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domingo, 31 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 25: BIBLIA (vi)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 25
LEER LA BIBLIA (VI)

I
El Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento parece que presentara un cierto aire más moderno respecto al Antiguo. Se centra en la figura, presencia, predicación, vida y muerte de Jesucristo, el Mesías de los judíos; y la acción de sus inmediatos seguidores, los cristianos. El Nuevo Testamento goza de la misma sacralidad que el Antiguo, y contiene la mayor parte de lo que es original en el Cristianismo con respecto a su matriz semita, para las confesiones cristianas es el mismo centro de la Biblia. Para los judíos, bueno, no tiene el mismo carácter, exceptuando un muy pequeño grupo, pero imagino que lo leerán por curiosidad y por hallar las claves de lo escrito en el Nuevo Testamento en el Antiguo, igual que es posible para los cristianos rastrear el Nuevo en la Misa y demás liturgias. Lo Original del Nuevo Testamento con respecto al Antiguo es el convencimiento de que el Mesías esperado por los Judíos es Emanuel Jesús, llamado el Cristo. Y así lo Esencial del Nuevo Testamento – de toda la Biblia para los cristianos – es el relato de la llegada del Mesías, pues esta es la Buena Noticia (Evangelio en griego) que se está anunciando. El Nuevo Testamento consta así de Cuatro versiones de esta Buena Noticia, Cuatro Evangelios, tres de ellos denominados Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), aparte de un cuarto, muy original, cuyo hagiógrafo sería el Apóstol Juan, a su vez autor de Epístolas y del Apocalipsis. Además Lucas, hagiógrafo del Tercer Evangelio, parece ser también autor de los Hechos de los Apóstoles, en apariencia editado originalmente junto a su correspondiente Evangelio, y luego editado aparte para tener los Cuatro Evangelios en un solo bloque. Viene luego un conjunto de Cartas o Epístolas, también dividido en dos grupos: El primero y más numeroso es el de Epístolas Paulinas, cuyo autor sería el apóstol Pablo, nacido Saulo de Tarso, judío de la dispersión convertido a la fe de Jesús en dramáticas circunstancias, y que dedica su celo apostólico y epistolar a las primigenias comunidades cristianas. Al otro grupo lo forman las epístolas católicas o universales, por estar dirigidas en su mayoría a la comunidad cristiana en su conjunto. Sus autores habrían sido otros apóstoles: Pedro, Juan, Judas y Santiago. Ya mencionamos en otras Crónicas al último de los Libros, el Apocalipsis de Juan, centrado en las visiones que el mencionado habría tenido durante su destierro en la Isla de Patmos, y cuyo parentesco con otros libros del Antiguo Testamento ya hemos comentado.

El Nuevo Testamento comprende en total 27 libros en el canon de la Iglesia Católica Romana, que es más o menos el mismo de la mayoría de las Iglesias de la Reforma. Hay dudas sobre la Epístola de Santiago, que Lutero llamaba con desprecio epístola de cartón, dado que defiende la necesidad de buenas obras para la salvación personal (la fe que no produce obras está muerta – Santiago, 2, 26), cuando el monje alemán estaba convencido que la justificación paulina por la Fe es la que cuenta (quien no tiene obras que mostrar, pero en cambio cree en el que hace justos a los pecadores, a ese tal se le toma en cuenta su fe y se le considera justo – Romanos, 4, 5-6), así que se me hace que su oposición era algo interesada. En todo caso, me ha sonado siempre como una discusión tipo la de qué es primero, si el huevo y la gallina. Pero por menos la gente se mata. El idioma en el que se escribe el Nuevo Testamento es casi todo griego koiné, menos una parte del Evangelio de Mateo. La traducción de la Biblia al koiné se inició hacia el 250 a.C., cuando un grupo de sabios judíos helénicos residentes en Alejandría de Egipto, conocidos como los Setenta, empezaron a traducir el Antiguo Testamento para las sinagogas (sinagoga es término de origen griego, precisamente) dispersas en el mundo de habla griega. A esta obra se le conoce como la Biblia de los LXX, e incluye partes del Antiguo Testamento cuyo original en hebreo se ha perdido, motivo por el que algunas iglesias dudan de su canonicidad. Aunque es posible que la lengua materna de Jesús fuera el arameo, no se descarta que supiera griego, pues Galilea parece era bilingüe en aquellos días, y lo emplea Jesús frente al procurador romano Poncio Pilato. Hay grandes variantes en las formas del griego empleado en el Nuevo Testamento: Las epístolas de Santiago, Pedro y a los Hebreos (atribuida a Apolo), así como el evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles, presentan un griego literario y elegante, escrito por gentes con el griego por lengua materna. Las epístolas paulinas tienden a ser más coloquiales, en tanto que el Evangelio de Juan y sus cartas presentan un estilo sencillo pero correcto. El Apocalipsis en cambio está escrito en un griego complejo y recargado. El empleo de muchos giros semíticos en estos libros sugiere que sus hagiógrafos pensaban en arameo u otras lenguas semitas, pero trataban con mayor o menor solvencia de emplear el idioma en el que sabían que su mensaje sería más leído y entendido.

II
Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles

Es muy difícil hablar de los Evangelios, lo reconozco. La sensación de su Sacralidad invade el espíritu, desde que los que vivimos en países fundamentalmente cristianos y católicos nos hemos criado en su interior, por así decirlo. El carácter sagrado de los Evangelios es reforzado en la liturgia de la Misa Católica a través de ritos particulares, y no se le menciona ni cita sin añadir al final “esta es la palabra de Dios”, a la que, para emplear una expresión de catecismo, “el pueblo se adhiere diciendo amén”. Que si los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) fueron posteriores o anteriores al Evangelio de Juan, como sostienen algunos masones y/o francmasones, y por lo tanto la versión arriana – atanasiana de la divinidad de Jesús resulte siendo la primordial por sobre otras, es aspecto doctrinal de una discusión que debo decir me tiene francamente sin cuidado. En todo caso sí es discernible una clara diferencia entre los tres Evangelios Sinópticos y el de Juan en cuanto a las fuentes, pues Juan narra los hechos empleando fuentes diferentes, en muchos casos de más exactitud y detalle que las de los Sinópticos, que en realidad parecen escritos mirándose los unos a los otros. Además el plan del Evangelio de Juan es muy diferente y altamente teológico, en tanto que los hagiógrafos que escribieron los Sinópticos parecen más bien pensar en términos de demostración histórica tangible de la realidad y presencia de Jesús. La cuestión más interesante a mi modo de ver es de ese orden, el tratar de dilucidar qué evangelio fue escrito primero, y por ende haya sido utilizado como fuente para los otros. Todo abona a que el Evangelio de Marcos fuera uno de los primeros en escribirse, si no el primero, en principio por su corta extensión, comprimida en dieciséis intensos capítulos, y por el hecho que parezca una especie de Manual para Uso del Predicador Aficionado. Debe así haber estado en la faltriquera de los otros Hagiógrafos, Mateo y Lucas, que lo emplearían junto con otras fuentes. En el principio existía la Palabra, dice Juan (Juan 1,1), y el verbo dicen otras traducciones. Y esto pareciera referirse al hecho que todas las relaciones escritas sobre Jesús el Cristo tienen como antecedente la palabra, la oralidad de los predicadores, heredera directa de la predicación de los profetas, y por ende semejante a ella en varios de sus caracteres. Algunas de las historias de los Hechos de los Apóstoles referidas a la Predicación parecen sacadas de los Profetas del Antiguo Testamento. Es el caso del milagro de curación que Pedro y Juan aplican a un tullido en Hechos 3, 1-10, en la que podrían cambiarse los nombres por los de Elías y Eliseo; o el martirio de Esteban (Hechos, 7); o el bautizo del eunuco por el apóstol Felipe (Hechos, 8, 26ss.). En este contexto de predicación intensa se habría empezado a sistematizar la información, poniéndola por escrito, agrupándola en sucesión cronológica de hechos, o siguiendo algún otro criterio. La narrativa parece seguir criterios análogos para todos los sinópticos, incluso a veces con análogas o iguales anáforas o referencias que seccionan y dividen las narraciones, como por ejemplo: “y sucedió que …”, preferida de Lucas; o “en aquellos días …” o “en aquel tiempo …” (in illo témpore en la Vulgata), preferida de Mateo. De algún modo pareciera que Lucas emplea a Marcos y a Mateo como fuentes primarias, aunque pasando por alto el sentido hebreo-judío del Evangelio de Mateo, que trata de ubicar a Jesús dentro de una genealogía, además de detenerse en los relatos de su concepción, nacimiento, huida a Egipto y  demás hechos de su Infancia, indicando siempre su predicción por los Profetas. Lucas añade más datos al respecto, aunque claro está, en un plan diferente al de Mateo, pues Lucas es un helenizante y se dirige a helenizantes, y por ende ordena y clasifica la información de un modo diferente.

Es difícil determinar qué parte o partes de los evangelios puedan ser más centrales que otras. La predicación de Jesús debe haber durado entre dieciocho meses y tres años, y los Evangelios hacen básicamente dos cosas: Contar los sucesos acaecidos a Jesús, y presentar la Buena Nueva que el Cristo trae. Mateo vincula Dichos y Hechos de manera íntima y bien planteada, pues el hagiógrafo narra secciones que empiezan con milagros y otros acontecimientos, y que culminan en conversaciones o discursos, como en Mateo 15, cuando se acercan a Jesús algunos fariseos y mantienen un tenso intercambio, que luego culmina en un pequeño discurso de Jesús con una o varias enseñanzas: ¿No comprenden que que todo lo que entra por la boca va a parar al vientre y después sale del cuerpo, mientras que lo que sale de la boca viene del corazón y eso es lo que hace impuro al hombre? (Mateo 15, 17-18). O Mateo 22, 15ss., en donde los fariseos preguntan a Jesús sobre la pertinencia de pagar el impuesto al César, y la enseñanza: den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22, 21). Ya hemos visto que Marcos tiende a contar menos y más bien reseña impactos. Lucas, por su parte, poseía marcadas cualidades para  la observación y la descripción detallada, más un cierto sentido práctico, que no sorprende si atendemos a que era médico. Su evangelio (y su continuación los Hechos de los Apóstoles) se los dedica al converso cristiano Teófilo, persona acomodada a la que espera convencer para que le financie copias de estos escritos. En cierto modo es una investigación donde Lucas hizo a conciencia su tarea: Empleó las mismas fuentes del evangelio de Marcos, cuyo orden sigue, así como ciertos documentos (Logia) que debió obtener de las iglesias más antiguas de Palestina, Jerusalén y Cesarea, con los que alimenta los capítulos 9 a 18 de su evangelio; y es posible que tuviese a su disposición el evangelio de Mateo. Además completó la chamba con información de primera mano, testimonios de apóstoles y gentes que conocieron a Jesús, incluyendo casi con seguridad en este grupo a María, Madre de Jesús, pues hay información que solamente podría haber sido suministrada por ella misma: Entró el ángel a su casa y le dijo: Alégrate tú, la Amada y Favorecida, el Señor está contigo. Estas palabras la impresionaron y se preguntaba qué querría decir este saludo. (Lucas, 1, 28). A diferencia de Mateo y Marcos, que escriben manuales para predicadores, Lucas se interesa en registrar los hechos en forma muy parecida a lo que hoy llamamos Historia y trata de describir con fidelidad tanto los Hechos como los Dichos. El Evangelio de Juan, por el contrario, no tiene intenciones historicistas sino más bien de carácter teológico y religioso. Donde los Sinópticos abundan en milagros y hechos, Juan solamente narra Siete Milagros, número simbólico, y los discursos de Jesús los centra en determinados conceptos y términos que Juan trabajó cuidadosamente. La intención de este evangelio es clara: Esto ha sido escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que por esta fe tengan la vida que él solo puede comunicar (Juan, 20, 31). De hecho muchas de las creencias actuales alrededor de la persona del Cristo y su relación con los planes de Dios proceden en línea recta de este Evangelio: A Dios, nadie lo ha visto jamás, pero Dios, Hijo único, comparte la intimidad del Padre: éste nos lo dio a conocer (Juan 1, 14).

III
Las Epístolas Paulinas

El estilo de Pablo de Tarso ha marcado las epístolas neotestamentarias de manera tan indeleble, que podemos considerar fácilmente al susodicho como el autor de género epistolar más leído en el mundo. Incluso en la liturgia católica aparece mencionado muchas más veces que los otros Apóstoles, lo que es posible por la muy sencilla razón de que la mayoría de las Epístolas se le adjudican. En todo caso tiene propaganda gratis en todas las Misas, pues las epístolas se leen de cajón, y es muy probable que sea de una de las suyas, y ello fuera de que hay liturgias en las que se emplean sí o sí, como en el caso del Matrimonio, donde los novios leen el Himno a la Caridad de I Corintios 13, 1-13: Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe … . Las correrías del hagiógrafo Pablo de Tarso están profusamente mencionadas en los Hechos de los Apóstoles, ocupando algo más de la mitad. Pablo, como apóstol de los gentiles, acapara la atención de Lucas, que lo conoce en persona y trabaja con él en la predicación. Y por si fuera poco en sus cartas se describe a sí mismo con sinceridad digna de elogio: Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, intachable. Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo (Filipenses, 3, 5-7). Al principio su celo de fariseo lo lleva a perseguir cristianos y enredarse en el asesinato del protomártir Esteban, pero se convierte a la Fe de Jesús en apariencia por directa intervención divina y arrebatamiento al Tercer Cielo: Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, (…) le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (…) Yo soy Jesús, a quien tú persigues (…) entra  en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer (Hechos 9, 3-6); cae de inmediato en un estado de aparente arrobamiento, del que lo sacará Ananías, y de ahí Saulo el perseguidor de cristianos se convertirá en el apóstol Pablo, que asume el ministerio de viajar y predicar por el Mediterráneo Oriental y Central, y escribir incansablemente un total de catorce epístolas conocidas y varias no conocidas, haciendo trabajar a la mala a sus secretarios a lo largo de tres viajes de evangelización, que lo llevarán hasta la mismísima Roma. Su personalidad es tan acusada que se ha dicho que sostenía correspondencia con Séneca. La tradición quiere que haya fallecido en Roma el mismo día que el apóstol Pedro, motivo por el que su fiesta es compartida: San Pedro y San Pablo, el 29 de Junio. Pablo de Tarso combinó las cualidades del fanático medio fundamentalista, de sangre caliente; y la del frío razonador oportunista, y de ahí que despliegue un estilo para escribir dirigido a lograr impacto, muy coloquial y de notable oralidad, a la que colaboró sin duda el hecho que dictara las cartas a sus secretarios, los que de cuando en vez añaden una línea de saludo. Por cierto, el estilo oratorio paulino ha sido copiado a mansalva por los predicadores evangélicos de hoy, y según parece funciona muy bien, examinemos si no las nutridas cuentas bancarias de Billy Graham, Jimmy Swaggart y otros “apóstoles” más, que en este tema, ay, también puede hacerse negocio. De hecho, hay tanta plata en los medios de comunicación, que hay también en el cable canales católicos, y sacerdotes y monjas mediáticos. En fin, pecado no parece ser.

Las epístolas paulinas están unidas a los acontecimientos de la Predicación y de la propia vida del apóstol, y así encontramos que el libro más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses (circa 51 d.C.) fue escrita por Pablo de Tarso, y ya contiene y describe la mayor parte de los artículos de fe: El Dios Trino y Uno (aunque nunca se mencione la Trinidad por su nombre), la resurrección de los muertos, la redención por Jesucristo y su Segunda Venida, que muchos daban por inminente: … sabéis perfectamente que el Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche (I Tes., 5, 2). Parece que de aquí proviene también la creencia de algunas iglesias en el rapto, que incluso se ha representado en algunas películas evidentemente financiadas por grupos religiosos:  … los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires (1 Tes., 4, 16-17). Por cierto, Pablo no se libró de imitadores, pero esto no parece le haya desagradado, pues eran canónicos en sus creencias, y más bien parece se los arrejuntaba en una suerte de Escuela o Equipo de Predicadores. Parece ser el caso de Apolo, mencionado en Hechos 18, 24-26 y nuevamente en 1 Corintios, 1, 12. Podemos especular que, como algunos escritores modernos, Pablo tenía sus “negros” (escritores por encargo) que le hacían las epístolas, que él sólo revisaba y firmaba. Es el caso aparente de la Segunda Carta a los Tesalonicenses, las cartas a los Colosenses y Efesios, la Epístola a Tito y las dos a Timoteo. Es muy interesante el hecho que haya general acuerdo en los estudiosos, incluso en los revisionistas, que las epístolas Primera a Tesalonicenses, Filipenses, Gálatas, Romanos, Filemón, y Primera y Segunda a los Corintios son originales definitivos del exfariseo y converso Pablo de Tarso. Es la personalidad más delineada de su época, e inapreciable como fuente histórica del cristianismo primitivo, pues las epístolas parecen incluso anteriores a los evangelios. Parece indudable que hubo una suerte de escuela paulina, que habría sido responsable de la conservación de su corpus epistolar. Las epístolas tratan de diversos temas de moral y fe, pero en todas se percibe la tensión entre los cristianos de origen judío y los de origen gentil, desenredada a medias en el Concilio de Jerusalén, y problemática por la dificultad de comunicarse, por la Dispersión misma y por la multiplicidad de predicadores. Siempre me ha parecido curioso que de doce, trece o catorce apóstoles originales – pues parece que ese número de doce nunca fue muy exacto - la mayoría se hayan dedicado a los judíos y solamente uno o dos (Pablo y Bernabé) a los gentiles.
  
IV
Más sobre las Epístolas, la Fe, y cómo terminan “los Libros”

Ya hemos visto que in illa témpore – En aquellos días - se creyera que el Fin del Mundo y la Segunda Venida de Cristo andaban cerca y ocurrieran en cualquier momento. Había profecía de Jesús al respecto, que registran los tres sinópticos: Mateo 24; Marcos 13 y Lucas 21: … cuando veáis que sucede ésto, sabed que el reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lucas, 21, 31-33). Ya hemos visto a Pablo tomando medidas con los tesalonicenses al respecto, y hemos examinado someramente el papel del Apocalipsis de Juan. De hecho, las circunstancias históricas, sociales y políticas parecían dirigirse en el mundo cultural judío hacia lo que en los Andes llámase un pachacuti, una inversión del mundo, el fin de una era y el principio de otra, una “revolución”, quizá, en vocabulario más moderno. Nuestra cronología refleja dicho hecho, ya que escribo estas líneas en el año 2013, después de Cristo, o, como dicen los anglosajones, A.D., es decir Anno Domini … Año del Señor. La teología de las epístolas nos lo indica en su evolución y en la narrativa de los problemas de fe y comportamiento que atravesaban las comunidades. Las epístolas paulinas a Timoteo son importantes por su preocupación ética, por ejemplo, referida a las condiciones que deben reunir los Obispos. Y las Siete Epístolas Universales, escritas supuestamente por otros apóstoles y reunidas en colección aparte, dan fe también de las dificultades del Cristianismo Primitivo. Los estudiosos no están seguros de la paternidad de los apóstoles en referencia a estas epístolas. Juan en particular, tendría que haber llegado a ser realmente bien viejo para escribir las epístolas que se le atribuyen, y el Apocalipsis más. Y la de Judas y las dos de Pedro parecen tener partes añadidas, y definitivamente hay más de tradición en su aceptación canónica que estudio científico. Por supuesto eso no les quita a ninguno de estos escritos canonicidad alguna, en la medida que son aceptados como parte de la Biblia desde tiempos inmemoriales por tradición, y que eso de decir que son de Santiago o Judas o Juan puede perfectamente ser nada más que un título, producto de suplantación piadosa. Por ello no necesariamente los hagiógrafos son exactamente quienes se dice que son, por los motivos que hemos reseñado ya para otros libros y hagiógrafos de la Biblia.

La necesidad de acordar la verdad como valor racionalista con la verdad religiosa es, a mi manera de ver, muy relativa cuando hablamos de Libros Sagrados en general. Imaginemos que se demostrara científicamente que Siddharta Gautama Buda no hubiera existido jamás, ¿invalidaría ello el corpus de la predicación budista y las creencias de estas personas? Seguramente la respuesta sería afirmativa para muchísimos no-budistas, lo que nos llevaría a preguntarnos más bien por la pertinencia de los que no son budistas a meter la cuchara en las creencias de los budistas. Y es que me parece está aquí precisamente el problema, que ya toqué en referencia a los creacionistas, a la identidad de los hagiógrafos y la paternidad de muchos libros de la Biblia: el tema de la Fe en tanto que creencia en enunciados no demostrados, e inclusive indemostrables. La Biblia es uno de esos hechos de la realidad que puede someterse a pruebas racionales para encontrar la “verdad”. Y por ende pueden encontrarse “verdades” sostenidas en los valores del racionalismo opuestas a las “verdades” sostenidas en los valores religiosos. Pueden existir perfectamente creencias sostenidas en fantasías: Cada cierto tiempo aparece siempre alguien que asegura haber fotografiado los restos del Arca de Noé en el monte Ararat, y todavía estamos esperando esas fotos. El cuando una creencia adquiere valor de “verdadera” es todo un tema, porque a pesar de toda nuestra parafernalia sobre el asunto, la inmensa mayoría de las afirmaciones en las que creemos son no-demostradas. Empezando por si mi casa está ahí donde debe estar cuando no estoy en ella.  Como profesor de Filosofía que soy he enfrentado este tema, tanto como persona individual como con mis alumnos, entendiendo que debo mantener el respeto debido por las creencias del resto, pero a la vez aplicando el lenguaje y la aproximación filosófica, que excluye de necesidad la aceptación de cualquier doxa, y por ende de cualquier ortodoxia. Y es un tema que seguramente continuará, y que dejo aquí planteado, por lo que pueda valer. Después de todo, no leemos la Biblia necesariamente para averiguar las costumbres de los romanos de los primeros siglos de nuestra era, sino también para encontrar guía y consuelo en nuestras circunstancias vitales. A estas alturas me pregunto si he hecho bien este trabajito, por aquello de que todo lo que vale la pena de hacerse, vale la pena de hacerse bien. Pero adolezco de profundidad, reconozco. Si algo he hecho es, tal vez, inducir a mis lectores a leer por sí mismos, que no es más que lo que nos propusimos desde el principio en estas humildes Crónicas.

V
Colofón

Vaya si me han costado trabajo estas crónicas sobre Leer la Biblia. No es que estén realmente terminadas. Durante el proceso encontré por lo menos dos Crónicas más que se inspiran en Leer la Biblia, y que publicaré llegado el momento. Pero espero haber culminado con estas Crónicas  sobre la Biblia misma, y no haberlo hecho demasiado mal, en el espíritu de lo que se suele leer en la espalda de muchos vehículos en Lima: Lea la Biblia. Parece por último pertinente, por ende, finalizar estas Crónicas con las últimas palabras de la Biblia: El que da fe de estas palabras dice: Sí, vengo pronto. Amén, ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús esté con todos. Amén. (Apoc. 22, 20-21)

viernes, 29 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 24: BIBLIA (v)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 24
LEER LA BIBLIA (V)

I
No uno sino muchos Apocalipsis

Empezamos a hablar del Apocalipsis en nuestra anterior Crónicas sobre Leer la Biblia. Identificamos su origen en la Lucha y Resistencia Cultural en la que se trata no de salvaguardar una ilusoria Independencia política, sino la propia identidad religiosa. Los hebreos ya se las habían visto chiquitas antes: A la influencia egipcia le sucedió el tiempo heroico de Jueces y Reyes, culminado en la división política y desaparición completa de diez de las doce tribus de los Hijos de Israel a manos asirias. Luego la Deportación masiva a Babilonia, la liberación por obra de Ciro el Grande, el retorno de un pequeño grupo, un resto, a Jerusalén y la reedificación del Templo. Y por último Alejandro Magno y luego los Reyes Antíocos. Tratemos de pensar que pasaría si a nosotros trataran de quitarnos lo que nos hace ser nosotros mismos. Pasó en la Tacna ocupada durante medio siglo, cuando nuestros valientes compatriotas enfrentaron la chilenización desde los hogares, escuelas e iglesias: La Procesión de la Bandera nos muestra como se vincula la Religión a la Patria como expresión de Resistencia Interior. Del mismo modo, y salvando las distancias, los judíos compensaron el dominio extranjero y la agresión cultural con una redención cósmica, operada por el mismo Dios en cumplimiento de Su Promesa. No pensaban, como nosotros que estamos influidos por Platón y la idea de la inmortalidad del alma, que la Resurrección de los Muertos era cosa individual. Por ello la combinación de la resurrección judía y la helena inmortalidad del alma resulta explosiva en las primigenias creencias cristianas y da lugar a varias de las creencias cristianas de hoy.

Los judíos del período aproximado entre los Siglos II a. C. a II d. C. piensan el concepto de la Resurrección de la Carne como algo general, apocalíptico, escatológico y total. La redención es cosa total, no separan el Estado de la Religión, y por ello cuando los profetas se lanzan a anunciar las cosas que vendrán, a describir las últimas Luchas y tribulaciones, describen cómo finalizará el mundo, la forma en que el Dios de los Ejércitos operará el justo castigo de los incircuncisos, y premiará a los que se sostuvieron fieles hasta el martirio. Un cambio importante se opera entre los profetas del apocalipsis con los profetas más o menos tradicionales, y es el paso de la oralidad al medio escrito, que repentinamente se vuelve más trascendente, probablemente para diferenciar a los videntes del apocalipsis de los anteriores y marcar lo Sagrada que es la Escritura: Yo, Juan, fui el que vi y oí esto. Y cuando lo vi y oí, caí a los pies del Ángel que me había mostrado todo esto / (…) / Y me dijo: No selles las palabras proféticas de este libro, porque el Tiempo está cerca (Apoc., 22, 8-10). Así, los últimos momentos de la existencia del Mundo, que les son mostradas a los hagiógrafos en la forma de visiones, deberán ser descritos en libros para que se cumpla la voluntad divina de que estas visiones sean dadas a conocer a Todos los Pueblos. Es decir, aparece el hecho trascendental de que la Salvación ya no es solamente para el Pueblo Elegido, sino que se convocará a Todas las Naciones, y esto es una novedad en unas Escrituras que no se cansan de lanzar maldiciones contra los enemigos, pese a la apertura que representaban libros como Rut y Jonás. … a los extranjeros que se han puesto de parte de Yahvé (…) los llevaré a mi Cerro Santo. (Isaías 56, 6-7). La Alianza se abre así hacia la Humanidad entera, porque ahora cada hombre tiene que elegir su bando, que las aguas se parten aquí y ahora. Los apocalipsis tienen el objetivo de procurar consuelo al pueblo sufriente, para que pueda imaginarse un paraíso recobrado, donde los que hoy padecen disfruten, a la vez que se arroja al infierno a los malvados. Y entre estos malvados hay dos categorías: el Pagano Extranjero, que es agente de la opresión; y el Judío Traidor, peor si cabe, pues se retrae de la verdadera Religión, y vive las ventajas evidentes de la traición, en vez de cumplir con su deber.  

II
Tiempos de Tribulación y Persecución

Incluso Jesús predica un potente discurso apocalíptico y escatológico, el de Marcos 13: Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo Yo Soy, y engañarán a muchos. Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras no os alarméis, porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. (…) os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para que déis testimonio ante ellos. Y es preciso que antes sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones. (…) Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. (…) Pero cuando veáis la abominación de la desolación instalada en el lugar donde no debe estar (el que lea, que entienda bien) entonces que los que estén en Judea huyan a los cerros. (…) Entonces si alguien les dice: Mira, el Cristo está aquí o allá, no le crean. Ya que aparecerán falsos cristos y falsos profetas que harán señales y prodigios con el fin de engañar, aún a los elegidos, si esto fuera posible. (…) el sol no alumbrará, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. Y entonces se verá al Hijo del Hombre venir en medio de las nubes con gran poder y gloria (…) El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. (Marcos, 13, 5-8, 9-10, 13, 14, 21-22, 24-26, 31). En la esencia del género apocalíptico está el Tiempo de la Tribulación, de la prueba, del martirio que probará a aquellos que se mantengan firmes en la Fe. Las Tribulaciones tienen carácter cósmico pero están profundamente asociadas a las persecuciones que los verdaderos creyentes sufrirán por el hecho de serlo. Y si se persigue y martiriza a los firmes en la Fe, es porque hay traidores, tránsfugas, apóstatas, gentes que abandonan al Dios Único y se pasan al enemigo, y no hay peor señal de que el Fin está Cerca. Los momentos en los que surge el género apocalíptico son los momentos de crisis, tan comunes en la Historia de la humanidad. Tal vez por eso Borges decía que todos los tiempos son el fin de los tiempos, y como el Fin de los Tiempos se asocia a cataclismos e inversiones en el orden del mundo, el temor y el miedo están siempre presentes. En este contexto, los Apocalipsis son moneda bastante corriente en épocas en que los conquistadores se suceden unos a otros: Alejandro Magno, los Reinos epígonos, la agresiva República Romana y su sucesor imperial. Y así encontramos que las Tribulaciones se extienden ampliamente desde el siglo III a. C. hasta el Fin.

Tanto el rey helénico Antíoco Epífanes como los romanos de Pompeyo y el Emperador Nerón y otros, reprimieron a los judíos y luego a los cristianos. La respuesta cultural de éstos fue el convencimiento de que el indefectible Castigo caería sobre los malvados, los de dentro y los de fuera de la Sinagoga o la Iglesia, por la acción del Justiciero Dios de los Ejércitos, sin que las tibiezas alcancen a salvarte: Ahora bien, puesto que eres tibio (…) voy a vomitarte de mi boca. (Apoc. 3, 16). El género apocalíptico narrará y describirá este proceso cósmico. El Libro de Daniel es la primera gran expresión del género, y parece ser contemporáneo de las terribles circunstancias descritas con tanto realismo en el Libro Segundo de Macabeos. Posee además referencias previas en los libros de Ezequiel y Zacarías. Hablamos de mesianismo en el caso de los judíos y del final del mundo en el caso de los cristianos. Todo esto aparece sin disfraz en textos de carácter marcadamente apocalíptico, que incluso no son exclusivos de la Biblia, aunque son contemporáneos de ésta, como el Libro de Enoc y el IV de Esdras. La creencia en el Mesías puede rastrearse en la necesidad de ver actuar a Dios en el Mundo, y como hemos dicho el Primer Mesías fue el Gran Rey Ciro de los Persas. Pero con el tiempo la creencia se espiritualiza y en este contexto aparece la idea del Cristo (el Ungido). El Judaísmo se parte así en dos: los que esperan al Mesías y los que piensan que ya llegó y que el Cristo es Jesús. Ambos grupos son espiritualmente muy semejantes, indiferenciables para los romanos, que los persiguen más o menos por igual. La llama prenderá en medio de las persecuciones: Las rebeliones judías del 66 al 70 d.C. y la última dirigida por Simón Bar Kochba en 135 d.C. terminan en la llamada Diáspora o Dispersión de los judíos por el mundo. Los cristianos a su vez, tras el ajuste de cuentas realizado en el Concilio de Jerusalén se dirigen también a los gentiles y empiezan a hacer conversiones. Ambos se convierten en factores a tomar en cuenta en el mundo romano, que ve sus extrañas creencias con incredulidad y sorpresa no exenta de agresividad. Y así las persecuciones arrecian.

III
Más sobre el género apocalíptico, el mesianismo y el Fin del Mundo

Un malentendido muy común entre las gentes ansiosas de creer en la divinidad, y que en consecuencia están constantemente a la busca de signos sobre-naturales, es que la narración de los hagiógrafos es profética en el sentido que los hechos que la originan fueron anteriores a la predicción hecha. Según parece no es este el caso cuando menos en la mayoría de los casos. Ya hemos visto que la mayoría de los libros de los Profetas Mayores en realidad incluyen más de un hagiógrafo, en algún caso hasta tres o cuatro, separados en el tiempo incluso por siglos. Obviamente los Hagiógrafos que siguen al primer Isaías, por ejemplo, no es que por casualidad tuvieran el mismo nombre (tampoco es descartable que así fuera, pero es muy improbable), sino que pretendían literariamente ser el mismo Profeta, y usaban a modo de seudónimo el mismo nombre del Profeta. Imagino que no había intención de engañar de primera mano, no veo por qué tenemos que imaginarnos lo peor a la primera, pero está claro que si te haces llamar Isaías y no Pancracio es porque pretendes que tus dichos le sean atribuidos a Isaías, que es mejor que atribuírselos a un Pancracio a quien nadie le da bola. Esta suplantación se presentaba ya en los Libros Sapienciales, de los que hemos hablado ya. El Qohelet, por ejemplo, dice ser rey en Jerusalén, es decir, se pretende nada más y nada menos que Salomón, y aunque la crítica moderna distingue que no lo es, durante siglos se pensó que Salomón fue el hagiógrafo autor del Eclesiastés, el Cantar de los Cantares y algunos libros más por ahí. Recuérdese que Salomón – el Solimán o Suleimán de las 1001 Noches - es el prototipo del hombre sabio. Tratemos de explicar estos hechos considerando la época. Estos hagiógrafos que se hacen llamar Salomón, Isaías o Zacarías no mienten, en el sentido que mentira y verdad son valores relativos respecto a los hechos, pero absolutos respecto a la conformidad con el mensaje divino que transmiten. Digamos que contar lo que el Señor dice que debe contarse es muchísimo más importante que la simple conformidad con los hechos, que Yahvé puede por virtud de su omnipotencia modificar cuándo y cómo le parezca. Tiene más Valor de Verdad la conformidad con el mensaje in illo témpore que la conformidad con la exactitud de los hechos. Y esto no tiene nada de curioso ni de extraño si nos atenemos, por ejemplo, a lo que los soviéticos le hicieron a los libros de Historia según la orientación política. Hoy en día esto es llamado fraude piadoso. Claro que debemos entender que para ellos el asunto no solamente no tenía nada de fraudulento, sino que era la Verdad.

Los hagiógrafos judíos Zacarías, Ezequiel y Daniel, entre otros, profetizan la caída y destrucción de diferentes malvados (asirios, babilonios, edomitas, egipcios, etcétera), que ya habían caído para cuando ellos escribían, es decir profetizaban acontecimientos ya sucedidos, presentados en forma de alegorías para edificación de los actuales perseguidos. Hasta hoy hay los que creen que ciertas profecías están vigentes, y esto incluye ciertas confesiones, que creen que hay acontecimientos que aún deben suceder, a pesar de que sus profecías parecen haber sido escritas posteriormente a los hechos que narran. Recordemos el Gran Chasco, que por cierto tuvo entre otras consecuencias que las diversas confesiones tuvieran muchísimo más cuidado con eso de mandarse con predicciones exactas, lo que hoy no hacen ni amenazados con descuartizamiento por caballos salvajes, pero nunca te dejan de decir que el Tiempo está cerca (Apoc. 22,10). El principal hagiógrafo cristiano del Fin del los Tiempos, el Apóstol Juan, desterrado en la Isla de Patmos en un contexto de persecución, recurrió a su tradición judía para consolar a los perseguidos, y así escribió su Apocalipsis, sucesión de visiones que desembocan en el último Juicio y la llegada de la Jerusalén Celestial: Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo y primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto de Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. (Apoc 21, 1-2), en la que evoca imágenes del Arca de la Alianza (Levítico, 26,11) y de Isaías 25,8. Así ocurrirá con muchas otras visiones e imágenes, como la del Hijo del Hombre, procedente de Daniel; el río de la Vida y los Cuatro Vivientes, que vienen de Ezequiel; los Jinetes del Apocalipsis, que vienen de Zacarías (Y que Blasco Ibáñez convertirá en tíitulo de novela en el siglo XX), así como los Dos Testigos que restaurarán el Templo;  las señales cósmicas, que vienen de uno de los Isaías y de Oseas; y así encontraremos incluso citas directas de muchos otros profetas incluidas en el libro, por decirlo así, sin comillas. El Apocalipsis es el último libro de la Biblia, y ello a pesar de la eventual existencia de otro, denominado Novísimos, del que apenas he escuchado alguna mención, así que difícilmente puedo hablar de él.    

IV
Guerra Santa y Dominación Romana

La Jihad, o Guerra Santa, al revés de lo que puedan pensar muchos hoy en día, no la inventaron los musulmanes. Creo que podemos decir que muchas de sus características actuales están tan completamente prefiguradas en los libros Primero y Segundo de Macabeos, que podemos sin temor darle partida de nacimiento en este período. Y me parece a mí que difícilmente podía estar más justificada. A pesar de lo que nos podamos imaginar, el Segundo libro de los Macabeos no es continuación del Primero. De hecho ni siquiera son del mismo autor. Ni se escribieron en el mismo sitio. Y aunque coinciden más o menos en el tiempo, el Segundo de Macabeos arranca de un poquito más atrás que el Primero de Macabeos, escrito en hebreo por un judío anónimo en la misma Judea, y que quiere ser una narración más “histórica”, es decir más o menos fiel a la secuencia de los hechos, y aunque solo se conserva en griego koiné, fue escrita originalmente en hebreo. El Segundo de Macabeos, en cambio, posee hagiógrafo conocido, de nombre Jasón de Cirene, nombre bastante helenizante para un judío, considerando además que Cirene está en el Norte de África, actual Libia. Escrito para los judíos de Alejandría directamente en griego koiné, de alguna manera muestra la contradicción clásica de la intelectualidad de un pueblo que para mantener sus antiguas tradiciones no tiene más remedio que emplear la lengua y los registros de los odiados opresores. La feroz persecución de los helenizados orientales a los tradicionalistas judíos es narrada con gran recargo en las tintas, incluso patetismo, y sin embargo, está escrita en el griego de los perseguidores en vez de en el hebreo de los perseguidos. Y, a diferencia del Primero, se mete con temas teológicos: La resurrección de los muertos que ya mencionamos, las sanciones de premio y castigo de ultratumba, las intercesiones y relaciones entre el Más Allá y el Más Acá, etcétera. Por estas razones es que la iglesia Católica lo considera canónico, precisamente, mientras que no está en el canon judío, aunque sí es bastante apreciado como fuente histórica, a la par de la obra del historiador Flavio Josefo, más o menos contemporáneo.

Para conocer los sucesos históricos, el Primero de Macabeos es más útil que el Segundo: La familia de los Asmoneos – luego apodados Macabeos = Martillos – se puso al frente de la Resistencia Nacional. Vale la pena narrar cómo ocurrió, pues Matatías el Asmoneo reunía a su alrededor a los descontentos y así Los enviados del rey, encargados de imponer la apostasía, llegaron a la ciudad de Modín para los sacrificios (…) y le dijeron (a Matatías): Tú eres jefe ilustre y poderoso en esta ciudad (…) Acércate, pues, el primero y cumple la orden del rey, como la han cumplido todas las naciones, los notables de Judá y los que han quedado en Jerusalén. Entonces tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey, y os veréis honrados, tú y tus hijos, con plata, oro y muchas dádivas. (1 Mac., 2, 15-18). Por supuesto, el clásico señuelo de la potencia ocupante que dice lo de siempre: que ya lo hicieron los demás, que tendrás tu recompensa, bla, bla, bla. Matatías responde: Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos en la alianza de nuestros padres (…) No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda (1 Mac. 2, 19-22). Probablemente muy poco lógica para la postmodernidad, pero indudablemente gallarda y valiente respuesta. Y así la Guerra Santa se inicia en Modín con la matanza de traidores y enemigos, y la retirada de Matatías y sus hijos a la guerrilla montañera, en la que los hebreos tenían práctica desde tiempos de David. La famosa fiesta de Hánukkah, que se asocia a la Navidad cristiana por la cercanía de fechas, es remembranza de la rebelión de los Macabeos, cosa que seguro sorprenderá a más de uno. Para no hacerla más larga, diremos que tras la muerte de Matatías, sus cinco hijos, empezando por el epónimo héroe nacional Judas Macabeo, se sucedieron en el mando, hasta que el último, Simón, obtiene de los sirios la Autonomía de Judea, con él como Rey y fundador de la dinastía asmonea. Un siglo durará esta suerte de independencia, hasta que los romanos lleguen y desplieguen su hábil política de divide et impera. Los sucesores de Simón se metieron con sandalias y todo a la política de entonces, nada edificante. Surgen en esta época los grupos enfrentados entre sí de los Fariseos y Saduceos, con los Esenios circulando por ahí. Este reino desaparecerá en una guerra civil entre sus últimos soberanos: Aristóbulo II e Hircano II, donde ambos tontamente llaman a los romanos en su ayuda, los que ni cortos ni perezosos acuden al mando de Pompeyo el Grande, y se apoderan de todo en 63 a.C. Así Jerusalén fue ocupada y Judea convertida en protectorado, y luego en colonia. Pompeyo, curioso de ver el extraño ídolo de los judíos, profana el Templo, entra al Sancta Sanctórum, y declara, según el historiador Tácito: No vi la imagen de ningún dios, solamente un espacio vacío y misterioso. En este contexto vendría al mundo Jesús de Nazaret.

V
Colofón

A estas alturas mis astutos lectores habrán notado que estoy empleando la Semana Santa para colocar estas Crónicas sobre Leer la Biblia. Parece adecuado el momento para hacerlo, y ruego disculpas si a alguien le molesta. Pero recordemos que la cosa es leer. Y ya falta poco para terminar con estas Crónicas sobre leer la Biblia. Paciencia.



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martes, 4 de diciembre de 2012

CONTRA LA NAVIDAD REAL

Peru BlogsCONTRA LA NAVIDAD REAL

“Los padres no existen, todo es un montaje de Santa Claus” (Yo)

“ … siempre he pensado que (las navideñas) son unas fechas deliciosas, un tiempo de perdón, de afecto, de caridad; el único momento que conozco en el largo calendario del año, en que hombres y mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la gente de abajo como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro destino.”  (Charles Dickens, Cuento de Navidad)


Reviso mi artículo Contra la Navidad del 2011, y encuentro que nada ha cambiado desde entonces. Sí, es presuntuoso pretender que el ejercicio de la expresión libre pueda mover tan profunda estructura, cuento análogo al de la Navidad que se nos hace creer. Sin embargo, y más que no sea porque uno no debe callar, retomo el refrito y lo reedito, reformo, deformo, aumento y corrijo. Porque de esto siempre se debe hablar.

Quién celebra la Navidad

El Libre Mercado instrumenta todo para venderlo, eso es puro dato de la realidad, ni bueno ni malo. Claro que establece una escala de valores que pone por encima de todo a la ganancia y al consumo, pues de eso se trata la Navidad Real. Quien crea otra cosa, discúlpenme, o posee una fe excesiva en la bondad humana o una impresionante bandada de pajaritos en la cabeza. Lo más importante de la Navidad es la “campaña navideña” iniciada desde Noviembre, pues las ruedas de la economía giran en la medida que lo hagan las previsiones en las ventas. No faltan los que en nombre de una moralina hipócrita y/o ingenua llenarán páginas o espacios radiales o de TV contra el “materialismo capitalista que trastoca la Navidad”, o por unos “valores” desfasados de la realidad navideña. Hablarle a los que no tienen chamba o plata de Navidad como “materialismo capitalista” resulta en broma de pésimo gusto. Seamos claros, la Navidad Real es para los que tienen plata. Hablémosle de Navidad a los padres que no tienen para regalar a sus hijos, veamos qué nos responden. Y no es que tienes que estar en la última lona, de repente tienes chamba, pero también deudas, y si tienes grati – suposición irreal – ésta se destinará a ponerte al día en tus cuentas con el único ente que tiene reales motivos para celebrar la Fiesta: El Sistema Financiero. O tal vez te endeudas con el banco para tu campaña navideña y cruzas los dedos para que tu previsión de ventas sea la que esperas. A veces eso sale cuadra: Durante el incendio navideño de Mesa Redonda, las gentes arriesgaban sus vidas y se metían al fuego para rescatar sus mercancías, adquiridas con plata prestada, y de las que tantas cosas dependían, y el valor mismo de la vida humana quedó trastocado en las cenizas de más de 300 cadáveres. No creo que al sistema bancario eso le haya importado mucho, para eso existen los seguros de desgravamen. Ni creo que les haya perdonado la deuda a los que sobrevivieron.  

Navidades e Inocencias

Y en estas cosas el corazón se nos endurece y el alma se nos marchita un poco más cada año, hasta que la inocencia de la Navidad desaparece, decapitada por la realidad. Es verdad que no sólo de pan vive el hombre, pero resulta que sin pan el hombre no puede vivir. La invocación al deber ser de la Navidad se olvida fácil de las personas de verdad. Se burla uno de la gente si se desprecian sus pequeñas alegrías, y esa burla es sanguinaria cuando destruye las ilusiones de los niños. Así que ni condeno la Navidad ni la aplaudo, trato de ver qué hay realmente en ella. Mi hija acaba de cumplir siete años de edad, y en conversa de sobremesa manifiesta, con seguridad no exenta de cierta sombra de tristeza, que ella ya no cree en Papá Noel. Yo entiendo que un padre está en la obligación de cuidar de las inocencias infantiles y de ayudar al tránsito hacia una realidad que tiene mucho de cuestionable. Y con la mesura que el caso se merece, trato de indagar sobre esto. Paula me dice que ella sabe que son los padres y familiares los que hacen los regalos, y que lo sabe porque ella le pidió en secreto a Papá Noel que le trajera un regalo en especial, y no se lo trajo. En su infantil y blindada lógica, si Papá Noel existe y se le asigna tal grado de discrecionalidad omnipotente, pues entonces debe saber qué regalos quiero. Y si no llega a enterarse, quizá sea, como diría Voltaire, que es simplemente porque no existe. Y ello le presta una vaga tristeza a esa necesaria afirmación de su personalidad, al convencimiento que todo niño debe adquirir tarde o temprano de que tiene que hacerle caso a sus sentidos y a su pensamiento más que a las monsergas sociales, aunque sean sus mismos padres quienes las sostengan.

La Fiesta de la Mafia y la Delincuencia

A mí hace mucho que la Navidad Real no me gusta, y estoy en buena compañía: Charles Chaplin, el genial comediante, sentía profunda repulsión contra la Navidad, según atestigua su hija Geraldine. No la odiaba, sólo no le veía el punto a celebrarla si no era por los niños. No era su fiesta. De niño, el Vagabundo había sufrido la más podrida miseria londinense, y en Navidad recorría descalzo las engalanadas calles de relucientes vidrieras repletas de juguetes y golosinas que no eran para él. Probablemente ese sentimiento explique sus preocupaciones sociales, a la vez que su inmensa capacidad de trabajo, expresión de una suerte de juramento personal de no ser pobre jamás. Tratando de salvaguardar la inocencia de los niños, y en alocada carrera para tratar de compensarnos a nosotros mismos, la mayoría de nosotros tratamos de no pensar en nuestro interior que esta Fiesta no nos pertenece, porque lo único que sacamos de ella son dolores de cabeza, estrés, empujones y la probabilidad de ser objeto de asalto. Los mafiosos y delincuentes celebran así la Navidad a su modo, porque ellos sí saben positivamente que sus ingresos aumentarán y llevarán juguetes a sus hijos. Y así la Navidad es Fiesta para la Mafia y la Delincuencia.  

El Cuento de Navidad

Quizá la expresión literaria más impresionante de estas épocas del año sea el Cuento de Navidad de Charles Dickens, en su versión original, claro. Como todo lo navideño, al Cuento de Navidad está domesticado en sus muchas versiones, pues soltado así como es, como que malogra la farra. A fin de cuentas, de lo que se trata es que haya audiencia televisiva o asistencia a los cines para que la economía se mueva y haya para pagar planillas, lo que en sí mismo no es tan malo, pues la gente trabaja para vivir. Dickens era un moralista de los de a de veras, que no temía llamar las cosas por su nombre, con profunda fe en la realidad individual del hombre. Para él la Navidad era básicamente una oportunidad. El Fantasma de la Navidad Presente no es un producto comercial ideado para vender más, sino un personaje poderoso, alegre como un niño pero sin infantilismos idiotas, que lleva aquí y allá su espíritu, y que también sabe acusar a puritanos, inhumanos e hipócritas. Y así como trae consigo el espíritu de la Navidad, porta también terribles nuevas en esos dos seres abyectos - la Ignorancia y la Necesidad - que cobija bajo su manto y que nos restriega en la cara en dramática escena, diciéndonos claro que la miseria humana no se detiene porque haya Navidad, que el dolor es la marca de la condición humana, aunque también sea cierto que humanamente podamos, como decía San Agustín, hacer el loco una vez al año, pero con la cabeza bien puesta sobre los hombros.

El Cuentazo de Navidad

Las ruedas de la economía no funcionan bien cuando la gente es consciente. Los marqueteros saben que la inconsciencia redunda en más gasto. Quizá el mejor ejemplo sea el personaje emblemático de la Navidad Real, que no es Jesús, por favor, sino Papá Noel / Santa Claus. Siempre hay quien recuerda que San Nicolás fue un Obispo del Asia Menor, hombre de inmensa caridad y digno de ser recordado por eso. Pero el mito de cómo un caritativo Obispo se convierte en un gordito que recibe solicitudes de regalos en el Polo Norte es interesante de ser examinado con algún detalle. ¿Quién es Papá Noel? Parece ser la creación de un genio del márketing, aparentemente vinculado a Coca-Cola, no estoy seguro, pero su anécdota presenta interés: Papá Noel no es una buena persona, ni es ese abuelito regalón que nos quieren vender. Si tú “te portas bien”, él te da lo que le pides en tu carta. Si “te portas mal”, te pone carbón. Eso no parece consistente con el origen cristiano de la Fiesta. Y está claro que está diseñado para establecer la primacía de un valor que, para decirlo como mi amiga Yanira, “no me parece”. Ese obeso presidente de directorio es para mí persona non grata, y no le dejo entrar a mi casa, por más que me quiera sobornar con regalos. Hay mejor gente por ahí, que no me estará enrostrando lo reducido de mi pavo o cuánto me gasté en los regalos: Jesús, San Nicolás, el Ekeko, los Reyes Magos y el Fantasma de la Navidad Presente. No me parece que alguien que desprecia a los pobres por el mero hecho de serlo se merezca un sitio en una Fiesta presidida por la generosidad y la alegría.

La gran mentira

Tal como mi hija me enseñó, la Navidad es otra cosa. Es inocencia, sí, pero también el desencantamiento cuando se pierde. Cuando eres niño y careces de malicia, puedes creerte que la Navidad es hermosa y disfrutar de los colores, la música y la alegría, porque no sabes que la vida puede ser hermosa y a la vez una carga atrozmente pesada. El Fantasma de las Navidades Presentes no ha llegado aún para recordarnos que la Navidad no son sólo compras y ventas. Es posible que enterarte de que Papá Noel no existe sea un hito en ese proceso de “integración social” por el que los niños tristemente tienen que pasar. Percibir que son tus padres los que te regalan invierte la visión sobre la sociedad en que se vive, de lo que “debería ser” a lo que realmente “es”. La mayoría de los padres no tiene la más remota idea de cuándo sus hijos se enteran que Papá Noel no existe, y continúan dándole a la gran mentira como si nada pasara. Algunos incluso tratan de traspasar este estado de catatonia emocional navideña basada en la inconsciencia y la abundancia, aunque sea artificial. Parece que son los adultos los que no quieren crecer y aspiran a seguir creyendo en pajaritos de colores, como si nos instaláramos en medio de la creencia / no creencia, como si en el fondo de nuestra alma creyéramos que Papá Noel existe, que se nos hará justicia algún día, que Alguien se hará cargo de todo. Una suerte de esquizofrenia navideña generalizada, por la que nos escondemos de la realidad, esperando que la “solución” nos venga de afuera.

La Navidad: Una oportunidad

Pero puede haber Navidad para los adultos si te liberas de la presión social, lo que siempre es ir contracorriente. Una visión desencantada de la Navidad no excluye recuperar el encantamiento a la adulta, si es que eres capaz de ver más allá de tus corporativas narices, y tratas de ejercer la generosidad y la alegría por decisión personal e intransferible. Que una mesa bien provista no es pecado, ni regalar es maldad. El tema es cómo lo haces, cómo celebras. La Navidad puede ser una oportunidad, como Charles Dickens vio con tanta claridad. Después de todo, recuerda de quién es Su Cumpleaños. Tal vez no podamos poner las cosas en su sitio, pero siempre podemos intentarlo. Incluso si tu inocencia se desbarrancó en el agnosticismo o el ateísmo, puedes disfrutar de la Noche Buena – por cierto, qué nombre más bonito para una Noche - y siempre puedes acordarte del motivo original de la Fiesta: Aquél que hizo andar a los cojos y ver a los ciegos.

Tengo que contar también que me he reconciliado con el Árbol de Navidad. Pensaba yo en mi estrechez que el Árbol de Navidad no nos pertenece en estas tropicales latitudes. Pero me enteraron de un par de cosas que me gustaron: Allá, en el lejano Norte – donde también resulta que es Navidad – el verde árbol adornado con velas, tan pobremente representadas en esas “luces de colores” que tan profusamente se venden, es la manera de las gentes sencillas de no permitir que el Sol del Invierno se vaya en su larga noche invernal. Qué humano parecido le encontré a nuestra viejísima y andina tradición de “amarrar el Sol”. Y así ahora simpatizo con esa secular manera de traerse el Sol con nosotros en esa Noche Buena, de cuyo frío tenemos igual idea en nuestras Montañas. Y además esas gentes, que como nosotros no tienen nada de bobas, guardaban al costado de las velas encendidas de su Árbol cubos de agua y arena … para prevenir que celebrar la Fiesta no resulte en el incendio de la casa. Hay algo que aprender ahí, que no haya más Mesas Redondas que enluten nuestras Navidades, y que aprendamos a apagar las luces, que Navidad no es presumir de mis luces hacia afuera, sino iluminar nuestras vidas hacia adentro.

Colofón: Navidad en Tiempo Real

Tantas veces he tenido que trabajar Nochebuena y Navidad, que no puedo menos que sentirme solidario con todos aquellos que deben hacerlo para llevar el pan a su mesa, en especial cuando están en el servicio como los buenos. La Navidad es así para mí el ejercicio directo de la Solidaridad, el tratar de velar por los demás, el tratar de no ser felices solamente nosotros y los nuestros. Como en el Cuento de Navidad, hay un espíritu poderoso y generoso que recorre los lugares en que trabajan los obreros y empleados de turno, los marineros, los policías en servicio, los bomberos, los médicos y enfermeras, los telefonistas, los vendedores, los que laboran en aeropuertos, restaurantes y hoteles. También está en donde residen los emigrantes que añoran la patria lejana, el ambiente emocional en que se criaron, las familias y amigos que dejaron atrás. Y está en todos y cada uno de aquellos que tratan de hacerla mejor para todos los que no pueden. Esa es la Navidad en Tiempo Real, no el escaparate ni las luces, aunque éstas puedan contribuir a su escenografía. Si no hay luz en la conducta, de poco servirá que dejemos el símbolo prendido toda la noche. Y así saludo la Navidad de todos mis lectores, en especial a los que tienen que trabajar esos días, deseando que puedan construir una Navidad que sea mejor que la que existe. Y punto.

viernes, 16 de diciembre de 2011

CONTRA LA NAVIDAD

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“Los padres no existen, todo es un montaje de Santa Claus” 
(Yo)

“Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año.” 
(Charles Dickens, Cuento de Navidad)


Entiendo que el título de este artículo es suficientemente provocador, y por otra parte tampoco es que constituya precisamente noticia. El Capitalismo de Libre Mercado instrumenta todo lo que existe para vender, y eso no es ni bueno ni malo, simplemente establece una escala de valores propia, que patentiza lo que es importante y lo que no, y como lo que realmente importa es la ganancia, pues de eso se trata la Navidad. Quien crea otra cosa, discúlpenme, o posee una fe tal vez excesivamente robusta en la bondad humana, o una impresionante bandada de pajaritos en la cabeza. Hacer alharaca por estar contra el “materialismo capitalista que trastoca la idea de la Navidad”, o a favor de una especie de “escala de valores espirituales que debería presidir las fiestas navideñas” me parece francamente ingenuo o hipócrita. Es como oponerse a la salida del Sol por el horizonte, o estar a favor del solsticio de verano. Y dado que estamos en esas épocas, me parece pertinente disparar algunas reflexiones desmigajadas sobre el tema.

Si le hablamos de la Navidad como expresión de “materialismo capitalista” a los que no tienen chamba o plata, veremos cuán dependientes son los “valores espirituales” del simple hecho de no tener chamba y plata, peor aún si se carece de ambos. En la realidad real, quizá no haya peor sensación navideña que la de sentir la expectativa de recibir regalos de los hijos propios, y no tener con qué. Hay muchas variantes de este hecho, porque de repente puedes tener hasta chamba, pero también deudas, y tu grati – si la tienes – se destina a ponerte al día con tus cuentas. Quien mejor celebra las Navidades es el Sistema Financiero, que nos tiene a todos agarrados de salva sea la parte. Así el corazón se nos endurece y el alma se nos marchita un poco más cada año, hasta que la inocencia original propia de la Navidad desaparece por completo, decapitada por la realidad. Cuando reflexiono en ello siempre recuerdo lo que me decía un profesor de marxismo: No sólo de pan vive el hombre, pero sin pan el hombre no puede vivir. Los críticos de la Navidad que se publicitan en medios de comunicación por lo general lo hacen en nombre de una moralina aburguesada, que invoca principios con demasiada facilidad, y con la misma se olvidan fácil de las personas de verdad. Por otra parte, se burla uno de la gente si se desprecian sus pequeñas alegrías, y esa burla es sangrienta cuando destruye las ilusiones de los niños. Así que ni condeno la Navidad ni la aplaudo, sino que trato de ver qué hay realmente en ella, no en su “mismidad” (término que me hace sonreír un tanto, y demasiado debatible), sino en lo que realmente vivimos en ella.

Navidad: La fiesta del estrés

Charles Chaplin, el genial comediante británico, odiaba la Navidad, según testimonio de su hija Geraldine. O tal vez no era que la odiara, pues que sepamos jamás levanto una palabra contra ella. Simplemente no le veía el punto a celebrarla, si no era por los niños. No la sentía su fiesta, y la veía tal como lo que realmente era, y es. Chaplin había surgido del fondo de la más podrida miseria londinense, y con seguridad de niño, en esos espantosos días navideños, recorría sin zapatos las calles y miraba las relucientes vidrieras repletas de juguetes y alimentos y golosinas que no eran para él. Y así conservó toda su vida esa general antipatía contra la Navidad, que marcaba con tanta efectividad las distancias sociales en las que había nacido. Eso nos explica en parte sus grandes preocupaciones sociales, a la vez que su desaforada capacidad de trabajo, una especie de juramentación personal de jamás volver a ser pobre. Y esto es tal vez lo más horroroso de la fiesta navideña, la institucionalización de la hipocresía social, a la que queramos o no quedamos expuestos en los días navideños. En el fondo, la mayoría de nosotros sabemos en nuestro interior que esta Fiesta no es nuestra, no nos pertenece, y lo único que nos crea son dolores de cabeza, estrés, empujones y la posibilidad de ser robados. Porque la Navidad también es época de ladrones y rateros.

El Cuento de la Navidad

Quizá la expresión literaria más impresionante de estas épocas del año sea el Cuento de Navidad de Charles Dickens, en su versión original, claro. Recordemos que, como a todo lo navideño, al Cuento de Navidad se le ha domesticado en sus mil y una versiones en cine y televisión, porque a fin de cuentas se trata de que haya audiencia televisiva o asistencia a los cines para que las ruedas de la economía sigan girando. Y eso, en sí mismo, no tiene nada de negativo, pues la gente debe trabajar para vivir. Pero Dickens era uno de esos moralistas de a verdad, que presentaba las inconsecuencias y falsedades del discurso navideño con suprema ironía social y con profunda fe en la realidad individual del hombre. Para él la Navidad no era solamente una Fiesta, era una oportunidad. Su Fantasma de las Navidades Presentes – el centro mismo de su Cuento – no es un edulcorado producto comercial, es un robusto personaje adornado de hojas de acebo, alegre y muy realista, metido en la fiesta hasta el tuétano, pero a la vez lúcidamente portador de terribles nuevas, expresadas en esos dos seres abyectos - la Ignorancia y la Necesidad - que cobija bajo su manto y que, en la escena más dramática de toda la obra, muestra al avaro Scrooge, restregándoselos en la cara y haciéndole saber que los grandes males de la miseria humana no se detienen porque haya Navidad, que la gente se sigue muriendo de hambre y de frío, y que el dolor sigue siendo la marca de la condición humana. El Fantasma, por otra parte, no es un amargado, pues después de todo la vida sigue, y sin olvidarnos de nada de lo negativo, nos podemos permitir, como decía San Agustín, hacer el loco una vez al año.

El mito de Santa Claus / Papá Noel

Las ruedas de la economía no funcionan bien aceitadas cuando la gente es consciente de lo que pasa, porque a fin de cuentas se trata de consumir y gastar, y los marketeros saben hace mucho que hacerlo inconscientemente redunda en más gasto. Surgen entonces los diversos recursos que el marketing ha ideado desde hace más de un siglo, y el más interesante para mí es el famosísimo Santa Claus, que por estas tierras llamamos afrancesadamente Papá Noel. Santa Claus pertenece a la Tradición Nórdica europea, aunque su base histórica – siempre hay quien la recuerda – es un Obispo del Asia Menor, hombre en apariencia de enorme caridad. El cómo un Obispo generoso se convierte en un personaje de fábula que vive en el polo Norte y recibe cartas con solicitudes de regalos es tal vez uno de los grandes ejemplos de cómo se forman los mitos a lo largo de la historia. Vale la pena examinarlo tal como realmente es: Santa Claus es realmente un premiador y castigador, no fue ideado como un tipo buena gente, y en algo se parece a ese Fantasma de las Navidades Presentes, que es posible incluso inspirara su creación a algún olvidado genio del marketing. El mito muestra que Santa Claus es una figura masculina dadora de obsequios a los niños que se han portado bien, se le nota claramente la imagen paterna introyectada y reforzada por su barba blanca, pues es un superpapá social. Y aunque es muy viejo, es también muy vigoroso, pues nadie puede recorrerse todo el mundo en una noche sin por lo menos tener fortaleza física. Es, además, CEO – Presidente del Directorio - de su propia corporación, con empleados, fábricas, líneas de producción y redes de distribución y ventas. Su contracción al trabajo la mayor parte del año justifica su situación de padre ausente, pues es un gran proveedor. De hecho es todo un Señor Capitalista, pero con principios morales pues. No creamos por ello que regala porque sí, el obsequio navideño está condicionado a tu conducta, es un toma y daca: Tú te portas bien, él te regala lo que le pides en tu carta. Cuando pones tus medias o calcetines en la chimenea lo haces con la esperanza de que en la Nochebuena Santa Claus te las llene de los obsequios que le has pedido. El mito original – convenientemente olvidado – dice que si te has portado mal, lo que encontrarás en tus medias será carbón. Y que me aspen, pero para mí está clarísimo que si tus padres son pobres lo que encontrarás será carbón, y eso quiere decir nada más y nada menos que solamente hay una falta imperdonable: La de no tener plata. He ahí para mí el verdadero mensaje navideño de Santa Claus: No hay más falta social que la de ser pobre. Te tocará el carbón.

Y he ahí porque no me gusta ni jamás me gustará Santa Claus ni todo lo que representa. Si creemos que la Navidad es una Fiesta del Amor, Santa Claus debería ser erradicado como representante de un deber-ser que de humano mucho no tiene. Prefiero cualquier otra contrafigura. La Tradición española, de la que fuimos herederos hasta que entró Estados Unidos con todo, nos presentaba a los Reyes Magos como los dadores de regalos, separando los regalos de la Navidad, y ello, tal vez, resultaba mejor. Pero lo cierto es que los Reyes Magos ya fueron.

La gran mentira

La Navidad, Papá Noel / Santa Claus, los Reyes Magos y todo eso. Tratemos de ver el asunto desde la perspectiva de un niño. Los niños, aún los hijos de padres que les pueden proporcionar una Navidad como debería vivir cualquier niño, pasan por un proceso que podríamos llamar de “desencantamiento”. Cuando eres niño y tienes presente toda tu inocencia - en el sentido verdadero de inocencia, es decir de ausencia total de malicia - puedes creerte que la Navidad es hermosa y disfrutar de los colores, la música y la alegría, porque eres inconsciente de que la vida puede ser hermosa y a la vez una carga atrozmente pesada. El Fantasma de las Navidades Presentes no ha llegado aún para recordarnos qué es verdaderamente la Navidad, si es que algo es aparte de ventas. El tema está en que empiezas a dejar de creértela cuando te enteras que Papá Noel / Santa Claus no existe. Y cuando ves que son tus padres los que te hacen los regalos, se produce una inversión de la visión que se tiene sobre la sociedad, de lo que “debería ser” idealmente, a lo que realmente “es”. Yo estoy casi seguro que el 90 % de los padres no tiene la más mínima idea de en qué momento sus hijos se enteraron que Papá Noel / Santa Claus no existe, y continúan dándole a la gran mentira como si nada hubiera pasado. De los niños, para bien y para mal, nada me sorprende, pero que los adultos continúen en estado de catatonia emocional navideña me implica que emocionalmente no crecemos y seguimos creyendo en pajaritos de colores. Es como si nos instaláramos emocionalmente en medio de la creencia / no creencia, como si en el fondo de nuestra alma siguiéramos creyendo que Santa Claus / Papá Noel existe, que nos hará justicia algún día y que Alguien se hará cargo de todo. No puedo culpar a nadie de tener creencias religiosas, la religión responde a una profunda necesidad humana, pero no puedo menos que recordar lo que decía Jesús – sí, ése, del que se supone celebramos su Nacimiento – que no se puede adorar a Dios y a Mammón – la plata, para los que no sepan. Un tercio excluido ético sobre el que vale la pena reflexionar en estas fechas.

La Navidad: Una oportunidad

Una visión desencantada de la Navidad, desprovista de ilusiones y pajaritos de colores es un producto no muy diferente del producido por cualquier otro desencantamiento, marca de esta época. Como adultos bien podemos asumirla de diferentes maneras, lo que es un producto aceptable de la postmodernidad. La Navidad puede ser asumida, como Charles Dickens vio con tanta claridad, como una oportunidad para cada persona. Tal vez no podamos poner las cosas en su sitio, pero siempre podemos intentarlo. Simpatizo con el hecho que se diga que no hay Navidad sin Jesús, lo prefiero con mucho a Papá Noel / Santa Claus, es mejor gente y después de todo es su Santo /Cumpleaños. Si ya eres agnóstico o incluso ateo, siempre puedes disfrutar el día. Si estás preso del estrés y de la angustia navideñas, siempre puedes librarte algo de ellas y pasarlo como mejor puedas, así no tengas plata.

Colofón

En el transcurso de mi vida he tenido que trabajar Nochebuena y Navidad muchas veces, y por ello me siento solidario de aquellos que tienen que hacerlo, en especial cuando están concentrados en el servicio a otras personas. Creo que la Navidad consiste básicamente en la Solidaridad, en el tratar de no ser felices nosotros solos. En ese sentido la canción de Navidad que más me gusta es la de Perales: “Navidad, Navidad / en la nieve y la arena. / Navidad, Navidad / en la tierra y el mar.”, que me hace pensar en los marineros, los policías en servicio, los bomberos, los médicos y enfermeras, los telefonistas, vendedores, personal de aeropuertos, restaurantes y hoteles, todos los que con su trabajo constituyen parte esencial de una vida civilizada, y cuya labor muestra en tiempo real la solidaridad entre los seres humanos. Y es así como dejo mi saludo navideño a todos mis lectores, en especial a los que tienen que trabajar esos días, deseándoles que puedan construir una Navidad que sea algo mejor que lo que existe, en la que podamos construir un significado que valga la pena. Y punto.