¡No sé en qué fecha estamos! (…) No sé cuánto tiempo he estado con los espíritus. No sé nada. Estoy como un niño. Qué más da. No me importa. Es mejor ser como un niño. ¡Hola! ¡Yuppy! Y se entera que aún es Navidad, y muere de risa al imaginarse la cara de la buena señora Cratchit cuando vea el pavo enorme que le envía de incógnito, y le baila la panza de contento al hacer copiosa donación para ayuda a los pobres: Ni un ochavo menos dice al sorprendido filántropo que recibe la donación Le aseguro que van incluidos muchos atrasos. Pero, y sobre todo, descubrió que todo le resultaba un placer. Luego se invita a sí mismo a casa de su sobrino, a tratar de recuperar los afectos tan tontamente relegados. Y así arregla su vida, pone las cosas en su lugar, repara sus muchas faltas con Bob Cratchit. Y fue así que cumplió más de lo prometido. Lo hizo todo y muchísimo más; fue un segundo padre para Tiny Tim, que no murió. Se convirtió en el amigo (…) y hombre más bueno que se conoció en la vieja y buena ciudad o en cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia del bueno y viejo mundo. Algunas personas se reían al ver el cambio, pero él les dejaba reírse sin prestarles atención (…) Su propio corazón reía y con eso le bastaba. (…) en adelante (…) siempre se dijo de él que sabía mantener el espíritu de la Navidad como nadie. ¡Ojalá se pueda decir lo mismo de nosotros, de todos nosotros! Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos, a cada uno de nosotros!

V
Colofón

Y no queda más que desear a todos mis lectores una Feliz Navidad, y que lean la Canción de Navidad y lo que quieran, y como quieran, y donde quieran. Y como dijo Tiny Tim: ¡Que Dios nos bendiga a todos, a cada uno de nosotros! 

POST-DATA: De las muchísimas versiones en cine de Villancico de Navidad hay algunas buenas, regulares, algunas malas y otras franca y comercialmente impasables. Elegimos esta para compartir debido a su fidelidad a la versión original del libro y a la presencia de un inspirado George C. Scott como Scrooge. Que aproveche :)



http://youtu.be/Zc9vMPqYBy8?list=PL67d4V6VTlB52m8iCBxdYReW_U_S8suZf



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martes, 4 de diciembre de 2012

CONTRA LA NAVIDAD REAL

Peru BlogsCONTRA LA NAVIDAD REAL

“Los padres no existen, todo es un montaje de Santa Claus” (Yo)

“ … siempre he pensado que (las navideñas) son unas fechas deliciosas, un tiempo de perdón, de afecto, de caridad; el único momento que conozco en el largo calendario del año, en que hombres y mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la gente de abajo como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro destino.”  (Charles Dickens, Cuento de Navidad)


Reviso mi artículo Contra la Navidad del 2011, y encuentro que nada ha cambiado desde entonces. Sí, es presuntuoso pretender que el ejercicio de la expresión libre pueda mover tan profunda estructura, cuento análogo al de la Navidad que se nos hace creer. Sin embargo, y más que no sea porque uno no debe callar, retomo el refrito y lo reedito, reformo, deformo, aumento y corrijo. Porque de esto siempre se debe hablar.

Quién celebra la Navidad

El Libre Mercado instrumenta todo para venderlo, eso es puro dato de la realidad, ni bueno ni malo. Claro que establece una escala de valores que pone por encima de todo a la ganancia y al consumo, pues de eso se trata la Navidad Real. Quien crea otra cosa, discúlpenme, o posee una fe excesiva en la bondad humana o una impresionante bandada de pajaritos en la cabeza. Lo más importante de la Navidad es la “campaña navideña” iniciada desde Noviembre, pues las ruedas de la economía giran en la medida que lo hagan las previsiones en las ventas. No faltan los que en nombre de una moralina hipócrita y/o ingenua llenarán páginas o espacios radiales o de TV contra el “materialismo capitalista que trastoca la Navidad”, o por unos “valores” desfasados de la realidad navideña. Hablarle a los que no tienen chamba o plata de Navidad como “materialismo capitalista” resulta en broma de pésimo gusto. Seamos claros, la Navidad Real es para los que tienen plata. Hablémosle de Navidad a los padres que no tienen para regalar a sus hijos, veamos qué nos responden. Y no es que tienes que estar en la última lona, de repente tienes chamba, pero también deudas, y si tienes grati – suposición irreal – ésta se destinará a ponerte al día en tus cuentas con el único ente que tiene reales motivos para celebrar la Fiesta: El Sistema Financiero. O tal vez te endeudas con el banco para tu campaña navideña y cruzas los dedos para que tu previsión de ventas sea la que esperas. A veces eso sale cuadra: Durante el incendio navideño de Mesa Redonda, las gentes arriesgaban sus vidas y se metían al fuego para rescatar sus mercancías, adquiridas con plata prestada, y de las que tantas cosas dependían, y el valor mismo de la vida humana quedó trastocado en las cenizas de más de 300 cadáveres. No creo que al sistema bancario eso le haya importado mucho, para eso existen los seguros de desgravamen. Ni creo que les haya perdonado la deuda a los que sobrevivieron.  

Navidades e Inocencias

Y en estas cosas el corazón se nos endurece y el alma se nos marchita un poco más cada año, hasta que la inocencia de la Navidad desaparece, decapitada por la realidad. Es verdad que no sólo de pan vive el hombre, pero resulta que sin pan el hombre no puede vivir. La invocación al deber ser de la Navidad se olvida fácil de las personas de verdad. Se burla uno de la gente si se desprecian sus pequeñas alegrías, y esa burla es sanguinaria cuando destruye las ilusiones de los niños. Así que ni condeno la Navidad ni la aplaudo, trato de ver qué hay realmente en ella. Mi hija acaba de cumplir siete años de edad, y en conversa de sobremesa manifiesta, con seguridad no exenta de cierta sombra de tristeza, que ella ya no cree en Papá Noel. Yo entiendo que un padre está en la obligación de cuidar de las inocencias infantiles y de ayudar al tránsito hacia una realidad que tiene mucho de cuestionable. Y con la mesura que el caso se merece, trato de indagar sobre esto. Paula me dice que ella sabe que son los padres y familiares los que hacen los regalos, y que lo sabe porque ella le pidió en secreto a Papá Noel que le trajera un regalo en especial, y no se lo trajo. En su infantil y blindada lógica, si Papá Noel existe y se le asigna tal grado de discrecionalidad omnipotente, pues entonces debe saber qué regalos quiero. Y si no llega a enterarse, quizá sea, como diría Voltaire, que es simplemente porque no existe. Y ello le presta una vaga tristeza a esa necesaria afirmación de su personalidad, al convencimiento que todo niño debe adquirir tarde o temprano de que tiene que hacerle caso a sus sentidos y a su pensamiento más que a las monsergas sociales, aunque sean sus mismos padres quienes las sostengan.

La Fiesta de la Mafia y la Delincuencia

A mí hace mucho que la Navidad Real no me gusta, y estoy en buena compañía: Charles Chaplin, el genial comediante, sentía profunda repulsión contra la Navidad, según atestigua su hija Geraldine. No la odiaba, sólo no le veía el punto a celebrarla si no era por los niños. No era su fiesta. De niño, el Vagabundo había sufrido la más podrida miseria londinense, y en Navidad recorría descalzo las engalanadas calles de relucientes vidrieras repletas de juguetes y golosinas que no eran para él. Probablemente ese sentimiento explique sus preocupaciones sociales, a la vez que su inmensa capacidad de trabajo, expresión de una suerte de juramento personal de no ser pobre jamás. Tratando de salvaguardar la inocencia de los niños, y en alocada carrera para tratar de compensarnos a nosotros mismos, la mayoría de nosotros tratamos de no pensar en nuestro interior que esta Fiesta no nos pertenece, porque lo único que sacamos de ella son dolores de cabeza, estrés, empujones y la probabilidad de ser objeto de asalto. Los mafiosos y delincuentes celebran así la Navidad a su modo, porque ellos sí saben positivamente que sus ingresos aumentarán y llevarán juguetes a sus hijos. Y así la Navidad es Fiesta para la Mafia y la Delincuencia.  

El Cuento de Navidad

Quizá la expresión literaria más impresionante de estas épocas del año sea el Cuento de Navidad de Charles Dickens, en su versión original, claro. Como todo lo navideño, al Cuento de Navidad está domesticado en sus muchas versiones, pues soltado así como es, como que malogra la farra. A fin de cuentas, de lo que se trata es que haya audiencia televisiva o asistencia a los cines para que la economía se mueva y haya para pagar planillas, lo que en sí mismo no es tan malo, pues la gente trabaja para vivir. Dickens era un moralista de los de a de veras, que no temía llamar las cosas por su nombre, con profunda fe en la realidad individual del hombre. Para él la Navidad era básicamente una oportunidad. El Fantasma de la Navidad Presente no es un producto comercial ideado para vender más, sino un personaje poderoso, alegre como un niño pero sin infantilismos idiotas, que lleva aquí y allá su espíritu, y que también sabe acusar a puritanos, inhumanos e hipócritas. Y así como trae consigo el espíritu de la Navidad, porta también terribles nuevas en esos dos seres abyectos - la Ignorancia y la Necesidad - que cobija bajo su manto y que nos restriega en la cara en dramática escena, diciéndonos claro que la miseria humana no se detiene porque haya Navidad, que el dolor es la marca de la condición humana, aunque también sea cierto que humanamente podamos, como decía San Agustín, hacer el loco una vez al año, pero con la cabeza bien puesta sobre los hombros.

El Cuentazo de Navidad

Las ruedas de la economía no funcionan bien cuando la gente es consciente. Los marqueteros saben que la inconsciencia redunda en más gasto. Quizá el mejor ejemplo sea el personaje emblemático de la Navidad Real, que no es Jesús, por favor, sino Papá Noel / Santa Claus. Siempre hay quien recuerda que San Nicolás fue un Obispo del Asia Menor, hombre de inmensa caridad y digno de ser recordado por eso. Pero el mito de cómo un caritativo Obispo se convierte en un gordito que recibe solicitudes de regalos en el Polo Norte es interesante de ser examinado con algún detalle. ¿Quién es Papá Noel? Parece ser la creación de un genio del márketing, aparentemente vinculado a Coca-Cola, no estoy seguro, pero su anécdota presenta interés: Papá Noel no es una buena persona, ni es ese abuelito regalón que nos quieren vender. Si tú “te portas bien”, él te da lo que le pides en tu carta. Si “te portas mal”, te pone carbón. Eso no parece consistente con el origen cristiano de la Fiesta. Y está claro que está diseñado para establecer la primacía de un valor que, para decirlo como mi amiga Yanira, “no me parece”. Ese obeso presidente de directorio es para mí persona non grata, y no le dejo entrar a mi casa, por más que me quiera sobornar con regalos. Hay mejor gente por ahí, que no me estará enrostrando lo reducido de mi pavo o cuánto me gasté en los regalos: Jesús, San Nicolás, el Ekeko, los Reyes Magos y el Fantasma de la Navidad Presente. No me parece que alguien que desprecia a los pobres por el mero hecho de serlo se merezca un sitio en una Fiesta presidida por la generosidad y la alegría.

La gran mentira

Tal como mi hija me enseñó, la Navidad es otra cosa. Es inocencia, sí, pero también el desencantamiento cuando se pierde. Cuando eres niño y careces de malicia, puedes creerte que la Navidad es hermosa y disfrutar de los colores, la música y la alegría, porque no sabes que la vida puede ser hermosa y a la vez una carga atrozmente pesada. El Fantasma de las Navidades Presentes no ha llegado aún para recordarnos que la Navidad no son sólo compras y ventas. Es posible que enterarte de que Papá Noel no existe sea un hito en ese proceso de “integración social” por el que los niños tristemente tienen que pasar. Percibir que son tus padres los que te regalan invierte la visión sobre la sociedad en que se vive, de lo que “debería ser” a lo que realmente “es”. La mayoría de los padres no tiene la más remota idea de cuándo sus hijos se enteran que Papá Noel no existe, y continúan dándole a la gran mentira como si nada pasara. Algunos incluso tratan de traspasar este estado de catatonia emocional navideña basada en la inconsciencia y la abundancia, aunque sea artificial. Parece que son los adultos los que no quieren crecer y aspiran a seguir creyendo en pajaritos de colores, como si nos instaláramos en medio de la creencia / no creencia, como si en el fondo de nuestra alma creyéramos que Papá Noel existe, que se nos hará justicia algún día, que Alguien se hará cargo de todo. Una suerte de esquizofrenia navideña generalizada, por la que nos escondemos de la realidad, esperando que la “solución” nos venga de afuera.

La Navidad: Una oportunidad

Pero puede haber Navidad para los adultos si te liberas de la presión social, lo que siempre es ir contracorriente. Una visión desencantada de la Navidad no excluye recuperar el encantamiento a la adulta, si es que eres capaz de ver más allá de tus corporativas narices, y tratas de ejercer la generosidad y la alegría por decisión personal e intransferible. Que una mesa bien provista no es pecado, ni regalar es maldad. El tema es cómo lo haces, cómo celebras. La Navidad puede ser una oportunidad, como Charles Dickens vio con tanta claridad. Después de todo, recuerda de quién es Su Cumpleaños. Tal vez no podamos poner las cosas en su sitio, pero siempre podemos intentarlo. Incluso si tu inocencia se desbarrancó en el agnosticismo o el ateísmo, puedes disfrutar de la Noche Buena – por cierto, qué nombre más bonito para una Noche - y siempre puedes acordarte del motivo original de la Fiesta: Aquél que hizo andar a los cojos y ver a los ciegos.

Tengo que contar también que me he reconciliado con el Árbol de Navidad. Pensaba yo en mi estrechez que el Árbol de Navidad no nos pertenece en estas tropicales latitudes. Pero me enteraron de un par de cosas que me gustaron: Allá, en el lejano Norte – donde también resulta que es Navidad – el verde árbol adornado con velas, tan pobremente representadas en esas “luces de colores” que tan profusamente se venden, es la manera de las gentes sencillas de no permitir que el Sol del Invierno se vaya en su larga noche invernal. Qué humano parecido le encontré a nuestra viejísima y andina tradición de “amarrar el Sol”. Y así ahora simpatizo con esa secular manera de traerse el Sol con nosotros en esa Noche Buena, de cuyo frío tenemos igual idea en nuestras Montañas. Y además esas gentes, que como nosotros no tienen nada de bobas, guardaban al costado de las velas encendidas de su Árbol cubos de agua y arena … para prevenir que celebrar la Fiesta no resulte en el incendio de la casa. Hay algo que aprender ahí, que no haya más Mesas Redondas que enluten nuestras Navidades, y que aprendamos a apagar las luces, que Navidad no es presumir de mis luces hacia afuera, sino iluminar nuestras vidas hacia adentro.

Colofón: Navidad en Tiempo Real

Tantas veces he tenido que trabajar Nochebuena y Navidad, que no puedo menos que sentirme solidario con todos aquellos que deben hacerlo para llevar el pan a su mesa, en especial cuando están en el servicio como los buenos. La Navidad es así para mí el ejercicio directo de la Solidaridad, el tratar de velar por los demás, el tratar de no ser felices solamente nosotros y los nuestros. Como en el Cuento de Navidad, hay un espíritu poderoso y generoso que recorre los lugares en que trabajan los obreros y empleados de turno, los marineros, los policías en servicio, los bomberos, los médicos y enfermeras, los telefonistas, los vendedores, los que laboran en aeropuertos, restaurantes y hoteles. También está en donde residen los emigrantes que añoran la patria lejana, el ambiente emocional en que se criaron, las familias y amigos que dejaron atrás. Y está en todos y cada uno de aquellos que tratan de hacerla mejor para todos los que no pueden. Esa es la Navidad en Tiempo Real, no el escaparate ni las luces, aunque éstas puedan contribuir a su escenografía. Si no hay luz en la conducta, de poco servirá que dejemos el símbolo prendido toda la noche. Y así saludo la Navidad de todos mis lectores, en especial a los que tienen que trabajar esos días, deseando que puedan construir una Navidad que sea mejor que la que existe. Y punto.

viernes, 16 de diciembre de 2011

CONTRA LA NAVIDAD

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“Los padres no existen, todo es un montaje de Santa Claus” 
(Yo)

“Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año.” 
(Charles Dickens, Cuento de Navidad)


Entiendo que el título de este artículo es suficientemente provocador, y por otra parte tampoco es que constituya precisamente noticia. El Capitalismo de Libre Mercado instrumenta todo lo que existe para vender, y eso no es ni bueno ni malo, simplemente establece una escala de valores propia, que patentiza lo que es importante y lo que no, y como lo que realmente importa es la ganancia, pues de eso se trata la Navidad. Quien crea otra cosa, discúlpenme, o posee una fe tal vez excesivamente robusta en la bondad humana, o una impresionante bandada de pajaritos en la cabeza. Hacer alharaca por estar contra el “materialismo capitalista que trastoca la idea de la Navidad”, o a favor de una especie de “escala de valores espirituales que debería presidir las fiestas navideñas” me parece francamente ingenuo o hipócrita. Es como oponerse a la salida del Sol por el horizonte, o estar a favor del solsticio de verano. Y dado que estamos en esas épocas, me parece pertinente disparar algunas reflexiones desmigajadas sobre el tema.

Si le hablamos de la Navidad como expresión de “materialismo capitalista” a los que no tienen chamba o plata, veremos cuán dependientes son los “valores espirituales” del simple hecho de no tener chamba y plata, peor aún si se carece de ambos. En la realidad real, quizá no haya peor sensación navideña que la de sentir la expectativa de recibir regalos de los hijos propios, y no tener con qué. Hay muchas variantes de este hecho, porque de repente puedes tener hasta chamba, pero también deudas, y tu grati – si la tienes – se destina a ponerte al día con tus cuentas. Quien mejor celebra las Navidades es el Sistema Financiero, que nos tiene a todos agarrados de salva sea la parte. Así el corazón se nos endurece y el alma se nos marchita un poco más cada año, hasta que la inocencia original propia de la Navidad desaparece por completo, decapitada por la realidad. Cuando reflexiono en ello siempre recuerdo lo que me decía un profesor de marxismo: No sólo de pan vive el hombre, pero sin pan el hombre no puede vivir. Los críticos de la Navidad que se publicitan en medios de comunicación por lo general lo hacen en nombre de una moralina aburguesada, que invoca principios con demasiada facilidad, y con la misma se olvidan fácil de las personas de verdad. Por otra parte, se burla uno de la gente si se desprecian sus pequeñas alegrías, y esa burla es sangrienta cuando destruye las ilusiones de los niños. Así que ni condeno la Navidad ni la aplaudo, sino que trato de ver qué hay realmente en ella, no en su “mismidad” (término que me hace sonreír un tanto, y demasiado debatible), sino en lo que realmente vivimos en ella.

Navidad: La fiesta del estrés

Charles Chaplin, el genial comediante británico, odiaba la Navidad, según testimonio de su hija Geraldine. O tal vez no era que la odiara, pues que sepamos jamás levanto una palabra contra ella. Simplemente no le veía el punto a celebrarla, si no era por los niños. No la sentía su fiesta, y la veía tal como lo que realmente era, y es. Chaplin había surgido del fondo de la más podrida miseria londinense, y con seguridad de niño, en esos espantosos días navideños, recorría sin zapatos las calles y miraba las relucientes vidrieras repletas de juguetes y alimentos y golosinas que no eran para él. Y así conservó toda su vida esa general antipatía contra la Navidad, que marcaba con tanta efectividad las distancias sociales en las que había nacido. Eso nos explica en parte sus grandes preocupaciones sociales, a la vez que su desaforada capacidad de trabajo, una especie de juramentación personal de jamás volver a ser pobre. Y esto es tal vez lo más horroroso de la fiesta navideña, la institucionalización de la hipocresía social, a la que queramos o no quedamos expuestos en los días navideños. En el fondo, la mayoría de nosotros sabemos en nuestro interior que esta Fiesta no es nuestra, no nos pertenece, y lo único que nos crea son dolores de cabeza, estrés, empujones y la posibilidad de ser robados. Porque la Navidad también es época de ladrones y rateros.

El Cuento de la Navidad

Quizá la expresión literaria más impresionante de estas épocas del año sea el Cuento de Navidad de Charles Dickens, en su versión original, claro. Recordemos que, como a todo lo navideño, al Cuento de Navidad se le ha domesticado en sus mil y una versiones en cine y televisión, porque a fin de cuentas se trata de que haya audiencia televisiva o asistencia a los cines para que las ruedas de la economía sigan girando. Y eso, en sí mismo, no tiene nada de negativo, pues la gente debe trabajar para vivir. Pero Dickens era uno de esos moralistas de a verdad, que presentaba las inconsecuencias y falsedades del discurso navideño con suprema ironía social y con profunda fe en la realidad individual del hombre. Para él la Navidad no era solamente una Fiesta, era una oportunidad. Su Fantasma de las Navidades Presentes – el centro mismo de su Cuento – no es un edulcorado producto comercial, es un robusto personaje adornado de hojas de acebo, alegre y muy realista, metido en la fiesta hasta el tuétano, pero a la vez lúcidamente portador de terribles nuevas, expresadas en esos dos seres abyectos - la Ignorancia y la Necesidad - que cobija bajo su manto y que, en la escena más dramática de toda la obra, muestra al avaro Scrooge, restregándoselos en la cara y haciéndole saber que los grandes males de la miseria humana no se detienen porque haya Navidad, que la gente se sigue muriendo de hambre y de frío, y que el dolor sigue siendo la marca de la condición humana. El Fantasma, por otra parte, no es un amargado, pues después de todo la vida sigue, y sin olvidarnos de nada de lo negativo, nos podemos permitir, como decía San Agustín, hacer el loco una vez al año.

El mito de Santa Claus / Papá Noel

Las ruedas de la economía no funcionan bien aceitadas cuando la gente es consciente de lo que pasa, porque a fin de cuentas se trata de consumir y gastar, y los marketeros saben hace mucho que hacerlo inconscientemente redunda en más gasto. Surgen entonces los diversos recursos que el marketing ha ideado desde hace más de un siglo, y el más interesante para mí es el famosísimo Santa Claus, que por estas tierras llamamos afrancesadamente Papá Noel. Santa Claus pertenece a la Tradición Nórdica europea, aunque su base histórica – siempre hay quien la recuerda – es un Obispo del Asia Menor, hombre en apariencia de enorme caridad. El cómo un Obispo generoso se convierte en un personaje de fábula que vive en el polo Norte y recibe cartas con solicitudes de regalos es tal vez uno de los grandes ejemplos de cómo se forman los mitos a lo largo de la historia. Vale la pena examinarlo tal como realmente es: Santa Claus es realmente un premiador y castigador, no fue ideado como un tipo buena gente, y en algo se parece a ese Fantasma de las Navidades Presentes, que es posible incluso inspirara su creación a algún olvidado genio del marketing. El mito muestra que Santa Claus es una figura masculina dadora de obsequios a los niños que se han portado bien, se le nota claramente la imagen paterna introyectada y reforzada por su barba blanca, pues es un superpapá social. Y aunque es muy viejo, es también muy vigoroso, pues nadie puede recorrerse todo el mundo en una noche sin por lo menos tener fortaleza física. Es, además, CEO – Presidente del Directorio - de su propia corporación, con empleados, fábricas, líneas de producción y redes de distribución y ventas. Su contracción al trabajo la mayor parte del año justifica su situación de padre ausente, pues es un gran proveedor. De hecho es todo un Señor Capitalista, pero con principios morales pues. No creamos por ello que regala porque sí, el obsequio navideño está condicionado a tu conducta, es un toma y daca: Tú te portas bien, él te regala lo que le pides en tu carta. Cuando pones tus medias o calcetines en la chimenea lo haces con la esperanza de que en la Nochebuena Santa Claus te las llene de los obsequios que le has pedido. El mito original – convenientemente olvidado – dice que si te has portado mal, lo que encontrarás en tus medias será carbón. Y que me aspen, pero para mí está clarísimo que si tus padres son pobres lo que encontrarás será carbón, y eso quiere decir nada más y nada menos que solamente hay una falta imperdonable: La de no tener plata. He ahí para mí el verdadero mensaje navideño de Santa Claus: No hay más falta social que la de ser pobre. Te tocará el carbón.

Y he ahí porque no me gusta ni jamás me gustará Santa Claus ni todo lo que representa. Si creemos que la Navidad es una Fiesta del Amor, Santa Claus debería ser erradicado como representante de un deber-ser que de humano mucho no tiene. Prefiero cualquier otra contrafigura. La Tradición española, de la que fuimos herederos hasta que entró Estados Unidos con todo, nos presentaba a los Reyes Magos como los dadores de regalos, separando los regalos de la Navidad, y ello, tal vez, resultaba mejor. Pero lo cierto es que los Reyes Magos ya fueron.

La gran mentira

La Navidad, Papá Noel / Santa Claus, los Reyes Magos y todo eso. Tratemos de ver el asunto desde la perspectiva de un niño. Los niños, aún los hijos de padres que les pueden proporcionar una Navidad como debería vivir cualquier niño, pasan por un proceso que podríamos llamar de “desencantamiento”. Cuando eres niño y tienes presente toda tu inocencia - en el sentido verdadero de inocencia, es decir de ausencia total de malicia - puedes creerte que la Navidad es hermosa y disfrutar de los colores, la música y la alegría, porque eres inconsciente de que la vida puede ser hermosa y a la vez una carga atrozmente pesada. El Fantasma de las Navidades Presentes no ha llegado aún para recordarnos qué es verdaderamente la Navidad, si es que algo es aparte de ventas. El tema está en que empiezas a dejar de creértela cuando te enteras que Papá Noel / Santa Claus no existe. Y cuando ves que son tus padres los que te hacen los regalos, se produce una inversión de la visión que se tiene sobre la sociedad, de lo que “debería ser” idealmente, a lo que realmente “es”. Yo estoy casi seguro que el 90 % de los padres no tiene la más mínima idea de en qué momento sus hijos se enteraron que Papá Noel / Santa Claus no existe, y continúan dándole a la gran mentira como si nada hubiera pasado. De los niños, para bien y para mal, nada me sorprende, pero que los adultos continúen en estado de catatonia emocional navideña me implica que emocionalmente no crecemos y seguimos creyendo en pajaritos de colores. Es como si nos instaláramos emocionalmente en medio de la creencia / no creencia, como si en el fondo de nuestra alma siguiéramos creyendo que Santa Claus / Papá Noel existe, que nos hará justicia algún día y que Alguien se hará cargo de todo. No puedo culpar a nadie de tener creencias religiosas, la religión responde a una profunda necesidad humana, pero no puedo menos que recordar lo que decía Jesús – sí, ése, del que se supone celebramos su Nacimiento – que no se puede adorar a Dios y a Mammón – la plata, para los que no sepan. Un tercio excluido ético sobre el que vale la pena reflexionar en estas fechas.

La Navidad: Una oportunidad

Una visión desencantada de la Navidad, desprovista de ilusiones y pajaritos de colores es un producto no muy diferente del producido por cualquier otro desencantamiento, marca de esta época. Como adultos bien podemos asumirla de diferentes maneras, lo que es un producto aceptable de la postmodernidad. La Navidad puede ser asumida, como Charles Dickens vio con tanta claridad, como una oportunidad para cada persona. Tal vez no podamos poner las cosas en su sitio, pero siempre podemos intentarlo. Simpatizo con el hecho que se diga que no hay Navidad sin Jesús, lo prefiero con mucho a Papá Noel / Santa Claus, es mejor gente y después de todo es su Santo /Cumpleaños. Si ya eres agnóstico o incluso ateo, siempre puedes disfrutar el día. Si estás preso del estrés y de la angustia navideñas, siempre puedes librarte algo de ellas y pasarlo como mejor puedas, así no tengas plata.

Colofón

En el transcurso de mi vida he tenido que trabajar Nochebuena y Navidad muchas veces, y por ello me siento solidario de aquellos que tienen que hacerlo, en especial cuando están concentrados en el servicio a otras personas. Creo que la Navidad consiste básicamente en la Solidaridad, en el tratar de no ser felices nosotros solos. En ese sentido la canción de Navidad que más me gusta es la de Perales: “Navidad, Navidad / en la nieve y la arena. / Navidad, Navidad / en la tierra y el mar.”, que me hace pensar en los marineros, los policías en servicio, los bomberos, los médicos y enfermeras, los telefonistas, vendedores, personal de aeropuertos, restaurantes y hoteles, todos los que con su trabajo constituyen parte esencial de una vida civilizada, y cuya labor muestra en tiempo real la solidaridad entre los seres humanos. Y es así como dejo mi saludo navideño a todos mis lectores, en especial a los que tienen que trabajar esos días, deseándoles que puedan construir una Navidad que sea algo mejor que lo que existe, en la que podamos construir un significado que valga la pena. Y punto.