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miércoles, 8 de abril de 2015

CRÓNICAS DE LECTURAS 98 - SIMÓN BOLÍVAR - BIOGRAFÍAS Y MITOS


CRÓNICAS DE LECTURAS – 98
Simón Bolívar - Biografías y Mitos

Cuando de España las trabas, en Ayacucho rompimos / otra cosa más no hicimos / que cambiar mocos por babas / Mudamos de condición, / pero solo fue pasando / del poder de Don Fernando / al poder de Don Simón. (José Joaquín Larriva)

Conocí a Bolívar una mañana larga, / En Madrid, en la boca del Quinto regimiento. / Padre le dije: ¿eres o no eres, o quién eres? / Y mirando el cuartel de la montaña, dijo: /  - Despierto cada cien años, cuando despierta el pueblo. (Pablo Neruda: Un canto para Bolívar)

El fuego sagrado de las repúblicas / surge en torno a Bolívar / Las rocas de las dos Américas / son el baluarte de los pueblos. (Canción revolucionaria, París, 1830)

I
Simón Bolívar y las controversias

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco (1783 – 1830) es personaje controvertido, sin duda. Y además, completamente mitificado en toda la extensión de la palabra, hasta los extremos gemelos del culto y la abominación, y no solamente por la República Bolivariana de Venezuela y la Derecha Continental. Encima, la bibliografía sobre él mismo, sus dichos, hechos, ideas y relaciones con casi cualquier cosa, son copiosísimas. No es para menos, la vida misma de este personaje le hace desear a Thomas Carlyle el Homero capaz de escribirla, y a los 185 años de su desaparición física su legado y lo que dejó por hacer es patente en América Latina y rebota aún en España y a su través en la Vieja Europa. Todo esto agudiza cuando nuestros países celebran - o deploran - el bicentenario de la Independencia. 2015 ea el aniversario número 200 de la rebelión del Cura Miguel Hidalgo, que marca un bicentenario bronco e insurgente por un acto de voluntad colectiva, pues el México de Juárez, Villa, Zapata y Cárdenas no se reconoce en el Emperador Iturbide, y evita así una compleja discusión en momentos de lucha a brazo partido contra el Narcotráfico y la Corrupción. El Perú podría haber celebrado así su bicentenario en 1980, pero carecimos del reconocimiento y de la voluntad de reconocer que nuestra independencia se iniciaba con el Levantamiento de José Gabriel Condorcanqui - Túpac Amaru II de 1780. Pero para los que dictan los parámetros sociales de nuestra Historia - que no son los Historiadores - eso es demasiado radical, indio, revolucionario, velasquista, plebeyo, izquierdista. Es decir demasiado demasiado, demasiado González Prada, Vallejo, Ribeyro, Bolognesi, Grau, Mariátegui y todos esos tipos deprimentes que ellos no entienden, pero que no quieren porque huelen a conflictos sociales y problemas no resueltos. Medio en broma y medio en serio, los personajes les recuerdan que los comunistas le quitaron la hacienda al abuelito … y se hacen la pufi en el cojín de la sala. Con este parámetro podemos dividir el espectro respecto a Bolívar en dos grupos radicales: Los que creen con el cubano José Martí que lo que Bolívar no dejó hecho aún está por hacerse; y los que se hacen la pufi si es que empieza a hacerse lo que hay que hacer, y le cargan a Bolívar la culpa del comunismo internacional, el chavismo y cualquier intento de cholos, pardos, negros, blancos e indios de establecer algo de justicia sobre la Tierra americana. Interpretar la Historia pasa por bandería política: Las Derechas de América Latina no gustan de acordarse de la justicia y equidad pendientes. Las Izquierdas se sacuden el sambenito internacionalista asumiendo los héroes continentales de la Independencia con programas más o menos reivindicativos o revolucionarios. Así Bolívar fue adoptado por las Izquierdas como José Artigas, José Gabriel Condorcanqui, Miguel Hidalgo, José Miguel Carrera, Pedro Domingo Murillo, Manuel Belgrano, Antonio Nariño y otros más, en desmedro de “conservadores” como José de San Martín, Bernardo O´Higgins, Bernardino Rivadavia, Miguel de Iturbide, Francisco de Paula Santander.

La Historiografía de derechas reduce así el fenómeno bolivariano y le quita en lo posible todo rasgo revolucionario, lo que respecto a Bolívar es fácil porque no se podía ser marxista antes de Marx, el verdadero cuco que no les deja conciliar el sueño. La Historia para nuestras Derechas es una cosa útil para evitar que les revienten el régimen, y como no hay juicio neutral sobre tema relevante, la pretensión de objetividad resulta en una esquina tras la que se esconden intenciones, digamos, secundarias. Por otra parte, la acción y el pensamiento de Bolívar inspiraron en su momento incluso a la Action Française y al Cesarismo Democrático, si no directamente al fascismo italiano, asuntos que los historiadores de hoy pasan por alto alegremente. Respecto a Bolívar tengo posición, pero entiendo que la única forma de equilibrarla es concretar por qué se dicen ciertas cosas. No hacerlo es burlarse de la inteligencia de los otros, lo que se dice dice más del que lo dice que lo que dice. Simpatizo más con Bolívar que con San Martín, confrontación histórica que se mal resuelve en el Perú al celebrar como Independencia el Bicentenario de su Proclamación por José de San Martín. No le niego el genio estratégico al Prócer de Yapeyú, muy superior al del Libertador de Caracas, pero aunque nos caiga bien Arístides el Justo , quien venció a los persas en Salamina fue el antipático Temístocles. La independencia del Perú no se resolvió en un juego de yan-kem-pó o damas chinas: En las campañas de 1823 y 1824, Simón Bolívar y Antonio José de Sucre se fajaron y fajaron a los peruanos así no les gustase, porque la guerra no se hace por el amor de Dios, y había que defender este Perú hasta con los dientes. Bolívar hizo lo que había que hacer, es penoso que para quejarnos del venezolano nos apoyemos en el argentino cuando ninguno planeó la Independencia del Perú por una “solidaridad americana” inventada en los ´40 para alinearnos en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. La Historia fue como fue y punto, pero por ejemplo no se integra el esencial rol de las logias en la Independencia, creemos que por no quebrarle la cabeza a los fautores de currículas escolares e historias oficiales, aunque sin ellas sea imposible entender por qué unos hicieron una cosa y otros otra. El mundo se ordena bonito si contraponemos Buenos y Malos, Patriotas y Realistas, pero nada es así de simple. En Chile San Martín la vio cuadras por haber líderes dignos de ese nombre, Bolívar en el Perú no enfrentó a nadie de talla, las contradicciones internas en nuestro país superaban las fuerzas unificadoras, Presidentes y Congresistas se pasaban al enemigo y sólo Bolívar estuvo a la altura de lo necesario, como vieron Unánue, Sánchez Carrión y pocos más. La comprensión exacta de quien era amigo y quien enemigo fue oscura para los peruanos, entonces como ahora desconcertadas gentes sin concepto exacto de Patria. Y con todas estas contradicciones trataremos de decir nuestra humilde palabra sobre el Libertador.

II
Biografías (y Otros) “Favorables”

Lo “favorable” es, sencillamente, otorgar “favor” en el juicio histórico, vale decir aprobar la trayectoria vital del biografiado y en consecuencia considerarla como un paradigma digno de ser admirado, seguido e imitado. Puede ser obsecuente y admirativa hasta el culto a la personalidad, que encuentra solo virtudes y calla, minimiza o justifica lo defectuoso; o un simple juicio histórico equilibrado que concluye en una nota aprobatoria, que evalúa haber más valor que antivalor en la intervención del personaje en el devenir de los hechos, y que suele estar invadida por los afectos (¿Qué no le perdonará un hijo a su padre? Martí de Bolívar). Y es el caso que a Simón Bolívar no se le puede cicatear su calidad de Libertador, en mi modesta opinión Título de más lustre y merecimiento que los de Presidente, Emperador, Conquistador o Generalísimo, y digno de pocos como Lincoln, Garibaldi, Mandela y Sun-Yat-Sen. Tiene Bolívar así ventaja frente a sus rivales conservadores, a los que se trata de encajar el mismo título aunque les quede grande. Una importante semblanza favorable es la del Diario de Bucaramanga (1828), del francés Luis Perú de Lacroix, edecán de Bolívar, y muy cercano físicamente, si bien no íntimo política, afectiva o intelectualmente. No llega a Biografía, pero como diario es valioso como fuente histórica, y vale la pena bajarlo desde este link: http://uptparia.edu.ve/libros_iut/diario_de_bucaramangaminciwe.pdf. El otro edecán Daniel O´Leary y sus archivos están en el mismo caso, ambos son extremadamente cáusticos con el Perú. Por supuesto los edecanes están de acuerdo con su jefe, por eso lo listamos acá. La casualidad de nacer el Libertador en Caracas justifica el patriotismo venezolano y colombiano, que desde acá se ve como “endiosamiento” y culto, explicable por la relativa ausencia de una Historia de personajes propios antes de Simón, como por ser un Héroe Fundador, que además en Colombia y Bolivia es quien bautiza y es epónimo, es decir, da nombre a ambas Repúblicas. Así, Augusto Mijares escribe El Libertador, la biografía "favorable" más conocida en Venezuela; y Eduardo Caballero Calderón escribe un muy laudatorio Bolívar, una Historia que parece un cuento, dirigida a niños y basada en sus extraordinarias hazañas; Rufino Blanco Fombona escribirá ensayos para desentrañar la psicología del hombre; Vicente Lecuna recopilará la correspondencia de Simón Bolívar, financiará estudios y convertirá en santuario nacional la casa del Libertador, y además se sentirá obligado a atacar la Biografía del español Madariaga.

El Bolívar del revisionista colombiano Indalecio Liévano Aguirre hace del Libertador un precursor de las luchas sociales en el continente, aunque la contratapa de su editorial advierta haberse escrito en estado de honda pasión grancolombiana, previendo sabiamente el sesgo. Para Germán Arciniegas, Bolívar es un reaccionario napoleónico inteligente, y lo sustrae del rollo izquierdista en que se le incluye. La Biografía del mexicano Nemesio García Naranjo niega las intenciones monarquistas y dictatoriales del Libertador, al que la literatura trata favorablemente, como Gabriel García Márquez en El General en su Laberinto; o como en Las Lanzas Coloradas de Arturo Uslar Pietri. Acá el link al libro de García Márquez: http://www.educando.edu.do/files/8914/0932/5229/Garcia_Marquez_Gabriel_-_El_general_en_su_laberinto.pdf. Cabría esperar de los “extranjeros” no latinoamericanos ni españoles algo más de objetividad, pero este no es el caso, cuando menos en Biografías y otros escritos que he leído. El estadounidense Thomas O´Rourke, seudónimo de Daniel Clinton (Bolívar, el Hombre de la Gloria), por ejemplo, muestra gran entusiasmo por las hazañas bolivarianas y hace constantes paralelismos entre su biografiado y George Washington, espejo suyo en América del Norte. Trata así de mostrar los vínculos positivos, olvidando los fuertes desencuentros entre los Estados Unidos y la Gran Colombia, relievando constantemente el rol de los anglosajones en la independencia. Además, adolece de muchos errores. En el ensayo del coreano Kim-Yong-Ho dícese Bolívar fue el héroe, el caudillo, el símbolo de la insurgencia, y no consigue ocultar su admiración. El alemán Gerhard Masur y su equilibrado Simón Bolívar hace diferencia con el especialista en Biografías Emil Ludwig, cuyo Bolívar, caballero de la Gloria y la Libertad, se centra en comprender las motivaciones del Libertador, en tal sentido es muy esclarecedora. La actualidad política genera también obras sobre Bolívar, compendios de su pensamiento político, explicaciones ideológicas e incluso biografías como la temprana Simón Bolívar del soviético Grigulevitch, y ensayos como Bolívar y la Guerra Social del dominicano Juan Bosch. En el 2005, Alberto Pinzón Sánchez publica Simón Bolívar Conductor Político y Militar de la Guerra AntiColonial, cuyo link es este: http://www.solidarites.ch/vaud/wp-content/uploads/2009/11/libro-bolivar-conductor.pdf
   
III
Las Biografías (Y Otros) “Des-Favorables”

Lo “des-favorable” es obviamente lo contrario de lo favorable, va desde lo despreciativo e insultante, que no encuentra sino defectos, faltas o crímenes; hasta el simple juicio histórico equilibrado pero des-aprobatorio, que encuentra en la intervención del personaje más antivalores que valores, y critica su validez como modelo o paradigma. Considerando que existe un cuerpo de ideas bolivariano (algunos le llaman chavista) particularmente en Venezuela, es natural que la oposición política a los bolivarianos-chavistas trate de minimizar o reducir cuanto pueda la figura de Bolívar. Esto es fácil en el Perú y puede que en Ecuador, pero en Bolivia - país con el nombre del Libertador -, Venezuela y Colombia - que debe su nombre al susodicho - es casi imposible. Carlos Marx está entre los que entendían que Bolívar había renunciado a sus ideales revolucionarios, igual que Napoleón, y lo acusaba de Dictador Bonapartista, en esto eventualmente corregido en las ediciones soviéticas. Se me hace que argentinos y chilenos sentían a Bolívar como un competidor afortunado, con objetivos políticos distintos de los que la trama política sureña tenía en mente. Bolívar en lo político y militar tendía a patear el tablero y resolver todo por la vía directa, la posibilidad de conflictos con el Río de la Plata, Chile e incluso con Brasil no era nada remota. Parece que es visto como un amigo al que es mejor tener lejos, por lo menos eso me dejó la lectura de Bartolomé Mitre en su Historia de la Revolución Americana, que empata con la biografía de José de San Martín. En este contexto, Chile en 1823 - 1825 es suspicaz frente a los proyectos bolivarianos, teme una invasión o anexión por la fuerza, como registra el historiador Diego Barros Arana, y recibe con alivio el retiro de las tropas colombianas del Perú en 1828. En el Perú el best-seller más conocido al respecto es Bolívar, libertador y enemigo número uno del Perú, de Herbert Morote (http://www.herbertmorote.com/Libros/Cuarta%20Edicion%20Bolivar%20Libertador.pdf), que en su cuarta edición abunda sobre Simón Bolívar y el Perú, en el contexto de un trabajo anterior (El militarismo en el Perú), e inspirado aparentemente en un trabajo previo de Félix Calderón: Las veleidades autocráticas de Bolívar. El objetivo del libro no es biográfico, como lo señala el propio autor: (…) este libro se limita a la relación de Bolívar con el Perú por lo tanto no nos extendemos sobre la doctrina ni los famosos discursos que pronunció el Libertador antes de llegar al país y que son citados frecuentemente por políticos y hagiógrafos. La razón de ello es que la teoría bolivariana no serviría para explicar lo que hizo el Libertador para oprimir y desmembrar al Perú. Entendemos que este libro manifiesta menos trabajo historiográfico que una interpretación desde un sesgo anti-bolivariano, interesante para saber qué podríamos los peruanos enrostrarle al Libertador, basados en una suerte de teoría de conspiración en la que Bolívar se frota las manos mientras piensa cómo maltratará al Perú. Pese a todo, el autor no profundiza en las causas o razones por las que un individuo podría ser enemigo de una entidad política como el Perú, y no creemos que la moralidad del Coyote / Correcaminos baste para explicar los hechos. Aparte, se observa el intento de compensar lo dicho con una visión positiva del Libertador, en una muy peruana búsqueda del punto medio que permita mantener las amistades en ambos lados: El Libertador era un hombre provisto de innumerables virtudes, entre ellas (…) su genio militar, su audacia política, su determinación incansable, pero quizá su más notable virtud fue ser un redomado seductor. Conquistaba por igual mujeres u hombres, soldados o generales, pobres o ricos, individuos o masas. Aun sus enemigos se encontraban fascinados por él, en su presencia atemperaban los ataques o simplemente se rendían a sus encantos. Nos recuerda aquí Morote al Tradicionista Ricardo Palma, desfavorable al político Bolívar, aunque favorable al Ser Humano, véase su tradición La última frase de Bolívar.

Era de esperar que sus enemigos dispararían contra Bolívar balas no sólo de plomo: Mariano Torrente en su Historia de la revolución hispano-americana de 1829 - cuando “revolución” era una mala palabra - le moteja de rebelde, sedicioso, traidor y villano. Pero el verdadero paradigma actual de biografía desfavorable de Bolívar es la del español Salvador de Madariaga (1886 – 1978), escritor e investigador a quien también se deben Biografías de Colón, Cortés y Carlos V. En la de Bolívar no oculta su acendrado filo-hispanismo ni su tesis de que la independencia de América Española fue provocada por intereses ajenos a un deber-ser vinculado a una posible (y nunca existente) Comunidad Hispánica de Naciones, lo que también plantea en su interesante Auge y ocaso del Imperio Español en América. Esta biografía intachable desde lo historiográfico, emplea sin complejos profusas fuentes de primera y segunda mano inatacables y muy adecuadas, incluyendo el Diario de Bucaramanga de Perú de Lacroix, y la Historia de Bartolomé Mitre, y se extiende cuanto es necesario y a veces más. Por ello su crítica se circunscribe a la interpretación, y podemos afirmarle como mérito principal el ser implacable con Bolívar. Por ejemplo, sostiene la tesis de la intención monarquista de Bolívar, apoyándose en la gran influencia que Napoleón proyectó sobre el hombre, sin la que es casi imposible comprender la época. En este sentido la Biografía de Madariaga cumple un rol en medio del monocorde y aburrido coro de alabanzas y ataques bolivaristas de América Latina, la de ser fiel a los hechos y a la vez provocadoramente crítica.      

IV
Juicio a Bolívar, y lo demás

¿Cómo se plantea un juicio histórico? Dicen Marc Bloch y Lucien Febvre que el fin de la Historia no es juzgar sino comprender, lo que no quiere decir no que no haya juicio, sino que su validez depende de un acto cognitivo y volitivo destinado a entender los hechos y procesos, las personas y las circunstancias, antes de plantear valoración alguna. Pero a nosotros nos interesa el juicio ético en tanto que político. Así parece superficial lo que trató de hacer Herbert Morote en su libro, pues el escenario político de la Independencia de la América Hispana es muy confuso visto desde hoy, y la actualidad política no basta para comprenderlo: Las repúblicas en formación fabrican su Historia a la medida para darse soporte ideológico existencial, tal como las monarquías. En el medio siglo entre 1780 y 1824 hombres como José Gabriel Condorcanqui, Tomás Catari, Julián Apaza, Mateo García Pumacahua, Pedro Domingo Murillo, Francisco Miranda, Antonio Nariño, San Martín y Bolívar y muchos otros habían puesto sobre la balanza situaciones irrevocables: Por ejemplo, que los rusos no vinieran a pelear por Fernando VII con elementos muy superiores a los españoles, fue gracias a la estrategia de San Martín y su ejecución en Chile, que sin siquiera proponérselo hace puré en Maipú la alianza hispano-rusa cocinada en Verona. La fase de El Imperio Contraataca en el Caribe es una feroz guerra social que despuebla Venezuela y se expresa en las rebeliones de siervos y esclavos de Haití y México, que limitan y formatean los temores que dan lugar a las alianzas y contra-alianzas de más al sur. Iturbide da forma monárquica y conservadora al México independiente con el ejército trigarante en 1821, tratando de salir del atolladero político-social y sin saberlo construye un paradigma que San Martín trató de seguir en el Perú.

Es más, cada vez que decimos alegremente “el Perú”, en realidad no sabemos de qué hablamos. El desembarco de San Martín fue visto por muchos como Invasión. La Independencia, y menos aún la Libertad, no era objetivo político. San Martín y Bolívar ocuparon el Perú para asegurar la Independencia de sus países, no para liberarnos a nosotros, esa tarea era nuestra. El concepto en que se tenía al Perú lo muestra Bolívar en su Carta de Jamaica de 1815: El virreinato del Perú, (…), es sin duda el más sumiso (…) Chile puede ser libre. El Perú, por el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo género justo y liberal: oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad (…) Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la democracia. Si uno mira el Corrompido Perú de hoy, sorpréndese de la clarividencia de Bolívar: Oro y Esclavos parece nuestro horrible destino, hasta que hagamos lo que los demás ya hicieron, imponer la Libertad que aún nos es esquiva. Y así entendemos lo que Martí decía de Bolívar, que lo que no hizo aún está por hacer. Aunque tratamos de zafar cuerpo y ocultar el desastrado papel que jugamos en nuestra “independencia”, se evidencia casa vez más nuestro triste papel de comparsas. Paremos de sufrir por lo malo que fue Bolívar con nosotros los pobrecitos peruanos. Y ya que estamos siendo implacables, chequéense lo que dice Alfonso Quiroz en la Historia de la Corrupción en el Perú sobre el saqueo patriota perpetrado por el “Santo” José de San Martín y sus amigos Monteagudo y compañía, que tampoco vinieron a “liberarnos”, sino a consumar su propia independencia. Ya va siendo hora de dejarnos de marinerías y asumir nuestras responsabilidades históricas.

Todo esto no quita hacer duro juicio de Bolívar, del período y sus protagonistas, y de los historiadores, apologistas e ideólogos, sin perder de vista que para que la Historia nos sirva de algo ha de ser verdadera. Los sesgos emocionales no caben, y que los hay en ambas direcciones se ve en la buena película venezolana El Libertador (https://youtu.be/5eX0iGkU7s4), muy a la moda en eso de reescribir la Historia, véase el inmarcesible ejemplo de Inglorious Basterds de Tarantino. Se sugiere que el relato de la muerte de Bolívar en Santa Marta habría sido cobertura o cortina de humo tendida por los poderes de la época para ocultar su asesinato y plantear cómodos contenidos ideológicos (He arado en el mar, por ejemplo). Es verdad que en un hombre como Bolívar morir a los 47 años es, por decir lo menos, sorprendente, pero de ningún modo es raro que la muerte nos atrape cuando todo parece ir mejor, así que a falta de pruebas el asunto es pura especulación, y punto. Otra película que puede ser interesante es la producción Bolívar el Hombre de las Dificultades (https://www.youtube.com/watch?v=wXEW6pTrvts ). Si de algo sirve la Historia es para separar la paja del grano y dar información fidedigna que dé luces para el juicio. Bolívar tenía gran sentido propagandístico y enorme sentido de la Historia, es natural que sus documentos, en particular su correspondencia, se escribieran con ello en mente. Pedirle sinceridad a prueba de balas y blanca pureza de propósitos es ingenuo. Convertir en Ideología un conjunto de ideas aparece porque se necesita, por ello la cantidad espectacular de compilaciones del pensamiento político de Bolívar, del que podemos aconsejar la compilación de Manuel Trujillo, cuyo link es este: file:///D:/BLOG/Cr%C3%B3nicas%20de%20Lecturas/Bajamos%20libros/PAR001.pdf .
Asimismo, una Bibliografía que no agota el tema pero que sí nos puede conducir por rutas interesantes es ésta: http://www.museosdetenerife.org/assets/downloads/file--80b92d0fc2.pdf
 
V
Colofón


No agotamos el tema, apenas lo introducimos, por otra parte es lo que queríamos hacer. La ambivalencia en que los peruanos vivimos respecto a Bolívar no se aclarará hasta que no nos aclaremos a nosotros mismos quienes somos y qué queremos. Es desde el hoy que entendemos el ayer que nos da sentido. Por eso tenemos que leer Historia, para saber qué pasó y cómo lo entienden los investigadores, pero sobre todo para saber qué queremos y qué podemos ser. Y punto por hoy. 

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martes, 12 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 64 - ESCUELA DE LOS ANNALES

CRÓNICAS DE LECTURAS – 64
Escuela de los Annales

I
Escuelas en Historia

Una escuela en Historia imagino que cuestiona cómo se hace la Historia a la fecha y plantea alternativas coherentes al efecto, que reformulen el modo de entender y reconstruir el pasado. La crítica a la Historia suele proceder desde los actores que algo esperan de ella, que suponen que el conocimiento e interpretación de los hechos humanos del pasado deben servir de algún modo a la colectividad. Esto implica de arranque una hermenéutica, una interpretación adecuada de los textos, es decir del lenguaje empleado para describir la realidad. Y se hace desde fuera de la Historia por una cierta forma de valorar los Hechos, y creo que eso es Historiografía en el mejor de los sentidos. La manera de hacer Historia puede historiarse, alguna vez hicimos ese esfuerzo en combinación con nuestro amigo el Historiador Bethford Betalleluz y otros capaces profesionales con la finalidad de hacerle a nuestros docentes de Historia la vida un poco más fácil: http://www.ciberdocencia.gob.pe/archivos/Como_se_construye_el_conocimiento_caratula.pdf. La Filosofía - cancha privilegiada de la hermenéutica – le impone a la Historia una demoledora crítica desde Descartes y el Discurso del Método, que creció con la Ilustración y la Sospecha, veamos qué dice Nietzsche: Quien haya aprendido a reconocer (…) el sentido de la historia ha de sufrir al ver curiosos viajeros y meticulosos micrólogos trepar por las pirámides de grandes épocas pasadas. (…) Para no desfallecer y sucumbir de disgusto, entre estos ociosos débiles y sin esperanza, entre estas gentes que quieren parecer activas cuando no son más que agitadas y gesticulantes, el hombre de acción mira hacia atrás e interrumpe la marcha hacia su meta para tomar aliento. Se trata de forzar a la Historia a que mire más allá de monarcas, guerras y tratados, lo que tuvo entre muchas consecuencia la de hacer de la Historia una disciplina odiosa, memorística e inútil para generaciones de jóvenes. 

La Escuela de los Annales desbrozó el camino y le abrió paso a otros modos de hacer Historia. Lleva el nombre de su Revista, fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre en 1929, cuando ambos enseñaban en la Universidad de Estrasburgo: Annales d'histoire économique et sociale, rebautizada luego Annales. Economies, sociétés, civilisations, y aún después en 1994 como Annales. Histoire, Sciences sociales. La idea – fuerza es la de una Historia que no vive sola en su torre de marfil, que le hace espacio a otras ciencias: Geografía, Economía, Psicología, Lingüística, Antropología, Sociología, etcétera, y se deja influir a profundidad por ellas. Esta reacción a la historiografía francesa del siglo XIX, de autores como Guizot,  Thiers o Michelet no reniega de los antecesores sino de la tiranía del documento escrito y de los hechos que narran. A la primera generación de los Annales pertenecen Febvre y Bloch (maquis, judío y asesinado por los nazis) y le sigue una brillante Segunda Generación liderada por Fernand Braudel, que introduce el concepto de Duración (Corta, Mediana y Larga) tan evidente como el del celebérrimo Huevo de Colón, pero igualmente huidizo de tan sabido. A esta generación pertenecen también Marc Ferro y Jacques Le Goff, y se les ha criticado su estructuralismo reactivo al funcionalismo de Febvre; eso sí dentro de la marca de fábrica de los Annales: El extremo rigor científico. La Tercera y Cuarta Generaciones son, a su vez, críticas del estructuralismo de Braudel y más heterogéneas, si se quiere más liberales y abiertas a otras líneas de pensamiento, a una Nueva Historia. Como no es nuestra intención ser tan exhaustivos, centramos la Crónica en esta ocasión en los representantes y obras indiscutibles de la Escuela de los Annales.     

II
Apología de la Historia o El oficio de historiador, de Marc Bloch

“Papá, explícame para qué sirve la historia”, pedía hace algunos años a su padre, que era historiador, un muchachito allegado mío. Quisiera poder decir que este libro es mi respuesta. Porque no alcanzo a imaginar mayor halago para un escritor que saber hablar por igual a los doctos y a los escolares. Pero reconozco que tal sencillez sólo es privilegio de unos cuantos elegidos. Así empieza esta Apología de la Historia, escrita en momentos de derrota y depresión para la Douce France, y truncada por la muerte temprana de Bloch, fusilado bárbaramente por los nazis en 1944. Su posterior edición y publicación quedaría en manos de Lucien Febvre, a quien Bloch dedica la obra, y que al final de ésta comenta los principales detalles de la edición. Bloch es un escritor vivaz y solvente, apasionado y erudito de la Historia, aunque simple y coloquial – como cuadra a tiempos de guerra, cuando la Nación debe afirmarse en sus bases – en el desarrollo de los diversos aspectos de la teoría de la Historia, algunos realmente abstrusos pero de manera incluso encantadora. El peso teórico de estos temas se aligera con la capacidad para la explicación y los adecuados ejemplos de experiencia directa de Bloch, especialista en Historia Medieval. El principal mérito de esta deliciosa obrita es el conseguir hacernos potables y democráticamente accesibles a los lectores - y a todos los lectores - las dificultades y bellezas del estudio del devenir de los hombres. En las ediciones mexicanas este libro se nombra Introducción a la Historia. Pero yo me poseo la edición del Instituto Cubano del Libro, La Habana 1971, que entiendo más fiel cuanto al título; y aprovecho para rendir homenaje al aporte tesonero y notable que las editoriales de la Cuba de la Revolución han hecho a la Cultura. Tiene este libro cuatro partes, y en la edición cubana además el añadido de cuatro pequeños artículos más, anteriores y diferentes a la obra en sí, aunque de temática parecida y escritos en tiempos indudablemente más felices, o si se quiere menos exigentes que los de la ocupación nazi: La Explicación en la Historia; El Problema de la Previsión; Orientación General de la Investigación y Algunas Observaciones de Método.

Que este libro es fresco y vital queda demostrado por su pervivencia a través de los años. Quién podría decir que la Observación, la Crítica y el Análisis histórico (Capítulos y Partes integrantes de esta Apología) se pueden narrar de manera tan sabrosa, en estructura tan simple y excelente, y con tanta economía de medios y elegancia en la expresión. En mi modestísima y pedante opinión su narrador podría perfectamente ser nominado a un premio nobel de Literatura como el acordado a Mommsen o a Churchill. Lo que se dice es lúcido no solamente por su contenido sino por el modo como nos lo cuenta: … la necesidad crítica no ha conseguido todavía conquistar plenamente la opinión de las “gentes honradas” (en el viejo sentido del vocablo) cuyo asentimiento es, sin duda, necesario a la higiene moral de toda ciencia, y particularmente indispensable a la nuestra. ¿Cómo, si el objeto de nuestro estudio son los hombres y éstos no nos entienden, no tener el sentimiento de que no cumplimos nuestra misión sino a medias? Estas palabras son de actualidad en estos aciagos tiempos de postmoderna gelatina intelectual incapaz de diferenciar entre la certeza y su ausencia, entre la verdad y la falsedad, entre lo que dicta el interés de los dueños del Capital y lo que es producto de una racionalidad considerada más allá de sus propios límites (que el sueño de la razón también puede parir monstruos). Aún las honradas gentes a las que se alude no han tomado el timón de nada en nuestra casi bicentenaria república, y en consecuencia la Historia con tan pocas excepciones está aún hegemonizada por los cuentistas de mitos y por insidiosas engañifas. El fraude, por naturaleza, engendra el fraude; y me atrevo a añadirle al maestro Bloch, es peor el fraude cuando muchos lo quieren porque lo necesitan para construir y mantener intactas sus torres de marfil.  Pero leer a tipos como Bloch nos da la esperanza de creer que no estamos muertos ni totalmente degenerados, aún. Aquí el link a la Apología de la Historia, en versión de editorial mexicana:

III
Combates por la Historia, de Lucien Febvre: Definiciones

Tras lo sencillo de reseñar al guerrero y metódico Marc Bloch se puede continuar sin variante con su compinche Lucien Febvre. Son los historiadores franceses más influyentes del siglo XX, tienen en común el carácter combativo y casi coloquial, pero mucho más desarrollado en los Combates:  … el título que he escogido recordará lo que siempre hubo de militante en mi vida. Lucien Febvre gozó de más tiempo que Bloch para decir lo suyo y lo organizó con más profundidad y estructura en sus Combates, producto de momentos de conflicto conceptual, confrontación filosófica y guerra mental durante medio siglo. Los Combates son ensayos sobre Historia, precedidos de una intención manifiesta en sus títulos. Febvre hace gala de honestidad intelectual y praxis operativa al no prohibirse a sí mismo aportar modificaciones formales, aligerar de consideraciones circunstanciales, modificar títulos para subrayar mejor el espíritu de un artículo ni remitir a trabajos posteriores si esto fuera necesario. Así que ni bien abrimos el libro estamos frente a un documento que a pesar de su engañosa reducida extensión está repleto de fecundas ideas. Pero el piso está plano y es fácil de leer, no como Bloch pero sí al alcance de cualquiera con mediana cultura, que además disfrutará de la pasión aunada al conocimiento. El primer Ensayo - Examen de Conciencia de una Historia y de un Historiador - refiere al Collège de France y a la disciplina de la Historia entre 1892 y 1933, muestra su concepto de Historia, análogo al de Bloch, pero mayor: La historia es la ciencia del hombre, ciencia del pasado humano. Y no la ciencia de las cosas o de los conceptos. Sin hombres ¿quién iba a difundir las ideas? (…) No, sólo del hombre es la historia. No se historia a Francia, al Perú o a los Andes Centrales, sino a franceses, peruanos y andinos. Que la historia pertenece a los vulgares y silvestres, no a las entelequias por más amadas que nos sean. Y me pregunto acá por qué no tenemos una Historia de los Peruanos. O quién sabe, quizá exista y me equivoque. Tal vez me lance, si no la hay, aun no siendo Historiador.  

En Vivir la Historia. Palabras de iniciación, Febvre aborda la unidad del adjetivo y el método: hablando con propiedad no hay historia económica y social (…) la fórmula (…) no es más que (…) herencia de las largas discusiones a que dio lugar (…) el problema del materialismo histórico (…) No hay historia económica y social. Hay la historia, sin más, en su unidad. Insiste en la historia como estudio científicamente elaborado y se remite una y otra vez al objeto: Los hombres son el objeto único de la historia. En De cara al viento – Manifiesto de los nuevos Annales, refuerza la actualidad del trabajo del historiador que no trabaja con cosas muertas sino con los hombres vivos y con las ciencias de hoy, no las narrativas del ayer. La vida, esa continua pregunta se introduce en las generaciones, empezando por la suya propia en un texto poético que evoca el propio pasado, el de los hombres que nacieron entre 1875 y 1880. El artículo Por una historia dirigida. Las investigaciones colectivas y el porvenir de la Historia aboga por el desarrollo de la Historia como ciencia a la par de las demás ciencias, desde la Física hasta la Sociología, y prevé en el futuro la investigación colectiva en laboratorios de Historia formados por equipos interdisciplinarios.

En Contra la simple historia diplomática. ¿Historia o Política? Dos meditaciones, una de 1933 y otra de 1945 atacan la permanencia de una visión en dos libros: el de 1933 Histoire Diplomatique de l´Europe (1871 – 1914), del que abomina el considerar al hombre desde una sola de sus facetas: Se expulsó casi por completo del campo de los estudios serios  (…) a este homo economicus al que sonríen con complacencia muchos economistas bienintencionados. Cuando se habrá eliminado (…) al homo diplomaticus (…) se habrá asegurado el triunfo de la razón clarividente (y) se habrá realizado una buena acción. El otro libro es de 1945: La paix armée (1871 – 1914) y aunque es un libro hecho a consciencia por un buen universitario, habituado a un trabajo honesto; critica la pertinencia del concepto Paz Armada, la ausencia de Geografía y Economía, el desenfoque que es tratar de explicar Europa sin el mundo. Pero lo que más le subleva es el apoyo al pequeño juego que nos llevó a nosotros, a nuestros diplomáticos y a nuestra diplomacia, allá donde nos llevó (…) Antes de 1940 pudo decirse (…) pecado contra el espíritu. Después de 1940 se debe decir: Pecado contra Francia. No queremos más. Gritaremos tan alto y tan fuerte como haga falta.

IV
Combates por la Historia, de Lucien Febvre: Más Polémicas

En Por la síntesis contra la historia-cuadro. Una historia de la Rusia moderna. ¿Política en primer lugar? se critica la publicación de Charles Seignobos, Pablo Miliukov y otros de la Histoire de Russie: (Seignobos) explica (…) porque no hay nada qué decir: “falta de documentos” en primer lugar y “falta de acontecimientos” (…) permitid deciros que si esto es un método, es un método detestable. Hay crítica al sesgo ideológico, no porque Febvre defienda otro, como ciertas gentes que creen que la vida sólo soporta dos opciones nomás y juzgan a otros desde su limitación ideológica, sino porque es científico: Si queremos saber lo que (…) anima a los hombres que (pilotan) el navío de la URSS (…) lo preguntaremos a diez observadores franceses, ingleses, americanos u otros que han visto y hacen ver, que (…) se contradicen (¡por suerte!) en muchos puntos, pero se ponen de acuerdo en otros. (…) explicar la historia de la nada, ¿es una apuesta? Y es que la Derecha Francesa de los ´30 y ´40 era lo más cerval y fascista que concebirse pueda, hasta nuestra Derecha Bruta y Achorada - que no es perita en dulce - es exangüe en comparación, véase la Cagoule, a Laval y Daladier y veremos una mafia frente a la que el apra y el fujimorismo son juegos de niños. Contra esto insurgieron Febvre y Bloch, que pagó con la vida.

En Contra el inútil torneo de las ideas – Un estudio sobre el espíritu político de la Reforma comenta en los Annales un libro que le deja malestar por su método: Para el historiador, comprender no es aclarar, simplificar, reducir a un esquema lógico perfectamente claro, trazar una proyección elegante y abstracta. Eso, dicho sea de paso, es la labor del profesor, del docente. Para el historiador comprender es complicar. Es enriquecer en profundidad. Es ensanchar por todos los lados. Por eso es inútil el torneo de ideas: No soy amante de las controversias. Me esfuerzo por ser historiador. En Ni historia de tesis ni historia-manual. Entre Benda y Seignobos establece algo que muchos acá no entenderán por creer que la mente y el mundo son bipolares: criticar a los que critican algo no es apoyar ese algo. Febvre critica a los editores que atiborran a un público ávido de que se le engañe con “vidas novelescas”, “indiscreciones de la historia”, “interioridades” y “revelaciones”; pero critica a los historiadores que apuntalan esos libros como de historia cuando no lo son. Responde también a Julien Benda, renombrado profesional de la pedagogía histórica, de preocupaciones tan actuales que podríamos sustituir Francia con Perú y seguiría funcionando: Los historiadores suelen callarse sobre temas de envergadura, y dejan a profes y editores tirando cintura, y luego se quejan. Por ejemplo, con el problema de la nación: ¿Quién forjó la nación en el yunque de los siglos? ¿Sus jefes y sus reyes, como se dice a menudo? ¿O la totalidad de sus miembros, formando cuerpos y grupos, animados por una oscura, pero potente voluntad colectiva? Y no continúo con la polémica, en parte porque me está saliendo recontralargo, en parte porque dese usted el trabajo querido lector de leerse los Combates.

En Y en todo eso, ¿dónde está el hombre? Sobre un manual ataca el memorismo y la idea misma de los manuales de historia. En la carta de 1933 Contra el espíritu de especialidad rompe una lanza por los equipos de trabajo y un enfoque que hoy llamaríamos holístico de la investigación y la divulgación de la Historia. El artículo Contra los jueces suplentes del valle de Josafat tiene un título que quizá no entiendan mis lectores que no tengan cultura católico-francesa-decimonónica - salvo hayan estudiado con la orden religiosa de los Sagrados Corazones – y se refiere al juicio histórico, que análoga al Juicio Final que tendrá lugar – dícese - en dicho Valle. En Sobre una forma de hacer historia que no es la nuestra. La historia historizante y Dos filosofías oportunistas de la historia. De Spengler a Toynbee se lanza a críticas profundas de la metafísica difusa confundida con la Historia, y contra el empleo de términos no definidos que le quitan especificidad a la ciencia y no le añaden nada útil. El análisis de las obras de Spengler y Toynbee (Los tres primeros tomos) es particularmente agudo. Hacia otra historia es el comentario del colega y el amigo a dos libros escritos por dos autores de la Escuela: La Apología de la Historia de Marc Bloch y el libro-tesis de Fernand Braudel, La Mediterranée et le monde mediterranéen à l´époque de Philippe II.   
El vínculo a esta obra que no vacilo en calificar de genial – visión personal y subjetiva, y por eso mismo válida - es:

V
Colofón

Por supuesto la Escuela de los Annales cuenta con más autores importantes, como Jacques Le Goff y Georges Duby, entre otros. Es un presente, no un pasado terminado y finiquitado. Pero lo importante acá no es eso, es el hecho que para hacer Historia hay que conceptualizar sobre lo que tratamos y nada debe darse por sentado. Y a la vez no olvidar de qué trata la Historia: No de entelequias, no de metafísicas, sino de seres humanos. El que tenga Oídos, que Oiga.

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jueves, 5 de septiembre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 53: HISTORIADORES GRIEGOS CLÁSICOS

CRÓNICAS DE LECTURAS – 53
Historiadores Griegos Clásicos

I

La Historia en la Grecia Clásica

En el principio la Historia era algo muy distinto de la Ciencia que pretendemos que es ahora. Algunos le discuten ese carácter aún, pero para ciertas cosas hay obligación de ser riguroso, aún más para decir qué cosa es y qué no es Ciencia. En los albores de la humanidad la Historia era la explicación de la existencia de las cosas y se confundía con el mito. Por otra parte, si las condiciones para decir que “x” es Ciencia son rigurosas, habría que ser un Giambattista Vico para decir que tenemos algo parecido a una Ciencia. Y para otros, por lo menos hay que llegar a la escuela de los Annales. En mi recuerdo anda la Historia Universal de César Cantú, historiador italiano del Siglo XIX, que pertenecía a mi amigo Alejandro García Rossell, la que yo leía “por entregas”, prestándome un tomo cada cierto tiempo. Me impresionó que empezara por la creación del mundo según la Biblia, lo que no me sonaba muy científico. Cuando me iba a un tomo ulterior la situación no mejoraba: Se condenaba la alianza Franco-Turca del siglo XVI contra España y el Papado. El historiador del siglo XIX narraba la Historia en función de su clericalismo conservador, de su oposición a la unidad italiana y al liberalismo. Esa Historia tenía poco de ciencia y demasiado de opinión política. Pero fue por Parménides, filósofo griego clásico, que diferenció δόξα (doxa - opinión) de ἐπιστήμη (episteme - conocimiento cierto y verificable), que empezó a arreglárseme algo la vaina esta de entender la Historia como Ciencia. 

La narración de Homero es leyenda referida a los dioses, y se ve a estos intervenir todo el tiempo en los sucesos humanos. En Herodoto en cambio la narración se vuelve investigación, comienza por interrogarse sobre el pasado del ser humano, y constata que responderlas nos dirá algo sobre el ser humano mismo. Y eso ya es Historia, los relatos de las hazañas de los hombres, de los enfrentamientos entre Grecia y Persia, hechos en los que la intervención de los dioses en el mejor de los casos está velada. Los historiadores saben que dichos sucesos acaecieron por los testimonios, así recoger y narrar testimonios se hace parte esencial de la disciplina de la Historia, suma de relatos con Herodoto, Jenofonte y sus antecesores; crónica cuasi jurídica con Tucídides. Aunque combinada con otros elementos de diversa procedencia, ya existe Historia y el título de Padre de la Historia acordado a Herodoto parece merecido. Parece incluso que lleva ventaja a los postmodernos que buscan entes metafísicos para explicarse los acontecimientos, Herodoto se basta con los actos de los hombres, la cronología aparece y se vuelve auxilio para ubicar los hechos en un antes y un después, y por ahí empieza a colarse la racionalidad en la Historia, en la relación causa – efecto tan particularmente clara en Tucídides. No es suficiente para decir que tenemos una Ciencia formada y una Epistemología definida, pero para empezar no estuvo nada mal.        

II

Herodoto y Los Nueve Libros de la Historia

Esta es la exposición del resultado de las investigaciones de Herodoto de Halicarnaso para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros – y, en especial, el motivo de su mutuo enfrentamiento – queden sin realce. Así se inicia la magna obra de Herodoto, los Nueve Libros de la Historia. O la Historia, así llamada a secas, como si no hubiera la posibilidad de que ningún otro relato se denomine así. Probablemente así era en el momento o así lo pensaba el propio Herodoto. Me lo imagino varón maduro y trajinado, medio provinciano, natural de un Halicarnaso bajo soberanía persa, que llega a la metrópoli ateniense tratando de hacer valer su erudición, experiencia y apego a los dioses. No fue el primero en ello, ni sería el último. Incluso Plutarco dijo de él que inclinaba su favoritismo hacia Atenas y la hegemónica familia de los alcmeónidas a la que pertenecía el gran Pericles. Hoy en día Los Nueve Libros de la Historia son juzgados más imparciales de lo que se creyó por siglos. Y por cierto en parte es porque aquí se inicia la “narración larga” en lengua jonia y se diferencia de los que le anteceden porque busca el sentido de lo que narra en lo narrado. Aunque no es un filósofo que trata de demostrar un logos, sí relata hechos y se detiene de vez en cuando para darles el sentido que viene dado en el equilibrio entre las decisiones de los hombres y el ciego destino que los dioses les acuerdan. Los apogeos y caídas, las victorias y derrotas, los hechos públicos y los sucesos “privados” se vinculan en ciclos que se equilibran, y por eso los mensajes de los dioses por medio de oráculos y sueños son de importancia para develar algo de esos ciclos circulares en los que se presentan los acontecimientos que la Historia narra.

Y sin embargo, Herodoto no es filósofo sino logógrafo, es decir un relatador de historias (lógoi) – Tucídides, por cierto, dirá después que Herodoto no es más que un logógrafo – que recoge de diversas fuentes. Es decir, es un investigador. No se diferencia mucho del geógrafo Hecateo, su inmediato antecesor en esto de contar lógoi, de los que alimenta sus larguísimas digresiones que sin embargo tiene planeadas y dan cuenta de lo que sabemos de la antigua historia de naciones como Egipto y Escitia. La extensión de lo que escribe y su orden lo diferencian de sus predecesores. Eslabona lógoi de distintas procedencias y referidos a diversos hechos o sujetos, algunos incluso tildados de novelas por los componentes fantásticos que registran, que no parecen sino sacados de Las Mil y Una Noches, como la historia de Polícrates, antecesor de Simbad y Alahu-d-Dín. En todo caso, inconsciente o conscientemente, Herodoto trata de continuar la narrativa iniciada en los poemas homéricos, con las transformaciones que hemos visto, y ahí en su transcurso descubrirá un algo – un logos – que podría llamarse Historia Universal, que como paradigma conservamos hasta hoy, pero que entonces era extremadamente complejo de entender porque no correspondía a los paradigmas de lo que podía conocerse. Pensemos en Platón y Aristóteles y su terca y opuesta búsqueda de la esencia, que se pierde en la sucesión de los acontecimientos que la historia narra: Nadie se baña dos veces en el mismo río, y acá el problema no es bañarse, sino conocer el río.
Una versión de Los Nueve Libros de la Historia la encontrarás en este link: http://www.ebooksbrasil.org/adobeebook/nuevelibros.pdf

III

Jenofonte y La Anábasis, 
o La Retirada de los Diez Mil

Casi siempre soñamos o deseamos que las historias épicas sean verdaderas. Nos gusta cuando las gentes emprenden esfuerzos importantes y salen victoriosos de las luchas por la supervivencia. Este fue el caso de Jenofonte el poeta, filósofo y guerrero tan poco sospechoso de aspirar al estatus de historiador, y sí más bien lúcido y apasionado cronista de los dramáticos sucesos que le tocó vivir. Veterano de la caballería ateniense en las guerras con Esparta, antiguo discípulo de Sócrates y compinche de Platón, harto de la mediocridad de los Treinta aristócratas Tiranos, se conchabó de mercenario siguiendo a su amigo del alma Proxenio en la aventura que emprendió Ciro el Joven, aspirante al trono persa ocupado por su hermano Artajerjes II. Las Guerras Médicas y las humillantes derrotas persas de Maratón, Platea, Salamina y Cabo Micala, les habían mostrado la ventaja de contar con mercenarios hoplitas, si bien parece no aprendieron del todo bien lo costoso que es combatir a las democracias. Unos 10,000 griegos se sumaban a la fuerza de Ciro el Joven en Cunaxa, batalla cuyo fin fue la muerte del propio Ciro, con el lógico desbande de su ejército. Los de Artajerjes prométense fácil victoria y botín, invitan a parlamento a los jefes helenos – entre ellos el espartano Clearco y el mismo Proxenio -  y los matan a traición creyendo que desmoralizarían a la tropa. Los persas no aprendían la lección, error que también cometieron los reyes absolutos de los siglos XVI a XX, el Káiser Guillermo, Adolf Hitler y una fila de jerarcas soviéticos: Se metieron con la democracia. Los griegos en Cunaxa, advertidos del doble discurso persa, formaron sobre la marcha un ágora portátil y una Polis móvil, nombraron jefe al propio Jenofonte, e iniciaron la Anábasis - ανάβασις, la Gran Retirada de los Diez Mil a lo largo de más de 4000 kilómetros de territorio hostil hasta la Trebizonda en las costas del Ponto Euxino, hoy Mar Negro.

Como todo verdadero jefe que se respete, Jenofonte es modesto, sabe cuánto le debe a los soldados, a los que respeta como ciudadanos armados que son, y se hace personaje secundario de sus propias crónicas, refiriéndose a sí en tercera persona, recurso que estudiadamente empleará después Cayo Julio César en De Bello Gallico. Jenofonte escribe en lenguaje coloquial, sencillo y llano, expresionista y minucioso, véase esta parte que no parece sino que habla por sí misma: Quirísofo y los generales de mayor edad reprochaban a Jenofonte el haberse separado de la falange para acudir donde el enemigo, poniéndose en peligro sin obtener resultados positivos. Al oír esto, Jenofonte les dio la razón. “Pero – díjoles – me vi forzado a perseguirles porque veía que si nos manteníamos sin hacer nada, sufriríamos el daño que nos quisiera hacer el enemigo, sin poder obtener el desquite (…) los enemigos arrojan sobre nosotros flechas y piedras desde una distancia tal que es imposible que la obtengan los arqueros cretenses ni los que lanzan dardos con la mano.(...) Si queremos impedir que nuestros enemigos puedan causarnos males (…), necesitaremos lo antes posible honderos y jinetes”. Se muestra al estratega y táctico que con paciencia y detalle explica a los hombres qué pasa y qué piensa hacer para resolver las cosas, porque el mejor soldado es el que sabe lo que se hace. Alejandro Magno, Julio César, Saladino, Napoleón Bonaparte, Eisenhower, lo aprenderán así de él, será uno de los secretos de sus grandes victorias. Políticamente Jenofonte es conservador y partidario del panhelenismo, resultado de la experiencia de haber vivido en medio de griegos de todas las procedencias enfrentados a circunstancias extraordinarias. Los sentimientos y emociones pueden contar más que la razón y esto es algo que todo líder aprende por poco que se comprometa. Los griegos emocionados al ver el mar tras heroica marcha lo saludan con los gritos de  θάλασσα, θάλασσα (Thalassa, Thalassa = ¡El mar, el mar!). Imaginamos que fue en ese momento precisamente que Jenofonte se sentó a descansar por primera vez desde Cunaxa, y se dijo esta historia tengo que contarla.

En este vínculo hallaremos una versión de la Anábasis:
http://www.todoebook.net/ebooks/ClasicosGriegos/Jenofonte%20-%20Anabasis%20-%20v1.0.pdf

IV

Tucídides y la Historia de la Guerra del Peloponeso

Herodoto y Jenofonte son dos personajes más o menos comunes y silvestres, socialmente no demasiado destacados. Tucídides en cambio era miembro de una de las familias tradicionales de Atenas, los Filaidas, a la que pertenecieron Cimón y Milcíades, nada menos. Así que por derecho de familia fue estratego en la Guerra del Peloponeso, con tan mala suerte que el espartano Brásidas le derrotó, y fue por ello condenado a exilio por la nada complaciente democracia de Atenas. Así que Tucídides muy afecto a la democracia no era, pero le era fiel debido al concepto religioso de la polis que compartía con todos los griegos de su tiempo. Ese equilibrio se muestra en su libro y le da caché de historiador, parece que debiéramos atribuirlo al hecho de haber sido desterrado, y ver las cosas desde mayor distancia, perspectiva y perspicacia. Por eso se alejará a sabiendas del arquetipo establecido por Herodoto, al que tildará de simple logógrafo (hacedor de discursos). La obra de Tucídides se basará así en una especie de contrato entre el autor y lector: el lector te cree, pero porque tú le dices la verdad y puedes probar lo que narras por ser testigo de vista de ello. Así al logoi (discurso) se le añade el erga (acontecimiento), es decir que lo dicho en el logoi se apoya en la prueba de testigos interrogados que dan información que se corrobora y apoya en pruebas válidas jurídicamente. En cierto modo podríamos decir que Tucídides escribe “bajo juramento”, o por lo menos nos logra hacer creer que así es.

El formato legalista de la historia según Tucídides le lleva así a escaparse de la colección de anécdotas e historias en que a veces cae Herodoto, y a desarrollar ciertos aspectos de lo narrado a los que el susodicho no les daba tanto peso: Las motivaciones que movilizan a los actores, por ejemplo sus temores y ambiciones, la psicología interior que revela el material del que está hecha su alma. No se conforma con la explicación herodotiana del ciclo y equilibrio marcado en última instancia por una instancia medio mítica medio filosófica, sino que se adentrará en las complejidades del libre albedrío como explicación de los sucesos históricos. Es decir, si Herodoto mira a los hechos, se regodea e interesa en ellos, en cambio Tucídides los emplea como intermediarios de una cosa rara: La explicación de por qué algo ocurre, la "causa" de los acontecimientos. Esto se ve claro en ciertos “testimonios” presentados, que en realidad y a pesar de toda la parafernalia legalista con que Tucídides los rodea, no son tales: los discursos que registra, que no son de Pericles o de los melianos o de los espartanos, sino que son la voz del propio Tucídides comentando los actos y sus motivaciones, reconstruyendo sus intenciones y motivos. En esto se ha querido ver la influencia del médico Hipócrates, patente por cierto en la descripción de la peste en Atenas y de las neurosis de guerra. Así principia la Historia Clásica griega.

Encontraremos la Historia de la Guerra del Peloponeso en el siguiente enlace: 

V

Colofón

Fueron los griegos clásicos los que nos enseñaron a hacer Historia. Bueno, en realidad nos enseñaron a hacer casi todo. No voy a poner a competir a los griegos con los moches, por ejemplo, pero si la existencia pasada de un solo pueblo pudiera explicar la Cultura de occidente, esa de los órdenes arquitectónicos, la Lógica, la Democracia y la Ciencia, ese pueblo sería el griego. Nos guste o no. Y punto por ahora. 

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jueves, 15 de noviembre de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 12: HISTORIA 1


La Libertad guiando al pueblo





























CRÓNICAS DE LECTURAS - Doce
Leer Historia  - Primera de muchas partes

I

Para leer Historia

Si hay algo en que los peruanos basamos en algo nuestra alicaída autoestima, es en la Historia. He discutido mucho en otras partes – y lo seguiré haciendo - la oportunidad y pertinencia de enseñar la Historia tal como lo hacemos, y no pienso tratar ahora el tema desde la perspectiva educativa, sino desde mis gustos y experiencias como lector. Pero el tema de dónde venimos y a dónde vamos nos llama a todos, más o menos. No por nada se lee tanto sobre teorías de conspiración, fin del mundo o ucronías. También esto explica la popularidad de los estudios genealógicos que nos atrapa de vez en cuando, aunque reto al más pintado a que me diga los nombres y apellidos de todos sus dieciséis tatarabuelos. Y la gran mayoría no podrá, pues es un asunto que sólo importa en la medida que hay vida afectiva involucrada, es decir suponiendo que hayamos conocido a alguno de nuestros choznos. Cuando nacemos, bisas y tátaras están largamente fallecidos y convenientemente olvidados, salvo que hayan sido presidentes de la república o asesinos en serie, lo que ya nos da una pista sobre qué cosas recordamos y por qué. Tras tres generaciones – parece ser el límite - el asunto tiende a olvidarse y hay que recurrir a los abuelos para que nos hablen, a su vez, de sus propios abuelos. Pero a falta de choznos y de abuelos (uno de los míos falleció antes que yo naciera, y el otro cuando tenía ocho años), es posible que al leer Historia tratemos de recuperar un sentido de pertenencia a un núcleo temporal, tal vez queramos sentirnos parte de una continuidad. Pero la modernidad capitalista nos aleja cada vez más de las tradiciones y nos orienta más hacia adelante-futuro que hacia atrás-pasado, y no trataré de valorar si eso está bien o mal, que me parece como juzgar si es mejor que el Sol salga por Oriente o por Occidente. Lo cierto es que necesitamos “pertenecer”, y tal vez por ello es que tratamos de conocer algo de la Humanidad que nos antecedió. Si para ello recurrimos a la lectura de la Historia es porque tenemos la vaga sensación de su importancia, aunque no sepamos cómo ni por qué. Y he aquí por qué tendemos a leer best-sellers de tema histórico, y por qué vemos series y películas de carácter histórico, basados por lo general en dichos libros.

A no ser que seas especialista o realmente te guste tanto el tema como para dedicarle tiempo y esfuerzo, tampoco somos muy profundos en esto de leer Historia, para la mayoría es un gusto o entretenimiento análogo al de leer novelas policiales. Sin embargo, repito, hay algo en lo profundo que nos impele a leer Historia. Por ejemplo, muchos peruanos poseen (otro tema es leerla) la Historia de la República de Jorge Basadre, monumental obra cuya gran extensión no ha sido problema para que varias empresas la editaran y difundieran. Y estoy seguro que cada país tiene su obra histórica, por así decir, epónima. Y sus leyendas por supuesto. La mayoría de los lectores no se preocupan tanto de la “verdad” histórica, pues leer Historia depende, como en toda lectura, del objetivo que te traces al leerla. Si solamente la lees para entretenerte haces bien, pues siempre es útil aprender entreteniéndose. No me atrevo a parangonar la lectura literaria con la histórica, muchas veces es la misma. Pero como soy entre otras cosas profesor de Historia y me apasiona la verdad histórica, tuve la suerte de poder aunar varios objetivos: Conocer la Historia que debo enseñar, emplearla para fomentar Ciudadanía, saber cómo se hace Historia y, no menos importante, aprobar mis cursos universitarios. Así que leí y leo Historia de manera un poco menos desordenada tal vez. Aunque ello no sea siempre del todo cierto: En estos días me leo la Historia de Herodoto casi como una venganza muy diferida, porque el acceso que tuve a ella años atrás fue a través de fragmentos traducidos de manera cuestionable. Pero como esta es mi primera Crónica sobre Historia, me concentraré en ciertos libros sobre los problemas teóricos de la Historia, es decir la Historia de cómo se hizo y se hace Historia. A esto normalmente se conoce con el nombre de Historiografía, y dejo pendientes las Crónicas sobre Narrativa Histórica, Biografías, Novelas Históricas, Ucronías y otros de la fauna correspondiente que con un poco de suerte, ganas y oportunidad escribiré en su momento. Así que ahorita me concentro en tres de estos libros historiográficos: ¿Qué es la Historia? de Edward Carr; Idea de la Historia, de R. G. Collingwood; y  Reflexiones sobre la Historia Universal de Jacob Burckhardt, en la esperanza de que la croniquita no me salga demasiado aburrida.

II

¿Qué es la Historia?: Una buena introducción

Si alguien viene y me pregunta cómo meterse en la teoría de la Historia, le recomendaría este libro. Y es que trata un problema básico: qué rayos es eso de la Historia. Los legos tendemos a pensar que el historiador es una suerte de recopilador de datos, que luego se expondrán en libros y clases para que la indiada los aprenda. Pero me temo que no es tan simple el asunto. La Historia plantea diversas interrogantes que trascienden los hechos: ¿Por qué nos parece más importante una guerra, revolución o suceso que otros? ¿Qué criterio tiene el historiador para decir este dato sí y este otro no? ¿Con qué métodos se obtienen dichos datos? ¿Cuál es el peso de los documentos? ¿Qué pasa si el historiador miente u oculta? ¿Y si los datos son falsos o tendenciosos? ¿Se puede falsear la Historia? ¿Se puede interpretar “mal” un suceso? ¿Qué peso tienen los “héroes”, los individuos? ¿O es que la historia la hacen las masas y los individuos no cuentan? Siempre hemos oído que la Historia la escriben los vencedores … ¿Será cierto? ¿Hay leyes históricas que se cumplen siempre? ¿O la cosa es hechos simplemente casuales? Nos metemos en estas y otras interrogantes en este sabroso librito de lectura muy fácil y entretenida, que llama a reflexión. En su origen fue un ciclo de conferencias que el historiador Edward Carr, especializado en historia soviética, dictó en 1961 en la Universidad de Cambridge. El libro conserva el carácter de conferencia dirigida a gentes no especialistas. Parece que los británicos poseen el bicho de la difusión, quizá eso explique en parte por qué nos llevan tanta ventaja. Dígase además, que la lectura de este librito es obligada para todo aquel que pretenda estudiar Historia, sea de modo académico o libre. Una cita al azar nos puede ayudar a orientarnos un tanto en el pensamiento de Edward Carr: Declaró (Benedetto) Croce que toda la historia es “historia contemporánea”, queriendo con ello decir que la historia consiste esencialmente en ver el pasado por los ojos del presente y a la luz de los problemas de ahora, y que la tarea primordial del historiador no es recoger datos, sino valorar: porque si no valora, ¿cómo puede saber lo que merece ser recogido? Naturalmente, Carr no se queda en esto, pero para nosotros, que estamos en el trance del “desencantamiento histórico” y que tratamos de construir una identidad inclusiva y democrática, esto se nos hace muy actual. Pensemos en nuestras propias leyendas históricas, en la “grandeza” del Tahuantinsuyo, en el “heroísmo” de Miguel Grau. O en nuestra propia historia reciente con Sendero Luminoso, que se trata de tapar con poco disimulada desesperación por cierto sector político, que insiste en no aprender del pasado, pues este tema le quema, y que ahora pagamos con el resurgimiento de un grupo análogo. Que la gente sepa de qué hablamos cuando de historia hablamos parece ser más importante de lo que parece … y por eso, qué bacán es que no se lea ni se aprenda …

Recurro al índice del ¿Qué es la Historia? para dar mejor idea del contenido de este libro, con una pequeña aplicación de nuestro propio acervo: El historiador y los hechos analiza el problema de las fuentes escritas como base tradicional de la Historia; cabe preguntarse si nuestra secular rivalidad con Ecuador parte del supuesto de las Crónicas de que Atahualpa era quiteño. La sociedad y el individuo trata del papel de los individuos y los grupos en el devenir de los hechos; por ejemplo el rol de los héroes, en nuestro país héroes de la derrota - siempre me he preguntado por qué. Historia, Ciencia y Moralidad trata de si la historia es en verdad una ciencia, y aborda entre otros el problema de los períodos históricos, hipótesis o herramienta mental, válida en la medida en que nos ilumina, y cómo me perturba que resumamos miles de años de historia peruana en esa monstruosidad que llamamos preinca, cuando los Incas no llegaron a dos siglos. La causación en la Historia trata el grave asunto de cuándo un hecho que antecede a otro es su causa, y las determinaciones de la historia, por ejemplo, cuando se dice que nuestro atraso se debe a que somos indios. La historia como progreso se adentra en si la historia tiene o no un sentido, y ahora que corremos como ratas tras el desarrollo económico, vale la pena preguntarnos a dónde queremos llegar, o si sólo tratamos de escapar hacia adelante. Y por último, Un horizonte que se abre enrumba hacia el futuro y el rol de la historia. Dado que ese futuro de 1961 es en parte nuestra actualidad, es posible corroborar en parte las previsiones del autor, y nuestras propias ideas al respecto. Lo repito, el que quiera meterse en problemas y no comerse lo que otros le digan tendrá en este librito un muy valioso compañero.


III

Idea de la Historia: Filosofía de la Historia

No es este un libro fácil de leer, pero sus dificultades se compensan por las amplias y profundas lecciones que ofrece tanto en Historiografía como en Filosofía de la Historia. En cierto modo, se le puede considerar la versión profunda y para especialistas del ¿Qué es la Historia? Por supuesto, el que me llegara este libro y no otros fue algo azaroso. No tengo la más mínima idea de por qué no me llegaron historiógrafos de otras nacionalidades, con excepción de los peruanos Jorge Basadre (El azar en la Historia y sus límites), Pablo Macera y Alberto Flores Galindo, entre muchos otros, cuyos libros y artículos procuro devorarme cada vez que puedo, y que como peruano que soy era previsible que me llegaran. Lo cierto es que la teoría de la historia no es muy leída, salvo excepciones como la de Carr, señalada líneas arriba. Y resulta una suerte poder leer sobre aquello que los historiadores dan por supuesto, y que los lectores no siempre conocemos. Pero vuelvo a Collingwood. Lo que pasó con este libro es casi una lección. Nuestro historiador realizó profundas investigaciones y estudios sobre Historia, pero como a tantos, no le alcanzó la vida para ver realizada su obra maestra. Y así sus manuscritos pasaron a manos de su editor, T. Knox. Vale la pena citar la Nota a la edición original inglesa de 1946: Era deseo de Collingwood que sus escritos póstumos fuesen juzgados conforme a las altas normas de criterio antes de (publicarlos), y por eso la decisión de sacar en limpio un libro a base de esos manuscritos (…) no se ha tomado sin algún temor. Sin embargo, se pensó que contenían materiales que podrían ser de utilidad (…) demasiado buenos para no publicarlos. Y así las lecciones, apuntes y trabajos inéditos de Collingwood se vertieron a este libro, que es denso porque se plantea un tema denso: Dar a conocer la naturaleza de lo que es la Historia. Ahora bien, decir de un libro que es denso es casi como no recomendarlo, y para bajar la gravedad del asunto diré que para que esta lectura dé fruto, se requieren ciertas condiciones del lector: La principal, una adecuada cultura filosófica e histórica que permita aprovecharlo a plenitud, o si no corrernos el albur de quedarnos en Babia – región que ya visitamos en otras Crónicas – cuando nos crucemos con cosas como esta: … en la Filosofía de la Historia, Hegel restringe el campo de su estudio a la Historia Política. Aquí sigue a Kant; pero Kant tenía una buena razón para hacerlo y Hegel no. Apoyándose en esta distinción entre fenómenos y cosas en sí, Kant, como hemos visto, consideraba como fenómenos los acontecimientos históricos, (…) en una serie temporal de la que el historiador es un espectador. Nótese que la redacción en verdad no ofrece mayor dificultad, pero presupone a un lector que conoce a Hegel y Kant, con cierta cultura previa. No lo podemos culpar, porque la redacción final no fue de Collingwood sino de Knox o de sus “negros” (término cariñoso referido a los que se ganan la vida escribiendo por encargo); y porque no es un libro dirigido al gran público. Así que si no la captas no tienes por qué sentirte culpable, salvo que seas un especialista.

Ahora bien, como todo libro, este tiene partes de mayor o menor dificultad en el sentido que ya dije. Está dividido en cinco grandes secciones, de las que considero de menor dificultad relativa la primera (La Historiografía grecorromana) y la quinta (Epilegómenos). En esta quinta sección el editor reunió diversos artículos de Collingwood, cuyos títulos pueden ser sugerentes y convocar la lectura: La naturaleza humana y la historia humana, La imaginación histórica, La evidencia del conocimiento histórico, La historia como re-creación de la experiencia pasada, El asunto de la historia, Historia y libertad y El progreso como creación del pensar histórico. La ventaja de estos artículos es que conforman ideas completas desarrolladas en corto por el autor, y pueden ser leídas aparte, fuera del contexto del libro. Las primeras cuatro partes, en cambio, se concentran muy fuertemente en la Idea de la historia en la Historia, y por eso tienen una pretensión de totalidad que, como hemos dicho, presenta ciertas dificultades para el lector que no tenga una cultura regular. Sin embargo, tratar de leerlo es un ejercicio válido para todo aquél que pretenda introducirse en la Historiografía, más aún porque no saldrá defraudado. Si a mí personalmente me gustó mucho fue, aparte de que su redacción no ofrece especiales dificultades, por el hecho que yo mismo, como profesor de Historia y Filosofía, tengo interés y alguna inmersión en los temas de que trata.


IV

Reflexiones sobre la Historia Universal: 
Un visionario

Este fue el primer libro sobre historiografía que leí, y se lo debo a un compañero mío de la academia preuniversitaria La Sorbona (pretencioso el nombrecito) donde estudié para postular a la Universidad hace ya largos años. No he visto desde entonces al amigo que me lo prestó, que hoy es un afamado especialista, e incluso concejal de la Municipalidad Metropolitana de Lima, y que hasta puede que lea esta Crónica. Espero que no me reclamará el libro, pero no lo culparé si lo hace. Diremos simplemente que Jacob Burckhardt (1818-1897) se merece ser reclamado. Casi leo en la mente de alguno de mis lectores qué hacemos preocupándonos por un autor del siglo XIX, más anacrónico y vetusto que las orejas de Lucifer. Pero, amigo lector, un autor es válido por la permanencia de lo que dice, y así lo que dice suele adquirir carácter intemporal, a nadie se le ocurre quitarle validez a la Biblia, a Platón o a Homero. Y oigo la réplica: que me deje de floro, que si eso funciona con la Biblia u Homero, ¿qué hacemos leyendo libros científicos – si es que la Historia es una Ciencia – tan apolillados como estas Reflexiones sobre la Historia Universal, o La Cultura del Renacimiento en Italia (ambos de Burckhardt)? ¿No es que la validez de una Ciencia, que es un producto en el tiempo, debe medirse más bien por sus avances? ¿No es mejor, si queremos aprender historiografía, acudir a lo ultimito, a lo moderno? ¿No es más fácil acudir a Internet a buscar lo ultimito? Y mi respuesta, previsible por demás, es que santo y bueno es buscar lo ultimito, aunque yo no confiaría tanto en Internet para ello; pero que eso “ultimito” no apareció del aire. Bien cierto es que para aprender la teoría atómica no acudimos a Demócrito, pero es que la Historia no es Física ni Biología, y si algo estamos aprendiendo en esta Crónica es que la Historia, más que ser una ruma de sucesos puestos unos encima de otros, es una explicación y valoración de estos hechos, y eso es lo que aún muchos no entienden y creen que se sabe historia porque puedes repetir de memoria la Cápac Cuna, cuando ni siquiera estamos seguros de si hubo más Sapa Incas que Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac.

Leer las Reflexiones de Burckhardt nos sorprende por su terrible actualidad, por sus cualidades de visionario. El libro fue producto de sus clases, compartiendo el destino de Colllingwood de ser interpretado por sus editores. Pero no se libró de la polémica en vida. Considerado a-científico en una candorosa y optimista época que hacía un ídolo del conocimiento científico “exacto” - lo que en Historia significaba apegarse a las fuentes escritas - sus Reflexiones fueron tildadas de fantasías. Se pensaba que el progreso era una entelequia con existencia propia y que el sentido de la Historia solo podía ir hacia mejor. Un espejismo, sin duda, que las Guerras Mundiales, los campos de concentración, la Guerra Fría y la devastación del medio ambiente desvanecieron. Lo cierto es que Burckhardt vio con claridad la catástrofe donde los demás no veían sino un progreso indefinido hacia arriba. En esto se basaba en su propia filosofía, por supuesto, porque las gentes construyen sus ideas con los ladrillos que su época les proporciona, y por eso siempre me sorprende que se tilde de racista a Mark Twain, o de antisemita a Shakespeare. Las categorías con las que se valora en la actualidad a las personas y obras del pasado están teñidas de una inocencia autosuficiente y muchas veces ignorante. Y se juzga el corpus completo de las ideas por cuatro dichos, sin detenerse en la misma época en que se escribe y en el sentido general de lo que se dice. Jacob Burckhardt estudió a profundidad el Estado, la Religión y la Cultura, e incluso se metió con conceptos como la dicha y el infortunio en la Historia, y en esto antecedió en muchos años a grandes historiadores del Siglo XX como Philip Ariès, editor de una grandiosa Historia de la Vida Cotidiana. Con los límites propios de su tiempo, previó y advirtió sobre el afán de lucro y de poder que se apoderaría de la sociedad occidental, la hipertrofia del estado, la continuidad y escalada de las guerras, la abdicación general de la Cultura, las persecuciones contra los judíos y otros pueblos, e incluso la aparición del fascismo en la figura de Führers “salvadores”, que observa venir con tal lucidez que podría pintarlo desde ahora. Y además: El placentero siglo XX verá otra vez al poder absoluto levantar su horrible cabeza. Claro está, los anunciadores de apocalipsis no son populares en épocas de ciego optimismo general. Es posible que sus contemporáneos Julio y Michel Verne se inspiraran en sus ideas para escribir la sombría novela Los quinientos millones de la Begum, que retrata un estado fascista y la guerra moderna, donde el único modo de evitar la devastación total será prevenir que ocurra.

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V

Colofón

Ni abundan tanto ni se leen mucho las teorías de la historia o los libros sobre historiografía. Sin embargo, me parece que vale la pena empezar por tratar de adentrarse en ellos, en especial cuando uno ya está más o menos harto, cansado o aburrido de leer la Historia como un cuento de hadas. Lo cierto es que no estamos tratando aquí con el cuento de la Historia, sino con estudios de carácter hermenéutico, filosófico y/o científico, y ello puede dificultar la lectura. Sin embargo, hay encanto en averiguar cómo se llega a los libros de Historia tal como los conocemos. Esta Crónica será la primera de muchas dedicada, de frente o de perfil – jamás de espaldas – a Leer Historia. Y, como siempre, la cosa es Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás. Incluso si parece abstruso, el esfuerzo vale la pena.

La siguiente Crónica sobre Historia, dedicada a Biografías, es: 

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