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miércoles, 6 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 63 - BIOGRAFÍAS DE RELIGIÓN

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CRÓNICAS DE LECTURAS – 63
Biografías de Religión

I
Religión, Historia, Hagiografía, Biografía

Que no se debe hablar de Religión es algo de lo que mi Santa Abuela – descansen en paz sus santos huesos – nunca se cansó de prevenirme. Esté donde esté me perdonará que lo haga porque no hubo cosa que no me perdonara, ni nunca el perdón fue tan sanador, lección de vida que me dejó la Anciana Señora y que hoy en día debiera aplicarse más. Pero la experiencia ni es gripe ni se contagia, así que sigo adelante: Entre los personajes propios de la Religión hay caracteres especialmente curiosos, que conforman en sí mismos todo un Universo: ángeles y arcángeles de los diversos coros celestiales, demonios de diversos rangos, profetas de varios tipos, escritores sagrados, discípulos y apóstoles, predicadores y por supuesto santos y fundadores de religiones. De entre todos estos hay muchos que existieron de verdad sin duda alguna, como Ignacio de Loyola, Maximiliano Kolbe, el Bab o Juan Calvino. De otros estamos igualmente seguros en su existencia, pero sabemos casi sólo lo que sus primeros seguidores querían, creo que el Baha´ullah de los baha´is está en ese caso, así como Kung-Fu-Tze e incluso Francisco de Asís; en tanto que otros son definitivamente legendarios, como San Cristóbal el patrón de viajeros y caminantes o Arjuna, el santo guerrero del Baghavad-Gitä. Escribir Biografías sobre ellos - en la medida que tratan de ser Historia, esto es relatos fidedignos – tendrá dificultades fuera de las tradicionales  de la investigación histórica, como los ataques contra su verosimilitud. El tema religioso está muy manoseado, la vieja separación entre el fuero individual y el colectivo tiene más bisagras y roces de los que se suponían, y las creencias de hoy, más relativas que nunca, juegan en una especie de walk-over axiológico.

En teoría el fuero interno de las personas es sagrado por ser aposento de la libertad de conciencia, e incluso se reconoce la libertad negativa de guardar reserva de las propias convicciones si ello sometiera a algún riesgo a la persona; y tal riesgo existe. La intolerancia en materia religiosa está desagradablemente extendida, aún en personas cuya posición las hace supuestamente tolerantes. Parece que estamos de vuelta de esas bobadas del respeto al derecho ajeno, y la postmodernidad – como constatan los pensadores más lúcidos en la actualidad - no deriva en la coexistencia pacífica sino en la imposición del más fuerte, normalmente el que más plata tiene. Así a nadie llama hoy la atención que se elija Religión por necesidad económica, y que la intolerancia sirva más bien a los que lucran con ella que a los defensores de la libertad de conciencia de cualquier credo. Hace pocos días fui amenazado de represalias si cometía el crimen de realizar un acto de conversión, el que manifesté como eventual y medio en broma medio en serio. Y la tal amenaza a la libertad de mi conciencia vino de alguien que no solamente se computa supertolerante, sino que sostiene – o sostenía - sentir afecto por mi humilde persona, y de esto hago cuestión de estado aunque a otros no les parezca. Creo que lo único que cabe concluir es que ese afecto es análogo al expresado por la criollísima frase No es amor al chancho sino al chicharrón. Vale decir: Te quiero mientras pienses, sientas y hagas como yo quiero. No sé qué pensarán mis lectores, pero en mi modestísima opinión quien no te respeta no te quiere aunque lo jure ante cualquier altar.

Y a otra cosa, mariposa. Creo que los tres personajes que he elegido para reseñar (Un santo católico, un reformador y un fundador de religión) muestran algunas de estas dificultades y cómo sus autores trataron de superarlas. Ojalá que aprovechen en beneficio de la libertad de toda persona de encontrar su propia verdad espiritual, sin coacciones ni coerciones. 

II
Lutero, de Albert Greiner

Cómo resuelve Albert Greiner el problema de las intenciones en su biografía de Martín Lutero (1483 - 1546) es interesante y aleccionador. Profesor universitario sólidamente instalado dentro del racionalismo francés, a la vez que pastor luterano en el mismo centro de un país eminentemente católico; era de esperar que su obra cabalgaría con cada pie en distinto caballo, entre la Historia y la Apología; y efectivamente se acusó a su libro de hagiografía, véase si no como termina: … es necesario, ante todo, que el Evangelio sea predicado, a fin de que Jesús reine y toda criatura le reconozca como Salvador y Señor. Y sin embargo es un libro simple, escrito sin pretensiones, que reconoce sin mojigaterías la peculiar situación de su escritor. En su Nota previa, Greiner manifiesta conocer qué terreno pisa: Conoce a Cristiani y Lortz, católicos ecuménicos que se esfuerzan por entender honradamente a Lutero; al laico Lucien Febvre en su notable intuición (sobre) la crisis religiosa del monje; así como a sus correligionarios Lilje, Strohl y Kooman, en quienes reconoce la inspiración espiritual. Sí, el historiador y académico ha hecho su tarea, y también es consciente del encargo recibido y de cómo le afecta personalmente como Pastor de una Iglesia, alguien a quien la neutralidad le está vedada: Presentar a su personaje a un vasto público francés que ni le tiene simpatía religiosa al biografiado ni le perdonará al biógrafo no hablar francamente. Así que se aproxima a su objeto de estudio con sencillez, sin aparato crítico ni inútiles arreos que le quiten o le añadan al testimonio de vida de Martín Lutero no en cuanto “reformador”, sino renovador de la vida religiosa. Como historiador y Pastor, Albert Greiner espera inducir con sencillez a que se conozca un poco mejor lo que realmente cuenta: la experiencia religiosa de Martín Lutero. Y así la virtud principal que esta biografía consigue es el equilibrio entre el dato histórico y la necesidad espiritual que este dato ha de satisfacer.

Por eso puede empezar por describir lo que fue espiritualmente la época de Lutero en un capítulo primero titulado La llamada de Dios. La Edad Media se ha resuelto en el Renacimiento y la recuperación del pensamiento; el mundo de los señores y los vasallos está dejando de ser; y nuevos problemas materiales y espirituales sacuden la conciencia de un individuo que recién se descubre como tal. Dos siglos atrás Francisco de Asís había marcado pautas nuevas, pero el impulso parecía haberse pasmado y aún apestaban los restos de la hoguera en la que se quemó a Jan Hüss. La crisis espiritual y religiosa del siglo XVI exigía un profeta y un director de conciencia, y este es el doble ministerio que el Señor de la Historia puso en manos de Martín Lutero. La cólera de Dios, lo irrevocable de su juicio, la inminencia de un Dies Irae (Día de la Ira) donde a duras penas el justo estará seguro; todo esto produce literalmente un miedo de muerte, más espantoso aún porque la misma muerte no se agota en ella misma como antesala del Eterno Castigo. Al joven Martín este temor le lleva al Convento y al sacerdocio, en medio de una durísima lucha interior, en la que a diferencia de los muy convenientes e interesados conflictos de conciencia actuales, no caben componendas ni relativismos y son perfectamente inútiles las autodisculpas convencionales, pues la crisis no se oculta tras palabras o hechos, al final de todo eres tú y sólo tú lo que está en juego y autoengañarse es la más soberana estupidez. Que esta crisis interna no era cosa sólo de Lutero se ve en los combates interiores de muchos otros, entre ellos el monje soldado Iñigo López de Recalde, reflejados en sus Ejercicios Espirituales. Lutero se bancó su crisis él solito sin una orden religiosa que le respaldara, y el resto es Historia que puede leerse en este enlace: http://semla.org/portal/wp-content/uploads/2011/05/Lutero-de-AlbertGreiner.pdf

III
Mahoma, de Washington Irving

En todo momento, el objetivo del autor ha sido resumir en un relato fácil, claro y fluido los hechos conocidos sobre Mahoma, junto con sus leyendas y tradiciones que se han introducido en todo el conjunto de la literatura oriental … . En otras palabras, aunque el autor está tratando de ser fiel a la verdad histórica, pues le pasa lo que a Stefan Zweig con sus biografías, es decir que le gana la literatura, y eso es completamente natural porque esta biografía apenas merece tal nombre, y más bien debiera decírsele, como sugiere el mismo Washington Irving (1783 – 1859), un relato sobre lo que se sabe de Mahoma (562-632). Ahora bien, esta obra a mí me gusta  mucho, por el peculiar estilo del autor de los deliciosos Cuentos de la Alhambra, de alguna manera como si fuera un cuento más que no obedece demasiado a los parámetros ni de la Biografía ni de la Historia. Esta es su peculiar manera de resolver el problema de la Verdad Histórica: Prescindir de ella y asumir el asunto como una cuestión de verdad literaria, sin pronunciamientos a favor o en contra de la verdad histórica, narrando lo que se sabe de los hechos de la vida del personaje tal como le llegan, incluyendo las historias y leyendas que se cuentan sobre él. Apenas se puede llamar biografía a esto me parece, porque no cumple con los requerimientos más primarios de la Ciencia de la Historia. Pero a diferencia quizá de otros libros que se imponen por sesudos, es más bonito leerlo porque tiene exotismo, porque está bien narrada, porque cuenta bien un relato ya por sí mismo interesante. Podría ser una biografía novelada o una novela histórica, pero el título, por decirlo simple, nos complica algo: Mahoma. Nada más.

Y es bonito que esta obra tenga más de ciento cincuenta años de publicada y se le pueda seguir leyendo no solamente porque los datos no han cambiado tanto, sino porque así hubiera más datos, su valor fundamental es que está bellamente escrito, y si se quiere una razón más porque el personaje Mahoma mantiene en la actualidad una vigencia mayor que nunca. En términos modernos a esta Biografía (casi digo novela) se le podría clasificar de Romance Histórico o Historia Novelada, según los pasajes que se eligieran. Por otra parte no se abstiene de hacer al final juicio histórico medio positivista, con las virtudes y los defectos de esa manera de historiar de principios del Siglo XIX. El arte del retrato y la descripción literaria estaban en boga pues las imágenes aún no habían ganado presencia en el imaginario colectivo como hoy, y había que describir situaciones y personajes meticulosamente: Su porte era (…) tranquilo y ecuánime; algunas veces gastaba bromas, pero lo más normal era que estuviera con ademán grave y digno, aunque también se dice que poseía una sonrisa cautivadora. Esta es solamente una pequeña parte de las muchas que Irving dedica a la descripción, y no cabe duda que es solvente dentro de los cánones prescriptos. Y se hace preguntas inteligentes y de gran interés: ¿fue un impostor sin principios, como algunos parecen opinar? ¿Fueron todas sus visiones y revelaciones mentiras deliberadas? ¿Fue todo su sistema una sarta de mentiras? Qué preguntitas, que por cierto podrían aplicarse a los milagros de Jesús o al cruce del Mar Rojo de Moisés, y por ello conocerán diferente respuesta según la particular fe religiosa a que se adscriba. El tercio excluido funciona más rudamente en cuestiones de fe que de ciencia, me sorprende la inconsistencia de que se le ataque en una y se le tolere en la otra. En estas cosas creo en una prudente equidistancia que evite todo fundamentalismo. En cualquier caso leer esta Biografía sigue siendo bonito.

No he encontrado en red esta biografía, pero puedo entregar Los Cuentos de la Alhambra en versión de la Biblioteca Digital Miguel de Cervantes, que les aproveche, chicos:  http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/90251735431269485732457/index.htm

IV
San Martín de Porras (Martín de Porras Velásquez), de José Antonio Del Busto Duthurburu

Mi curiosidad por los santos y por cómo se vivían las circunstancias de la santidad en una determinada época, o para el caso la manera que los seres humanos tenemos de enfrentar desde el punto religioso las muchas vicisitudes humanas, encontraron ciertas respuestas en este libro, que encontré por completa casualidad un día que pesquisaba librerías en el centro de Lima, cual cazador experimentado pero sin idea alguna de cuál sería mi presa. Yo ni siquiera sabía que existía esta biografía y fui el primer sorprendido de encontrarla, y decidí su compra por las consideraciones ya manifestadas, por estar advertido de la calidad del autor del que alguna vez fui alumno, y por último y para nada menos importante, porque era un saldo y estaba baratísimo. Sorprendía ver a Del Busto emprendiendo la Biografía de un Santo, no se asocia a los académicos de fuste con el Santoral. Y no es lo mismo en las biografías de Santos que te cuenten la historia los que tienen interés en ella por razones religiosas que los que tratan de dilucidar la verdad científica e histórica. En este terreno hay hartas minas plantadas, y José Antonio Del Busto era un católico definitivo y practicante, que se supone por obligación debía creer en las verdades que enseña la Santa Madre Iglesia, incluyendo entre ellas los milagros de San Martín de Porres. Pero también era un historiador de polendas, por ende ducho en esto de poner límites entre una cosa y otra, lo que nos habla del grande problema ético y deontológico de posibles lealtades enfrentadas que hubo de resolver. Pero José Antonio Del Busto sortea la dificultad con elegancia y hasta con cierta agradable y acriollada rudeza.

Tras comentar las diversas fuentes y donde se encontraban, nos suelta este detallito: En consecuencia, hemos tenido que centrar nuestra búsqueda en el Proceso de Beatificación de Fray Martín de Porras  (…) continúa siendo la fuente medular sobre el biografiado; sin ella sería imposible elaborar la biografía del santo. Lo que es como decir: miren muchachos traté de encontrar otra cosa, pero como no había … aquí está esto. Pero no se queda acá el hombre, y trata de superar la dificultad de índole positivista dando un paso atrás, respirando hondo y atacando desde otra dirección historiográfica: esta biografía se ha elaborado reconstruyendo el pasado como pasado, tal como fue y no como creemos que fue, tal como sucedió y no como quisiéramos que hubiera sucedido. Y dado que yo soy peruano, de Lima, y hasta casi diría paisano del Barrio de Fray Martín, pues que me agrada la cosa y lo leo porque no es posible entender el Perú sin San Martín de Porres y su proverbial perro, pericote y gato. Porque yo defiendo mi libertad religiosa y mi conciencia a ultranza y seré todo lo agnóstico y librepensador que me parezca según mis honestos saber y entender, y así mismo declaro que con todo eso a mi negro San Martín no me lo toca nadie. Que en la identidad religiosa la coherencia no es valor principal, ni a nadie obligo a variar sus creencias por mí. Por eso cuestiono con dureza el racismo de la Iglesia Católica, que no tiene empacho en canonizar a Rosa de Santa María en poco tiempo, en tanto que con Fray Martín necesitó tres siglos. Que la época no estaba preparada me suena a excusatio non petitia, que acusatio manifiesta. En esto la Iglesia está obligada a marcar la pauta o no cree lo que enseña. San Martín de Porres es el primer Santo de raza negra, canonizado recién en 1963 por el reciente Santo Juan XXIII, el Papa Bueno. Mejor tarde que nunca, parece.

En todo caso, si logras obtener este libro, hallarás una narración muy bien hilvanada, y sobre todo muy bien navegada por su autor. Creo que podría considerarse esta biografía como una joyita en su género, y es una lástima que no se haya digitalizado cuando se ha hecho con otras biografías de dudosa calidad en su documentación. Pero dejo un enlace a un texto del historiador Teodoro Hampe, especializado en temas religiosos del Virreinato Peruano, que puede contextuar la búsqueda bibliográfica, si hubiera el interés para ello:  http://halshs.archives-ouvertes.fr/docs/00/82/81/23/PDF/redial_1997-98_n8-9_pp53-67.pdf    

V
Colofón


Si existe algo que debe respetarse a como dé lugar es la libertad religiosa. Que este concepto como tantos otros solamente adquiera dimensión y profundidad en tanto lo manifieste y sostenga el homo economicus – un sesgo limitante de la persona humana integral – me parece sumamente agresivo y más penoso mientras más inconsciente. Hay una ceguera axiológica análoga  a la ceguera al lenguaje corporal de las personas de condición Asperger, mucho más grave cuanto que es más dañosa para los demás. Que el que tenga Oídos, que Vea.    

martes, 15 de octubre de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 60 - LECTURAS INFAMES

Crónicas de Lecturas - 60
Lecturas Infames

I
De qué va la Infamia

Arranco esta Crónica de manera poco elegante, con una cita del artículo De qué va la lectura: algunas verdades políticamente incorrectas de alguien que no soy yo: El estudioso de la Lectura Juan Domingo Argüelles. Dice el caballero lo siguiente: Hay que liberar al arte y a la cultura de esas nociones fetichistas que ponen a La Obra por encima de las personas. Ningún libro es mejor que la vida (…) ninguna obra puede estar por encima de la ética. Las obras de arte que sobreviven a sus autores están vivas (…) por sus cualidades éticas: por lo que enseñan y siguen enseñando a las nuevas generaciones, (…). Sin la atrocidad del nazismo, el Diario de Ana Frank no existiría. (…) resulta obvio que un lector con ética mil veces preferiría que este extraordinario libro jamás se hubiera escrito y que la joven y bella Ana hubiera vivido feliz en el más hondo olvido. Ahora bien, ¿por qué recurro a una auctoritas en franca y repudiable renuncia a mi propia capacidad de argumentación? Simple, mi conjunta me armó un lío de polendas cuando le dije que andaba en esta Crónica de Lecturas Infames. Ella no cree que haya tales lecturas, las rinde a la intención del que lee. No carece de razón en algún aspecto, pero no consigo controlar su tendencia al comisariato político confrontando los conceptos libro y lectura; o planteando la imposible objetividad de la relación entre autores y lectores; o diferenciando los poemas de la oficina de Benedetti del Baldor de Trigonometría; ni alejando el escribir del arte por hacer uso de palabras. Claro que la discusión entre un neorrealista y una postmodernista es parte de nuestras intimidades y las cuento para hacerme el interesante y meter contenido a esta Crónica de Lecturas Infames. Al final sí sirvió: Tras el lío, mi costilla conchabóse con nuestra hija (suelen hacer eso) para aprovecharse ladinamente de mi cumpleaños y obsequiarme con afán reconciliatorio un libro de la Alice Munro que acaba de ganar el Nobel. Ese es un obsequió perfecto para este humilde servidor, ese par de sinvergüenzas saben qué me gusta. Pero no se crea que se compra así mi silencio o mi honestidad intelectual, para eso cuando menos las Obras Completas…

Hasta el siglo XIX se usó el término Libros infames para estigmatizar a los que dinamitaban la religión, la moral y las buenas costumbres del Ancient Regime. Para la presente Crónica acepto el criterio de Argüelles: ningún libro puede estar por sobre la ética ni la moral, y usaré de este criterio para discernir reglas éticas objetivas; la primera de ellas contra prohibiciones y censuras: leer un libro - aún el más infame - no puede prohibirse. Nada más penoso y francamente idiota que “proteger” de los libros a niños y jóvenes, mientras se les deja a merced de la TV Basura y el periodismo fascista: Los que se rasgan las vestiduras por la “infiltración marxista” en los textos escolares hacen el ridículo con vista al mar. A la vez no podemos dejar solos a niños y adolescentes, hay que ser claro en la valoración moral y ética. Por ende lo que sí cambia y debe cambiar es la intención de la Lectura: Un libro no es malo o bueno en sí mismo, sino por el uso que se le dé: La Biblia, el Corán, el Tao-Te-King pueden usarse para justificar cualquier cosa adentrándose en sus contradicciones y agarrándose de su aura de sacralidad. Acorde al Diccionario Manual de la Lengua Española de la Editorial Larousse, Infamia es la Ofensa Pública que sufre la fama, el honor o la dignidad de una persona; como una Acción mala y despreciable. Para definir las Lecturas Infames es útil unir la segunda acepción de la definición Larousse con la ética de Argüelles: Una Lectura Infame es la que provoca acciones malas y despreciables. Por supuesto hay gradaciones y considerandos, eso de decir provoca sé que es un terreno complejo, pero estamos para dilucidar. Hay libros que nadie confiesa leer, les da vergüenza o descaro ideológico, como Veladas de San Petersburgo de Joseph De Maistre, Camino de José María Escrivá de Balaguer o los textos de Mussolini, Abimael Guzmán o Pol Pot, que evidencian cercanías non sanctas. Por otro lado, se puede leer Los 120 Días de Sodoma del Marqués de Sade para contar los pronombres personales, y digo Sade porque se le condenó por su obra “infame” según la vieja acepción. Si estoy en política, me conviene leer el Mein Kampf (Mi Lucha) de Adolfo Hitler, lo que no me hará miembro del partido Nazi (no a mí cuando menos), y conoceré mejor lo que combato, porque las consecuencias del Nazismo son tan claras como las de Sendero Luminoso. Esta es una decisión política, y quien dice política en este contexto dice ética y moral. Y no hay tu tía.

II
Mi Lucha, de Adolfo Hitler

Se justifica leer Mi Lucha no porque tenga valor ético, Hitler no le concedía a la vida ajena ningún valor, no vamos a buscar ejemplos morales en él. Lo podemos emplear para dilucidar la verdad más allá de fáciles condenas, y saber qué había en la cabeza del asesino serial más exitoso de la Historia. La historia oficiosa actual de la derrota de Adolfo Hitler y los Nazis silencia todo aporte de la Izquierda, cosa difícil, pues no se oculta fácil con un dedo 20 millones de cadáveres soviéticos acumulados antes de la Victoria de 1945, ni se pueden eliminar los testimonios escritos y gráficos, apenas relegarlos. Es más sencillo ocultar que la Izquierda germana – particularmente los antecesores del actual SPD – fue la principal víctima de la barbarie nazi junto con judíos, gitanos y personas con discapacidad; los infames Campos de Concentración se inventaron para ellos. La Izquierda fue el verdadero enemigo de los nazis, la Derecha se dejó absorber por el nazismo con más o menos lasitud, y no defendió la República de Weimar. Los socialistas lucharon solos por una democracia en la que sólo ellos creían, el comunismo alemán estaba en la línea revolucionaria y espartaquista. Hace poco se produjo la serie Hitler, The rise of evil, poco fiel y muy sesgada, según ellos no había izquierda en Alemania, y el Mariscal Hindenburg era un paladín de la democracia, nada más falso. Se rescata la soberbia actuación de Robert Carlyle como el Führer, y la lección de que suprimir segmentos de verdad para crear un mundito propio es tan letal como nombrar Canciller a Hitler.      

En Mi Lucha Adolf Hitler (1889 - 1945) trata de combinar su autobiografía con la exposición de las ideas del nacionalsocialismo, basadas en el odio al comunismo y al judaísmo puestos en el mismo saco. Emplea fuentes panfletarias como El judío internacional, de Henry Ford; y los Protocolos de los Sabios de Sión, de la Policía Secreta Zarista, que reseñamos después. El surgimiento del nacionalsocialismo alemán y su captura del poder en Alemania reconoce muchos factores como el descrédito de la democracia liberal, la derrota germana en la Primera Guerra Mundial, la tesis falsa de la “puñalada por la espalda”, la crisis de valores del racionalismo, el auge del fascismo italiano, el culto de la guerra y la violencia, el Führerprinzip, la popularidad del racismo y el darwinismo social, el tradicional autoritarismo prusiano, entre otros. Hitler no explica bien las cosas en el libro, lo intelectual no es su fuerte, más bien lo altisonante de una propaganda que da la sensación de sinceridad, pero no nos engañemos: La mentira es esencial al nazismo: Hitler no escribió Mi Lucha por sí solo en su cárcel dorada tipo Diroes, buena parte la redactó el número dos del Partido, Rudolf Hess. Al revés de lo que se dijo, las ventas fueron erráticas entre la primera edición de 1925 hasta 1933 que los nazis tomaron el poder y las ventas dispararon a un millón al año hasta 1945. Así hizo plata Hitler pues se obsequiaba por cuenta del estado un ejemplar del libro a los recién casados y a los estudiantes graduados, y se tradujo a 16 idiomas, aunque las versiones se diferencian mucho entre sí.

Hoy en día los derechos sobre el Mein Kampf pertenecen legalmente al Estado de Baviera y expiran en 2015. Ni el gobierno bávaro ni el federal alemán permiten imprimir, vender o poseer el libro. Lo tienen algunas Bibliotecas pero no se le hallará en las librerías alemanas. Hay variantes nacionales, los Países Bajos no lo permiten en nada y para nada, en otros está más o menos tolerado. Las versiones en internet son casi todas hechizas, hay muy poco respeto por la verdad, lo que es, por cierto, consistente con el carácter moral del autor. El franquismo español conchabado con editoriales y distribuidoras españolas y latinoamericanas infiltró ediciones más o menos clandestinas de Mi Lucha hacia la Argentina y Chile, de ahí rebotaron al resto de América Latina. Se puede decir a estas alturas que la obra de marras alcanza solamente a ser más o menos útil como testimonio de la deformación ideológica que arrasó con toda una época. Los más de 60 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial, los niveles de barbarie y salvajismo que se alcanzaron en esas desgraciadas épocas son argumento de condena más que suficiente. No nos ayudará demasiado este libro a conocer al monstruo, que se presenta a sí mismo como el superhombre de Nietszche. Para conocer mejor a Hitler podemos acudir a sus mejores biógrafos, los británicos Ian Kershaw y Alan Bullock. En cuanto al régimen nazi y sus características fundamentales, son recomendables entre otros El Tercer Reich, ascensión y caída del régimen nazi, del alemán H. S. Hegner; y La Alemania Nazi, de Enzo Collotti. 
 
III
Los Protocolos de los Sabios de Sión

Probablemente una de las obras más infames que hayan sido malparidas, los Protocolos de los Sabios de Sión se suponen ser un programa de dominio mundial elaborado por una sociedad secreta judía que usaba de fachada al Sionismo de Theodor Herzl. Dícese que el panfleto se elaboró en Basilea en paralelo al Primer Congreso Sionista de 1897. Sabemos hoy que es un libelo antisemita diseñado para justificar los pogromos y la persecución que la Rusia zarista le propinaba a su minoría judía, por ser nido de revolucionarios. Se fabricó a pedido de la Okhrana, Policía Secreta de los Zares, para difamar en la etnia a los revolucionarios rusos, en especial a los judíos Trotsky y Kerensky. No se publicitó mucho antes de la revolución bolchevique, pero entre 1917 y 1933 los contrarrevolucionarios editaron millones de ejemplares en todas las lenguas europeas (33 ediciones en alemán, eso antes de Hitler) y en árabe. Resulta difícil creer que esto fuera espontáneo, y si lo fue, muestra el cómo “esto que le gusta a la gente” puede pasar por alto cualquier categoría moral. Los que no creemos en pajaritos sabemos que traducciones, impresiones y difusión no se financiaron desde la nube 47, sino desde las arcas del millonario filo-fascista estadounidense Henry Ford, a quien se admira y endiosa por ciertos logros visionarios, lo que prueba que los seres humanos somos a la vez luz y sombra. Entre los que desenmascararon la farsa están el periodista inglés Philip Graves, que en varios artículos en el Times de Londres en 1921 dejó claro que los protocolos (…) son sólo un torpe fraude escrito por un plagiario inconsciente que parafraseó un libro publicado en Bruselas en 1865. En enero de 1938, el sacerdote católico francés Pierre Charlés publica en la revista Nouvelle Revue Théologique, a la letra: … los Protocolos [...] son sólo (…) divagaciones sin importancia, que delatan a cada momento la incoherencia del redactor y su ignorancia de las nociones más elementales. Nadie podría jamás llevar a ejecución ese programa, porque hormiguea de contradicciones y de visible insania. Está comprobado que estos Protocolos son una falsificación, plagiada torpemente a partir de la obra satírica de Maurice Jolý y compuesta con el fin de hacer odiosos a los judíos.

Que no se pretenda darle coartada a la falacia y la mentira reaccionaria, la denuncia no puede mediatizarse: Entre otros crímenes atribuibles a los autores mediatos e inmediatos de este panfleto están la histeria en la Rusia Blanca de 1917 y la consiguiente masacre de 60,000 judíos, el empleo de los protocolos como propaganda nazi de cobertura a la persecución antisemita, su uso como lectura obligatoria para envenenar las mentes de dos generaciones de jóvenes alemanes y para justificar el genocidio de seis millones de seres humanos, más el engaño y manipulación de las mentes de millones de jóvenes árabes y de otras etnias y culturas esparcidas en todo el mundo, con el fin de esparcir falsedades y fomentar el odio a los judíos. Dos cosas sabemos de cierto sobre los tales protocolos: No tienen justificación moral, y son completamente falsos. Ahora bien, ¿qué dicen los protocolos? Presentan a los malvados conspiradores judíos hablando sin caretas de cómo van a conquistar el mundo. Es gracioso que los que pretenden conquistar el mundo tiendan siempre a acusar a otros de querer conquistar el mundo, como Adolfo Hitler y su muchachada nazi. Otro rasgo de estos libelos es que usan cierto manual de estilo muy característico, que se reconoce en los psicosociales y manipulaciones fujimontesinistas de la prensa manejada por la Derecha Bruta y Achorada. Siempre están al servicio de grupos dominantes para lograr objetivos de control político de masas, y por eso los encontramos en los extremismos de derecha, los supremacistas, los racistas de toda calaña, las dictaduras y/o autocracias de Oriente Medio, ciertos grupos fundamentalistas cristianos y musulmanes, y en general en la mollera de gente estúpida o engañada, que se cree que lo escrito es verdad por que está escrito. Estos panfletos infames son adecuados para influir en las gentes acríticas, así mantenidas para explotarlos mejor. La Rusia de los Zares y su 90 % o más de analfabetismo fueron presa fácil; sorprende que los alemanes pisaran el palito, eso nos obliga a revisar nuestro concepto de “ser culto”, o asignarle a la propaganda más poder del que creíamos. Es un hecho vergonzoso que se puedan encontrar los protocolos con tanta facilidad en internet, pero esperemos que eso sea porque los que viven de eso necesitan justificar los pingües sueldos que les sacan a sus amos.

IV
Malleus Maleficarum, de Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger

Una de las características de las Edades Media y Moderna europea fue su desaforada religiosidad, desaforada para el bien y desaforada para el mal. La búsqueda constante y obsesiva de Dios sólo cedía a la búsqueda aún más obsesa y constante de espíritus malignos vinculados al diablo, demonio, Lucifer, Satanás, etcétera – que con estos nombres y más se le conoce. La obsesión de las gentes por el castigo eterno en los Infiernos y la secular efectividad del control por el miedo venía de entender la vida como un tránsito, un paso del casi-no-ser de esta vida cochina y malvada al ser-pleno que se produciría en el Otro Mundo, todos esperaban que en el Paraíso, pero a muchos les tocaría en el Infierno, que ancha es la senda que lleva a la perdición. La Divina Comedia del inmenso Dante Alighieri, que comentamos en otra Crónica, no era alegoría ni símbolo, describía la realidad del Universo. Es decir, las gentes de la Edad Media sabían en positivo que el Paraíso está en el mismo plano de realidad que el mundo cotidiano; pero allá arriba, encima de todas las esferas que giran alrededor del Mundo. El infierno por supuesto está abajo, en el centro de la tierra, se llega a él por los volcanes. Arthur Koestler en Los Sonámbulos constata que para el Pedro Nadie de entonces el cosmos no era geocéntrico sino diablocéntrico: Las erupciones volcánicas mostraban los tormentos del infierno, y sus espantosos ruidos los lamentos de los condenados. En un mundo así estar del lado del diablo es terrible, en especial si ya no tienes remedio, si ya pecaste tanto que no te perdona ni tu madre. Pero en ese caso…  puede haber salida en hacerse obsecuente servidor de Su Majestad Infernal, las posibilidades de un razonable buen pasar para la eternidad mejoran. En todo caso con intentar no se pierde nada.

Así hay espacio para brujos y brujas, ritos y creencias asociados a la Magia, la Hechicería y la Brujería, tres ideas que no dilucidaremos acá, nos interesa la última por su vínculo con el Culto al Diablo. Como la misma Iglesia sostenía la realidad del Diablo, estar de su lado podía ser casi ortodoxo, aunque parece que los fieles de entonces no captaban muy bien eso del Monoteísmo. Las Iglesias por supuesto no toleraban este culto que afecta de raíz el control por el miedo, y tomaron serias medidas contra él: El dominico catalán Nicholas Eymeric escribe en 1376 un popular manual para inquisidores, el Directorium Inquisitorium, donde tipifica la brujería y distingue a los que controlan al Diablo de aquellos que se someten a él, más pecadores todavía. Hacia el siglo XV la histeria colectiva aumenta, producto de la espantosa inseguridad que se vivía entre guerras, epidemias y hambrunas; en 1431 se acusó de Brujería y se ejecutó en la hoguera a Juana de Arco. Las apariciones de brujas y los procesos legales al respecto se hacen tan comunes que en 1484 el Papa Inocencio VIII emite la Bula Summis Desiderantis Affectibus que reconoce la existencia de la Brujería:  (…)en los últimos tiempos llegó a Nuestros oídos (…) la noticia de que (…) muchas personas de uno y otro sexo, despreocupadas de su salvación y apartadas de la Fe Católica, se abandonaron a demonios, íncubos y súcubos, y con sus encantamientos, hechizos, conjuraciones y otros execrables embrujos y artificios, enormidades y horrendas ofensas. En 1486 se edita el más famoso de los libros sobre brujería, el que marcó la pauta para los demás: Malleus Maleficarum (El martillo de los brujos), escrito por dos monjes dominicos. Califica como lectura infame pues a lo largo de los tres siglos siguientes se convirtió en el manual indispensable y la autoridad final para todos los jueces, inquisidores, magistrados y sacerdotes, tanto católicos como reformados, en la lucha contra la brujería en Europa.  

En él encontrábanse las justificaciones legales para declarar a una persona o grupo como sujetos de Brujería, lo que a veces se hizo en grupos de mil o más; se describía con todo detalle las relaciones con el demonio, sus prácticas y poderes; y en lo esencial funcionaba como manual de instrucción para el maltrato y tortura mental y física de los sospechosos, a fin de arrancarles sus confesiones; detallando cuándo y cómo debía quebrantarse huesos, y cuándo y cómo condenar a muerte, e incluso las instrucciones para elaborar la Hoguera y ejecutar a la Bruja. Hay pocas cifras realmente confiables para la época, pero se ha hablado de decenas de millones de mujeres quemadas vivas bajo acusación de brujería. Lo cierto es que la suma de sufrimiento humano que este Libro hizo posible hace que no se le pueda leer ni tocar sino con tiento y algo de aprensión. No se distingue qué se le pueda extraer a esta lectura de positivo, fuera de información sobre el fanatismo de esos siglos. Leerlo puede servir para una investigación, pero luego habrá que tomarse un tranquilizante y aprender a qué puede llevar la ignorancia y el fanatismo.   

V
Colofón


Recapitulemos:  Las Lecturas Infames no hay que confundirlas con lecturas desagradables o chocantes por su forma: los Libros Negros de los crímenes nazis editados en la Segunda Guerra Mundial, o ciertas partes del Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación son chocantes más no Infames, se limitan a narrar hechos que deben conocerse. Por otra parte, las actas de la Conferencia de Wannsee que planeaban la Solución Final, o los Manuales para Torturadores empleados en las dictaduras chilena, argentina y uruguaya son un modelo de detalle y pulcritud verbal, pero Infames por definición. Ningún libro es mejor que la vida (…) ninguna obra puede estar por encima de la ética.  

Peru Blogs

miércoles, 19 de junio de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 41 - FILOSOFÍA (2)


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CRÓNICAS DE LECTURAS – 41
FILOSOFÍA (2)

I
Qué le hace la Filosofía a la Vida

He escrito ya una Crónica sobre Leer Filosofía, y he tratado de decir su lugar y analizarle su poquito la utilidad. Lo cierto es que de una u otra manera leemos en algún momento algo de Filosofía, y creo que no siempre es por obligación. Leer Filosofía y hacer Filosofía y Filosofar le hace algo a la vida. Si lees bien, si piensas disciplinadamente, es decir si filosofas resulta que se te despiertan ciertos campos neuronales que no sabías que tenías, como cuando montas bicicleta por vez primera y te terminan doliendo ciertos músculos que recién te enterabas estaban ahí. Y piensas que para algunos pensar es el enemigo, y que lo que quieren es que seas un insípido y estúpido cara de caballo, es decir un simple consumidor que no cree problemas, que salive cuando le pongan la publicidad y que gaste. Pero como yo estoy seguro que tú no eres un perro de Pavlov - de otro modo no leerías estas Crónicas - me gusta que me leas, y más contento estoy aún de que uses tu cabeza, a tu modo y a tu ritmo y en lo que te parezca pertinente. Así que si quieres criticar, bienvenida es la crítica y no importa lo dura que sea siempre que sea bienintencionada. Y aunque sea malintencionada bastará con que sea sólida, por esta parte del camino no nos da miedo la polémica. En cualquier caso hay momentos en que es importante que nos metamos con la Epistemología, por ejemplo, cuando estamos metidos en una investigación y de repente hay ciertas preocupaciones muy concretas al respecto. O con la Ética, que hoy es el espolón de la Filosofía en general, porque resulta en una preocupación mayor de nuestra época. O con la Filosofía de la Religión, ahora que todo lo sólido se desvanece en el aire.

En la otra Crónica mostré las dificultades que plantea la Filosofía como materia de enseñanza y lectura de cabecera. Podemos comparar lo que le pasa a un lego en Filosofía con lo que le ocurre a un piloto de Combate, que no lo es porque sea un especialista en combustible de alto octanaje. Para pilotear un avión con éxito se debe saber muchas cosas, pero no hay por qué embarazar la mente con un dominio de especialista del combustible que se emplea, aunque indudablemente es importante saber lo que se necesita sobre él. Y ésta es la clave del asunto, sea en pilotaje de combate o en Filosofía: Qué es lo que realmente necesitamos. Cuando enseñamos algo, Filosofía, Historia, el Triángulo de Pascal, Geometría Analítica, a cruzar la calle o a manejar un tráiler, tratamos en primer lugar que se aprenda lo que es necesario si es que hacemos las cosas bien y con sensatez. No sirve de mucho proporcionar al aprendiz de manejo de tráiler una maestría sobre la bocina del mismo. Por desgracia no es así como operamos en la realidad, los maestros / enseñantes / coaches (no me gusta la palabreja, pero la necesito) tenemos ideas preconcebidas y fuertes prejuicios que guían nuestras decisiones al respecto del qué aprender y cómo. Y la mayor parte de ellas son decisiones de mercado tomadas desde fuera. Vale decir, no se estudia digamos la ética por ella misma sino porque proporciona criterios para tomar decisiones en el desempeño profesional, la Deontología que le llaman.

Por otra parte, no hace tanto se hizo una encuesta en la Pontificia Universidad Católica del Perú acerca de qué contenidos conceptuales de los que se enseñan en las facultades de Ingeniería eran empleados en el tiempo real del ejercicio profesional, y la cifra en porcentaje parecía realmente muy pequeña, menos de 15 % si la memoria no me engaña. Claro está que eso depende de los objetivos que se trace la institución educativa, así como de los perfiles de salida del producto final, esto es, los rasgos del profesional. Porque la Universidad no existe sólo para hacer economistas o ingenieros o artistas o historiadores o trabajadores sociales, también forma personas humanas en una determinada dirección según la personalidad de la Institución. Ello explica los sesgos en las mallas curriculares según la Universidad de que se trate. Da la sensación que desde un punto de vista instrumental, y si lo único que quieren es sacar Ingenieros, puedes recortar un 50 % de los cursos, y el impacto en el desempeño profesional sería relativamente pequeño. O quizá más bien deberíamos decir que recién se notaría en el Largo Plazo. Con esto cuentan muchas instituciones que se dicen Universidades, y que en verdad son Institutos adornados de un caché que no les corresponde, pero que usan el membrete Universidad para ganar plata como cancha. Como por la plata baila el mono, la Filosofía en cuanto Curso se queda presente, pues tiene un costo bajo que se recupera en el caché que ciertas Instituciones necesitan para blanquearse, es decir, un costo de Ventas. Sé que esta es una conclusión más o menos desoladora, pero lo que interesa en general de la Filosofía no es un curso de ella, sino su aplicación y/o la capacidad de leerla, y esto en la medida que sea útil. Me viene a la mente un libro escrito en esta perspectiva: Más Platón y menos Prozac, que he leído a medias, y que debo decir que no lo siento del todo descaminado. Pero no es este libro el que deseo comentar.

II
Por qué no soy Cristiano y otros ensayos relacionados con la Religión,
de Bertrand Russell

Este libro me fue prohibido de leer en casa. Y dada la prohibición y mi nula tendencia a obedecer a la autoridad, fue uno de los primeros libros de Filosofía que leí. No hay nada más bobo en el universo que prohibirle a un chico lector que lea, ello sólo demuestra la impotencia de la Autoridad frente a las ideas. Terminas por entender un hecho que te teleporta a la Independencia: la Autoridad tiene miedo de que pienses. Nuestro país se caracteriza por una secular filosofía autoritaria subyacente que sostiene que la gente no pensará si la aíslas del pensamiento, o mejor aún, que pensará como tú quieres si le das algo para que piense de esa manera. A estas alturas del partido me cuesta creerme que tenga toda la razón George Orwell en 1984. No veo modo de que ese Gran Hermano en particular nos hermanifique a todos. Y si lo consigue es probable que los hermanificados se lo merezcan. Claro, puede haber nuevos modos que no conozca, pero las circunstancias actuales tendrían que ser opresivas en serio, peores que las fabricadas en la mente apocalíptica de Orwell, acertada en otros aspectos. Pero el peligro mayor no estaba en la Unión Soviética, que no consiguió llegar lejos no por falta de ganas sino porque la cosa no es fácil y requiere cuantiosas inversiones. El manejo del mundo postmoderno por el capitalismo neoliberal se distingue mucho mejor en los modales de  los sucesores del complejo militar-industrial que Dwight Eisenhower (conservador pero decente) denunció en su momento. Podemos conjeturar que toda la postmodernidad podría ser fomentada por los que la mueven, del mismo modo que desactivaron a los Panteras Negras en los ´70 s o fabricaron el punk en los ´80 s. ¿Suena a teoría de complot? Sí, pero no por temor a que me crean bobo voy a serlo más negando una amenaza real. Pero se me pierde Bertrand Russell, ojalá pudiéramos solventar al lado de cada ser humano un educador de la calaña de Bertrand Russell por unos cuantos años. Estoy seguro que el mundo se arreglaría en cuanto las gentes se dejaran de pensar bobadas, pues el enemigo público número uno de las bobadas es Bertrand Russell, qué duda cabe. Y escribió mucho y sobre muchas cosas, y siempre se le puede leer con gran provecho. De hecho este libro se hizo muy famoso, y eso que el ensayo que le da título es cortito, pero da inicio a toda la argumentación alrededor del tema religioso y el racionalismo que se despliega en el libro.

Los argumentos del Por qué no soy cristiano son lógicamente impecables. Ahí está su límite, dicho sea de paso. El mismo Russell lo presenta así: Lo que realmente hace que la gente crea en Dios no son los argumentos intelectuales. La mayoría de la gente cree en Dios porque les han enseñado a creer desde la infancia. El análisis sigue una ruta muy ordenada: De qué se trata ser cristiano, la existencia de Dios, los argumentos clásicos de Santo Tomás de Aquino y otros más, entre ellos el argumento del plan, que se parece como dos gotas de agua al famoso argumento del Diseño Inteligente que los creacionistas y otra gente rayada han soltado últimamente como si fuera la gran novedad. Luego se embarca en el argumento moral, en particular el de Kant, para después de reventarlo navegar en una discusión sobre el carácter de Cristo y los defectos que encuentra en sus enseñanzas y que justificarían considerarlo un ser humano de elevada moral, pero no necesariamente de carácter divino. Denuncia a las Iglesias en general como las responsables del retraso del Progreso Moral, y las acusa frontalmente de crueldad diabólica en la imposición de su moralidad. Por último señala al Miedo como fundamento de la religión: Tenemos que mantenernos de pie y mirar el mundo a la cara: sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él (…) Tenemos que hacer el mundo lo mejor posible (…) Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor. El resto del libro abunda y profundiza en estas ideas, vale la pena señalar algunos de los títulos, que caracterizan perfectamente a un Russell que durante toda su vida tomó firmemente el toro por las astas y no se comió ninguna estupidez: ¿Sobrevivimos a la muerte?, Nuestra ética sexual, Gente bien, La libertad y las universidades, La existencia de Dios, etcétera. Debemos decir que a nuestro humilde entender este libro debería ser leído absolutamente por todas las personas en ejercicio de su libertad. Soy de los que cree que un mejor concepto de Dios y la Religión aparecerá cuando eliminemos toda la hojarasca de los intereses creados por las Iglesias y Organizaciones Religiosas de toda índole, y en este aspecto creo que hasta Bertrand Russell estaría de acuerdo, como de hecho lo estaba Carl Sagan. Un diálogo entre las dos maneras de reflexionar no parece imposible. Terminemos diciendo que Bertrand Russell debería ser leído no solamente en cuanto Filósofo y Matemático, sino como el gran Educador que fue toda su vida. Reconozco mi profunda admiración por este hombre, admiración que comparte en mi pensamiento con ese otro grande combatiente por la Libertad, Nelson Mandela. Así que a leerse el Por Qué no soy Cristiano y todo lo demás que caiga en tus manos. Como es sumamente sólido empieza siendo un poco difícil, pero tras los primeros tropiezos y esfuerzos por entenderlo, se te vuelve un compañero inseparable y merecido.

Un link donde puede hallarse este libro es:
 http://espanol.free-ebooks.net/ebook/Por-que-no-soy-cristiano/pdf/view     

III
El Mundo de Sofía, de Jostein Gaarder

He mencionado ampliamente este libro en una de mis primeras Crónicas, traté con éxito relativo de usarlo para enseñar Filosofía. Algunos de mis antiguos alumnos – antiguos en el sentido del tiempo transcurrido, no de la edad – me hacen saber que se felicitan de haberse introducido en la Filosofía por este libro, lo que siempre hace que uno se sienta mejor. Pero ahora me gustaría comentarlo desde la perspectiva de lo que ocurre cuando se combinan dos y hasta tres géneros: Novela, Historia y Filosofía. Empecemos por el título: El Mundo de Sofía suena un tanto común y silvestre, después de todo así se construyen la mayoría de las frases y oraciones: El chino de la esquina, el papá de Matilde, el león del zoológico. Estamos acostumbrados a decir y leer estas expresiones y no solemos percatamos de su ambivalencia o anfibología. Eso pasa acá: El sentido del asunto expresado en la frase–título El Mundo de Sofía, está en Sofía, claro, pero también está en el Mundo. Nosotros, como la protagonista Sofía Amundsen, no solemos preguntamos sobre la estructura de la realidad al interior de la cual vivimos a no ser que se nos despierte alguna duda al respecto, y para que eso pase tiene que ocurrir algo realmente gordo. Cuando reflexionamos hacemos harta hermenéutica porque el pensamiento filosófico no es pensamiento científico, que a su vez es un caso particularísimo de pensamiento racional, y leyendo la novela no hay nada de esto, sino una historia común y algo sonsa sobre una niña y un profesor y unas extrañas clases de filosofía en el límite mismo de lo verosímil, como si nos contaran el proverbial cuentito de hadas. Lo que yo sé es que si mi hija empezara a recibir cartitas raras de un profesor de filosofía, probablemente ese gallo terminaría preso. Cuando leemos novela hacemos un pacto implícito con el autor: Le creemos así meta en el relato Dragones, Mosqueteros, Trapecistas, Militantes liberales del Opus Dei, Feudalismo Industrial o Islas Voladoras. Ahora bien, cuando este relato algo simplón (uno se pregunta por qué es best-seller, y la verdad por eso continué leyéndolo) alcanza el límite de lo verosímil, de repente nos percatamos que Sofia Amundsen se cuestiona precisamente esa verosimilitud de la esencia del Mundo en que ella está, y empieza a aproximarse poco a poco a una Verdad nada cómoda. Y ahí es cuando nosotros en tanto lectores empezamos a rayarnos y empezamos a entender que la anécdota estaba diseñada para adormecernos y encajarnos un bombazo.

Dios mueve al jugador y este a la pieza / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza? Este es un versito de Jorge Luis Borges que viene muy a cuento, porque si Sofía Amundsen se pregunta sobre el Mundo en el que “realmente” está, tiene que percatarse con el coprotagonista Alberto, el Profesor de Filosofía, que ellos mismos son personajes de una novela, y que viven su tiempo mientras está siendo escrita por un Mayor del Ejército Noruego destacado con las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas en el Líbano como obsequio de cumpleaños para su hija Hilde. Hasta acá Dios mueve al jugador, pero Alberto empieza a sospechar que el Mayor no sabe que a él también lo escribe un tal Jostein Gaarder. Y ya puestos en esta seguidilla, no hay motivo para detenerla creyendo que somos diferentes del resto del Universo o que vivimos en un plano particular: A nosotros, que leemos al buen Jostein, nos podrían estar escribiendo, también. Y subidos a este potro ¿por qué al Buen Dios – nombre que le daremos provisionalmente al Supremo Escritor – no podría estar escribiéndolo alguien (¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?)? Y como ya metí un signo de interrogación dentro de otro, evidencio la muñeca rusa que es esta inocente novelita, y de repente la mismísima trama de la llamada "realidad". Estamos en el terreno gnóstico del siglo II d.C., que dejó honda huella en la civilización occidental, que presenta una posibilidad posible que no tiene nada de boba, metidos en el terreno de la dilucidación de la Física de la Realidad – es decir de la Metafísica. Ni es tampoco Gaarder el primero al que se le ocurre aplicar el inocente versito de Borges, que tan bien se la sabía. En su novela – o nívola, término que remite a la neblina o niebla, o … – Niebla, Miguel de Unamuno hace que un personaje le hable y hasta lo cuadre (Usted se morirá, mi Don Miguel, y Dios dejará de soñarlo). Woody Allen también cae en el encanto de recombinar los planos de la realidad en su película La Rosa Púrpura del Cairo, aunque en el caso de Unamuno la cosa es dramática, mientras que en Allen es un motivo más para desternillarse de risa. Al final de todo, lo cierto es que una historia que parecía tratar de hacer entretenida la Historia de la Filosofía en realidad se resuelve en una profunda reflexión sobre el Ser y un reconocimiento del poder y los límites de nuestra capacidad para la reflexión. Y para la rayadera. Presten especial atención al final de la Novela (O nívola), cuando lo hagan tal vez – solamente tal vez -  se encuentren en la punta de los pelos del conejo … 

Un link desde donde puede bajarse este libro es:
 http://www.dad.uncu.edu.ar/upload/El%20Mundo%20de%20Sofia.pdf

Y para los que no sepan que este libro había terminado teniendo su película, acá va el link:
http://www.youtube.com/watch?v=eI64ujPtB-w&list=PL67d4V6VTlB52m8iCBxdYReW_U_S8suZf&index=39
    

IV
Contra el Método, de Paul K. Feyerabend

Tratar de entender la Ciencia es uno de los grandes problemas de la Filosofía. Hay la idea de que la Ciencia es exacta, metódica, rica, ordenada, todo eso se supone lo aprendemos en esos bonitos manuales por los que todos pasamos cuando llevamos cursos de metodología o seminarios de investigación, en especial cuando tenemos que hacer la Tesis, esa maldita desgraciada, y tenemos que pasar por el aro del método científico y sus reglas. Me recuerda esto esos libros con los que se trataba de introducirnos al tema en el primer o segundo ciclo de Educación Superior, del tipo de La aventura del trabajo intelectual, de Armando Zubizarreta o La tesis universitaria de José Antonio Del Busto Duthurburu. También he leído, como tantos, al filósofo argentino Mario Bunge y su La Ciencia, su Método y su Filosofía, elevados a los altares académicos con justicia, porque me parece un libro muy bueno precisamente por la crítica y defensa de un cierto tradicionalismo realista aristotélico. Pero cuando el tiempo pasa y la novedad se desvanece, pasa con las reglas del método científico lo que pasa con la mayoría de las reglas sobre cualquier cosa, que podemos tal vez seguirlas en plan de manual y esto nos ayudará a cumplir con lo canónico de la tesis, por ejemplo, algo que indudablemente nos traerá grandes ventajas aunque no volvamos a ver una investigación en todas nuestras reencarnaciones posteriores. Pero para entonces ya nos habremos comido algunas otras cositas de más complicada digestión, como la Introduction to research, de Tyrus Hillway; la Introducción a los métodos de la sociología empírica, de Renate Mayntz, Kurt Holm y Peter Hübner; a Johann Galtung, Teoría y Método de la Investigación Social (Uno de mis preferidos, si debo decirlo, junto con los Métodos de Investigación Social de William Goode y Paul K. Hatt). Por otra parte, ser muy canónico y seguidor de las reglas no molesta nada y es de extrema utilidad en las ciencias formales -matemáticas y lógica – pero las variantes en la Investigación Social requieren que miremos la cosa, como se decía antes, cum grano salis. Cuando se trata con la realidad hay que aplicar las reglas creativamente, y la creatividad con las reglas suele ser arriesgada cuando hay un título académico de por medio. Sin embargo, para mí constituye indicio de anquilosamiento social cuando se siguen las reglas por el puro prurito (o picazón, que eso significa prurito) de seguir las reglas. Las reglas son básicamente algo que es útil para alcanzar un objetivo, en este caso para alcanzar conocimiento, y por eso uno debe conocerlas al dedillo para saber en qué medida las debe asumir. Y no, no estoy aconsejando dedicarnos al incumplimiento sistemático de las reglas, sino a la necesidad de conocer y practicar una ética y moral más elevada que la que proviene de simplemente cumplir las normas por cumplirlas. A veces cumplir con las normas es ética y moralmente un crimen. En ciencia, digámoslo así, posiblemente.

Por ello una crítica fundamentada contra el método en general y contra el método científico en particular es siempre pertinente. El libro de Paul Feyerabend que trato de reseñar precisamente hace eso, criticar el método con método crítico, tan caro a la Filosofía en general y tan sólidamente establecido por Emanuel Kant, que dejándonos de cosas se calzaba sus puntos a pesar de esas metidas de pata éticas de que hablamos líneas arriba. Por cierto, criticar la crítica es también pertinente, pero si criticamos el método, y /o a la crítica del método, cuando menos estamos en la obligación de fundamentar nuestra asistematicidad en la investigación y el método científicos. Menos mal hay cómo, Feyerabend toma en consideración la relatividad de las afirmaciones científicas en el tiempo, considerando la Ciencia misma como un conjunto de ideas y proposiciones que se desarrolla históricamente, y siendo histórico su desarrollo participará de los factores ambientales que la rodean, incluyendo particularmente en ello las consideraciones semi-mitológicas que los propios sujetos agentes - los científicos - utilizan cuando tratan de describir su propio proceso científico “históricamente”. La misma idea de la racionalidad que rodea a la Ciencia, los conceptos e ideas socialmente predominantes sobre la esencia e importancia de la inducción y la contrainducción, del falseamiento o falsación, de la teoría, de lo empírico y del experimento, de las bases lógicas y epistemológicas que sostienen el edificio de la Ciencia, de la interrelación entre los conceptos y los hechos – que por cierto ha hecho crisis en la post-modernidad -, de las autolimitaciones ideológicas en la interpretación de los hechos lleva al autor de este libro a atacar toda ortodoxia y a sostener una suerte de Teoría del Error Científico, en la que basa su anarquismo epistemológico. Y no está solo, pues con Karl Popper, Rollo May, Imre Lakatos, Willard Ormand De Quine y Jerszek Kolakowski, entre otros, hay harto de qué hablar al respecto. Me parece que tal vez no debería ahondar más en este tema, complejo de por sí, más allá del simple propósito de comentar un buen y moderno libro de Filosofía. Las ideas de Feyerabend han calado hondo en la crisis de la racionalidad y de la ciencia, y su Teoría de la Inconmensurabilidad, que comparte con otro gran filósofo crítico, Thomas Kuhn, es importante de ser conocida para todo aquél que pretenda decir que sabe filosofía. Terminemos este apartado con unas palabras del propio Feyerabend, las que dan término a Contra el Método: … la teoría se aplicaba, pero (…) no se entendía todavía. El entendimiento (…) se hace así inefectivo y superfluo. Resultado: Las sensaciones también pueden ser eliminadas del proceso de entendimiento (aunque pueden seguir acompañándolo, del mismo modo que un dolor de cabeza acompaña al pensamiento profundo).

Un link desde el cual bajarse este libro, acá:
http://ifdc6m.juj.infd.edu.ar/aula/archivos/repositorio//0/137/Feyerabend-_Tratado_contra_el_metodo.pdf       

V
Colofón

Algunas personas me han acusado con gran crueldad mental y emocional de ser un racionalista furioso que ve las cosas en función de su lógica y sistematicidad en relación con el Gran Todo Flotante del Conocimiento y la Realidad, dejando aparte el sentimiento y otros modos de captar y vivenciar la Realidad real que me (nos) rodea. Calculo que si leen esta Crónica dichas personas disparen una semisonrisa de conmiseración. Esas cosas pasan cuando lees pues. Y qué bueno. Así que ya sabes, parafraseando la Biblia: Lee y haz lo que quieras.




martes, 26 de marzo de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 22: BIBLIA (III)


CRÓNICAS DE LECTURAS – 22
LEER LA BIBLIA (III)

I
Creacionistas y Evolucionistas

Algo más de siglo y medio atrás la Iglesia Anglicana se metió en un lío descomunal al entrar en conflicto con la Teoría de la Evolución de Charles Darwin, Alfred Russell Wallace y Thomas Huxley: El conflicto aparente entre Fe y Ciencia mostró cuán inane es un sistema de creencias sobre la realidad basado en la interpretación literal de las palabras de la Biblia. Parecería que el ente metafísico “Ciencia” se imponía a la “Religión”, otro ente metafísico del mismo género. A mi humilde entender la discusión es absurda por confundir planos, aunque estoy seguro hay harto pan que rebanar acá, y precisamente porque lo hay no sé qué hacían estos discutiendo sobre tortas y panqueques. No creo que exista Ciencia ni Religión fuera de las mentes de las personas o comunidades que las practican y/o profesan. No impongo a nadie mi idea, pero yo no veo ahí más que conjuntos de proposiciones. Creo que entendemos demasiado poco sobre la mente y el espíritu humanos – sean éstos lo que fueren – para ponernos a discutir acerca de la certeza del conocimiento de dos conjuntos de proposiciones cuya intersección es vacía. Parece que discutiéramos sobre cuántos ángeles caben en la puntita del famoso alfiler. Claro que esto no es más que mi opinión, y estoy seguro que otros sostendrán distinciones más sutiles y certeras, pero esto que narro son mis propios viajes, y sólo trato de plantear cómo veo este tema, en el que a algunos en definitiva se les va la vida. A mí no me causa el más mínimo problema distinguir entre Ciencia y Religión, y cuando veo alguna discusión que las enfrenta entiendo que podría ser más productiva, interesante o profunda, incluso con el desacuerdo. Ambos dependen demasiado de cierta mirada subjetiva, lo que me enseña más sobre la dificultad de escapar de esquemas preconcebidos que sobre la certeza de las afirmaciones. Es cierto que parto del deber-ser de la libertad de pensamiento, que incluye la libertad para tener las creencias no demostradas que te vengan en gana, siempre y cuando no nos compliques desordenadamente la vida al resto; y me molesta que ambos conjuntos de creencias no coexistan sin problemas. Entiendo que una vida bien ordenada equilibra las cosas, en especial cuando hay motivos fundados para suponer que ningún sistema te dará todas las respuestas. Precisamente por eso chocamos con las ortodoxias que se pretenden totales y verdaderas, y que para ello nos muestran falacias de petición de principio. La ortodoxia no es necesaria para la Religión, que entiendo como sistema individual y abierto de creencias. Las Iglesias son otro cantar, porque cierran lo que debes creer por sus propios y particulares motivos, y cuyos intereses me parecen ajenos tanto a lo religioso como a lo científico. Ahí están para decirlo con conocimiento de causa Jansenio, Teilhard de Chardin y Anthony de Mello; y desde la otra orilla Copérnico, Galileo y Giordano Bruno. Que lo que les pasó o dejó de pasar a todos ellos no tiene tanto que ver con Dios como con confundir el triciclo con la manivela.

En el terreno práctico de la Vida, si estoy enfermo y le pido a la divinidad que intervenga para sanarme, de repente Dios (O Diosa, o Eso que está allá), si soy tan interesante o importante para Él como para que haga algo, me enviará un médico eficiente al alcance de mi bolsillo, lo que en el Perú no es poco y requiere de cierto nivel de omnipotencia (Eclo. 38, 1-15). No veo con qué cara le limito las opciones a la divinidad, como veo ciertas Iglesias hacen prohibiéndole a Dios las transfusiones, por ejemplo. Y contrario sensu, si aparece alguien con ganas de quemarte vivo por eso de que si Dios es Trino o Uno, o si Jesus usaba para vestir sábanas o frac, lo más sensato es correr si puedes. Que soy humano, y nada de lo humano me es ajeno, ni siquiera el Miedo. Y no atraco con las Iglesias que me imponen soluciones si estoy enfermo, ni con los creacionistas y sus sumas de edades de patriarcas para hallar la antigüedad del Universo. Podría verlo desde la Ciencia: La sonda Planck de la ESA-NASA acaba de cartografiar con mayor exactitud la luz de fondo del Big-Bang, y el universo registra algo más de añitos de lo que se creía: Trece mil millones. Pero desde la Religión hay un argumento tipo Navaja de Ockham, pues los hagiógrafos se concentran en cuestiones universales y no en lo contigente. En su estilo lo que dicen es que todo lo que existe lo hizo Alguien, y le salió Bien. Si eso es o no Verdad, pues falta data y por eso es cosa de Fe. Esa Fe me dice que tras cada uno de los Seis Días de la Creación, vio Dios que esto era bueno (Gén. 1; 10, 12, 18, 21, 25), y más aún: Dios vio que cuanto había hecho era muy bueno (Gén. 1, 31). Sí, en todos los tiempos es necesario recordar que Existir es mejor que no existir; que Ser, sobre todo cuando sabes que Eres, es mejor que No Ser; y Vivir mucho más grato que No Vivir. Claro que eso es discutible si tienes hambre, o sientes desamparo al saber que dejarás de Ser, pero desde allí puedes aspirar a algo mejor, que más vale perro vivo que león muerto (Eclesiastés, 9, 4). Que exista el Universo entero - galaxias, estrellas, planetas, rocas, mares, plantas y animales y el ser humano – es así, en principio, bueno. Pero a esto no se refieren los creacionistas cuando presumen de aritméticos con las edades de los patriarcas. Yo digo que ante el hecho desnudo del Existir ¿A quién recuernos le importará que Dios hiciera el Mundo en Seis Días o en Seis mil millones de años? Esos son aspectos técnicos que no carecen de interés científico ni especulativo, claro, pero no son de fondo: La Religión es Fe; la Ciencia es conocimiento verificable. La Fe no se basa en enunciados de Ciencia, ni la Ciencia en los de la Religión. Los creacionistas y otros fanáticos confunden los camotes con Pavarotti, y cuando tratan de imponerse no lo hacen por religión, sino por ideología, economía y política, testigo el Tea Party. La recta Religión y la Ciencia de veras pueden y deben criticar y combatir a esos loquitos. Y ya no perderé el tiempo con alucinados.

(Y sin embargo, no me aguanto y romperé una lanza por la sensatez: El Calendario se basa en los movimientos aparentes del Sol y la Luna. Un “año” es el tiempo entre dos equinoccios o solsticios, más o menos; así como “mes” el tiempo entre dos fases iguales de la Luna. Se mide la duración de la vida en “años” y “meses”. Cuando los primeros hagiógrafos escribían era probable que emplearan medidas de tiempo lunares más que solares. El término “año” compara el tiempo vivido con el tiempo de rotación del Sol. Es coherente suponer que la palabra que San Jerónimo tradujo “año” para los patriarcas antediluvianos  - Adán, Set, Enós, Quenán, Mahalalel, Yéred, Henoc, Matusalén, Lámek y Noé - se refería a la edad en general, sin distinguir entre el período lunar o el solar. La leyenda o mito recogido por el elohista habría usado el término “año” refiriéndose a la rotación de la Luna, y el elohista y/o el traductor San Jerónimo, sin pensar mucho en ello, lo asumieron Solar. Total, eran hagiógrafos y traductores, no astrofísicos ni geógrafos. Así, el famoso Matusalén, que habría alcanzado la portentosa edad de 969 “años” (suma de 187 “años” cuando engendró a Lámek, y 782 “años” después – Gén, 5, 25-26) habría vivido 969 “años … lunares”, es decir 969 meses de hoy. Y habría cantado su happy birthday solar algo más de 80 veces (80 “años solares” = 969 “años lunares”), y tenido su primer vástago a los quince “años solares”, con un año solar de doce meses lunares (en algunos calendarios es trece). Llegar a la edad de 80 “años solares” es respetable aún hoy, y más entonces que la expectativa de vida en Palestina no debe haber sido muy elevada. Como hipótesis esto vale por lo menos igual que creer que un patriarca vivió casi mil años solares, y mucho más probable.)        

II
Historia, Moral y Religión

Entre tantas cosas que es la Biblia, es una interesante fuente histórica. Si se la lee en esa perspectiva encontramos desde fuentes históricas directas – los libros de Josué, Jueces, primero y segundo de Samuel, primero y segundo de Reyes, primero y segundo de Crónicas / Paralipómenos, Esdras, Nehemías, primero y segundo de Macabeos -  hasta testimonios de carácter moral, ético y religioso que expresan los rasgos y contenidos de las épocas en que los hagiógrafos los escribieron. Así pueden interpretarse las historias y cuentos de Rut, Ester, Job, Tobías, Judit, Jonás y partes de los Libros de Daniel, Ezequiel y Jeremías, entre otros. Es claro que los hagiógrafos no entendían la Historia como nosotros. La Historia hoy es un conjunto de proposiciones verificables, al margen de temas epistemológicos no pertinentes ahora. Los hagiógrafos, en cambio, registraban y valoraban los hechos desde una perspectiva religiosa y moral. Atribuían la caída del Reino del Israel a manos de los Asirios a que Israel se separó del Templo de Jerusalén, donde estaba el Arca de la Alianza. Vale decir, las cosas pasaban o dejaban de pasar por estar acordes o no con un deber ser religioso, ético y moral. Y explicaban por qué Judá no cayó a la vez que su vecino Israel: “Joram, hijo de Josafat, rey de Judá, comenzó a reinar (…). Siguió los pasos los reyes de Israel y (…) se portó muy mal con Yavé. Sin embargo, Yavé no quiso exterminar a Judá por amor a su siervo David, según la promesa que le había hecho de mantener siempre encendida su lámpara, lo que se refería a sus hijos.” (2 Reyes, 8, 16-19). Portarse mal con Yavé – mantener el culto de otros dioses -  explica para el hagiógrafo por qué un reinado era un desastre. ¿Entonces cómo explica el hagiógrafo que a Joram le vaya bien, siendo un forajido de polendas? Pues por la promesa hecha a David por Yavé. Los Profetas eran esenciales como intérpretes de la voluntad de Dios, y más le valía al Rey seguir sus consejos. Era crucial la relación entre el Poder Político y el Religioso: cuando andan de acuerdo todo va bien; cuando no, todo va mal. Destacan así los profetas Moisés, Débora, Samuel, Natán, Elías y Eliseo, que transitan por Judea portando el mensaje de Yavé, y a veces prefigurando los milagros del Cristo.

En consecuencia estos relatos bíblicos “históricos” son edificantes y muestran en qué consiste portarse bien con Yavé. En Ester se trata de “A Dios rogando y con el mazo dando”; es decir rezar a Dios por la salvación del pueblo a la vez fomentando la coquetería de Ester con el Rey Persa Asuero para influir a favor del pueblo y vencer las intrigas del enemigo Amán. En Rut es la fidelidad a la Fe, que supera el prejuicio étnico al mostrar la fe en el Dios Vivo y la lealtad a Noemí de la moabita Rut, que se une al Pueblo Elegido para ser nada menos que abuela del Rey David: No me obligues a dejarte yéndome lejos de ti, pues a donde tú vayas, iré yo; y donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, allí también quiero morir y ser enterrada yo. Que el Señor me castigue como es debido si no es la muerte la que nos separe (Rut, 1, 16-17). En Tobías se trata de sostener la religión en un contexto pagano, de ser firme frente a la adversidad, de confiar en la providencia de Dios. Varios de estos sabrosos cuentitos, como Ester, Daniel y otros, enseñan cómo comportarse entre no-judíos, algo terriblemente importante tras el colapso de los dos estados hebreos. En Judit se destaca la importancia de las mujeres judías (Judit significa “la judía”) en los momentos de crisis, que débiles y todo salvan al pueblo: no está en el número tu fuerza, ni tu poder en los valientes, sino que eres Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados (Judit, 9, 11). Quizá uno de los libros bíblicos de más resonancias modernas sea el de Jonás. Que la clasificación de los Libros de la Biblia no fue muy acuciosa se nota cuando se agrupa a Jonás con los Profetas Menores, entre Abdías y Miqueas, cuando en realidad es un cuento, como Rut o Tobías. Seguramente ello fue descuido de un clasificador que no sabía bien qué hacer con él, y lo leyó muy por encima. Pasa en las mejores Bibliotecas, por más clasificación Dewey que se use. La historia de Jonás era un cuento muy popular en aquellos días, y Jesús lo menciona varias veces en el Nuevo Testamento. No me aguantaré de contarlo y comentarlo.

III
El Libro de Jonás

Jonás es un profeta en el Reino de Israel. Es decir vive en la incómoda situación de predicar la vuelta del Reino separado a Jerusalén, lo que lo hacía muy impopular, y se le nota tozudo, terco y estólido, cualidades necesarias en tales circunstancias. Un buen día Yavé le ordena que vaya a Nínive, epítome de toda iniquidad, y predique contra ella. Esto echaba a andar un proceso: predicar contra una ciudad implicaba que o bien sus gentes se arrepentían o bien no, en el primer caso se les permitía vivir, en el segundo la desatada Ira del Dios de los Ejércitos destruía la ciudad y a todos sus habitantes. Pero Jonás veía la cosa algo diferente, fuera porque preveía lo que podía pasar, fuera por no querer predicar en Nínive. En todo caso Jonás se decide por ir en la dirección contraria y embarca a Tarsis, al otro lado del mundo, lejos de la presencia de Yavé (Jonás, 1, 3). Esto es un motín in fraganti, Jonás tenía una idea limitada de con quién trataba. Yavé envía una tempestad que amenaza hundir el barco. La tripulación se afana en salvarlo, cada cual reza a su Dios por ayuda, mientras Jonás duerme en el fondo de la cala, tan inconsciente del asunto que el Capitán del Barco lo cuadra: ¿Cómo estás durmiendo? Levántate, invoca a tu Dios, quizá se acuerde de nosotros y no pereceremos (Jonás 1, 6). La tempestad arrecia, los marineros echan suertes a ver quién se trae el problema, y adivina a quién le toca. Me caen mejor estos gentiles que el profeta, cuando menos trabajan para que el barco no se hunda. Y también me agrada este Yahvé educador: Aquellos hombres tuvieron gran miedo y le dijeron ¿Qué es lo que has hecho? Pues ahora sabían que huía de la presencia de Yavé (Jonás, 1, 10). Al fin, Jonás propone que lo echen al mar, la tempestad se disipa, el barco sigue su ruta, y un gran pez aparece de la nada y se traga a Jonás. Esta escena del pez inspiró a dos clásicos de la literatura infantil: El soldadito de plomo, de Hans Christian Andersen; y Pinocho, del italiano Carlo Collodi. En el primero, el soldadito es tragado por un pez y hallado al final por su dueño; mientras que en el segundo, Pinocho busca a su padre Gepetto, a su vez perdido al buscarlo. Y así como Jonás encuentra y es encontrado por Dios Padre, rezando en el vientre de la ballena – eso y ser digerido es lo único para hacer allí -, un par de milenios más tarde Pinocho encuentra a su padre en el vientre de otra ballena, seguro descendiente de la de Jonás y pariente lejana de Moby Dick.

En su forzado retiro el profeta termina por atracar con la voluntad de Dios, y produce de paso una bella oración, que por algo Dios lo eligió: En mi angustia llamé a Yavé / y me respondió, / grité desde el lugar de los muertos / y Tú oíste mi voz (Jonás 2, 3). El pez lo vomita, presumimos en la ruta a Nínive, y así Yavé le sugiere amigablemente que se deje de pretextos y haga lo que hay que hacer. Escarmentado, Jonás va a Nínive, ciudad grande que requiere tres días sólo para atravesarla, pero él predica por un día un mensaje corto, cumple con su deber con displicencia de empleado público. Al terminar el día se habrá dicho que ya estaba bueno; pero los ninivitas sin embargo, oyeron la advertencia e hicieron penitencia desde el mayor al menor. Y Dios, que es de buen natural, los perdona y no destruye la ciudad. Esto a Jonás le cayó como mentolátum con huevo frito, se enojó y dijo en versión libre: “Ya te agarraron por el bobo, como siempre. Clemente y misericordioso, bah, a estos hay que volarlos a lo Sodoma y Gomorra. Para esto me hubieras ahorrado el tour a la panza de la ballena. Me dejas como zapatilla, nadie me creerá otra profecía. Estoy hasta el copete de esta chamba” Bueno, es la idea, pues los profetas a veces le enmendaban la plana a Dios. Se observa en Moisés, el amigo de Dios, que en dramáticas circunstancias cuadra al mismísimo Yavé cuando éste muestra lo harto que está de esta plaga de israelitas, arrepentido de haberlos creado, y mejor empezamos todo de nuevo y con tu descendencia hacemos otro pueblo con mejores modales (Números, 14, 10-19). Pero ni Jonás es Moisés ni los ninivitas los fastidiosos israelitas. Jonás se larga de Nínive, se duerme a la sombra de un árbol, que Yavé hace morir, con lo que Jonás, mismo Chavo del Ocho, da de patadas en el suelo. Aquí la lección de Yavé: Te afliges por un ricino que no te ha costado trabajo alguno y que no has hecho crecer, que en una noche ha nacido y en una noche ha muerto. / ¿Cómo pues, yo no voy tener lástima de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir el bien y el mal, y gran cantidad de animales? (Jonás 4, 10-11).
      
IV
Sabiduría en píldoras, con sus prejuicios más

Los Libros Sapienciales contienen muchas máximas de diversa procedencia, que eran parte de lo que hoy llamaríamos sabiduría convencional propia de la experiencia: refranes, dichos, ocurrencias, consejos prácticos que vinculaban los muy terrenales intereses de las gentes con los límites de los preceptos divinos, en combinación inseparable. Son una especie de llamado constante a la sensatez, a la agudeza de un intelecto sensible a lo útil y a lo bueno, instrumento del buen vivir, al que llamaban Sabiduría: Pues hay en ella (la Sabiduría) un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo, incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles, / porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza / (…) es un hálito del poder de Dios / (…) es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad. / Aún siendo sola, lo puede todo; sin salir de sí misma, renueva el Universo // (…) … contra la Sabiduría, no prevalece la maldad. (Sab. 7,  22-25, 26-27, 30). Visión optimista y poética, de cuando la Fe y la Razón no se habían separado. Estos libros trazan guías de acción frente a los hechos de la vida cotidiana, y quizá sean una de las partes de la Biblia más consultadas hoy en día: Los Proverbios, la Sabiduría, el Eclesiastés, del que ya he tratado, y el Eclesiástico, hoy llamado Sirácides, por su autor Jesús Ben Sirá. Su lectura es sencilla, pues por su estructura pueden consultarse abstrayéndose del resto, y además están soberbiamente escritos, como suele suceder con la sabiduría popular. Por otra parte, contienen estructuras internas propias, es decir soportan a la perfección la lectura analógica, la que empieza por el principio y continúa hasta el final. Podría incluirse aquí ese poema tan especial que es el Cantar de los Cantares, hermoso canto de nupcias y apasionado amor conyugal de la Luna de Miel, aunque también se le han dado significados místicos (Negra soy, pero graciosa, hijas de Jerusalén, / como las tiendas de Quedar, / como los pabellones de Salmá, / No os fijéis en que estoy morena: / es que el sol me ha quemado. – Cantar, 1, 5-6).

Las pildoritas de estos libros no pueden ser más prácticas, considerando los contextos en que se desenvolvían. Poseen una belleza propia expresada en símiles, metáforas y otros recursos estilísticos de sus hagiógrafos. Escojo a continuación algunas al azar: Esta es interesante por su penetración psicológica, mucho más que los actuales libros de auto-ayuda: Ten en cuenta el momento y guárdate del mal, no te avergüences de ti mismo. / Porque hay una vergüenza que conduce al pecado, y otra vergüenza hay que es gloria y gracia. (Eclo. 4, 20-21). Otras nos advierten de andar ojo avizor para hacer lo correcto: Con paciencia se persuade al juez, una lengua dulce quebranta los huesos (Pro. 25, 15); Quien cultiva su tierra se hartará de pan, quien persigue naderías es un insensato (Pro. 12, 11); Del consejero guarda tu alma, averigua primero qué necesita – porque en su propio interés dará consejo (Eclo. 37, 8); La ancianidad venerable no es la de los muchos días ni se mide por el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia (Sab. 4, 8-9). Por otra parte estas citas vistas fuera de contexto suelen levantar discusiones, porque no hallaremos en estos textos, por ejemplo, equidad de género, idea moderna y alejada de lo preponderante entonces … ¿o no? Veamos esta cita: ¡Cualquier herida, pero no herida del corazón! ¡Cualquier maldad pero no maldad de mujer! (…) Prefiero convivir con león o dragón a convivir con mujer mala / La maldición de la mujer desfigura su semblante, oscurece su rostro como un oso. / En medio de sus vecinos se sienta su marido, y sin poder contenerse suspira amargamente. / Toda malicia es poca junto a la malicia de mujer, ¡que la suerte del pecador caiga sobre ella! (Eclo. 25, 13 y 16-19). Este duro juicio de ciertos rasgos femeninos ha perdurado, y sentado cátedra en la figura neotestamentaria de un Pablo misógino, aunque menos de lo que comúnmente se cree: … bien le está al hombre abstenerse de mujer (…) lo que os digo es una concesión, no un mandato. Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo … (1 Cor. 7, 1, 6-7). Como en lo dicho antes sobre David y Jonatán, ni tanto ni tan poco. Pero la secular desconfianza de las iglesias cristianas frente al género femenino parece tener origen en estos consejos bíblicos. Asimismo, veamos esta práctica educativa, interesante para padres y educadores: ¿Tienes hijos? Adoctrínalos, doblega su cerviz desde su juventud (Eclo. 7, 23). Y más fuerte todavía: El que ama a su hijo, le azota sin cesar, para poderse alegrar en su futuro. / (…) El que mima a sus hijos, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas. / Caballo no domado, sale indócil, hijo consentido sale libertino. / Halaga a tu hijo y te dará sorpresas, juega con él y te traerá pesares. / (…) No le des libertad en su juventud, y no pases por alto sus errores. / Doblega su cerviz mientras es joven, tunde sus costillas cuando es niño (…) Enseña a tu hijo y trabaja en él, para que no tropieces con su desvergüenza (Eclo. 30, 1, 7-9, 11-12, 13). Parece que el hagiógrafo teme que la excesiva protección a los hijos los haga descreídos y los enfrente a los padres, cree en las bondades del castigo físico para evitar que el niño “se tuerza”. Hoy sabemos más que el hagiógrafo, aunque superviva eso de que la letra con sangre entra. Pero así y todo hallamos universalidad y permanencia en estas citas, afincadas en un agudo y humorístico análisis de una realidad que es la misma en las sociedades antiguas y modernas, tanto en la vida cotidiana como en los procesos políticos: El salario del justo es para vivir, la renta del malo para pecar (Pro. 10, 16); El perezoso dice ´hay fuera un león, voy a ser muerto en medio de la calle´ (Pro. 22, 13); Lo primero para vivir es agua, pan, vestido, y casa para abrigarse. / Más vale vida de pobre bajo techo de tablas que comida suntuosa en casa de extraños. (Eclo. 29, 21-22); … la abundancia de sabios es la salvación del mundo y un rey prudente la estabilidad del pueblo (Sab. 6, 24). Y dice Shakespeare: Mejores fueran estos consejos, si alguien los siguiese.

V
Colofón

Finalizo mi tercera Crónica sobre Leer la Biblia, y la verdad, en qué honduras se me ocurrió meterme. Falta mucho para entregar una panorámica completa y a la vez personal. Espero que mis lectores me sigan concediendo licencia para continuarlo. Como siempre, lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Y en Semana Santa, como que es ocasión.  

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