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martes, 17 de septiembre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 55 - SHERLOCK HOLMES - PARTE DOS

Peru Blogs
CRÓNICAS DE LECTURAS – 55
Sherlock Holmes – Parte Dos

I
Metida de pata

Haré un mea culpa. Me acabo de dar cuenta que disparé una Crónica completita sobre Sherlock Holmes (La número 20) con absoluta torpeza, evidenciada en que no mencioné ni uno solo – ni uno solo, Dios de Israel - de sus libros y relatos. Se necesita ser bien sonso para que algo así se le pase a uno, pero ahí tienen … se me pasó. Así que puedo elegir entre seguir siendo el bobo de la tribu, o resolver la cosa, abandonar el sambenito y mirarme al espejo sin ver las orejas de jumento asomando por detrás de mi cabeza. Porque alguien dijo, no sé quien pero muy sabio él, que Cometer un error y no arreglarlo es cometer dos errores. Así que ya que se trata de fomentar la lectura de Conan Doyle y del Detective, lo menos que puedo hacer es comentar lo que no comenté. En mi Crónica número 20 me engolosiné con los autores del género y se me pasó … y lo repito, hay que ser el bobo de la tribu para eso. Tampoco es que esté tan mal … ¿o no? Ojalá me pudiera creer mis propias historias. Ok, está así de mal, pero no tanto porque después de todo, son Mis Crónicas. Claro que como excusa no suena bonito y es pedante como ella sola. Basta entonces de pedir disculpas, evolucionemos como evolucionó el Detective. Porque al principio, y esto suele suceder, se marcan los caracteres y se establecen los parámetros narrativos. Le pasó a la Rowling en Harry Potter y la Piedra Filosofal, que dispara el globo de ensayo a ver qué pasa con el Harry, y narra aguantada y se proyecta, ma non troppo, y sólo se manda de hachazo cuando las tranquilizadoras cifras de las ventas la relajan y le dejan emplearse a fondo en lo que se traía guardado, lo que dio para varios exitosos libros más. Y le pasó a Upton Sinclair en el primer libro de la serie de Lanny Budd, El Fin del Mundo, cuyos personajes eran suficiente para un libro solo, pero el éxito en ventas le permite continuar el plan, y así el mocoso Lanny Budd crece entre los sucesos importantes de la época, buen truco para contar su perspectiva de la historia contemporánea. En esta situación estaban todos los novelistas por entregas del siglo XIX: Tolstoi, Dumas, Balzac, Dickens. Y también los sofisticados guionistas de las series de TV de los siglos XX y XXI, que utilizan Focus Groups para ver por dónde va la vaina, y se escriben tres y cuatro finales alternativos, a ver cuál asegura un punto más de rating y un millón más de espectadores.

Así que cuando Arthur Conan Doyle escribió bajo presión económica para la revista Strand, presentó a su personaje el Detective de modo algo rígido y recargadamente victoriano, exagerando la faceta de su personalidad obsesamente racional, contrastándola con la de un tipo normal como el Doctor Watson. Claro que ser “normal” en esta época de expansión colonial significaba un John Watson M.D. veterano de las guerras coloniales británicas contra los pathanes de Afganistán. Médico con clientela establecida y medios limitados, Watson debe compartir el alquiler de un depa, y así halla a Sherlock Holmes que busca lo mismo. No contaremos el resto, léanse la historia. Algunos personajes acompañan a esta pareja: La Señora Hudson, que se ocupa del arreglo y orden de las habitaciones de la residencia del 221 B de Baker Street; Mycroft Holmes, el hermano más listo de Sherlock; Mary Morstan, esposa de Watson; los Inspectores de Scotland Yard Lestrade y Gregson; los irregulares de Baker Street; el Profesor Moriarty y su segundo el coronel  Sebastian Moran y algún otro que se me escapa.     
      
II
Las Cuatro Novelas

Conan Doyle escribió Cuatro Novelas en las que aparece Sherlock Holmes, amén de cincuenta y seis relatos cortos. Las novelas son Estudio en escarlata (1887), El signo de los Cuatro (1890), El sabueso de los Baskerville (1902) y El Valle del Terror (1914). Esta última no cuenta tanto en el canon, porque Conan Doyle utiliza a su engreído Holmes un algo al principio y un poco al final para presentar y enmarcar a otro Detective: Edwards El Pajarraco, por el que sentía cierta predilección. Al estallar la Gran Guerra en 1914, Conan Doyle se interesa en un Detective estadounidense, pues estaba ideológicamente convencido de la necesidad de unir a las dos naciones más importantes de lengua Inglesa y dominar el mundo para propio beneficio tanto como - así lo creían con conmovedora ingenuidad - el del resto del mundo. Los que no somos ni británicos ni estadounidenses podemos, claro, tener una opinión matizada. También se comprende la intención de Conan Doyle de sacar de la neutralidad a los Estados Unidos, cosa que mejor que Holmes logra el Kaiser Guillermo II al permitir a sus submarinos hundir sin previo aviso navíos estadounidenses. El Valle del Terror se ambienta en los Estados Unidos, y narra la infiltración de un agente encubierto en la organización sindical conocida en la vida real como los Molly Maguires. Se la considera un anticipo importante de la Novela Negra. Y por supuesto, es sumamente interesante y estupendamente narrada.

Estudio en escarlata (A Study in Scarlet), en donde surge Holmes, se publicó en 1887: Le valdría a su autor el fortunón de 25 libras esterlinas por derechos de autor de una novela con un personaje del que no se sabía si funcionaría. La historia está bien hilvanada y engancha rápido, por más que el formato narrativo lo sintamos hoy un poco pesado. Más simple en relación con obras posteriores del Detective, manifiesta un Conan Doyle que trata de no meter la pata en la trama y los personajes: Lo fundamental es mostrar el método analítico del Detective como rasgo característico, confrontado con la aparente simpleza de Watson. Que el plan de Conan Doyle no contemplaba quedarse ni con la anécdota ni con el personaje queda patente en que en la siguiente novela, El Signo de los Cuatro, Watson se enamora, se casa con la coprotagonista Mary Morstan, y deja de residir en Baker Street. Esto obligará luego a Conan Doyle a malabares y explicaciones para reunir de nuevo a sus personajes. La trama empieza con la desaparición del Capitán Morstan, padre de Mary, y la llegada de unas misteriosas y muy costosas perlas. Repito, no narraré más que lo estrictamente necesario para dejar a mis lectores con la miel en los labios, y creo que puedo interesar más señalando que éste es el único relato donde Holmes consume abiertamente cocaína. Para muchos, por cierto, es la mejor novela de Sherlock Holmes.

Pero El sabueso de los Baskerville (The Hound of the Baskerville – 1901) es considerada la mejor novela de Sherlock Holmes por muchos más. La revista Strand la publicó por entregas, ambientada en Dartmoor, Devonshire; y usando una leyenda local para construir el argumento: La muerte de Sir Charles Baskerville lleva al Doctor Mortimer a buscar la ayuda del Detective, al que lee la Maldición de los Baskerville, donde se menciona al Sabueso Infernal que da título a la obra y que sería el aparente e inencontrable asesino. Llega de Estados Unidos el heredero Henry Baskerville, y ocurren diversos hechos más o menos inexplicables y extraños que de acuerdo a las convenciones del género, plantean ciertas pistas que se mantienen oscuras hasta el final, cuando se descubra el toletole y se arme el rompecabezas. Holmes envía a Watson a la Mansión Baskerville a que le remita informes y reportes de lo que va pasando y de los personajes que surgen, como los supuestos hermanos Stapleton, Barrymore, Selden, Laura Lyons y otros. Holmes aparece inesperadamente, rasgo nada raro en nuestro personaje, y por fin aparece el Sabueso que por cierto a estas alturas se ha hecho bastante de rogar. Hay un crimen más y Holmes, Watson y Lestrade consiguen neutralizar al sabueso, que resulta ser un perro bravo disfrazado de espectro. En el epílogo se descubre todo el pastel, como es propio de esta clase de obras, y se resuelven los puntos oscuros.       

III
Relatos cortos: Las aventuras de Sherlock Holmes y Las memorias de Sherlock Holmes

El primer relato con Sherlock Holmes de protagonista ya dijimos que es el Estudio en Escarlata de 1887. En 1892 aparece el primer volumen de relatos cortos: Las Aventuras de Sherlock Holmes, que incluirá los relatos La aventura de un escándalo en Bohemia, La aventura de la liga de los Pelirrojos, La aventura de un caso de identidad, La aventura del misterio del valle de Boscombe, La aventura de las cinco semillas de naranja, La aventura del hombre del labio retorcido, La aventura del carbunclo azul, La avntura de la banda de lunaresLa aventura del dedo pulgar del ingeniero, La aventura del solterón aristocrático, La aventura de la diadema de berilo y La aventura de la finca de Copper Beeches. No hay mucho en común entre estos, salvo los personajes conocidos, los escenarios victorianos y el ambiente fin de siglo. Conan Doyle no está aún del todo harto de Holmes, lo sigue armando como personaje plebeyote y radical. Y eso no le gusta, pues se computa llamado a más altos destinos. Es gracioso notar cómo el personaje se impone al autor, así como notar que ninguno de sus personajes fichos sobrevive a Conan Doyle, el gran público sólo reconoce al Detective Holmes y al Profesor Challenger de El Mundo Perdido y su serie aparte de excelentes e imaginativos relatos. Pero tenía el Detective una virtud que hizo que Arthur Conan Doyle le perdonara la vida por un tiempo, y es que le paraba la olla. Gracias a un hábil agente, el autor ganó 35 libras esterlinas por cada historia publicada en el Strand, mas los derechos de autor. Es normal que los gustos varíen de persona a persona, a mí me gusta Un escándalo en Bohemia, porque aparece (y desaparece) la mujer. Irene Adler representa al débil abusado por el fuerte, aunque es un débil paradójico, con fortaleza propia. Holmes estará de su parte primero porque es mujer y es guapa (Es la cosa más linda que hay bajo un sombrero en todo el planeta), pero también por su astucia y audacia. Holmes, que es consciente de su superioridad mental, es leal también a su “subordinado” Watson: O los dos, o ninguno; en contraste con el desprecio que le inspiran los aristócratas ociosos, en especial los del continente, incapaces de salir de su pequeño mundo: Holmes se inclinó, se volvió sin darse por enterado de la mano que el rey le alargaba, y se echó a andar. En adelante su vocación lo llevará más a los de abajo que a los de arriba, aunque por supuesto tratará que la justicia quede servida siempre, sin importar la clase social, pero nunca elegirá un caso por el dinero sino por la inspiración que le proporcione: En las Cinco Semillas de Naranja enfrenta nada menos que al Ku Klux Klan, pero lo esencial es que el caso le libre de su fastidio, de ese particular spleen de la época que según parece sólo se adormece con abstrusos casos a resolver, o con la solución al 7 % de cocaína que se inyecta. Por lo demás, responde con verdadera flema inglesa al juicio de Watson: … es usted un benefactor de la raza humana.           

En Las memorias de Sherlock Holmes de 1893, Conan Doyle ya está hastiado de Sherlock y le cobra a Strand Magazine un millar de Libras Esterlinas esperando que no se lo acepten. Pero atracaron y se convierte así en un autor muy bien pagado. Y todo por estas historias: Estrella de plata, La caja de cartón (relato que contiene un adulterio, de cuestionada inclusión y publicación errática), La cara  amarilla,  El escribiente del corredor de bolsa, La “Gloria Scott”, El ritual de Musgrave, El rompecabezas de Reigate, El jorobado, El enfermo interno, El intérprete griego, El tratado naval y El problema final. En este último cuento o relato corto, Conan Doyle ya estaba tan hasta la coronilla de su personaje, que lo mata en un ajuste de cuentas final con el archivillano Profesor Moriarty, caen ambos en las cataratas de Reichenbach en Suiza. El resultado fue la rebelión de los lectores: Una carta tildaba a Conan Doyle de “grandísima bestia” por matar a Holmes, la propia madre del autor le desaprobó, pero Conan Doyle se mantuvo firme diez años, al término de los cuáles consideró que ya estaba bueno, que la voz del pueblo es la voz de Dios y que el dinero no tiene olor. Es extremadamente curioso que la crítica sea casi unánime en considerar estos relatos como los mejor escritos por Conan Doyle, aunque como somos un poco cínicos diremos que por 1000 libras en metálico era lo menos que podía hacer. De estos me gusta La “Gloria Scott”, nombre de un barco y absolutamente el primer caso de Sherlock Holmes, donde despliega por vez primera la portentosa habilidad analítica que le hace decir al juez Trevor todos los detectives de carne y hueso y los de novela serían unos niños en manos de usted. Ahí tiene, señor mío, la profesión de su vida … .  El relato El tratado naval merece también mención por el método que Holmes emplea cuando hay demasiados datos encontrados, cosa que suele pasar en todo tipo de investigaciones: Lo vital se hallaba oscurecido y oculto por lo subalterno. De todos los hechos que se nos presentaban teníamos que quedarnos con los que estimábamos esenciales, para luego unirlos en su orden … Interesante heurística para este tipo de casos, nada fuera de lo común incluso en la investigación científica.

IV
Más Relatos cortos:
 La reaparición de Sherlock Holmes, Su Último Saludo en el escenario, El archivo de Sherlock Holmes

El regreso de Sherlock Holmes es un conjunto de historias que Arthur Conan Doyle escribe casi a punta de pistola, y con la que consigue a duras penas bienquistarse con su público, al traer de nuevo a la vida al Detective. Casi le cuesta esto la vida a Watson, al que le da un patatús al verlo vivito y coleando. Pero es que había que traerlo sin forzar del todo la historia, ya bastantes líos tenía Conan Doyle. Menos mal Holmes había fallecido sin testigos. Los cuentos agrupados bajo este título son La aventura de la casa deshabitada, La aventura del constructor de Norwood, La aventura de los bailarines, La aventura del ciclista solitario, La aventura del Colegio Priory, La aventura del “Negro” Peter, La aventura de Charles Augustus Milverton, La aventura de los seis napoleonesLa aventura de los tres estudiantes, La aventura de los lentes de oro, La aventura del tres-cuartos desaparecido, La aventura de la Granja Abbey, La aventura de la segunda mancha. Los métodos de Holmes se explican más y tienen seguidores, aunque no tan perfectos en laejecución: conozco los métodos que usted emplea, señor y los apliqué allí dice el joven Inspector Hopkins en La aventura del “negro” Peter, y “No había huella de pies”. “Es decir que no descubrió usted ninguna.” “Le aseguro, señor, que no había ninguna.” “Mi estimado Hopkins, yo he tenido que hacer investigaciones sobre muchos crímenes, pero todavía no encontré uno que fuera cometido por hombres voladores”. Quizá la más bonita de estas historias sea La aventura de los bailarines, que recuerda un tanto a El escarabajo de Oro de Edgar Allan Poe.     

La compilación Su último Saludo en el Escenario, de 1917, abarca los relatos considerados últimos desde el punto de vista cronológico, que culminan con el retiro del detective al campo. Los relatos que forman parte de esta compilación son: La aventura del pabellón Wisteria, La aventura de la caja de cartón, La aventura del círculo rojo, La aventura de los planos del Bruce-Partington, La aventura del detective moribundo, La aventura de Lady Frances Carfax, La aventura del pie del diablo, Su último saludo en el escenario. Este último saludo se produce, literalmente a partir de las nueve de la noche del 2 de agosto del más terrible mes de agosto en la historia del mundo, el del estallido de la Primera Guerra Mundial. Narra como el sin par Detective consigue burlar a Von Bork, el más hábil de los germanos agentes secretos del Káiser, que sin embargo muestra precisamente burdas incompresiones del carácter británico que en opinión del patriota Conan Doyle, les harán perder la guerra. Pero Holmes, Watson y hasta la Señora Hudson han conseguido infiltrar como dobles agentes el aparato de espionaje alemán en la Gran Bretaña, con el resultado que es posible que su almirante se encuentre con que los nuevos cañones son de un calibre algo mayor de los que él supone y los cruceros un poco más rápidos. Y es, en realidad, la última y más importante aventura emprendida por Sherlock Holmes, en este caso en favor de su patria al borde de la Guerra. El Detective para ello ha abandonado por un tiempo su retiro, se ha hecho pasar por un americano de origen irlandés y ha infiltrado la organización alemana de Inteligencia. Ahora que ha cumplido con su deber volverá a su propiedad rural en la que vive dedicado a la Filosofía, la horticultura, la crianza de abejas y la elaboración de su grande y última obra Manual Práctico del Apicultor.  

El archivo de Sherlock Holmes es un conjunto tardío de historias (1927) que se ha ordenado de diversas maneras, incluso partido en dos: Sherlock Holmes sigue en pie y El Archivo de Sherlock Holmes, cada uno con seis relatos. Cuenta con las siguientes historias: La aventura de la piedra preciosa de Mazarino, El problema del puente de Thor, La aventura del hombre que reptaba, La aventura del vampiro de Sussex, La aventura de los tres Garrideb, La aventura del cliente ilustre, La aventura de los tres gabletes, La aventura del soldado de la piel decolorada, La aventura de la melena de león, La aventura del fabricante de colores retirado, La aventura de la inquilina del velo, La aventura de Shoscombe Old Place y en algunas ediciones La aventura de los Seis Napoleones y La caja de laca. No abundaremos más en la data, solamente mencionaremos que estas Historias pertenecen a los Archivos y por ende no tienen un orden particular. Pero no podemos dejar de mencionar lo bien que funcionan estos relatos a pesar de los años y de que se siguen contando una y otra vez con modernizaciones, aunque esencialmente siguien siendo los mismos, claro que narrados ahora al derecho, al revés, de costado, de arriba abajo y de abajo arriba, volteando a Conan Doyle, que los narró a la Victoriana, es decir de adelante para atrás y de nuevo adelante. Así se han hecho y se siguen haciendo infinidad de películas y series de televisión, inclusive sobre Shirley Holmes, la nieta de Sherlock, dirigida al público infantil y juvenil. En la actualidad se emite con Holmes de protagonista la serie Elementary, a la que me referí ya; y Sherlock, de la BBC.

V
Colofón

Quizá el problema mayor de estos relatos fue que se convirtieron en estereotipos cuando los novelistas y escritores se los apropiaron y los convirtieron en principios, axiomas, técnicas y métodos.  Sin embargo, esto es esperable y no caben los purismos. Como dice Jardiel Poncela: Todo se ha contado, pero todo está por ser recontado, una y otra vez. Y antes de decir punto, en este link hallarán ustedes el canon completo de la obra Sherlockiana, y provecho: http://www.sherlockholmesonline.es/libros

martes, 19 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 20: SHERLOCK HOLMES


CRÓNICAS DE LECTURAS – 20

Leer a Sherlock Holmes

I
Ficciones, y Cazador de Libros

Claro que sé que Sherlock Holmes es un personaje de ficción … pero cabe la pregunta tonta de si realmente lo es. Antes de que mis lectores se rían autosuficientemente, les ruego encarecidamente que aviven el seso y despierten: La ficción y la realidad tienen relaciones que en verdad no conocemos, el mundo como realmente “es” podría escaparse a nuestra limitada percepción, como sugiere Jostein Gaarder en El Mundo de Sofía, y por ende el Detective del sombrerito raro podría efectivamente andar por ahí, pues en verdad en ese terreno no hay demasiado de lo que podamos estar ciertos: Cerremos los ojos y tratemos de dilucidar con las solas fuerzas de nuestra razón si nuestro entorno sigue ahí o no, y reto al más pintado a resolver el problema sin abrir los ojos. Así he rayado a más de uno de mis estudiantes de Filosofía. Por otra parte, pasa con Sherlock Holmes lo que con los personajes de William Shakespeare, o con el Dios de Schiller, que puede que no exista, pero que si no existe, peor para él. Al final la vaina es que derivamos una cierta profunda satisfacción del hecho de saber o cuando menos de creer que hay cierta gente en el mundo con las características del Detective de marras. Y para el caso particular de Sherlock Holmes, parece que su existencia está además inspirada en un personaje real: el médico escocés Joseph Bell. Y parece también que Arthur Conan Doyle estaba muy urgido de un personaje y muy impulsado por la necesidad económica de enviar un cuento publicable a la revista Strand, para que se lo pagara, que no hay nada que te inspire más que la perspectiva de morir ahorcado al amanecer …. Y así decidió desdoblar al médico escocés en dos: El Detective Sherlock Holmes y el Doctor John Watson. Y le funcionó.

A mí siempre me gustó Sherlock. Hace como treintaitantos años los avatares de mi vida me llevaron a residir a la Imperial Ciudad del Cusco. Esta referencia viene a cuento por el hecho de que si en Lima la Lectura y la comprensión de lo que se lee son problemas que marcan 100, en provincias marcan de cajón 200. Eso es en sí una pésima noticia, pero tenía y aún tiene sus ventajas para nosotros los cazadores de libros baratos: Los títulos y ediciones agotadas en Lima se encuentran en provincias. Concedámonos el prejuicio por un momento: Como la gente en general no lee, y cuando lee, lee tonteras; las cosas importantes las encuentra uno en los sitios más insospechados, quitándole espacio a libreros piratas, ambulantes y supermercados para poner cosas que sí venden, por lo que a menudo están dispuestos a dártelo a precio de balde o eventualmente a regalarlo. Así, entre otras cosillas, encontré en un mercado de Iquitos una edición magnífica del Ulises de James Joyce - que por cierto perdí antes de leer -; textos de Bertrand Russell, Jean Piaget y el Estudio de la Historia de Arnold Toynbee en los saldos de una tienda por cerrar de Trujillo; la Historia de la Lógica Formal de I. M. Bochenski en una librería de Huancayo; y en el Cusco una edición rarísima de La Fe filosófica frente a la Revelación de Karl Jaspers, junto al objeto de mi Crónica de hoy, las Obras Completas de Sherlock Holmes por Arthur Conan Doyle, en tres tomos, incluyendo su cajita de cartón con el perfil en oscuro del Detective. Fue en un día que buscaba una peluquería, obviamente para cortarme el pelo (por si no está claro para alguno), que lo vi en un escaparate de una innominada librería en la plaza de Limacpampa, en la Imperial Ciudad del Cusco. He vuelto al Cusco varias veces para trabajar, y muchas menos de Turismo, pero el hecho de haber vivido en la Imperial Ciudad y haber rascado un poquillo debajo de su turística superficie – nada fácil para un fuereño – determina que me sepa mi par de cosas acerca del Cusco y los cusqueños, entre ellas dónde buscar algunas cosillas. Es más que probable que en el Cusco tenga su asiento la más importante aglomeración de lectores de temas históricos, antropológicos y arqueológicos del Perú, lo que se patentiza en la posibilidad de encontrar ciertos libros imposibles en la Capital de la República. Así me pasó no hace mucho con ciertas obras de Gary Urton: En el cruce de rumbos de la Tierra y el Cielo, y Signos del Khipu Inka, inencontrables en cualquier otra parte que no fueran ciertas estratégicas librerías de San Blas o de Zaguán del Cielo que yo me sé, y cuyos amables dependientes en general ayudan bastante porque conocen muy bien lo que uno busca y están perfectamente dispuestos a vendértelo.

II
Sherlock  Holmes, el Detective por antonomasia

Sherlock Holmes, era, a juzgar por la descripción de Arthur Conan Doyle, un personaje de ficción verosímil, aunque extremado en su exageración. Yo personalmente lo siento rodeado de cierta oscuridad, lo que quizá no fuera así en los tiempos en que fue escrito, cuando el razonamiento deductivo, la observación y el recto uso de la razón y la lógica eran una suerte de ejercicio fundamental que todo hombre del espacio cultural victoriano debía tratar de corporizar. No otra cosa hace, desde una perspectiva más científicamente exagerada, el otro gran personaje de Conan Doyle, el Profesor Challenger. Pero lo que Challenger hace en el remoto Mundo Perdido – precursor evidente y cierto del Jurassic Park de Michael Crichton y Steven Spielberg -, Sherlock Holmes lo hace en el mismo centro del Imperio Británico: el Londres Victoriano. Y dado que lo que Holmes le muestra de sí a Watson es solamente la superficie, cualquier lector que lea las cuatro novelas y 56 relatos en que aparece se preguntará qué hay tras la máscara que presenta, y empleará lo que siempre hemos empleado para tratar de adaptarnos a este mundo y conocer a la gente: Lo que la gente misma hace y dice. Y así los lectores escrutamos al gran Detective, tratando de sorprenderlo en renuncio, contradicción o en algo que nos lo dé a conocer mejor, y nada. Y es así como precisamente nacen las leyendas, en el medio mismo de la ambigüedad. Creo que por eso su propio padre – Arthur Conan Doyle - lo odiaba tanto, hasta el extremo de matarlo. Pero el Detective le sobrevive sin complejos, y se queda para siempre en el imaginario colectivo como el Detective por antonomasia. Fumador empedernido de pipa y puros, probablemente conocía y aprovechaba los rasgos ligeramente alucinatorios de las altas concentraciones de humo de tabaco, que intoxicaban el salón de Baker Street que compartía con Watson. Pero según parece esto no le bastaba, debiendo inyectarse en circunstancias más o menos apremiantes – no disponer de ningún caso a la vista - una solución de cocaína al diez por ciento, necesarios para excitar su naturaleza de sabueso tras la solución de un caso.

Hombre de enorme capacidad de concentración, sostenía la extraña teoría de que la mente es una suerte de desván con límites de almacenamiento, y ello, que nos suena curioso por poco que sepamos de neurociencias, sin embargo le permite concentrar su atención, al negarse a aprehender aquello que no siente como de inmediata utilidad, con lo que sin saberlo concreta la negación del “estudiante” y la afirmación del verdadero aprendiz según Ortega y Gasset. Domina Sherlock el alemán y el francés, colecciona libros viejos y adora la Química, la Ópera, tocar el violín y leer crónicas de criminales. Posee además gran fuerza física y capacidad atlética, además de dominar el arte del disfraz, el boxeo inglés, la lucha japonesa y la esgrima de florete y sable. Es excelente tirador con pistola cuando lo ve necesario, pero prefiere que Watson emplee la suya, lo que le permite tener las manos libres. Se muestra digno y altivo con los poderosos y aristócratas, a los que hace objeto de su ironía cuando son dignos de desprecio, en cambio simpatiza con los humildes y sirve a los afligidos, lo que le otorga cierto aire de Quijote o Parsifal práctico y muy bien equipado, apenas excéntrico, que cabalga con su escudero desfaciendo entuertos y aplicándole la Justicia a toda suerte de follones y sinvergüenzas. Cuenta con aliados en la Policía Oficial y en el bajo pueblo, que le conoce y le quiere, en especial los jóvenes cockneys londinenses, a los que organiza en una Pandilla: Los Irregulares de Baker Street. Reconoce un digno antecesor en el Chevalier Auguste Dupin de Edgar Allan Poe (Los extraordinarios casos de Monsieur Dupin), al que se le reconoce como fundador del género policial, aunque debemos decir que Poe no consigue desprenderse de sí mismo en su poderosa narrativa en primera persona, y es mucho más escritor que Arthur Conan Doyle, el que pasa desapercibido, tan completamente superado está por su personaje. Y sin embargo, es Conan Doyle quien completa totalmente el tipo del Detective, fijando todas las características que Poe deja únicamente supuestas, llevado más por las circunstancias de la historia de la Calle Morgue o de Mademoiselle Roget, que por sus personajes. Reconozco que en esto soy injusto y prefiero los personajes a las historias. Así soy, que le voy a hacer.

III
El género detectivesco

El género detectivesco posterior a Poe y Conan Doyle nunca ha conseguido entusiasmarme tanto como el mismo Sherlock Holmes, posiblemente por mi fijación con los personajes. George Simenon, Dashiel Hammett, Raymond Chandler, Edgar Wallace son magníficos escritores que saben contar historias de crímenes y construir situaciones interesantes, pero sus detectives – incluso el grande Sam Spade de El Halcón Maltés; como Philip Marlowe o Jules Maigret - no tienen la lógica de Sherlock, y cambian el escenario cada vez que pueden y meten acontecimientos como cancha, como tratando, cada cual de modo diferente y original eso sí, de meter al azar como sea, de modo que su mundo no sea el París estilo Imperio o el Londres Victoriano ni sus detectives se parezcan ni de casualidad a Dupin o Holmes. De los cuatro me quedo más con Dashiell Hammet aunque es muy probable que ello tenga por culpables el Nueva York de los años ´30 y el Sam Spade - Humphrey Bogart de la película El Halcón Maltés, que vi mucho antes de leer el libro, y que vuelvo a ver cada cierto tiempo. Que hay libertad de cultos y creencias, insisto. Pero eso de NO tratar de parecerse me suena al extraño homenaje análogo a lo que hacen algunos antiguos pueblos al no nombrar jamás el nombre de su fallecido héroe o gobernante. La Novela Negra y su secuela el Cine Negro son interesantes pero no llegan a detectivescos, acaso a policiales. Fuera de sus Nueva York, Los Ángeles o Chicago – ciudades protagonistas en el mejor sentido del término, su principal aporte es el de las figuras femeninas, en especial las entrañables e inmortales Secretarias de los Private Eyes (Detectives Privados), de las que la autosuficiente Effie de Sam Spade es el paradigma. Aparte de los dichos autores, Agatha Christie continúa una gloriosa tradición británica y su obra es muy copiosa, pero me parece en exceso desigual y ciertamente hace del género por momentos algo muy naïve: Hay libros de ella que merecen estar en cualquier estante, mismos premios Pulitzer, y otros francamente olvidables, francamente infantiles, francamente impresentables. Ese es el problema de escribir por encargo y para ganarse la vida, porque de lo contrario no se cobra, y por ello tiene uno que repetirse a sí mismo hasta la náusea, y pensándolo mejor no podemos culpar a Agatha por tener éxito y ganarse la vida con su pluma en una época donde no se suponía que las mujeres pensasen. Todo trabajo es digno en sí mismo.

Quieras que no, Sherlock Holmes y sus circunstancias o su carencia de ellas son referentes para todos los demás Detectives epígonos. Ya hemos mencionado a las imprescindibles Secretarias, siempre guapas y sexis, y no deja de ser curioso que la más bien maternal Señora Hudson, ama de llaves de Holmes y Watson, haya participado sólo ocasionalmente en la ficción detectivesca. Los diversos detectives de ficción que aparecerán después se definen tomando a Holmes como paradigma por presencia o ausencia. De hecho el rasgo más importante y omnipresente del Detective es la capacidad para el razonamiento deductivo, que le permite resolver sus casos, conforma la trama de las diversas obras, y adorna a absolutamente todos los epígonos: Además de los ya mencionados Sam Spade, Jules Maigret y Philip Marlowe, encontramos entre muchos otros a Hercule Poirot y Miss Jane Marple, de Agatha Christie; a Eric Sherrinford (este fue el primer nombre que pensó Conan Doyle para el Detective) de Poul Anderson en La Reina del Aire y la Oscuridad; al Elijah Baley de Isaac Asimov, y su Watson robótico R. Daneel Olivaw, que aparecen en muchas de sus obras; a  Ellery Queen, creado al alimón por dos primos, que introduce la figura del Detective adolescente; a Simón Templar “El Santo”, de Leslie Charteris, ladrón de joyas reformado; al ciudadano romano y republicano detective Marco Didio Falco, de Lindsey Davis, que nos demuestra que las convenciones del género pueden llevarse incluso a la Roma Imperial; y así en un largo etcétera, etcétera, etcétera. Incluso personajes de cómic como Fantômas “la amenaza elegante”, el Avispón Verde, y  Batman poseen algunas de las habilidades deductivas del Detective, incluyendo a sus ayudantes las chicas del zodiaco, Kato y Robin. Y no podemos olvidar a los sacerdotes católicos, que suman la moral a su brillantez, y destacan aquí la pareja Guillermo de Baskerville / Adso de Melk, de Umberto Eco; y el Padre Brown de G.K. Chesterton, y su Otro-Yo, el ladrón reformado Flambeau (reformado por el Padre Brown con uno de los mejores discursos que se ha escrito al respecto: No será usted capaz de hacer otra cosa mejor. Y ahora, de paso, conviene que me devuelva usted esos diamantes (…)  y quiero que abandone usted esta vida. (…) tiene usted bastante juventud, buen humor y posibilidades de vida honrada. (…) Los hombres han podido establecer una especie de nivel para el bien. Pero ¿quién ha podido establecer un nivel para el mal? (…) Maurice Blum comenzó siendo un anarquista de principios, un padre de los pobres, y acabó siendo un sucio espía, un soplón de todos (…) Ya sé, Flambeau, que ante usted se abre muy libre el campo; ya sé que se puede meter en él como un mono. Pero un día se encontrará con que es usted un viejo mono gris … (…) Ya usted ha comenzado también a decaer. Usted acostumbraba a jactarse de que nunca cometía una ruindad …)

IV
Los imitadores

Se han hecho centenares, si no miles de versiones en cómic, teatro, cine, novelas, relatos, dibujos animados, series de televisión y pastiches de las obras de Conan Doyle referidas a Sherlock Holmes. El personaje en sí es tan sugerente y poderoso que muchos autores menores, y alguno que otro mayor, lo han tratado de recuperar. El problema es que la mayoría son autores francamente mediocrones, que lo traen y llevan de modo que se le note más su carácter de freak ultralógico, hasta la caricatura. O peor, se lo quitan y lo transforman en cualquier cosa. Por cierto y para los que no sepan, el pastiche consiste en la edición de obras que emplean al mismo personaje – en este caso el Detective de Baker Street - a circunstancias diferentes, descritas y narradas por autores diferentes, amparados en el vencimiento de los derechos de autor, y por lo tanto convirtiendo al personaje así pirateado en cualquier cosa. La mayoría de estos pastiches son francamente infames e indignos de recordación, pues que recargan los rasgos ultralógicos de Holmes. Sin embargo uno de estos por lo menos se escapa a la norma y merece ser mencionado, es que no trata a Sherlock Holmes desde la manoseada perspectiva del detective lógico, sino desde su carácter de cocainómano habilísimo en disimular su adicción y capaz de emplear su portentosa mente en encontrar el modo de seguir inyectándose su solución de cocaína al diez por ciento, a pesar de la extrema vigilancia de Watson y de su hermano Mycroft Holmes, por lo menos tan hábil como él. Humano, al fin, como todos nosotros. Hablo de Elemental, Doctor Freud, de Nicholas Meyer, talentoso guionista y director de cine, que presenta un Doctor Watson muy diferente del que conocemos, aunque igualmente leal al Detective, y conchabado con Mycroft para llevarse al irremediable y brillante cocainómano hasta Viena, a la consulta del mejor psiquiatra especialista en casos de envenenamiento y saturación de cocaína, nada más y nada menos que el mismísimo Sigmund Freud. Y no cuento más, léanla si la encuentran, entre otras cosas porque valen la pena las sabrosísimas conversaciones del astuto detective con la jovencísima Anna Freud. Por otra parte la novela sigue las convenciones de los guiones cinematográficos, dejando entrever la intención de Meyer de convertirlo en película, como de hecho hizo.

Las versiones cinematográficas han sido copiosas, y la marca Sherlock Holmes sigue vendiendo como pan caliente, en especial ahora que es de libre disponibilidad. Hay diversas versiones en cine francamente excelentes, incluso algunas, digamos así, indirectas, como las centradas en el Doctor Joseph Bell, inspiración en la vida real de Sherlock Holmes – y de Watson, de paso. No he visto todo lo que me gustaría ver de la filmografía Holmesiana. Dícese que el mejor Holmes pertenece al actor británico Basil Rathborne, pero no lo puedo asegurar pues no he visto sus películas. Pero a veces la desgracia me acompaña: Vi la barbaridad perpetrada por Robert Downey jr., como un Sherlock Holmes más James Bond o Batman sin máscara, con un Jude Law / Doctor Watson más parecido al Joven Maravilla. La segunda película de esta parejita no me he molestado en verla, y eso que trato siempre de no perderme nada del Detective. Del mismo modo, estoy siguiendo en el Cable la serie Elementary, donde la muy guapa Lucy Liu hace de una Doctora Watson de cierta profundidad psicológica, con Aidan Quinn haciendo de un Inspector Gregson mucho menos estereotipado que el de Conan Doyle. La belleza de la Liu y el talento de Quinn se roban la teleserie, pues el actor que eligieron para Holmes (Johnny Lee Miller) empezó intentándolo con coraje, pero sin lograrlo de primera intención, pues todos tenemos una imagen de Holmes que así nomás no puede violarse sin pagarlo en efectivo. Y eso que los guionistas han estado tratando, a mi modo de ver con gran acierto, de seguir la estructura de los cuentos cortos de Conan Doyle. El problema es que se le ven demasiado los hilos a la marioneta y el espectador que conoce debe “suspender el juicio”, por así decir, para “no verlos”. Y sin embargo, mientras más tratan actor y guionistas de “no parecerse”, más “se parecen”, y graciosamente para mí eso está salvando la serie, pues el “narrador” Watson está construido de modo realmente admirable por una inspirada y sobria Lucy Liu, y Miller se afiata cada vez más.

V
Colofón

Si bien Sherlock Holmes resulta ser una suerte de hito y paradigma de diversos géneros, no es un superhéroe, pues sus capacidades pueden ser perfectamente alcanzadas por las personas que se aboquen a ello. El razonamiento deductivo no está expropiado, y la mente humana no conoce aún cuál puede ser su límite. Es posible para cualquiera identificarse con él, es posible para cualquier joven proyectarse en él. Ante la ausencia de modelos morales en la realidad, podemos aún recurrir a la ficción para encontrarles. Y Sherlock cumple, en lo cognitivo como en lo moral, así que léelo como quieras y donde quieras, que Sherlock no nos permitirá arrepentirnos. Y punto.

La segunda parte de la Crónica sobre Sherlock Holmes se encuentra en el siguiente enlace: http://memoriasdeorfeo.blogspot.com/2013/09/cronicas-de-lecturas-55-sherlock-holmes.html

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lunes, 19 de marzo de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 7: CIENCIA Y TECNOLOGÍA

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CRÓNICAS DE LECTURAS – Siete
Leer Ciencia y Tecnología - Uno

I
Literacidad científico-tecnológica, y el Amanecer del cómo se mete uno en la Ciencia

Uno de los grandes problemas en nuestro país es el del analfabetismo científico y tecnológico. En parte es porque no leemos nada de nada y de Ciencia menos, en parte porque tenemos poco acceso a libros sobre el tema, en parte también porque cuando de Ciencia se trata los Medios de Comunicación nos sirven un menú “científico” basado en una parodia de ciencia, si no en la seudociencia y la superstición. En pocos aspectos como en éste se percibe mejor la influencia destructora que poseen los medios. Pero no insistiremos en ello, lo hacemos ya y lo seguiremos haciendo. Digamos que entre los registros lingüísticos que debiera dominar todo alumno y ciudadano está el científico tecnológico. Esto significa, por una parte la capacidad para decodificar los lenguajes científicos –tecnológicos (si no lo puedes hacer eres un analfabeto científico); y por otra la llamada literacidad científico-tecnológica, que PISA describe cómo la  capacidad para usar del conocimiento científico para identificar problemas y poder sacar conclusiones basadas en la evidencia, que ayuden a entender y tomar decisiones respecto al mundo natural y los cambios que produce en él la actividad humana. Notemos en esta definición esas habilidades cognitivas: identificar problemas, obtener conclusiones basadas en evidencia, comprender, tomar decisiones; y nos percataremos lo muy huérfanos que andamos los peruanos en estos aspectos. Y si antes el conocer y operar con el lenguaje científico ya era importante, hoy en día ya es imprescindible. Pensemos nomás en ese extraño idioma paralelo que se ha enseñoreado en tantos segmentos poblacionales: el computés, cuyo dominio está reservado a algunos iniciados en los arcanos de las ciencias de la Informática y la Computación. Pensemos en los siguientes términos procedentes de estas disciplinas y pensemos si sabemos qué significan (nivel de decodificación) y más aún si los podemos utilizar (nivel de comprensión): bit, byte u octeto, Ley de Zipf, procesador, meme, código Ascii (pronunciado asqui), matriz, interfase, conector de salida, fractal, bus, hashback, memoria RAM, microprocesador, plotter, fibra óptica, ancho de banda, Kbps, input, output, coma flotante, lenguaje hexadecimal, sistema operativo, etcétera, etcétera, etcétera. Y pasa con las computadoras lo mismo que pasa con los automóviles o las refrigeradoras; que las utilizamos sin pensar y sin entender los principios fundamentales de cómo operan. Si por nosotros es, podría ser por magia. Pero no es así para los que las pensaron, planificaron y construyeron. Y esos no fuimos nosotros, fueron ellos, y esos ellos hoy en día nos cobran esa chamba que se dieron, y la pagamos fuerte, créanme.   

¿De dónde rayos me salió a mí el gusto por la Ciencia y la Tecnología? Pues, como en todo, de las experiencias vividas. Distingo dos momentos estelares: El amanecer y el mediodía (no quiero ni pensar en el ocaso). De chibolín le eché el ojo a los libros técnicos de mi padre, recuerdo de sus épocas universitarias en la Facultad de Química Farmacéutica en San Marcos. Yo tenía menos de diez años y nadie suponía que viera esos libros, ni tampoco captaba una jota de ellos. Muchas letras, pequeñitas. Figuras aburridas, en blanco y negro. Las enciclopedias de casa me habían familiarizado ya con contenidos científicos bien mezclados con otros, y como yo ni diferenciaba ni discriminaba, me limitaba a absorberlo. Eso funciona por un tiempo, pero a la larga hay temas más fuertes que otros, según a qué seas expuesto, y empieza uno a centrarse sobre ciertas cosas con preferencia a otras. Por suerte entre los libros en casa había parte de la colección Ciencia Creativa, traducción de la auspiciada por el American Museum de Nueva York, de Historia Natural. Los títulos eran Planetas, Estrellas y Espacio, de Joseph Chamberlain y Thomas Nicholson; e Historia de la Tierra, de Gerald Ames y Rose Wyler. Los he releído más veces de lo que podría contar, y aunque eran para principiantes no los entendí plenamente al principio. Pero no importaba. Tenían fotos y dibujos de enorme interés, y textos bien redactados y sencillos. Me familiaricé y apasioné para siempre con la Astronomía, la observación del firmamento, la Historia Geológica, la Historia de la Vida, la exploración espacial y la Geografía. La satisfacción vital que siento al respecto es tan profunda y marcada que me resulta imposible narrarla con objetividad. Había entrado sin saberlo a la Ciencia, sin saber leer ni escribir, sin anestesia, sin aviso; y ya no me iría jamás. Es que cuando eres niño el refuerzo positivo es decisivo: Mirar el firmamento y reconocer las constelaciones del libro; caminar por un valle, la playa o la selva, y reconocer las rocas, los animales y los fósiles del libro, todo eso no tiene precio. Si me preguntas de dónde surge la pasión por el conocimiento, yo lo respondo con mi experiencia: De aplicar a la realidad lo que aprendiste por medios intelectuales. De experimentar con tu propio cuerpo y tus propios sentidos aquello que leíste, te dijeron o averiguaste. De corroborar las cosas por ti mismo, con tus ojos y con tu cerebro. Se liberan así más endorfinas en el cerebro que fumándose una de la buena. En esto, lo repito, los refuerzos positivos cuentan muchísimo. En casa se adquirió un telescopio, al que le debo horas de observación, y eso que el cielo de Lima es un asco para ver las estrellas, pero los planetas sí que se dejan ver. Una vez me llevaron al Planetario del Morro Solar, una sola, pero quedó indeleble en mi memoria hasta hoy. En un paseo escolar al valle del río Santa Eulalia descubrí un caracol medio fosilizado, y lo entregué al pequeño museo del colegio. Y jamás me sentí tan orgulloso en toda mi vida.

II
El Mediodía de la pasión por la Ciencia, y la Hepatitis C

El mediodía de mi pasión por la Ciencia coincidió con una fulminante, agresiva y discapacitante enfermedad que me mandó varios meses a la cama: La Hepatitis C. Parece ser mi destino que me pasen las cosas “por adelantado”, a veces me he sentido el conejillo de indias de toda mi generación. Tenía 31 años de edad cuando me dio la dichosa enfermedad, y esa maldita ni siquiera existía clínicamente. Le llamaban Hepatitis “ni A ni B”, y francamente era de pararse los pelos, y hasta un poco ridículo, enfermarse de algo que nadie sabía qué cuernos era. Y encima, en provincia. Aún recuerdo lo que me dijo mi amigo el Doctor Sabino Gonzales, Médico Decano del Hospital de Huarmey: Flaco, te jodiste, tienes hepatitis aguda. Así, sin anestesia. Entregué el Hotel a la Cajera, medio moribundo me despedí de los amigos, y me vine a Lima, más amarillo que un chino. Terminé en cama en casa de mi madre, y las cuatro paredes blanco humo del cuarto de visitas fueron mi paisaje por varios meses. Pero aquí no digo verdad, porque mi verdadero paisaje fueron los libros de la colección Biblioteca Científica Salvat, que por entonces aparecía semanalmente. Metido en cama sin poder apenas moverme, con permiso por enfermedad, harto de la programación de la televisión nacional – no había cable en aquellas antediluvianas épocas – me leí todos y cada uno de esos libros, amén de muchos más sobre otros temas. La Hepatitis C es una enfermedad curiosa, que hasta la fecha no tiene cura, apenas un tratamiento con interferón y ribavirina para sostener calidad de vida, tratamiento desconocido por entonces, y que tampoco me hubiera servido de gran cosa. El bendito virus está emparentado con el del VIH, ataca al hígado con devorador entusiasmo y sin que nada sino tu sistema inmunológico se interponga entre él y tú, pues ni había medicinas para curarla ni doctores capaces de algo más que de dilucidar con qué letra mayúscula iban a apellidarla. Hay tres rutas posibles cuando el virusillo te agarra: Uno, se te vuelve crónica – cosa que a mí ya no me pasaría, pues me dio la aguda. Dos, evoluciona hacia la cirrosis, el cáncer al hígado, y eventualmente te mueres. O tres, te curas “espontáneamente”. Todo se resume a una carrera entre el maldito bicho y tu sistema inmunológico, a ver si el uno consigue fabricar los anticuerpos antes que el otro te haga paté el hígado. Si tu organismo no resiste ese Le Mans, fuiste. Los médicos aquí eran tan útiles como las plantas ornamentales, y lo único que pueden hacer es firmar el certificado de defunción y darle palmaditas en la espalda a la viuda inconsolable. Antes que mi organismo decidiera ganar esta mortal carrera, perdí 30 kilos de peso y al final me dejó con un poco de piel ajada para envolver mis huesos. Créanme que entonces ganarle a la Hepatitis “ni A ni B” no era moco de pavo, entraba en juego mucho de eso que llaman voluntad de curación, que de seguro afecta el desempeño del sistema inmunológico. Al tercer mes pasé por una profunda depresión, producida por estar convencido de que si alguna vez salía de esa habitación, lo haría con los pies por delante. Y una de las cosas que me ayudó a superarla fue tener a disposición las decenas de libros de la colección Salvat, que me dieron algo más en qué pensar que en el posible diseño de mi ataúd, y además me distraían del espectacular rasca-rasca que la ictericia produce. Puestos al alcance de una persona con cultura general y con forzado tiempo de sobra para leer, me los devoré. El hecho lirondo es que si estoy aquí escribiendo estas líneas es porque estoy vivo - por lo menos eso creo - para mi propia confusión y la de mis enemigos.

Poseo hasta hoy los cien volúmenes de la Biblioteca Científica SALVAT, todos de autores reconocidos, todos magníficamente bien escritos, y algunos verdaderos clásicos de la Divulgación Científica e incluso de la Ciencia. Un clásico científico no significa que sea lo último en Ciencia, más aún en esta época de investigación constante y creciente, pero sí es de gran importancia como punto de partida si quieres saber algo del tema. Me permito reseñar algunos de ellos. Gorilas en la Niebla – 13 años viviendo entre los gorilas, de Dian Fossey (Volumen 2), probablemente es el único libro de carácter científico en el mundo que se ha llevado a la pantalla grande, protagonizada por Sigourney Weaver. La película comparte con el libro apenas el título y algo de la peripecia de Dian Fossey. Probablemente jamás se hubiera filmado si no fuera por la muerte violenta de Dian, asesinada por los cazadores furtivos que ella tanto detestaba y que militantemente trató de detener. Es fácil de leer, y muy interesante. Cuenta con algunas fotografías que claramente inspiraron algunas de las escenas más conmovedoras de la película, como cuando Dian consigue tras ímprobos esfuerzos tomar de la mano a un Gorila. Otro clásico es La evolución de la Física, de Albert Einstein y Leopold Infeld (Volumen 24). El nombre Einstein está asociado a explicaciones abstrusas y asusta un poco, pero el libro fue pensado como explicación sencilla de la Física. Posee la virtud de explicar la Teoría de la Relatividad situándola en el contexto del que proviene: La Física newtoniana clásica, así que es bastante más accesible de lo que parece. Doce pequeños huéspedes – Vida y costumbres de unas criaturas insoportables, de Karl von Frisch, Premio Nobel, es un encantador librito que narra la vida, costumbres, adaptaciones y modos más adecuados de exterminar a esa docena de bichos tan simpaticones que son la mosca, el mosquito, la pulga, la chinche, el piojo, la cucaracha, la hormiga, el lepisma, la araña, la garrapata, la polilla y el pulgón. Una plausible teoría sobre la evolución del comportamiento de los animales y el hombre es explicada en El Gen Egoísta – Las bases biológicas de nuestra conducta, de Richard Dawkins (Volumen 9), que en su momento levantó harto polvo, y que en la actualidad lo sigue levantando. Conceptos como la inmortalidad de los genes que sobreviven a la selección natural, y el hecho que nosotros, con todas nuestras ínfulas antrópicas no seamos más importantes para los genes que las vacas para las tenias, son escandalosos y dañan nuestra autoestima. No resisto la tentación de citarlo: “… el título de este libro (debió ser) El levemente egoísta gran trozo de cromosoma y el aún más egoísta pequeño trozo de cromosoma. (…) éste no es un título muy fascinante ni fácil de recordar, de tal manera que opté por definir el gen como un pequeño trozo de cromosoma que, potencialmente, permanece por muchas generaciones, y titulé el libro El gen egoísta.”(Pg.´46-47). En la senda de Gorilas en la Niebla, Jane Goodall escribe En la senda del Hombre – Vida y costumbres de los chimpancés (Volumen 23). Como sabemos, los grandes antropoides en acelerada extinción son nuestros parientes genéticos más cercanos, y parece que tenemos más en común con el agresivo y antipático chimpancé que con el pacífico y agradable Gorila, y lo sabemos gracias a las investigaciones de Goodall, la que por cierto, comparte con Dawkins y otros la calidad de gurú científico.

III
Más sobre la Biblioteca Científica

Continúo con otros clásicos científicos o de divulgación científica. Pocos libros he disfrutado tanto como La Lógica de lo Viviente del nobel François Jacob (Volumen 47), y eso que no es de lectura fácil, pues es lo que solemos llamar denso, es decir, cargado de ideas y conceptos. Sin embargo, como ocurre con aquello que nos da más trabajo, pero que conseguimos superar, llegar a entenderlo es una gran satisfacción. Lo interesante es que explica genialmente algo que por lo general no se explica: Cómo pensaban la Biología las diferentes épocas, cómo la poderosa dinámica histórica de los relatos y metarrelatos de una época determinan el curso de la investigación científica. Jacob es un materialista duro, rechaza los azares y las visiones ideales, y se inclina por las grandes tendencias. En Historia estamos tan acostumbrados a que nos hablen de mitología o conquistas políticas y militares, que se nos olvidan las ideas preponderantes y las determinaciones económicas y sociales de una época. Creemos en suma que los griegos clásicos o los renacentistas eran tipos que pensaban como nosotros. Este libro me abrió una perspectiva de la Historia de la Ciencia completamente diferente a la común y silvestre. No podemos pasar por alto el clásico La Doble Hélice, de James Watson (Volumen 85), best-seller internacional publicado originalmente en 1968, que narra en primera persona el proceso de la comprensión de la naturaleza del ácido desoxirribonucleico (DNA, o ADN). La idea preponderante del altruismo científico es hecha trizas en este libro, donde descubrimos que los tales son gentes tan iguales como el resto de la indiada, con sus petulancias, mezquindades, tonterías y luchas por la precedencia, tan iguales como las que puede haber entre los empleados de una peluquería o los socios de un club de golf, y así se entera uno sobre qué es tener éxito en Ciencia. En el estudio del comportamiento animal y humano la colección cuenta con tres grandes clásicos más: Naturalistas curiosos, de Niko Tinbergen (Volumen 19); y Guerra y Paz, y Amor y Odio, de Irenäus Eibl-Eifesteldt (Volúmenes 69 y 63).  El primero es una narrativa de cómo Tinbergen, Konrad Lorenz y otros alcanzaron una mayor comprensión del comportamiento de los animales en su ambiente natural. Los otros dos echan harta leña al fuego de la discusión entre genética y medio ambiente, continuando el proceso iniciado por Darwin, Wallace y otros de destronamiento evolutivo del ser humano. Vaya hombre, somos básicamente iguales a los animales, lo que en realidad no es tan difícil de captar, pero la verdad es que nos creemos lo máximo y no tenemos grandes motivos para ello. 

Que los científicos escriban sobre Ciencia mirando al común de las gentes es conveniente para ellos y conveniente para la indiada. Hacen su parte en la labor de alfabetizar en ciencia, y menos mal no están solos. En la Biblioteca Científica está la Academia Norteamericana de Ciencias, con su Física Nuclear, un Estado del Arte al año 1985 de cómo andaban los conocimientos sobre el tema (Volumen 96); así como la Organización Mundial de la Salud (OMS), que con la FAO edita Los Alimentos y la Salud (Volumen 79). A este volumen le debo haberme sacudido los pajaritos de la cabeza respecto a los temas de Nutrición y Alimentación. La razón es sencilla, es obvio que las toneladas de información contradictoria e inútil que la web y los medios de comunicación presentan sobre nutrición y alimentación son más reflejo de los intereses de los oligopolios y transnacionales de la medicina y la nutrición, que de una visión equilibrada sobre el tema centrada en el Bienestar de las personas. OMS/FAO se constituye como una voz autorizada alejada de los grandes intereses, o por lo menos no tan a sueldo de los interesados en vender sus productos. Aparte de científicos e instituciones, entre los autores hay periodistas y otros especialistas expertos en divulgación científica. Considerando lo increíblemente ignorantes que somos en nuestro medio sobre estos temas, es magnífico encontrar periodistas que emplean sus habilidades en despojar a la Ciencia de su hermetismo. Entre ellos consideremos a Martin Gardner, autor de Izquierda y Derecha en el Cosmos (Volumen 14), El Escarabajo Sagrado (Volúmenes 41 y 42), La explosión de la relatividad (Volumen 45) y Miscelánea Matemática (Volumen 49); a John Gribbin, autor de En busca del gato de Schrödinger (Volumen 20), Génesis (Volumen 48), La Tierra en Movimiento (Volumen 50) y El Clima Futuro (Volumen 58); a Paul Davies, autor de Superfuerza (Volumen 4), La Frontera del Infinito (Volumen 12), Otros Mundos (Volumen 28), El Universo accidental (Volumen 56) y En busca de las ondas de gravitación (Volumen 84); a James Trefill, autor de De los átomos a los Quarks (Volumen 8), El momento de la creación (Volumen 31), y El panorama inesperado (Volumen 39). Es difícil dar cuenta de tanto buen autor y título, hay en esta Colección pocos libros de relleno, y hasta esos son interesantes. Así que algo bueno surgió de la Hepatitis C, después de todo: La reflexión sobre cómo era posible que hubiera vivido hasta entonces sin entender por lo menos en algo el mundo que me rodea. Me enteré así del enorme tamaño de mi ignorancia. Ví que leer libros de divulgación científica no es estudiar una disciplina científica. Adquirí así un nuevo respeto por la Ciencia y la Tecnología, en especial gracias a los Filósofos y Pensadores incluidos también en la colección, tales como Gerald Feinberg, el genial Arthur Koestler o el Psicólogo B. F. Skinner, que me abrieron nuevas rutas de pensamiento. Le tomé gusto a las ciencias duras, lo que a veces me hace caerles pesado a mis amigos y otras gentes. Ese fue el resultado de algunos meses en cama en compañía de esa magnífica y hoy desfasada colección, pues el tiempo pasa y la ciencia avanza con enorme rapidez en estos días. Mi curiosidad por la ciencia obtuvo nuevo impulso, y he de decir que es parte importante de mi felicidad personal el entender algo del Universo en el que me ha tocado pasar mi vida.

IV
Más, más y más sobre Ciencia y Tecnología

En Ciencia y Tecnología, como en todo, no puede uno detenerse. Si no te pones al día, te quedas y te anquilosas, más aún en una actividad con tanto de innovación e investigación. El primer riesgo que el apasionado de la Ciencia corre es la increíble amplitud de la data involucrada. Otro igualmente desagradable es que se te pierda el método, te creas el cuento de la auctoritas, y empieces a tratar la Ciencia y la Tecnología como si fueran Religión o Filosofía; o peor aún, Astrología o Metafísica ingenua. La pequeña sabiduría siempre, siempre, siempre, siempre es peligrosa. Y otro riesgo más es el aislamiento, el individualismo, el regodearse solito en el asunto que solo te lleva a una estúpida pedantería intelectual, a creértela, más aún en nuestro medio ambiente donde ser tuerto en tierra de ciegos suele rendir réditos. Contra estos riesgos encuentro que lo más aconsejable es colarse a lo bruto en el mainstream (“corriente principal”), en los trends (“tendencias”) de actualidad. Y eso, en primer lugar, implica que tarde o temprano deberás decidirte a concentrar tu atención y tu tiempo, porque no puedes hacerlo todo, y ni lo intentes, es muy frustrante. Céntrate en dos, máximo tres temas de los más cercanos a tu interés, tu actividad, tu necesidad y/o tu pasión. Y mientras más puedas empatar esas cuatro cosas, mejor todavía. Date todo el tiempo que necesites para administrarte. En segundo lugar, maximiza tu tiempo, por más poco de él que dispongas. Yo, como docente, encontré tema de especialización en las funciones cognitivas de la Lectura y en la Biología del Aprendizaje, temas en los que sigo investigando por mi cuenta, montado en mi labor docente, en mi curiosidad, en mi pasión por conocer y en el fabuloso y extraordinario instrumento que es la Internet, que te permite si no estar al día, cuando menos saber qué se está haciendo en esas áreas que te fascinan. Suscríbete a revistas científicas de especialidad, es plata bien gastada, y si no tienes plata, pues hay informativos gratis. Como condición heurística obligatoria, tendrás que alcanzar competencia en la lectura en Idioma Inglés. Si esperas a que te traduzcan lo importante vas frito, compañero. Por cierto, gracias a esto mejoré tanto mis competencias que, sin haber seguido sino circunstancialmente cursos de inglés, alcancé inmersión y competencias suficientes para ganarme la vida, entre otras cosas, traduciendo del inglés al español textos de Ciencia y Tecnología.

Por supuesto, me sigue gustando la Astronomía, pasión de décadas, y hoy en día la tengo empatada con mi gusto por la Historia. La Arqueoastronomía es una disciplina en la que me estoy metiendo a la mala, montado en el simple hecho que a diferencia de muchos arqueólogos, indudablemente competentes en su área, entiendo cómo funcionan los objetos del firmamento, aunque siempre se puede aprender más. Me estoy leyendo el librote de Tom Zuidema, El calendario Inca, y aunque el hombre para redactar es la muerte, con mucho esfuerzo lo voy entendiendo un poco más cada vez. Si bien los artículos sobre Ciencia son interesantes y te ponen al día, no basta con ellos, hay que tratar de seguir leyendo libros de Ciencia, so pena que se te difumine tu habilidad adquirida. Así pasa con la Lectura, la función hace al órgano. Me pasó que tuve la suerte y la desgracia combinadas de acceder de chico a un texto universitario de Astronomía, Introducción a la Astronomía, de Cecilia Payne-Gaposchkin. Por desgracia, este libro me fue impuesto para participar de mocoso en uno de esos detestables concursos que premiaban con dinero la memoria eidética - disfrazada de  “erudición” - de jovencitos que por su leer sabían algo más que el resto sobre Genghis Khan, Astronomía o la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, este libro me dejó sembrado el convencimiento de lo mucho que hay por aprender, y con los años se convirtió en una fuente de consulta importante. Además, cada capítulo estaba presidido por citas literarias procedentes de Esquilo, Safo, Shakespeare, Milton, Dante, Tennyson, Browning, Spenser y otros afamados narradores y poetas. Si no lo han notado, he copiado esta característica en los artículos de mi blog. Entre otros libros sobre Ciencia que he leído en estos años, quizá los más interesantes son Historia del Tiempo – Del big bang a los agujeros negros, de Stephen Hawking, best-seller probablemente entendido por mucho menos gente que la que lo compró, pero que yo, gracias a mis lecturas previas, pude captar más o menso. Un libro hermoso en su complejidad y que amplió mucho mis horizontes sobre la Biología del Aprendizaje: Biología Celular y Molecular, del argentino Eduardo De Robertis, que mi amigo el eximio profe de Ciencias Atilio Florencio (a) “Viceministro” siempre miró con envidia y estuvo al borde de birlármelo muy amistosamente. El azar y la necesidad, de Jacques Monod, es un clásico sobre la Filosofía de la Biología, y lectura obligada si quieres realmente reflexionar sobre lo que es y hace la ciencia. Matt Ridley escribe un best-seller de gran factura y muy detallado, Genoma, dedicado al extraordinario logro del desciframiento de la estructura genética del genoma humano, y adecuada introducción para entenderlo para los que no somos biólogos o especialistas, e importante fuente para apreciar sus consecuencias.

V
Colofón

Que el ciudadano promedio comprenda en algo la Ciencia y la Tecnología que afectan su vida cotidiana es imperativo, so pena de caer en la demagogia. Incluso para nosotros, tan alejados de los centros del saber científico, temas como el de los impactos ambientales de la Minería o de los Transgénicos, se nos vuelven política diaria. Estoy plenamente seguro que si nuestros políticos y clases dominantes se hubieran preocupado algo más de educar al pueblo, y algo menos de llenar sus propias arcas, la situación actual pintaría diferente.

No pretendo que los libros reseñados sean ni los únicos ni los más importantes. Fueron y son importantes a mí, coincidieron con circunstancias vitales importantes, y no es que sean necesariamente los mejores o más importantes en su área, sino simplemente los más cercanos a mis sentimientos y emociones, que me acompañan desde siempre y lo seguirán haciendo hasta que llegue la que deshace las reuniones. Creo que lo importante acá es el proceso de la pasión, más que los títulos mismos, aunque no hay libro reseñado que no tenga su valor intrínseco. Quizá por ello no he enfatizado lo suficiente lo importante de alfabetizarse y “literasizarse” (como diablos se escribirá eso) en Ciencia y Tecnología. En todo caso, cuando de ciencia se trate, lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Pero lee.

La siguiente Crónica de Lectura sobre Leer Ciencia está en el siguiente link:  http://memoriasdeorfeo.blogspot.com/2012/12/cronicas-de-lecturas-catorce-leer.html