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martes, 5 de agosto de 2014

CRÓNICAS DE LECTURAS 91 - NARRATIVA EN SERIE - SEGUNDA PARTE


CRÓNICAS DE LECTURAS – 91
Narrativa en Serie (Segunda Parte)

I

Justificación de las Series

El por qué alguien quiera contar un relato en más de un libro siempre llama la atención. Supongo que tiene que ver con el mensaje que se quiere brindar, o cuando menos la extensión de la Historia que se quiere relatar. Todo es relativo, a veces una serie se aumenta artificial y prosaicamente por motivos pecuniarios, a veces el tamaño de un relato simplemente se mide como el necesario internamiento en un Universo, el límite entre ambas consideraciones no es siempre claro. Tómese la conocida serie de Jean Auel, Los hijos de la Tierra, seis clásicas novelas históricas ambientadas durante la Última Glaciación de hace 20,000 años. La primera de dichas novelas, El Clan del Oso Cavernario, plantea un argumento de interés: La protagonista Ayla es una niña cromañón que queda huérfana tras un terremoto y es recogida y criada por una tribu neanderthal. El Clan del Oso Cavernario es un éxito por donde se le mire, consigue algo que cualquier autor de novela histórica ansía: Una descripción fiel y ajustada a la realidad de lo que se sabe en el momento sobre la época descrita. Incluso las especulaciones como la presunta telepatía neanderthal despiertan el interés, pero quizá su principal mérito sea mostrar que los hombres y mujeres de la época no eran retrasados mentales, sino en lo básico iguales a nosotros. Cuando de chico veía los gráficos de trogloditas con expresiones faciales brutales y semidesnudos en medio de la nieve me preguntaba si no sentirían el frío, y eso me parecía poco creíble pues la gente no es boba ni estúpida, por más “primitiva” que sea: Si tienes frío te cubres con algo y usarás calzado para protegerte los pies. No sé por qué los dibujantes presentaban descripciones tan poco ajustadas, debe ser problema ideológico. Al final la novela me conquistó lo suficiente para leer sus secuelas, y acá se viene lo bueno.

Que los fanáticos de Jean Auel se hagan a un costado, que voy a derribar el ídolo: La segunda novela, El Valle de los caballos, pasó piola, estaba bien aunque sin exagerar, pues como continuación era digna si bien no memorable. A partir de la tercera novela – Los cazadores de mamuts - empecé a aburrirme, había más de lo mismo, y más de lo mismo ya era demasiado, lo interesante se agotó en las dos primeras entregas. La cuarta novela, Las llanuras del tránsito, me resultó soporífera en extremo, más efectiva que el tilo para producir un reparador sueño. La quinta – Los refugios de piedra –  ya no la terminé, y la sexta – La tierra de las cuevas pintadas – ya la sentía perfectamente prescindible y ni siquiera la empecé. Digo todo esto con conocimiento de causa, pues las cuatro que me leí me las leí completitas y fue más que suficiente. Es sencillo explicar qué pasó: Jean Auel me había dicho todo lo que tenía que decir en las dos primeras novelas, que incluso podían considerarse como una sola en dos partes, y de hecho la consabida película toma cosas de las dos primeras. Desde la cuarta novela estaba claro que la autora empezaba a repetirse, la trama era previsible y prederminada, los personajes no eran tan memorables, las circunstancias no cambiaban demasiado. Para qué continuar un hilo narrativo constante y estacionado en lo mismo, para relanzarse tendría que haberse reinventado una narrativa en forma y/o fondo, quizá una serie de historias pequeñas, cada una con nudo y desenlace propios, todas ambientadas en la edad de Hielo, tal vez incluso con los mismos personajes u otros consecutivos. Otros han usado de estos y otros recursos con éxito, y probablemente es lo que yo hubiera hecho si me dedicara a escribir sobre esto. Pero tratemos de no caer en una crítica fácil, sus razones habrá tenido Jean para continuar como lo hizo, y es probable que a sus fans sí les gustara. Veamos a continuación ejemplos de series narrativas que a mi modo de ver lograron la “redondez” y tuvieron éxito aunque sea de ventas, y tratemos de desentrañar por qué:

II

Jean Paul Sartre – Los Caminos de la Libertad:
La Edad de la razón - El aplazamiento - Con la muerte en el alma

Que la Edad de la Razón termine en guerras mundiales, en las que hasta parir monstruos se vuelve trivial, como en los precursores y desencantados aguafuertes de Francisco de Goya, queda clarísimo en esta trilogía de novelas del Premio Nobel 1964 Jean Paul Sartre (1905 - 1980). Hay quien dice – Mario Vargas Llosa incluido - que Sartre de alguna manera ya fue, que ha sido sobrevalorado, cosa en exceso fácil de decir hoy en día, con un neoliberalismo autosuficiente instalado en el zeitgeist de la actualidad. Pero si se emprende la lectura de Sartre se ve que aguanta muy bien las relecturas, y eso pese a las conocidas manías sartrianas: El excesivo gusto por lo intelectual, el existencialismo a ultranza, la detallada descripción de lo existencial en absolutamente todos los actos más nimios de absolutamente todos sus personajes. Bueno, el caso es que a mí me sigue gustando esa narrativa estupenda, que se sostiene en el mismo tono todo el rato y en la que nunca veremos desmayo, que siempre parece que está alerta aunque en cierto modo esté desasida de todo. Sartre sí que sabe como pintar el desconcierto, la impotencia, la mínima trascendencia del individuo (Mathieu Delarue, inspirado en el mismo Jean Paul) incapaz de escapar de sus coordenadas del tiempo y espacio, y por ende imposibilitado de captar de una sola mirada toda la redondez del asunto, de ese asunto o del otro, de cualquier asunto sin importar cuán “trascendente” sea, precisamente porque lo trascendente es una categoría vacía que siempre se nos escapa. Y más aún sabe pintar la increíble ausencia de importancia que tiene el esquema general de las cosas comparado con las preocupaciones cotidianas de la vida. El temor de una guerra que se avizora total, feroz y desestabilizadora de todo cede ante las muy prosaicas e inmediatas necesidades de sus vulgares protagonistas: Unos francos para llegar a fin de mes, una decisión frente al embarazo de la compañera: casarse  o buscar dinero para el aborto, un juego de naipes, el meticuloso proceso del afeitado. La Guerra Mundial se monta sobre todo esto añadiéndose y yuxtaponiéndose. Como suele ocurrir en los acontecimientos humanos, la libertad de elegir de los hombres está constreñida por los acontecimientos exteriores que los superan. Y en encontrarse a sí mismo en ese tramado está la posibilidad de llegar a la edad de la Razón y conquistar la propia libertad. Esto hace a La Edad de la Razón memorable y muy recomendable hoy en día, en mi humilde opinión.

La yuxtaposición de acontecimientos se ve clara en el segundo tomo, El aplazamiento: Las cuatro y media de la tarde en Berlín, las tres y media en Londres (…) A las tres y media, Mathieu esperaba aún, al borde de un porvenir horrible, en el mismo instante, a las cuatro y media, Milan carecía ya de porvenir; que muestra las dramáticas sensaciones y sentimientos desatados por el paréntesis de paz que la Conferencia de Münich determinó entregando los Sudetes y luego toda Checoslovaquia a la voracidad de Hitler por mano de Chamberlain, Daladier y Mussolini. Todo pasa a la vez a personajes escogidos en los Sudetes, París (el propio Mathieu), Londres y Berlín, yuxtapuestos sin mezcla, lo que sí pasará en la última novela: Con la muerte en el alma, que se desarrolla en junio de 1940 mientras Francia sucumbe frente a los nazis, víctima de sus contradicciones internas. Las posiciones se distinguen en sus coordenadas, chocantes solamente si se ven en la perspectiva posterior, y por eso escandalizantes a la hora que se resolvió la guerra con la victoria aliada: Oye tú, si bastara gritar heil Hitler para que te enviaran a casita ¿no lo gritarías? Eso no compromete a nada. Tales sentimientos encontrados, tales posiciones confrontadas elevadas a condición social nos muestran desnudamente el derrumbe de los franceses de 1940 rebotando en el alma de Mathieu: ¡Maldita sea! (…) Que no se diga que no fuimos capaces de resistir quince minutos. (…) Cada disparo le vengaba de un antiguo escrúpulo. “Un tiro por Lola, por no haberme atrevido a robarle; otro por no haber dejado plantada a Marcelle; otro por no haberme querido acostar con Odette. Este, por los libros que no me he atrevido a escribir, este, por los viajes que me he negado (…)”. Disparaba sobre el Hombre, sobre la Virtud, sobre el Mundo. La Libertad es el Terror. (…) el mundo va a saltar y yo con él (…) catorce minutos y treinta segundos. (…) Disparó. Se sentía puro, era todopoderoso, era libre. El título mismo de la serie, Los caminos de la libertad, me suena irónico, desde la Razón va a culminar en la Muerte, con un paréntesis de aplazamiento en medio que sin embargo justifica en su terror pánico toda una novela. Aplazar la muerte, después de todo, no tiene nada de tonto, si algo hay que aplazar es precisamente eso. La serie fue escrita entre 1945 y 1949, a cuestas de todas las consecuencias de los hechos narrados, y el cuarto tomo, La última oportunidad, no se terminó. Pese a todo, las tres novelas constituyen una unidad de propósito alrededor de Mathieu Delarue. Y hasta acá lo que podemos considerar bacán: Sartre, con su Premio Nobel a cuestas y todo, cuenta su narración en párrafos inmensos, inacabables, eternos y parecidos a Dios, esto es, sin principio ni final, y abusa de yuxtaponer escenas. En esto se parece a Alejo Carpentier, en ambos lo que resulta complicado como el demonio es saber si te puedes detener y dónde hacerlo. Tal vez hoy en día se abuse del análisis de mercado de los lectores, que encuentran justificación en los procesos creativos que se olvidan de sus destinatarios. Esto, a lo que parece, pasa con Jean Paul Sartre.
No he encontrado en la web Los caminos de la libertad, pero este enlace lleva a La Náusea, El Muro y la obra filosófica de Sartre:  http://literaturapsicoactiva.blogspot.com.ar/2013/11/jean-paul-sartre.html
      
III

Ernesto Sábato – El Túnel, Sobre Héroes y Tumbas, Abaddón El Exterminador

Si bien no es miembro de mi Trinidad Literaria, Ernesto Sábato (1911 – 2011) pertenece a los coros celestiales y está cerca del Padre. Su obra no es copiosa: El Túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el Exterminador constituyen toda su bibliografía novelística, que yo sepa, y me parece que de ahí en adelante ya no quiso escribir, si bien continuó participando de las vicisitudes sociales y políticas de la Argentina. Las tres novelas se reconocen redondas no tanto por los personajes que las podrían unir, cuanto por la recia imbricación de las tramas y paisajes novelísticos de la ciudad de Buenos Aires y las coordenadas de tiempo de la República Argentina. La obsesión del autor tiene que ver con ello, como paladinamente menciona el mismo Sábato en la introducción a  Sobre Héroes y Tumbas: (Hay) ficciones mediante las cuales el autor intenta liberarse de una obsesión que no resulta clara ni para él mismo. Para bien y para mal, son las únicas que puedo escribir. Más, todavía, son las incomprensibles historias que me vi forjado a escribir desde que era un adolescente. Por ventura fui parco en su publicación, y recién en 1948 me decidí a publicar una de ellas: El Túnel. En los trece años que transcurrieron luego, seguí explorando ese oscuro laberinto que conduce al secreto central de nuestra vida. La muy dramática Serie constituye una suerte de autobiografía y una forma de narrar que – no lo podemos decir en las palabras que no tenemos – le sale del mismo tuétano. No registra continuadores, apenas imitadores y lectores fanáticos, impresionados por la lucidez emocional de Sábato. Los libros se leen de un tirón, en especial El Túnel, más corta, porque a diferencia de los libros de Jean Auel mencionados al principio, no le sobra una palabra. La compulsión del  autor a salir de su Torre de Marfil para decir lo que tiene que decir rompe los límites de la ficción, y conduce su narración de la metáfora hacia la penosa realidad donde pasado y presente se funden en una narrativa básica. Un estudiante de Buenos Aires que reflexiona existencialmente sobre su mundo se convierte así en un tema literario, tanto que Sobre Héroes y Tumbas se considera la mejor novela argentina del siglo XX, logro extraordinario para un científico físico, antiguo comunista de ideario libertario y humanista, si bien de despliegue contradictorio.

El Túnel se publica en 1948, en pleno auge del existencialismo, y se tradujo rápidamente al francés por directa intervención de Albert Camus. 1961 es el año de Sobre Héroes y Tumbas, que incluye el famoso Informe sobre Ciegos, que a veces se edita aparte. Abaddón el Exterminador fue su última novela, publicada en 1974, con la que culmina una trilogía con centro en Sobre Héroes y Tumbas, de lectura más imprescindible que las otras dos, por ser el nudo. En la técnica experimental de Abaddón el Exterminador las obsesiones de Sábato parecen conectarse más fluidamente con una estructura fragmentada, en que el personaje “ficticio” Sábato cuenta sucesos que le acaecieron, verídicos como verosímiles o directamente fantásticos, paralelando historias y filosofando sobre estética y ética en un entorno caracterizado por lo apocalíptico en sentido bíblico, como es sugerido por el ángel de la destrucción del libro del Apocalipsis que da nombre a la novela, y que recuerda remotamente el tono de las baladas de Manuel Scorza, las señales del fin de los tiempos presentes en los acontecimientos de la Historia Argentina y mundial. El fuerte aire sartriano y existencialista llega hasta el mismo final del Abaddón, cuando el personaje Bruno halla en el cementerio de su pueblo la lápida de Sábato, y piensa: En cualquier caso, fuera como fuera, era paz lo que seguramente ansiaba y necesitaba, lo que necesita todo creador, alguien que ha nacido con la maldición de no resignarse a esta realidad que le ha tocado vivir; alguien para quien el universo es horrible, o trágicamente transitorio e imperfecto. Porque no hay una felicidad absoluta, pensaba. Apenas se nos da en fugaces y frágiles momentos, y el arte es una manera de eternizar (de querer eternizar) esos instantes de amor o de éxtasis; y porque todas nuestras esperanzas se convierten tarde o temprano en torpes realidades; porque todos somos frustrados de alguna manera, y si triunfamos en algo fracasamos en otra cosa, por ser la frustración el inevitable destino de todo ser que ha nacido para morir; y porque todos estamos solos o terminamos solos algún día (…). Trate de leerse estas obras en adecuado estado de ánimo.

Links para las tres obras:


IV

Arthur C. Clarke – 2001, Odisea del espacio; 2010: Odisea Dos: 2061: Odisea Tres;
 3001: Odisea final

Tras hablar de autores densos como Sartre y Sábato, conviene a veces irse por la liviana, porque a veces, como dice Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, lo ligero tiene más peso, aunque no estoy del todo seguro que dijera exactamente eso, pero está la idea. Quizá éste sea el mejor ejemplo de una serie de novelas de narrativa desigual y dirigida más obviamente a ganar plata, pero que mantiene la redondez temática. Ahora bien, entre escribir Ciencia Ficción algo Desigual y escribir Imposturas o Infamias, pues que le perdono a Arthur C. Clarke (1917 – 2008) su aparente impericia: Tras el estreno del filme 2001, Odisea del Espacio en 1968 - considerada la proverbialmente buena película de Ciencia Ficción y dirigida nada más y nada menos que por Stanley Kubrick – la novela se escribió del guión de la película y no al revés, caso interesante en los anales literarios que explica inconsistencias de fondo hasta en los astros donde se dirige la nave Discovery (Júpiter en la película, Saturno en el Libro). Al final Clarke no se hace problemas y sigue la línea argumental más comercial de la película. Que no había intenciones de continuar la serie se ve en la pérdida completa de la mística sugerida en 2001, aunque ganando, y esto no es poco, en una cientificidad en la que el autor está mucho más cómodo, aunque registre repeticiones de argumentación y estilo algo chabacanas. Ganar plata no es maldad, todos nos abocamos a ello, y es cierto que a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga, y siempre hay quien lo hace peor; pero todo ello no mejora la calidad de este conjunto de novelas, que sin embargo se ha inscrito en el main stream de la Ciencia Ficción y la cultura popular: Todo el mundo reconoce los primeros acordes del Así Hablaba Zaratustra del compositor Richard Wagner, empleado en la primera película. Por cierto, acá lo incluyo en su versión completa, haciendo notar que sólo los primeros dos minutos fueron utilizados por Kubrick:  https://www.youtube.com/watch?v=Y9QxaJLt7EA

Para mí la mejor y más original novela de las Odiseas es la segunda: 2010: Odisea Dos, donde retrata la buena disposición de una expedición conjunta soviético-norteamericana, claramente calcada en buena medida de las historias de viajes polares de Ernest Shackleton. Es una pena que esta obrita esté destinada al olvido al presuponer la duración y permanencia de la Unión Soviética, desmentida por la Historia reciente. Que esto cogió a Clarke con los pantalones abajo se deduce porque en la segunda novela de la serie Rama le pasa lo mismo, y presenta una URSS más cuajada y mayor en tamaño. Claro que para estos casos hay el manoseado recurso de la Historia Alterna. La novela más floja de la serie es Odisea 3: 2061, escrita según su autor porque decidió no esperar la data de misiones espaciales cuyo lanzamiento fue pospuesto por motivos presupuestales, y trató de copiarse a sí mismo con un producto resultante descuidado en sus líneas argumentales, las que al final decidió no seguir en la cuarta y última entrega de la serie, en la que recurre como pretexto al último astronauta de la astronave Discovery para llegar a una descripción idealizada de una sociedad terrestre que ha resuelto sus contradicciones a mil años de 2001. Suele pasarle a Clarke que se engolosine con la idea que trata de escribir y se le olvide el argumento, que resuelve en los últimos capítulos de modo más o menos sorprendente y repentino, haciendo intervenir el azar humano. Aún así consigue mantener el suspenso al terminar por hacer probablemente lo que hace mejor: Desacralizar y desmitificar a los seres de los monolitos, y obtener la victoria para los terrestres empleando en este caso virus informáticos. Es bastante probable que el mediocrón blockbuster Día de la Independencia haya extraído la idea para su desastrado y artificial final.

Vínculos para las novelas de la Odisea espacial:


V

Colofón


Qué combinación la que me ha salido, estoy seguro que mis lectores se sentirán algo desconcertados de pasar de Sartre a Sábato para terminar en Arthur Clarke. Eso sin contar la mención algo detallada de Jean Auel. Pero así son los caprichos lectores. Hasta la otra, y lean lo que quieran, como quieran y donde quieran.

La Primera Parte de Narrativa en Serie, dedicada a J. K. Rowling, Manuel Scorza e Isaac Asimov está en:
http://memoriasdeorfeo.blogspot.com/2014/01/cronicas-de-lecturas-72-narrativa-en.html

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miércoles, 13 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 19: FILOSOFÍA (i)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 19
Leer Filosofía (1)

I

Qué tan útil es la Filosofía: Contenidos y propedéuticas

La Filosofía tiene mala prensa. Me equivoco, no tiene mala prensa, la tiene realmente muy mala. Llegas a la sílaba “Fi…” y ya te cansaste de leer, te quieres ir. Pese al esfuerzo de divulgadores ciertamente muy capaces, como los que presento aquí (parece el siglo de los divulgadores), para la gran mayoría de las personas la Filosofía se asocia sin remedio a farragosas y eternas discusiones, clases obligatorias y aburridísimas, nombres kilométricos de tipos cuyas ideas nadie sabe a qué cuernos se refieren, impronunciables títulos en alemán de libros que todos mencionan y nadie abre, palabras en cursiva con un significado que nadie tiene claro y a nadie le interesa, ancianos con anteojos que hablan y hablan (los ancianos, no los anteojos), abstrusas disquisiciones y disertaciones con abundantes palabras en griego a las que asisten entre tres y cuatro personas. Es decir, pura carnecita para nerds y frikis de todo calibre. Desde el punto de vista editorial la Filosofía es veneno, entre Yo me comunico con los extraterrestres por telepatía cuando estoy en el baño y el Tractatus Logico-Philosophicus; entre Sixto Paz y Ludwig Wittgenstein, la elección no es dudosa. Todo esto es caricatura pero la realidad no le queda tan lejos. La Filosofía parece una disciplina poco útil y de dificultad completamente injustificada. Es difícil, claro, si te metes a fondo, si te dedicas a ella, cosa que no recomiendo tampoco así como así, porque si lo que quieres es ganar plata, más útiles son la Ingeniería o el Narcotráfico. No es que sea inútil hacer Filosofía, pero no es demasiado adecuada si tu objetivo vital es ganar plata. Imagino que cuando sobre la plata gracias al desarrollo económico, se contratará a Filósofos para que filosofen. La verdad, no lo creo. Lejos de mí dorar píldoras, pero tampoco la Filosofía es tan terrible como se dice. En cualquier caso se cree suficientemente importante como para “enseñarla”. Es cierto que no se “necesita” de “toda” la Filosofía, como no necesitamos “todo” el tiempo de “toda” la Ingeniería, “toda” la bisutería, o “todo” el repujado en cuero. En realidad sí necesitamos, y es discutible, de ciertas dosis de Filosofía. Y como no todo el mundo va a ser Filósofo, lo que de la Filosofía necesitamos son ciertas destrezas y actitudes. Cuando yo enseñaba Lógica y Filosofía en la Universidad, mis colegas esperaban de mí que “enseñara a pensar” a mis alumnos, y creían que eso se hacía trabajando contenidos. Me chantaban así la responsabilidad si en sus cursos un alumno resultaba una nulidad en el ejercicio del pensamiento: Bellina tenía la culpa de las barrabasadas dichas o escritas por los estudiantes. Son cosas del Orinoco, que tú no sabes ni yo tampoco. En todo caso, se me hace curioso asociar la Lógica y la Filosofía con la destreza en el pensamiento. Por el lado de la Lógica parece claro, pues esta disciplina trata de formalizar el lenguaje, véanse y léanse la Introducción a la Lógica de Irving Copi, texto excelente en esto de operar con enunciados y proposiciones, fórmulas moleculares, equivalencias y demás fauna heredada de Boole, Frege, Cantor y Lukasiewicz.

Pero con la Filosofía no se ve tan claro eso de “enseñar a pensar”. Para empezar, me pregunto si se puede. Enseñar tiene su contraparte en aprender, supone una acción con un agente (el docente) y un paciente (el discente, estudiante o alumno), de ida y vuelta: El agente hace cosas que producirán un cierto cambio en la mente del paciente, cuyo resultado debiera ser una mejora en la capacidad de entender la realidad y accionar sobre ella. Es decir: “pensar”, lo que en lenguaje universitario no es un conjunto de operaciones mentales que aprendemos espontáneamente a no ser que nos hayan extirpado el cerebro, sino la capacidad de razonar disciplinada, ordenada y creativamente sobre los contenidos de los distintos cursos universitarios. Se otorga así a la Filosofía un gran valor propedéutico (Propedéutica: Conjunto de saberes y disciplinas que se requiere conocer para preparar el estudio de otra materia, ciencia o disciplina), que es que parece útil estudiarla como una suerte de prolegómeno cuando estás estudiando otra cosa. Podemos decir sin error que se justifica la Filosofía en la escuela y la universidad – más en la segunda que en la primera – por las habilidades que se adquieren al estudiarla, creo que acertamos. Pero así podríamos preguntarnos con justicia por qué en vez de Filosofía no estudiamos Genética de Poblaciones, Psicología del Lenguaje o Mecánica Cuántica, para el caso igualmente propedéuticos. Ahí todos ponen los ojos en blanco y dicen que los conceptos y proposiciones de la Filosofía poseen utilidad “por sí mismos”, y así podemos discutir unos añitos sin agotar el tema. Ahora bien, mi perspectiva es pedagógica y así la despacho: No se puede separar el pensar de lo pensado, sólo se puede “pensar filosóficamente” sobre conceptos y proposiciones de carácter filosófico. Y esto porque el “pensar” tal como lo entiende la Filosofía es diferente de “pensar” en ciencia o de “pensar” en cotidiano, y es importante saberlo y circular entre esos modos de pensar. Parece que así se alcanza la sensación de “tener la mente abierta”, de vivir en horizontes mentales más amplios, y así se justifica aprender a reflexionar en filosófico. Y he dicho, parafraseando a  Emanuel Kant, “aprender a reflexionar en filosófico”, no “aprender filosofía”. No aprendemos filosofía, aprendemos a filosofar. Y a no ser que quieras ser Filósofo con licencia, lo que necesitas es el reflexionar más que el objeto al que le aplicas la reflexión. Vas a hacer cosas con la mente, no a paporretear. No sé a otros, pero esto a mí me cambia la perspectiva: La Historia de la Filosofía es bacán, pero no me es rentable para reflexionar en filosófico memorizar qué dijeron las auctoritas. La disciplina Historia no es la disciplina Filosofía. Prefiero ver a mis alumnos resolviendo dilemas éticos, epistemológicos o metafísicos como los que hallarán en su desempeño como profesionales y seres humanos.   

II

La Filosofía – Una invitación a pensar (Jaime Barylko)

Considero este libro muy adecuado para introducir a las gentes comunes y silvestres en la reflexión filosófica, y eso que sigue la tradicional estructura de la Historia de la Filosofía, probablemente porque innovar editorialmente era arriesgado, y hacerlo a la tradicional aseguraba cierta previsible lectoría. Más, al revés de muchos autores, el filósofo Jaime Barylko no se confunde, es pedagógico cuando piensa en filosófico, no se enreda en los datos, no trata de impresionarte, sino que emplea la información para presentar diferentes formas de pensar, no para memorizar, sino para emplearlas en lo concreto. Esta obra parte de que la reflexión filosófica no puede envejecer ni pasar de moda, porque las preguntas que uno se hace en los momentos de crisis son más o menos las mismas en todas las épocas. Es, por cierto, un abordaje clásico, pero no menos cierto en nuestro tiempo que en otros. Lo que algunas mentes bien ordenadas dijeron tratando de enfrentar sus propios períodos críticos, sus desconciertos y desazones tuvo y tiene importancia, pues en esta época del desencanto pueden proporcionar si no guía, cuando menos un paradigma. Y así no tenemos que partir de cero todas las veces, aunque también esa pueda ser, como con René Descartes, una posibilidad. Las crisis existenciales, tan parecidas y a veces presupuestas por las económicas, nos caen siempre de sopetón porque nadie la espera ni las quiere, y nadie se lanza a reflexionar a profundidad a no ser que las circunstancias lo obliguen. A mí me salva haber vivido varias crisis, y si bien el pensar en cuanto actividad no me ha rendido dividendos en plata, sí sería retrechero no reconocer cuánto me ha dado sub specie aeternatis (que se puede traducir como desde la perspectiva de la eternidad perdonadme el latinajo, culpa de Baruch Spinoza): Capacidad para mirar más allá y más ampliamente, recurso a la resignación cuando no queda otro remedio, reformulación de la propia persona cuando empiezas a resolver problemas desde la posibilidad de ubicarte en terreno alto y amplio. Las opciones que se visualizan así resultan por lo general mucho más viables y de mayor calidad que lanzarse hacia la realidad como un pelotón de búfalos mojados y desconcertados, mal aconsejados por gente o por libros de autoayuda que plantean minimalismos referidos a la voluntad y la actitud. No, mi amigo, creer que eres un jet no te hará volar. No, mi amiga, no puedes detener la corrupción solamente con tu buena voluntad. Ya lo dijo Fito Páez: No se puede vivir del amor / le dijo un soldado romano a Dios. Si bien es cierto que la actitud que tengas y la voluntad que pongas sí influyen, también cuenta la realidad, que no es un tema puramente subjetivo ni solipsista. Porque es verdad que no hay tal cosa como una solución desde fuera, pues que toda solución a todo problema parte de adentro de uno mismo, pero eso es porque no existe problema que no te venga desde fuera. La dinámica entre uno mismo y el mundo es total y gestáltica: No es solamente la cosa económica, o la afectiva, o la religiosa. Pero hay que decir que tampoco es tonto tomarse un día a la vez y resolver las cosas una por una, las reglas clásicas del buen pensar suelen orientar muy bien en esto. Por ende, lo que requerimos son modelos, ejemplos, paradigmas; no recetas. Así, la manera en que Barylko aborda la Filosofía de la Religión, por ejemplo – terreno minado, porque muchos intereses hay de por medio – no puede ser más equilibrada y aplicable, tal como sus aproximaciones a la Filosofía Analítica y la Filosofía del Lenguaje nos dan buena pista para el despegue. Nada mejor podemos pedirle.

La Filosofía – Una invitación a pensar, llegó a mí a través de mi amigo el filósofo Gonzalo Cobo, en la dichosa época en que junto con brillantes colegas llegados de todas partes de nuestro Perú, tratábamos de enseñarle a enseñar filosofía a nuestros profes de colegio, muchos de ellos legos a la perfección en dicha materia. Se nos imponía a nosotros mismos contar con materiales adecuados, y así la aportación de Gonzalo resultó esencial. La labor del maestro no es saberse Filosofía como un Filósofo, pues para eso son los Filósofos. Por desgracia vivimos en medio del renacentista malentendido de que todos debemos saber todo, y eso no solamente en Filosofía: El maestro debe pensar la disciplina en su perspectiva de guía y facilitador, no es que debe saberse de paporreta los contenidos. Claro que no estorba sabérselos, y hay contenidos mínimos que deben saberse, por eso de que no se puede separar el pensar de lo pensado. Pero presumir de erudito es bobada, cuando lo que hay que hacer es enseñar a “reflexionar en filosófico”. Como nadie da lo que no tiene, y nadie aprende en cabeza ajena, por lo tanto debíamos cubrir la doble exigencia de por una, reflexionar en filosófico, y por otra, plantearse la didáctica de cómo hacerlo. Y así La Filosofía – una invitación a pensar nos presentaba la posibilidad de un mejor material de trabajo que casi todo lo que he visto, antes o después (Con una clamorísima excepción: El texto del Bachillerato español, no pensado para el gran público, Aprender filosofía es aprender a razonar, de Boldiú, Bría, Lasterra, López, Manjón, Marías y Serrano). Es curioso que los mejores libros que he visto para poder lograr esto, pues no estén a la venta. Yo mismo los poseo en fotocopia, y pocas fotocopias cuido más que estas, no creo que se den muchas ediciones. Otros libros que hay en el mercado son muy difíciles de aplicar porque carecen de la intencionalidad pedagógica: El Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora, o la Historia de la Filosofía de Johannes Hirchsberger son muy buenos como Diccionario y como Historia, pero no son para docentes sino para Filósofos, o para consulta de alto vuelo. Nuestro gran filósofo peruano Francisco Miró Quesada se disparó Para iniciarse en la filosofía, libro que pese a arrancar magnífico, a partir del Capítulo 2 se engolosina y regodea en el pensamiento abstracto, y no consigue del todo plasmar su intención divulgadora. Se entusiasmó Don Paco y se le salió el Indio Filósofo, y no va a ser. Pero se le pasmó la didáctica.    

III
El hombre rebelde (Albert Camus)

Quería hablar de Unas lecciones de metafísica de Ortega y Gasset, pero veo que me he referido en otras Crónicas ya a este libro, una y otra vez. Claro, lo tengo asociado a la primera vez que armé mi Curso de Metodología del Estudio y la Investigación, y eso así nomás no se olvida. Pero hay más libros, menos mal, y además, la vida te termina por aclarar los libros. Hoy que escribo esta Crónica ha fallecido Hugo Chávez, Presidente de Venezuela, y en medio del duelo por la pérdida de un ser humano que no estaba en el común de las gentes, el acontecimiento mismo me genera el libro para comentar: El Hombre Rebelde, de Albert Camus. Porque en esta Latinoamérica, continente concreto donde la personalidad cuenta muchas veces más allá de las fuerzas impersonales y colectivas de la Historia, la Revolución puede que sea algo muy marxista leninista, pero más latinoamericana parece la Rebeldía a lo Albert Camus. La opción vital de Albert Camus, ese “pie cochino” (pied-noir) francoargelino, era ubicarse, como hubiera dicho Karl Jaspers, en el mero centro de la cisura de la experiencia humana, y por ende elegir cotidianamente no cometer seppuku, sin dramatismo pero con pasión, cada día y cada hora. Esto lo decía Camus – entre muchísimas otras cosas - en El mito de Sísifo, y lo mostró descarnado y desnudo en El extranjero. Y qué nos queda en el entre tanto (ese feroz entretanto que es el entretanto existencialista) si no es la rebeldía. Y la rebeldía no se da solamente en lo abstracto. Empieza así El hombre rebelde recordándonos que estamos en el mundo y no en una perfumería ni un convento trapense, escupiéndonos que hay crímenes de pasión y crímenes de lógica, y que desde el instante que el crimen se razona, prolifera como la razón misma, toma todas las formas del silogismo (….) Ayer juzgado, ahora dicta leyes. Y dado el hecho: El propósito de este ensayo es, una vez más, aceptar la realidad del momento, que es el crimen lógico, y examinar precisamente sus justificaciones: esto es, un esfuerzo para comprender mi tiempo. (…) es necesario que se comprenda su culpabilidad. En tiempos de gelatina postmoderna, de fórmulas tipo sopita de enfermo para estómagos metafísicos y débiles, en tiempos donde un hombre que se juega es básicamente un hombre que se quema; reconforta el recuperar textos como éstos, hechos por y para gentes con la mente y el corazón de los maquis. Es que la realidad está ahí, exigiendo, y la rebeldía constituye una ineludible respuesta para un ser humano que se considere vivo.  

El gravísimo problema de la obligatoria lucidez a que esto te obliga es que suele convertirse en un callejón sin salida. El punto desde el cual se ubica uno – entre la ideología y un prudente pragmatismo, entre la pasión y la lógica, tratando de no caerse nunca en ninguna dirección, guardando algún equilibrio – determina y a la vez es determinado y no es posible escaparse de alguna vez no tener razón o no haber sido suficientemente apasionado. La revolución, entonces, se extrema, se nihiliza, y el origen rebelde, suerte de virtud original del movimiento, se pierde, porque vienen el desencanto y el alpinchismo, y el intento desesperado de aterrizar en algún sentido: El tiempo apremia entonces, la persuasión exige el ocio, la amistad una construcción sin fin; el terror sigue siendo, por lo tanto, el camino más corto hacia la inmortalidad. Pero estas perversiones extremas gritan, al mismo tiempo, la nostalgia del  valor rebelde primitivo. El espíritu de la rebelión, jamás satisfecho, siempre exigente, contiene su propia elección moral, su propia y libre ética y su correr particular, su propia manera de empujar la roca de Sísifo. En el choque y conflicto entre la rebeldía individual y la revolución colectiva, más aún con lo colecticio en que termina lo revolucionario, es que empieza a conocerse el asesinato organizado, el nihilismo absurdizado de la reacción y el alpinchismo que esconde la cabeza en el caparazón y capaz acaba con el mundo sólo para que lo dejen en paz. Que hay alpinchismos para adelante como el estalinista, y para atrás como el reaccionario; avances y retrocesos. Y así como puede decirse esto, también podría cuestionarse si se avanza, hacia dónde y desde dónde, y si hay algo así como unas coordenadas no dependientes de la subjetividad. Cómo le hizo Albert Camus para llegar hace tres cuartos de siglo hasta esta preocupación mayor de las mentes auténticamente postmodernas de la actualidad, es para mí un misterio. Pero parece que solamente trataba de comprender la culpa de nuestro tiempo. Y no era inmune a la esperanza: Más allá del nihilismo todos nosotros, desde las ruinas, preparamos un renacimiento. Pero muy pocos lo saben. (…) La rebelión, sin pretender resolverlo todo, puede ya, por lo menos, hacer frente. Misma primavera árabe, mismo Anonymous, mismo Evo, Correa, Lula; mismo Hugo Chávez.

Un link donde encontrar este libro, y bajarlo, es:
http://www.enxarxa.com/biblioteca/CAMUS%20El_hombre_rebelde.pdf

IV

Ética para Amador (Fernando Savater)

Fernando Savater es autor de moda, lo que basa en vivir en esa especie de ecotono entre el ecosistema académico y el de los medios de comunicación. Saber comunicarse no es fácil, tiene mérito hacerlo bien, como vimos con Barylko y con los divulgadores en Ciencia. La divulgación humanística, de la que la filosófica es sólo una parte, presenta más dificultad todavía, porque se necesitan habilidades para guiar a la gente a las ideas en las disciplinas humanísticas, o a la mente de pensadores que tratan de ser sólidos – lo que les puede llevar a ser abstrusos y complejos en la expresión del pensamiento. Estas habilidades las posee Savater, incluso para la Televisión. El problema de la divulgación en Humanidades es que su utilidad no es inmediatamente evidente. El público, y más todavía los superdotados de la televisión, no la ven “entretenida”. Trato de imaginarme como presentaría un canal nacional de televisión basura un programa de Savater, y no lo consigo, sus parámetros son reducidos, parten de muy abajo, sólo compran y venden. Y sin embargo resulta esencial aprender a transmitir habilidades, pues no es tanto el objeto o concepto lo que se aprende, cuanto el modo en que se piensa. Y resulta más fácil de lo que parece. Pero vender a gentes brutas es más fácil que vender a gentes sensatas, entonces para qué hacerse harakiri manejando un sobrecosto inaceptable, si la competencia me come. Y así, a nosotros, sufridos receptores de todo esto, no nos queda más que ir al libro: Fernando Savater tiene el mérito de lograr una obrita sabrosa y sencilla, dedicada a una cuestión actual e importante, la Ética, presentada en una reflexión dirigida a su propio hijo Amador. Ello empata con la preocupación de los papis de entender a su prole – en especial la adolescente, e insuflarle más que sea un simulacro de Valores. Claro que para eso se necesitaría que papis y mamis tuvieran ellos mismos Valores, o por lo menos se planteen el problema, y mucho me temo que nuestro medio no nos prepara para ejercitar la libertad, y menos aún para ejercitar la ética. Basta ver el bajísimo nivel de la discusión política en la última Revocatoria en Lima. Creo a la franca que los adolescentes y jóvenes la tienen mejor que nosotros en esto de la ética, porque ellos honestamente “no saben” y prefieren por ende aislarse del contagio; en cambio nosotros creemos saber, con toda petulancia. En el actual proceso de revocatoria en Lima, se observa en muchísimas personas supuestamente capaces de razonamiento moral una aceptación consciente de las conductas delincuenciales y mafiosas en función del mantenimiento de un determinado orden al que están acostumbrados y que les proporciona seguridad. Los temores y angustias sociales se manejan desde bambalinas, y las decisiones políticas se digitan desde los temores insuflados. No es ética solamente, es también cognición: Nuestra ética social realmente existente se basa en la idea de que "lo bueno" proviene de la opinión de una autoridad – auctoritas iluminada, y que "la verdad” baja de los cielos. Lo curioso para mí es ver cómo ello es tan fácilmente manipulado hacia una chata lógica utilitarista, que hubiera avergonzado a Bentham. Estos nuestros rasgos éticos me llevan a aconsejar a los papis que se lean el libro, y traten de no hacer el ridículo ético-moral con sus pequeños monstruos, en especial cuando empiecen a pedirles cuentas de sus creencias, lo que siempre pasa.   

Decíamos que la Ética para Amador está escrita de modo coloquial, el de un padre que trata de explicarle a su hijo de qué va la ética. Y la lectura atrapa, gracias a una estructura sólida, un lenguaje simple, ejemplos cotidianos, el hecho que Savater sabe de lo que habla, y algunas frases memorables como ¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser imbéciles. De ahí que pueda emplearse incluso en el nivel escolar, aunque de eso no estoy tan seguro, si a PISA nos remitimos. La obra es fiel al desarrollo histórico de la Ética, a la que entiende a la manera clásica como arte del buen vivir (La ética no es más que el intento racional de averiguar cómo vivir mejor. Si merece la pena interesarse por la Ética es porque nos gusta la buena vida. Sólo quien ha nacido para esclavo (…) vive de cualquier manera.). Su principal valor a mi ver es que no se arredra en presentar la realidad tal como es, y su reflexión sobre la libertad es digna de ser repetida: Si deseas saber en qué puedes emplear mejor tu libertad, no la pierdas poniéndote ya desde el principio al servicio de otro o de otros, por buenos, sabios y respetables que sean: interroga sobre el uso de la libertad … a la libertad misma. El problema es que estoy casi seguro que debe haber muy pocas personas e instituciones en mi país que puedan firmar esta declaración, que no estén en la desesperación de buscar auctoritas a las que amarrarse y pagarle cupo, que no estén demasiado comprometidos con la contención, el autoritarismo, la manipulación, el poder. Pero es bueno que los que lean usen de este libro para autoeducarse, y educar a sus hijos. Por ello lo recomiendo con tanto calor que ya quema, y espero que todos mis lectores emprenderán eventualmente su lectura, si no lo han hecho ya. Encima, es barato y está difundido, no hay excusa para no leerlo. Y qué tristeza me da que todos estos conceptos favorables a la Ética para Amador no sea posible repetirlos para la Política para Amador, del mismo Fernando Savater. La Política es la continuación social de la Ética, y se imponía un libro sobre ella dirigido a jóvenes, y lo esperábamos. Por desgracia para Savater se cumplió la norma cervantina de nunca segundas partes fueron buenas. Y no porque Savater no haya hecho su tarea o sea menos brillante. La Política para Amador resulta particularmente limitada porque se centra en el desconcierto político europeo, poco vinculado a nuestra realidad. Como texto para introducir a los jóvenes en la Política con mayúscula, es inferior. Puede que en esto yo peque de ver la Política más Ciencia y Arte que Filosofía. Pero estoy seguro que hay mejores textos para introducir a los jóvenes en Política.

(Nota: Acabo de enterarme que Savater acaba de publicar un libro que continuaría la Ética para Amador, la Ética de lo Urgente, o algo así. No lo he leído, no puedo decir nada propio aún, pero las críticas son buenas, aunque no sé de cierto si justificadas, imagino que si el libro es malo o no demasiado bueno, tampoco los críticos lo dirán, Savater se impone demasiado, la mayoría de los críticos no están a su altura y temen faltarle el respeto, como si eso importara. Habrá que leerlo, para uno la única crítica que cuenta es la propia.)

Un link para bajar este libro es:   http://www.educa2.madrid.org/web/educamadrid/principal/files/19bbca30-c7e7-4079-a251-772b5b4e3e6a/Savater+Etica+para+Amador.pdf 

V
Colofón

Solemos confundir la actividad con el corpus del conocimiento. La Ingeniería, la Medicina, la Antropología, dominar el saxofón o manejar un Caza de Combate son cosas tan difíciles como la Filosofía. Pero son entendidas cómo… ahí va … útiles. En ese sentido, la Filosofía no es para ganar plata y consumir a lo bestia. Sin embargo, la reflexión a la filosófica es necesaria, y que la Filosofía esté en las mallas curriculares de las universidades es adecuado. Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Y reflexiona, es difícil, pero funciona.

La posterior Crónica de Lectura sobre FILOSOFÍA es la siguiente: http://memoriasdeorfeo.blogspot.com/2013/06/cronicas-de-lecturas-41-filosofia-2.html

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