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domingo, 31 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 25: BIBLIA (vi)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 25
LEER LA BIBLIA (VI)

I
El Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento parece que presentara un cierto aire más moderno respecto al Antiguo. Se centra en la figura, presencia, predicación, vida y muerte de Jesucristo, el Mesías de los judíos; y la acción de sus inmediatos seguidores, los cristianos. El Nuevo Testamento goza de la misma sacralidad que el Antiguo, y contiene la mayor parte de lo que es original en el Cristianismo con respecto a su matriz semita, para las confesiones cristianas es el mismo centro de la Biblia. Para los judíos, bueno, no tiene el mismo carácter, exceptuando un muy pequeño grupo, pero imagino que lo leerán por curiosidad y por hallar las claves de lo escrito en el Nuevo Testamento en el Antiguo, igual que es posible para los cristianos rastrear el Nuevo en la Misa y demás liturgias. Lo Original del Nuevo Testamento con respecto al Antiguo es el convencimiento de que el Mesías esperado por los Judíos es Emanuel Jesús, llamado el Cristo. Y así lo Esencial del Nuevo Testamento – de toda la Biblia para los cristianos – es el relato de la llegada del Mesías, pues esta es la Buena Noticia (Evangelio en griego) que se está anunciando. El Nuevo Testamento consta así de Cuatro versiones de esta Buena Noticia, Cuatro Evangelios, tres de ellos denominados Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), aparte de un cuarto, muy original, cuyo hagiógrafo sería el Apóstol Juan, a su vez autor de Epístolas y del Apocalipsis. Además Lucas, hagiógrafo del Tercer Evangelio, parece ser también autor de los Hechos de los Apóstoles, en apariencia editado originalmente junto a su correspondiente Evangelio, y luego editado aparte para tener los Cuatro Evangelios en un solo bloque. Viene luego un conjunto de Cartas o Epístolas, también dividido en dos grupos: El primero y más numeroso es el de Epístolas Paulinas, cuyo autor sería el apóstol Pablo, nacido Saulo de Tarso, judío de la dispersión convertido a la fe de Jesús en dramáticas circunstancias, y que dedica su celo apostólico y epistolar a las primigenias comunidades cristianas. Al otro grupo lo forman las epístolas católicas o universales, por estar dirigidas en su mayoría a la comunidad cristiana en su conjunto. Sus autores habrían sido otros apóstoles: Pedro, Juan, Judas y Santiago. Ya mencionamos en otras Crónicas al último de los Libros, el Apocalipsis de Juan, centrado en las visiones que el mencionado habría tenido durante su destierro en la Isla de Patmos, y cuyo parentesco con otros libros del Antiguo Testamento ya hemos comentado.

El Nuevo Testamento comprende en total 27 libros en el canon de la Iglesia Católica Romana, que es más o menos el mismo de la mayoría de las Iglesias de la Reforma. Hay dudas sobre la Epístola de Santiago, que Lutero llamaba con desprecio epístola de cartón, dado que defiende la necesidad de buenas obras para la salvación personal (la fe que no produce obras está muerta – Santiago, 2, 26), cuando el monje alemán estaba convencido que la justificación paulina por la Fe es la que cuenta (quien no tiene obras que mostrar, pero en cambio cree en el que hace justos a los pecadores, a ese tal se le toma en cuenta su fe y se le considera justo – Romanos, 4, 5-6), así que se me hace que su oposición era algo interesada. En todo caso, me ha sonado siempre como una discusión tipo la de qué es primero, si el huevo y la gallina. Pero por menos la gente se mata. El idioma en el que se escribe el Nuevo Testamento es casi todo griego koiné, menos una parte del Evangelio de Mateo. La traducción de la Biblia al koiné se inició hacia el 250 a.C., cuando un grupo de sabios judíos helénicos residentes en Alejandría de Egipto, conocidos como los Setenta, empezaron a traducir el Antiguo Testamento para las sinagogas (sinagoga es término de origen griego, precisamente) dispersas en el mundo de habla griega. A esta obra se le conoce como la Biblia de los LXX, e incluye partes del Antiguo Testamento cuyo original en hebreo se ha perdido, motivo por el que algunas iglesias dudan de su canonicidad. Aunque es posible que la lengua materna de Jesús fuera el arameo, no se descarta que supiera griego, pues Galilea parece era bilingüe en aquellos días, y lo emplea Jesús frente al procurador romano Poncio Pilato. Hay grandes variantes en las formas del griego empleado en el Nuevo Testamento: Las epístolas de Santiago, Pedro y a los Hebreos (atribuida a Apolo), así como el evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles, presentan un griego literario y elegante, escrito por gentes con el griego por lengua materna. Las epístolas paulinas tienden a ser más coloquiales, en tanto que el Evangelio de Juan y sus cartas presentan un estilo sencillo pero correcto. El Apocalipsis en cambio está escrito en un griego complejo y recargado. El empleo de muchos giros semíticos en estos libros sugiere que sus hagiógrafos pensaban en arameo u otras lenguas semitas, pero trataban con mayor o menor solvencia de emplear el idioma en el que sabían que su mensaje sería más leído y entendido.

II
Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles

Es muy difícil hablar de los Evangelios, lo reconozco. La sensación de su Sacralidad invade el espíritu, desde que los que vivimos en países fundamentalmente cristianos y católicos nos hemos criado en su interior, por así decirlo. El carácter sagrado de los Evangelios es reforzado en la liturgia de la Misa Católica a través de ritos particulares, y no se le menciona ni cita sin añadir al final “esta es la palabra de Dios”, a la que, para emplear una expresión de catecismo, “el pueblo se adhiere diciendo amén”. Que si los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) fueron posteriores o anteriores al Evangelio de Juan, como sostienen algunos masones y/o francmasones, y por lo tanto la versión arriana – atanasiana de la divinidad de Jesús resulte siendo la primordial por sobre otras, es aspecto doctrinal de una discusión que debo decir me tiene francamente sin cuidado. En todo caso sí es discernible una clara diferencia entre los tres Evangelios Sinópticos y el de Juan en cuanto a las fuentes, pues Juan narra los hechos empleando fuentes diferentes, en muchos casos de más exactitud y detalle que las de los Sinópticos, que en realidad parecen escritos mirándose los unos a los otros. Además el plan del Evangelio de Juan es muy diferente y altamente teológico, en tanto que los hagiógrafos que escribieron los Sinópticos parecen más bien pensar en términos de demostración histórica tangible de la realidad y presencia de Jesús. La cuestión más interesante a mi modo de ver es de ese orden, el tratar de dilucidar qué evangelio fue escrito primero, y por ende haya sido utilizado como fuente para los otros. Todo abona a que el Evangelio de Marcos fuera uno de los primeros en escribirse, si no el primero, en principio por su corta extensión, comprimida en dieciséis intensos capítulos, y por el hecho que parezca una especie de Manual para Uso del Predicador Aficionado. Debe así haber estado en la faltriquera de los otros Hagiógrafos, Mateo y Lucas, que lo emplearían junto con otras fuentes. En el principio existía la Palabra, dice Juan (Juan 1,1), y el verbo dicen otras traducciones. Y esto pareciera referirse al hecho que todas las relaciones escritas sobre Jesús el Cristo tienen como antecedente la palabra, la oralidad de los predicadores, heredera directa de la predicación de los profetas, y por ende semejante a ella en varios de sus caracteres. Algunas de las historias de los Hechos de los Apóstoles referidas a la Predicación parecen sacadas de los Profetas del Antiguo Testamento. Es el caso del milagro de curación que Pedro y Juan aplican a un tullido en Hechos 3, 1-10, en la que podrían cambiarse los nombres por los de Elías y Eliseo; o el martirio de Esteban (Hechos, 7); o el bautizo del eunuco por el apóstol Felipe (Hechos, 8, 26ss.). En este contexto de predicación intensa se habría empezado a sistematizar la información, poniéndola por escrito, agrupándola en sucesión cronológica de hechos, o siguiendo algún otro criterio. La narrativa parece seguir criterios análogos para todos los sinópticos, incluso a veces con análogas o iguales anáforas o referencias que seccionan y dividen las narraciones, como por ejemplo: “y sucedió que …”, preferida de Lucas; o “en aquellos días …” o “en aquel tiempo …” (in illo témpore en la Vulgata), preferida de Mateo. De algún modo pareciera que Lucas emplea a Marcos y a Mateo como fuentes primarias, aunque pasando por alto el sentido hebreo-judío del Evangelio de Mateo, que trata de ubicar a Jesús dentro de una genealogía, además de detenerse en los relatos de su concepción, nacimiento, huida a Egipto y  demás hechos de su Infancia, indicando siempre su predicción por los Profetas. Lucas añade más datos al respecto, aunque claro está, en un plan diferente al de Mateo, pues Lucas es un helenizante y se dirige a helenizantes, y por ende ordena y clasifica la información de un modo diferente.

Es difícil determinar qué parte o partes de los evangelios puedan ser más centrales que otras. La predicación de Jesús debe haber durado entre dieciocho meses y tres años, y los Evangelios hacen básicamente dos cosas: Contar los sucesos acaecidos a Jesús, y presentar la Buena Nueva que el Cristo trae. Mateo vincula Dichos y Hechos de manera íntima y bien planteada, pues el hagiógrafo narra secciones que empiezan con milagros y otros acontecimientos, y que culminan en conversaciones o discursos, como en Mateo 15, cuando se acercan a Jesús algunos fariseos y mantienen un tenso intercambio, que luego culmina en un pequeño discurso de Jesús con una o varias enseñanzas: ¿No comprenden que que todo lo que entra por la boca va a parar al vientre y después sale del cuerpo, mientras que lo que sale de la boca viene del corazón y eso es lo que hace impuro al hombre? (Mateo 15, 17-18). O Mateo 22, 15ss., en donde los fariseos preguntan a Jesús sobre la pertinencia de pagar el impuesto al César, y la enseñanza: den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22, 21). Ya hemos visto que Marcos tiende a contar menos y más bien reseña impactos. Lucas, por su parte, poseía marcadas cualidades para  la observación y la descripción detallada, más un cierto sentido práctico, que no sorprende si atendemos a que era médico. Su evangelio (y su continuación los Hechos de los Apóstoles) se los dedica al converso cristiano Teófilo, persona acomodada a la que espera convencer para que le financie copias de estos escritos. En cierto modo es una investigación donde Lucas hizo a conciencia su tarea: Empleó las mismas fuentes del evangelio de Marcos, cuyo orden sigue, así como ciertos documentos (Logia) que debió obtener de las iglesias más antiguas de Palestina, Jerusalén y Cesarea, con los que alimenta los capítulos 9 a 18 de su evangelio; y es posible que tuviese a su disposición el evangelio de Mateo. Además completó la chamba con información de primera mano, testimonios de apóstoles y gentes que conocieron a Jesús, incluyendo casi con seguridad en este grupo a María, Madre de Jesús, pues hay información que solamente podría haber sido suministrada por ella misma: Entró el ángel a su casa y le dijo: Alégrate tú, la Amada y Favorecida, el Señor está contigo. Estas palabras la impresionaron y se preguntaba qué querría decir este saludo. (Lucas, 1, 28). A diferencia de Mateo y Marcos, que escriben manuales para predicadores, Lucas se interesa en registrar los hechos en forma muy parecida a lo que hoy llamamos Historia y trata de describir con fidelidad tanto los Hechos como los Dichos. El Evangelio de Juan, por el contrario, no tiene intenciones historicistas sino más bien de carácter teológico y religioso. Donde los Sinópticos abundan en milagros y hechos, Juan solamente narra Siete Milagros, número simbólico, y los discursos de Jesús los centra en determinados conceptos y términos que Juan trabajó cuidadosamente. La intención de este evangelio es clara: Esto ha sido escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que por esta fe tengan la vida que él solo puede comunicar (Juan, 20, 31). De hecho muchas de las creencias actuales alrededor de la persona del Cristo y su relación con los planes de Dios proceden en línea recta de este Evangelio: A Dios, nadie lo ha visto jamás, pero Dios, Hijo único, comparte la intimidad del Padre: éste nos lo dio a conocer (Juan 1, 14).

III
Las Epístolas Paulinas

El estilo de Pablo de Tarso ha marcado las epístolas neotestamentarias de manera tan indeleble, que podemos considerar fácilmente al susodicho como el autor de género epistolar más leído en el mundo. Incluso en la liturgia católica aparece mencionado muchas más veces que los otros Apóstoles, lo que es posible por la muy sencilla razón de que la mayoría de las Epístolas se le adjudican. En todo caso tiene propaganda gratis en todas las Misas, pues las epístolas se leen de cajón, y es muy probable que sea de una de las suyas, y ello fuera de que hay liturgias en las que se emplean sí o sí, como en el caso del Matrimonio, donde los novios leen el Himno a la Caridad de I Corintios 13, 1-13: Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe … . Las correrías del hagiógrafo Pablo de Tarso están profusamente mencionadas en los Hechos de los Apóstoles, ocupando algo más de la mitad. Pablo, como apóstol de los gentiles, acapara la atención de Lucas, que lo conoce en persona y trabaja con él en la predicación. Y por si fuera poco en sus cartas se describe a sí mismo con sinceridad digna de elogio: Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, intachable. Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo (Filipenses, 3, 5-7). Al principio su celo de fariseo lo lleva a perseguir cristianos y enredarse en el asesinato del protomártir Esteban, pero se convierte a la Fe de Jesús en apariencia por directa intervención divina y arrebatamiento al Tercer Cielo: Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, (…) le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (…) Yo soy Jesús, a quien tú persigues (…) entra  en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer (Hechos 9, 3-6); cae de inmediato en un estado de aparente arrobamiento, del que lo sacará Ananías, y de ahí Saulo el perseguidor de cristianos se convertirá en el apóstol Pablo, que asume el ministerio de viajar y predicar por el Mediterráneo Oriental y Central, y escribir incansablemente un total de catorce epístolas conocidas y varias no conocidas, haciendo trabajar a la mala a sus secretarios a lo largo de tres viajes de evangelización, que lo llevarán hasta la mismísima Roma. Su personalidad es tan acusada que se ha dicho que sostenía correspondencia con Séneca. La tradición quiere que haya fallecido en Roma el mismo día que el apóstol Pedro, motivo por el que su fiesta es compartida: San Pedro y San Pablo, el 29 de Junio. Pablo de Tarso combinó las cualidades del fanático medio fundamentalista, de sangre caliente; y la del frío razonador oportunista, y de ahí que despliegue un estilo para escribir dirigido a lograr impacto, muy coloquial y de notable oralidad, a la que colaboró sin duda el hecho que dictara las cartas a sus secretarios, los que de cuando en vez añaden una línea de saludo. Por cierto, el estilo oratorio paulino ha sido copiado a mansalva por los predicadores evangélicos de hoy, y según parece funciona muy bien, examinemos si no las nutridas cuentas bancarias de Billy Graham, Jimmy Swaggart y otros “apóstoles” más, que en este tema, ay, también puede hacerse negocio. De hecho, hay tanta plata en los medios de comunicación, que hay también en el cable canales católicos, y sacerdotes y monjas mediáticos. En fin, pecado no parece ser.

Las epístolas paulinas están unidas a los acontecimientos de la Predicación y de la propia vida del apóstol, y así encontramos que el libro más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses (circa 51 d.C.) fue escrita por Pablo de Tarso, y ya contiene y describe la mayor parte de los artículos de fe: El Dios Trino y Uno (aunque nunca se mencione la Trinidad por su nombre), la resurrección de los muertos, la redención por Jesucristo y su Segunda Venida, que muchos daban por inminente: … sabéis perfectamente que el Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche (I Tes., 5, 2). Parece que de aquí proviene también la creencia de algunas iglesias en el rapto, que incluso se ha representado en algunas películas evidentemente financiadas por grupos religiosos:  … los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires (1 Tes., 4, 16-17). Por cierto, Pablo no se libró de imitadores, pero esto no parece le haya desagradado, pues eran canónicos en sus creencias, y más bien parece se los arrejuntaba en una suerte de Escuela o Equipo de Predicadores. Parece ser el caso de Apolo, mencionado en Hechos 18, 24-26 y nuevamente en 1 Corintios, 1, 12. Podemos especular que, como algunos escritores modernos, Pablo tenía sus “negros” (escritores por encargo) que le hacían las epístolas, que él sólo revisaba y firmaba. Es el caso aparente de la Segunda Carta a los Tesalonicenses, las cartas a los Colosenses y Efesios, la Epístola a Tito y las dos a Timoteo. Es muy interesante el hecho que haya general acuerdo en los estudiosos, incluso en los revisionistas, que las epístolas Primera a Tesalonicenses, Filipenses, Gálatas, Romanos, Filemón, y Primera y Segunda a los Corintios son originales definitivos del exfariseo y converso Pablo de Tarso. Es la personalidad más delineada de su época, e inapreciable como fuente histórica del cristianismo primitivo, pues las epístolas parecen incluso anteriores a los evangelios. Parece indudable que hubo una suerte de escuela paulina, que habría sido responsable de la conservación de su corpus epistolar. Las epístolas tratan de diversos temas de moral y fe, pero en todas se percibe la tensión entre los cristianos de origen judío y los de origen gentil, desenredada a medias en el Concilio de Jerusalén, y problemática por la dificultad de comunicarse, por la Dispersión misma y por la multiplicidad de predicadores. Siempre me ha parecido curioso que de doce, trece o catorce apóstoles originales – pues parece que ese número de doce nunca fue muy exacto - la mayoría se hayan dedicado a los judíos y solamente uno o dos (Pablo y Bernabé) a los gentiles.
  
IV
Más sobre las Epístolas, la Fe, y cómo terminan “los Libros”

Ya hemos visto que in illa témpore – En aquellos días - se creyera que el Fin del Mundo y la Segunda Venida de Cristo andaban cerca y ocurrieran en cualquier momento. Había profecía de Jesús al respecto, que registran los tres sinópticos: Mateo 24; Marcos 13 y Lucas 21: … cuando veáis que sucede ésto, sabed que el reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lucas, 21, 31-33). Ya hemos visto a Pablo tomando medidas con los tesalonicenses al respecto, y hemos examinado someramente el papel del Apocalipsis de Juan. De hecho, las circunstancias históricas, sociales y políticas parecían dirigirse en el mundo cultural judío hacia lo que en los Andes llámase un pachacuti, una inversión del mundo, el fin de una era y el principio de otra, una “revolución”, quizá, en vocabulario más moderno. Nuestra cronología refleja dicho hecho, ya que escribo estas líneas en el año 2013, después de Cristo, o, como dicen los anglosajones, A.D., es decir Anno Domini … Año del Señor. La teología de las epístolas nos lo indica en su evolución y en la narrativa de los problemas de fe y comportamiento que atravesaban las comunidades. Las epístolas paulinas a Timoteo son importantes por su preocupación ética, por ejemplo, referida a las condiciones que deben reunir los Obispos. Y las Siete Epístolas Universales, escritas supuestamente por otros apóstoles y reunidas en colección aparte, dan fe también de las dificultades del Cristianismo Primitivo. Los estudiosos no están seguros de la paternidad de los apóstoles en referencia a estas epístolas. Juan en particular, tendría que haber llegado a ser realmente bien viejo para escribir las epístolas que se le atribuyen, y el Apocalipsis más. Y la de Judas y las dos de Pedro parecen tener partes añadidas, y definitivamente hay más de tradición en su aceptación canónica que estudio científico. Por supuesto eso no les quita a ninguno de estos escritos canonicidad alguna, en la medida que son aceptados como parte de la Biblia desde tiempos inmemoriales por tradición, y que eso de decir que son de Santiago o Judas o Juan puede perfectamente ser nada más que un título, producto de suplantación piadosa. Por ello no necesariamente los hagiógrafos son exactamente quienes se dice que son, por los motivos que hemos reseñado ya para otros libros y hagiógrafos de la Biblia.

La necesidad de acordar la verdad como valor racionalista con la verdad religiosa es, a mi manera de ver, muy relativa cuando hablamos de Libros Sagrados en general. Imaginemos que se demostrara científicamente que Siddharta Gautama Buda no hubiera existido jamás, ¿invalidaría ello el corpus de la predicación budista y las creencias de estas personas? Seguramente la respuesta sería afirmativa para muchísimos no-budistas, lo que nos llevaría a preguntarnos más bien por la pertinencia de los que no son budistas a meter la cuchara en las creencias de los budistas. Y es que me parece está aquí precisamente el problema, que ya toqué en referencia a los creacionistas, a la identidad de los hagiógrafos y la paternidad de muchos libros de la Biblia: el tema de la Fe en tanto que creencia en enunciados no demostrados, e inclusive indemostrables. La Biblia es uno de esos hechos de la realidad que puede someterse a pruebas racionales para encontrar la “verdad”. Y por ende pueden encontrarse “verdades” sostenidas en los valores del racionalismo opuestas a las “verdades” sostenidas en los valores religiosos. Pueden existir perfectamente creencias sostenidas en fantasías: Cada cierto tiempo aparece siempre alguien que asegura haber fotografiado los restos del Arca de Noé en el monte Ararat, y todavía estamos esperando esas fotos. El cuando una creencia adquiere valor de “verdadera” es todo un tema, porque a pesar de toda nuestra parafernalia sobre el asunto, la inmensa mayoría de las afirmaciones en las que creemos son no-demostradas. Empezando por si mi casa está ahí donde debe estar cuando no estoy en ella.  Como profesor de Filosofía que soy he enfrentado este tema, tanto como persona individual como con mis alumnos, entendiendo que debo mantener el respeto debido por las creencias del resto, pero a la vez aplicando el lenguaje y la aproximación filosófica, que excluye de necesidad la aceptación de cualquier doxa, y por ende de cualquier ortodoxia. Y es un tema que seguramente continuará, y que dejo aquí planteado, por lo que pueda valer. Después de todo, no leemos la Biblia necesariamente para averiguar las costumbres de los romanos de los primeros siglos de nuestra era, sino también para encontrar guía y consuelo en nuestras circunstancias vitales. A estas alturas me pregunto si he hecho bien este trabajito, por aquello de que todo lo que vale la pena de hacerse, vale la pena de hacerse bien. Pero adolezco de profundidad, reconozco. Si algo he hecho es, tal vez, inducir a mis lectores a leer por sí mismos, que no es más que lo que nos propusimos desde el principio en estas humildes Crónicas.

V
Colofón

Vaya si me han costado trabajo estas crónicas sobre Leer la Biblia. No es que estén realmente terminadas. Durante el proceso encontré por lo menos dos Crónicas más que se inspiran en Leer la Biblia, y que publicaré llegado el momento. Pero espero haber culminado con estas Crónicas  sobre la Biblia misma, y no haberlo hecho demasiado mal, en el espíritu de lo que se suele leer en la espalda de muchos vehículos en Lima: Lea la Biblia. Parece por último pertinente, por ende, finalizar estas Crónicas con las últimas palabras de la Biblia: El que da fe de estas palabras dice: Sí, vengo pronto. Amén, ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús esté con todos. Amén. (Apoc. 22, 20-21)

viernes, 29 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 24: BIBLIA (v)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 24
LEER LA BIBLIA (V)

I
No uno sino muchos Apocalipsis

Empezamos a hablar del Apocalipsis en nuestra anterior Crónicas sobre Leer la Biblia. Identificamos su origen en la Lucha y Resistencia Cultural en la que se trata no de salvaguardar una ilusoria Independencia política, sino la propia identidad religiosa. Los hebreos ya se las habían visto chiquitas antes: A la influencia egipcia le sucedió el tiempo heroico de Jueces y Reyes, culminado en la división política y desaparición completa de diez de las doce tribus de los Hijos de Israel a manos asirias. Luego la Deportación masiva a Babilonia, la liberación por obra de Ciro el Grande, el retorno de un pequeño grupo, un resto, a Jerusalén y la reedificación del Templo. Y por último Alejandro Magno y luego los Reyes Antíocos. Tratemos de pensar que pasaría si a nosotros trataran de quitarnos lo que nos hace ser nosotros mismos. Pasó en la Tacna ocupada durante medio siglo, cuando nuestros valientes compatriotas enfrentaron la chilenización desde los hogares, escuelas e iglesias: La Procesión de la Bandera nos muestra como se vincula la Religión a la Patria como expresión de Resistencia Interior. Del mismo modo, y salvando las distancias, los judíos compensaron el dominio extranjero y la agresión cultural con una redención cósmica, operada por el mismo Dios en cumplimiento de Su Promesa. No pensaban, como nosotros que estamos influidos por Platón y la idea de la inmortalidad del alma, que la Resurrección de los Muertos era cosa individual. Por ello la combinación de la resurrección judía y la helena inmortalidad del alma resulta explosiva en las primigenias creencias cristianas y da lugar a varias de las creencias cristianas de hoy.

Los judíos del período aproximado entre los Siglos II a. C. a II d. C. piensan el concepto de la Resurrección de la Carne como algo general, apocalíptico, escatológico y total. La redención es cosa total, no separan el Estado de la Religión, y por ello cuando los profetas se lanzan a anunciar las cosas que vendrán, a describir las últimas Luchas y tribulaciones, describen cómo finalizará el mundo, la forma en que el Dios de los Ejércitos operará el justo castigo de los incircuncisos, y premiará a los que se sostuvieron fieles hasta el martirio. Un cambio importante se opera entre los profetas del apocalipsis con los profetas más o menos tradicionales, y es el paso de la oralidad al medio escrito, que repentinamente se vuelve más trascendente, probablemente para diferenciar a los videntes del apocalipsis de los anteriores y marcar lo Sagrada que es la Escritura: Yo, Juan, fui el que vi y oí esto. Y cuando lo vi y oí, caí a los pies del Ángel que me había mostrado todo esto / (…) / Y me dijo: No selles las palabras proféticas de este libro, porque el Tiempo está cerca (Apoc., 22, 8-10). Así, los últimos momentos de la existencia del Mundo, que les son mostradas a los hagiógrafos en la forma de visiones, deberán ser descritos en libros para que se cumpla la voluntad divina de que estas visiones sean dadas a conocer a Todos los Pueblos. Es decir, aparece el hecho trascendental de que la Salvación ya no es solamente para el Pueblo Elegido, sino que se convocará a Todas las Naciones, y esto es una novedad en unas Escrituras que no se cansan de lanzar maldiciones contra los enemigos, pese a la apertura que representaban libros como Rut y Jonás. … a los extranjeros que se han puesto de parte de Yahvé (…) los llevaré a mi Cerro Santo. (Isaías 56, 6-7). La Alianza se abre así hacia la Humanidad entera, porque ahora cada hombre tiene que elegir su bando, que las aguas se parten aquí y ahora. Los apocalipsis tienen el objetivo de procurar consuelo al pueblo sufriente, para que pueda imaginarse un paraíso recobrado, donde los que hoy padecen disfruten, a la vez que se arroja al infierno a los malvados. Y entre estos malvados hay dos categorías: el Pagano Extranjero, que es agente de la opresión; y el Judío Traidor, peor si cabe, pues se retrae de la verdadera Religión, y vive las ventajas evidentes de la traición, en vez de cumplir con su deber.  

II
Tiempos de Tribulación y Persecución

Incluso Jesús predica un potente discurso apocalíptico y escatológico, el de Marcos 13: Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo Yo Soy, y engañarán a muchos. Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras no os alarméis, porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. (…) os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para que déis testimonio ante ellos. Y es preciso que antes sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones. (…) Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. (…) Pero cuando veáis la abominación de la desolación instalada en el lugar donde no debe estar (el que lea, que entienda bien) entonces que los que estén en Judea huyan a los cerros. (…) Entonces si alguien les dice: Mira, el Cristo está aquí o allá, no le crean. Ya que aparecerán falsos cristos y falsos profetas que harán señales y prodigios con el fin de engañar, aún a los elegidos, si esto fuera posible. (…) el sol no alumbrará, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. Y entonces se verá al Hijo del Hombre venir en medio de las nubes con gran poder y gloria (…) El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. (Marcos, 13, 5-8, 9-10, 13, 14, 21-22, 24-26, 31). En la esencia del género apocalíptico está el Tiempo de la Tribulación, de la prueba, del martirio que probará a aquellos que se mantengan firmes en la Fe. Las Tribulaciones tienen carácter cósmico pero están profundamente asociadas a las persecuciones que los verdaderos creyentes sufrirán por el hecho de serlo. Y si se persigue y martiriza a los firmes en la Fe, es porque hay traidores, tránsfugas, apóstatas, gentes que abandonan al Dios Único y se pasan al enemigo, y no hay peor señal de que el Fin está Cerca. Los momentos en los que surge el género apocalíptico son los momentos de crisis, tan comunes en la Historia de la humanidad. Tal vez por eso Borges decía que todos los tiempos son el fin de los tiempos, y como el Fin de los Tiempos se asocia a cataclismos e inversiones en el orden del mundo, el temor y el miedo están siempre presentes. En este contexto, los Apocalipsis son moneda bastante corriente en épocas en que los conquistadores se suceden unos a otros: Alejandro Magno, los Reinos epígonos, la agresiva República Romana y su sucesor imperial. Y así encontramos que las Tribulaciones se extienden ampliamente desde el siglo III a. C. hasta el Fin.

Tanto el rey helénico Antíoco Epífanes como los romanos de Pompeyo y el Emperador Nerón y otros, reprimieron a los judíos y luego a los cristianos. La respuesta cultural de éstos fue el convencimiento de que el indefectible Castigo caería sobre los malvados, los de dentro y los de fuera de la Sinagoga o la Iglesia, por la acción del Justiciero Dios de los Ejércitos, sin que las tibiezas alcancen a salvarte: Ahora bien, puesto que eres tibio (…) voy a vomitarte de mi boca. (Apoc. 3, 16). El género apocalíptico narrará y describirá este proceso cósmico. El Libro de Daniel es la primera gran expresión del género, y parece ser contemporáneo de las terribles circunstancias descritas con tanto realismo en el Libro Segundo de Macabeos. Posee además referencias previas en los libros de Ezequiel y Zacarías. Hablamos de mesianismo en el caso de los judíos y del final del mundo en el caso de los cristianos. Todo esto aparece sin disfraz en textos de carácter marcadamente apocalíptico, que incluso no son exclusivos de la Biblia, aunque son contemporáneos de ésta, como el Libro de Enoc y el IV de Esdras. La creencia en el Mesías puede rastrearse en la necesidad de ver actuar a Dios en el Mundo, y como hemos dicho el Primer Mesías fue el Gran Rey Ciro de los Persas. Pero con el tiempo la creencia se espiritualiza y en este contexto aparece la idea del Cristo (el Ungido). El Judaísmo se parte así en dos: los que esperan al Mesías y los que piensan que ya llegó y que el Cristo es Jesús. Ambos grupos son espiritualmente muy semejantes, indiferenciables para los romanos, que los persiguen más o menos por igual. La llama prenderá en medio de las persecuciones: Las rebeliones judías del 66 al 70 d.C. y la última dirigida por Simón Bar Kochba en 135 d.C. terminan en la llamada Diáspora o Dispersión de los judíos por el mundo. Los cristianos a su vez, tras el ajuste de cuentas realizado en el Concilio de Jerusalén se dirigen también a los gentiles y empiezan a hacer conversiones. Ambos se convierten en factores a tomar en cuenta en el mundo romano, que ve sus extrañas creencias con incredulidad y sorpresa no exenta de agresividad. Y así las persecuciones arrecian.

III
Más sobre el género apocalíptico, el mesianismo y el Fin del Mundo

Un malentendido muy común entre las gentes ansiosas de creer en la divinidad, y que en consecuencia están constantemente a la busca de signos sobre-naturales, es que la narración de los hagiógrafos es profética en el sentido que los hechos que la originan fueron anteriores a la predicción hecha. Según parece no es este el caso cuando menos en la mayoría de los casos. Ya hemos visto que la mayoría de los libros de los Profetas Mayores en realidad incluyen más de un hagiógrafo, en algún caso hasta tres o cuatro, separados en el tiempo incluso por siglos. Obviamente los Hagiógrafos que siguen al primer Isaías, por ejemplo, no es que por casualidad tuvieran el mismo nombre (tampoco es descartable que así fuera, pero es muy improbable), sino que pretendían literariamente ser el mismo Profeta, y usaban a modo de seudónimo el mismo nombre del Profeta. Imagino que no había intención de engañar de primera mano, no veo por qué tenemos que imaginarnos lo peor a la primera, pero está claro que si te haces llamar Isaías y no Pancracio es porque pretendes que tus dichos le sean atribuidos a Isaías, que es mejor que atribuírselos a un Pancracio a quien nadie le da bola. Esta suplantación se presentaba ya en los Libros Sapienciales, de los que hemos hablado ya. El Qohelet, por ejemplo, dice ser rey en Jerusalén, es decir, se pretende nada más y nada menos que Salomón, y aunque la crítica moderna distingue que no lo es, durante siglos se pensó que Salomón fue el hagiógrafo autor del Eclesiastés, el Cantar de los Cantares y algunos libros más por ahí. Recuérdese que Salomón – el Solimán o Suleimán de las 1001 Noches - es el prototipo del hombre sabio. Tratemos de explicar estos hechos considerando la época. Estos hagiógrafos que se hacen llamar Salomón, Isaías o Zacarías no mienten, en el sentido que mentira y verdad son valores relativos respecto a los hechos, pero absolutos respecto a la conformidad con el mensaje divino que transmiten. Digamos que contar lo que el Señor dice que debe contarse es muchísimo más importante que la simple conformidad con los hechos, que Yahvé puede por virtud de su omnipotencia modificar cuándo y cómo le parezca. Tiene más Valor de Verdad la conformidad con el mensaje in illo témpore que la conformidad con la exactitud de los hechos. Y esto no tiene nada de curioso ni de extraño si nos atenemos, por ejemplo, a lo que los soviéticos le hicieron a los libros de Historia según la orientación política. Hoy en día esto es llamado fraude piadoso. Claro que debemos entender que para ellos el asunto no solamente no tenía nada de fraudulento, sino que era la Verdad.

Los hagiógrafos judíos Zacarías, Ezequiel y Daniel, entre otros, profetizan la caída y destrucción de diferentes malvados (asirios, babilonios, edomitas, egipcios, etcétera), que ya habían caído para cuando ellos escribían, es decir profetizaban acontecimientos ya sucedidos, presentados en forma de alegorías para edificación de los actuales perseguidos. Hasta hoy hay los que creen que ciertas profecías están vigentes, y esto incluye ciertas confesiones, que creen que hay acontecimientos que aún deben suceder, a pesar de que sus profecías parecen haber sido escritas posteriormente a los hechos que narran. Recordemos el Gran Chasco, que por cierto tuvo entre otras consecuencias que las diversas confesiones tuvieran muchísimo más cuidado con eso de mandarse con predicciones exactas, lo que hoy no hacen ni amenazados con descuartizamiento por caballos salvajes, pero nunca te dejan de decir que el Tiempo está cerca (Apoc. 22,10). El principal hagiógrafo cristiano del Fin del los Tiempos, el Apóstol Juan, desterrado en la Isla de Patmos en un contexto de persecución, recurrió a su tradición judía para consolar a los perseguidos, y así escribió su Apocalipsis, sucesión de visiones que desembocan en el último Juicio y la llegada de la Jerusalén Celestial: Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo y primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto de Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. (Apoc 21, 1-2), en la que evoca imágenes del Arca de la Alianza (Levítico, 26,11) y de Isaías 25,8. Así ocurrirá con muchas otras visiones e imágenes, como la del Hijo del Hombre, procedente de Daniel; el río de la Vida y los Cuatro Vivientes, que vienen de Ezequiel; los Jinetes del Apocalipsis, que vienen de Zacarías (Y que Blasco Ibáñez convertirá en tíitulo de novela en el siglo XX), así como los Dos Testigos que restaurarán el Templo;  las señales cósmicas, que vienen de uno de los Isaías y de Oseas; y así encontraremos incluso citas directas de muchos otros profetas incluidas en el libro, por decirlo así, sin comillas. El Apocalipsis es el último libro de la Biblia, y ello a pesar de la eventual existencia de otro, denominado Novísimos, del que apenas he escuchado alguna mención, así que difícilmente puedo hablar de él.    

IV
Guerra Santa y Dominación Romana

La Jihad, o Guerra Santa, al revés de lo que puedan pensar muchos hoy en día, no la inventaron los musulmanes. Creo que podemos decir que muchas de sus características actuales están tan completamente prefiguradas en los libros Primero y Segundo de Macabeos, que podemos sin temor darle partida de nacimiento en este período. Y me parece a mí que difícilmente podía estar más justificada. A pesar de lo que nos podamos imaginar, el Segundo libro de los Macabeos no es continuación del Primero. De hecho ni siquiera son del mismo autor. Ni se escribieron en el mismo sitio. Y aunque coinciden más o menos en el tiempo, el Segundo de Macabeos arranca de un poquito más atrás que el Primero de Macabeos, escrito en hebreo por un judío anónimo en la misma Judea, y que quiere ser una narración más “histórica”, es decir más o menos fiel a la secuencia de los hechos, y aunque solo se conserva en griego koiné, fue escrita originalmente en hebreo. El Segundo de Macabeos, en cambio, posee hagiógrafo conocido, de nombre Jasón de Cirene, nombre bastante helenizante para un judío, considerando además que Cirene está en el Norte de África, actual Libia. Escrito para los judíos de Alejandría directamente en griego koiné, de alguna manera muestra la contradicción clásica de la intelectualidad de un pueblo que para mantener sus antiguas tradiciones no tiene más remedio que emplear la lengua y los registros de los odiados opresores. La feroz persecución de los helenizados orientales a los tradicionalistas judíos es narrada con gran recargo en las tintas, incluso patetismo, y sin embargo, está escrita en el griego de los perseguidores en vez de en el hebreo de los perseguidos. Y, a diferencia del Primero, se mete con temas teológicos: La resurrección de los muertos que ya mencionamos, las sanciones de premio y castigo de ultratumba, las intercesiones y relaciones entre el Más Allá y el Más Acá, etcétera. Por estas razones es que la iglesia Católica lo considera canónico, precisamente, mientras que no está en el canon judío, aunque sí es bastante apreciado como fuente histórica, a la par de la obra del historiador Flavio Josefo, más o menos contemporáneo.

Para conocer los sucesos históricos, el Primero de Macabeos es más útil que el Segundo: La familia de los Asmoneos – luego apodados Macabeos = Martillos – se puso al frente de la Resistencia Nacional. Vale la pena narrar cómo ocurrió, pues Matatías el Asmoneo reunía a su alrededor a los descontentos y así Los enviados del rey, encargados de imponer la apostasía, llegaron a la ciudad de Modín para los sacrificios (…) y le dijeron (a Matatías): Tú eres jefe ilustre y poderoso en esta ciudad (…) Acércate, pues, el primero y cumple la orden del rey, como la han cumplido todas las naciones, los notables de Judá y los que han quedado en Jerusalén. Entonces tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey, y os veréis honrados, tú y tus hijos, con plata, oro y muchas dádivas. (1 Mac., 2, 15-18). Por supuesto, el clásico señuelo de la potencia ocupante que dice lo de siempre: que ya lo hicieron los demás, que tendrás tu recompensa, bla, bla, bla. Matatías responde: Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos en la alianza de nuestros padres (…) No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda (1 Mac. 2, 19-22). Probablemente muy poco lógica para la postmodernidad, pero indudablemente gallarda y valiente respuesta. Y así la Guerra Santa se inicia en Modín con la matanza de traidores y enemigos, y la retirada de Matatías y sus hijos a la guerrilla montañera, en la que los hebreos tenían práctica desde tiempos de David. La famosa fiesta de Hánukkah, que se asocia a la Navidad cristiana por la cercanía de fechas, es remembranza de la rebelión de los Macabeos, cosa que seguro sorprenderá a más de uno. Para no hacerla más larga, diremos que tras la muerte de Matatías, sus cinco hijos, empezando por el epónimo héroe nacional Judas Macabeo, se sucedieron en el mando, hasta que el último, Simón, obtiene de los sirios la Autonomía de Judea, con él como Rey y fundador de la dinastía asmonea. Un siglo durará esta suerte de independencia, hasta que los romanos lleguen y desplieguen su hábil política de divide et impera. Los sucesores de Simón se metieron con sandalias y todo a la política de entonces, nada edificante. Surgen en esta época los grupos enfrentados entre sí de los Fariseos y Saduceos, con los Esenios circulando por ahí. Este reino desaparecerá en una guerra civil entre sus últimos soberanos: Aristóbulo II e Hircano II, donde ambos tontamente llaman a los romanos en su ayuda, los que ni cortos ni perezosos acuden al mando de Pompeyo el Grande, y se apoderan de todo en 63 a.C. Así Jerusalén fue ocupada y Judea convertida en protectorado, y luego en colonia. Pompeyo, curioso de ver el extraño ídolo de los judíos, profana el Templo, entra al Sancta Sanctórum, y declara, según el historiador Tácito: No vi la imagen de ningún dios, solamente un espacio vacío y misterioso. En este contexto vendría al mundo Jesús de Nazaret.

V
Colofón

A estas alturas mis astutos lectores habrán notado que estoy empleando la Semana Santa para colocar estas Crónicas sobre Leer la Biblia. Parece adecuado el momento para hacerlo, y ruego disculpas si a alguien le molesta. Pero recordemos que la cosa es leer. Y ya falta poco para terminar con estas Crónicas sobre leer la Biblia. Paciencia.



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miércoles, 27 de marzo de 2013

CRÓNICA DE LECTURAS 23: BIBLIA (IV)

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CRÓNICAS DE LECTURAS – 23
LEER LA BIBLIA (IV)

Me aprovecho de la Semana Santa para disparar mis Crónicas de Lecturas sobre Leer la Biblia. Y ya estoy en la cuarta entrega. Agradezco a mis lectores la paciencia.

I
Profetismo y Profecías

Hasta el 2012 estuvieron de moda las profecías del fin del mundo, y nos hemos malacostumbrado a llamar Profeta a cualquier charlatán que diga cualquier bobada, y así es fácil que se nos escape lo que era realmente ser Profeta en tiempos bíblicos. La palabra hebrea para profeta es Nabí, que denota a la vez el rasgo pasivo de ser llamado, y el activo de ser portador del mensaje anunciador de la voluntad de Dios. Dicho mensaje puede atañer al pasado, presente o al futuro, recibirse por visiones, audiciones o inspiración interior, y transmitirse en poemas, relatos, parábolas, oráculos e incluso con acciones cargadas de simbolismo. Los Profetas se dedican full time a la labor de mensajeros de Yahvé, el llamado es irresistible, y no puede rechazarse: Antes de formarte en el seno de tu madre te conocía; antes de que tú nacieras, Yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones. / Yo exclamé: Ay Señor Yavé, ¡cómo podría hablar yo, que soy un muchacho! / Y Yavé me contestó: No me digas que eres un muchacho. Irás dondequiera que te envíe, y proclamarás todo lo que Yo te mande. / No les tengas miedo, porque estaré contigo para protegerte, palabra de Yavé (Jeremías, 1, 5-8). Los Cuatro Profetas Mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel) son así llamados por el tamaño de los escritos que han dejado, pero parece que varios de ellos, particularmente Isaías, son más de uno. Ya hemos hablado en su momento del papel de los Sacerdotes y del Templo de Jerusalén, que se dedicaba entre otras cosas a reunir las escrituras dispersas en un canon aceptable. Imaginemos el problema que se presentó cuando los reinos hebreos desaparecieron a manos de asirios y babilonios y cesaron como entidades políticas. Los Sacerdotes y Levitas dispersos en medio mundo juntaron y separaron escrituras, y los escritos se entremezclaron. Así que saber cuáles son cuáles y quiénes son quiénes es complicado y requiere de especialistas realmente expertos. Por ejemplo, entre los Judíos, Daniel no se clasifica Profeta, sino Escrito. Y todo esto choca además con el libre examen, tan caro a las Iglesias Cristianas post Reforma, así como al Liberalismo racionalista.

Examinemos esto unos momentos: El libre examen de lo escrito en el Libro Sagrado es sin duda un triunfo del espíritu y de la libertad fundamental con que el Hombre fue creado, y si lo ha sido a imagen y semejanza de Dios, pues es esta una característica de Dios con la que me siento sumamente cómodo. Pero como nada es perfecto en este mundo cochino, el Libre Examen que presidió la Reforma Religiosa terminó por “equilibrarse” con la creencia en la Infalibilidad de la Biblia, basada, como no, en una cita: Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redarguir, para corregir, para instruir en justicia. (2 Timoteo, 3,16, Traducción Reina-Valera, 1960). Y patatín, salimos de Guatemala para caer en Guatepeor, para qué superamos entonces a San Jerónimo, a la Vulgata y a la Interpretación Ortodoxa de la Biblia. Esto hace que me pregunte sobre qué sentido tuvo hacer tanta movida para terminar en el mismo sitio de enantes, voluntad de Dios será de repente. El concepto de sola scriptura, creencia fundamental de las iglesias reformadas, suele interpretarse a la fundamentalista, como que Toda Verdad Está En La Escritura, y a veces peor, como que No Hay Conocimiento Que Contradiga La Biblia. Y eso no sería ningún problema, si fuéramos sensatos y supiéramos mantener separados los planos del conocimiento. Pero la sensatez es una suposición que nada nos autoriza a sostener, los fundamentalistas no son gentes sensatas y tienen demasiados problemas emocionales que resolver (necesidad de una autoridad qué seguir y qué manipular), y le adjudican a la Biblia un Valor de Verdad Absoluta, rasero que les permite juzgar a los demás con toda la del buey. Mi corta experiencia me dice que no hay nada más relativo que una Verdad Absoluta, y si no me cree láncese usted una de esas por ahí, en media hora tendrá tantas interpretaciones como personas la hayan escuchado. Todo esto viene a cuento porque ciertos pasajes de la Biblia interpretados numerológicamente han dado lugar a confesiones religiosas, aunque parecen provenir más de errores honestos que de charlatanismo – que seguro también anda por ahí. El señor William Miller, de Nueva York, hombre íntegro, humanitario, benévolo y de inteligencia más que mediana, estudió la Biblia por años, y llegó a la convicción por libre examen que la Segunda Venida de Jesucristo se produciría de todas maneras en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844. Cuando pasó la fecha sin pena ni gloria – especialmente sin gloria – la volvió a fijar para el 18 de abril de 1844. Y al no pasar nada, declaró: Confieso mi error y reconozco mi decepción; pero aún creo que el día del Señor está cerca, casi a la puerta.

II
Grandes Chascos, y esperando al Mesías

Si bien la muy respetable Iglesia Adventista (De Adviento o Advenimiento) reconoce su origen en las ideas e interpretaciones de Miller, hoy en día tiene la sensatez de no ponerle fecha al Fin de los Tiempos (Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre - Mateo 24:36 – Me pregunto por qué Miller no empezó por aquí). Tras el 18 de abril de 1844 los milleristas no escarmentaron, revisaron los trabajos del susodicho y le pusieron fecha a la Segunda Venida para el 22 de Octubre de 1844. Al pasar la noche del 22 al 23 sin que el Señor se dignara aparecer la Decepción fue inmensa, y se la conoce en la historia de las religiones como el Gran Chasco. Según parece, ni fue, es, o será el primero ni el último. Las consecuencias fueron complejas, podemos imaginar cómo se sacudió la fe de las gentes sencillas: Nuestras más profundas esperanzas y expectativas fueron destrozadas, y un espíritu de angustia vino sobre nosotros como nunca antes había experimentado... lloramos y lloramos hasta el atardecer. Por más bautizado católico que esté, no es decente burlarse de las creencias de estos hombres y mujeres, aunque he oído a algunos que creen así ganarse puntos. Pero la fe es demasiado escasa y valiosa para maltratarla. Pero todo esto empezó con la interpretación de William Miller de partes de la Biblia, en especial el capítulo 8, versículo 14 del Libro de Daniel: Le respondió: Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas: después será reivindicado el santuario. Miller era en apariencia un hombre honesto y nada tonto, debe haberse sentido realmente en estado de shock cuando no le funcionó el cálculo. Muchos de los que vinieron después no tuvieron sus escrúpulos. Y de éstos no hay demasiado qué decir, mejor retornemos a la Biblia, me parece ya estamos advertidos de los chascos en los que se cae al hacer profecías y jugar con el miedo de las gentes, sin permiso del Gran Jefe.

Volvamos a los firmes, los Profetas de la Biblia, bien conocidos por sus recuentos de profecías, discursos y hechos, escritos por ellos mismos o por secretarios especiales, como Baruc, secretario de Jeremías; o transmitidos oralmente y luego fijados por escrito. Lo importante del profeta es su calidad de mensajero, pero parece que algunos fueron dotados por Yahvé con poderes taumatúrgicos, aunque éstos (Elías, Eliseo, Natán, Balaam, etcétera) no dejaron escritos, que sepamos, y para nosotros no cuenten tanto. Los Profetas suelen dividirse en dos grupos: Los Profetas Mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel) y los Profetas Menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Jonás, Zacarías y Malaquías). Por cierto ya vimos que estos libros no parecen estar del todo bien clasificados, según la Tradición Hebrea Daniel no es Profeta; y en cuanto a Jonás, como también dijimos antes, lo metieron al grupo parece que para completar la docena, por ser doce un número místico, o por completar un equipo de fútbol con entrenador. La interpretación cristiana desde la Patrística vio en los Profetas el anuncio del Mesías por venir. Esta idea del Mesías es muy peculiar y merece alguna explicación: Durante el destierro en Babilonia, de unos setenta años, aparece la creencia en un Salvador, descendiente del Rey David, que devolverá la Gloria y la Independencia al Pueblo Elegido. El Salmo de la Balada del Destierro testimonia la añoranza de los desterrados por su Jerusalén bienamada, su tierra, religión y costumbres. Como en tiempos de Moisés en Egipto, se espera un Libertador del Pueblo, y he aquí que aparece uno, aunque no judío: El Rey Ciro el Grande de los persas era un personaje especial, que los judíos sentían que podía ser “de los nuestros”: Como buen Persa, rendía culto fanático a la Verdad; no arrasaba a los pueblos vencidos, más bien se los incorporaba; su Religión, el zoroastrismo, poseía elevada moral y era “casi” monoteísta; y por si fuera poco, era enemigo de los babilonios, a los que derrotó y conquistó con la probable colaboración de los judíos y otros pueblos sojuzgados. El Gran Rey Ciro calificó merecidamente como un Primer Mesías: Los Libros de Esdras y Nehemías cuentan con agradecimiento cómo el Gran Rey liberó del cautiverio a los judíos, concede el retorno a Judea, les autoriza reedificar su Templo en Jerusalén, y así el profeta Isaías lo celebra: Así habla Yahvé a Ciro, su elegido: (…) Sin que me conocieras te hice tomar las armas, para que todos sepan, del oriente al poniente, que nada existe fuera de mí (…) Que se abra la tierra y produzca su fruto, que es la salvación (…) Yo también lo he llevado a la victoria y le he despejado el caminio. Él reconstruirá mi ciudad, traerá a su patria a mis desterrados, sin exigir rescate ni recompensa, dice Yahvé de los Ejércitos. (Isaías 45, 5, 8, 13)

III
Qué profetizan los profetas

Para no corrernos el riesgo de William Miller de encontrar lo que no hay, precisemos que un Profeta se caracteriza por saber escuchar a su Dios y transmitir lo que se le dice, y así no se equivoca. No es un chamán ni un gurú ni necesariamente un místico, que se perfeccionan espiritualmente en un extático recogimiento. Tampoco es parte de la jerarquía religiosa. Aquí podemos encontrar ciertas gradaciones y prelaciones según la fe que se tenga. Para los judíos el Profeta por antonomasia es Moisés, y en comparación todos los demás son segundones, aunque le otorgan cierto prestigio a Samuel. El Islam es radical en este extremo también, pues fuera de Mahoma Decid: creemos en Dios y en lo que se nos ha revelado, en lo que se reveló a Abrahán, Ismael, Isaac, Jacob y las tribus; en lo que Moisés, Jesús y los profetas recibieron de su Señor. No distinguimos a ninguno de ellos y nos sometemos a Dios. (Corán 2,136). En el Cristianismo el Mesías (Emanuel Jesús) es Rey y Sacerdote, pero también Profeta que abroga a los demás, dejándolos como simples precursores, como se dice al respecto de Juan Bautista, el último y mayor de ellos: En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él (Mateo, 11,11). No deja de sorprender a muchos enterarse que los Profetas del Judaísmo, el Cristianismo y el Islam son básicamente las mismas personas, y lo que cambia son las valoraciones que se hace de ellos. Todos tienen en común la experiencia del encuentro personal del Hombre con su Dios (Hijo de Hombre, ponte en pie que voy a hablarte – Ezequiel, 2,1); la importancia de escuchar y llevar Su Palabra (… ellos no escucharon ni me hicieron caso – oráculo de Yahvé – (…) mis palabras y preceptos (…) ¿no alcanzaron a vuestros padres? (…) Como Yahvé Sebaot había decidido tratarnos (…) así nos ha tratado – Zacarías, 1, 4-6); la necesidad de la conversión personal y la fidelidad ética vivida en la sociedad como exigencia concreta de justicia social (¿Acaso se trata nada más de doblar la cabeza como un junco o de acostarse entre saco y ceniza? ¿A eso llamas ayuno y día agradable a Yahvé? ¿No sabes cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos … - Isaías 58, 5-6); la visión de la misericordia divina asomando en medio del juicio terrible de Yahvé Sebaot, Dios de los Ejércitos (Rasga tu corazón y no tus vestidos, y vuelve a Yahvé tu Dios, porque Él es bondadoso y compasivo; le cuesta enojarse, y grande es su misericordia; envía la desgracia, pero luego perdona – Joel, 2, 13). El encontrar tan semejantes la Fe de Cristo con la de Moisés y con la de Mahoma podría llevarnos, solo tal vez, a repensar un poquito mejor este tema del ecumenismo. A ver a donde nos lleva …

Y luego, las promesas, para bien y para mal. El Mesías, no lo olvidemos, será Rey, y será Justo, porque todas las esperanzas del Buen Gobierno que hoy día depositamos en la idea de la Democracia, en aquellos días eran depositadas en el Enviado que devolvería a Israel la Paz y la Justicia: Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces. / Sobre él reposará el espíritu de Yavé (…) / (…) / No juzgará por las apariencias ni se decidirá por lo que se dice, / sino que hará justicia a los débiles y defenderá el derecho de los pobres del país. (Isaías, 11, 1-4). Es nada más y nada menos que el advenimiento del Reino de Dios, es el cumplimiento de un alto destino para la Humanidad que empieza a sentirse también como la necesidad espiritual de vivir para siempre, es decir la esperanza de una Resurrección de la Carne que no se ve muy clara aún (habrá que esperar a los Macabeos y la resistencia nacional). Pero este Pueblo Elegido, liberado contra su voluntad ya desde Moisés, falla y falla y falla y no se merece en realidad nada de su Dios, a pesar de la paciencia que le muestra: La Gloria de Yahvé estaba allí, tal como la había visto junto al río. / Y Yahvé me dijo: Hijo de hombre, levanta tus ojos hacia el norte. Lo hice y vi el ídolo. / Y añadió: Ves lo que hacen, las grandes maldades que la gente de Israel comete en este lugar para alejarme de mi santuario. Pero vas a ver pecados mayores. (Ezequiel 8, 4-6). O también: Oye pueblo estúpido y tonto, que tienes ojos y no ves, orejas y no oyes. ¿A mí no me temen, dice Yahvé, ni tiemblan delante de Mí?  (…) Pero este pueblo, cuyo corazón es traidor y rebelde, me ha vuelto la espalda y se ha marchado (…) … han sobrepasado la medida del mal … (…) ¿Podré dejar pasar esto sin castigo, dice Yahvé, y no me vengaré de una nación como ésta? (…) ¿Qué harán ustedes cuando llegue el Fin? (Jeremías 5, 21 – 31). Terribles palabras, pero que indican que Yahvé Sebaot, el Dios de los Ejércitos, es un Dios Celoso, que no deja pasar las cosas, y que está siempre ahí, sea para salvar, sea para castigar. He ahí los dos mensajes proféticos fundamentales, contradictorios, duales, complementarios: Castigo / Perdón. Y esto pareciera que tiene que resolverse de alguna manera, de una buena vez por todas.

IV
El género apocalíptico

Y una manera en que en apariencia parece resolverse esta contradicción es el Apocalipsis. El término apocalíptico viene del nombre del último libro de la Biblia, el Apocalipsis, o Revelación, pero en realidad constituye un género con profundas raíces en el Antiguo Testamento y en otros Libros de origen análogo, que no están necesariamente en el canon de los libros sagrados de la Biblia, pero que tampoco está prohibido leer. Como este género está muy representado en los escritos de los Profetas, parece adecuado tratarlo aquí. La Biblia narra la Salvación operada en la historia por la acción de Dios. Es natural que así como tiene un principio con el Génesis, tenga también un final anunciado, que le ponga un fin a esta dinámica de Castigo / Perdón resolviéndola de una buena vez por todas. Y desde el principio, y para arribar al final, debe haber algún tipo de plan, revelado a los hagiógrafos, que lo expresan a su modo. Este plan prevé un final de los tiempos al que solamente se arribará tras muchas tribulaciones y sufrimientos por parte del Pueblo Elegido, y por ello encontramos apocalipsis judíos, cristianos, y hasta islámicos. Este sufrimiento y la terrible dificultad de mantenerse fieles provienen del hecho que la Fe no está en un contexto adecuado para su desarrollo. Para los judíos, el poseer un estado y país propios era determinante para poder vivir abiertamente la Fe en el Dios Vivo. La conquista de Canaán por Josué y sus sucesores no posee otro sentido, y la pérdida del Estado es el castigo divino por no estar a la altura del reto. La liberación del cautiverio Judío en Babilonia es operada por el Mesías persa Ciro el Grande, y muchos judíos vuelven a Judea, resignados a ser una semiprovincia del imperio persa, aunque con Libertad de Culto. Reconstruyen así el Templo y la Jerarquía religiosa, y logran alguna autonomía en sus asuntos. Pero esta relativa arcadia dependía de la situación política. Cae el Imperio Persa en manos de Alejandro Magno, y a su muerte se divide en reinos epígonos. Judea se subsume en el Reino Helenístico de Siria, la Cultura Helenística golpea duro en las tradiciones judías, y el género apocalíptico surge con la helenización forzosa que se impone en el siglo III a. C.

Si se lee con especial atención el Libro Segundo de Macabeos, se encontrará lo que fue ese durísimo proceso de helenización: Era tal el auge del helenismo y el progreso de la moda extranjera a causa de la extrema perversidad de aquel Jasón, que tenía más de impío que de Sumo Sacerdote, / que ya los sacerdotes no sentían celo por el servicio del altar, sino que despreciaban el Templo; descuidando los sacrificios, en cuanto se daba la señal con el gong se apresuraban a tomar parte en los ejercicios de la palestra contrarios a la ley; / sin apreciar en nada la honra patria, tenían por mejores las glorias helénicas (2 Macabeos, 4, 13-15). Lo que hasta entonces se tenía por sagrado es profanado por la acción de judíos conversos al helenismo, inclusive en la jerarquía sacerdotal. Se enfrenta una profunda crisis de identidad nacional y religiosa: No se podía ni celebrar el sábado, ni guardar las fiestas patrias, ni siquiera confesarse judío (2 Macabeos, 6, 6). Se persigue mantenerse en la fe de los mayores, se martiriza al que sigue los preceptos sagrados: Dos mujeres fueron delatadas por haber circuncidado a sus hijos; las hicieron recorrer públicamente la ciudad con los niños colgados del pecho, y las precipitaron desde la muralla (2 Macabeos, 6, 10). Es la hora de la Resistencia, como para los pueblos ocupados por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, o para la Tacna sometida a la chilenización durante medio siglo: Uno de ellos hablando a nombre de  los demás, decía así: ¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de nuestros padres (2 Macabeos, 7, 2). Y entre el suplicio y el martirio, el odio de los infieles, la aparente inutilidad del sacrificio, el espíritu de una Resistencia creciente y furiosa, surge la idea de la Resurrección, prefigurada por el Qohelet: Cerca ya del fin decía así: Es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida (2 Macabeos, 7, 14). Y así como hay premio en la Otra Vida para los que se mantengan firmes, el Dios de los Ejércitos reserva un Tremendo Castigo a los que atormentan a los Elegidos: … No obedezco el mandato del rey; obedezco el mandato de la Ley dada a nuestros padres por medio de Moisés. / Y tú, que eres el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las manos de Dios (2 Macabeos, 7, 30-31).

V
Colofón

Entre la profecía y el Apocalipsis encontramos una transición en el discontinuo devenir narrado en la Biblia. Es un período duro y complicado, un contexto en el que la Fe particular de cada cual sufre las consecuencias de lo que las enormes fuerzas impersonales de la Historia le cargan a uno. Quien sabe, el Nuevo Testamento y los Evangelios puedan dar algún tipo de respuesta a esto, y eso veremos en nuestras siguientes Crónicas sobre Leer la Biblia.





miércoles, 6 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 18: BIBLIA (i)


CRÓNICAS DE LECTURAS - 18
LEER LA BIBLIA (I)

I

Confesiones

Si el lector pretende encontrar en estas líneas una apología de la ortodoxia cristiana católica o de cualquier otra, no es el caso. Respeto a los creyentes de toda confesión, incluyendo a los que hacen gala de no confesar nada – manera muy propia de confesar algo. Reconozco tanto los aportes de toda religión e iglesia, como sus monumentales metidas de pata. Sin apologías ni negacionismos, sino al revés y por todo lo opuesto, me arriesgo a la contradicción en un terreno donde hay más de dos extremos. Emprendo el tema de Leer la Biblia porque ningún lector que lea puede decir que lee si no la ha leído. Como en toda lectura, los motivos por los que se lee cuentan mucho. La Biblia es un importante referente moral y ético, y guste a o no a neopaganos, irreligiosos y arreligiosos la Biblia es parte esencial de la cultura escrita, el Libro más leído de la Historia, el más editado, el primero en ser impreso, el más traducido, el más citado y puede que el que haya desatado más humanas energías para bien y para mal. Sal a la calle y verás iglesias de toda laya que se basan en ella. En Lima sus citas adornan el atrás de los buses de servicio público, taxis y automóviles particulares, y también te aconsejan Lea la Biblia. Muchos la adoptan, otros la rechazan. Me gustan los temas de los que se dice no debe hablarse, así que trataré de acercarme a la Biblia desde mi propia y personal obsesión por los libros y la lectura, como persona común y silvestre más o menos informada, que trata de ponerse a un lado – sin éxito, estoy seguro - para ver qué puede significar eso de Leer la Biblia. Por ende, si alguno se sintiese ofendido por alguna idea que proponga, que me acuse de hereje o pecador vitando, si le hace feliz; yo, como dice Antonio Machado: estoy en paz con Dios y en guerra con mis entrañas.

Cuando se trata de religión todos pretenden igual derecho a opinar, y no se puede ser objetivo en este tema. Pero sí es obligación intelectual decir desde dónde se hacen las cosas. No se me oculta lo complicado que es, se suele acabar en una indiscriminada recepción de pedradas desde diversas y democráticas direcciones, más aún en época de Sede Vacante. Pero la verdad desnuda es que no me entusiasman las Iglesias, dada la combinación del mensaje divino con el márketing y las finanzas. Por ello me aproximo al Libro Sagrado pensando más en la perspectiva individual de la relación personalísima con Dios, Diosa, Eso, Yo-Soy, Krishna, Manitú, Wiraqocha o lo que sea que sea “Eso Que Está Ahí”. Creo que esa relación es importante, de un modo u otro. Como muchos, tengo en difícil suspenso mi definición religiosa: La Iglesia Cristiana Católica me tiene en stand-bye dado mi problemático estado civil. Pero en el siglo XXI adscribirse a una confesión religiosa no es tan esencial como solía ser. Como dice Miguel de Unamuno en su Agonía del Cristianismo: Todos vivimos juntos pero cada uno se muere solo. La mayoría de los expectorados de la Iglesia Católica no están a la puerta de los templos implorando penitencia ni que les permitan volver, ha habido demasiado autosuficiente regodeo de la jerarquía oficial en su propio poder, que nada tiene que ver con la salvación eterna, y es natural que se desconfíe. Un mínimo de autonomía espiritual exige un mínimo de dignidad espiritual, y la hipocresía y manipulación de las reglas en las diversas Iglesias en función de obtener ventajas corporativas no me hace sentir cómodo: Me repugna el fingimiento beato que sigue la corriente y plantea seguridades en materia de fe que se está lejos de poseer. Por aquello de Fe que no Duda es Fe Muerta (otra vez Unamuno) no me ajusto a ninguna ortodoxia. Si hay un Dios, me parece que los rasgos que presentan de Él los que se suponen lo conocen mejor no son consistentes con las eventuales cuentas a rendirle. Como muchos, hay ciertas preguntas que me gustaría hacerle: agnosticismo light que le llaman, y creo estar mucho más allá – o más acá, cuestión de perspectivas - del hedonismo ingenuo postmoderno. Pero mi formación y mi ética personal son cristianas y católicas, en la vida tratamos de hacer las cosas lo mejor posible con lo que tenemos a mano. Si hay Dios, en Sus manos estamos; y si no lo hay, como decía no sé si Schiller o Schelling, peor para Él. Y a nadie fuerzo a pensar como yo ni a escuchar lo que tengo qué decir. 
(Nota: Las citas de la Biblia que se harán en adelante se hacen indistintamente de la Biblia Latinoamericana, Edición revisada 1995, XIII Edición, Editorial San Pablo / Verbo Divino, España 1996; y/o de la Biblia de Jerusalén, edición de bolsillo, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1976, según me parezca pertinente, excepto en donde formalmente se diga otra cosa)

II

Interpretaciones, hermenéuticas, traducciones; y No Uno, sino Muchos Libros

He dado buenas razones para tratar sobre Leer la Biblia, pero añadiré otra: La Biblia es una de mis lecturas más recurrentes, particularmente profusa y militante durante mi juventud. Significa muchas cosas diferentes para distintas personas, soporta muchas formas de ser leída. Posee diversos géneros: Narrativa y poesía; epístolas, cuentos, profecías, apocalipsis. Hay códigos de leyes, crónicas históricas, ensayos filosóficos, pastillas morales. Elige presentar ciertos hechos, a los que aporta su interpretación. Sus enseñanzas morales poseen trascendencia, para algunos importantísima. Otros hay que se le oponen militantemente, otros la esgrimen como rayo para fulminar. Un profe marxista la puede usar para demostrar la Lucha de Clases, otros para demostrar que no hay tal cosa como la Evolución de las especies. El de acá ve extraterrestres, el de allá piensa un mundo de 6000 años de edad. Menos gentes de las que creemos ajustan su conducta a sus planteamientos, y tal vez eso no sea tan terrible, atendiendo a las notables contradicciones éticas en que incurre, si la aceptamos como un único libro. Conservadores y liberales, Izquierdas y Derechas se justifican con citas de la Biblia, a veces las mismas. En una sociedad tradicionalmente católica como la nuestra, es un paisaje que enmarca la moral social e individual, pero tengo la impresión que se la conoce muy poco más allá de la cita descontextualizada, empleada para autojustificar la propia conducta. Como con el Corán, el Bhagavad-Gita, los Upanishads, el Tao-Te-King y otros tantos libros sagrados, interpretar la Biblia – materia de la hermenéutica y la exégesis – no es acto neutral. No faltaran nunca citas para hacer justos ciertos hechos que estoy seguro el Buen Dios reprobaría sin reservas: Cruzadas y guerras santas, quemas de brujas y cacerías de herejes, ignorancia e intolerancia, imposición de ortodoxias e infames autos de fe, pogromes y numerus-clausus, guerras y asesinatos, excesos de ascetismo y violencia física y emocional, represión intelectual y demás bellezas que la especie le ha endilgado a la familia desde la revolución neolítica. Ninguna confesión se salva de haber usado los Libros Sagrados con fines despreciables. Creo firmemente que no hay Dios Personal que uno se pueda imaginar que lo apruebe.

Para empezar, la Biblia no es “un libro”, ni siquiera desde su etimología. Biblia significa los libros, y eso significa desde la exégesis que hay muchos hagiógrafos – escritores que se entienden como inspirados por la divinidad. Inevitablemente, los hagiógrafos transmiten el Mensaje en los géneros y registros en que se sienten a gusto o creen necesarios, y, como pasa con cualquiera, están desigualmente dotados de recursos estilísticos, culturales, intelectuales y morales. Así en el mismo paquete nos encajan - fuera del Mensaje Divino - contenidos propios de su persona, su lugar y su tiempo. No es igual Moisés que el apóstol Juan, o Jesús Ben Sirá que el rey David, o Nehemías que el evangelista Marcos. Y están presentes con sus prejuicios, ideas y estereotipos tanto los hagiógrafos como sus lectores. La Biblia surge en Medio Oriente, pero es importante para la identidad monoteísta de Occidente. Las diferencias entre las confesiones se suelen atribuir a distintas versiones del Libro Sagrado, generadas a veces por diferencias en las traducciones, lo que justifica sistemas de creencias apenas diferenciables unos de otras, por poco que se examinen. El Cristianismo Ortodoxo, por ejemplo, basa su diferencia en la cláusula filioque del Credo de Nicea, y la sustenta en textos de la Biblia, sin perjuicio de que el Cristianismo Católico Romano sustente lo contrario en otros, o los mismos, textos. Las confesiones derivadas de la Reforma se basan en la lectura personal y el libre examen de la Biblia, lo que explica las muchas Iglesias que aparecen como natural consecuencia del choque entre dos necesidades tan contrapuestas como importantes: La necesidad de fijar un texto único, y la necesidad de asegurar la propia Salvación. El titánico esfuerzo de traducir la Biblia a las lenguas vulgares de Martín Lutero y otros trataba de levantar el velo que sobre la Palabra de Dios echaba la Iglesia Católica a través de la Vulgata Latina - traducción oficial católica de la Biblia al Latín por San Jerónimo, en el siglo V. Asimismo, la brecha entre el magisterio del Libro Sagrado y la práctica de la Iglesia del Siglo XVI era tan grande que todo individuo con cabeza acordaba en la necesidad de cambios profundos. Por ahí se produjeron cismas y herejías, la necesidad de religión personal chocaba con la institucionalidad. Desiderio Erasmo de Rotterdam fue tal vez el primero en romper el cerco impuesto sobre la Biblia. Conocía a profundidad las lenguas bíblicas y sus best-sellers al respecto – se estrenaba la Imprenta de Gutenberg -, le abrieron paso al Libre Examen. Del Siglo XVI en adelante se leyó cada vez más la Biblia pese a las prohibiciones. En los ´60 del Siglo XX el Concilio Vaticano II hace caer los últimos límites: La Biblia en lengua vulgar es ya completamente accesible a los católicos, y ya era hora, pues tras varios siglos se había erosionado la parafernalia conceptual intermediadora de la libertad de cada persona en su relación personal con Dios, entendida cada vez más como invasiva, y resistida desde fuera y dentro de la Iglesia. Hoy parece que la Iglesia Católica no termina de adaptarse a estas circunstancias. Veremos qué pasa tras el Cónclave.

III

Mi relación personal; y los Hagiógrafos

Mi larga relación con la Biblia tiene que ver con ediciones muy diferentes, a las que estuve expuesto. La primera fue la enorme Biblia Católica Familiar, Edición Barsa, The Catholic Press, Inc., Chicago-Illinois, de 1963, que llegó a casa junto con la Enciclopedia Barsa. Una edición de lujo, muy completa, traducción directa de los textos originales de la Vulgata de San Jerónimo llevada a cabo por el erudito Obispo argentino Juan Straunbinger. Fue una suerte para mí, el muy cuidado texto bíblico venía con importantes complementos: Introducciones y Prefacios donde se enfocaban diversos aspectos del Libro. Reproducciones de obras de grandes maestros del arte religioso (Rubens, Corot, Andrea Del Sarto, Veronese, Poussin, Rembrandt, Rafael, Giorgione, Murillo, Carpaccio, David, Botticelli, Durero, el Greco, Velásquez, Tintoretto, Delacroix, Tiépolo, Mantegna, Fra Angélico, etc). Una sección de Mapas de la Biblia. Fotografías de Tierra Santa, de Roma y el Vaticano. La narración de la Vida de María Madre del Señor. El Vía Crucis. Artículos sobre Liturgia y Semana Santa. Una sección dedicada a La Vida de Nuestra Familia (matrimonios, nacimientos, bautismos, etc.). Y un completo Diccionario Católico al que he recurrido innumerables veces desde entonces. Esta Biblia se editó durante el pontificado de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, refleja una etapa de transición en la Iglesia Católica. Otra edición fue la de la Biblia Latinoamericana (Ediciones Paulinas / Verbo Divino, XV Edición, España 1972). Aunque para 1973 ya poseía cierta cultura bíblica, el llano estilo y fácil lectura de esta Biblia me impresionaron y me llevaron a la lectura de los pasajes que había dejado atrás por difíciles. Esta es Mi Biblia, la más subrayada y anotada. Posee valor personal, pues el Padre Héctor De Cárdenas SS.CC. la tuvo en sus manos al fallecer, y no diré más. Otra edición es la de la Biblia de Jerusalén de bolsillo (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1976), que mi amigo César Chacón me obsequió en 1980 en Cusco, en dramáticas circunstancias personales. Prestó servicios como Biblia portátil de campaña, y la tengo en particular estima. Sé que esto suena contradictorio con el agnosticismo light del que hablé, lo admito llanamente. Me hago cargo de mis contradicciones e inconsistencias, y no veo por qué voy a pedir disculpas por ser yo mismo. Sigo adelante.

Entre los autores de la Biblia hay escritores dignos de aparecer en cualquier antología literaria universal. También debe haber habido grandes chapuceros. Pero no los notamos pues todos están más o menos igualados por copistas y traductores, en especial San Jerónimo. Pocos libros más copiados y traducidos que la Biblia, hasta el extremo que acceder a la fuente primigenia es imposible para el lego. La sacralidad del Libro debe haber impulsado espontáneamente a traductores y copistas a crear una suerte de “lenguaje bíblico” estereotipado. A lo largo de los siglos, se fue creando un “aire de familia” con el que el Génesis y el Apocalipsis, el Libro de Job y los Hechos de los Apóstoles nos suenan “de oído” más o menos igual. De ahí la sensación de intemporalidad que produce, pues no leemos la Biblia desde la perspectiva de una Historia Salvífica que se despliega en el Tiempo, cuanto desde el inmóvil y tradicional Tiempo Sagrado, donde el Profeta Isaías, el Rey Saúl, el Juez Sansón, el Legislador Moisés, el Sacerdote Esdras y el Apóstol Pedro son más o menos contemporáneos, hablan del mismo hierático modo, se visten con las mismas sábanas, usan las mismas sandalias, piensan las mismas cosas y tienen las mismas costumbres e ideas. Esta especie de encuentro entre lo inmóvil y lo móvil, entre lo Histórico y lo Religioso, entre el Cambio y la Permanencia, es tal vez el rasgo que mejor define el Libro Sagrado. Y a la vez es el rasgo que más lo oscurece, al otorgarle el mismo valor de verdad a todas y cada una de sus partes, igualando donde no se debe igualar, y sin diferenciar donde hay que hacerlo.

IV

El Autor – o autores - del Pentateuco

Hay acres controversias respecto a los hagiógrafos en general, en especial entre las distintas tradiciones religiosas, cada cual con sus estudiosos y dogmas propios. La tradición judía (y la más rancia de las cristianas) quiere que Moisés sea el Primer Hagiógrafo, autor de todo el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia (Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio). Ello incluye el majestuoso relato de la Creación del Mundo: En el principio creó Dios los cielos y la tierra. / La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba sobre las aguas. (Gén. 1, 1-2), además de toda la historia del mundo y de los hebreos hasta la conquista de Canaán, más unos cuantos códigos legislativos completos, poemas, cantares, y hasta censos. Menuda chamba para un hagiógrafo, que entre tanto tenía otras nimiedades de qué ocuparse: Liberar a los hebreos del yugo del Faraón de Egipto, echarse a la espalda la organización de toda una emigración a la Tierra Prometida, gobernar a esta antipática nación en ciernes. Parece harto improbable que Dios le haya encargado a Moisés bancarse todo eso. Por otra parte, el relato tiende a repetirse, a veces contradictoriamente, con poco orden y con cambios de estilo y términos para referirse incluso a Dios. Ello indica haber más de un hagiógrafo, y la hipótesis más plausible es que el Génesis cuenta cuando menos con tres autores: El yahvista, pues usa el nombre Yahvé o Yavé para referirse a Dios, probable veterano de los reinados de David y Salomón (aprox. 1000 a.C.). Él habría redactado uno de los dos relatos de la Creación (Gén. 2, 5-25): El día en que Yahvé Dios hizo la tierra y los cielos, no había sobre la tierra arbusto ni ninguna planta silvestre había brotado, pues Yahvé Dios no había hecho llover todavía sobre ella, ni existía el hombre para cultivar el suelo (Gén 2, 5), y una buena parte del resto, a veces copiando relatos orales sin mayor retoque. Por cierto, se le atribuye también el detallado relato del reinado de David en el Libro Segundo de Samuel y el Primero de Reyes. Otro hagiógrafo es el elohista, que usa del término elohim para referirse a Dios, y habría escrito un siglo más tarde. Se le debería la dramática relación del sacrificio de Isaac: Toma a tu hijo, al único que tienes y al que amas, Isaac, y anda a la región de Moriah. Allí me lo sacrificarás en un cerro que yo te indicaré (Gén. 22, 2). El significado de esta escena de la misericordia de Dios y su distancia de los dioses paganos que reclamaban la vida de los primogénitos, se presenta magníficamente en la escena final de la película de John Huston, La Biblia, que debió llamarse Génesis. La pasan siempre por semana santa, es una joyita que siempre vale la pena ver (Me parece que anda por YouTube también). El Sacerdote, tercer Hagiógrafo a considerar, aparece hacia el 600 a.C., durante la Deportación de los judíos a Babilonia, cuando había urgencia de condensar los textos sagrados y mantener unido a un pequeño pueblo sin tierra y sin estado. El Sacerdote habría compendiado los textos, combinando Yahvista y Elohista, “puntuándolos” con pequeños añadidos para mantener la cohesión del texto. Y creó la monumental Creación del Mundo que da inicio a toda la Biblia, y que añadió sin aparentemente percatarse que ya había otra del Yahvista.

Los tres hagiógrafos (Yahvista, Elohista y Sacerdote) más el llamado Deuteronomista, serían así autores de los cinco libros del Pentateuco, la sagrada Torah judía. El Génesis abarca las historias de Adán y Eva, Caín y Abel, Noé y el Diluvio Universal, la Torre de Babel, los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob (llamado Israel) y sus doce hijos; y culmina con la muerte de José y los Hijos de Israel avecindados en Egipto. El Libro del Éxodo narra la esclavitud y la épica de la liberación de los Hijos de Israel, y su elección como Pueblo de Dios. La escribió principalmente el elohista, y se centra en una detallada biografía de Moisés, con todos los ingredientes de la Iniciación de un héroe fundador. Hay partes realmente memorables: La revelación del Dios desconocido a Moisés, la escena de la zarza ardiente, en donde se combinan las narrativas yahvista y elohista: Dios dijo a Moisés: Yo soy el que Soy. Así dirás al pueblo de Israel: YO-SOY me ha enviado a ustedes (…) Este será mi nombre para siempre, y con este nombre me invocarán sus hijos y sus descendientes (Ex. 3, 14 y 15); los intercambios verbales de Moisés y Aarón con el Faraón; las Diez Plagas de Egipto; la Institución de la Pascua; amén del famoso Paso del Mar Rojo. Aquí me detengo para mostrar los relatos elohista, yahvista y sacerdotal combinados y yuxtapuestos en dos versiones paralelas de la épica fundacional del pueblo hebreo, marcado por la intervención divina. Según el yahvista el asunto fue que Moisés extendió su mano sobre el mar, y Yahveh hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este que secó el mar, y se dividieron las aguas. (Ex. 14, 21); y luego … miró Yahveh (…) hacia el ejército de los egipcios, y sembró la confusión (…). Trastornó las ruedas de sus carros, que no podían avanzar sino con gran dificultad. Y exclamaron los egipcios: Huyamos ante Israel, porque Yahveh pelea por ellos … (Ex. 14, 24-25). Notemos que se atribuye a Yahveh el viento del este que seca el barro y estorba las ruedas de los carros, pero parece que al Sacerdote no le bastó eso, e intercala inocentemente ciertos efectos especiales: Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto, mientras las aguas formaban muralla a izquierda y derecha. / Los egipcios se lanzaron en su persecución, entrando tras ellos en medio del mar, todos los caballos de Faraón, y los carros con sus guerreros (Ex. 14, 22-23). En estos versículos se basa la grandiosa escena de la partición de aguas en Los Diez Mandamientos, de Cecil B. De Mille, y hasta Tolkien pone en boca del Rey Théoden una variante del cántico a Yavé: Cantaré a Yahvé que se hizo famoso / arrojando al mar al caballo y su jinete (Éxodo 15, 1). Si lo que quería el Sacerdote era subirle la moral a los deportados en las orillas del Tigris y Éufrates, despertando su orgullo nacional y la fe en el Dios de los Ejércitos que liberó al Pueblo Elegido, nadie puede culparlo de recargar tantito las tintas, con columna de fuego y todo (http://www.youtube.com/watch?v=Rv5imrLYo8g).


El resto del Éxodo, el Deuteronomio, el Levítico y los Números relatan las vicisitudes del Pueblo Elegido, en especial el constante contrapunto entre la fe del caudillo Moisés con la terquedad del Pueblo Elegido, de dignidad bien cuestionable: ¿Acaso no había sepulturas en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto? ¿Qué has hecho con nosotros sacándonos de Egipto? ¿No te dijimos claramente en Egipto: Déjanos en paz, queremos servir a los egipcios? Porque mejor es servir a los egipcios que morir en el desierto – Ex. 14, 11-12. Quizá la mejor versión fílmica del conflicto entre Yahvé Libertador y el pueblo que no le da la gana de ser liberado esté en la bella miniserie de la Televisión Italiana Moisés el Legislador, con un inspirado Burt Lancaster en el papel de Moisés, y no menos inspirados Irene Pappas y  Anthony Quayle como sus hermanos Miriam y Aarón.  Qué pena que solo la he encontrado en italiano (http://www.youtube.com/watch?v=AXJrIBldZoY).

V

Colofón

Hasta aquí la primera parte de esta Crónica sobre Leer la Biblia. En posteriores Crónicas presentaré aquellas partes que me llaman particularmente la atención, tratando de dar una visión panorámica. En el caso de la Biblia quizá sea más cierto que con ningún otro Libro que uno lee lo que quiere, como quiere, donde quiere. Pero lo cierto también es que de esta lectura uno nunca se arrepiente.



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