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viernes, 2 de marzo de 2012

ESTO PASA EN EL MUNDO, Y NO LO CUENTAN

Comparo lo que los noticieros nacionales dicen y aquello de lo que el periodismo internacional habla, y encuentro que por acá vivimos en un exasperante provincianismo basado en las opiniones hepáticas de una docena de líderes de opinión que repiten más o menos los mismos mensajes cansinamente. El control de la agenda periodística determina que en nuestro país estemos más desinformados que una ostra en la playa. Es verdad que no todo le interesa a todo el mundo, pero no veo razón para que nos impongan interesarnos únicamente en cadáveres sanguinolentos con las tripas al aire, o en las parejas de turno de las bataclanas, o de si nuestro muy mediocre e impresentable fútbol profesional entra o no en crisis terminal.

Veamos cuáles son los principales acontecimientos internacionales de hoy día, 02 de marzo de 2012, y de los que la prensa nacional no dice ni una palabra.

v  La Primavera Árabe no ha terminado. En Siria hay una rebelión espectacular y muy sangrienta – si no por la importancia del hecho, la sangre de repente si puede atraer el buitraje periodístico, pero ni eso -, y la OTAN está participando directamente en ella apoyando a los rebeldes. Parece que cualquier movimiento popular es escondido, no vaya a ser que sea contagioso. Por lo demás, el eje Rusia-China y la OTAN están enfrentados con gran dureza en el Consejo de Seguridad de las Naciones unidas, por el tema del cambio de régimen en Siria. Pero según parece se trata de mantener la ilusión de un mundo unipolar absoluto cuando está claro que la unipolaridad está desapareciendo rápidamente. Esto pasa en el mundo, y no lo cuentan.

v  Hay elecciones parlamentarias en Irán. Un reajuste del precario equilibrio entre el poder religioso de los Ayatollahs y el poder civil, que conviven con harta dificultad, pero a la que Israel y Occidente parece trataran de unificar al oponerle un frente. En estos días menudea la amenaza de ataque a Irán por Israel apoyado por la OTAN. El tema nuclear está atrás de todo esto, pero según parece esto tampoco es de ninguna importancia para el periodismo local. Esto pasa en el mundo, y no lo cuentan.

v  Diez arrestos en México y otros más en Argentina y Chile a militantes de Anonymous. Parece una contraofensiva de los gobiernos contra ese fastidiosísimo movimiento que ha hackeado incluso al Congreso del Perú. La oposición antisistema se vuelve más tecnológica, más  dura y más peligrosa en América Latina, pues florece precisamente en ambientes de información oligopolizada, proporcionando libre información y rompiendo el monopolio de la información de los grupos de poder y sus medios de descomunicación.  Esto pasa en el mundo – en este caso al costado - y no lo cuentan.

v  La guerra internacional no declarada, pero no por ello menos sangrienta – extraño que los cadáveres no llamen la atención del periodismo local – que involucra a los cárteles mexicanos de la droga se ha cobrado más muertes, trece en total, en un ajuste de cuentas entre Cárteles. Tuvo lugar en Nuevo Laredo, punto fronterizo con los Estados Unidos y obvio objetivo a controlar, pues quien lo controla se llena de plata. El centro de la ciudad fue bloqueado con omnibuses, y convertido en campo de batalla durante seis horas. La policía y el ejército mexicano, bien gracias, siguieron cumpliendo con su deber de mantener las vías de comercio de drogas abierto. Relacionemos este hecho con el que durante todo el gobierno de Alan el número de hectáreas dedicadas al cultivo de cocaína para la exportación ha ido en aumento, hasta alcanzar el glorioso primer puesto en el mundo. Esto pasa en el mundo – nos afecta directamente - y no lo cuentan.

Me he limitado a picar unas pocas noticias internacionales y compararlas con la cobertura que los grandes medios no ejercen. Pareciera que en realidad estos medios de comunicación están interesados en agendas que no incluyen a la realidad de nuestro alrededor. Naturalmente hay más. Pero el común denominador es que de ellas simplemente no se habla. No sé si a esto se le puede llamar censura, pero tampoco estoy seguro que sea Libertad de Expresión, ni estoy seguro que no represente más que Libertad de manipulación. Vivir para ver.

 Peru Blogs

jueves, 13 de octubre de 2011

LIBERTAD Y DROGAS LEGALES


Para Álvaro.


"El mal uso de las drogas no es una enfermedad. Es una decisión, como pararte enfrente de un coche en movimiento. Podrías llamarlo un error de juicio." (Phillip K. Dick, escritor estadounidense de ciencia ficción .)

“El LSD abrió mis ojos. Si sólo usamos una decima parte de nuestro cerebro, imagínate lo que podríamos lograr usando el resto. Si los políticos usaran LSD, no habría más guerras, o pobreza o hambre."
 (Paul McCartney, músico inglés.)

"No son las drogas sino las prohibiciones que pesan sobre ellas las causas de su uso desinformado, irresponsable, autoindulgente y personal y socialmente autodestructivo." (Thomas Szasz, Psiquiatra)

Introducción

Sexo, drogas y agresión. Qué rica la combinación, así me decía un amigo, fallecido a causa tanto de estrés laboral como por el concomitante consumo inmoderado de alcohol. En un artículo anterior que escribí sobre Drogas y Sexo llegaba a algunas ideas sobre el tema referentes a lo que ha ocurrido generacionalmente en algunos segmentos de nuestra sociedad. Intencionalmente me quedé en el terreno minimalista, centrado en lo educativo. Aunque sigo sin ser un experto en Drogas, estoy seguro que todo ciudadano necesita tener algunas ideas sobre estos problemas. La vez pasada lo veía como educador, ahora intentaré una aproximación desde la perspectiva ciudadana. La reciente noticia de la existencia de locales vespertinos y nocturnos cuyo marketing se concentra en los adolescentes de 12 a 18 años de edad, que funcionan como discotecas, y donde se expende y consume libremente alcohol y tabaco, ha levantado cierto escándalo. No nos hemos librado de la moralina con que se suelen tratar estos temas, y tuvimos que aguantar la voz engolada de un locutor o locutora condenando dicho consumo en nombre de los valores conculcados. Estoy casi seguro que esa dama se toma sus tragos en un bar de Barranco los sábados por la noche, y apuesto que hay una gran probabilidad tanto de que fume como que alguna vez se haya excedido con el alcohol. No impide esto que se estructure una perorata sobre valores y la falta de éstos en la sociedad, para variar. Así que me parece que siempre conviene volver sobre estos temas y añadirle algo más de datos, a ver si así le quitamos algo de esa facilista e inútil condena.

Drogas

Según Paul McCartney, a quien tuvimos en casa hace algunos meses, el LSD es más que interesante y tiende a favorecer su consumo. El consumo de ciertas drogas en los años 60 y 70 parece que era visto de manera más que positiva en ciertos segmentos de las sociedades desarrolladas, como un modo de ampliar los horizontes mentales. Hoy el uso de la ayahuasca y otras drogas es más o menos tolerado en el mismo sentido, pues se supone que el empleo de ciertos psicotrópicos abre ciertas posibilidades y entusiasmos existenciales. Es posible, no hay por qué negarlo. El consumo de drogas ha sido tradicionalmente una manera de contactar con otros aspectos o facetas del ser. No otra cosa hacían los indios norteamericanos con el tabaco: la famosa “pipa de la paz” tenía funciones básicamente alucinógenas, no tanto por la potencia de su alcaloide - la nicotina - como por las circunstancias de su uso al interior de una tienda llena de humo. Siempre me ha hecho gracia pensar en las cabezas clavas de Chavín y de otras sociedades precolombinas como galerías de Grandes Sacerdotes, mostrados en pleno “viaje” gracias a los alcaloides obtenidos del cactus San Pedro. Todas las sociedades registran en su tradición cultural y religiosa el empleo de sustancias psicotrópicas para ayudarse a alcanzar estados extáticos. Parece que por ello el alcohol de los hombres blancos resultaba ser tan apreciado por las culturas originarias, dado que los licores destilados son mucho más potentes que los fermentados, y sus efectos muchísimo más intensos y rápidos.

Drogas y sociedad

En otro artículo traté las drogas legales e ilegales de la misma manera, y no veo por qué no vamos a considerar el tabaco, el alcohol, el LSD, la marihuana, la cocaína, etc. como drogas de pleno derecho, dado que cumplen con la definición de modificar ciertas funciones del organismo. Es claro que su consumo inmoderado produce daños específicos en lo físico y lo mental, bastante demostrados, pero también las produce tomar agua o comer verduras en exceso. En nuestra sociedad el consumo de tabaco y alcohol es libre dentro de ciertos parámetros, básicamente por una larga tradición de uso y por las ganancias que genera. A diferencia del consumo ritual realizado tradicionalmente con fines religiosos y ceremoniales, hoy prima un uso social que se centra en la evasión de ciertas realidades demasiado duras para poder tolerarlas sin apoyo exterior, y/o para aceitar ciertas relaciones sociales producidas en ocasiones de interacción y/o para vehicular los ritos de pasaje de la adolescencia a la juventud.

Existen ingentes intereses económicos alrededor de la fabricación y expendio de las drogas consideradas legales. Sabemos que su uso inmoderado causa graves daños, pero los toleramos por una suerte de compensación: El tabaco y el alcohol están gravados fuertemente con impuestos de toda clase, producen enormes utilidades para las empresas productoras, y proporcionan al fisco montos sustanciales. Con la excepción de aquellos a los que se les pasa la mano, todos ganan. Inclusive el estado fomenta el consumo de alcohol o tabaco por razones económicas, como en el caso del pisco peruano, suerte de bebida de bandera, o de los habanos de Cuba. Desde que tengo memoria he visto publicidad que favorece el consumo del alcohol tanto fermentado (cervezas y vinos) como destilados (ron y otros). Y así seguimos conviviendo con las indeseables consecuencias de su uso, entre ellas las cotidianas muertes en las calles y carreteras producidas por la ebriedad de los conductores, entre otros males.

Esto no evita que siga habiendo publicidad, aunque con mucha mayor cautela que antes. Hoy en día aparecen avisos que fomentan el uso moderado del alcohol y que tratan de crear una cultura alcohólica que tienda a evitar el exceso. Existe normativa que restringe de plano el consumo de drogas legales en personas menores de edad, o en determinados lugares públicos, entre otras, y me parecen correctas, aunque yo mismo haya sido un consumidor de “tabaco y ron”, y ya no me podría tomar mi cafecito o mi chela con un cigarrito en ningún lugar público. Aceptar las prohibiciones legales produce un ajuste personal relativamente sencillo porque entendemos que existe una libertad de los ciudadanos para consumir o no drogas legales. Esta libertad es lo suficientemente importante para que incluso se haya dicho que el aumento del precio de la cerveza suele producir mayores desórdenes sociales que el aumento del precio del pan. Podemos concluir provisionalmente que las drogas legales resultan funcionales para la sociedad. No por otra razón podemos entender el que su fabricación, comercio, expendio y consumo sigan siendo legales.

Libertad de elección

La libertad de elección es una característica particular de los seres humanos. Podemos elegir entre consumir ciertas drogas o no consumirlas. Se supone que es cosa personal saber si te metes la tranca hasta la muerte o no. O si fumas como un vampiro a pesar que te ponen la foto de un desdichado falleciendo por algún tipo de cáncer. Las prohibiciones se instalan en el interior de la personalidad por la intervención de la sociedad, sea ésta compulsiva – la ley que prohíbe fumar en lugares públicos, por ejemplo -, o sea que trate de inducir un patrón de consumo menos dañoso – como la ley zanahoria. Muchas otras drogas fueron no solamente legales sino inclusive fomentadas según la sociedad de que se trate. En muchos casos se reservaban para el consumo de una élite, y el consumirlas resultaba signo de la pertenencia a dicha élite. Por consiguiente ello debía crear en los que no la consumen la asociación libre entre su consumo y la pertenencia a un estrato social más alto, como ocurre hoy con los licores caros. En nuestro caso, el consumo de drogas legales se reserva a los adultos, masiva élite ciudadana con ciertos derechos y obligaciones. El Documento Nacional de Identidad es el pasaporte hacia el consumo de alcohol y el tabaco. Los adolescentes y jóvenes ven que el DNI es la manera de obtener estas sustancias, y la sensación de lo prohibido - y por ello deseable - se instala en adolescentes y jóvenes. No parece que se pueda hacer mucho al respecto, dada la naturaleza humana. Sabemos que basta con prohibir algo para que su necesidad crezca en aquellos a quienes se prohíbe. Esto es patente en el fracaso de la persecución que se le hace a la fabricación, expendio y consumo de drogas ilegales, que no solamente no ha reducido su uso, sino más bien parece aumentarlo y fortalecerlo.

Libertad y Adolescencia

Se supone que educamos a nuestros adolescentes y jóvenes en la posibilidad de elegir, es decir en el ejercicio de la Libertad. La Libertad es un valor importante, pues en nuestro orden social heredado de las revoluciones burguesas, se constituye como base esencial para entender la sociedad y desempeñarse en ella, y la Ley no puede conculcarla, sino dirigirla. La Libertad es un valor tan básico, que sin él los otros valores sociales ni tienen base ni pueden entenderse. La vida civil, política, económica y cultural se fundamentan en la libertad de los ciudadanos, y la autoridad legal deriva en todos los casos, por la directa o la indirecta, de la libertad de elección que los ciudadanos ejercen. En consecuencia, el ejercicio de la Libertad es una cuestión de ciudadanía, de personas que usan de esa libertad, y se entiende que aquellos que están en vías de ser ciudadanos deben ser formados en su ejercicio. La madurez de la persona humana es condición para el ejercicio de la Libertad, cosa de adultos, y por eso a ellos se les reserva.

¿Qué pasa entonces con la libertad de los adolescentes y jóvenes? Aparte de la mencionada tendencia a lo prohibido, que es una constante en personas en formación que están integrándose a la sociedad y sus goces, en todas las sociedades hay el problema de quiénes son los ciudadanos, y el momento en que adquieren las libertades civiles que permiten, por ejemplo, beber hasta la cirrosis o fumar hasta el cáncer. Establecer los límites de la libertad resulta extremadamente complejo. Pensemos en la simple libertad de contratar, por ejemplo para comprar y vender, acordada a los ciudadanos, pero que todos los días la vemos más que relativizada. Que yo sepa, no hay bodeguero que exija la presencia del padre, madre o apoderado cuando el chico de seis años quiere comprar un chocolate y tiene el dinero para hacerlo. Este hecho parece absolutamente inevitable, y cualquier sociedad que se pusiera majaderamente exigente con el cumplimiento de la Ley sin mayor criterio que la majestad de ésta, se encontrará con un callejón sin salida constituida por miles de excepciones de toda índole. El cumplimiento de la Ley está de facto sometido al criterio de realidad, y esa es la razón fundamental por la que es tan difícil hacer buenas leyes, y más aún aplicarlas, y es lo que justifica los sistemas policiales, judiciales y penales.

Responsabilidad y Libertad

Siempre he escuchado hablar de la Libertad Responsable, y siempre me ha parecido una suerte de contrasentido. La gente supone que la Responsabilidad es un valor que se opone a la Libertad, y así se produce un conflicto cognitivo entre la Libertad y su opuesto, que se hace muy compleja a niños, adolescentes y adultos. Ejercer la Libertad con Responsabilidad es un problema. Y a mi entender la manera en que los ciudadanos manejamos ambos conceptos es algo bastante absurdo, que se basa en la paradoja de que la Libertad solamente existe cuando no la ejerces. Algo así como que está bien que protestes, mientras no lo hagas. O que tienes libertad para beber y fumar, pero que no debes hacerlo. Pienso que aquí el problema básico está en que no entendamos la relación de la Libertad con la Responsabilidad. Es curioso que cuando hablamos a los adolescentes sobre la Libertad sentimos que es necesario ponerle su opuesto, y así le añadimos una nota paradójica a la Libertad, y decimos “Libertad Responsable”.

Pero la Responsabilidad no es opuesta a la libertad, ni añadírsela a la Libertad la desaparece, como algunos parecen creer. Veámoslo en el caso del trago. Si yo decido tomarme mis tragos sé que eso va a traer una serie de consecuencias, como por ejemplo que mi capacidad para conducir un vehículo va a ser muy limitada, y puede producir un accidente con consecuencias complicadas. Mi decisión de beber enfrenta un dilema ético, que eventualmente me puede llevar a no beber, por supuesto, pero que podría decidirme también a no manejar un vehículo bajo los efectos del alcohol. La Libertad Responsable no me lleva a no beber necesariamente. Si decido libremente empujarme una botella de pisco, y a la vez no manejar, mi decisión sigue siendo libre y responsable. Es un tema de tecnología ética, de toma de decisión, de una especie de cálculo ético-moral, no de balancear valores opuestos, en que uno cancela al otro. La responsabilidad consistirá en prever las consecuencias de los actos que llevo o llevaré a cabo en ejercicio de mi libertad, y aceptar que en la realidad concreta mi decisión de beber y manejar trae consecuencias que deberé eventualmente afrontar. Podría decidir beber y manejar, matar a alguien en el transcurso, y la responsabilidad me llevaría a aceptar las terribles consecuencias del hecho, y con toda seguridad soy persona responsable al hacerlo. Responsable, aunque estúpida al no prever las consecuencias de mis actos. ¿Están nuestros adolescentes y jóvenes – y para el caso, los adultos - preparados para ejercer esta suerte de inteligencia ético-moral?

Veámoslo desde otra perspectiva. Un fumador no necesariamente puede evitar serlo cuando sufre el vicio, dado que la nicotina es eventualmente muy adictiva. Pero sí mantiene un margen de decisión libre extremadamente importante: La de obedecer las leyes que le impiden fumar en lugares cerrados o públicos. Si no lo hace y acepta y cumplimenta las consecuencias del acto, y por ende paga las multas correspondientes, pues sigue siendo una persona responsable. Responsable, aunque bote estúpidamente su dinero. ¿Están nuestros adolescentes y jóvenes preparados para ejercer esta suerte de razonamiento ético-moral?

Veamos otro caso proveniente de un tema que los medios de comunicación no se cansan de condenar, pero que ocurre constantemente en nuestro país: las protestas populares con toma de carreteras. La Libertad responsable no consiste en no bloquear una carretera para protestar, como muchos creen, es saber que el bloqueo es un delito que se castiga y puede echar mis huesos a la canasta, y si aún así acepto las consecuencias de mis actos, bloqueo la carretera y luego voy preso por ello, soy persona responsable. Pensemos en esto: Si considero que mis razones para bloquear la carretera son más importantes que el hecho de ir preso por ello, y asumo las consecuencias de mis actos, pues entonces estoy ejerciendo mi responsabilidad. ¿Están nuestros ciudadanos y autoridades preparados para ejercer esta suerte de razonamiento ético-moral e inteligencia política?

La responsabilidad individual se asemeja a las Leyes en que no limitan la Libertad. Tanto la Responsabilidad individual como las Leyes coaccionadoras y coercionadoras proporcionan dirección a las decisiones axiológicas, que siempre se basan en el ejercicio de la Libertad. No son, pues, un dique para mantener la paz social, sino un canal para darle dirección y lograr que la sociedad avance. La Responsabilidad no es opuesta a la Libertad, sino que proporciona elementos de juicio moral para tomar decisiones. El problema de fondo entonces no es contraponer valores, es ver cómo se relacionan en los casos específicos de la vida cotidiana. Es un problema de operatividad ética, de juicios morales, de pensamiento dirigido a tomar decisiones.

Inconsistencias

¿Por qué un adolescente no debería fumar o beber alcohol? Decimos que es porque se hace daño a sí mismo, y nos decimos que los protegemos al prohibírselos. Pero muchísimos adultos fuman y beben (entre ellos muchos que se oponen a que los adolescentes fumen y beban), y socialmente se permite la fabricación, comercio, expendio y consumo de tabaco y alcohol, si bien con límites. El contrasentido es flagrante y, como hemos visto, tiene poderosa relación con la ausencia de la capacidad de establecer juicios morales, y por ende poseer autoridad moral. Mientras creamos que decir que beber o fumar es malo lo convierte mágicamente en malo por nuestra autoridad de adultos, vamos perdidos. El problema de las drogas, legales o ilegales, no es que sean malas. Muy por el contrario, su consumo lleva a agradables estados de euforia que gustan a adolescentes y adultos, pero que no son apreciados ni aquilatados, con lo que se pierde de vista que su disfrute implica pagar un precio individual y social. El ejercicio de la adultez ciudadana en el consumo de drogas legales no es un conjunto de deberes y derechos, es más bien una constante toma de decisiones ético-morales y políticas. Los valores que aprendemos en la práctica se constituyen en guías para ello, pero no basta instilar valores, hay que crecer cognitivamente hacia el razonamiento moral.

¿La capacidad para beber y fumar legalmente se alcanza a los 18 años cumplidos? Parece que creemos que sí, y lo corroboramos solicitando el DNI cuando estamos en duda. Entiendo que las cosas necesitan definiciones operativas, y que en alguna parte debemos establecer el límite, lo que es materia de grandes discusiones según los países. En algunos la ciudadanía se alcanza a los 21 años, pero la tendencia general es a rebajar la edad de la ciudadanía. En varios países, entre ellos nuestro vecino Brasil, la ciudadanía se alcanza a los 16 años. ¿Quiere decir ello que los brasileños son más maduros que los jóvenes de 16 años peruanos o de otros países? Algunos estarían tentados a decir que sí. Pero lo único que esto en verdad demuestra es la necesidad de entender bien el problema de los valores sociales y del razonamiento moral, a fin de establecer políticas educativas al respecto, según la realidad de cada país. En nuestro país el razonamiento moral no es mucho mayor a los 16 que a los 32 o 48 años. De hecho la Educación Ética y Moral es tan complicada, que según alguna investigación – cuyo detalle me gustaría recordar en este momento - solamente una tercera parte del total de los ciudadanos alcanza un cierto nivel de razonamiento moral.

El problema de las drogas

El problema no sería pues, como nos gusta decir tan simplistamente, de valores. Sería más bien de razonamiento moral, de toma de decisiones. En el nivel educativo sería de coaching, en el real sentido del término. No veo razón alguna para tratar a jóvenes de 16 o 17 años como si fueran bebés de pecho o niños juguetones. De hecho seguimos manejando el pensamiento mágico cuando pensamos que los valores son “cosas”. Se puede educar en la Libertad y en la Responsabilidad, pero ello será efectivo en la medida no solamente qué enseñemos valores, sino además qué hacer con ellos. Punto por hoy.


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miércoles, 17 de agosto de 2011

CONTRA LOS COSTOS DE LA CORRUPCIÓN -Parte 1


"No permitiré injusticias ni juego sucio, pero, si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos la orden de disparar!" (Groucho Marx)

Introducción

La Corrupción es una lacra social. Es bueno siempre empezar por esta constatación. Mucho se ha dicho y escrito sobre la Corrupción, y se justifica por lo difundida que está en nuestra sociedad, aunque se corre el riesgo de caer en percepciones puramente morales, lo que por desgracia casi siempre es una puerta abierta hacia la banalidad. Cuando se habla de corrupción puramente a partir de un “deber-ser” se corre el riesgo de perderse la realidad, lo que no lleva a ninguna parte, si no es a simples declaraciones plenas de lirismo pero vacías de contenido. Una aproximación menos solemne y más suelta de huesos tal vez sea más pertinente. Empezamos por una definición, entonces, y encontramos ésta, que funciona bien para lo que queremos decir: Corrupción es la obtención y acumulación de capital u otro tipo de beneficios por medios ilegítimos. Nótese que no nos referimos únicamente a los medios ilegales, pues en nuestro hermoso país, muchas prácticas corruptas han sido cubiertas, ocultas o protegidas desde el poder por medios perfectamente legales. Por cierto, esta definición, y harto de lo que diremos en este artículo muchas veces sin comillas, proviene de Ordóñez y Sousa, “El Capital Ausente”, Club de Inversión, Lima, 2003, Volumen V, página 1382 y ss.

Corrupción y Sociedad

La corrupción es un hecho que escapa a la esfera estrictamente política, y se encuadra en la vida social. Como la delincuencia en general, la hay en todas partes, la hubo en todos los tiempos, y probablemente a pesar de todo lo que se haga contra ella la seguirá habiendo. ¿Por qué? Por la razón más sencilla del universo, la simple constatación empírica que nos muestra que la corrupción es una constante social, presente aún en las sociedades más opulentas y ordenadas, en todos los sistemas socio-económicos y en todos los tiempos. Ello no significa que no podamos y debamos luchar contra ella, simplemente significa tipificar al enemigo para combatirlo con mayor eficacia. Una primera constatación sería entonces que la Corrupción – como la forma de delincuencia que es - no tiene carácter digital, sino más bien analógico. Con esto pretendemos decir que las acciones anti-corrupción no tendrían como conclusión su erradicación completa, sino su reducción a niveles “tolerables”. Una buena pregunta sería qué significa un “nivel tolerable”, tema espinoso, pero en el que podemos adentrarnos con alguna solvencia pensando en términos de incidencia. Como hipótesis podríamos decir que las conductas de corrupción “socialmente admitidas”, como las conductas delictivas “socialmente admitidas”, deberían ser excepcionales en la conducta social general, y no “la regla” de conducta social. Le dejo a los científicos sociales y a los políticos especializados en el tema la determinación de las causas, características y consecuencias, y la elaboración de medidas e indicadores que puedan medir su incidencia en la conducta social. Me limitaré a señalar en adelante algunas aproximaciones que puedan contribuir a una comprensión más cabal del problema. Por lo demás no podemos dejar de preguntarnos si la persistencia del fenómeno de la corrupción no será convenientemente manejado y difundido para consumo de las masas, para fomentar una resignación social y justificar una frustración social, que desde hace décadas si no siglos sufrimos los peruanos, y que ha conllevado a la reducción de los estándares éticos y morales. La percepción de la Corrupción como un monstruo invencible desmoviliza a las gentes y las acostumbra a convivir con ella. Muy conveniente.

Los Costos de la Corrupción

¿Por qué la corrupción es “mala” para la sociedad? No tratamos de hacer una aproximación desde una ética, sino desde una perspectiva instrumental. Cabe en consecuencia preguntarnos por los “costos” de la corrupción. Es decir acudir a un cierto tipo de análisis costo-beneficio de la actividad de lucha contra la corrupción, y ver si en verdad es conveniente hacerlo, o de repente es mejor dejar las cosas como están. En una perspectiva científico-especulativa, podríamos abordar el tema con una pregunta provocadora e iconoclasta: ¿Hasta qué punto la Corrupción puede ser un hecho correcto o conveniente? No vivimos en un mundo perfecto, las necesidades de la supervivencia colocan a las personas en un dilema imposible de soslayar: ¿Caeríamos en hechos corruptos si nuestra supervivencia estuviera amenazada? Y la respuesta obvia es que sí, dado que el valor de la vida es superior a todos los demás, excepto tal vez para algunas personas. La experiencia terrible de los Campos de Concentración, por ejemplo, muestra que la corrupción florece en la escasez de recursos, percibida como atentatoria contra la supervivencia, lo que nos da como pista de análisis una doble vinculación de la Corrupción con la escasez y con la necesidad de sobrevivir.

Un supuesto de partida

Partamos de un supuesto: Las personas no caen en actos delictivos o corruptos a no ser que carezcan de recursos para su supervivencia. Podemos suponer un estado “A” en el que las personas partirían de la necesidad de la supervivencia, y una determinada posesión de medios para superarla. Si creyéramos en la bondad fundamental del ser humano – suposición arbitraria y sumamente discutible – la comisión de actos de corrupción o delictivos se produciría cuando la gente perciba un estado de necesidad que solamente podría resolverse a través de medios “corruptos” o “delictivos”. La percepción es cosa subjetiva, no realidad objetiva, lo que haría depender la comisión de actos delincuenciales o corruptos de la “sensación” de indefensión que las personas sientan en un determinado entorno social, y la percepción palmaria, adjunta e inmediata de que la única manera de resolver esa indefensión es cometiendo actos corruptos o delincuenciales. Se transitaría entonces del estado “A” no-corrupto a un estado “B” corrupto. Algunos creen que este tránsito se produce debido a la pérdida de la base axiológica “A”, lo que a veces se le llama “perder los valores” o “no tener valores”. Es obvio que no es esa nuestra creencia.

Corrupción y Escasez

Por sentido común sabemos que existe relación entre escasez de recursos y corrupción. Desde la construcción de las Pirámides los administradores de los recursos comunes chequean su uso al milímetro, porque es bastante obvio que los recursos, por más abundantes que sean, no son repartidos de manera que resuelvan plenamente las necesidades de las personas, y su misma escasez plantea el problema de quién se merece la mayor y mejor parte de la torta. ¿Basta tener hambre para merecer que te den de comer? Supuestamente sí, es la idea de los Derechos Humanos y demás grandes avances sociales producidos desde la rebelión de Espartaco en adelante. Pero lo cierto es que mi derecho a la Vida es bastante menos útil que un salvavidas si me estoy ahogando en medio del Océano. La posesión del recurso salvavidas me será disputada si lo que está en juego es la vida como se enteraron, y no del mejor modo, los náufragos del Titanic. En un entorno de riesgo absoluto para la supervivencia los actos delictivos, corruptos o simplemente opuestos a la ética, aparecen espontáneamente. Si el último tigre de Siberia amenaza la vida del más ambientalista de los ambientalistas, y éste contara con un rifle, sospecho que la consideración de la extinción de una especie sería ampliamente superada por la consideración de la supervivencia propia de este particular espécimen de la especie humana, y no creo que podamos culpar al ambientalista en cuestión. Vale decir, sí hay una relación entre delito y pobreza, aunque no es mecánica ni se puede resolver con consideraciones absolutistas ni con principios previos. Ser pobre no te hace delincuente o corrupto, aunque algunos parecen hacer esa asociación. Parafraseando a Borges, yo soy yo, claro, pero mis circunstancias tienen mucho qué decir, tanto que pueden modificar mi yo. De otro modo, no habría conflictos éticos.

Corrupción y percepción de necesidad

En las circunstancias sociales, fuera de lo que los anglosajones llaman “actos de Dios”, la percepción de mi necesidad difiere de la percepción de la escasez. Se puede de alguna manera comprender que en el trance de la supervivencia física la ley del más fuerte se haya impuesto durante el hundimiento del Titanic entre los náufragos, pero la cifra de los rescatados mostró otro hecho más dramático: Se salvaron más varones de primera clase que niños de tercera clase. En lo cotidiano, se supone que los recursos están ahí y que hay que repartirlos adecuadamente para evitar la muerte de las personas. Ha sido así desde que las sociedades superaran la condición de manada. Las manadas poseen un sistema jerárquico, basado primariamente en la fuerza y secundariamente en un cierto determinismo conductual, definido por los conceptos de Darwin y Wallace sobre la evolución de las especies. El fuerte puede deshacerse del débil, pero lo necesita para hacer manada, y la manada sobrevivirá donde el individuo no puede hacerlo. Cuando los seres humanos crearon culturas, sociedades y estados, básicamente crearon sistemas para repartir recursos más o menos presidido por cierta racionalidad, y así nació la Economía. No nos metamos en intríngulis históricos. En las actuales sociedades de mercado el reparto es más o menos eficiente dado que relaciona la productividad social de la persona con su remuneración, colocando bienes y servicios a su alcance para emplearlos en subvenir sus necesidades. La primera clase de un Curso de Economía lo muestra al relacionar el mercado de productos y servicios con el mercado de factores. Las personas en la sociedad somos a la vez productores y consumidores, lo que implica un orden social, que las gentes perciben como garante de la supervivencia individual. Las gentes apuntalan con su aceptación una sociedad que asegure la supervivencia, y luego la justicia, en el reparto de los recursos, y la sensación de necesidad queda paliada o incluso eliminada. En cualquier sociedad la comisión de delitos o actos corruptos es mal vista y socialmente rechazada, no por cuestión moral – que se estructura a posteriori – sino por la percepción de que cuando llueve, todos se mojan, es decir que la delincuencia o la corrupción “no se justifican” en circunstancias sociales “normales”. La condena social que da soporte a la Lucha contra la Corrupción no se debe a la percepción de la escasez o de la propia pobreza, sino por la percepción de distorsiones en los mecanismos de asignación de recursos sociales que afectan la necesidad de supervivencia o de resolución de las necesidades. Si se distingue la Injusticia como criterio de reparto de recursos, la gente pitea. Mientras mayor sea la percepción de que los actos delictivos o corruptos son tolerados y quedan sin castigo o sanción social, mayor es la anomia social, más limitada la noción de bien común, más generalizada la Ley de la Selva.

Un ejemplo viene a cuento: Un amigo viajero que atravesó la India me comentaba que en dicho país la fuerza policial es bastante inoperante y corrupta. No sé hasta donde sea verdad, pero mi amigo es acucioso: El nivel del delito aparentaba ser bastante bajo, y la tranquilidad social aparentemente muy alta, en especial considerando la cantidad de población involucrada y la comparativa pequeñez del sistema policial. Nuestro amigo hizo preguntas y metió la nariz en el tema, y se le dijo que la eventual comisión de un delito en Mumbai, Kerala o Benarés era inmediatamente castigada por súbitas multitudes furiosas y enardecidas que vejaban al faltoso hasta el extremo de matarlo. Es obvio que la fuerza policial aquí es, si no prescindible, cuando menos orientada a objetivos diferentes del de la represión del delito, que a creer a mi amigo, era una necesidad social de la que la misma población se preocupaba. Atribuimos este fenómeno a que la cohesión social existente era muy fuerte, y se había convertido con los siglos en una ideología ético-moral integrada en la conducta social. Las gentes se toman la justicia por su mano cuando en su ser social perciben “permiso” ético-moral para ello, y cuando la circunstancia lo amerita. Esto, que ocurre también en muchas comunidades en nuestro país, parece ser una forma primaria de “administrar justicia” y “reprimir el delito”, aunque entre nosotros pareciera originarse más que por una ética social previa, por una contrarrespuesta a la inanidad del discurso oficial del “deber-ser”, tanto como a la ausencia de jueces, fiscales y policía eficientes y limpias de corrupción.

Corrupción y economía

Cuando Adam Smith conceptuó los principios fundamentales del mercado y el tema de la “mano invisible” ordenadora de la economía, constataba los hechos tal como los entendía, pero además los acompañaba de ciertos principios ético-morales que les daban sustento. Los especialistas nos dirán cuanto entraba el uno en la otra, pero lo cierto es que en el actual desarrollo de la Ciencia Económica el hecho ético-moral es puesto de lado por los economistas, lo que refuerza las posiciones duras de una economía positiva sin rostro humano, dejando sin solución lo que pasa con los que no están en el mercado de factores, es decir poseen poco, o no poseen, medios de pago: Niños, ancianos, personas con discapacidad, desempleados y excluidos de todo género y especie. Pensadores como Malthus y moralistas como De Foe, autor del Gulliver y de un inquietante opúsculo sobre qué hacer con los niños pobres ingleses del siglo XVIII, observaron desde puntos opuestos y complementarios la contradicción: Todo suena muy bonito, pero si los recursos crecen menos que la cantidad de bocas a consumirlos, entonces sí que estamos en problemas. Y de ahí que la justicia no baste, se necesita el crecimiento económico también.

Esta contradicción la podemos encontrar en los discursos de las diversas posiciones políticas. Los seres humanos asumimos, parece, dos posiciones filosóficas básicas sobre la naturaleza humana: Una presupone que los seres humanos somos bestias instintivas, y deja el asunto al recurso de la fuerza, y los que no la tengan que se fastidien; mientras que otra presupone al ser humano como producto de la cultura y la civilización, que enfrenta el problema racionalmente, buscando algún tipo de solución para las personas que por las razones que fuera no están en el reparto de la torta, o lo están de manera palmariamente desigual. Como contradicción es dramática, por el simple hecho que los seres humanos probablemente no seamos una cosa o la otra, sino más bien una combinación desigual de ambos, dependiente tanto del ser como de la circunstancia, y por ende la línea entre una conducta social “salvaje” y una “civilizada” resulta difícil de trazar desde cualquier punto de vista.

La supervivencia en la jungla

La diferencia entre asumir que nuestra naturaleza humana corresponde a nuestro pasado genético “salvaje” o a nuestro “civilizado” y “racional” presente cultural sería, por ende, una contradicción de base en la acción política. Desde una economía positiva y éticamente vacía dejar que los ancianos sin pensión de más de 65 años se mueran es un simple hecho estadístico e incluso conveniente, desde que no produjeron lo suficiente para agenciarse alguna suerte de jubilación. He notado que los que sostienen esta posición nunca lo hacen frontalmente y más bien colocan el hecho bajo la alfombra del bien común, manifestando que alguien tiene que pagarlo. Se asume este hecho y otros derivados de las diferencias sociales como “actos de Dios”, equiparable a desaparecer la pobreza desapareciendo a los pobres por vía del fusilamiento, por ejemplo. Un tema económico positivo(a) y éticamente vacío podría ser considerar el costo de las balas empleadas para desaparecer pobres como una importante inversión para combatir la pobreza. Fuera del evidente sarcasmo de la frase, estoy seguro que pocos economistas, por más positivos que sean, apoyarían esta posición en la realidad. Aunque a veces no parezca muchos economistas son buenos muchachos, pero la contradicción no desaparece con los buenos deseos. Y también es cierto que sus positivas preocupaciones son atendibles, pues es más que obvio que Pensión 65, el aumento del sueldo mínimo, Cuna Más, etc. tienen costos, y de alguna parte tienen que salir los recursos, tampoco se trata de ponerse anteojeras. El riesgo no es, como se piensa, que la economía no crezca, es caer en la ley de la jungla.

Una primera conclusión

El delito y la corrupción parece que siempre estarán con nosotros, a no ser un poco probable cambio en la condición humana. Pero eso no nos exceptúa de la tarea de combatirlas, considerando precisamente por esto que dicho combate debiera ser no una golondrina, sino un verano completo, es decir, una acción política permanente, sostenida y constante. La seguridad ciudadana y la corrupción son problemas álgidos en la agenda nacional, y es claro que el delito y la corrupción son hechos sociales cuyo conocimiento y análisis no depende únicamente de consideraciones filosóficas, ético-morales, económicas o políticas. Hay que conocer al enemigo para derrotarlo. En nuestra próxima entrega sobre este tema continuaremos reflexionando.
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CONTINÚA EN:  CONTRA LOS COSTOS DE LA CORRUPCIÓN - PARTE DOS - http://memoriasdeorfeo.blogspot.com/2011/08/contra-los-costos-de-la-corrupcion_18.html

sábado, 30 de abril de 2011

ALGUNAS IDEAS SOBRE DROGAS Y SEXO

ALGUNAS IDEAS SOBRE DROGAS Y SEXO


Para mi amigo Ángel,
que quemó cerebro.


Las drogas destruyen tu memoria y tu propio respeto, no son buenas, pero las drogas son parte de mi vida y son tan fuertes como el diablo
(Kurt Cobain)

niños que se ponen como motos / con goma para pegar 
(Miguel Ríos)

El problema con las drogas no es que sean malas, es que son buenísimas (Ernesto Blume)


No soy un experto en el tema, pero me parece que todo educador debería tener ideas claras sobre el problema. Estas son algunas de las mías.

Una generación de convivientes con las drogas

Desde que tengo memoria me han prevenido contra las drogas. Como mi niñez empieza a perderse en la oscuridad de lo antediluviano, eso es desde hace mucho tiempo. No es que supiera muy bien qué cosa era eso de drogas, pero sí que eran malas, muy malas, y que los padres responsables se preocupaban de ello, lo suficiente para sentarse con uno a hablar sobre el tema en una época donde no se estilaba que los padres hablaran con sus hijos. Naturalmente no era consciente de lo que pasaba, eso de las drogas a los 9, 10 u 11 años no es algo que a un chico de clase media en realidad le preocupe demasiado. Yo miraba más bien a las chicas.

Sin embargo, otro recuerdo me viene a la mente, tan marcado en ella como a veces ciertos sueños muy vívidos lo están. Estaba en la cancha de fútbol de mi cole, sentado en medio de un corro de chicos de mi tonelaje, tendríamos unos 9 o 10 años de edad. Uno de estos compañeros hablaba directa y frontalmente de lo rico que era el “asio”. Por supuesto, quería decir “ácido”, que se refiere a un tipo de droga alucinógena. No sé si en verdad este chico de diez años la usara, pero hablaba con tal convencimiento y con tanto gusto de los efectos que producía, que los que lo escuchábamos sentíamos esa especie de combinación de envidia, fascinación y celos que mostraría un chico virgen oyendo hablar de la primera experiencia sexual de alguien. La conversación, en la que yo intervine en absoluto silencio, derivó en cómo obtener el “asio” y otras drogas menores, aunque bacanes, como la marihuana. La cocaína aún no estaba muy de moda. No dudo que la mayoría de aquellos compañeros hicieron la experiencia, de manera inmediata o tardía. Algunos de ellos, como se decía entonces y ahora, “quemaron cerebro”, y fueron concomitantemente condenados a una suerte de ostracismo social, sea por condena moral, sea porque era más probable que en su compañía los consumidores no tan torpes terminaran por ser detectados. Alguno que otro de aquellos muchachos se especializó en el narcotráfico. Les va muy bien económicamente.

Durante décadas hemos convivido con las drogas. Muy poca gente hablaba con claridad de ellas. Se ponía por delante la condena moral. Quiso la suerte que mi humilde persona fuera elegida en algún momento para hablar en un evento escolar masivo sobre el tema de las drogas, de donde muy tempranamente me alisté en el bando de los no consumidores. Sin embargo, ello no me libró de las otras drogas, esas que no sabíamos que lo eran, y cuyo consumo era socialmente permitido y alentado, como el tabaco y el alcohol. Es más, su empleo se asociaba a los ritos de adolescencia. No se salía de la niñez sin el empleo de dichas sustancias. La condena no las alcanzaba, eran legales. Y claro, quien toca guitarra quiere cajón, y la gran mayoría de los jóvenes de clase media de mi época adolescente fueron consumidores de drogas ilegales en diferentes medidas. Hasta hoy muchas personas de mi generación se reúnen a puerta cerrada para fumarse su porrito, y conforman un mercado interesante por su capacidad de gasto. No haré al respecto fáciles juicios morales. Los adultos supuestamente sabemos qué hacer y qué no. Sin embargo, divierte ver gente hecha y derecha tomar infantiles precauciones propias de niños malcriados que hacen su travesura, para fumarse el tronchito.

La ruptura generacional

Esta generación ahora tiene hijos adolescentes y jóvenes, y creció en medio de la aceptación soterrada e hipócrita de las drogas ilegales combinada con la aceptación abierta de las drogas legales. Muchos de ellos son en la actualidad indiferentes ante ellas, y traspasan esa indiferencia a sus hijos. Más importante resulta prevenir el embarazo adolescente, por ejemplo, cuyos efectos son más decisivos en la vida y la economía de las personas y familias. Otros son más militantes y enfrentan en sus hijos el consumo de drogas ilegales, aunque aceptan el consumo de las legales. Naturalmente esta confrontación es tanto más inútil cuanto que la nueva generación de adolescentes y jóvenes maneja sus propias reglas, como ha sido desde que el mundo es mundo. Otros padres y madres, situados en las puntas estadísticas, son consumidores de drogas, legales e ilegales; mientras que otros son no consumidores de drogas ni legales ni ilegales.

Los ritos de paso de la niñez a la juventud en nuestras culturas están profundamente asociados al consumo de drogas de varios tipos. El tabaco y el alcohol son los más conocidos, como aceitadores de relaciones sociales, tan complicadas para los adolescentes. Las profundas urgencias hormonales y los desajustes entre lo que el cuerpo exige y los límites sociales podrían estar en el origen del consumo. El cuerpo pide sexo, y los senderos químicos del cerebro estructurados desde la educación formal y no formal no son suficientes ni para obtenerlo ni para contenerlo. El celibato y la virginidad son, como dice la canción, cosa medieval en tiempos de fácil acceso a anticonceptivos y condones. Basta ver el estrepitoso fracaso de las iglesias en contener su empleo en la gran mayoría de los fieles. Lo máximo que pueden ofrecer es la sublimación de una tremenda urgencia hormonal, y, claro está, las reuniones parroquiales se convierten en oportunidades para que los chicos y las chicas se conozcan e intimen. La masturbación, por otra parte, ofrece alguna contención, aunque siempre ronda aquella antigua quisicosa de que mejor es el sexo, porque se conoce gente. Visto desde la química cerebral, el cerebro de un adolescente debe ser lo más parecido a una elaborada e inquietante trompeadera de pulpos. Se entremezclan urgencias y temores, y hormonas y neurotransmisores están en una revolución que hace de la Marcha de los Cuatro Suyos, por comparación, una reunión de monjes trapenses.

Naturalmente este enredo se expresa en contextos sociales determinados. La acelerada descomposición social de nuestra sociedad deja de proporcionar referentes utilizables efectivos. Domar, en el buen sentido del término, a los jóvenes y orientar sus energías hacia actividades “adecuadas”, como cualquier profesor y padre responsable de familia sabe, es una labor paciente que requiere de presencia física y emocional. Ningún contenido valorativo se instala sin referente concreto. La principal contención en los adolescentes es un juego de toma y daca, de tira y afloja, del que se espera emerja un ser humano capaz de contenerse a sí mismo y determinar un uso de su sexualidad libre y responsable. El problema es cuando los padres y educadores no estamos ahí, en esas situaciones que ellos deben resolver solos. Ese es nuestro terror y eso determina nuestra dificultad para dejarlos crecer autónomamente. Es un tema complejo, y me contento por ahora con dejar planteadas algunas de sus dificultades.

Drogas, sexo y envidia

Nadie como los Les Luthiers ha conseguido expresar la profunda ambivalencia y envidia de los padres frente a los hijos en su pequeño y maravilloso R.I.P al Rap. El enlace es

 http://www.youtube.com/watch?v=PULB4MjXCPg

Préstese especial atención a dos aspectos: La velada y graciosísima alusión al “éxtasis” y las drogas como las metanfetaminas, y la general y muy jocosa “denuncia” de la envidia de nosotros, “los mayorcitos”, sentimos frente a la libertad sexual que muchos jóvenes ejercen. Creo que la relación entre Consumo de Drogas y Libertad Sexual queda suficientemente explicitada, aunque no suficientemente demostrada.

Lo que entendemos por Drogas

Para la acción práctica de los padres y educadores, aparte del jovial reconocimiento emocional que debiéramos hacer sobre nuestra propia posición al respecto, resulta imperativo manejar ideas dinámicas alejadas de los estereotipos socialmente instalados, so pena de perder de vista lo que realmente pasa.

No existe consenso social sobre qué son drogas y qué no. Las mejores definiciones son las más simples por lo general, y la definición de “droga” como sustancia que al ingresar al organismo modifica una o varias de sus funciones, aunque tal vez demasiado amplia, da cuenta de la ambivalencia en que se desarrolla el tema. Porque entonces una sal de Andrews y una aspirina resultan ser drogas. Y desde el punto de vista farmacológico lo son. A nadie se le ocurriría igualar el consumo de aspirinas con el de marihuana, pero desde la perspectiva de la definición dada, vienen a ser lo mismo. Ello obliga a pensar que el tema de las drogas debería desplazarse hacia sus efectos. Y separar lo que es dañino de lo que no lo es.

Esta es una distinción clara en lo que respecta a los medicamentos, drogas por derecho, digamos así, e introduce criterios cuantitativos y cualitativos en el tema. Si te enchufas 40 aspirinas las modificaciones que harán en tu organismo producirán un “daño” concreto y a veces irreversible. La pasta básica de cocaína resulta diabólica en sus efectos, dado que en muchas personas basta una probadita para engancharse. Se supone que si se usan drogas es porque de alguna manera se necesitan. Y los efectos de cualquier droga son más o menos conocidos, en especial en lo que se refiere a la creación en el cerebro de ciertos “senderos químicos” relacionados con las sustancias cerebrales productoras del placer, cuya necesidad se hace perentoria, y cuya falta de satisfacción produce el espantoso “síndrome de abstinencia”. No puedo dejar de pensar en la reflexión de Bertrand Russell al respecto de lo fácil que es para las culturas primarias aceptar el alcohol de los hombres blancos, dado que los efectos de su consumo son, y cito de memoria, una de las pocas cosas que hacen que se crea que la vida es digna de vivirse. Ello nos lleva al tema de a qué consideramos “daño causado por las drogas”, el porqué se decide consumirlas, y por qué se cree que la voluntad debiera bastar para dominarlas.

El daño que causan las drogas

Hay un cierto consenso en que las drogas causan “daño” físico. Esto tiene sus absurdos incorporados. Mi santa abuela fumó su proverbial cajetilla de nauseabundos cigarrillos negros hasta los 85 años de edad, cuando dejó este mundo por otras muy distintas razones. Muchos ven el tema no como una cuestión o no de consumo, sino de si el consumo modifica de modo “negativo” las relaciones sociales de estudio y trabajo, en una suerte de “si no se nota, no existe”. Naturalmente están los efectos de largo plazo, acumulables, como lo sabe cualquier fumador. Desde una perspectiva puramente física – pulmones, hígado, etc. – parece que el consumo está guiado por el efecto rana: La rana salta cuando la meten en agua caliente, pero si la metes en agua fría la sancocharás antes que el batracio se percate. Si eres inteligente sabrás que el equilibrio entre el consumo de drogas en general y la vida depende de un nivel de consumo asociado a un estilo de vida saludable que compense tus pequeñas desviaciones hacia el tabaco, el alcohol o la marihuana. La mayoría de los consumidores, sin embargo, no hace este razonamiento y sufre diversos desequilibrios homeostáticos en diversos momentos, como las aseguradoras y los sistemas de Salud privados bien saben al cobrar sus primas y tarifas. Nadie ha hecho ningún esfuerzo serio por instalar una cultura de prevención de Salud.

El daño producido por las drogas en el terreno mental es, en cambio, mucho más oscuro de determinar y más visto como un estereotipo por el que sentir un temor difuso. No todos los consumidores queman cerebro, pero el daño que se percibe en la conducta del consumidor crónico es evidente en especial cuando se presenta el “síndrome de abstinencia”, que muestra la pérdida de control de las propias acciones. Este parece ser el punto crítico donde el daño que las drogas producen es considerado más negativo. Es un lugar común el fumador que sale a las 4 am de su casa a comprar cigarrillos. El “síndrome de abstinencia” evidencia la pérdida del control volitivo, y se asocia además con la evasión del mundo real. No me meteré con el problema de la realidad de la percepción del mundo, aunque bien se lo merecería.

Se registra consumo de drogas entre los soldados en los frentes de batalla, sea en la forma de la administración de alcohol antes de una batalla, o sea en la forma del consumo de marihuana y otras drogas más “duras” entre los jóvenes soldados norteamericanos durante la Guerra de Vietnam. De hecho, parece ser que el consumo puede ser fomentado en ciertas circunstancias, como se ha hecho inveteradamente en nuestra sierra con el consumo de coca para extraer mayor fuerza de trabajo a los indios sin sobrecostos laborales, como darles de comer, por ejemplo. Es evidente que en estos casos el consumo de drogas parece estar bastante “justificado” desde el lado de la realidad, sea para ocultarla o sea para soportarla.

Voluntad y Drogas

Uno de las creencias ético-morales más instaladas socialmente es la idea de que el problema de las drogas es una cuestión de voluntad individual. Las personas somos diferentes en nuestra química cerebral, y es evidente que la voluntad está relativizada por motivos genéticos. Un “deber-ser” señala que el pasarse en el consumo hasta el extremo de la pérdida de la propia voluntad debería generar acciones de recuperación del propio Yo. Alcohólicos Anónimos y las diversas acciones sociales de rehabilitación de consumidores de drogas ilegales muestran resultados poco alentadores al respecto, aunque según parece no hay mejores opciones para todos los que necesitan de estas instituciones. En todos estos casos se entiende como condición el aceptar una especie de “fuerza superior” – a veces con contenido religioso – a la que se debe someter la propia voluntad, y que de alguna manera funciona como una prótesis emocional. Tal vez esto pueda entenderse como que la necesidad de una profunda convicción emocional que marque la química cerebral de tal modo que pueda “sustituir” la necesidad de la droga. Parece una “solución” semejante a la de la extirpación del lóbulo frontal para enfrentar ciertos desórdenes mentales. La conversión religiosa parece funcionar en este sentido, lo que es utilizado seguramente por diversas confesiones. No estamos seguros que este camino sea otra cosa que una solución desesperada.

La necesidad de prevenir

Visto lo anterior, parece que la Prevención es el arma de la victoria en este caso. Se necesitan políticas de Salud Pública al respecto, y políticas de Familia y Juventud. El sector Educación parece que la tiene más clara, aunque los problemas para aplicar políticas de prevención en este caso son más complejos. Pero está claro que la Prevención es mucho más barata y eficiente, y políticas efectivas al respecto deberían reducir el número de los que requieren “rehab”.

En el nivel directo de las familias y las instituciones educativas es posible actuar preventivamente, aunque esto también presenta problemas. Las famosas charlas antidrogas que cualquier centro educativo que se respete organiza para padres de familia y profesores en algunos colegios tienen entre sus espectadores a consumidores de alcohol, tabaco y medicamentos, así como algunos consumidores crónicos o eventuales de marihuana y cocaína, hoy padres y madres de familia y/o docentes. Me pregunto qué pensaran para su coleto cuando escuchan la consabida y siempre repetida condena moral. Tiene que haber una profunda escisión en las mentes de los que aceptan de boca para afuera la condena al consumo de drogas legales o ilegales. Mi generación tiene tan instalada, vista como unidad, el consumo de drogas, que en realidad dudo mucho que esta condena, implícita o explícita, surta algún efecto. Cuando no nos cuentan la cosa moral, aunque esta condena se suponga, y se incide más bien en el daño producido, entra en juego la racionalidad adulta y los efectos de estas charlas suelen ser mejores. De aquí se extrae como lección que no es la apelación moral lo importante, sino informar y enseñar cómo prevenir. Y la prevención tiene que instalarse en los padres de familia desde el nivel inicial, porque si queremos que nuestros hijos manejen la cosa por ellos mismos necesitamos formarlos en determinadas direcciones, y la inmensa mayoría de los padres y madres de familia no tiene ni idea de cómo hacerlo. Y ello implica también tratar con el tema sexual, de las relaciones sociales, de la envidia de los mayores, y de las relaciones intergeneracionales, entre otras cosas.

A los adolescentes no les interesa mucho esto, como no les interesa demasiado la estructura del aparato reproductor cuando lo que quieren es sexo. La información es necesaria, qué duda cabe, pero los adolescentes no necesitan la condena moral, que produce muchas veces inquietantes escisiones emocionales. Los adolescentes, a veces sin saberlo ellos mismos, necesitan herramientas para entender qué diablos les pasa, por qué se sienten como se sienten, y por qué las relaciones sociales son como son. Y ello en un ambiente que les dé autonomía y seguridad propia, así como confianza, guía y consejo constante. Ellos necesitan lo que dijimos antes, autonomía para poder aprender a relacionarse unos con otros, y a lidiar consigo mismos y con las cosas que les ocurren.

En términos más generales, nadie, excepto algunas agencias y ONG s se han preocupado realmente del tema preventivo. Se ve más importante la salida – o ingreso - de divisas o el fortalecimiento de grupos de poder más o menos vinculados, directa o indirectamente, al tráfico de drogas. Lo que podríamos llamar “génesis social” del consumo de drogas no parece estar muy visualizado. Las drogas como parte de los happenings que marcan el ingreso de los adolescentes al mundo de los adultos presuponen una elección por parte de cada joven al consumo de éstas. Necesitamos, como sociedad, hablar de este tema más allá de las coyunturas electorales y de los intereses particulares. Por desgracia, la ausencia o inoperatividad de políticas al respecto ha sido la constante. Hay más preocupación por otras cosas.

Conclusión

Pienso que enfrentar el narcotráfico y prevenir el consumo de drogas son dos caras de la misma moneda. Se necesita un fuerte liderazgo para encaminar un esfuerzo nacional realmente efectivo. Esto es política social, y no deberíamos pensar que las políticas sociales son solamente para pobres. En las elecciones políticas de Junio deberemos elegir entre dos opciones, y tengo la sensación de que solamente una de ellas podría plantearse con seriedad el tema. La otra, por desgracia, parece demasiado vinculada al otro bando.

Y punto.