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martes, 18 de marzo de 2014

CRÓNICA DE LECTURAS 75 - NOVELA HISTÓRICA (2)

CRÓNICAS DE LECTURAS – 75
Novelas Históricas (2)
I

Novela Histórica y Reconstrucción

Se puede hacer Novela Histórica basado en acontecimientos o basado en personajes. El tenue hilo que separa la narrativa – que incluye al mito y la leyenda – de la biografía ha sido atravesado varias veces, en ambas direcciones y con resultados curiosos. Pensemos en personajes como Abraham Lincoln, de cuyo imaginario participa la anécdota, muchas veces apócrifa pero que parte de una Leyenda que suele estar más viva que la Persona. O en personajes como Sherlock Holmes, al cual el hecho de ser de ficción no le impide representar la era victoriana más que Gladstone y más que Kipling; y así podemos circular entre ambos polos. Por otra parte, lo narrado debe ser fiel a la realidad histórica, en el doble aspecto de los hechos y el de las circunstancias. La novela histórica respeta los hechos históricos y describe y explicita las circunstancias, sin modificar nada aunque sí le sea lícito especular sobre alguna cuestión no del todo conocida. Por las muchas combinaciones posibles, desde la Crónica pasada centramos la cosa en la novela histórica rastreada desde el británico Walter Scott, cuyo Ivanhoe ha resistido la prueba del tiempo, y hasta hoy es no solamente leída sino inclusive puesta en escena una y otra vez, en Cine y TV, apoyadísimo por el otro arquetipo inglés, Robin Hood, cuya historia se ha contado y recontado a través de los últimos seis siglos hasta llegar recientemente al cine sin aquello de robarle a los ricos para darle a los pobres, qué lisura, no le vaya a dar extrañas ideas a los pobres. Discípulos de Scott fueron Robert Louis Stevenson (La flecha negra) y James Fenimore Cooper (El último mohicano); y con ellos quedan más o menos establecidos los parámetros generales de la Novela Histórica.

En Francia cultivaron la novela histórica Alfred de Vigny (Cinq-Mars) y Víctor Hugo (Nuestra Señora de París y Los Miserables). Cuando el romanticismo ceda paso al realismo, la novela histórica francesa tendrá como exponentes a Gustave Flaubert (Salambó), Alexandre Dumas (Los Tres Mosqueteros y sus secuelas) y Prosper Merimée (La reina Margot) entre otros. Clasificar siempre es difícil, en especial cuando uno se encuentra con Stendhal y sus Rojo y Negro y La Cartuja de Parma, así que no trataré de ser lo que no soy. En Italia Alessandro Manzoni publica Los novios, ambientada en el siglo XVIII; en España Benito Pérez Galdós da a luz sus Episodios Nacionales. La Guerra y la Paz de León Tolstoi es considerada del género, como Quo Vadis? del polaco Henryk Sienkiewicz. En América Latina el género es relativamente ocasional, se confunde bastante con otros, pero los autores terminan por caer dentro del asunto de uno u otro modo: Leopoldo Lugones y La Guerra Gaucha; Manuel Mujica Lainez y Bomarzo; Isabel Allende y La Casa de los Espíritus; Miguel Ángel Asturias y El señor presidente; Mario Vargas Llosa y La Fiesta del Chivo, La Guerra del Fin del Mundo, El paraíso en la otra esquina y El Sueño del Celta; Arturo Uslar Pietri y Las lanzas coloradas; Gabriel García Márquez con El General y su laberinto y El otoño del patriarca;  Augusto Roa Bastos y Yo, el Supremo; Alejo Carpentier con El siglo de las luces y la genial El reino de este mundo. Entre los principales autores contemporáneos del género en el mainstream anglosajón hallamos a Robert Graves (Yo, Claudio), Mika Waltari (Sinuhé el Egipcio), Naguib Mahfouz (Ajenatón el Hereje), Umberto Eco (El nombre de la rosa, Baudolino), Arturo Pérez Reverte (El capitán Alatriste). En esta ocasión nos centraremos en dos reconocidos autores, uno alemán y el otro francés.

II
Gisbert Haefs (Alemania, 1950) – Troya

Tal vez esta es la mejor novela de reconstrucción histórica que he leído jamás. Estoy casi seguro que no es porque sea demasiado fiel a los aspectos que diferencian una época de otra, sino más bien por el contrario, porque lo que mejor expresa el autor en esta novela histórica son los rasgos comunes a la experiencia humana, aún pasando por ciertos excesos de estilo y narrativos que el autor comete, y que imagino supera eventualmente en otras obras. En un género donde la originalidad es complicada, huidiza y difícil, las interpretaciones y decisiones que asumen todos los personajes en su contexto resultan previsibles, vulgares y silvestres, toman en cuenta esas cuestiones "secundarias" que otras novelas – y en especial las películas “de época” – suelen pasar olímpicamente por alto, como las diferencias entre idiomas y los malentendidos de la Traducción. El protagonista, el comerciante asirio Ninurta, se gana la vida traficando en los puertos del Mediterráneo oriental por cuenta propia y de otros, y por partes desiguales y según los momentos es una combinación de Allan Quatermain y Marco Polo. El devenir de sus intercambios comerciales, de sus amores con la joven esposa de su anciano socio, de sus necesarios momentos de embriaguez guerrera, de sus errores de cálculo y sus ifrustraciones, e incluso del conocimiento de su fragilidad psicológica, de hombre débil frente a los esclavos; todas son facetas que se integran realista y des-armónicamente, como le cuadra a seres humanos en serio, no muñecos de torta. Sus movimientos son guiados por diversos motivos, incluso el cumplimiento del deber autoasumido de asesinar a un déspota asesino. Todo esto rodeado de personas que a su vez son en lo fundamental ellos mismos, incluso en las partes que podríamos llamar más inverosímiles. Pero la presencia constante de lo humano nos vuelve todo verosímil, incluso que Ulises / Odiseo sea apodado Nadie, que Paris y Helena estén arrebatados constantemente por un incontrolable frenesí amatorio, que Ninurta cruce su espada con la del guerrero Aquiles y salga con vida. Después de todo, los que experimentamos nuestra memoria sabemos que ella nos determina desde lo psicológico y social más que desde lo lógico. Nosotros, seres que nos creemos existentes en primer plano (Léase El Mundo de Sofía para perder esa seguridad para siempre), vivimos en nuestro devenir con un pasado que nos hace ser lo que somos, tal como los personajes narrados y descritos por el autor. Es vulgar y también especial que nosotros (y los personajes) nos expresemos sin extremismos literarios. Hasta el mismo autor está cómodo en su rol de narrador más o menos omnisciente, siendo lo que debieron ser Odiseo, Ninurta y hasta Solón en su faceta de contador de viejas historias. Me resisto en llamar histórica a esta novela, preferiría llamarla Novela Memorística, si no fuera porque carezco tan absolutamente de los argumentos literarios para ello.

Pues lo que podríamos considerar Historia es en esta novela más bien memoria, tanto en el Solón que arranca y cierra la historia – y del que yo hubiera prescindido – como en el resto de un conjunto de personajes desigualmente “civilizados”. El prurito historiográfico de Haefs sirve para comprender el pasado desde un presente que es para nosotros, a su vez, pasado. Porque todos los tiempos presentes son más o menos iguales, un tanto a la manera que Bertrand Russell diferencia los futuros futuros de los futuros pasados. El mérito de Troya es lo que expresa mejor, que no es la mejor parte de la naturaleza humana, esa que se le escapa a los libros de Historia, ocupados en otras cosas. Pero así y todo y para cumplir con los cánones del género, es perfectamente discernible que la Troya de Haefs se escribió con la Historia de Herodoto de Halicarnaso y los poemas homéricos al frente, en especial considerando que Ulises / Odiseo / Nadie es uno de sus principales cronistas y personajes. No se queda Haefs en la interpretación de fuentes y sobre todo en la soberbia descripción del final del período “heroico” de la historia helena, que lo es no por la abundancia de héroes sino por la ausencia de testimonios escritos expresado en la presencia de poemas orales sobre héroes, y en donde la estructura cronológica está completamente subvertida. Por ello importa tanto que los protagonistas sean comerciantes y no guerreros de la Hélade o troyanos. Tratemos de imaginar un corto período de 2 o 3 siglos sin escritura en la América Latina, digamos entre 1800 y 2000. Bolívar y San Martín bien podrían ser personajes legendarios cantados en poemas, matadores de dragones y feroces leones de Iberia, y cuya unión en las costas peruanas se cantara como una gran epopeya de héroes que se unen para combatir el Mal, a la manera de un nuestro homérico y heroico poema. Los que emprendan la lectura de esta Troya tendrán así una ambigua recompensa en saberse en todo iguales a los héroes de Homero. El link de la obra, aquí: http://inabima.gob.do/descargas/bibliotecaFAIL/Autores%20Extranjeros/H/Haefs,%20Gisbert/Haefs,%20Gisbert%20-%20Troya.pdf

III
Maurice Druon – Serie Los Reyes Malditos

Maurice Druon (1918 – 2009) es un escritor francés miembro de la Academia que, viéndolo y leyéndolo con alguna solvencia, tal vez no brilla demasiado en un país con tremenda constelación de talentos literarios, pero que sí logra algo que no es muy común en esta nuestra época, tan posmodernamente desesperada por el “triunfo” a como dé lugar y ahogada en el prurito del logro de una originalidad que venda, aunque no sea original. Druon no se propone mucho, pero lo que se propone lo consigue, es bastante cumplidor en la simple tarea de escribir profesionalmente y ganarse la vida con su pluma, en lo que de seguro le sacó muchos cuerpos de ventaja a muchísimos autores posiblemente mejores, más profundos o compuestos. En tal sentido escribió respondiendo al mercado y al requerimiento del público, lo que en sí no tiene nada de malo, en especial porque lo que cuenta puede ser interesante. La primera vez que supe de él fue por un libro que G. me obsequió, de literatura infantil: El niño del dedo verde, una pequeña y bonita historia de las que no contaré las circunstancias que la rodearon por no darme mi real gana. La segunda vez que me enteré de la existencia de Druon fue a través de una obra que lo mostraba sin duda como hombre comprometido con su tiempo. Durante la Guerra Mundial Druon se unió a la Francia Libre de Charles De Gaulle y combatió a los invasores germanos con las armas que Dios le concedió. Junto a su tío, el también escritor Joseph Kessel (El León), compusieron la letra del Chant des Partisans (Canto de los Partisanos), himno de la Resistencia Francesa contra la ocupación alemana y la traición de los Vichy´s durante la Segunda Guerra Mundial. Una manera de conocer de primera mano una época es oír su música y conocer sus canciones, hagámoslo en este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=sUZWlf_vuKg&list=PL5D0022472AB83998. Tras cumplir con su deber como resistente, recogió sus bien ganados laureles incursionando en Política como Ministro de Cultura y luego como Diputado por París y miembro de la Academia Francesa.

La Historia en general es interesante si se sabe contarla. Nunca me he explicado lo que le hacen en las escuelas, y cómo consiguen hacer pesado e indigesto lo que debería ser tan ligero y bacán. Basta con leer libros como esta serie, no extraordinaria pero sí decorosa, o ver buenas películas de reconstrucción histórica, y la chapas a la perfección: El cine necesita de un suministro inagotable de buenas historias a ser contadas, no por nada hay dos Óscares para guionistas, uno por historias originales para la pantalla y otro para las adaptaciones literarias. Y es que, aunque parezca mentira, la gente consume sueños en cantidad y hay que fabricarlos. Las historias verdaderas tienen la ventaja de que no necesitan inventarse, apenas recopilarse, y si se hace el asunto basándose en los ciertos dramas humanos del amor y el poder, no hay pierde en todo lo que se puede hacer. Tomemos la anécdota que da pie a estas historias: En la serie de novelas históricas conocida como Los reyes malditos, principal incursión literaria de Druon, todo empieza hacia 1314 con El Rey de Hierro, que proporciona la anécdota en cuestión: El poderoso Rey de Francia Felipe IV El Hermoso de la Dinastía o Familia de los Capetos (Fue además Felipe I de Navarra, pero no me imagino por qué le dirían el Hermoso, tratemos de no confundirlo con el muy posterior marido de Juana la Loca) posee todo lo que un estadista puede desear, en particular tres robustos hijos que le aseguran en apariencia una vigorosa sucesión. Sin embargo, como buen soberano y celoso defensor de sus intereses y los de Francia, Felipe busca aumentar su poder y riquezas, y para ello suprime la vieja orden religioso militar de los Caballeros de la Orden del Temple, los famosos Templarios, con el pretexto de una vieja deuda con la Corona. Felipe liquidaba así dos pájaros de un tiro: eliminaba un potencial y poderoso enemigo interno, y se apoderaba de sus ingentes riquezas. Políticamente no habría nada que decir de esta maniobra fuera de las consideraciones morales. Pero acá viene la parte brava: El Gran Maestre de la Orden Jacques de Molay, arrestado y acusado de malas artes, como era la costumbre, es condenado a morir quemado en la hoguera frente al Rey de Francia. Durante este bárbaro espectáculo, el Gran Maestre maldice de viva voz al Consejero Real Guillermo de Nogaret, al Papa Clemente V, con sede en Avignon, y al Rey de Francia y sus sucesores: ¡Malditos! ¡Todos malditos hasta la décimotercera generación!  


IV
Los Reyes Malditos

Entre 1314 y 1370 la inestabilidad política se ceba con Francia y la debilita en modo tremendo y súbito. Como cuentas de un rosario, Nogaret, Clemente y Felipe el Hermoso mueren repentina y consecutivamente, parece que la maldición de Molay ha marcado para siempre la suerte de los Capetos, y la Corona recae en los hijos del Rey de Hierro, que demuestran ser gobernantes débiles y sin personalidad ni carácter de estadistas, simples juguetes de los acontecimientos. Es así que los nobles como Roberto de Artois, omnipresente a lo largo de la serie, adquieren relevancia y parecen empeñados en destruir todo rastro de gobernabilidad y estabilidad en la Douce France, hacen lo que quieren en una Francia entregada a la falta de autoridad. Luis X trata de equilibrarse entre dos grupos antagónicos en formación, que amenazan con despedazar Francia en el segundo tomo de la serie, La Reina Estrangulada (link: http://www.laprensadelazonaoeste.com/libros/Druon,%20Maurice%20-%20Los%20Reyes%20Malditos%202,%20La%20reina%20estragulada.pdf. El escaso año y medio del reinado de Luis X, que muere envenenado, deja sumida a Francia en la anarquía, no hay sucesor varón para el trono de Francia, como se cuenta en Los venenos de la Corona (Link: http://www.sociedadmedicoquirurgica.com.mx/libros/libros/D/Druon,%20Maurice%20-%20Los%20Reyes%20Malditos%203,%20Los%20venenos%20de%20la%20corona.pdf). Entra así en vigencia la vieja Ley Sálica que tanto daño causaría a Francia, y que impide a las mujeres acceder al Trono. Apenas a dos años de la muerte de Molay, el Reino de Francia y la Iglesia de Avignon están sin cabeza, y todo el mundo hace lo que le parece, la paranoia se apodera de la familia real y el desconcierto de los cardenales que deben elegir Papa. La novela La Ley de los Varones (link: http://www.laprensadelazonaoeste.com/libros/Druon,%20Maurice%20-%20Los%20Reyes%20Malditos%204,%20La%20Ley%20de%20los%20varones.pdf) da cuenta de estos tristes y dramáticos acontecimientos; mientras que La Loba de Francia (link: http://bibliotecadigitalei.files.wordpress.com/2013/04/druon-maurice-los-reyes-malditos-5-la-loba-de-francia.pdf) narra la historia de la hija del Rey de Hierro y hermana de sus sucesores,  Isabel de Francia, que casó con Eduardo II de Inglaterra, cuyos intereses afectivos se dirigían más bien a sus favoritos. De esta Loba de Francia se da una versión edulcoradísima y extraordinariamente falsa y romanticoide en la película Corazón Valiente, ya hemos comentado en alguna otra Crónica el vapuleo a mansalva que el guionista Randall Wallace le propinó a la verdad histórica en esta película, donde el que sería Rey Eduardo II sería representado casi como un débil mental que se merecía que su esposa – la dicha Loba – le sacara la vuelta nada menos que con William Wallace, cuya roja y plebeyísima sangre correría desde entonces por las venas de la realeza inglesa. 

La sexta novela de la serie, La Flor de Lis y el León (link: http://www.forodeliteratura.com/biblioteca/datos/druonmaurice/malditos6.pdf) nos ubica en la desaparición física de la Dinastía de los Capeto y la ascensión al trono de los Valois, con lo que se desata la Guerra de los Cien Años. Que una guerra tenga que durar cien años antes de que se pueda resolver sugiere el increíble embrollo que debe haberse producido en las cabezas de las gentes de la época. En teoría acá terminaba brillantemente la serie: Pero el pueblo no había llegado al final de su penar. Aún habría de conocer un rey prudente, un rey loco, un rey débil y setenta años de calamidades antes que la maldición del Gran Maestre se disipara en las aguas del Sena, al resplandor de otra hoguera encendida para el sacrificio de una hija de Francia. Evidentemente habrá que esperar la llegada de la joven virgen guerrera Juana de Domrémy o Juana de Arco para ver la superación del embrollo y el final de esta historia. Pero a veces las tentaciones son grandes y se producen excesos: A la última parte de Los reyes malditos y muertos todos los viejos protagonistas Druon le añade como una especie de exordio final De cómo un Rey perdió Francia, séptimo y último volumen de la serie (link: http://vk.com/doc4827744_246560042?hash=f3f17e9069d8e013da&dl=1f46a3b06aab5bc242 ). ¿Por qué lo hizo? No sabemos. El problema de contar la Historia es, como siempre, cuando detenerse; y esta novelita, aunque tiene algún mérito dejada sola a su suerte, no puede uno evitar verla en el contexto de la serie sino como un añadido perfectamente prescindible y desmayadamente narrado, y eso que acaba en una ocasión que puede considerarse perfecta para culminar, la Batalla de Poitiers. El éxito que obtuvo Maurice Druon con esta serie llevó a dos adaptaciones por la Televisión Francesa, televisivas, la primera de ellas (1972) transmitida y retransmitida ad náuseam.  La nueva versión del 2005, con Tcheky Karyo, Gerard Depardieu y Jeanne Moreau no parece haber alcanzado el mismo éxito.

V
Colofón

Entre el francés y el alemán, por una vez ganará el alemán. Pero no le quitamos al francés un ápice de su logro, en especial por lo que podríamos llamar una suerte de modestia de escritor: Ya lo dijimos, entre ambos, Haefs nos parece más escritor y más moderno además, más al tanto de los códigos literarios modernos; pero Druon ha sido maestro de novelistas históricos y muy leído en Francia y fuera de ella gracias al acierto en la elección de su tema histórico y a su falta de pretensiones. Al Perú le falta su Druon, definitivamente, pero en compensación … también le falta su Haefs. Igual los podemos disfrutar. Hasta la próxima.

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martes, 19 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 65 - SERIES DE NOVELAS HISTÓRICAS

CRÓNICAS DE LECTURAS – 65
Series de Novelas Históricas
                                                          I
Novela Histórica y el límite entre Historia y Literatura

Nadie dude de la importancia de aprender Historia, hay muchas y buenas razones para ello, y no abundaré en algo de lo que estoy seguro. Me centro en la Novela Histórica y mi experiencia personal con ella. En mis Crónicas sobre Biografías me he referido al problema de separar Literatura de Historia, los guionistas saben que la Historia se presta para el arte, pero el problema es el del límite entre uno y otra. Ya lo miré desde la Historia, hoy será desde la Literatura. La primera novela histórica parece ser el clásico de mediados del siglo XIX  Ivanhoe, de Walter Scott, la más conocida aunque no única ni en definitiva la más importante, que sobrevivió aún a través de las horribles vicisitudes del Nihil Obstat. Primero leí una versión censurada para “salvarle la vida” a la Iglesia Católica. Después la leí como es debido en edición de Oveja Negra, con todo el impulso nacionalista romántico laico muy siglo XIX, que glorifica la irrupción del pueblo en la Historia y expone el origen de las comunidades nacionales y los vínculos que unen a sus miembros. Trátase de encontrar el presente en ese pasado, y la habilidad del escritor será presentar los valores y creencias del pasado de modo que los reconozcamos en el presente. No puede ser ni demasiado extraña ni demasiado cercana pues perdería su categoría histórica o la literaria, y peliagudo es el problema en tiempos de editoriales coléricas. Hay mucho de ensayo en estas obras, ocasión para posiciones partisanas que a veces venden contrabando ideológico. Sorprende que no tengamos en el Perú una novela histórica típica, un discurso de alguna coherencia, no maniqueo ni sonsamente cándido o patriotero. Es que la novela histórica da miedo, aún si la emprende un consagrado muy consagrado, como Vargas Llosa - que la hace, pero para otras latitudes (La Fiesta del Chivo, La Guerra del Fin del Mundo, El Sueño del celta). Los ataques a la narración novelada y sus autores – a no ser que sea “coordinada” – llegan desde los concentrados medios de comunicación propiedad de las Familias que controlan la economía y la sociedad peruana.

Fuera de esta novela histórica hay otra, regional, precaria y de baja penetración, pues el público peruano apenas lee un libro al año, y qué libro será ese. Así, por más calidad individual que haya no se puede construir ni instalar un discurso que intermedie frente al pasado. Los intentos se pasman por diversas razones: Editoriales peruanas que no se arriesgan, falta de oficio de los escritores nacionales, diminutos mercados para la lectura, discrepancias en los hechos e interpretaciones históricas, posturas ideológicas enfrentadas, temor a las represalias de las poderosas dinastías familiares afectadas, dramatismo de los sucesos históricos peruanos aún no precisados, necesidad de no pisar ciertos callos para obtener auspicios, y conservar el empleo o la posibilidad de obtenerlo. Los que mejor pueden romper este bloqueo son los peruanos emigrados que ya no están bajo control de las argollas nacionales. Puede que la causa de carecer de relatos comunes sea la falta de un lenguaje a formar en una discusión franca y esclarecedora, pero aún conservamos el pacto infame de hablar a media voz en demasiados respectos. Como las heridas, ay, siguen sangrando, la aproximación más solvente es periodística e inmediatista. El mejor y quizá único autor solvente es Guillermo Thorndike (1940 – 2009), en especial en sus relatos sobre la Guerra del Pacífico (1879, El viaje de Prado, Vienen los Chilenos y La Batalla de Lima), donde reivindica a Mariano Ignacio Prado, de Familia vigente en el Perú. Otras de sus obras son El Año de la Barbarie; Abisa a los compañeros, pronto (llevada al cine); Los imperios del sol: Una historia de los japoneses en el Perú; Maestra Vida: novela verdad; más la biografía inconclusa de Miguel Grau. Trata Thorndike de hacer Historia “Novelada” o “Novela” histórica - quizá “Biografía por encargo”, pero siempre como periodista que persigue y narra sucesos. Tiene mérito rescatar importantes personajes y momentos de la Historia peruana, pero no cuaja una propuesta. Los emigrados peruanos tienen visiones más amplias, pero su experiencia de vida ya no es peruana, el mercado nacional es subsidiario y son como extranjeros en el paisaje exótico del propio país. Ni Mario Vargas Llosa se salva de ello con su novela histórica La Guerra del Fin del Mundo; y su último best-seller -El sueño del celta - no parece hacer carácter, empezando por el título. No es que sea mala, Vargas Llosa tendría que emplearse a fondo para que algo le salga realmente mal, pero mi sensación es que El Sueño del celta le debe más a Herodoto o Jenofonte que a la literatura. Y es que cuando te dan el Premio Nobel y tienes que estar a la altura, vamos, tienes derecho a que se te zafe una tuerca y no importará porque tu libro post-nobel a todos les parecerá excelente. Pero el problema del límite entre la Historia Novelada y la Historia a secas sigue ahí. Tal vez por eso los autores se especializan, así que trataré de algunos de estos “especialistas”, que lo fueron lo suficiente para crear series de novelas históricas centradas en sus personajes, lo que es garantía de éxito.    

II
Aléxandros (Valerio Massimo Manfredi)

Quizá lo mejor de esta serie de tres novelas – El hijo del sueño, Las arenas de Amón y El confín del mundo – es el intento de Manfredi de escapar de los lugares comunes y abundantes facilismos de los best-sellers. Sin embargo, por más decente y ético que sea hacerlo no le resultó sostenible a Manfredi, al que en otras obras se le escapa la Historia por la ventana y la ficción se mete por la chimenea con descaro, llevado según parece de las obvias necesidades del mercado marcadas por una segmentación blindada, como en La última Legión, cuya versión cinematográfica linda con el universo paralelo pensado para niños: La legendaria espada Excalibur, del Ciclo de Arturo, había sido en verdad nada menos que la espada oculta de Julio César; y el pobre Rómulo Augústulo - último y patético Emperador de Roma - terminará siendo llevado a Britania por soldados romanos imbuidos de un anacrónico Destino Manifiesto de Rescate Cultural. Son estas cosas las que hacen irreales esas “reconstrucciones históricas” en las que los involucrados parecen muchachos de Brooklyn o Manhattan vestidos con togas y armaduras romanas y hablando inglés, donde nunca faltan negros e improbables chicas guerreras para cubrir las exigencias de discriminación positiva. Menos mal Manfredi escribió su novela de la vida de Alejandro Magno en años menos postmodernos, y pudo apegarse más a la probabilidad histórica más probable, valga la redundancia, alejándose de escandalosas pero vendedoras especulaciones y tomando el ascua por donde no quema. Y si aún así consiguió categoría de best-seller, se demuestra que para vender no tienes que entrar de necesidad al escandalete. El más importante requisito sigue y seguirá siendo saber contar una historia. Conocer a los editores debe ser de seguro el segundo, sino no me explico cómo tanto mediocre publica, en tanto que …. pero mejor no meneallo. La obra en sí misma la conforman, decíamos, tres tomos: Aléxandros, el hijo del sueño; Aléxandros, las arenas de Amón y Aléxandros, el confín del Mundo; en correspondencia obvia con las etapas de la vida de Alejandro de Macedonia.

Considerando que la fulgurante intervención en la historia de Alejandro el Grande (aproximadamente quince años) marcó espectacularmente el futuro durante siglos, no sorprende que se le dedique el máximo esfuerzo de entendimiento. Se sabe que las guerras e invasiones son momentos fuertes, donde los sucesos y acontecimientos decisivos se siguen unos a otros a paso ligero. Sin embargo una guerra no es solamente preparada o instigada para que salga según lo planeado, aunque eso haya pasado realmente en ocasiones. Como todo acontecimiento, posee actores, que se han formado de un determinado modo y con determinadas consecuencias; y circunstancias que los superan y los enmarcan. ¿Por qué Alejandro Magno tendría que arriesgar su precioso ejército en la ruta desértica al Oasis – Templo de Júpiter Amón en Siwa de Egipto? ¿Cuánto de lo que fue la conquista alejandrina fue en realidad planeamiento y predeterminación de su padre el rey Filipo? ¿Qué influencia verdadera tuvieron los generales, cada uno de los cuáles terminó fundando un Reino propio? ¿Influía sobre el carácter de soberano y guerrero de Alejandro el Grande su evidente bisexualidad? ¿Cuál fue el papel real que jugaron personajes como Olimpia, Memnón de Rodas, Clito el Negro, Parmenio, Aristóteles, Hefestión, Diógenes, Roxana, etcétera? Fue como si el gran drama de la descomposición del Imperio Persa - suma y epítome de Oriente - y su forzada y helénica fusión con el empuje greco-macedonio encontrara expresión en los hechos de un solo hombre: Alejandro Magno. Y eso, disculpen todos, nunca pasa así. En los acontecimientos de un siglo que pareciera resultar en una Grecia agotada en las pugnas entre las polis, el que apareciera casi de la nada el estado semigriego de Macedonia hegemonizando las levantiscas ciudades - estado  y conduciéndolas a Persia en son de conquista era tarea de más de una vida. Alejandro a sus dos décadas de edad se encontró al frente de una invasión proyectada y lista, y estuvo en su genio el manejar a generales y soldados, el mérito es incuestionablemente suyo. Le pasó como a Bolívar, el Shogún Tokugawa,  Genghis Khan o Isabel I de Inglaterra, personajes de destino no porque lo construyan sino porque al encontrárselo lo representan tan bien que parecen construirlo con sus acciones. La confluencia de circunstancias y posibilidades que no volverían a reunirse espontáneamente encontraron estos seres humanos en el lugar, y actuaron como actuaron. Manfredi reúne estas piezas en una posible estructura, que resulta ser la de menor resistencia y por ello más creíble. No he encontrado como bajar estos libros de la red, probablemente por los derechos de autor.     

III
La serie de Lanny Budd (Upton Sinclair)

Upton Sinclair (1878 – 1968) es un hombre cuya obra refleja la evolución de sus convicciones políticas. Radical entre Jefferson y Marx en los primeros años del siglo XX, su novela La Jungla (1906) lo puso en la cresta en la ola por su particularmente lúcida y crítica visión del duro trabajo en los mataderos de Chicago, y provocó la dación de leyes de protección. En 1919 atacó a la Prensa Amarilla en la persona de William Randolph Hearst en The Brass Check, sacando al fresco las miserias de la Libre Expresión, problema tan actual que parece que la novela no hubiera envejecido a pesar de los casi cien años que va a cumplir. Como con La Jungla, la exposición a lo vivo del problema provocó reacciones: El primer código de ética periodística en Norteamérica aparece cuatro años después de The Brass Check, lo que prueba que el hombre estaba acostumbrado a ver resultados, me gustaría ver cómo hubiera sido su desempeño por estos lares, digo, es un decir. A pesar que escribió más de un centenar de obras, son las once de su personaje Lanny Budd las que tal vez lo testimonien mejor: Lanny Budd es un bienintencionado dilettante mitad francés, mitad norteamericano, nacido en París en 1900, hijo natural de un millonario fabricante de aviones de caza, y de una “belleza profesional”, modelo y artista. Esforzándose por ser alguien por sí  mismo se encuentra con una militancia socialista al peculiar estilo norteamericano, que conoce de una curiosa evolución reflejada en los diversos libros que a su vez responden a las diversas coyunturas de la política mundial y estadounidense en particular los Tratados de Versalles, la república de Weimar, el ascenso del fascismo en Italia, la revolución bolchevique, la Gran Depresión, el laborismo británico, el aislacionismo estadounidense, el auge del nazismo, el New Deal, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría. La serie de Lanny Budd constituyó de manera bastante desigual best-sellers entre los años 1940 a 1953: Empieza con El Fin del Mundo (1940), Entre Dos Mundos (1941),  Los Dientes del Dragón (1942), que ganó el Premio Pulitzer en 1943; El Ancho Camino (1943); Agente Presidencial (1944); La Cosecha del Dragón (1945); Un Mundo que Ganar (1946); Misión Presidencial (1947); Una Clara Llamada (1948); ¡Habla, Oh Pastor! (1949) y la tardía El Regreso de Lanny Budd (1953).

Me enteré del autor y el libro por mi padre, gran aficionado a estas lecturas, y empecé por ¡Habla, Oh Pastor!, si bien mucho después encontré los demás como saldos en una librería del Jirón de la Unión en el centro de Lima, la que cerraría en tiempos de Fujimori. Los libros los fui adquiriendo uno a la vez. La Editorial Claridad de Buenos Aires sacó todos los libros en varias ediciones, rompiendo el bloqueo editorial conservador y franquista de postguerra, y no tengo empacho en señalar que me los devoré literalmente uno por uno. El esquema de colocar un personaje que participe de las vicisitudes de la política internacional ha sigo seguido posteriormente por otros autores con mayor o menor fortuna, como Herman Wouk, por ejemplo, en Vientos de Guerra, llevada a la pantalla en dos miniseries, demasiado parecida a Sinclair para no ser copia. No se habla hoy demasiado de Upton Sinclair, pese a su actualidad e incluso al hecho de haberse adelantado, debido a su recalcitrante radicalismo político, pero está presente entre bambalinas al modo de otros radicales igualmente acallados, como John Reed, Jack London, Woody Guthrie, Eugene Debs y Huey Long. Cabe mencionar que hace poco Sinclair llegó al cine con la película de Daniel Day-Lewis, Petróleo Sangriento (2007), basada en su obra Oil, de 1927. La serie de Lanny Budd es sumamente interesante no solamente por la trama que en esencia no ha envejecido, sino por los códigos sociales de la época, evidenciados y criticados a profundidad, si bien dentro de un mecanicismo un tanto utópico. Tal vez por ello es que manifiesta una ingenuidad política por momentos francamente enervante: los socialistas son buenos, pero qué buenos; en tanto que los derechistas son tan malos que no podemos menos que pensar que Dios los castigará como a los malvados rusos de su última novela de Lanny Budd. Lo que en realidad salva a la serie es lo muy bien contada que está, Upton Sinclair hace bastante bien su tarea literaria y no hay manera de aburrirse. El problema hoy en día es conseguir los libros, los antiguos de la Editorial Claridad de la década de los ´50 han sufrido ataques concentrados de polillas, termitas y comejenes, por la relativamente pobre calidad del papel con que fueron impresos, y hay que cuidarlos bastante para que no se los coman estos neoliberales insectos. No sé que haya otras ediciones, y no los he encontrado en la web.   

IV
Trilogía de las Cruzadas (Jean Guillou)

Esta es la serie de novelas históricas que más recientemente he leído gracias a la generosidad de mi dilecto y a veces temperamental amigo Óscar B. Además, y gracias a YouTube y el cable, he encontrado y disfrutado sus películas, decentemente escritas, filmadas y actuadas. Siempre da gusto leer y expectar obras bien hechas, en especial Históricas. Ya rajé líneas arriba de esas adaptaciones históricas que de históricas no tienen nada; en que lo único “histórico” es la vestimenta, porque los protagonistas tienen preocupaciones y lenguajes más cercanos a los teenagers USA del siglo XXI, con anacronismos conceptuales y de los otros que muchas veces son de parársele a uno los pelos. Son como esas citas que abundan en el Féisbuk, atribuidas a Platón, Toro Sentado o José de San Martín donde entran palabrejas como discapacidad o postmodernidad, que ninguno de ellos conoció, en moderno equivalente de los fraudes piadosos de todas las épocas. Y en esto cabe decir que la peor novela histórica que se puede escribir es aquella que solamente expresa la emocionalidad ideológica de un autor. Hemos visto en los artículos anteriores los casos opuestos de Manfredi y Sinclair, ubicados cada cual en un extremo, uno de moderación y el otro de militancia. Comparado con ellos, y probablemente por ser mucho más Siglo XXI, el sueco Jean Guillou es un remanso de dicha literaria: No tiene que probar nada, no hay ideología vinculada, ni siquiera grandes desacuerdos históricos; su Arn de Gothia es un caballero templario sueco, invencible espadachín y eximio arquero, que se integra a la Orden de los Caballeros del Temple y combate en Tierra Santa por un castigo debido a su juvenil adulterio con Cecilia, a la que a su vez encierran en un convento, bajo la tiranía de una cruel abadesa perteneciente a una familia rival, en el contexto de luchas feudales por el control de los Tres Reinos de Suecia. Nada que pueda generar sino deseo de seguir leyendo.

Guillou ya conocía el éxito y ganado oficio tanto como periodista como con novelas de espías de las que ya había publicado una serie. Esta incursión al Medioevo iniciada en 1998 representa una investigación por gusto de un autor que ya poseía sus espuelas y que no necesitaba demostrarle nada a nadie. Por eso tal vez es que está narrada con tranquila sobriedad, que no necesita nada más que fluir para ser asimilada. Se ambienta la obra entre 1150 y 1210, en Trilogía de las Cruzadas I – Del Norte a Jerusalén vemos el nacimiento de Arn y su proceso hasta que es enviado a Tierra Santa. En Trilogía de las Cruzadas II – El Caballero Templario, el escenario va alternativamente de Suecia a Tierra Santa, siguiendo las vicisitudes y el destino de Arn y Cecilia, que ha dado a luz al hijo de Arn que queda bajo la tutela de su tío abuelo, Birger Brossa. A su vez se dibujan los bandos enfrentados por el poder en la Suecia medieval, bajo estandartes rojos y azules. En Trilogía de las Cruzadas III – Regreso al Norte tras veinte años de templario, Arn retorna a Gotaland con riquezas y una cohorte de artesanos y médicos musulmanes, judíos y cristianos. Culmina la obra con la histórica Batalla de Gestilren y el establecimiento de los fundamentos de lo que será posteriormente el Reino de Suecia.  Y es lógico porque no basta que nuestro héroe triunfe, sino que su obra sea lo suficientemente importante como para que perdure en una construcción física o virtual que pueda distinguirse vigente hasta la actualidad, lo que por cierto es una clave de la novela histórica a la que Guillou no se sustrae, pero que deja en suspenso hasta el final. Las tres obras fueron condensadas en una sola película de 2007: Arn, el caballero templario, acá su link: http://www.youtube.com/watch?v=cJ9i8hlZSaU 

V
Colofón

Decíamos hace un rato que la peor novela histórica que se puede escribir es la que no conserva su carácter histórico, sino que es anacrónica y representa los intereses ideológicos de su autor antes que la fidelidad histórica. Podemos decir que las tres series presentadas adolecen de estos defectos, por suerte, incluso la de Upton Sinclair. Leamos lo que queramos, pero leamos. Ya viene más.
  
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