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jueves, 30 de mayo de 2013

ALFABETISMO Y CIUDADANÍA DIGITAL o El Perú, País de Chocanos

ALFABETISMO Y CIUDADANÍA DIGITAL o El Perú, País de Chocanos

El problema con la religión de la ciencia es que funciona
 (Isaac Asimov)

Digital citizens are individuals who intuitively understand that high quality information is easily available, either freely or for a fee, and who bristle when information that is public is hidden or not available in a digital form (…) Digital citizens are not necessarily individuals with advanced technical skills, but instead are people who are comfortable using technology as a tool to accomplish their work. These individuals often use a search engine as a browser, but are skeptical of much of the information that is presented in the search results.
 (Gerry McCartney, profesor de Tecnología de la Información
 - Universidad de Purdue)


Todos queremos ser modernos, incluso postmodernos. Y todos tropezamos más o menos con los mismos problemas que nuestros antepasados con las nuevas tecnologías: Aunque en los últimos 30 años el adelanto tecnológico es muy notable, el arsenal intelectual que las personas requieren para afrontarlo no ha mejorado. Los cambios se enfrentan hoy en día más o menos del mismo modo que lo hacían los abuelos y bisabuelos, y es posible que por eso aún no la pesquemos, el carro se nos pasa y nos quedamos varados en Babia, país lleno de desconcertadas gentes de cuyas abiertas y sorprendidas bocas derrámase profusamente la saliva. Es patente haber un tema generacional en ello, se necesita amplitud de mente para asumir cualquier nueva tecnología, y así debe haber pasado en otras sociedades, pues la creatividad y la innovación requieren de cierta libertad mental, casi siempre propia de adolescentes y jóvenes. 

El Ciudadano Digital


Pero no puedes atribuir todo a la actitud de amplitud mental, eso ya se hace en nuestro país a modo de autoayuda, y se sigue tapando el sol con cualquier dedo para así dejárselo cómodamente todo a las entidades metafísicas: Las ánimas benditas del purgatorio, la iniciativa privada, San Benito de Palermo y la mano invisible del mercado. Gracias a ello somos una suerte de Uruguay setentero, pero en grande. Es decir, nos despoblamos de nuestra gente más capaz, inteligente o audaz a ritmo de unos 150 por día, según cifras de emigración. O simplemente se van los que alcanzan a aprender a leer, a pesar de todo el aparato en contrario. Y lo digo así porque obtener un 72 % que a los 15 años no comprende lo que lee debe ser producto de alguna clase de política, no me lo puedo explicar como producto espontáneo del orden social, aún de éste. Por otra parte no nos pasa solamente a nosotros: Colombia, México y otros países registran  estos resultados, la diferencia con nosotros está en que lo dicen. 

El Alfabeto Digital

Pero tratemos de ser positivos. Digamos que para que haya Ciudadanía Digital tiene que haber campo libre para la creatividad y la innovación. Campo libre significa ausencia de obstáculos, en especial los de las estructuras cognitivas anquilosadas reflejantes de estructuras sociales anquilosadas. Cuando se les acuerda a los jóvenes de edad y de espíritu la libertad y la posibilidad de cambiar el mundo suelen hacerlo, y con muy pocos medios además. Testigo, Steve Jobs. Pero esto es posible si y sólo si la estructura social se los permite y no se los estorba. Nuestros Steve Jobs para serlo tienen que emigrar a donde les dejen ser Steve Jobs, y no es sólo por falta de plata, sino que lo verbalizan empleando la palabra “oportunidades”. 

El alfabetismo digital, como el de la lectura tradicional, tiene condicionamientos sociales en lo cognitivo, es decir, el llegar a ser plenamente alfabeto depende de ciertos rasgos de la sociedad en que vivas. Y si quieres llegar a ser plenamente ciudadano tienes que ser plenamente alfabeto, porque leer es condición sine qua non para la ciudadanía. Y la extrapolación acá funciona: para llegar a ser Ciudadano Digital necesitas ser Alfabeto Digital. 

País de Desconcertadas Gentes

Una condición absoluta de la Ciudadanía es poder acceder a la información relevante. Los liberales clásicos lo entendieron de tal manera que inventaron las Libertades, entre ellas la libertad de información y la libertad de prensa. El estado de la cuestión en nuestro país en este aspecto es paupérrimo, dado el Bloqueo Informativo, la concentración del control y la posición de dominio obtenidos por los Barones de la Prensa sobre el espectro electromagnético y la prensa escrita. Para buscar noticias los periodistas van a Twitter, lo que puede entenderse como “el colmo” del Bloqueo.  

Datos

Desde fines de la última década del siglo pasado el acceso a la información y la capacidad de difundirla ha crecido espectacularmente. Los datos nos dicen más o menos esto:

  • En el Perú la penetración aproximada de Internet – es decir, el porcentaje de la población que tiene acceso – es consistente con el promedio latinoamericano de 34 % a 35 %.
(Pero las medias engañan: Colombia está en 50 %, Uruguay y Chile en 58 %, Costa Rica en 47 %, Puerto Rico en 55 %. Más cerca de nosotros están Brasil – 38 %, Venezuela – 37 % y México - 34 %)

  • La media latinoamericana de 34 % esconde una brecha continental: Estados y Canadá registran 78%, Alemania 80 %, el Reino Unido 83 %, Japón 78 %.
(Es decir, aproximadamente el doble de ciudadanos europeos, norteamericanos y japoneses acceden a información por Internet. En América Latina ello indicaría una segmentación social y cultural)


Nos quedaremos con esta data por ahora, porque aunque hay información disponible sobre usos de Internet y variabilidad de éstos, y sobre muchas otras cosas a nivel de casi todos los países de América Latina, la información sobre el Perú parece más o menos pasmada. Esta situación no es nada extraña, pasa en muchísimos aspectos y es uno de los principales obstáculos para determinar políticas. Es muy difícil obtener data en el Perú sobre casi cualquier cosa, en especial temas modernamente relevantes, creemos que porque no son útiles, no son visibilizados, están manipulados o simplemente no les interesan a los decisores políticos.  

Alfabetización lectora y alfabetización digital

Hablando en general, saber leer es una condición para el ejercicio de una ciudadanía coherente. País con analfabetismo rampante es país a-democrático. Y el analfabetismo funcional es tanto o más peligroso que el analfabetismo decodificador. Creer que se sabe es más peligroso que no saber. Es más, la alfabetización digital presupone que se poseen las habilidades tradicionales de la lectura – decodificación y comprensión. Así que podemos afirmar sin temor a equivocarnos demasiado que incorporar los conceptos cibernéticos y digitales en una sociedad iliterata funcional es meter vino nuevo en odres viejos. Y eso nos da dos extremos de un amplio abanico digital: Un extremo: Los odres aguantan, la cosa sigue más o menos igual, pero con la creencia de que se sabe y se avanza; o en el Otro Extremo, los Odres se rompen, y tenemos entre manos crisis y cambios violentos o cuando menos rápidos de alguna clase.

Plazos

Diferenciemos entre procesos de corto y de largo plazo. En el corto plazo, ingresar el digitalismo en una sociedad no preparada para ello implica que éste se incorpore como mecanismo de dominio y exclusión, es decir, se reserva el pleno conocimiento a las clases superiores, y pasa a ser “magia” para las inferiores. Pero como nosotros como sociedad no somos capaces de producir conocimiento ni tecnología, estamos a la dependencia de los procesos exteriores. Y los grupos dominantes, incapaces de formar “élites” ilustradas, no pueden bloquear el ingreso de la tecnología, ni pueden eternamente impedir que el conocimiento se difunda. Y así, en un proceso de mediano plazo, el bloqueo de los grupos dominados se debilita en el aspecto científico-tecnológico. Así pasamos de un Estado que daba soporte a los grupos dominantes en la egregia tarea de mantener bestia a la gente, a un Estado en teoría promotor de la educación y de la cultura. Aunque como es patente esto no pase de palabras. Un factor de gran importancia en el proceso migratorio interno vivido en el Perú desde los ´30 del siglo pasado fue la búsqueda de oportunidades educativas, es decir, de acceso a la Ciencia y Tecnología. Cuando los migrantes no la encontraron en las ciudades peruanas, se fueron del Perú. Buscar educación en serio debe estar entre los tres primeros motivos de la emigración peruana al exterior. Y tenemos tres millones de peruanos afuera cuando menos.

Problemas de concepto

¿Y por qué se nos fueron esos tres millones? Maticemos lo dicho antes: Hemos adelantado la hipótesis de que buscaban Ciencia y Tecnología, y esto no es tan exacto. Lo que buscaban – y buscan – eran y son medios de supervivencia no disponibles en nuestra sociedad, y pensaron que eso pasa por una Educación en serio que en el Perú no existe, o que de existir tampoco pesa a la hora de conseguir chamba. Sumemos a esto un hecho incontrovertible: Si tienes un título de la Universidad de Katanga en Ciencias Ocultas, y has pasado por el aro de pagar tu cupo en la Asamblea Nacional de Rectores, te has posicionado maravillosamente bien en el mundo ocultista nacional y ganarás más que un ocultista con maestría de la Universidad de Las Huaringas. Claro está que ello supone que la educación afuera es efectiva, lo que no siempre es cierto, pero lo creemos a rajatabla dada la informalidad de la Universidad de Las Huaringas y otras. 


Que nuestra Educación se equivoca de medio a medio es demostrable de tantos modos que en realidad es ocioso repetir lo que ya se ha dicho bien de tantas maneras y por tantos especialistas. Nos quedamos con dos cositas nomás: 

1. Solamente uno de cada cinco egresados de la secundaria entiende lo que lee; 
2. Sólo cuatro de cada cinco egresados de secundaria odian las ciencias y matemáticas en diversos grados.

Añado además otro hecho, quizá no tan evidente: No hay puestos de trabajo para los científicos peruanos, lo que demuestra que hablar de fomento de la Ciencia y Tecnología hasta la fecha es básicamente una burla, a no ser que alguien meta la mano al respecto, con lo que chocará con Chocano. Y no alargo más este artículo, que quiero que me lean


Colofón

Una consecuencia de todo lo dicho es que los peruanos no somos analfabetos digitales - y de los otros - por inspiración divina, sino porque se trata de mantenernos así. Otra es que el actual gobierno no consigue gobernar porque se está percatando - recién - que el Perú es un país de Chocanos. Tendrán que poner en remojo muchas ideas y conceptos, pues todo el aparato conceptual con el que trabajamos está contaminado. Si un Gobierno quiere hacer algo, inevitablemente le pisará los dedos a alguien, inevitablemente el propietario de esos dedos gritará que va contra la Hoja de Ruta, e inevitablemente habrá que adoptar una Cultura de la Resistencia, so pena de quedarse aislado. El que tenga Oídos, que Oiga. Hablaremos más de esto.  

Peru Blogs

lunes, 19 de marzo de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 7: CIENCIA Y TECNOLOGÍA

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CRÓNICAS DE LECTURAS – Siete
Leer Ciencia y Tecnología - Uno

I
Literacidad científico-tecnológica, y el Amanecer del cómo se mete uno en la Ciencia

Uno de los grandes problemas en nuestro país es el del analfabetismo científico y tecnológico. En parte es porque no leemos nada de nada y de Ciencia menos, en parte porque tenemos poco acceso a libros sobre el tema, en parte también porque cuando de Ciencia se trata los Medios de Comunicación nos sirven un menú “científico” basado en una parodia de ciencia, si no en la seudociencia y la superstición. En pocos aspectos como en éste se percibe mejor la influencia destructora que poseen los medios. Pero no insistiremos en ello, lo hacemos ya y lo seguiremos haciendo. Digamos que entre los registros lingüísticos que debiera dominar todo alumno y ciudadano está el científico tecnológico. Esto significa, por una parte la capacidad para decodificar los lenguajes científicos –tecnológicos (si no lo puedes hacer eres un analfabeto científico); y por otra la llamada literacidad científico-tecnológica, que PISA describe cómo la  capacidad para usar del conocimiento científico para identificar problemas y poder sacar conclusiones basadas en la evidencia, que ayuden a entender y tomar decisiones respecto al mundo natural y los cambios que produce en él la actividad humana. Notemos en esta definición esas habilidades cognitivas: identificar problemas, obtener conclusiones basadas en evidencia, comprender, tomar decisiones; y nos percataremos lo muy huérfanos que andamos los peruanos en estos aspectos. Y si antes el conocer y operar con el lenguaje científico ya era importante, hoy en día ya es imprescindible. Pensemos nomás en ese extraño idioma paralelo que se ha enseñoreado en tantos segmentos poblacionales: el computés, cuyo dominio está reservado a algunos iniciados en los arcanos de las ciencias de la Informática y la Computación. Pensemos en los siguientes términos procedentes de estas disciplinas y pensemos si sabemos qué significan (nivel de decodificación) y más aún si los podemos utilizar (nivel de comprensión): bit, byte u octeto, Ley de Zipf, procesador, meme, código Ascii (pronunciado asqui), matriz, interfase, conector de salida, fractal, bus, hashback, memoria RAM, microprocesador, plotter, fibra óptica, ancho de banda, Kbps, input, output, coma flotante, lenguaje hexadecimal, sistema operativo, etcétera, etcétera, etcétera. Y pasa con las computadoras lo mismo que pasa con los automóviles o las refrigeradoras; que las utilizamos sin pensar y sin entender los principios fundamentales de cómo operan. Si por nosotros es, podría ser por magia. Pero no es así para los que las pensaron, planificaron y construyeron. Y esos no fuimos nosotros, fueron ellos, y esos ellos hoy en día nos cobran esa chamba que se dieron, y la pagamos fuerte, créanme.   

¿De dónde rayos me salió a mí el gusto por la Ciencia y la Tecnología? Pues, como en todo, de las experiencias vividas. Distingo dos momentos estelares: El amanecer y el mediodía (no quiero ni pensar en el ocaso). De chibolín le eché el ojo a los libros técnicos de mi padre, recuerdo de sus épocas universitarias en la Facultad de Química Farmacéutica en San Marcos. Yo tenía menos de diez años y nadie suponía que viera esos libros, ni tampoco captaba una jota de ellos. Muchas letras, pequeñitas. Figuras aburridas, en blanco y negro. Las enciclopedias de casa me habían familiarizado ya con contenidos científicos bien mezclados con otros, y como yo ni diferenciaba ni discriminaba, me limitaba a absorberlo. Eso funciona por un tiempo, pero a la larga hay temas más fuertes que otros, según a qué seas expuesto, y empieza uno a centrarse sobre ciertas cosas con preferencia a otras. Por suerte entre los libros en casa había parte de la colección Ciencia Creativa, traducción de la auspiciada por el American Museum de Nueva York, de Historia Natural. Los títulos eran Planetas, Estrellas y Espacio, de Joseph Chamberlain y Thomas Nicholson; e Historia de la Tierra, de Gerald Ames y Rose Wyler. Los he releído más veces de lo que podría contar, y aunque eran para principiantes no los entendí plenamente al principio. Pero no importaba. Tenían fotos y dibujos de enorme interés, y textos bien redactados y sencillos. Me familiaricé y apasioné para siempre con la Astronomía, la observación del firmamento, la Historia Geológica, la Historia de la Vida, la exploración espacial y la Geografía. La satisfacción vital que siento al respecto es tan profunda y marcada que me resulta imposible narrarla con objetividad. Había entrado sin saberlo a la Ciencia, sin saber leer ni escribir, sin anestesia, sin aviso; y ya no me iría jamás. Es que cuando eres niño el refuerzo positivo es decisivo: Mirar el firmamento y reconocer las constelaciones del libro; caminar por un valle, la playa o la selva, y reconocer las rocas, los animales y los fósiles del libro, todo eso no tiene precio. Si me preguntas de dónde surge la pasión por el conocimiento, yo lo respondo con mi experiencia: De aplicar a la realidad lo que aprendiste por medios intelectuales. De experimentar con tu propio cuerpo y tus propios sentidos aquello que leíste, te dijeron o averiguaste. De corroborar las cosas por ti mismo, con tus ojos y con tu cerebro. Se liberan así más endorfinas en el cerebro que fumándose una de la buena. En esto, lo repito, los refuerzos positivos cuentan muchísimo. En casa se adquirió un telescopio, al que le debo horas de observación, y eso que el cielo de Lima es un asco para ver las estrellas, pero los planetas sí que se dejan ver. Una vez me llevaron al Planetario del Morro Solar, una sola, pero quedó indeleble en mi memoria hasta hoy. En un paseo escolar al valle del río Santa Eulalia descubrí un caracol medio fosilizado, y lo entregué al pequeño museo del colegio. Y jamás me sentí tan orgulloso en toda mi vida.

II
El Mediodía de la pasión por la Ciencia, y la Hepatitis C

El mediodía de mi pasión por la Ciencia coincidió con una fulminante, agresiva y discapacitante enfermedad que me mandó varios meses a la cama: La Hepatitis C. Parece ser mi destino que me pasen las cosas “por adelantado”, a veces me he sentido el conejillo de indias de toda mi generación. Tenía 31 años de edad cuando me dio la dichosa enfermedad, y esa maldita ni siquiera existía clínicamente. Le llamaban Hepatitis “ni A ni B”, y francamente era de pararse los pelos, y hasta un poco ridículo, enfermarse de algo que nadie sabía qué cuernos era. Y encima, en provincia. Aún recuerdo lo que me dijo mi amigo el Doctor Sabino Gonzales, Médico Decano del Hospital de Huarmey: Flaco, te jodiste, tienes hepatitis aguda. Así, sin anestesia. Entregué el Hotel a la Cajera, medio moribundo me despedí de los amigos, y me vine a Lima, más amarillo que un chino. Terminé en cama en casa de mi madre, y las cuatro paredes blanco humo del cuarto de visitas fueron mi paisaje por varios meses. Pero aquí no digo verdad, porque mi verdadero paisaje fueron los libros de la colección Biblioteca Científica Salvat, que por entonces aparecía semanalmente. Metido en cama sin poder apenas moverme, con permiso por enfermedad, harto de la programación de la televisión nacional – no había cable en aquellas antediluvianas épocas – me leí todos y cada uno de esos libros, amén de muchos más sobre otros temas. La Hepatitis C es una enfermedad curiosa, que hasta la fecha no tiene cura, apenas un tratamiento con interferón y ribavirina para sostener calidad de vida, tratamiento desconocido por entonces, y que tampoco me hubiera servido de gran cosa. El bendito virus está emparentado con el del VIH, ataca al hígado con devorador entusiasmo y sin que nada sino tu sistema inmunológico se interponga entre él y tú, pues ni había medicinas para curarla ni doctores capaces de algo más que de dilucidar con qué letra mayúscula iban a apellidarla. Hay tres rutas posibles cuando el virusillo te agarra: Uno, se te vuelve crónica – cosa que a mí ya no me pasaría, pues me dio la aguda. Dos, evoluciona hacia la cirrosis, el cáncer al hígado, y eventualmente te mueres. O tres, te curas “espontáneamente”. Todo se resume a una carrera entre el maldito bicho y tu sistema inmunológico, a ver si el uno consigue fabricar los anticuerpos antes que el otro te haga paté el hígado. Si tu organismo no resiste ese Le Mans, fuiste. Los médicos aquí eran tan útiles como las plantas ornamentales, y lo único que pueden hacer es firmar el certificado de defunción y darle palmaditas en la espalda a la viuda inconsolable. Antes que mi organismo decidiera ganar esta mortal carrera, perdí 30 kilos de peso y al final me dejó con un poco de piel ajada para envolver mis huesos. Créanme que entonces ganarle a la Hepatitis “ni A ni B” no era moco de pavo, entraba en juego mucho de eso que llaman voluntad de curación, que de seguro afecta el desempeño del sistema inmunológico. Al tercer mes pasé por una profunda depresión, producida por estar convencido de que si alguna vez salía de esa habitación, lo haría con los pies por delante. Y una de las cosas que me ayudó a superarla fue tener a disposición las decenas de libros de la colección Salvat, que me dieron algo más en qué pensar que en el posible diseño de mi ataúd, y además me distraían del espectacular rasca-rasca que la ictericia produce. Puestos al alcance de una persona con cultura general y con forzado tiempo de sobra para leer, me los devoré. El hecho lirondo es que si estoy aquí escribiendo estas líneas es porque estoy vivo - por lo menos eso creo - para mi propia confusión y la de mis enemigos.

Poseo hasta hoy los cien volúmenes de la Biblioteca Científica SALVAT, todos de autores reconocidos, todos magníficamente bien escritos, y algunos verdaderos clásicos de la Divulgación Científica e incluso de la Ciencia. Un clásico científico no significa que sea lo último en Ciencia, más aún en esta época de investigación constante y creciente, pero sí es de gran importancia como punto de partida si quieres saber algo del tema. Me permito reseñar algunos de ellos. Gorilas en la Niebla – 13 años viviendo entre los gorilas, de Dian Fossey (Volumen 2), probablemente es el único libro de carácter científico en el mundo que se ha llevado a la pantalla grande, protagonizada por Sigourney Weaver. La película comparte con el libro apenas el título y algo de la peripecia de Dian Fossey. Probablemente jamás se hubiera filmado si no fuera por la muerte violenta de Dian, asesinada por los cazadores furtivos que ella tanto detestaba y que militantemente trató de detener. Es fácil de leer, y muy interesante. Cuenta con algunas fotografías que claramente inspiraron algunas de las escenas más conmovedoras de la película, como cuando Dian consigue tras ímprobos esfuerzos tomar de la mano a un Gorila. Otro clásico es La evolución de la Física, de Albert Einstein y Leopold Infeld (Volumen 24). El nombre Einstein está asociado a explicaciones abstrusas y asusta un poco, pero el libro fue pensado como explicación sencilla de la Física. Posee la virtud de explicar la Teoría de la Relatividad situándola en el contexto del que proviene: La Física newtoniana clásica, así que es bastante más accesible de lo que parece. Doce pequeños huéspedes – Vida y costumbres de unas criaturas insoportables, de Karl von Frisch, Premio Nobel, es un encantador librito que narra la vida, costumbres, adaptaciones y modos más adecuados de exterminar a esa docena de bichos tan simpaticones que son la mosca, el mosquito, la pulga, la chinche, el piojo, la cucaracha, la hormiga, el lepisma, la araña, la garrapata, la polilla y el pulgón. Una plausible teoría sobre la evolución del comportamiento de los animales y el hombre es explicada en El Gen Egoísta – Las bases biológicas de nuestra conducta, de Richard Dawkins (Volumen 9), que en su momento levantó harto polvo, y que en la actualidad lo sigue levantando. Conceptos como la inmortalidad de los genes que sobreviven a la selección natural, y el hecho que nosotros, con todas nuestras ínfulas antrópicas no seamos más importantes para los genes que las vacas para las tenias, son escandalosos y dañan nuestra autoestima. No resisto la tentación de citarlo: “… el título de este libro (debió ser) El levemente egoísta gran trozo de cromosoma y el aún más egoísta pequeño trozo de cromosoma. (…) éste no es un título muy fascinante ni fácil de recordar, de tal manera que opté por definir el gen como un pequeño trozo de cromosoma que, potencialmente, permanece por muchas generaciones, y titulé el libro El gen egoísta.”(Pg.´46-47). En la senda de Gorilas en la Niebla, Jane Goodall escribe En la senda del Hombre – Vida y costumbres de los chimpancés (Volumen 23). Como sabemos, los grandes antropoides en acelerada extinción son nuestros parientes genéticos más cercanos, y parece que tenemos más en común con el agresivo y antipático chimpancé que con el pacífico y agradable Gorila, y lo sabemos gracias a las investigaciones de Goodall, la que por cierto, comparte con Dawkins y otros la calidad de gurú científico.

III
Más sobre la Biblioteca Científica

Continúo con otros clásicos científicos o de divulgación científica. Pocos libros he disfrutado tanto como La Lógica de lo Viviente del nobel François Jacob (Volumen 47), y eso que no es de lectura fácil, pues es lo que solemos llamar denso, es decir, cargado de ideas y conceptos. Sin embargo, como ocurre con aquello que nos da más trabajo, pero que conseguimos superar, llegar a entenderlo es una gran satisfacción. Lo interesante es que explica genialmente algo que por lo general no se explica: Cómo pensaban la Biología las diferentes épocas, cómo la poderosa dinámica histórica de los relatos y metarrelatos de una época determinan el curso de la investigación científica. Jacob es un materialista duro, rechaza los azares y las visiones ideales, y se inclina por las grandes tendencias. En Historia estamos tan acostumbrados a que nos hablen de mitología o conquistas políticas y militares, que se nos olvidan las ideas preponderantes y las determinaciones económicas y sociales de una época. Creemos en suma que los griegos clásicos o los renacentistas eran tipos que pensaban como nosotros. Este libro me abrió una perspectiva de la Historia de la Ciencia completamente diferente a la común y silvestre. No podemos pasar por alto el clásico La Doble Hélice, de James Watson (Volumen 85), best-seller internacional publicado originalmente en 1968, que narra en primera persona el proceso de la comprensión de la naturaleza del ácido desoxirribonucleico (DNA, o ADN). La idea preponderante del altruismo científico es hecha trizas en este libro, donde descubrimos que los tales son gentes tan iguales como el resto de la indiada, con sus petulancias, mezquindades, tonterías y luchas por la precedencia, tan iguales como las que puede haber entre los empleados de una peluquería o los socios de un club de golf, y así se entera uno sobre qué es tener éxito en Ciencia. En el estudio del comportamiento animal y humano la colección cuenta con tres grandes clásicos más: Naturalistas curiosos, de Niko Tinbergen (Volumen 19); y Guerra y Paz, y Amor y Odio, de Irenäus Eibl-Eifesteldt (Volúmenes 69 y 63).  El primero es una narrativa de cómo Tinbergen, Konrad Lorenz y otros alcanzaron una mayor comprensión del comportamiento de los animales en su ambiente natural. Los otros dos echan harta leña al fuego de la discusión entre genética y medio ambiente, continuando el proceso iniciado por Darwin, Wallace y otros de destronamiento evolutivo del ser humano. Vaya hombre, somos básicamente iguales a los animales, lo que en realidad no es tan difícil de captar, pero la verdad es que nos creemos lo máximo y no tenemos grandes motivos para ello. 

Que los científicos escriban sobre Ciencia mirando al común de las gentes es conveniente para ellos y conveniente para la indiada. Hacen su parte en la labor de alfabetizar en ciencia, y menos mal no están solos. En la Biblioteca Científica está la Academia Norteamericana de Ciencias, con su Física Nuclear, un Estado del Arte al año 1985 de cómo andaban los conocimientos sobre el tema (Volumen 96); así como la Organización Mundial de la Salud (OMS), que con la FAO edita Los Alimentos y la Salud (Volumen 79). A este volumen le debo haberme sacudido los pajaritos de la cabeza respecto a los temas de Nutrición y Alimentación. La razón es sencilla, es obvio que las toneladas de información contradictoria e inútil que la web y los medios de comunicación presentan sobre nutrición y alimentación son más reflejo de los intereses de los oligopolios y transnacionales de la medicina y la nutrición, que de una visión equilibrada sobre el tema centrada en el Bienestar de las personas. OMS/FAO se constituye como una voz autorizada alejada de los grandes intereses, o por lo menos no tan a sueldo de los interesados en vender sus productos. Aparte de científicos e instituciones, entre los autores hay periodistas y otros especialistas expertos en divulgación científica. Considerando lo increíblemente ignorantes que somos en nuestro medio sobre estos temas, es magnífico encontrar periodistas que emplean sus habilidades en despojar a la Ciencia de su hermetismo. Entre ellos consideremos a Martin Gardner, autor de Izquierda y Derecha en el Cosmos (Volumen 14), El Escarabajo Sagrado (Volúmenes 41 y 42), La explosión de la relatividad (Volumen 45) y Miscelánea Matemática (Volumen 49); a John Gribbin, autor de En busca del gato de Schrödinger (Volumen 20), Génesis (Volumen 48), La Tierra en Movimiento (Volumen 50) y El Clima Futuro (Volumen 58); a Paul Davies, autor de Superfuerza (Volumen 4), La Frontera del Infinito (Volumen 12), Otros Mundos (Volumen 28), El Universo accidental (Volumen 56) y En busca de las ondas de gravitación (Volumen 84); a James Trefill, autor de De los átomos a los Quarks (Volumen 8), El momento de la creación (Volumen 31), y El panorama inesperado (Volumen 39). Es difícil dar cuenta de tanto buen autor y título, hay en esta Colección pocos libros de relleno, y hasta esos son interesantes. Así que algo bueno surgió de la Hepatitis C, después de todo: La reflexión sobre cómo era posible que hubiera vivido hasta entonces sin entender por lo menos en algo el mundo que me rodea. Me enteré así del enorme tamaño de mi ignorancia. Ví que leer libros de divulgación científica no es estudiar una disciplina científica. Adquirí así un nuevo respeto por la Ciencia y la Tecnología, en especial gracias a los Filósofos y Pensadores incluidos también en la colección, tales como Gerald Feinberg, el genial Arthur Koestler o el Psicólogo B. F. Skinner, que me abrieron nuevas rutas de pensamiento. Le tomé gusto a las ciencias duras, lo que a veces me hace caerles pesado a mis amigos y otras gentes. Ese fue el resultado de algunos meses en cama en compañía de esa magnífica y hoy desfasada colección, pues el tiempo pasa y la ciencia avanza con enorme rapidez en estos días. Mi curiosidad por la ciencia obtuvo nuevo impulso, y he de decir que es parte importante de mi felicidad personal el entender algo del Universo en el que me ha tocado pasar mi vida.

IV
Más, más y más sobre Ciencia y Tecnología

En Ciencia y Tecnología, como en todo, no puede uno detenerse. Si no te pones al día, te quedas y te anquilosas, más aún en una actividad con tanto de innovación e investigación. El primer riesgo que el apasionado de la Ciencia corre es la increíble amplitud de la data involucrada. Otro igualmente desagradable es que se te pierda el método, te creas el cuento de la auctoritas, y empieces a tratar la Ciencia y la Tecnología como si fueran Religión o Filosofía; o peor aún, Astrología o Metafísica ingenua. La pequeña sabiduría siempre, siempre, siempre, siempre es peligrosa. Y otro riesgo más es el aislamiento, el individualismo, el regodearse solito en el asunto que solo te lleva a una estúpida pedantería intelectual, a creértela, más aún en nuestro medio ambiente donde ser tuerto en tierra de ciegos suele rendir réditos. Contra estos riesgos encuentro que lo más aconsejable es colarse a lo bruto en el mainstream (“corriente principal”), en los trends (“tendencias”) de actualidad. Y eso, en primer lugar, implica que tarde o temprano deberás decidirte a concentrar tu atención y tu tiempo, porque no puedes hacerlo todo, y ni lo intentes, es muy frustrante. Céntrate en dos, máximo tres temas de los más cercanos a tu interés, tu actividad, tu necesidad y/o tu pasión. Y mientras más puedas empatar esas cuatro cosas, mejor todavía. Date todo el tiempo que necesites para administrarte. En segundo lugar, maximiza tu tiempo, por más poco de él que dispongas. Yo, como docente, encontré tema de especialización en las funciones cognitivas de la Lectura y en la Biología del Aprendizaje, temas en los que sigo investigando por mi cuenta, montado en mi labor docente, en mi curiosidad, en mi pasión por conocer y en el fabuloso y extraordinario instrumento que es la Internet, que te permite si no estar al día, cuando menos saber qué se está haciendo en esas áreas que te fascinan. Suscríbete a revistas científicas de especialidad, es plata bien gastada, y si no tienes plata, pues hay informativos gratis. Como condición heurística obligatoria, tendrás que alcanzar competencia en la lectura en Idioma Inglés. Si esperas a que te traduzcan lo importante vas frito, compañero. Por cierto, gracias a esto mejoré tanto mis competencias que, sin haber seguido sino circunstancialmente cursos de inglés, alcancé inmersión y competencias suficientes para ganarme la vida, entre otras cosas, traduciendo del inglés al español textos de Ciencia y Tecnología.

Por supuesto, me sigue gustando la Astronomía, pasión de décadas, y hoy en día la tengo empatada con mi gusto por la Historia. La Arqueoastronomía es una disciplina en la que me estoy metiendo a la mala, montado en el simple hecho que a diferencia de muchos arqueólogos, indudablemente competentes en su área, entiendo cómo funcionan los objetos del firmamento, aunque siempre se puede aprender más. Me estoy leyendo el librote de Tom Zuidema, El calendario Inca, y aunque el hombre para redactar es la muerte, con mucho esfuerzo lo voy entendiendo un poco más cada vez. Si bien los artículos sobre Ciencia son interesantes y te ponen al día, no basta con ellos, hay que tratar de seguir leyendo libros de Ciencia, so pena que se te difumine tu habilidad adquirida. Así pasa con la Lectura, la función hace al órgano. Me pasó que tuve la suerte y la desgracia combinadas de acceder de chico a un texto universitario de Astronomía, Introducción a la Astronomía, de Cecilia Payne-Gaposchkin. Por desgracia, este libro me fue impuesto para participar de mocoso en uno de esos detestables concursos que premiaban con dinero la memoria eidética - disfrazada de  “erudición” - de jovencitos que por su leer sabían algo más que el resto sobre Genghis Khan, Astronomía o la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, este libro me dejó sembrado el convencimiento de lo mucho que hay por aprender, y con los años se convirtió en una fuente de consulta importante. Además, cada capítulo estaba presidido por citas literarias procedentes de Esquilo, Safo, Shakespeare, Milton, Dante, Tennyson, Browning, Spenser y otros afamados narradores y poetas. Si no lo han notado, he copiado esta característica en los artículos de mi blog. Entre otros libros sobre Ciencia que he leído en estos años, quizá los más interesantes son Historia del Tiempo – Del big bang a los agujeros negros, de Stephen Hawking, best-seller probablemente entendido por mucho menos gente que la que lo compró, pero que yo, gracias a mis lecturas previas, pude captar más o menso. Un libro hermoso en su complejidad y que amplió mucho mis horizontes sobre la Biología del Aprendizaje: Biología Celular y Molecular, del argentino Eduardo De Robertis, que mi amigo el eximio profe de Ciencias Atilio Florencio (a) “Viceministro” siempre miró con envidia y estuvo al borde de birlármelo muy amistosamente. El azar y la necesidad, de Jacques Monod, es un clásico sobre la Filosofía de la Biología, y lectura obligada si quieres realmente reflexionar sobre lo que es y hace la ciencia. Matt Ridley escribe un best-seller de gran factura y muy detallado, Genoma, dedicado al extraordinario logro del desciframiento de la estructura genética del genoma humano, y adecuada introducción para entenderlo para los que no somos biólogos o especialistas, e importante fuente para apreciar sus consecuencias.

V
Colofón

Que el ciudadano promedio comprenda en algo la Ciencia y la Tecnología que afectan su vida cotidiana es imperativo, so pena de caer en la demagogia. Incluso para nosotros, tan alejados de los centros del saber científico, temas como el de los impactos ambientales de la Minería o de los Transgénicos, se nos vuelven política diaria. Estoy plenamente seguro que si nuestros políticos y clases dominantes se hubieran preocupado algo más de educar al pueblo, y algo menos de llenar sus propias arcas, la situación actual pintaría diferente.

No pretendo que los libros reseñados sean ni los únicos ni los más importantes. Fueron y son importantes a mí, coincidieron con circunstancias vitales importantes, y no es que sean necesariamente los mejores o más importantes en su área, sino simplemente los más cercanos a mis sentimientos y emociones, que me acompañan desde siempre y lo seguirán haciendo hasta que llegue la que deshace las reuniones. Creo que lo importante acá es el proceso de la pasión, más que los títulos mismos, aunque no hay libro reseñado que no tenga su valor intrínseco. Quizá por ello no he enfatizado lo suficiente lo importante de alfabetizarse y “literasizarse” (como diablos se escribirá eso) en Ciencia y Tecnología. En todo caso, cuando de ciencia se trate, lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Pero lee.

La siguiente Crónica de Lectura sobre Leer Ciencia está en el siguiente link:  http://memoriasdeorfeo.blogspot.com/2012/12/cronicas-de-lecturas-catorce-leer.html

viernes, 9 de diciembre de 2011

ESCLAVOS DE LA COMPUTADORA



“Yo, como un lobo, / mordería al burocratismo / a las credenciales, / no les tengo respeto” (Vladimir Maiakovski)
“Las organizaciones gastan millones de dólares en firewalls y dispositivos de seguridad, pero tiran el dinero porque ninguna de estas medidas cubre el eslabón más débil de la cadena de seguridad: la gente que usa y administra los ordenadores.” (Kevin Mitnick, el ya no ya de todos los Hackers)

Estoy seguro que debo haber sido realmente un mal tipo – o tipa, concesión de género - en una o varias de mis vidas pasadas. Algo debo estar pagando que no me sé, porque de otro modo no me explico el porqué el tiempo, la voluntad y el humor de uno deben terminar a merced de esa condenable y omnipresente gavilla de asaltantes de corbata y traje sastre con licencia para matar, combinación de burócratas y operadores de sistemas de computación. Aprovecharé de una reciente experiencia personal para tratar del tema.

Primero, la experiencia

Tenía que hacer una gestión en un organismo público que me sé pero que me callo, porque los elefantes son famosos por su memoria, y odian con odio jarocho. Digamos que en estos días estaba en la penosa obligación de dejar por una mañana mi eterna búsqueda de alguien que me pague por lo poco que sé hacer, para tramitar un papel que no sería útil más que para emplearlo en el baño, pues no sirve absolutamente para nada más, aunque igual alguien lo exige para poderlo archivar. El organismo de marras, en cuyas garras caí, resultó bien poco amigable. Su página web era un monumento a la ambigüedad, y ello me obligó a ir para ver si podía poner en claro qué demontres tenía que hacer para finiquitar mi trámite.

Llegué al local, cuyas pizarras informativas poseían la virtud de dejarlo a uno más en la calle que antes. Miré a mi alrededor suplicando al cielo por orientación. Encontré dos posibilidades: Un bonito Nacimiento y los vigilantes, que por esta parte del camino llamamos huachimanes. A ninguno de los dos les correspondía orientarme, pero debo decir que tanto el Niño Jesús como los huachimanes fueron muy amables y estaban más al tanto de lo que pasaba que los Burócratas del sitio. Por otra parte el lugar tenía su gracia: Cajas y cajeros para recibir documentos y plata repletos de gente haciendo cola, y ventanillas sospechosamente vacías de gente, donde se entrega el resultado de los trámites. En una mesa hay rumas de formatos de solicitudes, cuya utilidad era perfectamente desconocida para el común de las gentes, que los tomaba y observaba con ceño fruncido, esperando que baje la inspiración divina para entender para qué sirven y cómo se llenan. Otros estantes adosados a la pared se supone eran para escribir sobre ellos, aunque los lapiceros no tenían tinta, y el espacio era tan reducido que una sola persona lo copaba. Había un individuo, de funciones indefinidas, que revisaba los papeles, musitaba para sí un “está bien” y le ponía un sello a las solicitudes. A su lado, una pantalla de computadora, de función decorativa; y al frente una fila de personas con cara de apúrate que tengo qué hacer. Algo más allá la Virgen, San José y el Niño Jesús nos miraban conmiserativamente desde el coqueto Nacimiento – es época de Navidad – al que ya me referí. Por cierto, no veo el punto de poner Nacimientos en las entidades públicas, a no ser para mostrar la fe de los trabajadores en el Más Allá, o sacarle cachita al resto que no recibe gratificación navideña. Pululaban en el local varios huachimanes, dedicados a vigilar, y de paso a orientar al respetable. Cuando veo eso se me paran las antenas críticas y antiburocráticas, porque si una institución requiere de sus huachimanes que orienten al público, algo anda realmente mal en la administración de esa Institución.

Se cayó el sistema

No, no es el sistema neoliberal, es la red cibernética. Creo que muchos hemos padecido esa experiencia. Bueno, ocurrió esta vez. La situación, que no pintaba demasiado bien en circunstancias normales, pintó peor cuando un murmullo se extendió irreprimible a lo largo de las colas: “¡Se cayó el sistema!”, “Cómo sabe”, “Mire hacia allá” dijo una señora pechugona, de anteojos y con evidente y amplia experiencia en las cosas de la vida, señalando con un movimiento de cejas a los jóvenes burócratas tras sus ventanillas, con los brazos cruzados y la mirada perdida. Momentos más tarde aparecieron esos odiosos y antipáticos letreritos: “Ventanilla cerrada. Mi compañero lo atenderá”. Por cierto, esos compañeros deben estar en el chifa de la esquina, porque yo por lo menos no vi ninguno.

Las gentes se soliviantaron. Quiso la mala suerte que justamente en ese momento, por alguna razón que no llegamos a colegir, pero que podíamos sospechar, una señorita se molestara enormemente con la burocracia, que no resolvía un tema de esos que solo requieren de sentido común, pero que no se resuelven porque el burócrata es feliz cuando puede decir no. El tema era gordo y trajo consecuencias, pues la señorita en cuestión abandonó el local cual furioso meteorito, no sin antes emprendérsela con el Nacimiento. No sé yo si el Niño Jesús, la Virgen y San José tengan alguna culpa de lo que los burócratas hacen o dejan de hacer, pero lo cierto es que los tres, junto a la vaca y el burro, terminaron destrozados en el suelo. La gente se sonrió, entre comprensiva y solidaria, deplorando que la Sagrada Familia pagara por algo en lo que no tenía responsabilidad. Mientras, los huachimanes repartían papelitos con números para cuando “el sistema volviera”, cosa que puede hacerse esperar tanto como la Segunda Venida de Cristo.

Esclavos de la computadora

Empecé a hacer preguntas. Eso de ver a los jóvenes burócratas incapacitados completamente para algo más que sacarse brillo a las uñas cuando “el sistema se cae”, encendió apasionados debates en la cola. Algunos lo atribuían a simple estupidez generalizada. Otros lo referían a una eventual relación con los antepasados, en particular la madre. Como yo tengo mi experiencia – trabajé en un banco en la época en que las computadoras aún no habían sustituido completamente a la gente – me llamó la atención que los funcionarios no estuvieran autorizados a recibir dinero. Como en los Bancos, uno puede recibir el dinero, sellar lo necesario y luego, “cuando el Sistema vuelva”, ponerlo al día. La plata entra, la gente sale, menos bulto es más claridad, y todos felices nomás con un poco más de chamba. Pero parece que los jóvenes burócratas no parecen tener autorización para hacer nada al respecto. Esto expresa una general desconfianza de los Burócratas al Mando frente a los Burócratas Pichiruchis, probablemente por ser los pichis contratados a través de empresas de servicios, igual que los huachimanes. Solamente eso puede explicar que se les controle “en tiempo real”. Veamos algunas implicancias:

-          Desconfianza ético-moral: No hay garantías de que un Burócrata Pichi no se levante en peso la plata que recibiría y tal vez algunos millones más. La miseria que se le paga a los semitrabajadores de las empresas de servicios parece hacerlos sujetos de sospecha. Esto bastaría para eliminarles toda traza de toma de decisión y justifica que los Burócratas Al Mando no le den mayor peso al problema.
-          Desconfianza institucional: Observé que los “cajeros” no sabían mucho más que decir que faltaba una tilde o una coma en los formularios que se les presentaba, y enviarlos de nuevo al fondo de la cola del supuesto “orientador”, sí, ese de mirada perdida que ponía sellos y que no orientaba nada. Los trabajadores no parecían mostrar habilidades particulares para resolver problemas, es decir, y de acuerdo a mi larga experiencia en todo el territorio nacional, se espera de ellos sola y únicamente que repitan movimientos como chimpancés, y que no piensen, porque eso es un riesgo, no vayan a formar sindicatos.
-          Desconfianza cognitiva: Los Burócratas Pichis parecían bastante incapaces de hacer cálculos y razonamientos por sí mismos. Esto se patentizó cuando, según se dijo, “volvió el sistema”, lo que se reflejó en la apertura de una sola ventanilla dos horas y media después de “la caída”. Esto, que entusiasmó por un momento a los sufridos portadores de papelitos, implicó la reapertura de una sola de las cuatro ventanillas, donde el sonriente Burócrata Pichi recibía la ayuda de los otros cajeros. Considerando que se demoraron, entre los cuatro, cuarenta minutos más en atender a una sola persona, esto parecía una finta para hacernos creer que algo se hacía, o, como era más probable, que entre los cuatro no conseguían hacer lo que hacía la computadora.

Se imponía la comparación con los remotos tiempos – 20 o 30 años atrás – en que los cajeros hacían una respetable cantidad de operaciones sin computadoras. Se requería know-how, es decir, un conjunto de actitudes, habilidades y entrenamiento; y los trabajadores no eran, como hoy, piezas intercambiables. Es indudable que las computadoras son extremadamente útiles, pero ello implica que el trabajador sabe lo que está haciendo con ellas. Si no es así, simplemente es un implemento adosado a ellas, cuyo objetivo básicamente es la digitación, habilidad al alcance de cualquier ser vivo con dedos. La única cosa que podría justificar el hecho es el costo: Un trabajador no calificado cuesta menos que uno calificado. Y un chimpancé costaría menos aún, pero habría que traerlos del África, lo que tiene su precio; pues los monos tití de nuestra Amazonía, aparte de conflictivos y poco serios, tienen muy pequeñitos la cola, los dedos y el cerebro.

Analfabetismo cibernético

Se supone que el Facebook, el Twitter y el Youtube no son más que entretenimientos, y no de los más sofisticados precisamente. Hay cuestiones técnicas básicas sobre las computadoras, los sistemas y los programas que se supone los operadores deberían conocer. A nosotros, los de la cola, maldito si nos importaba la cosa, pero en estos días incluso en una cola siempre hay por lo menos un Ingeniero de Sistemas. Éste empezó a hacer penetrantes preguntas sin mostrar ni rastro de misericordia. Por cierto, como los Burócratas estaban convenientemente aislados detrás de su bunker de plástico semitransparente de la creciente furia homicida de los usuarios, el Ingeniero de Sistemas resolvía ese problema haciendo sus observaciones con una discreción tal que se le podía escuchar a 700 metros a la redonda. Recojo algunas de las cosas que me pareció entender: Si el sistema ha vuelto, ¿Por qué solamente abren una ventanilla? ¿Y porqué tarda cuarenta minutos en cargar? ¿Nos toman por idiotas? ¿De cuándo acá las caídas de sistema afectan la recepción de dinero? ¿Creen que estamos acá tres horas por pasatiempo? ¿El sistema solamente funciona en una computadora? Y patatín.

Los recursos de la Burocracia

Hoy en día las fintas que se hacen para justificar la desidia y el absurdo son cada vez más obvias para los usuarios. Un parlante extraordinariamente mal ubicado, pues los de las colas no lo podíamos oír, aunque sí percatarnos de que algo sonaba, informaba infructuosamente a la gente de lo que ya sabía, esto es, que el sistema “se había caído”. Una televisión supuestamente dedicada a distraer a la gente – la estrategia de la cortina de humo no es solamente cosa de los grandes medios – trataba de entretener presentando un documental de PROMPERU de fomento del Turismo Interno, que mostraba una hoguera encendida por un grupo de alegres asháninkas vestidos con sus trajes típicos. Presentar la hoguera resultó una malhadada idea, pues empezó a proporcionar algunas desagradables ideas a algunos usuarios, y el tono bromista iba desapareciendo a ojos vista, convirtiéndose en algo un poquito más serio.

Cuando la cola empezó a moverse, tres horas y cuarto después de “la caída”, el huachimán de turno no tuvo mejor idea que dejar pasar primero a los clientes de la Atención Preferencial, no los de nuestra cola de tres horas y cuarto, sino los recién llegados. Dios sabe que no tengo nada contra los ancianos, las personas con discapacidad y las damas en estado interesante, pero los que hacen esa cola no siempre son los que realmente lo necesitan. El público de la cola de tres y cuarto horas, en especial los que deberían estar en la cola de Atención Preferencial, y no estaban, reclamó. Como ocurre con todo conflicto social, la autoridad saca ventaja de enfrentar a unos con otros, y las energías que se dirigían peligrosamente contra la Burocracia, derivó hacia saber quiénes debían o no hacer la cola de Atención Preferencial. En fin, tras un largo y aburrido proceso llegué a la ventanilla, gracias a que el número 11 en mi papelito resultó ventajoso, pues varios de los que estaban delante de mí habían hecho abandono de la cola en ese periodo.

Alcancé, pues, la ansiada ventanilla. Y resultaba que tras tres horas y media de una mañana en la que podría haber hecho algunos centavitos, que bien me hacen falta, la Burócrata Pichi dedicó su indudablemente valioso tiempo en indicarme que debía volver al fondo, volver a hacer mis formularios, retornar a la revisión de los ojos vacunos del “Orientador”, y volver a hacer mi cola. En general creo ser persona de buen natural, que no aspira a hacerse más líos de los necesarios, y que trata siempre de ver los dos lados de toda cuestión que se presente, pero a veces se me calienta la jora, se me sube el indio y me arranco con una de esas que ni una división panzer. Como hasta el huachimán se moría de risa, yo me iba poniendo más colorado que tizón del infierno y más amargo que Angostura. Mi voz, naturalmente alta, se elevó ligeramente. Con esa delicada voz con que la madre natura me dotó, manifesté asertivamente mi opinión sobre la Institución, la Burócrata, la mañana desperdiciada en trámites estúpidos, y el clima; y hasta el Ingeniero de Sistemas, que continuaba su perorata,  se volteó a ver en qué terminaba esto. La Burócrata Pichi miró hacia afuera y halló tres docenas de miradas asesinas: Me miró a mí, y debo haber tenido cara de destructor de Nacimientos Navideños, pues ella misma le pidió al huachimán que trajera otro formulario, lo llenó, y me lo dio a firmar. Lo hice, pagué, me sellaron el papel, y me fui echando chispas.

Colofón

Encuentro en esta experiencia una muestra más del analfabetismo cibernético imperante combinado con los antiguos males del burocratismo, más los problemas cognitivos generalizados en nuestra población. Inclusión Social, es, entre otras cosas, no maltratar a la gente, con mayor razón si se va a hacer trámites por los que paga. El facilismo de poner más ventanillas con chimpancés detrás de ellas crea burocracia inútil, fomenta la explotación de los trabajadores de las empresas de servicios, y proporciona a los usuarios un pésimo servicio. Si necesitamos depender de las computadoras, cosa nada deseable por sí misma, cuando menos se debería pensar en estrategias alternativas, y eso es cosa de los Burócratas Al Mando, que se supone están ahí para eso, no solamente para administrar la estupidez. Si a los males antiguos solamente le vamos a agregar los males nuevos, no veo la ventaja de incorporar tecnología, ello termina en ser vino nuevo en odres viejos, destinada a satisfacer grandes egos y agarrar tajada en las licitaciones. Y punto.
  

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