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viernes, 29 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 24: BIBLIA (v)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 24
LEER LA BIBLIA (V)

I
No uno sino muchos Apocalipsis

Empezamos a hablar del Apocalipsis en nuestra anterior Crónicas sobre Leer la Biblia. Identificamos su origen en la Lucha y Resistencia Cultural en la que se trata no de salvaguardar una ilusoria Independencia política, sino la propia identidad religiosa. Los hebreos ya se las habían visto chiquitas antes: A la influencia egipcia le sucedió el tiempo heroico de Jueces y Reyes, culminado en la división política y desaparición completa de diez de las doce tribus de los Hijos de Israel a manos asirias. Luego la Deportación masiva a Babilonia, la liberación por obra de Ciro el Grande, el retorno de un pequeño grupo, un resto, a Jerusalén y la reedificación del Templo. Y por último Alejandro Magno y luego los Reyes Antíocos. Tratemos de pensar que pasaría si a nosotros trataran de quitarnos lo que nos hace ser nosotros mismos. Pasó en la Tacna ocupada durante medio siglo, cuando nuestros valientes compatriotas enfrentaron la chilenización desde los hogares, escuelas e iglesias: La Procesión de la Bandera nos muestra como se vincula la Religión a la Patria como expresión de Resistencia Interior. Del mismo modo, y salvando las distancias, los judíos compensaron el dominio extranjero y la agresión cultural con una redención cósmica, operada por el mismo Dios en cumplimiento de Su Promesa. No pensaban, como nosotros que estamos influidos por Platón y la idea de la inmortalidad del alma, que la Resurrección de los Muertos era cosa individual. Por ello la combinación de la resurrección judía y la helena inmortalidad del alma resulta explosiva en las primigenias creencias cristianas y da lugar a varias de las creencias cristianas de hoy.

Los judíos del período aproximado entre los Siglos II a. C. a II d. C. piensan el concepto de la Resurrección de la Carne como algo general, apocalíptico, escatológico y total. La redención es cosa total, no separan el Estado de la Religión, y por ello cuando los profetas se lanzan a anunciar las cosas que vendrán, a describir las últimas Luchas y tribulaciones, describen cómo finalizará el mundo, la forma en que el Dios de los Ejércitos operará el justo castigo de los incircuncisos, y premiará a los que se sostuvieron fieles hasta el martirio. Un cambio importante se opera entre los profetas del apocalipsis con los profetas más o menos tradicionales, y es el paso de la oralidad al medio escrito, que repentinamente se vuelve más trascendente, probablemente para diferenciar a los videntes del apocalipsis de los anteriores y marcar lo Sagrada que es la Escritura: Yo, Juan, fui el que vi y oí esto. Y cuando lo vi y oí, caí a los pies del Ángel que me había mostrado todo esto / (…) / Y me dijo: No selles las palabras proféticas de este libro, porque el Tiempo está cerca (Apoc., 22, 8-10). Así, los últimos momentos de la existencia del Mundo, que les son mostradas a los hagiógrafos en la forma de visiones, deberán ser descritos en libros para que se cumpla la voluntad divina de que estas visiones sean dadas a conocer a Todos los Pueblos. Es decir, aparece el hecho trascendental de que la Salvación ya no es solamente para el Pueblo Elegido, sino que se convocará a Todas las Naciones, y esto es una novedad en unas Escrituras que no se cansan de lanzar maldiciones contra los enemigos, pese a la apertura que representaban libros como Rut y Jonás. … a los extranjeros que se han puesto de parte de Yahvé (…) los llevaré a mi Cerro Santo. (Isaías 56, 6-7). La Alianza se abre así hacia la Humanidad entera, porque ahora cada hombre tiene que elegir su bando, que las aguas se parten aquí y ahora. Los apocalipsis tienen el objetivo de procurar consuelo al pueblo sufriente, para que pueda imaginarse un paraíso recobrado, donde los que hoy padecen disfruten, a la vez que se arroja al infierno a los malvados. Y entre estos malvados hay dos categorías: el Pagano Extranjero, que es agente de la opresión; y el Judío Traidor, peor si cabe, pues se retrae de la verdadera Religión, y vive las ventajas evidentes de la traición, en vez de cumplir con su deber.  

II
Tiempos de Tribulación y Persecución

Incluso Jesús predica un potente discurso apocalíptico y escatológico, el de Marcos 13: Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo Yo Soy, y engañarán a muchos. Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras no os alarméis, porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. (…) os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para que déis testimonio ante ellos. Y es preciso que antes sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones. (…) Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. (…) Pero cuando veáis la abominación de la desolación instalada en el lugar donde no debe estar (el que lea, que entienda bien) entonces que los que estén en Judea huyan a los cerros. (…) Entonces si alguien les dice: Mira, el Cristo está aquí o allá, no le crean. Ya que aparecerán falsos cristos y falsos profetas que harán señales y prodigios con el fin de engañar, aún a los elegidos, si esto fuera posible. (…) el sol no alumbrará, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. Y entonces se verá al Hijo del Hombre venir en medio de las nubes con gran poder y gloria (…) El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. (Marcos, 13, 5-8, 9-10, 13, 14, 21-22, 24-26, 31). En la esencia del género apocalíptico está el Tiempo de la Tribulación, de la prueba, del martirio que probará a aquellos que se mantengan firmes en la Fe. Las Tribulaciones tienen carácter cósmico pero están profundamente asociadas a las persecuciones que los verdaderos creyentes sufrirán por el hecho de serlo. Y si se persigue y martiriza a los firmes en la Fe, es porque hay traidores, tránsfugas, apóstatas, gentes que abandonan al Dios Único y se pasan al enemigo, y no hay peor señal de que el Fin está Cerca. Los momentos en los que surge el género apocalíptico son los momentos de crisis, tan comunes en la Historia de la humanidad. Tal vez por eso Borges decía que todos los tiempos son el fin de los tiempos, y como el Fin de los Tiempos se asocia a cataclismos e inversiones en el orden del mundo, el temor y el miedo están siempre presentes. En este contexto, los Apocalipsis son moneda bastante corriente en épocas en que los conquistadores se suceden unos a otros: Alejandro Magno, los Reinos epígonos, la agresiva República Romana y su sucesor imperial. Y así encontramos que las Tribulaciones se extienden ampliamente desde el siglo III a. C. hasta el Fin.

Tanto el rey helénico Antíoco Epífanes como los romanos de Pompeyo y el Emperador Nerón y otros, reprimieron a los judíos y luego a los cristianos. La respuesta cultural de éstos fue el convencimiento de que el indefectible Castigo caería sobre los malvados, los de dentro y los de fuera de la Sinagoga o la Iglesia, por la acción del Justiciero Dios de los Ejércitos, sin que las tibiezas alcancen a salvarte: Ahora bien, puesto que eres tibio (…) voy a vomitarte de mi boca. (Apoc. 3, 16). El género apocalíptico narrará y describirá este proceso cósmico. El Libro de Daniel es la primera gran expresión del género, y parece ser contemporáneo de las terribles circunstancias descritas con tanto realismo en el Libro Segundo de Macabeos. Posee además referencias previas en los libros de Ezequiel y Zacarías. Hablamos de mesianismo en el caso de los judíos y del final del mundo en el caso de los cristianos. Todo esto aparece sin disfraz en textos de carácter marcadamente apocalíptico, que incluso no son exclusivos de la Biblia, aunque son contemporáneos de ésta, como el Libro de Enoc y el IV de Esdras. La creencia en el Mesías puede rastrearse en la necesidad de ver actuar a Dios en el Mundo, y como hemos dicho el Primer Mesías fue el Gran Rey Ciro de los Persas. Pero con el tiempo la creencia se espiritualiza y en este contexto aparece la idea del Cristo (el Ungido). El Judaísmo se parte así en dos: los que esperan al Mesías y los que piensan que ya llegó y que el Cristo es Jesús. Ambos grupos son espiritualmente muy semejantes, indiferenciables para los romanos, que los persiguen más o menos por igual. La llama prenderá en medio de las persecuciones: Las rebeliones judías del 66 al 70 d.C. y la última dirigida por Simón Bar Kochba en 135 d.C. terminan en la llamada Diáspora o Dispersión de los judíos por el mundo. Los cristianos a su vez, tras el ajuste de cuentas realizado en el Concilio de Jerusalén se dirigen también a los gentiles y empiezan a hacer conversiones. Ambos se convierten en factores a tomar en cuenta en el mundo romano, que ve sus extrañas creencias con incredulidad y sorpresa no exenta de agresividad. Y así las persecuciones arrecian.

III
Más sobre el género apocalíptico, el mesianismo y el Fin del Mundo

Un malentendido muy común entre las gentes ansiosas de creer en la divinidad, y que en consecuencia están constantemente a la busca de signos sobre-naturales, es que la narración de los hagiógrafos es profética en el sentido que los hechos que la originan fueron anteriores a la predicción hecha. Según parece no es este el caso cuando menos en la mayoría de los casos. Ya hemos visto que la mayoría de los libros de los Profetas Mayores en realidad incluyen más de un hagiógrafo, en algún caso hasta tres o cuatro, separados en el tiempo incluso por siglos. Obviamente los Hagiógrafos que siguen al primer Isaías, por ejemplo, no es que por casualidad tuvieran el mismo nombre (tampoco es descartable que así fuera, pero es muy improbable), sino que pretendían literariamente ser el mismo Profeta, y usaban a modo de seudónimo el mismo nombre del Profeta. Imagino que no había intención de engañar de primera mano, no veo por qué tenemos que imaginarnos lo peor a la primera, pero está claro que si te haces llamar Isaías y no Pancracio es porque pretendes que tus dichos le sean atribuidos a Isaías, que es mejor que atribuírselos a un Pancracio a quien nadie le da bola. Esta suplantación se presentaba ya en los Libros Sapienciales, de los que hemos hablado ya. El Qohelet, por ejemplo, dice ser rey en Jerusalén, es decir, se pretende nada más y nada menos que Salomón, y aunque la crítica moderna distingue que no lo es, durante siglos se pensó que Salomón fue el hagiógrafo autor del Eclesiastés, el Cantar de los Cantares y algunos libros más por ahí. Recuérdese que Salomón – el Solimán o Suleimán de las 1001 Noches - es el prototipo del hombre sabio. Tratemos de explicar estos hechos considerando la época. Estos hagiógrafos que se hacen llamar Salomón, Isaías o Zacarías no mienten, en el sentido que mentira y verdad son valores relativos respecto a los hechos, pero absolutos respecto a la conformidad con el mensaje divino que transmiten. Digamos que contar lo que el Señor dice que debe contarse es muchísimo más importante que la simple conformidad con los hechos, que Yahvé puede por virtud de su omnipotencia modificar cuándo y cómo le parezca. Tiene más Valor de Verdad la conformidad con el mensaje in illo témpore que la conformidad con la exactitud de los hechos. Y esto no tiene nada de curioso ni de extraño si nos atenemos, por ejemplo, a lo que los soviéticos le hicieron a los libros de Historia según la orientación política. Hoy en día esto es llamado fraude piadoso. Claro que debemos entender que para ellos el asunto no solamente no tenía nada de fraudulento, sino que era la Verdad.

Los hagiógrafos judíos Zacarías, Ezequiel y Daniel, entre otros, profetizan la caída y destrucción de diferentes malvados (asirios, babilonios, edomitas, egipcios, etcétera), que ya habían caído para cuando ellos escribían, es decir profetizaban acontecimientos ya sucedidos, presentados en forma de alegorías para edificación de los actuales perseguidos. Hasta hoy hay los que creen que ciertas profecías están vigentes, y esto incluye ciertas confesiones, que creen que hay acontecimientos que aún deben suceder, a pesar de que sus profecías parecen haber sido escritas posteriormente a los hechos que narran. Recordemos el Gran Chasco, que por cierto tuvo entre otras consecuencias que las diversas confesiones tuvieran muchísimo más cuidado con eso de mandarse con predicciones exactas, lo que hoy no hacen ni amenazados con descuartizamiento por caballos salvajes, pero nunca te dejan de decir que el Tiempo está cerca (Apoc. 22,10). El principal hagiógrafo cristiano del Fin del los Tiempos, el Apóstol Juan, desterrado en la Isla de Patmos en un contexto de persecución, recurrió a su tradición judía para consolar a los perseguidos, y así escribió su Apocalipsis, sucesión de visiones que desembocan en el último Juicio y la llegada de la Jerusalén Celestial: Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo y primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto de Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. (Apoc 21, 1-2), en la que evoca imágenes del Arca de la Alianza (Levítico, 26,11) y de Isaías 25,8. Así ocurrirá con muchas otras visiones e imágenes, como la del Hijo del Hombre, procedente de Daniel; el río de la Vida y los Cuatro Vivientes, que vienen de Ezequiel; los Jinetes del Apocalipsis, que vienen de Zacarías (Y que Blasco Ibáñez convertirá en tíitulo de novela en el siglo XX), así como los Dos Testigos que restaurarán el Templo;  las señales cósmicas, que vienen de uno de los Isaías y de Oseas; y así encontraremos incluso citas directas de muchos otros profetas incluidas en el libro, por decirlo así, sin comillas. El Apocalipsis es el último libro de la Biblia, y ello a pesar de la eventual existencia de otro, denominado Novísimos, del que apenas he escuchado alguna mención, así que difícilmente puedo hablar de él.    

IV
Guerra Santa y Dominación Romana

La Jihad, o Guerra Santa, al revés de lo que puedan pensar muchos hoy en día, no la inventaron los musulmanes. Creo que podemos decir que muchas de sus características actuales están tan completamente prefiguradas en los libros Primero y Segundo de Macabeos, que podemos sin temor darle partida de nacimiento en este período. Y me parece a mí que difícilmente podía estar más justificada. A pesar de lo que nos podamos imaginar, el Segundo libro de los Macabeos no es continuación del Primero. De hecho ni siquiera son del mismo autor. Ni se escribieron en el mismo sitio. Y aunque coinciden más o menos en el tiempo, el Segundo de Macabeos arranca de un poquito más atrás que el Primero de Macabeos, escrito en hebreo por un judío anónimo en la misma Judea, y que quiere ser una narración más “histórica”, es decir más o menos fiel a la secuencia de los hechos, y aunque solo se conserva en griego koiné, fue escrita originalmente en hebreo. El Segundo de Macabeos, en cambio, posee hagiógrafo conocido, de nombre Jasón de Cirene, nombre bastante helenizante para un judío, considerando además que Cirene está en el Norte de África, actual Libia. Escrito para los judíos de Alejandría directamente en griego koiné, de alguna manera muestra la contradicción clásica de la intelectualidad de un pueblo que para mantener sus antiguas tradiciones no tiene más remedio que emplear la lengua y los registros de los odiados opresores. La feroz persecución de los helenizados orientales a los tradicionalistas judíos es narrada con gran recargo en las tintas, incluso patetismo, y sin embargo, está escrita en el griego de los perseguidores en vez de en el hebreo de los perseguidos. Y, a diferencia del Primero, se mete con temas teológicos: La resurrección de los muertos que ya mencionamos, las sanciones de premio y castigo de ultratumba, las intercesiones y relaciones entre el Más Allá y el Más Acá, etcétera. Por estas razones es que la iglesia Católica lo considera canónico, precisamente, mientras que no está en el canon judío, aunque sí es bastante apreciado como fuente histórica, a la par de la obra del historiador Flavio Josefo, más o menos contemporáneo.

Para conocer los sucesos históricos, el Primero de Macabeos es más útil que el Segundo: La familia de los Asmoneos – luego apodados Macabeos = Martillos – se puso al frente de la Resistencia Nacional. Vale la pena narrar cómo ocurrió, pues Matatías el Asmoneo reunía a su alrededor a los descontentos y así Los enviados del rey, encargados de imponer la apostasía, llegaron a la ciudad de Modín para los sacrificios (…) y le dijeron (a Matatías): Tú eres jefe ilustre y poderoso en esta ciudad (…) Acércate, pues, el primero y cumple la orden del rey, como la han cumplido todas las naciones, los notables de Judá y los que han quedado en Jerusalén. Entonces tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey, y os veréis honrados, tú y tus hijos, con plata, oro y muchas dádivas. (1 Mac., 2, 15-18). Por supuesto, el clásico señuelo de la potencia ocupante que dice lo de siempre: que ya lo hicieron los demás, que tendrás tu recompensa, bla, bla, bla. Matatías responde: Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos en la alianza de nuestros padres (…) No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda (1 Mac. 2, 19-22). Probablemente muy poco lógica para la postmodernidad, pero indudablemente gallarda y valiente respuesta. Y así la Guerra Santa se inicia en Modín con la matanza de traidores y enemigos, y la retirada de Matatías y sus hijos a la guerrilla montañera, en la que los hebreos tenían práctica desde tiempos de David. La famosa fiesta de Hánukkah, que se asocia a la Navidad cristiana por la cercanía de fechas, es remembranza de la rebelión de los Macabeos, cosa que seguro sorprenderá a más de uno. Para no hacerla más larga, diremos que tras la muerte de Matatías, sus cinco hijos, empezando por el epónimo héroe nacional Judas Macabeo, se sucedieron en el mando, hasta que el último, Simón, obtiene de los sirios la Autonomía de Judea, con él como Rey y fundador de la dinastía asmonea. Un siglo durará esta suerte de independencia, hasta que los romanos lleguen y desplieguen su hábil política de divide et impera. Los sucesores de Simón se metieron con sandalias y todo a la política de entonces, nada edificante. Surgen en esta época los grupos enfrentados entre sí de los Fariseos y Saduceos, con los Esenios circulando por ahí. Este reino desaparecerá en una guerra civil entre sus últimos soberanos: Aristóbulo II e Hircano II, donde ambos tontamente llaman a los romanos en su ayuda, los que ni cortos ni perezosos acuden al mando de Pompeyo el Grande, y se apoderan de todo en 63 a.C. Así Jerusalén fue ocupada y Judea convertida en protectorado, y luego en colonia. Pompeyo, curioso de ver el extraño ídolo de los judíos, profana el Templo, entra al Sancta Sanctórum, y declara, según el historiador Tácito: No vi la imagen de ningún dios, solamente un espacio vacío y misterioso. En este contexto vendría al mundo Jesús de Nazaret.

V
Colofón

A estas alturas mis astutos lectores habrán notado que estoy empleando la Semana Santa para colocar estas Crónicas sobre Leer la Biblia. Parece adecuado el momento para hacerlo, y ruego disculpas si a alguien le molesta. Pero recordemos que la cosa es leer. Y ya falta poco para terminar con estas Crónicas sobre leer la Biblia. Paciencia.



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martes, 26 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 22: BIBLIA (III)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 22
LEER LA BIBLIA (III)

I
Creacionistas y Evolucionistas

Algo más de siglo y medio atrás la Iglesia Anglicana se metió en un lío descomunal al entrar en conflicto con la Teoría de la Evolución de Charles Darwin, Alfred Russell Wallace y Thomas Huxley: El conflicto aparente entre Fe y Ciencia mostró cuán inane es un sistema de creencias sobre la realidad basado en la interpretación literal de las palabras de la Biblia. Parecería que el ente metafísico “Ciencia” se imponía a la “Religión”, otro ente metafísico del mismo género. A mi humilde entender la discusión es absurda por confundir planos, aunque estoy seguro hay harto pan que rebanar acá, y precisamente porque lo hay no sé qué hacían estos discutiendo sobre tortas y panqueques. No creo que exista Ciencia ni Religión fuera de las mentes de las personas o comunidades que las practican y/o profesan. No impongo a nadie mi idea, pero yo no veo ahí más que conjuntos de proposiciones. Creo que entendemos demasiado poco sobre la mente y el espíritu humanos – sean éstos lo que fueren – para ponernos a discutir acerca de la certeza del conocimiento de dos conjuntos de proposiciones cuya intersección es vacía. Parece que discutiéramos sobre cuántos ángeles caben en la puntita del famoso alfiler. Claro que esto no es más que mi opinión, y estoy seguro que otros sostendrán distinciones más sutiles y certeras, pero esto que narro son mis propios viajes, y sólo trato de plantear cómo veo este tema, en el que a algunos en definitiva se les va la vida. A mí no me causa el más mínimo problema distinguir entre Ciencia y Religión, y cuando veo alguna discusión que las enfrenta entiendo que podría ser más productiva, interesante o profunda, incluso con el desacuerdo. Ambos dependen demasiado de cierta mirada subjetiva, lo que me enseña más sobre la dificultad de escapar de esquemas preconcebidos que sobre la certeza de las afirmaciones. Es cierto que parto del deber-ser de la libertad de pensamiento, que incluye la libertad para tener las creencias no demostradas que te vengan en gana, siempre y cuando no nos compliques desordenadamente la vida al resto; y me molesta que ambos conjuntos de creencias no coexistan sin problemas. Entiendo que una vida bien ordenada equilibra las cosas, en especial cuando hay motivos fundados para suponer que ningún sistema te dará todas las respuestas. Precisamente por eso chocamos con las ortodoxias que se pretenden totales y verdaderas, y que para ello nos muestran falacias de petición de principio. La ortodoxia no es necesaria para la Religión, que entiendo como sistema individual y abierto de creencias. Las Iglesias son otro cantar, porque cierran lo que debes creer por sus propios y particulares motivos, y cuyos intereses me parecen ajenos tanto a lo religioso como a lo científico. Ahí están para decirlo con conocimiento de causa Jansenio, Teilhard de Chardin y Anthony de Mello; y desde la otra orilla Copérnico, Galileo y Giordano Bruno. Que lo que les pasó o dejó de pasar a todos ellos no tiene tanto que ver con Dios como con confundir el triciclo con la manivela.

En el terreno práctico de la Vida, si estoy enfermo y le pido a la divinidad que intervenga para sanarme, de repente Dios (O Diosa, o Eso que está allá), si soy tan interesante o importante para Él como para que haga algo, me enviará un médico eficiente al alcance de mi bolsillo, lo que en el Perú no es poco y requiere de cierto nivel de omnipotencia (Eclo. 38, 1-15). No veo con qué cara le limito las opciones a la divinidad, como veo ciertas Iglesias hacen prohibiéndole a Dios las transfusiones, por ejemplo. Y contrario sensu, si aparece alguien con ganas de quemarte vivo por eso de que si Dios es Trino o Uno, o si Jesus usaba para vestir sábanas o frac, lo más sensato es correr si puedes. Que soy humano, y nada de lo humano me es ajeno, ni siquiera el Miedo. Y no atraco con las Iglesias que me imponen soluciones si estoy enfermo, ni con los creacionistas y sus sumas de edades de patriarcas para hallar la antigüedad del Universo. Podría verlo desde la Ciencia: La sonda Planck de la ESA-NASA acaba de cartografiar con mayor exactitud la luz de fondo del Big-Bang, y el universo registra algo más de añitos de lo que se creía: Trece mil millones. Pero desde la Religión hay un argumento tipo Navaja de Ockham, pues los hagiógrafos se concentran en cuestiones universales y no en lo contigente. En su estilo lo que dicen es que todo lo que existe lo hizo Alguien, y le salió Bien. Si eso es o no Verdad, pues falta data y por eso es cosa de Fe. Esa Fe me dice que tras cada uno de los Seis Días de la Creación, vio Dios que esto era bueno (Gén. 1; 10, 12, 18, 21, 25), y más aún: Dios vio que cuanto había hecho era muy bueno (Gén. 1, 31). Sí, en todos los tiempos es necesario recordar que Existir es mejor que no existir; que Ser, sobre todo cuando sabes que Eres, es mejor que No Ser; y Vivir mucho más grato que No Vivir. Claro que eso es discutible si tienes hambre, o sientes desamparo al saber que dejarás de Ser, pero desde allí puedes aspirar a algo mejor, que más vale perro vivo que león muerto (Eclesiastés, 9, 4). Que exista el Universo entero - galaxias, estrellas, planetas, rocas, mares, plantas y animales y el ser humano – es así, en principio, bueno. Pero a esto no se refieren los creacionistas cuando presumen de aritméticos con las edades de los patriarcas. Yo digo que ante el hecho desnudo del Existir ¿A quién recuernos le importará que Dios hiciera el Mundo en Seis Días o en Seis mil millones de años? Esos son aspectos técnicos que no carecen de interés científico ni especulativo, claro, pero no son de fondo: La Religión es Fe; la Ciencia es conocimiento verificable. La Fe no se basa en enunciados de Ciencia, ni la Ciencia en los de la Religión. Los creacionistas y otros fanáticos confunden los camotes con Pavarotti, y cuando tratan de imponerse no lo hacen por religión, sino por ideología, economía y política, testigo el Tea Party. La recta Religión y la Ciencia de veras pueden y deben criticar y combatir a esos loquitos. Y ya no perderé el tiempo con alucinados.

(Y sin embargo, no me aguanto y romperé una lanza por la sensatez: El Calendario se basa en los movimientos aparentes del Sol y la Luna. Un “año” es el tiempo entre dos equinoccios o solsticios, más o menos; así como “mes” el tiempo entre dos fases iguales de la Luna. Se mide la duración de la vida en “años” y “meses”. Cuando los primeros hagiógrafos escribían era probable que emplearan medidas de tiempo lunares más que solares. El término “año” compara el tiempo vivido con el tiempo de rotación del Sol. Es coherente suponer que la palabra que San Jerónimo tradujo “año” para los patriarcas antediluvianos  - Adán, Set, Enós, Quenán, Mahalalel, Yéred, Henoc, Matusalén, Lámek y Noé - se refería a la edad en general, sin distinguir entre el período lunar o el solar. La leyenda o mito recogido por el elohista habría usado el término “año” refiriéndose a la rotación de la Luna, y el elohista y/o el traductor San Jerónimo, sin pensar mucho en ello, lo asumieron Solar. Total, eran hagiógrafos y traductores, no astrofísicos ni geógrafos. Así, el famoso Matusalén, que habría alcanzado la portentosa edad de 969 “años” (suma de 187 “años” cuando engendró a Lámek, y 782 “años” después – Gén, 5, 25-26) habría vivido 969 “años … lunares”, es decir 969 meses de hoy. Y habría cantado su happy birthday solar algo más de 80 veces (80 “años solares” = 969 “años lunares”), y tenido su primer vástago a los quince “años solares”, con un año solar de doce meses lunares (en algunos calendarios es trece). Llegar a la edad de 80 “años solares” es respetable aún hoy, y más entonces que la expectativa de vida en Palestina no debe haber sido muy elevada. Como hipótesis esto vale por lo menos igual que creer que un patriarca vivió casi mil años solares, y mucho más probable.)        

II
Historia, Moral y Religión

Entre tantas cosas que es la Biblia, es una interesante fuente histórica. Si se la lee en esa perspectiva encontramos desde fuentes históricas directas – los libros de Josué, Jueces, primero y segundo de Samuel, primero y segundo de Reyes, primero y segundo de Crónicas / Paralipómenos, Esdras, Nehemías, primero y segundo de Macabeos -  hasta testimonios de carácter moral, ético y religioso que expresan los rasgos y contenidos de las épocas en que los hagiógrafos los escribieron. Así pueden interpretarse las historias y cuentos de Rut, Ester, Job, Tobías, Judit, Jonás y partes de los Libros de Daniel, Ezequiel y Jeremías, entre otros. Es claro que los hagiógrafos no entendían la Historia como nosotros. La Historia hoy es un conjunto de proposiciones verificables, al margen de temas epistemológicos no pertinentes ahora. Los hagiógrafos, en cambio, registraban y valoraban los hechos desde una perspectiva religiosa y moral. Atribuían la caída del Reino del Israel a manos de los Asirios a que Israel se separó del Templo de Jerusalén, donde estaba el Arca de la Alianza. Vale decir, las cosas pasaban o dejaban de pasar por estar acordes o no con un deber ser religioso, ético y moral. Y explicaban por qué Judá no cayó a la vez que su vecino Israel: “Joram, hijo de Josafat, rey de Judá, comenzó a reinar (…). Siguió los pasos los reyes de Israel y (…) se portó muy mal con Yavé. Sin embargo, Yavé no quiso exterminar a Judá por amor a su siervo David, según la promesa que le había hecho de mantener siempre encendida su lámpara, lo que se refería a sus hijos.” (2 Reyes, 8, 16-19). Portarse mal con Yavé – mantener el culto de otros dioses -  explica para el hagiógrafo por qué un reinado era un desastre. ¿Entonces cómo explica el hagiógrafo que a Joram le vaya bien, siendo un forajido de polendas? Pues por la promesa hecha a David por Yavé. Los Profetas eran esenciales como intérpretes de la voluntad de Dios, y más le valía al Rey seguir sus consejos. Era crucial la relación entre el Poder Político y el Religioso: cuando andan de acuerdo todo va bien; cuando no, todo va mal. Destacan así los profetas Moisés, Débora, Samuel, Natán, Elías y Eliseo, que transitan por Judea portando el mensaje de Yavé, y a veces prefigurando los milagros del Cristo.

En consecuencia estos relatos bíblicos “históricos” son edificantes y muestran en qué consiste portarse bien con Yavé. En Ester se trata de “A Dios rogando y con el mazo dando”; es decir rezar a Dios por la salvación del pueblo a la vez fomentando la coquetería de Ester con el Rey Persa Asuero para influir a favor del pueblo y vencer las intrigas del enemigo Amán. En Rut es la fidelidad a la Fe, que supera el prejuicio étnico al mostrar la fe en el Dios Vivo y la lealtad a Noemí de la moabita Rut, que se une al Pueblo Elegido para ser nada menos que abuela del Rey David: No me obligues a dejarte yéndome lejos de ti, pues a donde tú vayas, iré yo; y donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, allí también quiero morir y ser enterrada yo. Que el Señor me castigue como es debido si no es la muerte la que nos separe (Rut, 1, 16-17). En Tobías se trata de sostener la religión en un contexto pagano, de ser firme frente a la adversidad, de confiar en la providencia de Dios. Varios de estos sabrosos cuentitos, como Ester, Daniel y otros, enseñan cómo comportarse entre no-judíos, algo terriblemente importante tras el colapso de los dos estados hebreos. En Judit se destaca la importancia de las mujeres judías (Judit significa “la judía”) en los momentos de crisis, que débiles y todo salvan al pueblo: no está en el número tu fuerza, ni tu poder en los valientes, sino que eres Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados (Judit, 9, 11). Quizá uno de los libros bíblicos de más resonancias modernas sea el de Jonás. Que la clasificación de los Libros de la Biblia no fue muy acuciosa se nota cuando se agrupa a Jonás con los Profetas Menores, entre Abdías y Miqueas, cuando en realidad es un cuento, como Rut o Tobías. Seguramente ello fue descuido de un clasificador que no sabía bien qué hacer con él, y lo leyó muy por encima. Pasa en las mejores Bibliotecas, por más clasificación Dewey que se use. La historia de Jonás era un cuento muy popular en aquellos días, y Jesús lo menciona varias veces en el Nuevo Testamento. No me aguantaré de contarlo y comentarlo.

III
El Libro de Jonás

Jonás es un profeta en el Reino de Israel. Es decir vive en la incómoda situación de predicar la vuelta del Reino separado a Jerusalén, lo que lo hacía muy impopular, y se le nota tozudo, terco y estólido, cualidades necesarias en tales circunstancias. Un buen día Yavé le ordena que vaya a Nínive, epítome de toda iniquidad, y predique contra ella. Esto echaba a andar un proceso: predicar contra una ciudad implicaba que o bien sus gentes se arrepentían o bien no, en el primer caso se les permitía vivir, en el segundo la desatada Ira del Dios de los Ejércitos destruía la ciudad y a todos sus habitantes. Pero Jonás veía la cosa algo diferente, fuera porque preveía lo que podía pasar, fuera por no querer predicar en Nínive. En todo caso Jonás se decide por ir en la dirección contraria y embarca a Tarsis, al otro lado del mundo, lejos de la presencia de Yavé (Jonás, 1, 3). Esto es un motín in fraganti, Jonás tenía una idea limitada de con quién trataba. Yavé envía una tempestad que amenaza hundir el barco. La tripulación se afana en salvarlo, cada cual reza a su Dios por ayuda, mientras Jonás duerme en el fondo de la cala, tan inconsciente del asunto que el Capitán del Barco lo cuadra: ¿Cómo estás durmiendo? Levántate, invoca a tu Dios, quizá se acuerde de nosotros y no pereceremos (Jonás 1, 6). La tempestad arrecia, los marineros echan suertes a ver quién se trae el problema, y adivina a quién le toca. Me caen mejor estos gentiles que el profeta, cuando menos trabajan para que el barco no se hunda. Y también me agrada este Yahvé educador: Aquellos hombres tuvieron gran miedo y le dijeron ¿Qué es lo que has hecho? Pues ahora sabían que huía de la presencia de Yavé (Jonás, 1, 10). Al fin, Jonás propone que lo echen al mar, la tempestad se disipa, el barco sigue su ruta, y un gran pez aparece de la nada y se traga a Jonás. Esta escena del pez inspiró a dos clásicos de la literatura infantil: El soldadito de plomo, de Hans Christian Andersen; y Pinocho, del italiano Carlo Collodi. En el primero, el soldadito es tragado por un pez y hallado al final por su dueño; mientras que en el segundo, Pinocho busca a su padre Gepetto, a su vez perdido al buscarlo. Y así como Jonás encuentra y es encontrado por Dios Padre, rezando en el vientre de la ballena – eso y ser digerido es lo único para hacer allí -, un par de milenios más tarde Pinocho encuentra a su padre en el vientre de otra ballena, seguro descendiente de la de Jonás y pariente lejana de Moby Dick.

En su forzado retiro el profeta termina por atracar con la voluntad de Dios, y produce de paso una bella oración, que por algo Dios lo eligió: En mi angustia llamé a Yavé / y me respondió, / grité desde el lugar de los muertos / y Tú oíste mi voz (Jonás 2, 3). El pez lo vomita, presumimos en la ruta a Nínive, y así Yavé le sugiere amigablemente que se deje de pretextos y haga lo que hay que hacer. Escarmentado, Jonás va a Nínive, ciudad grande que requiere tres días sólo para atravesarla, pero él predica por un día un mensaje corto, cumple con su deber con displicencia de empleado público. Al terminar el día se habrá dicho que ya estaba bueno; pero los ninivitas sin embargo, oyeron la advertencia e hicieron penitencia desde el mayor al menor. Y Dios, que es de buen natural, los perdona y no destruye la ciudad. Esto a Jonás le cayó como mentolátum con huevo frito, se enojó y dijo en versión libre: “Ya te agarraron por el bobo, como siempre. Clemente y misericordioso, bah, a estos hay que volarlos a lo Sodoma y Gomorra. Para esto me hubieras ahorrado el tour a la panza de la ballena. Me dejas como zapatilla, nadie me creerá otra profecía. Estoy hasta el copete de esta chamba” Bueno, es la idea, pues los profetas a veces le enmendaban la plana a Dios. Se observa en Moisés, el amigo de Dios, que en dramáticas circunstancias cuadra al mismísimo Yavé cuando éste muestra lo harto que está de esta plaga de israelitas, arrepentido de haberlos creado, y mejor empezamos todo de nuevo y con tu descendencia hacemos otro pueblo con mejores modales (Números, 14, 10-19). Pero ni Jonás es Moisés ni los ninivitas los fastidiosos israelitas. Jonás se larga de Nínive, se duerme a la sombra de un árbol, que Yavé hace morir, con lo que Jonás, mismo Chavo del Ocho, da de patadas en el suelo. Aquí la lección de Yavé: Te afliges por un ricino que no te ha costado trabajo alguno y que no has hecho crecer, que en una noche ha nacido y en una noche ha muerto. / ¿Cómo pues, yo no voy tener lástima de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir el bien y el mal, y gran cantidad de animales? (Jonás 4, 10-11).
      
IV
Sabiduría en píldoras, con sus prejuicios más

Los Libros Sapienciales contienen muchas máximas de diversa procedencia, que eran parte de lo que hoy llamaríamos sabiduría convencional propia de la experiencia: refranes, dichos, ocurrencias, consejos prácticos que vinculaban los muy terrenales intereses de las gentes con los límites de los preceptos divinos, en combinación inseparable. Son una especie de llamado constante a la sensatez, a la agudeza de un intelecto sensible a lo útil y a lo bueno, instrumento del buen vivir, al que llamaban Sabiduría: Pues hay en ella (la Sabiduría) un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo, incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles, / porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza / (…) es un hálito del poder de Dios / (…) es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad. / Aún siendo sola, lo puede todo; sin salir de sí misma, renueva el Universo // (…) … contra la Sabiduría, no prevalece la maldad. (Sab. 7,  22-25, 26-27, 30). Visión optimista y poética, de cuando la Fe y la Razón no se habían separado. Estos libros trazan guías de acción frente a los hechos de la vida cotidiana, y quizá sean una de las partes de la Biblia más consultadas hoy en día: Los Proverbios, la Sabiduría, el Eclesiastés, del que ya he tratado, y el Eclesiástico, hoy llamado Sirácides, por su autor Jesús Ben Sirá. Su lectura es sencilla, pues por su estructura pueden consultarse abstrayéndose del resto, y además están soberbiamente escritos, como suele suceder con la sabiduría popular. Por otra parte, contienen estructuras internas propias, es decir soportan a la perfección la lectura analógica, la que empieza por el principio y continúa hasta el final. Podría incluirse aquí ese poema tan especial que es el Cantar de los Cantares, hermoso canto de nupcias y apasionado amor conyugal de la Luna de Miel, aunque también se le han dado significados místicos (Negra soy, pero graciosa, hijas de Jerusalén, / como las tiendas de Quedar, / como los pabellones de Salmá, / No os fijéis en que estoy morena: / es que el sol me ha quemado. – Cantar, 1, 5-6).

Las pildoritas de estos libros no pueden ser más prácticas, considerando los contextos en que se desenvolvían. Poseen una belleza propia expresada en símiles, metáforas y otros recursos estilísticos de sus hagiógrafos. Escojo a continuación algunas al azar: Esta es interesante por su penetración psicológica, mucho más que los actuales libros de auto-ayuda: Ten en cuenta el momento y guárdate del mal, no te avergüences de ti mismo. / Porque hay una vergüenza que conduce al pecado, y otra vergüenza hay que es gloria y gracia. (Eclo. 4, 20-21). Otras nos advierten de andar ojo avizor para hacer lo correcto: Con paciencia se persuade al juez, una lengua dulce quebranta los huesos (Pro. 25, 15); Quien cultiva su tierra se hartará de pan, quien persigue naderías es un insensato (Pro. 12, 11); Del consejero guarda tu alma, averigua primero qué necesita – porque en su propio interés dará consejo (Eclo. 37, 8); La ancianidad venerable no es la de los muchos días ni se mide por el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia (Sab. 4, 8-9). Por otra parte estas citas vistas fuera de contexto suelen levantar discusiones, porque no hallaremos en estos textos, por ejemplo, equidad de género, idea moderna y alejada de lo preponderante entonces … ¿o no? Veamos esta cita: ¡Cualquier herida, pero no herida del corazón! ¡Cualquier maldad pero no maldad de mujer! (…) Prefiero convivir con león o dragón a convivir con mujer mala / La maldición de la mujer desfigura su semblante, oscurece su rostro como un oso. / En medio de sus vecinos se sienta su marido, y sin poder contenerse suspira amargamente. / Toda malicia es poca junto a la malicia de mujer, ¡que la suerte del pecador caiga sobre ella! (Eclo. 25, 13 y 16-19). Este duro juicio de ciertos rasgos femeninos ha perdurado, y sentado cátedra en la figura neotestamentaria de un Pablo misógino, aunque menos de lo que comúnmente se cree: … bien le está al hombre abstenerse de mujer (…) lo que os digo es una concesión, no un mandato. Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo … (1 Cor. 7, 1, 6-7). Como en lo dicho antes sobre David y Jonatán, ni tanto ni tan poco. Pero la secular desconfianza de las iglesias cristianas frente al género femenino parece tener origen en estos consejos bíblicos. Asimismo, veamos esta práctica educativa, interesante para padres y educadores: ¿Tienes hijos? Adoctrínalos, doblega su cerviz desde su juventud (Eclo. 7, 23). Y más fuerte todavía: El que ama a su hijo, le azota sin cesar, para poderse alegrar en su futuro. / (…) El que mima a sus hijos, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas. / Caballo no domado, sale indócil, hijo consentido sale libertino. / Halaga a tu hijo y te dará sorpresas, juega con él y te traerá pesares. / (…) No le des libertad en su juventud, y no pases por alto sus errores. / Doblega su cerviz mientras es joven, tunde sus costillas cuando es niño (…) Enseña a tu hijo y trabaja en él, para que no tropieces con su desvergüenza (Eclo. 30, 1, 7-9, 11-12, 13). Parece que el hagiógrafo teme que la excesiva protección a los hijos los haga descreídos y los enfrente a los padres, cree en las bondades del castigo físico para evitar que el niño “se tuerza”. Hoy sabemos más que el hagiógrafo, aunque superviva eso de que la letra con sangre entra. Pero así y todo hallamos universalidad y permanencia en estas citas, afincadas en un agudo y humorístico análisis de una realidad que es la misma en las sociedades antiguas y modernas, tanto en la vida cotidiana como en los procesos políticos: El salario del justo es para vivir, la renta del malo para pecar (Pro. 10, 16); El perezoso dice ´hay fuera un león, voy a ser muerto en medio de la calle´ (Pro. 22, 13); Lo primero para vivir es agua, pan, vestido, y casa para abrigarse. / Más vale vida de pobre bajo techo de tablas que comida suntuosa en casa de extraños. (Eclo. 29, 21-22); … la abundancia de sabios es la salvación del mundo y un rey prudente la estabilidad del pueblo (Sab. 6, 24). Y dice Shakespeare: Mejores fueran estos consejos, si alguien los siguiese.

V
Colofón

Finalizo mi tercera Crónica sobre Leer la Biblia, y la verdad, en qué honduras se me ocurrió meterme. Falta mucho para entregar una panorámica completa y a la vez personal. Espero que mis lectores me sigan concediendo licencia para continuarlo. Como siempre, lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Y en Semana Santa, como que es ocasión.  

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domingo, 24 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 21: BIBLIA (II)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 21
 LEER LA BIBLIA (II)

I
Leer desde diversos ángulos

Es inevitable ver la Biblia como texto sagrado, pero ella no es sólo la histórica depositaria de una Verdad Trascendente para diversas confesiones religiosas. Posee otras dimensiones, y desde el Concilio Vaticano II nadie se irá al Infierno por leer la Biblia desde lo histórico, historiográfico, sociológico o literario, así que podemos adoptar estos ángulos sin riesgo. En anterior Crónica nos referimos a Moisés, el Hagiógrafo por excelencia, a quien la tradición le encaja la improbable autoría de todo el Pentateuco o Torah. Pero vimos que había más hagiógrafos en la danza. Y tras el ingreso del pueblo de los hebreos en la gran Historia, más aún. En el Antiguo Testamento, el elohista del Génesis, el Rey David de los Salmos, el Qohelet o Predicador del Eclesiastés pueden equipararse con Homero, Dante o Shakespeare, por oficio literario y por la universalidad de sus mensajes. Los hagiógrafos hacen épica para narrar la Creación del Mundo, lírica en la lamentación y la deprecación, reflexionan sobre el mal en el mundo y la brevedad de la vida. A estos temas universales que todos enfrentamos la religión les aporta su visión, los libros sagrados tratan de responder a las necesidades humanas espirituales más básicas, incluso si no se arrogan ser la palabra certificada de un Dios personal. Para efectos de guía en la peripecia de la Vida, y por su atención a la múltiple condición humana, la Biblia le resulta esencial, directa o indirectamente, a vastas cantidades de personas. A pesar de todos los esfuerzos por ocultarla y volverla arcano, durante siglos la Biblia, como el Qurán y los poemas homéricos, se usó como libro de texto, con el que se aprendía a leer y escribir, y hoy en varias confesiones religiosas se tiene en mucho conocerla al detalle y citarla con exactitud y precisión. Se podrá estar a favor de ella o en contra de ella, pero según parece, no sin ella.

En cuanto a la universalidad de los mensajes que construyen nuestra humanidad, no se puede encontrar actualmente en Occidente algo comparable a la Biblia. Desde una muy distinta perspectiva los poemas homéricos aún representan ciertos valores universales más o menos contrapuestos a los bíblicos, pero en la actualidad La Ilíada y la Odisea son obras irremediablemente anacrónicas, no nos dicen lo mismo que le dijeron a los ilustrados griegos y romanos de la Antigüedad, y si bien gozan de un sólido prestigio en el núcleo de la tradición Occidental, los valores que los presiden conservan su validez solo relativamente. Han perdido el aura sagrada de cuando fueron recitados y escritos. Desde hace siglos los valores homéricos se han subsumido en los cristianos, que los transmuta y subordina a los valores supremos expresados en la Biblia. Para hallar algo parecido tendríamos que bucear en los libros sagrados de otras confesiones. Y, por cierto, hay épocas en la vida en la que esta búsqueda se impone, cuando tratamos de conocer mejor para fijar nuestras creencias. Buscamos entonces esos libros, a ver qué nos dicen. Mi búsqueda personal me llevó a pasearme por el Corán o Qurán; el Libro de Mormón;  el Bhavagad-Gita, centro mismo de la gran epopeya hindú Mahabharata; el Tao-Te-King; e información suelta sobre el Budismo, el Taoísmo, el Baha´ísmo y otras religiones. Cuando me tocó vivir la curiosidad al respecto no existía aún la Internet, esa cosa que en un click nos da lo que busquemos, y así esta búsqueda y reflexión se prolongó en mi caso durante varios años, lo que en sí no fue tan malo. En un tema tan espinoso como el de las propias creencias morales y religiosas, conviene detenerse cuanto sea necesario y usar lo más masivamente posible de las neuronas que Dios nos ha dado. Y, como decía un sacerdote amigo mío, darle su tiempo y su espacio al Espíritu Santo para que actúe.

II
Multiplicidad ético-moral y el problema del Monoteísmo

La Biblia presenta múltiples puntos de vista ético-morales, a veces opuestos entre sí. En parte ello explica las divisiones e interpretaciones que produjeron cismas del tronco original cristiano casi desde el principio, y explica también el intento de mantener una ortodoxia más o menos permanente a través de los tiempos. Es un tema delicado: Basta asumir explícita o implícitamente una parte del Libro Sagrado como más importante que otra, para privilegiar un punto de vista sobre otro y muy probablemente entrar en conflicto con los que sostienen la mayor importancia de otras partes. Según parece esto fue lo que pasó con la Iglesia Cristiana durante unos dos siglos y medio, justo antes que el Emperador Constantino pusiera orden y resolviera ciertos impases en el Concilio de Nicea con unos cuantos puñetazos en la mesa. Y eso que este es solamente uno de los muchos problemas de las Ortodoxias que se apoyan en Textos. En dos mil años de experiencia de tratar con la Biblia – y para los Judíos mucho más – la sensatez no ha sido la norma en un texto que es igualmente sagrado en todas sus partes. La diversidad de interpretaciones ético-morales ha servido para justificar la defensa de los coyunturales intereses nacionales, sociales y económicos del momento, en verdad muy poco o nada vinculados con el problema de la Salvación Eterna. Parece que una parte indisoluble de la Fe de ciertas personas es considerar sin matices a la Biblia como Palabra de Dios, y así es que terminamos enfrentados a diversos Yo-Soy. Y de éstos, el más peliagudo, complicado y fastidioso es el Yahvé Sebaot – Dios de los Ejércitos – que los hagiógrafos presentan prepotente, terminante y horriblemente vengativo, que ordena cometer matanzas, genocidios y anatemas, llevado de una ira a la que nuestra mentalidad de hoy se resiste. Se le encuentra sin disfraz alguno en el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio; pero de uno u otro modo le seguiremos encontrando a lo largo de todos los Libros de la Biblia mostrando el difícil tránsito de los hebreos hacia el monoteísmo. Una de sus últimas menciones está en el Nuevo Testamento, en la Epístola de Santiago: El salario de los trabajadores que cosecharon sus campos se ha puesto a gritar, pues ustedes no les pagaron; las quejas de los segadores ya habían llegado a los oídos del Dios de los Ejércitos (Santiago, 5, 4), y así distinguimos como los siglos transmutaron al Vengativo Dios del Pentateuco en un Dios Justiciero en Este Mundo y en el Otro; de modo que si antes era un Dios de Unidad Nacional, ahora resulta poco menos que Dios Universal de la Lucha de Clases: ¿Creéis que estoy aquí para traer paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos tres contra dos, y dos contra tres … (Lucas, 12, 51-52).  

Es posible que las contradicciones que se nos patentizan en la Biblia obedezcan a los contactos y choques entre principios contrapuestos, en el tratar de expresar la Contradicción como un solo Concepto. Desde el racionalismo tratamos en gran medida con conceptos unívocos, cuando lo universal ha sido y es “separar uniendo” dualmente las cosas, tal vez es un error considerar como Unidad lo que siempre es Dos: Las dicotomías Bien – Mal, Ser – No Ser, Día – Noche, Bien – Mal, Varón – Mujer, Vida – Muerte, Padre – Hijo, etcétera, son patentes a todos los humanos y con ellas entendemos y ordenamos nuestro mundo. La expresión de estas dualidades evoluciona a lo largo de los Libros de la Biblia: Al principio, como en el Evangelio de Juan, está el Verbo, la Palabra, (En el Principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios. / Ella estaba ante Dios en el principio. Por Ella se hizo todo, y nada llegó a ser sin Ella. - Juan, 1, 1-2); y en el Génesis, Dijo Dios: Haya Luz, y hubo luz. (Gén. 1, 2). El Verbo es una Palabra que se hace Acción, y así se plantea el problema: Los hagiógrafos nos ofrecen desde el mismo inicio del Génesis el final de su proceso hacia el Monoteísmo, porque el Yahvé / Elohim / Adonai Omnipotente y Creador del Cielo y la Tierra, el del Diluvio, el que confundió las Lenguas en Babel, el Libertador de las Cadenas de Egipto, el que separa el Mar Rojo, el Incomparable, el Celoso, el Único (Shemá Israel, Adonai Eloheinu Adonai Ejad = Oye, Oh Israel, El Señor es Nuestro Dios, el Señor es Uno – Deuteronomio, 6, 4); no parece ser el mismo Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, Dios de agricultores de secano, de pastores y cazadores que de a poquitos se impone a los de otros pueblos conforme los hebreos toman control de Canaán (¿No tienes ya todo lo que tu dios Camos te ha dado? Igualmente nosotros tenemos todo lo que Yavé, nuestro Dios, nos ha dado en posesión – Jueces, 11, 24); ni parece de hecho el Padre Amoroso de la predicación del Cristo, en el Nuevo Testamento. Desde el principio hay idas y tornas: Para fijar un primer canon de la Biblia utilizable para el culto, hubo que esperar que hubiera un estado hebreo, y ello tuvo sus bemoles: El Rey Salomón, hijo de David, no era muy ortodoxo y aceptó otros dioses aparte de Yahvé, pero como era el Rey no le pidieron pasaporte, y tras su muerte la crisis estalló y Judá e Israel se separaron por el problema de si Uno o Muchos Dioses, lo que en la práctica era la lucha entre diversas facciones y sacerdocios.

El Monoteísmo no te deja claro el grave problema de Quién es el Malo de la Película. El Dualismo lo resuelve fácil en la zoroástrica contradicción Ormuz / Ahrimán, en el universal conflicto donde Hombres, animales y plantas toman partido: Si tú eres buen súbdito y soldado leal del legítimo Rey, agricultor que paga sus impuestos, eres de Ormuz; si en cambio eres extranjero, idólatra, nómade, eres de Ahrimán; y el mundo así es simple de entender. Pero viene el Monoteísmo y, ay, todo lo complica al tener que lidiar con un Dios que Todo lo Puede, pero que admite, permite o atraca lo Malo en el mundo. La asociación Dios-Bien no queda clara, ni tampoco el rol del espíritu maligno (Diablo, Demonio, Satanás, Luzbel, Mefistófeles, Belcebú = Baal Zebub = Señor de las Moscas, título de una novela de William Golding), porque este espíritu maligno debe desplegar un gran poder, ma non troppo, pues de otro modo ni se entiende la Omnipotencia Divina, ni se establece el Principio del Libre Albedrío. Así que no la tenemos tan fácil como los zoroastras en lo ético-moral: No basta con trazar una raya diciendo: Aquí lo Bueno, allá lo Malo. Como dice la gran filósofa Mafalda de Quino: el problema es cómo apechugamos con lo malo que tiene lo bueno, y lo bueno que tiene lo malo. El Dualismo y el Monoteísmo tienen sus límites para explicar el mundo, y así va la vaina desde varios milenios.

III
El Libro de Job, y el Qohelet o Predicador: 
Vanidad de Vanidades

En el Libro de Job, Dios hace apuestas con el Enemigo, el mismísimo Diablo, nada menos. Y parece que se regodean harto en el asunto, con los seres humanos en el desastrado papel de carne de cañón. Cuán fuerte se instaló esta visión en el inconsciente occidental, lo demuestra el prólogo del Fausto de Goethe, así como innumerables historias: Job, sin saber leer ni escribir, es reducido a la abyección y se le destroza la vida, por una apuesta. Se justifica sin lugar a dudas que el atribulado se pregunte ¿Por qué no morí en el seno y no nací ya muerto? (Job, 3, 12), pero como en el Féisbuk, no le faltan bien pensantes que le presentan diversas opciones más o menos tibionas, pero Job defiende la pertinencia de su pregunta y la justicia de su causa (Ojalá se escuchara mi ruego y Dios me concediera lo que espero, / que por fin se decida a aplastarme, que deje caer su mano y me suprima. / Al menos tendría consuelo … - Job, 6, 8-10). Si te gusta la Biblia, no puedes dejar de leer como Job aborda una cuestión tan esencial en el devenir humano como el ¿por qué recuernos a mí me tiene que pasar esto? Al final la cosa se pone color de hormiga cuando se aparece el mismo Dios a poner orden, y de hecho ni se molesta en contestarle a Job, sino que de frente lo cuadra y lo ridiculiza: Amárrate los pantalones como hombre: voy a preguntarte, y tú me enseñarás. / ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¡Habla si es que sabes tanto! – Job, 38, 3-4. No hay respuesta alguna al ¿Por qué a mí? y la vaina queda en un incómodo veremos, envuelto en un Misterio que no comprendemos, con lo que nos dejan en Pindinga, lugar cercano a Babia. Tal vez haya sido hasta considerado de parte del hagiógrafo dejarlo así, porque quizá, como Job, lo sabio sea sufrir el azar con paciencia, aceptar lo que no entendemos ni podemos cambiar, inclinarnos ante lo inevitable … Reconozco que lo puedes todo, y que eres capaz de realizar todos tus proyectos. / Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí. / Yo te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. / Por esto, retiro mis palabras y hago penitencia… – Job, 42, 2-6 … ¿O no? 
    
Pero el asunto no acaba aquí. De hecho no ha hecho sino empezar: En el Eclesiastés sangra la misma herida abierta en Job: No hay Razón, dice el Qohelet, el Predicador, no hay razón, y todo es absurdo – Ecl. 1, 2, como se traduce en la Biblia Latinoamericana de 1972. La de 1995 dice ¡Esto no tiene sentido! Decía Qohelet, ¡esto no tiene sentido, nada a qué aferrarse! Y ambas traducciones tratan de transmitir en castellano el sentido de lo que la Biblia de Jerusalén traduce como ¡Vanidad de Vanidades! – dice Qohelet - ¡vanidad de vanidades, todo vanidad!. El Eclesiastés es mi libro preferido de toda la Biblia, quizá por su visión pesimista de la vida y del hombre: ¿Qué le queda al hombre de todas sus fatigas cuando trabaja tanto bajo el Sol? – Ecl. 1, 3; constatando una verdad que atraviesa también la gran poesía de los Rubaiyat, del persa Omar Khayyam, de contexto cultural parecido: Si la vida es breve y absurda y no tiene sentido, entonces … ¿qué hacemos en el tiempo de vivir que tenemos, en esta vida que no sabemos bien qué es, pero que es tan dulce y no queremos que se acabe? Después de todo Me dije: Si la suerte del insensato es también la mía, ¿qué he ganado con mi sabiduría? Y también en esto he visto que uno se afana por nada (Ecl. 2, 15). Las peripecias de la vida hacen sabio al Qohelet o Predicador, en buena cuenta alguien que decide no esperar nada. El Libro de Job empieza con una apuesta y termina en la entrega del Yo al Dios que no entendemos; el Eclesiastés empieza y acaba constatando el absurdo de que el último y amargo destino de los humanos sea la muerte que debe ser aceptada sin más. Pero allá atrás hay una velada esperanza: Acuérdate de tu creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días malos, y los años que se acercan, de los cuales dirás: `No espero más de ellos` / antes que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y que vuelvan las nubes apenas haya llovido (Ecl. 12, 1-2). La muerte se vuelve una parte de la vida, un descanso de este servicio militar, una amiga que nos libera del absurdo: El hilo de plata no llegará más lejos: dejaron de hilarlo; la lámpara de oro se rompió, se quebró el cántaro en la fuente, y cedió la polea del pozo. / El polvo vuelve a la tierra de donde vino, y el espíritu sube a Dios que lo dio (Ecl. 12, 6-7). Y así el Qohelet aconseja mesura y equilibrio, a diferencia de Khayyam, que quiere la orgía, el vino y el amor: Sin amor y sin vino la vida es nada. Nada / es sin el dulce canto de la flauta de Irán. / Sólo dos cosas valen en ella, según veo: / la fiesta y el placer, y lo demás es nada (Rubaiyat 113). Ascetismo y Desenfreno responden a la misma pregunta, son más cercanos de lo que parece, aunque donde el uno se resigna a no saber, el otro trata de avanzar. Como que el Qohelet no quiere dejar la cosa en veremos, y deja sembrada la idea de la Resurrección, única solución a la vista de la sangrante contradicción mostrada en Job. El Qohelet y Khayyam se parecen también, donde uno dice Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de tu vida fugaz (Ecl. 9, 9); el otro Olvida la sapiencia de los sabios, y enrédate / en el sedoso pelo de una mujer bonita (Rubaiyat 121). Pero si me preguntan, prefiero un Qohelet que se adentra en el vacío con coraje a un Khayyam que no se atreve a rozarlo, escondido tras una copa de buen vino. O ambos tienen razón, porque hay un tiempo para cada cosa, y un momento para hacerla bajo el cielo. (Ecl. 3,1). 

IV
Rey, Guerrero y Poeta: David y los Salmos

David fue Rey de Israel en Jerusalén, poeta y místico de primer orden. Su vida se narra en los Libros de Samuel, de Reyes y en las Crónicas o Paralipómenos., que repiten la misma Historia de los Reinos de Israel y Judá, pero desde distintas perspectivas. Las Crónicas son relato oficial disfrazado de registro objetivo; en cambio el elohista – hagiógrafo probable de Samuel y Reyes – es un crítico que cuenta lo que el oficialismo calla, y juzga y valora desde la Religión, no desde la Política, al modo de un historiador independiente. En Segundo de Samuel y en Primero de Reyes hay la mejor biografía del poderoso David, Rey de Israel en Hebrón y en Jerusalén, en sus triunfos como en sus debilidades: Lo vemos así permitiendo al intrigante Joab – Montesinos de la época, poder detrás del trono - que asesine al leal Abner; mandando matar a Urías por satisfacer su lujuria con la guapa Betsabé; dejando sin castigo la violación de su hija Tamar por su hijito consentido Amnón; derrotado por último por otro consentido, Absalón. David como Gobernante muestra astucia y ausencia de escrúpulos, lo que el elohista refleja en el amargo Discurso de Semeí dirigido al propio David en huida: Vete, vete, hombre sanguinario y perverso. / Yavé hace recaer sobre tu cabeza toda la sangre de la familia de Saúl, que masacraste. Así como tú le quitaste el trono a Saúl, así también Yavé se lo ha dado a tu hijo Absalón. Tú eres un criminal, por eso te persigue la desgracia (2 Samuel, 16, 7-8). David acepta el designio de Yavé, y cuando los cortesanos quieren cortarle la cabeza al incómodo Semeí, David apunta: Déjenlo que me maldiga si Yavé se lo ha mandado (2 Samuel 16, 11). El elohista presenta así no a un David oficial, héroe de cartón, sino al ser humano en sus complejidades y circunstancias. David, juzgado por los parámetros actuales, es un político marrullero y veleta, con un evidente interés por el poder y un maquiavelismo que roza la traición. Pero ahí lo tenemos igual de paradigma, porque son los vencedores los que escriben la historia.

Pero yo se lo perdono, porque el poeta David es magnífico en lo épico, lo místico y lo lírico. Su poesía se alimenta de su experiencia, es un poeta natural, que recita sin saberlo, empezando por su magnífica respuesta al reto del gigante filisteo Goliat: ¿Quién es ese filisteo incircunciso que insulta así a los batallones del Dios Vivo?  (1 Samuel, 17, 26). Tras vencer a los filisteos, David se mete de costado en la familia real al casar con Micol, hija del Rey Saúl, pero su afecto se dirige más bien a su cuñado Jonatán. El Rey Saúl le envidia y le odia, mas David y Jonatán son hermanos de armas y comparten espíritu y temple: Vete en paz (David), ya que nos hemos comprometido en nombre de Yavé, que Yavé esté entre tú y yo, entre mi descendencia y la tuya, para siempre. (1 Samuel 20, 42). David escapa así del odio de Saúl y se interna en la precaria existencia del guerrillero y soldado de fortuna. Pero cuando Saúl y Jonatán mueren en Gelboé a manos filisteas, David recita su doloroso Canto Fúnebre: Ay, la gloria de Israel pereció en los montes / ¿Cómo cayeron los héroes? / (…) / El arco de Jonatán no retrocedió jamás ni la espada de Saúl se blandía en vano / (…) / Eran más ligeros que águilas, más fuertes que leones / Por ti estoy apenado, Jonatán, hermano mío, por ti, a quien tanto yo quería. Tu amistad era para mí más maravillosa que el amor de las mujeres …  (2 Samuel 1, 19-26). Se ha especulado homosexualidad, olvidando la hipérbole tan común en Oriente, y el contexto fúnebre. Algunas interpretaciones se acercan más a nuestras ideas preconcebidas que a los hechos. Otros poemas de David son de tema religioso, como el de 2 Samuel, 22, 2-51: Yavé es mi roca y mi fortaleza, mi libertador y mi Dios, e inspiran los hermosos y sentidos Salmos. La experiencia de vivir a salto de mata se refleja en las súplicas a Yavé en el peligro, al ruego de su fortaleza y guía en medio de la tribulación, en la confianza que está con nosotros: Los cielos cuentan la gloria de Dios, / la obra de su mano anuncia el firmamento (Salmo 19, 1); Dios mío, de día clamo, y no respondes, / también de noche, no hay silencio para mí / Más tú eres el Santo, / que mora en los laúdes de Israel / En Ti esperaron nuestros padres, / esperaron y tú los liberaste …  (Salmo 22, 3-4); El Salmo 23 es popular en los países anglosajones: Yavé es mi pastor, nada me falta / (…) /Aunque pase por valle tenebroso, / ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo / tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan (Sal 23, 1, 4). El Salmo 51, el Miserere, lamenta el peso de los pecados, ruega el perdón en la última hora (Ténme piedad, oh Dios, según tu Amor, / por tu inmensa ternura borra mi delito, / lávame a fondo de mi culpa, de mi pecado purifícame. – Sal 51, 3-4) y se ha rezado innúmeras veces a lo largo de los siglos por todos los que sólo a Dios pueden recurrir en su desesperanza, en especial los moribundos (Retira tu faz de mis pecados / borra todas mis culpas / (…) / El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; / un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias. Sal 51, 17, 19). David no fue el único Salmista, están Asaf, los hijos de Coré – posiblemente un Coro permanente -, y el Maestro de Coro, aunque muchos Salmos aparecen sin autor y serían creación colectiva, como el Salmo 137, de la Deportación a Babilonia, la famosa Balada del Desterrado: A orillas de los ríos de Babilonia / estábamos sentados y llorábamos, / acordándonos de Sión. / (…) / ¿Cómo podríamos cantar / un canto de Yahveh / en una tierra extraña? / ¡Jerusalén, si yo de ti me olvido, / que se seque mi diestra! / ¡mi lengua se pegue al paladar / si de ti no me acuerdo!  (Sal 137, 1, 4-6). En la larga historia de desarraigos y persecuciones del Pueblo Elegido, este Salmo debe haberse cantado en Sinagogas y hogares, musitado con fervor por los rabís, exultado por aquellos que retornaron a la Tierra Prometida y vieron nuevamente la Colina de Sión. La historia del Sionismo que ocurrió después, disculpen, no tiene demasiado que ver con la Biblia.   

IV
Colofón

Termino así esta segunda Crónica sobre Leer la Biblia. En las siguientes seguiremos en el mismo estilo, picando de aquí y allá. Como decimos siempre: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te prives.  

miércoles, 6 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 18: BIBLIA (i)


CRÓNICAS DE LECTURAS - 18
LEER LA BIBLIA (I)

I

Confesiones

Si el lector pretende encontrar en estas líneas una apología de la ortodoxia cristiana católica o de cualquier otra, no es el caso. Respeto a los creyentes de toda confesión, incluyendo a los que hacen gala de no confesar nada – manera muy propia de confesar algo. Reconozco tanto los aportes de toda religión e iglesia, como sus monumentales metidas de pata. Sin apologías ni negacionismos, sino al revés y por todo lo opuesto, me arriesgo a la contradicción en un terreno donde hay más de dos extremos. Emprendo el tema de Leer la Biblia porque ningún lector que lea puede decir que lee si no la ha leído. Como en toda lectura, los motivos por los que se lee cuentan mucho. La Biblia es un importante referente moral y ético, y guste a o no a neopaganos, irreligiosos y arreligiosos la Biblia es parte esencial de la cultura escrita, el Libro más leído de la Historia, el más editado, el primero en ser impreso, el más traducido, el más citado y puede que el que haya desatado más humanas energías para bien y para mal. Sal a la calle y verás iglesias de toda laya que se basan en ella. En Lima sus citas adornan el atrás de los buses de servicio público, taxis y automóviles particulares, y también te aconsejan Lea la Biblia. Muchos la adoptan, otros la rechazan. Me gustan los temas de los que se dice no debe hablarse, así que trataré de acercarme a la Biblia desde mi propia y personal obsesión por los libros y la lectura, como persona común y silvestre más o menos informada, que trata de ponerse a un lado – sin éxito, estoy seguro - para ver qué puede significar eso de Leer la Biblia. Por ende, si alguno se sintiese ofendido por alguna idea que proponga, que me acuse de hereje o pecador vitando, si le hace feliz; yo, como dice Antonio Machado: estoy en paz con Dios y en guerra con mis entrañas.

Cuando se trata de religión todos pretenden igual derecho a opinar, y no se puede ser objetivo en este tema. Pero sí es obligación intelectual decir desde dónde se hacen las cosas. No se me oculta lo complicado que es, se suele acabar en una indiscriminada recepción de pedradas desde diversas y democráticas direcciones, más aún en época de Sede Vacante. Pero la verdad desnuda es que no me entusiasman las Iglesias, dada la combinación del mensaje divino con el márketing y las finanzas. Por ello me aproximo al Libro Sagrado pensando más en la perspectiva individual de la relación personalísima con Dios, Diosa, Eso, Yo-Soy, Krishna, Manitú, Wiraqocha o lo que sea que sea “Eso Que Está Ahí”. Creo que esa relación es importante, de un modo u otro. Como muchos, tengo en difícil suspenso mi definición religiosa: La Iglesia Cristiana Católica me tiene en stand-bye dado mi problemático estado civil. Pero en el siglo XXI adscribirse a una confesión religiosa no es tan esencial como solía ser. Como dice Miguel de Unamuno en su Agonía del Cristianismo: Todos vivimos juntos pero cada uno se muere solo. La mayoría de los expectorados de la Iglesia Católica no están a la puerta de los templos implorando penitencia ni que les permitan volver, ha habido demasiado autosuficiente regodeo de la jerarquía oficial en su propio poder, que nada tiene que ver con la salvación eterna, y es natural que se desconfíe. Un mínimo de autonomía espiritual exige un mínimo de dignidad espiritual, y la hipocresía y manipulación de las reglas en las diversas Iglesias en función de obtener ventajas corporativas no me hace sentir cómodo: Me repugna el fingimiento beato que sigue la corriente y plantea seguridades en materia de fe que se está lejos de poseer. Por aquello de Fe que no Duda es Fe Muerta (otra vez Unamuno) no me ajusto a ninguna ortodoxia. Si hay un Dios, me parece que los rasgos que presentan de Él los que se suponen lo conocen mejor no son consistentes con las eventuales cuentas a rendirle. Como muchos, hay ciertas preguntas que me gustaría hacerle: agnosticismo light que le llaman, y creo estar mucho más allá – o más acá, cuestión de perspectivas - del hedonismo ingenuo postmoderno. Pero mi formación y mi ética personal son cristianas y católicas, en la vida tratamos de hacer las cosas lo mejor posible con lo que tenemos a mano. Si hay Dios, en Sus manos estamos; y si no lo hay, como decía no sé si Schiller o Schelling, peor para Él. Y a nadie fuerzo a pensar como yo ni a escuchar lo que tengo qué decir. 
(Nota: Las citas de la Biblia que se harán en adelante se hacen indistintamente de la Biblia Latinoamericana, Edición revisada 1995, XIII Edición, Editorial San Pablo / Verbo Divino, España 1996; y/o de la Biblia de Jerusalén, edición de bolsillo, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1976, según me parezca pertinente, excepto en donde formalmente se diga otra cosa)

II

Interpretaciones, hermenéuticas, traducciones; y No Uno, sino Muchos Libros

He dado buenas razones para tratar sobre Leer la Biblia, pero añadiré otra: La Biblia es una de mis lecturas más recurrentes, particularmente profusa y militante durante mi juventud. Significa muchas cosas diferentes para distintas personas, soporta muchas formas de ser leída. Posee diversos géneros: Narrativa y poesía; epístolas, cuentos, profecías, apocalipsis. Hay códigos de leyes, crónicas históricas, ensayos filosóficos, pastillas morales. Elige presentar ciertos hechos, a los que aporta su interpretación. Sus enseñanzas morales poseen trascendencia, para algunos importantísima. Otros hay que se le oponen militantemente, otros la esgrimen como rayo para fulminar. Un profe marxista la puede usar para demostrar la Lucha de Clases, otros para demostrar que no hay tal cosa como la Evolución de las especies. El de acá ve extraterrestres, el de allá piensa un mundo de 6000 años de edad. Menos gentes de las que creemos ajustan su conducta a sus planteamientos, y tal vez eso no sea tan terrible, atendiendo a las notables contradicciones éticas en que incurre, si la aceptamos como un único libro. Conservadores y liberales, Izquierdas y Derechas se justifican con citas de la Biblia, a veces las mismas. En una sociedad tradicionalmente católica como la nuestra, es un paisaje que enmarca la moral social e individual, pero tengo la impresión que se la conoce muy poco más allá de la cita descontextualizada, empleada para autojustificar la propia conducta. Como con el Corán, el Bhagavad-Gita, los Upanishads, el Tao-Te-King y otros tantos libros sagrados, interpretar la Biblia – materia de la hermenéutica y la exégesis – no es acto neutral. No faltaran nunca citas para hacer justos ciertos hechos que estoy seguro el Buen Dios reprobaría sin reservas: Cruzadas y guerras santas, quemas de brujas y cacerías de herejes, ignorancia e intolerancia, imposición de ortodoxias e infames autos de fe, pogromes y numerus-clausus, guerras y asesinatos, excesos de ascetismo y violencia física y emocional, represión intelectual y demás bellezas que la especie le ha endilgado a la familia desde la revolución neolítica. Ninguna confesión se salva de haber usado los Libros Sagrados con fines despreciables. Creo firmemente que no hay Dios Personal que uno se pueda imaginar que lo apruebe.

Para empezar, la Biblia no es “un libro”, ni siquiera desde su etimología. Biblia significa los libros, y eso significa desde la exégesis que hay muchos hagiógrafos – escritores que se entienden como inspirados por la divinidad. Inevitablemente, los hagiógrafos transmiten el Mensaje en los géneros y registros en que se sienten a gusto o creen necesarios, y, como pasa con cualquiera, están desigualmente dotados de recursos estilísticos, culturales, intelectuales y morales. Así en el mismo paquete nos encajan - fuera del Mensaje Divino - contenidos propios de su persona, su lugar y su tiempo. No es igual Moisés que el apóstol Juan, o Jesús Ben Sirá que el rey David, o Nehemías que el evangelista Marcos. Y están presentes con sus prejuicios, ideas y estereotipos tanto los hagiógrafos como sus lectores. La Biblia surge en Medio Oriente, pero es importante para la identidad monoteísta de Occidente. Las diferencias entre las confesiones se suelen atribuir a distintas versiones del Libro Sagrado, generadas a veces por diferencias en las traducciones, lo que justifica sistemas de creencias apenas diferenciables unos de otras, por poco que se examinen. El Cristianismo Ortodoxo, por ejemplo, basa su diferencia en la cláusula filioque del Credo de Nicea, y la sustenta en textos de la Biblia, sin perjuicio de que el Cristianismo Católico Romano sustente lo contrario en otros, o los mismos, textos. Las confesiones derivadas de la Reforma se basan en la lectura personal y el libre examen de la Biblia, lo que explica las muchas Iglesias que aparecen como natural consecuencia del choque entre dos necesidades tan contrapuestas como importantes: La necesidad de fijar un texto único, y la necesidad de asegurar la propia Salvación. El titánico esfuerzo de traducir la Biblia a las lenguas vulgares de Martín Lutero y otros trataba de levantar el velo que sobre la Palabra de Dios echaba la Iglesia Católica a través de la Vulgata Latina - traducción oficial católica de la Biblia al Latín por San Jerónimo, en el siglo V. Asimismo, la brecha entre el magisterio del Libro Sagrado y la práctica de la Iglesia del Siglo XVI era tan grande que todo individuo con cabeza acordaba en la necesidad de cambios profundos. Por ahí se produjeron cismas y herejías, la necesidad de religión personal chocaba con la institucionalidad. Desiderio Erasmo de Rotterdam fue tal vez el primero en romper el cerco impuesto sobre la Biblia. Conocía a profundidad las lenguas bíblicas y sus best-sellers al respecto – se estrenaba la Imprenta de Gutenberg -, le abrieron paso al Libre Examen. Del Siglo XVI en adelante se leyó cada vez más la Biblia pese a las prohibiciones. En los ´60 del Siglo XX el Concilio Vaticano II hace caer los últimos límites: La Biblia en lengua vulgar es ya completamente accesible a los católicos, y ya era hora, pues tras varios siglos se había erosionado la parafernalia conceptual intermediadora de la libertad de cada persona en su relación personal con Dios, entendida cada vez más como invasiva, y resistida desde fuera y dentro de la Iglesia. Hoy parece que la Iglesia Católica no termina de adaptarse a estas circunstancias. Veremos qué pasa tras el Cónclave.

III

Mi relación personal; y los Hagiógrafos

Mi larga relación con la Biblia tiene que ver con ediciones muy diferentes, a las que estuve expuesto. La primera fue la enorme Biblia Católica Familiar, Edición Barsa, The Catholic Press, Inc., Chicago-Illinois, de 1963, que llegó a casa junto con la Enciclopedia Barsa. Una edición de lujo, muy completa, traducción directa de los textos originales de la Vulgata de San Jerónimo llevada a cabo por el erudito Obispo argentino Juan Straunbinger. Fue una suerte para mí, el muy cuidado texto bíblico venía con importantes complementos: Introducciones y Prefacios donde se enfocaban diversos aspectos del Libro. Reproducciones de obras de grandes maestros del arte religioso (Rubens, Corot, Andrea Del Sarto, Veronese, Poussin, Rembrandt, Rafael, Giorgione, Murillo, Carpaccio, David, Botticelli, Durero, el Greco, Velásquez, Tintoretto, Delacroix, Tiépolo, Mantegna, Fra Angélico, etc). Una sección de Mapas de la Biblia. Fotografías de Tierra Santa, de Roma y el Vaticano. La narración de la Vida de María Madre del Señor. El Vía Crucis. Artículos sobre Liturgia y Semana Santa. Una sección dedicada a La Vida de Nuestra Familia (matrimonios, nacimientos, bautismos, etc.). Y un completo Diccionario Católico al que he recurrido innumerables veces desde entonces. Esta Biblia se editó durante el pontificado de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, refleja una etapa de transición en la Iglesia Católica. Otra edición fue la de la Biblia Latinoamericana (Ediciones Paulinas / Verbo Divino, XV Edición, España 1972). Aunque para 1973 ya poseía cierta cultura bíblica, el llano estilo y fácil lectura de esta Biblia me impresionaron y me llevaron a la lectura de los pasajes que había dejado atrás por difíciles. Esta es Mi Biblia, la más subrayada y anotada. Posee valor personal, pues el Padre Héctor De Cárdenas SS.CC. la tuvo en sus manos al fallecer, y no diré más. Otra edición es la de la Biblia de Jerusalén de bolsillo (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1976), que mi amigo César Chacón me obsequió en 1980 en Cusco, en dramáticas circunstancias personales. Prestó servicios como Biblia portátil de campaña, y la tengo en particular estima. Sé que esto suena contradictorio con el agnosticismo light del que hablé, lo admito llanamente. Me hago cargo de mis contradicciones e inconsistencias, y no veo por qué voy a pedir disculpas por ser yo mismo. Sigo adelante.

Entre los autores de la Biblia hay escritores dignos de aparecer en cualquier antología literaria universal. También debe haber habido grandes chapuceros. Pero no los notamos pues todos están más o menos igualados por copistas y traductores, en especial San Jerónimo. Pocos libros más copiados y traducidos que la Biblia, hasta el extremo que acceder a la fuente primigenia es imposible para el lego. La sacralidad del Libro debe haber impulsado espontáneamente a traductores y copistas a crear una suerte de “lenguaje bíblico” estereotipado. A lo largo de los siglos, se fue creando un “aire de familia” con el que el Génesis y el Apocalipsis, el Libro de Job y los Hechos de los Apóstoles nos suenan “de oído” más o menos igual. De ahí la sensación de intemporalidad que produce, pues no leemos la Biblia desde la perspectiva de una Historia Salvífica que se despliega en el Tiempo, cuanto desde el inmóvil y tradicional Tiempo Sagrado, donde el Profeta Isaías, el Rey Saúl, el Juez Sansón, el Legislador Moisés, el Sacerdote Esdras y el Apóstol Pedro son más o menos contemporáneos, hablan del mismo hierático modo, se visten con las mismas sábanas, usan las mismas sandalias, piensan las mismas cosas y tienen las mismas costumbres e ideas. Esta especie de encuentro entre lo inmóvil y lo móvil, entre lo Histórico y lo Religioso, entre el Cambio y la Permanencia, es tal vez el rasgo que mejor define el Libro Sagrado. Y a la vez es el rasgo que más lo oscurece, al otorgarle el mismo valor de verdad a todas y cada una de sus partes, igualando donde no se debe igualar, y sin diferenciar donde hay que hacerlo.

IV

El Autor – o autores - del Pentateuco

Hay acres controversias respecto a los hagiógrafos en general, en especial entre las distintas tradiciones religiosas, cada cual con sus estudiosos y dogmas propios. La tradición judía (y la más rancia de las cristianas) quiere que Moisés sea el Primer Hagiógrafo, autor de todo el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia (Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio). Ello incluye el majestuoso relato de la Creación del Mundo: En el principio creó Dios los cielos y la tierra. / La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba sobre las aguas. (Gén. 1, 1-2), además de toda la historia del mundo y de los hebreos hasta la conquista de Canaán, más unos cuantos códigos legislativos completos, poemas, cantares, y hasta censos. Menuda chamba para un hagiógrafo, que entre tanto tenía otras nimiedades de qué ocuparse: Liberar a los hebreos del yugo del Faraón de Egipto, echarse a la espalda la organización de toda una emigración a la Tierra Prometida, gobernar a esta antipática nación en ciernes. Parece harto improbable que Dios le haya encargado a Moisés bancarse todo eso. Por otra parte, el relato tiende a repetirse, a veces contradictoriamente, con poco orden y con cambios de estilo y términos para referirse incluso a Dios. Ello indica haber más de un hagiógrafo, y la hipótesis más plausible es que el Génesis cuenta cuando menos con tres autores: El yahvista, pues usa el nombre Yahvé o Yavé para referirse a Dios, probable veterano de los reinados de David y Salomón (aprox. 1000 a.C.). Él habría redactado uno de los dos relatos de la Creación (Gén. 2, 5-25): El día en que Yahvé Dios hizo la tierra y los cielos, no había sobre la tierra arbusto ni ninguna planta silvestre había brotado, pues Yahvé Dios no había hecho llover todavía sobre ella, ni existía el hombre para cultivar el suelo (Gén 2, 5), y una buena parte del resto, a veces copiando relatos orales sin mayor retoque. Por cierto, se le atribuye también el detallado relato del reinado de David en el Libro Segundo de Samuel y el Primero de Reyes. Otro hagiógrafo es el elohista, que usa del término elohim para referirse a Dios, y habría escrito un siglo más tarde. Se le debería la dramática relación del sacrificio de Isaac: Toma a tu hijo, al único que tienes y al que amas, Isaac, y anda a la región de Moriah. Allí me lo sacrificarás en un cerro que yo te indicaré (Gén. 22, 2). El significado de esta escena de la misericordia de Dios y su distancia de los dioses paganos que reclamaban la vida de los primogénitos, se presenta magníficamente en la escena final de la película de John Huston, La Biblia, que debió llamarse Génesis. La pasan siempre por semana santa, es una joyita que siempre vale la pena ver (Me parece que anda por YouTube también). El Sacerdote, tercer Hagiógrafo a considerar, aparece hacia el 600 a.C., durante la Deportación de los judíos a Babilonia, cuando había urgencia de condensar los textos sagrados y mantener unido a un pequeño pueblo sin tierra y sin estado. El Sacerdote habría compendiado los textos, combinando Yahvista y Elohista, “puntuándolos” con pequeños añadidos para mantener la cohesión del texto. Y creó la monumental Creación del Mundo que da inicio a toda la Biblia, y que añadió sin aparentemente percatarse que ya había otra del Yahvista.

Los tres hagiógrafos (Yahvista, Elohista y Sacerdote) más el llamado Deuteronomista, serían así autores de los cinco libros del Pentateuco, la sagrada Torah judía. El Génesis abarca las historias de Adán y Eva, Caín y Abel, Noé y el Diluvio Universal, la Torre de Babel, los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob (llamado Israel) y sus doce hijos; y culmina con la muerte de José y los Hijos de Israel avecindados en Egipto. El Libro del Éxodo narra la esclavitud y la épica de la liberación de los Hijos de Israel, y su elección como Pueblo de Dios. La escribió principalmente el elohista, y se centra en una detallada biografía de Moisés, con todos los ingredientes de la Iniciación de un héroe fundador. Hay partes realmente memorables: La revelación del Dios desconocido a Moisés, la escena de la zarza ardiente, en donde se combinan las narrativas yahvista y elohista: Dios dijo a Moisés: Yo soy el que Soy. Así dirás al pueblo de Israel: YO-SOY me ha enviado a ustedes (…) Este será mi nombre para siempre, y con este nombre me invocarán sus hijos y sus descendientes (Ex. 3, 14 y 15); los intercambios verbales de Moisés y Aarón con el Faraón; las Diez Plagas de Egipto; la Institución de la Pascua; amén del famoso Paso del Mar Rojo. Aquí me detengo para mostrar los relatos elohista, yahvista y sacerdotal combinados y yuxtapuestos en dos versiones paralelas de la épica fundacional del pueblo hebreo, marcado por la intervención divina. Según el yahvista el asunto fue que Moisés extendió su mano sobre el mar, y Yahveh hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este que secó el mar, y se dividieron las aguas. (Ex. 14, 21); y luego … miró Yahveh (…) hacia el ejército de los egipcios, y sembró la confusión (…). Trastornó las ruedas de sus carros, que no podían avanzar sino con gran dificultad. Y exclamaron los egipcios: Huyamos ante Israel, porque Yahveh pelea por ellos … (Ex. 14, 24-25). Notemos que se atribuye a Yahveh el viento del este que seca el barro y estorba las ruedas de los carros, pero parece que al Sacerdote no le bastó eso, e intercala inocentemente ciertos efectos especiales: Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto, mientras las aguas formaban muralla a izquierda y derecha. / Los egipcios se lanzaron en su persecución, entrando tras ellos en medio del mar, todos los caballos de Faraón, y los carros con sus guerreros (Ex. 14, 22-23). En estos versículos se basa la grandiosa escena de la partición de aguas en Los Diez Mandamientos, de Cecil B. De Mille, y hasta Tolkien pone en boca del Rey Théoden una variante del cántico a Yavé: Cantaré a Yahvé que se hizo famoso / arrojando al mar al caballo y su jinete (Éxodo 15, 1). Si lo que quería el Sacerdote era subirle la moral a los deportados en las orillas del Tigris y Éufrates, despertando su orgullo nacional y la fe en el Dios de los Ejércitos que liberó al Pueblo Elegido, nadie puede culparlo de recargar tantito las tintas, con columna de fuego y todo (http://www.youtube.com/watch?v=Rv5imrLYo8g).


El resto del Éxodo, el Deuteronomio, el Levítico y los Números relatan las vicisitudes del Pueblo Elegido, en especial el constante contrapunto entre la fe del caudillo Moisés con la terquedad del Pueblo Elegido, de dignidad bien cuestionable: ¿Acaso no había sepulturas en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto? ¿Qué has hecho con nosotros sacándonos de Egipto? ¿No te dijimos claramente en Egipto: Déjanos en paz, queremos servir a los egipcios? Porque mejor es servir a los egipcios que morir en el desierto – Ex. 14, 11-12. Quizá la mejor versión fílmica del conflicto entre Yahvé Libertador y el pueblo que no le da la gana de ser liberado esté en la bella miniserie de la Televisión Italiana Moisés el Legislador, con un inspirado Burt Lancaster en el papel de Moisés, y no menos inspirados Irene Pappas y  Anthony Quayle como sus hermanos Miriam y Aarón.  Qué pena que solo la he encontrado en italiano (http://www.youtube.com/watch?v=AXJrIBldZoY).

V

Colofón

Hasta aquí la primera parte de esta Crónica sobre Leer la Biblia. En posteriores Crónicas presentaré aquellas partes que me llaman particularmente la atención, tratando de dar una visión panorámica. En el caso de la Biblia quizá sea más cierto que con ningún otro Libro que uno lee lo que quiere, como quiere, donde quiere. Pero lo cierto también es que de esta lectura uno nunca se arrepiente.



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