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martes, 26 de julio de 2011

HABEMUS GABINETE


"No hace falta un gobierno perfecto; se necesita uno que sea práctico." (Aristóteles)


Tras idas y tornas y bastante de especulación, por fin habemus gabinete. Vale la pena que hablemos un poco de Ciencia Política, y de las estructuras y coyunturas que determinan un gabinete.

El Presidente

Nuestro orden constitucional y legislación actuales al respecto provienen de una larga tradición iniciada en la época del Mariscal Ramón Castilla, evolucionada desde allí a través de nuestras sucesivas constituciones. Tras varios intentos fallidos al principio de la República, nos encaminamos hacia un Ejecutivo fuerte. Así, nuestra tradición republicana es común a la de las Repúblicas Presidenciales, como Francia y en Estados Unidos, donde el Presidente de la República es a la vez Jefe de Estado y Jefe de Gobierno. Si comparamos el cargo con los cargos homólogos de una Monarquía Constitucional – caso España o Inglaterra – o de una República Parlamentaria – como Israel o Alemania –, notaremos en primer lugar que los Reyes Constitucionales o los Presidentes de regímenes parlamentarios son figuras bastante bonitas y decorativas, representantes de su Nación, de poder político bastante limitado, y cuya principal función parece ser sonreír mucho para las cámaras. No es el caso del Perú. El Presidente, como Jefe de Gobierno, es el responsable máximo de todo; y como Jefe de Estado es el representante de la Nación, y por esa razón nuestras leyes le dan harto poder y responsabilidad, y también mecanismos de protección para mantener la gobernabilidad. Sin embargo, y aunque le parezca mentira a muchos, el poder del Presidente del Perú es menor que el de sus homólogos francés o estadounidense. Ello es porque nuestro sistema, temeroso de entregar tanto poder a una sola persona, trató de integrar controles parlamentarios y un conjunto de checks and balances. Uno de los aspectos donde esto es más notable se da precisamente en el Gabinete.

El Primer Ministro

El Primer Ministro es en realidad el que preside el Consejo de Ministros. Se le llamó incorrectamente Premier, por cierta semejanza con la misma figura política de la Tercera República Francesa, aunque es una denominación que va cayendo en desuso. En nuestro orden constitucional surge cuando Ramón Castilla considera conveniente separar a un Ministro entre varios para que le coordine las reuniones. De ahí en adelante el puesto se quedó y terminó por ser consagrado en las diversas constituciones. El Primer Ministro, teóricamente al menos, es convocado por el Presidente para que le proponga a los encargados de las diversas carteras, y coordine los Consejos de Ministros. Con el tiempo se le añadieron ciertas atribuciones y funciones. Pero Siomi Lerner no es un Jefe de Gobierno. Esa atribución la tiene el Presidente de la República, que por ello rubrica los dispositivos legales junto a los Ministros. Vale decir, aunque Siomi tiene poder directo en algunos aspectos, su puesto es exactamente lo que dice: presidente del Gabinete. Casi podríamos decir que su única atribución real será la de hablar primero. Pero el hecho de que Siomi proponga y Ollanta nombre nos da una idea de su real peso político. En la práctica, el Jefe de Estado y de Gobierno – Ollanta Humala - coordina con una persona a quien invita y nombra primer ministro. Toda la representatividad del Primer Ministro proviene de la del Presidente de la República. Vale decir, el Presidente le otorga la confianza para que ejerza las funciones que le son propias.

Los Ministros

En los Estados Unidos no hay Ministros, hay Secretarios, y la diferencia es notable. En un régimen presidencial neto la responsabilidad general de todo recae en el Presidente, no en sus ayudantes, que el Presidente pone y saca a su antojo. Por eso no son Ministros, sino simples Secretarios, aunque de hecho detenten gran poder. No es nuestro caso. El Ministro de Estado en el Perú, propuesto por el Primer Ministro, y al que el Presidente otorga su confianza para que ejecute unas políticas determinadas, posee una autonomía que no tienen los Secretarios. Indudablemente el Presidente nombrará a aquellos que le merezcan más confianza para la ejecución de sus Planes, lo que quiere decir que elegirá a los que vea por conveniente para lograr determinados objetivos políticos. De este acuerdo fundamental surge el Gabinete.

El Gabinete

El término “Gabinete” se refiere en Política al conjunto de personal de confianza encargados de diversas tareas. Muchos funcionarios poseen un gabinete. Conducir la nave del estado no es algo que el Presidente pueda hacer él solo. La Constitución y las Leyes le proveen por ende de estos auxiliares, personal de confianza, pero no Secretarios. Y como no son Secretarios, en realidad co-gobiernan con el Presidente. Aclaremos el punto: Si en un Consejo de Ministros el Presidente manifestara el deseo de emitir una norma o ejecutar una política con la que uno o varios Ministros no estén de acuerdo, éstos pueden y deben manifestar su desacuerdo, y por supuesto tratar de convencer al Presidente, y éste a ellos. Hay dos opciones posibles, y no más: O el Presidente llega a un acuerdo con sus Ministros, o no. Los Ministros en desacuerdo pueden recurrir a la renuncia, si el asunto se considera justificado. Y en ese caso, se dirá que el gabinete entra en “crisis”. No es la única manera en que entra en crisis, por supuesto. Pero de hecho la renuncia, o la amenaza de renuncia, es una presión que un Ministro, algunos de ellos, o el Gabinete en pleno, pueden poner sobre la mesa en caso que el Presidente a su entender se descantille. Es una cuestión de confianza. Se podría llegar al caso que si hay desacuerdo de base con el Presidente, éste “pierda” la confianza en sus Ministros, y por ende, se convoque a otros que sí gozaran de esa confianza.

Ha habido casos. En la historia reciente de nuestro país destacan la digna renuncia de una Ministra cuando se produjo el tema de Bagua, o la renuncia en pleno del Gabinete de los Heros cuando Fujimori dio el autogolpe del 5 de Abril. En el primer caso, se manifestó la imposibilidad de permanecer en el gabinete de un gobierno que actuaba de un modo con el que la Ministra renunciante no estaba de acuerdo. En el segundo, la medida política tomada por Fujimori llevaba a una situación política que el gabinete no consideraba deseable. También puede verse desde el otro lado: El Ministro, o el Gabinete, renuncian para darle libertad al Presidente en la ejecución de sus políticas. No olvidemos que es el Presidente el Jefe del Gobierno, no el Primer Ministro.

Otro caso interesante se produjo a raíz de la renuncia de Fujimori a la Presidencia de la República por Fax. El Gabinete Salas tomó posición repudiando el hecho y permaneciendo en sus puestos hasta que el Congreso proveyó nuevo Presidente, que fue Valentín Paniagua, y ante él renunciaron a sus cargos. Se ve aquí la voluntad del Consejo de Ministros de no dejar al Perú sin gobierno durante aquellos difíciles días.

¿Puede entonces un Ministro, digamos el de Economía, presionar al Presidente en función de una u otra política? Puede, por supuesto. Si al Presidente se le ocurriera, como a Alan en su primer gobierno, estatizar la banca, con seguridad el Ministro renunciaría tras manifestar su absoluto desacuerdo. Y ello traería consecuencias políticas de grandes proporciones. Notemos que llegar a este punto significa el harakiri del Ministro, y que previamente habrá conversa. Esto constituiría al Consejo de Ministros como un interesante espacio de concertación.

Gabinete y Congreso

Como el Presidente es Jefe de Estado, a la vez que Jefe de Gobierno, la Constitución y las Leyes lo protegen. En un régimen presidencial neto, la relación entre los Secretarios y el Congreso es muy limitada. El Congreso de Estados Unidos no puede tumbarse un Secretario, a lo más puede invitarlo a comisiones o al pleno para insultarlo a conciencia, pero tumbarlo, naranjas. Si el Congreso USA quisiera realmente cambiar las políticas tendría que volarse al Presidente, y eso es casi imposible. Nótese cuánto poder le da esta situación al Presidente de los Estados Unidos, que inclusive ha sido llamado en teoría un “Rey por Cuatro Años”. Naturalmente los checks and balances en un país federal son muy distintos a los que se dan en un régimen unitario como el nuestro. En Francia, república unitaria, suele darse que las elecciones complementarias a la Asamblea Nacional Francesa cambie la correlación parlamentaria, y la Oposición domine el Legislativo. En tal caso, los franceses tratan de mantener el equilibrio político imponiendo al Presidente el nombramiento de un Primer Ministro proveniente de la oposición. A esto los franceses le llaman, con romántico gracejo, la “cohabitación” o “concubinato”.

En nuestro país las relaciones entre el Gabinete y el Congreso siempre han sido complicadas. Las diversas Constituciones y Leyes tratan de mantener el equilibrio de modo que no se rompa el orden constitucional y el Ejecutivo pueda hacer gobierno. El Gabinete que goza de la confianza del Presidente, debe ahora solicitar la confianza de la representación nacional, expresada en el Congreso. Vale decir, se presenta a sí mismo y a sus planes; y el Congreso le otorga la confianza, o no. Si aprueba, adelante; y si no, el Presidente Ollanta deberá empezar de nuevo todo el proceso. Esto depende de la composición partidaria en el Congreso. Es obvio que cuando un Partido solo no posee la mayoría, tendrá que aliarse o asociarse con otro u otros. Esto es muy común en los regímenes parlamentarios, pero en nuestro país como que no está tan bien visto. Por desgracia tenemos historia atrás que nos señala lo difícil que puede ser para el Ejecutivo gobernar sin el Congreso. La Constitución de 1933, por ejemplo, establecía la obligatoriedad de la renuncia del Gabinete en el caso de que algún Ministro fuera interpelado y el Congreso le quitara la confianza. Al Presidente Bustamante (1945-1948) lo torpedearon empleando inclusive el quórum parlamentario y dejándolo sin Congreso, es decir, sin leyes, y así le pavimentaron el golpe de estado a Odría. Tras un interregno dictatorial y otro más o menos democrático, la Coalición Apra-Odriístas voló muchos Ministros durante el primer gobierno de Belaúnde (1963-1968), a veces por pretextos bastante tontos. Y hubo otro golpe de estado pavimentado por la incapacidad de gobernar el Ejecutivo, acosado por un Congreso atrabiliario y canibalesco. El golpe del 5 de Abril se justificó en el negativo accionar del Congreso. Un Ejecutivo necesita cancha para gobernar y no puede estar parchando gabinete a cada rato. Las Constituciones de 1979 y 1993 tomaron este aspecto en cuenta, introduciendo algunos mecanismos que hicieran más fácil la convivencia entre Legislativo y Ejecutivo. Hoy en día hay más límites al respecto de lo que el Congreso puede hacer, y más atribuciones presidenciales, incluso la de disolver legalmente el Congreso si éste le volara dos gabinetes, con límites temporales. Y eso el Congreso lo sabe.

De aquí que el acuerdo de gobernabilidad de Gana Perú con Perú Posible sea muy importante, en el caso de que una oposición rastrera y antropófaga quisiera desestabilizar las posibilidades de gobierno del Ejecutivo. Menos mal no es tradicional que se empiece un gobierno con una declaración de guerra, y cuando esto ha pasado en otras latitudes, ha sido preludio de conflictos graves entre Ejecutivo y Parlamento. El canibalismo político por lo general espera un poco antes de desatarse. Sin embargo, resulta difícil en este momento hacer profecía. La composición del gabinete de Lerner y Ollanta resulta una suerte de empate técnico, destinado a tranquilizar al respetable señalando con claridad que no nos vamos a una farra, y que no habrán sorpresas. De hecho respeta el juramento hecho por Ollanta Humala en momentos electorales.

28 de Julio y después

¿Qué le espera a este gabinete a partir del 28 de Julio? Parece claro que se gobernará con cuidado, dejando a cada cual que haga lo que sabe hacer, y en este aspecto debemos decir que nos parece que este Gabinete tiene futuro, en la medida que los previsibles choques entre lo que se quiere hacer con el pago de las facturas que generará tendrán como árbitro al Presidente de la República. Cabe una felicitación al que según parece ha orquestado un Gabinete de Reconciliación Nacional, a Siomi Lerner, porque juntar en la misma mesa a Francisco Eguiguren, Kurt Burneo, Miguel Castilla, y José Luis Silva requiere ciertas dotes.

Algunos sin embargo se quejan, desde diversas posiciones. Que si debió poner a uno o al otro. Que si el hecho que uno esté o no esté determina una mejor política. Puede ser. Lo que es incontrovertible es que el presidente tiene el derecho de poner a quien le parezca llevará a cabo las políticas que pretende. El juicio se hará a partir de su desempeño. Y para eso se necesita tiempo. Y tanto el Parlamento como la Ciudadanía deben darles ese tiempo. Y punto por hoy.

miércoles, 8 de junio de 2011

EL MANEJO DEL PRÍNCIPE



“Sería una gran reforma en la política el que se pudiera extender la cordura con tanta facilidad y tanta rapidez como la locura." (Winston Churchill)

Atendiendo a las últimas novedades políticas, se observa últimamente el redespliegue de una maniobra de manipulación del poder político por parte del poder económico, algo torpona, por lo apurada y guiada por los miedos de la concluida campaña presidencial. Se ha querido tener Premier, Ministro de Economía, Portero de Palacio y Guachimán incluso desde antes de que se termine el conteo de votos en la ONPE. Bien es verdad que el vencedor de la lid electoral ya es conocido gracias a la aplicación de la estadística, pero ateniéndonos a la costumbre normal de suponer que el electo no asume hasta 28 de Julio, el hecho que se exija sin anestesia, con estridencia electoral, y de una vez, los nombres de sus colaboradores suena a chantaje, a miedo y a otras cosas.

Chantaje

Empecemos por el chantaje emocional. Fue uno de los aspectos menos sutiles de la campaña electoral, y fue instrumentado a través de demasiados medios de comunicación que perdieron toda objetividad periodística. Se propalaron mentiras crasas, más allá de la imaginación de cualquier cruel tiranuelo, como que se les iba a arrebatar los niños a las madres para ponerlos a disposición del estado. Se dijeron falsedades en todas direcciones, de toda laya y de todo calibre. Se propalaron audios y videos que no decían nada, pero cuyos titulares sí lo sugerían. Una descripción detallada del tema escapa a la intención de este artículo, pero sería buen ejemplo para las clases de ética periodística. Simplemente diremos que el periodismo, el más vil de los oficios, mostró toda su malvada entraña, en frente de todos y con vergüenza callejonera. De hecho el tema manipulatorio sigue adelante, y todo hace presagiar que estas malas costumbres periodísticas continuarán en la medida que la libertad de prensa esté secuestrada por la libertad de empresa.

“Yo no fui”

Desde hace varios días diversos periodistas, algunos sin y otros con culpa, mencionan, dicen y “aclaran” en todos los tonos que los medios de comunicación no eligen y que no deciden las elecciones. Esto suena demasiado a una justificación del tipo del “Yo no fui”, y a una suerte de repentina y falaz autorreducción de su propia importancia. Supongamos que la afirmación es correcta, y que los medios no deciden una elección. Entonces ¿por qué lo intentaron una y otra vez, desde tiempos inmemoriales? Y además, ¿por qué en esta ocasión se rebasaron todos los límites de la ética periodística? Lo falaz en el asunto es que sí es cierto que los medios pueden influir en el resultado de las elecciones, pero que también es cierto que no siempre les funciona. La afirmación, por ende, es una clásica media verdad. Y basta haber soportado la artillería de Bayly y los titulares de El Comercio y Perú21 para, por lo menos, percatarnos que si no les funcionó, no fue por falta de intentos.

Arrepentimientos tardíos

Reconocemos que hay una diferencia entre Libertad de Prensa y Libertad de Empresa. Algunos periodistas, de diversos bandos o posiciones, han mostrado cierta vergüenza deportiva y autocrítica real, mientras que otros más bien han enseñado un poco varonil ensayo de autojustificación, ante el público y sus eventuales futuros empleadores, de sus acciones pasadas. Como en muchas actividades humanas, los viles se esconden detrás de los probos. Y nosotros, el público que debe soportarlos, debemos tragarnos a demasiados plumíferos por razón de las dos docenas de periodistas que sí se merecen ese nombre. Y en esto seamos claros, ha habido periodistas que han tomado partido, de ambos bandos en disputa, que lograron mantener su credibilidad. Otros, en cambio, fueron simples cajas de resonancia de sus jefes, y solo respetaron plenamente sus billeteras. Y eso se notó demasiado.

Miedo

La población electoral logró superar el miedo instilado desde los poderes expresados por los medios de comunicación. Dado que el miedo ha sido de probada eficacia en muchísimos casos, fue la única y verdadera arma con la que contaron. Se sabe que las emociones de las gentes son fácilmente manipulables, y que la razón no siempre predomina. Para qué razonar si el miedo es más rápido y sobre todo, más costo-efectivo. Es, además, mucho más rentable, porque una psicosis de miedo permite lograr objetivos políticos ulteriores. No queremos ni siquiera imaginarnos lo que pasaría si la otra opción hubiera triunfado, con la consiguiente implantación de un modelo político basado en el miedo. El diario Correo se solaza en publicar, de una manera que solo podemos calificar de malvada, la noticia de una mujer que se suicida, dícese debido a los resultados electorales. Si es verdad, ¿quién realmente mató a esta mujer? Y si es mentira ¿por qué se publica?

Por ello creemos que todo lo que hemos visto no debemos olvidarlo, y que la experiencia vivida debe ser capitalizada. Nos parece demoniaco y criminal que se le mueva el piso a la gente hasta el punto del suicidio, para asegurar tasas de utilidad a las que grupos empresariales más inteligentes y exitosos en todo el mundo renuncian no por bondad, sino por un bien entendido interés en la sostenibilidad social y, ahí sí, la permanencia de un modelo que se asegura distribuyendo con mayor equidad. Instilar miedo es bastante malo de por sí, pero hacerlo para mantener un modelo de crecimiento sin redistribución es no solamente inmoral, sino además estúpido.

Intenciones

La Bolsa de Valores de Lima se cayó. Previsible, por cierto. Si la Bolsa de Valores de Lima pudiera personificarse en un ser, este ser sería una señora setentona, avariciosa, histérica y bipolar, con una preocupación sicótica respecto a su futuro económico, y llena de temores irracionales y entusiasmos repentinos. Un estornudo en un mal sitio le haría saltar hasta el techo, y todos los que juegan a la Bolsa saben que hay varias maneras de estar en Bolsa, y que una de las más conocidas es la de especular, apostar, hacer “juego”, un poco a la manera de un casino. Sin duda, la existencia de las Bolsas de Valores es importante y útil. Pero no son el argumento o factor más importante para la toma de decisiones empresariales de mediano y largo plazo, y menos aún en cuanto a las políticas económicas. Sin duda, proporciona indicadores importantes para entender lo que ocurre con el movimiento económico, en especial si se analizan sus tendencias. Pero, tal como la línea periodística de un medio de comunicación, la Bolsa de Valores es manipulable. Esto es porque, así como los medios de comunicación, mueven muchos intereses, y de hecho mucho más concretos. Desde que sabemos que la Bolsa es manipulable, y se le ha manipulado antes, hasta el extremo del pánico financiero, entonces lo inteligente es tomarla en cuenta, pero desconfiando en profundidad de ella. Por otra parte, como dice el refrán, todo lo que sube tiene que bajar, y en este caso, la BVL inició su recuperación ipso facto. Es que un factor no explica todo.

El Manejo del Príncipe

Es bastante obvio que los Presidentes y Gobiernos pueden ser manejados. Ha sido la costumbre nacional desde el Virreinato, y quizá desde antes. Los poderes reales, fácticos, están ahí y no son fufulla, son muy reales. Pero algunos de sus miembros parecen no haberse enterado que ellos no gobiernan, y que la opción electoral que hubieran querido no venció en las elecciones. No se han enterado que tienen que sentarse en la mesa de negociación. Y que en toda negociación se cede algo para ganar todos. Tratar de manejar al príncipe a través del miedo a lo que puedan hacer suena absurdo en un continente lleno de Lulas, Kirchners, Chávez, Evos, Mujicas y Correas. Esas economías no solamente no se han caído, sino que crecen y distribuyen. El exceso de jarabe de pico administrado a las gentes en esta última campaña electoral parece haber empachado a algunos, que se creyeron su propio cuentazo, y reaccionan sin lógica ni conocimiento. Creemos que ya es hora de empezar a aprender a hacer política en serio.

martes, 7 de junio de 2011

EL PRESIDENTE ELECTO



Primera ley de Dror:
“While the difficulties and dangers of problems tend to increase at a geometric rate, the knowledge and manpower qualified to deal with these problems tend to increase linearly.”
(“Mientras las dificultades y peligros tienden a crecer geométricamente, el conocimiento y capacidad humana calificados para tratar con estos problemas tienden a crecer aritméticamente”)

Segunda ley de Dror:
“While human capacities to shape the environment, society, and human beings are rapidly increasing, policymaking capabilities to use those capacities remain the same.”
(“Mientras las habilidades para dar forma al ambiente, la sociedad y los seres humanos están en rápido aumento, las habilidades de construcción de políticas continúan estacionarias”)


Debo decir que estoy contento, pues ganó las elecciones quien quería que las ganara. Ganó por varias y muchísimas razones que unos con alegría y otros lamiéndose la autoestima dañada intentan dilucidar con mayor o menor solvencia. Nuestro propósito hoy es escaparnos un tanto de la coyuntura y tratar de ver a la persona que hoy es el Presidente Electo del Perú en su relación personal con este importante encargo que la ciudadanía le ha entregado. Mirar hacia adelante tiene importancia, aunque todavía se cierna algún que otro nubarrón, procedente de impaciencias y angustias de gentes que lucen sus ganas de estar histéricas y sus deseos de seguirlo estando. Pero eso es precisamente coyuntura, y en parte se dirige a medir, y de ser posible responsabilizar, controlar o atolondrar al Presidente Electo, lo que a todas luces resulta irónico, pues no se ha esperado ni siquiera a los resultados oficiales de ONPE para empezar a ajocharlo.

Es cierto que el Presidente Electo tiene que medirse con la ciudadanía que lo eligió, pero también la ciudadanía tiene que medirse con la persona que ha elegido para el cargo. Esta confrontación es parte del juego democrático, aunque a veces mucho no pensamos en ello, en parte porque creemos saberlo todo a partir de nuestros prejuicios e ideas preconcebidas. Las campañas electorales nos muestran una parte de las personas, pero de hecho solamente una parte, y muchas veces ni siquiera la más importante. Las personas somos más complejas que el estereotipo en que nos quieren encasillar, y según parece los vencidos aspiran aún a gobernar, olvidando que tienen sus propias responsabilidades en torno a temas como la Guerra Sucia Mediática y las evidentes zancadillas de campaña, que aún tienen que explicar. No podemos dejar que la Histeria nos gobierne.

Hombre Público versus Persona Privada

Hoy que la persona Ollanta Humala es Presidente Electo y está en el centro de todos los focos, me viene a las mientes un dicho del pueblo estadounidense que, mal recordado, dice más o menos así: “Ese señor será el presidente, pero caramba, cuando se levanta por las mañanas, pone primero una pierna en una pernera del pantalón, y luego la otra, igual que yo”. Esto nos permite introducir algunas ideas sobre la relación entre la persona que se es, y el cargo que se tiene. La persona que es Presidente Electo no es demasiado diferente de nosotros, y comparte nuestra común condición humana, excepto por el pequeñísimo hecho que ha sido elevado por sus conciudadanos al rango de Primer Ciudadano de la Nación. Vale decir el Gobernante y Hombre Público por excelencia.

Ser el Primer Hombre Público de un país tan complicado y complejo como el Perú estoy seguro debe ser cuando menos aterrador, ni bien se piensa un poco. Significa tener que constituirse como el ejemplo vivo de las virtudes ciudadanas y republicanas, algo que muy pocos mandatarios llegan a entender verdaderamente, y menos a vivir. Nuestra tradición política de Sapa Incas y Virreyes pone a los líderes políticos por las nubes, y algunos, como es sabido, se marean y pierden la perspectiva. Esto le ha pasado a hombres de gran calidad moral, inclusive. El “mal de altura” suele producir una pérdida de la respiración, un cierto malestar, y luego una sensación irreprimible de estar fuera de foco, que sentimos debe resolverse cuanto antes. En las alturas seguir siendo el mismo ser humano que se era ya no es posible. La mayoría de las personas viven estos cambios de diversos modos, lo que es naturalmente el caso de nuestro Presidente Electo, pero para ello se requiere cierto tiempo de adaptación a la altura, como bien sabe todo aquél que se ha mudado por algún tiempo a nuestros Andes.

El Presidente de la República, por razón de su cargo, representa a la Nación entera. Se convierte en un ícono, en el centro representativo de todas las responsabilidades. Debe mostrar sus habilidades y cualidades, y ocultar sus defectos. Debe utilizar sus ventajas comparativas y disimular sus falencias. Todo el tiempo lo creerán intencionado y alerta, y el problema es que tendrá resfríos, como todo el mundo, y sufrirá días buenos y días malos. Nadine, por más Primera Dama que sea, puede que se despierte ciertas mañanas de mal humor, o los chicos traer malas notas, o las cuentas no cuadrar. Y tendrá que resolver estos temas de uno u otro modo, muchas veces antes de sentarse en el escritorio de los Deberes del Estado. La fuerza de lo cotidiano le puede permitir, sin embargo, no perder la perspectiva. Me imagino que el Primer Hombre Público puede despojarse de arreos, galas y miradas cuestionadoras en la intimidad de su hogar, que se constituye como un bunker de protección de las partes del propio ser que se desea mantener alejadas del trajín público. Pero esta protección será limitada. El Primer Hombre Público pierde una parte sustancial de su entorno físico y social. A partir del lunes, cada vez que la persona Ollanta Humala asome la nariz a la calle, será mirado, escrutado, analizado, comparado y explicado desde su condición de Hombre Público, no desde su condición humana. Imagino que Ollanta Humala, como cualquier marido responsable que se precie, de vez en cuando sacaba a la basura a la calle, y apuesto mi cabeza que los vecinos le dedicaban una de esas miradas compasivas e indiferentes propias de tan banal acontecimiento. Pero el Presidente Electo de la República del Perú ya no podrá sacar la basura sin que aparezcan veinte hueleguisos listos para sacarle la bolsa de las manos, ni sin que se le espulgue alguna clase de intención política oculta, ni sin que la basura sea cuidadosamente escrutada por periodistas o servicios de inteligencia, en busca de claves sobre su acción política, o con fines más inconfesables. También pierde a parte de sus parientes, vecinos y amistades. Es sabido que cuando los amigos son personas de cierta decencia personal, tienden más bien a tomar distancia del Hombre Público, y esperan a que la persona se manifieste. Conseguir mantener las amistades para el Hombre Público implica entonces hacer malabares, porque es obvio que aquellos que se le acerquen lo harán principalmente por interés. Y ni hablemos de la parentela, que es un tema mucho más serio.

Cuéntase por ahí, y no sabemos si será cierto, que cuando el Presidente Lula alcanzó la primera magistratura del Brasil, reunió a sus familiares en un almuerzo o cena bastante bien pertrechado. Cuando estaban en lo mejor, Lula tomó la palabra y dijo, muy suelto de huesos, algo como esto: “Disfruten esta comida, porque será la primera y la última que verán”. Otros Hombres Públicos tienden, por el contrario, a olvidar la separación entre sus familiares y su cargo, con efectos de nepotismo. Es un hecho que saltar de ser un ciudadano destacado a ser el Primer Ciudadano de la Nación tiene que cobrarse algo, por lo menos debe determinar cierta ocultación o desplazamiento de los sentimientos humanos que, indudablemente todos tenemos. Debe ser un tema muy complejo. Ser el Presidente significa que, si bien te pones el pantalón por las mañanas del mismo modo que el resto, el resto ya no te ve como un simple hijo de vecino, sino como una especie de ser superior dotado de poderes extraordinarios.

Buenas Compañías

El Hombre Público, pues, queda aislado del resto en proporciones variables según su condición y personalidad. Queda detrás de un cerco levantado por el cargo que deberá llevar, cuál cruz, por cinco años. Y si algo necesita la persona que está aprisionada socialmente, es compañía. El Presidente Electo cuenta, menos mal, con una familia bien constituida, con hijos pequeños y obvias preocupaciones domésticas. Esto tiene un valor inmenso, considerando que nuestros mandatarios, con pocas excepciones, no han sido muy santos en esto de sostener la Moral Pública. La familia del Presidente Electo, a más de anclarlo en las pequeñas realidades cotidianas, le proporciona un esquema desde el cual relacionarse con sus amistades, y un ejemplo a brindar a toda la nación.

Por más brillante que se sea intelectualmente nadie sabe todo, ni por más poder que se tenga nadie puede hacer todo. Pero nuestra tradición política espera del Primer Hombre Público que cuente con una sarta de atributos que ni Dios. Pero eso es lo que los Otros, los de acá abajo, deseamos y esperamos que pase. Una condición que se espera del Gobernante es que esté despierto y alerta cuando el resto de nosotros no lo esté. Los pueblos duermen tranquilos cuando eligen un buen guardián que esté al tanto de absolutamente todo. Pienso que hemos acertado al elegir a alguien que tiene entre sus rasgos definitorios el de ser un “guerrero vigilante”, que eso significa el nombre Ollanta. La esencia de la seguridad está en la convicción de que el que está a cargo se ocupa que las cosas marchen.

¿Hasta dónde puede ser esto posible? En nuestro país tan problemático, la calidad de las personas de las que el Gobernante se rodee es esencial. El Presidente de la República necesita personas leales, y si son capaces mejor todavía. Es crucial entonces que acierte en la valoración de los subalternos que elegirá para asumir cargos en la estructura jerárquica del Estado, en especial considerando que estos subalternos a su vez deberán elegir sus propios subalternos, y de ahí para abajo. Valorar correctamente le es necesario al Gobernante para otorgar su confianza, para saber positivamente que en tal o cual sector las cosas se harán tal como se planteó programáticamente, y además, de acuerdo a los compromisos que ha asumido, los públicos y los otros, y que en buena medida han determinado su elección.

Porque la habilidad del Hombre Público no está más en lo que sabe o deja de saber, o en lo que hace o deja de hacer. El Hombre Público que apueste a ser Dios se equivoca de medio a medio, cuando debiera apostar a ser una Súper Computadora. Lo decisivo para él es la habilidad en el procesamiento de la multitud de información que recibirá desde todas direcciones, mucha de ella contradictoria. Este procesamiento implica en lo objetivo separar lo esencial de lo secundario, tanto como valorar las posiciones existentes en lo subjetivo. Lo que el Hombre Público necesita sobre todas las cosas son filtros conceptuales que le permitan tomar decisiones, pues la información le debe llegar procesada y lista. No le sirve para nada, a estas alturas, la larga poesía de los diagnósticos y las declaraciones líricas y de principios. En cualquier caso el tiempo de ellos ya pasó. Ahora el Gobernante necesita, fuera de la lealtad, colaboradores capaces de procesar grandes cantidades de información, correctamente y a alta velocidad. Y tendrá que cortar con algunos de sus antiguos compinches, y traer a otros que ni siquiera se imaginaron estar en el bolo.

Malas Compañías

Una consecuencia de las Leyes de Dror mencionadas arriba, y que aplicamos a este tema, lleva al Gobernante al riesgo del bloqueo informativo. Al principio el Gobernante trata de captarlo todo, pero es obvio que el factor tiempo no le dejará hacerlo, y deberá tomar decisiones rápidas en la esperanza que sean acertadas. Esto, sumado a su aislamiento personal, le llevaría a confiar cada vez más en cada vez menos personas, en la medida que la eficiencia de los filtros le demuestren que puede confiar en ellos. El Presidente no tiene tiempo que perder esperando que la gente se explique las cosas para explicárselas a él. Los colaboradores del Gobernante tienen que saber las cosas ya, con toda claridad. Por eso el Gobernante necesita confiar, pero no podrá confiar incondicionalmente jamás. Y no podrá ni siquiera confiar totalmente en sí mismo.

Al respecto me viene a las mientes un recuerdo del mejor jefe que he tenido, del que yo era primer subalterno, y además, sin falsas modestias, el más capaz y confiable. Algunas veces que tratábamos problemas cruciales que requerían una decisión, su actitud y lenguaje corporal me mostraban que de alguna manera “no estaba”, que “se iba” de la conversación. Por suerte éramos amigos y por eso le pregunté qué le pasaba en esos momentos. Él me respondió algo así como esto: “Es parte de mi estilo de ejercer autoridad. Cuando me traes problemas urgentes y complejos, me esfuerzo en salir de mí mismo. Me pongo en tu lugar y en el de otras personas. Pienso qué decidirías tú y otros en mi lugar. Trato de que mis defectos no me cierren la posibilidad de tomar una buena decisión.” En las posiciones de responsabilidad, tener la suficiente confianza en sí mismo para suspender el propio juicio y mirar otras posibilidades resulta fundamental en la Toma de Decisiones.

Los colaboradores eficaces son, pues, necesarios. Pero los colaboradores necesitan también una firmeza de propósito, una inspiración y una dirección adecuadas a las características del Primer Ciudadano, no solo del Presidente. Ollanta Humala ha estado marcando algunos de estos rasgos desde el mismo nombre: Gobierno de Concertación Nacional, que denota su deseo de concertar y negociar, y no limitarse el abanico de posibilidades. Desde lo administrativo parece apostar a tener grandes coordinadores para los temas cruciales de Inclusión, Lucha contra la Corrupción y otros temas, así como especialistas adecuados que le permitan hasta donde se pueda dejar la macroeconomía en piloto automático. Ha manifestado su deseo de ir a todas las partes del Perú que pueda, en una suerte de reedición de la Visita General de Francisco de Toledo, buscando los problemas y tratando de mantener una visión micro, personalizada, no burocrática. Es evidente su deseo de establecer un aparato de colaboradores, técnicos, y funcionarios que combinen las características de innovación, eficiencia y capacidad necesarias para los logros a los que se ha comprometido.

Los Límites de la Autoridad

Los peruanos y latinoamericanos creemos de alguna manera que el Gobernante es Dios. Pero, a diferencia de Dios, el Primer Ciudadano tiene límites surgidos tanto de su condición humana, como del común límite temporal al que estamos sometidos. Encima, a la visión del Gobernante Absoluto que tenemos enquistada en nuestras mentes, nuestras constituciones y leyes le oponen límites a su autoridad, que no siempre entendemos.

El orden jurídico de nuestra República Democrática se basa en la separación de poderes, y determina que el Presidente de la República tenga que convivir con una suerte de gentes que ejercen autoridad aparte de él, y sobre las que no tiene mando directo o, si lo tiene, lo tiene en ciertos aspectos y en otros no. Los Presidentes de los Poderes Judicial y Legislativo están en su nivel jerárquico, y poseen autonomía. Los Jefes de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, si bien le deben obediencia como Jefe Supremo, no tienen por qué consultarle acerca de muchísimas cosas que están en sus institucionales atribuciones. Los Presidentes Regionales, los Alcaldes, y un largo etcétera poseen autoridad en cuestiones precisas en las que el Gobernante no puede intervenir directamente. Si ciertas Instituciones están bien dirigidas o configuran clústers cerrados, como la SUNAT, pueden marchar solas, tal como debe ser. Adaptarse a estos hechos requerirá del Gobernante tiempo y esfuerzo consciente.

Además están los poderes fácticos, que en la actual coyuntura tratan de medir los límites de la autoridad del Presidente Electo, a veces de modo bastante descortés y hasta irrespetuoso. Los poderes económicos están representados por Presidentes de Directorio, dirigentes de gremios y personas individuales sin cargos pero con enorme influencia en los asuntos financieros y productivos del país. Los representantes del Trabajo y de la frondosa Sociedad Civil en cierto modo están también en esta situación. El Presidente de la República podrá ser Presidente, pero aunque puede formalmente, por ejemplo, emplear sus atribuciones para lograr colocar un representante del estado en el Directorio de una empresa privada, más le valdrá no hacerlo a no ser en último extremo, so pena de perder la confianza que, con dificultad y muy retrecheramente, eventualmente le otorguen.

El Presidente de la República, además, tiene pares, es decir los Mandatarios de otros países, con los que tiene obligadamente que establecer relaciones y resolver diversos conflictos. Los pares de los países vecinos revisten especial trascendencia, en una negociación constante de fuerzas. Y la relación con Estados Unidos requiere de muchos cuidados.

Todo esto quiere decir que si en teoría el Presidente es el Mandatario Supremo de la Nación y dirige los asuntos de Estado, en la práctica encontrará diariamente diversos personajes y autoridades, cada cual en su parcela grande o pequeña, todos celosos de sus derechos, prerrogativas, autoridad y autonomía. Y deberá aprender qué hacer en cada caso. Y para eso necesitará tiempo y esfuerzo consciente.

Colofón

La habilidad primordial del Hombre Público /Gobernante está, sobre todo considerando las actuales circunstancias, en dos cosas fundamentales: Saberse rodear de personas confiables, leales y capaces en sus respectivas áreas; y negociar con eficiencia, manteniendo las propias prioridades con toda claridad, entendiendo desde ellas las posiciones de cada interlocutor y calibrándolas constantemente en función de los intereses supremos de la Nación. Es una menuda tareíta. No todo se puede resolver aplicando energía, aunque deberá utilizarla en los momentos oportunos. Ni todo puede resolverse negociando, aunque deberá hacerlo todo el tiempo. Y cuando haga una cosa u otra, de acuerdo al equilibrio general que debe guardar en todo momento, siempre habrá algunos que le gritarán que lo hizo mal. Entiendo, sin embargo que las características personales del Presidente Electo auguran buenos vientos para la nave del Estado y para el país en su conjunto. Le deseamos suerte y bonanza.

viernes, 25 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 3)



Inicio esta Tercera, y espero que última parte, recuperando las ideas fuerza mencionadas en las partes anteriores. Decíamos que las sociedades tienen características que, fijadas en tradiciones, determinan mucho de su quehacer político, entre lo que destaca la visión que tienen de la manera de gobernar que tienen los mandamases, que expresa lo que de algún modo esperamos de ellos. Vale decir, aquellos gobernantes que identificamos como importantes, se convierten históricamente en paradigmas del “deber ser”, del Buen Gobierno. Y dichos paradigmas nos pueden ayudar a entender qué esperamos de ellos, especialmente cuando estamos en el trance de elegir a alguno de ellos.

Esta tercera parte se la dedico al Señor Presidente de la República, Don Ramón Castilla y Marquesado. Gobernó estas tierras y sus habitantes varias veces, como Presidente Provisional y como Presidente Constitucional. Él es quizá el mejor paradigma de todos, en la medida que siendo perfectamente hijo de su época, supo mirar el futuro y dejar encaminada a la Nación.

Orígenes psicosociales de Ramón Castilla

El Maestro Jorge Basadre dice de Ramón Castilla que fue el epítome y resumen de todo lo que es auténticamente peruano. Por ello nos llama la atención que fuera hijo de bonaerense. Más o menos como Don Miguel Grau, hijo de colombiano, y Don Francisco Bolognesi, hijo de italiano. Según parece, y dado lo que era “ser peruano” entonces – harto distinto de hoy – parece que ser “español” o ser “indio” no era ser demasiado peruano allá por esos años de principios y mediados del Siglo XIX. Tal vez heredamos ello de la Conquista. Los que vinieron acá, los que “ganaron el Perú” combatiendo contra los guerreros del Tahuantinsuyo, y sus hijos, los “criollos”, dejaron una marca de la que aún no terminamos de desprendernos. Tal vez para ellos, o para algunos, el “ser peruano” era algo que más bien había de ganarse. Y si alguien se lo ganó, ese fue indudablemente Ramón Castilla.

Esto me da pie a varias hipótesis y una reflexión sobre la “peruanidad”. En nuestro país hoy por hoy resulta imposible hacer un acercamiento étnico a la “peruanidad”, por lo imposible que es diferenciar las estirpes. Desde una perspectiva puramente práctica, hoy en día no es posible separarnos, y cualquier concepción moderna de la “peruanidad” tiene que tomar en cuenta este hecho. Pero esto no era tan cierto a principios del Siglo XIX. Las líneas sociales trazadas por la sociedad estamentaria española en América que nos habían dejado y con las que había que convivir, estaban marcadas por las diferencias establecidas legal y socialmente desde la Piel y la Plata. Tras la Independencia, los grupos sociales estaban más o menos igual que durante el Virreinato: Los indios, explotados como siempre o incluso peor; los negros, esclavos; los blancos, terratenientes o comerciantes o comechados. Si hubo algún grupo que con la Independencia cambió radicalmente su situación, ese grupo fue el de los desubicados, los perdidos, los “fuera del sistema”, es decir los mestizos. De ser “casi inexistentes” según la legislación hispana anterior a la Constitución española de 1812, pasaron a ser, de alguna manera, “gente”. Esto tuvo que impactar el cotarro social de entonces, porque muchos mestizos se abrieron paso socialmente haciendo carrera pegados al aparato del naciente estado moderno español constitucional - y luego peruano -, básicamente el aparato militar. Y la milicia colonial entre 1812 y 1820 fue la cantera de los oficiales que terminarían combatiendo contra los realistas durante largas campañas y librando batallas en Macacona, Torata, Moquegua, Zepita, Junín, Ayacucho y los Castillos del Callao. Y así deben haberlo sentido de algún modo los defensores de esta Patria repentinamente naciente, la que justamente por ser defendida con uñas y dientes la sentían como propia, como su niña bonita, como su propiedad. Una Tradición de Ricardo Palma muestra a un montonero capturado por los realistas, a quien un oficial español le espeta. Y a ti, ¿qué te ha dado la patria, pobre diablo?, y la retadora respuesta del montonero: La patria me ha dado este sable para defenderla, y para cortar pescuezos de godos.

De alguna manera el caudillismo de los primeros años de la república resultó ser una especie de “igualador social”, pero solamente para algunos mestizos y contados mulatos. La cualidad del “ser peruano”, el ser reconocido como integrante verdadero de esta patria recia y guerrera, hubo que ganársela en los campos de batalla contra los realistas, y en este aspecto el resto de los “peruanos” fuimos extraordinariamente laxos y ambiguos. Las grandes batallas de nuestra independencia fueron libradas por peruanos, pero la mayoría de ellos estaban en las filas de los realistas en calidad de carne de cañón. Y como hemos dicho, los oficiales peruanos de la Independencia, entre ellos el veterano de Ayacucho Ramón Castilla, se formaron en el ejército realista, y luego se enrolaron con los patriotas. Tras la Independencia, y como consecuencia de su cualidad de guerreros en la defensa de la Patria, había cierto desprecio de los militares por los civiles quejosos y acomodaticios, y parte de este desprecio se expresaba en la forma de una suerte de patriotismo montonero, en el que el gobierno y el poder político, a veces muy limitado, estaban a merced del más sanguinario o astuto arrastrador de sable.

Vale la pena mencionar que no fueron solamente mestizos los que se comprometieron con este novedoso Perú republicano. Miembros de otros grupos sociales hicieron suya la idea y el sentimiento, y se ganaron su espacio, uno de los muy pocos espacios de inclusión social que existía por entonces, pero que se abría precisamente porque los habitantes de este territorio habían dejado de ser súbditos de la Corona española para convertirse en ciudadanos de la libre República del Perú. Tal vez haya aquí uno de los lugares donde haya que buscar esa promesa de la vida peruana, y esa idea primigenia de los primeros hombres de la República, de la que habla Basadre.

Ramón Castilla, el hombre

Nacido en Tarapacá, en el medio del Desierto más seco del mundo, seguramente su carácter no fue nada contemplativo, sino más bien de acción directa, y de una sola pieza. Rudo en sus maneras, poco cortés, en el sentido medio hipócrita que a veces se le da a esta palabra, su trato era muy familiar, y empleaba el tú para referirse a la mayoría de las personas con las que conversaba. Tenaz en sus propósitos, astuto y calculador, y de intuición que compensaba su pobre educación, sus cualidades y rasgos lo podrían colocar, como quiere Basadre, en la categoría social de plebeyo.

A pesar de las muchas acusaciones de enriquecimiento ilícito que le obsequiaron sus contendores políticos, Castilla murió pobre. Claramente, no robó, aunque a veces se le pasó el gasto. Claro que tampoco armaba mafias para tirarse la plata. Ello, unido a otros datos sobre su persona, demostraría que, como el Virrey Toledo, era razonablemente inmune a la codicia, otra vez por la razón de que quien nada desea, nada apetece. Pero al revés del Virrey, contenido y sobrio, Castilla era fanático de las féminas, la cacería de patos y el juego del rocambor. Disfrutó todo lo que la vida le dio, pero no más. Y ello porque, un tanto como era el espíritu de su época, vivió con una tremenda intensidad y audacia. Resulta difícil hacer un recuento de todas las ocasiones de su vida en las que Don Ramón demostró esa intensidad, pero que podía ser impulsivo, podía. En especial si le tocaban el Perú. Porque el rasgo quizá más notable de su persona era un viril patriotismo. Siendo presidente del Congreso con posterioridad a su Presidencia, y con los buques españoles ocupando las Islas Chincha, al borde mismo de la Guerra con España, escucha asombrado desde su curul al Presidente Pezet pretendiendo negociar con los chapetones que le quieren ocupar la Patria. Y reacciona agresivamente contra el Presidente que en su idea está traicionando a la Patria, se sale violentamente de su curul, se lanza contra el Presidente de la República y ante el asombro de la representación nacional, lo echa por tierra a puñetazo limpio.

Y así como era agresivo, audaz y arrojado, tenía la característica del buen humor. Porque las ocurrencias de Castilla se hicieron proverbiales, hasta el extremo de escribirse libros contándolas. Mostraba, en especial en su vejez, la ironía propia de aquellos que conocen del mundo y sus demonios, pero nunca llegó al sarcasmo sangriento. Estaba protegido por su juventud de espíritu, su indeclinable cariño por el Perú, y la creencia desmesurada en su propio destino.

Ramón Castilla y Marquesado, Presidente del Perú

De estos entornos e ideas provino Ramón Castilla, hombre, soldado y presidente del Perú. Sin embargo, la Historia le reconoce cualidades que de alguna manera no tuvieron otros. Como hombre, soldado y político, estaba empeñado en lograr algún tipo de orden en la República, y por ello fue siempre partidario de los gobiernos fuertes. Parte de esta fortaleza era la solidez legal y constitucional, y por ello tal vez a Ramón Castilla siempre lo encontraremos en la línea política más apegada a lo legal posible, siempre y cuando ello no pusiera en peligro la existencia de la problemática Patria de entonces. Por ello fue uno de los más duros adversarios y enterradores del experimento de la Confederación con Bolivia entre 1836 y 1839. Astuto y trejo, ejerció cargos de gobierno con Gamarra, entre ellos el de Ministro de Hacienda. Nada mal para un soldado de vocación que apenas sabía leer, escribir y contar. Sus escuelas fueron solamente el ejército y la vida. Y ello debería darnos qué pensar acerca de esa oligárquica visión de los “inteligentes” en el gobierno, entendiendo por inteligentes a los que tienen cartón de San Marcos, claro. Un cartón no te hace buen Ministro o buen Presidente necesariamente.

La obra de Castilla como Jefe de Estado es ingente y bastante conocida. Pero siempre vale la pena señalarla. Porque si queremos ver la obra duradera de Ramón Castilla no podemos sino mirar alrededor de nosotros. La de coyuntura no es deleznable: Hacienda saneada, dinero en la caja fiscal, presupuestos ordenados, finanzas correctamente manejadas, orden constitucional, burocracia funcionando, ejército y marina de verdad, barcos a vapor, ferrocarriles, exploración de la selva, Libre Navegación en el Amazonas, defensa del continente frente a la agresión neocolonial, defensa acérrima e inclaudicable de la soberanía nacional, unidad de los americanos, apoyo a México contra la intervención francesa, alumbrado a gas, contacto con el mundo. Y ni siquiera he mencionado 25,000 esclavos y sus descendientes libres para siempre. Ni la supresión del indigno Tributo de los indios.

Su mayor preocupación como Presidente consistió básicamente en hacer plata, pero a diferencia de otros, para el Estado. Es decir, dedicó ingentes esfuerzos a arbitrar los medios necesarios para poder hacer cosas de importancia. De hecho es posible rastrear las investigaciones acerca del guano a su período como Ministro de Hacienda. Todo parece indicar que fue uno de los primeros en echarle el ojo al excremento de las aves guaneras como medio para poder construir un Estado. Y el hecho con seguridad debe de haberlo hecho sonreír. Pragmático él, usar la porquería de los guanayes en el país del Oro de los Incas, debió parecerle una broma del destino. Como buen hijo del Desierto, tendió siempre a seguir siempre la línea de menor resistencia, y no le temblaba la mano cuando en esa ruta había que hacer lo necesario, pero arbitrando siempre los medios legales y constitucionales para hacerlo. No siendo miembro de ningún partido, usaba a todos los que pudieran serle útiles a la República. Convocó a sus adversarios a hacer gobierno con él, siempre y cuando reconocieran quien era el Jefe. Se rodeó de las mejores cabezas del país. Pero su pragmatismo tenía límites concretos en los parámetros legales a los que ajustaba su acción. No se salía de la legalidad, pero dentro de ella se desenrollaba cuanto podía. Construyó el estado con lo que tenía a la mano, y nunca se quejó de que no fuera perfecto. Pareciera que su lema era “Lo Mejor es enemigo de lo Bueno”.

Porque si algo hay que decir de Ramón Castilla es que fue él el que construyó el Estado peruano. Gobernó durante dos periodos, de 1845 a 1851 y de 1856 a 1862. Doce años. Y su legado puede circunscribirse a una sola frase: Fortaleció el Estado, es decir la estructura básica de la gobernabilidad y de la convivencia humanas. Sin saberlo, era un estadista en el verdadero sentido del término. De hecho casi toda la estructura histórica de nuestro Ejecutivo y Legislativo, así como las relaciones entre ellos que permiten el Buen Gobierno, salió de su cabeza, conforme a la experiencia que iba acumulando en el día a día del gobierno efectivo. Nuestra República actual y su organización es, en todo lo básico, hechura de Castilla, modificada, mejorada – o empeorada – por los sucesivos gobiernos que le siguieron, hasta el día de hoy. Las Constituciones pasan, pero la estructura básica se quedó ahí, repetida todas las veces. Podríamos decir con cierta injusticia, parafraseando a Martí hablando de Bolívar, que en cuanto a la organización del Estado del Perú, lo que Castilla no dejó hecho, aún está por hacerse, o por lo menos por completarse.

La muerte de Ramón Castilla es el resumen de una vida dedicada al Perú. Castilla a los 69 años, levantado contra el gobierno que considera traidor a la Patria, muere en medio del Desierto, con las botas puestas, y murmurando en su delirio la palabra “Patria”.

Ahora hagamos algo con esta Información. Ramón Castilla presenta diversos caracteres, entre ellos la HONRADEZ, la AUDACIA, la TENACIDAD, la ASTUCIA, la SOBRIEDAD, la INTENSIDAD DE VIDA. Busca si esos caracteres están presentes en nuestros candidatos y anótale a cada uno un número 1 si lo tiene, y un 0 si no lo tiene El puntaje máximo es 6. El que más tenga más se parecerá a Ramón Castilla, el mejor Presidente que ha tenido el Perú.

Candidatos en orden
Alfabético

Luis Castañeda
Keiko Fujimori
Ollanta Humala
Pedro Pablo Kuczynski
Alejandro Toledo

Y gracias por la paciencia.

jueves, 24 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 2)

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 2)


En esta segunda parte de ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERÚ, empezaré por recuperar un par de ideas fuerza que mencioné en la primera. Decíamos que las sociedades tienen características que, fijadas en tradiciones, determinan mucho de su quehacer político, entre lo que destaca la visión que tienen de la manera y el estilo de dirigir que tienen sus gobernantes, que expresa lo que de algún modo esperamos de ellos. Aquellos gobernantes cuyo recuerdo ha quedado fijado, y que identificamos como importantes, se convierten históricamente en paradigmas del “deber ser”, del Buen Gobierno. Dichos paradigmas nos pueden ayudar a entender qué esperamos de los gobernantes potenciales, especialmente de cara a las elecciones que en unas semanitas tenemos que afrontar.

Nuestra democracia actual arrastra sus tradiciones, la mayoría anteriores a ella. El Presidente de la República es el sucesor legal de todos los que mandaron en este territorio, y eso lo convierte en continuador por lo menos de tres de los grandes personajes de nuestra Historia: El Sapa Inca Pachacútec, el Virrey Francisco de Toledo y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado. Ello en la medida que el estado republicano de hoy es sucesor del Virreinato y del Tahuantinsuyo, que a su vez es resumen y compendio de los 10,000 años anteriores a él. A ellos estamos dedicando este Tríptico, y ya pasamos por el Sapa inca Pachacútec, centrándonos en algunos de sus rasgos que de alguna manera hoy en día nosotros, la indiada, esperamos nuestro gobernante posea.

Esta segunda parte se la dedico al Excelentísimo Señor Virrey del Perú, Don Francisco Álvarez de Toledo. Cualquier semejanza de nombre con el apellido de cualquier candidato es pura, purísima, extraordinariamente impóluta e inocente, y además involuntaria, coincidencia. Qué culpa tengo yo que se apelliden igual.

Francisco Álvarez de Toledo, Virrey del Perú


El Perú, tras la Conquista del Tahuantinsuyo y el esfuerzo de sojuzgar y controlar a la población originaria, seguía siendo tierra levantisca. El Rey, en la remota España, lo sabía. Había que poner orden en estas tierras, y sostenerlo. Se había intentado ya al convertir al Perú en Virreinato, es decir un Reino más bajo la directa autoridad del Rey de España, y que resultó ser el más extenso, pues que abarcada toda América del Sur menos las posesiones brasileñas. Y los Incas ni se habían rendido ni estaban derrotados, y resistían desde Vilcabamba, amenazando, como espada de Damocles suspendida sobre las cabezas, la estabilidad de la perla más preciosa de la Corona española. Los españoles, fieles a sus antiguas tradiciones anárquicas, también andaban soliviantados. Algunos españoles en el Perú mantenían encomiendas para darse la gran vida como señores feudales con los tesoros del Virreinato, y se sentían más dueños del Perú que el Rey mismo, lo que seguro no le gustaba ni poco ni mucho. Las Nuevas Leyes de 1542 en lugar de aplicarse como Dios manda, servían básicamente para aguantar la pata rota de la mesa donde comían pan los Virreyes del Perú, de los que el primero – Blasco Núñez Vela – por excesivo entusiasmo en hacer cumplir la Ley, había perdido la cabeza a manos de los Conquistadores, ahora Encomenderos, del Perú, que tras haber derrotado al Tahuantinsuyo no se sentían demasiado impresionados por una Corona real, menos todavía por un gorro virreinal. Y para remate, el tesoro español demandaba recursos para mantener su prestigio y poder en Europa. Había en estos reinos una crisis de autoridad y una crisis de lealtades. ¿A quién enviará al Perú el Rey Felipe II, en cuyo Reino jamás se pone el Sol?

Francisco Álvarez de Toledo, tras larga y hazañosa vida, estaba más o menos en lo que hoy llamaríamos “situación de retiro”. Cuando el Consejo de Indias, reunido para examinar los problemas de las colonias españolas en América, decide proponerlo para Virrey, el Rey lo nombra como su representante directo en tanto que “persona real” en el Perú – que nada menos que eso era ser un Vice-Rey – en 1568, hace ya más de 400 años. Con el nombramiento de Virrey venían también adjuntos los de Gobernador y Capitán General, vale decir, el control de los asuntos civiles y militares, nada menos. Don Pancho de Toledo no conocía las Indias, y ya era un veterano cincuentón, que pesaban como muy cercanos a la vejez en aquellas épocas, en que tal edad no tenía el mismo significado que hoy. Es así que llega a Cartagena de Indias en 1569 con sus credenciales de Virrey en la faltriquera.

Nótese que la Autoridad de Francisco de Toledo le viene por delegación del Rey mismo. La fuente de la Autoridad es importante, dado que su prestigio se suma al prestigio personal del nombrado. Hay en esto cierto parecido con lo que ocurre en la actualidad con las democracias republicanas. En las Monarquías del Siglo XVI el Soberano – el depositario de la Soberanía - por supuesto, era el Rey, y nadie más. Si al Soberano del Perú, el Rey Felipe II Austria, se le hubiera ocurrido sentar sus reales por estas tierras, pues ni modo, de cajón hubiera sido el Big Boss. De hecho algo semejante ocurrió a principios del Siglo XIX con nuestro vecino el Brasil, gracias a ciertas travesuras napoleónicas. Hoy en día el Soberano sigue ahí, pero por supuesto ya no es el Rey de España, sino el Pueblo peruano. Pero ni el Rey ni el Pueblo están en todas, y los Virreyes lo eran precisamente por dos cualidades consideradas esenciales en aquestas monárquicas épocas, la lealtad y la capacidad. La capacidad era esencial, pero ningún Rey hubiera nombrado para Vice-rey a alguien cuya lealtad en el cumplimiento de las instrucciones no estuviera absolutamente fuera de toda duda. Más aún considerando que pasar el charquito del Océano Atlántico, más el cruce el istmo de Panamá, más embarcarse en este Pacífico Océano, hacia la costa más remota del mundo que era la nuestra precisamente, implicaba un aislamiento geográfico tan grande que la lealtad al Rey resultaba desde todo punto imperativa. Más en épocas en que una carta podía tomarse seis meses en llegar del Perú a España, y eso cuando era rápido. Ellos en todo caso preferían el error leal que el acierto desleal. Y desde el punto de vista político tenían toda la razón, qué duda cabe. Quizá ello explique por qué los funcionarios de gobierno parecen a veces tan tontos. Ser leal al Rey significaba poseer la virtud o valor de la lealtad, y ello significaba in illo témpore que se era español a toda prueba y católico a ultranza. Lo que implicó que Don Francisco Álvarez de Toledo gobernaría con tres ideas fijas en la cabeza: Servir a Dios, al Rey y a España. Y que quede claro que él no vino a gobernar a favor del Perú sino de España. No pertenecía por la sangre a la familia imperial incaica, no tenía ningún contacto telúrico con los Andes, y menos aún había sido electo por nadie, sino por el Rey, que Dios guarde, con la ayuda de los Consejeros de Indias.

Notamos muy presente este valor, al que se le da entonces y hoy una enorme importancia: La Lealtad. Podemos criticarle al Virrey Francisco Álvarez de Toledo todos, absolutamente todos sus actos de gobierno, pero indudablemente ni tirios ni troyanos, ni entusiastas ni opositores podemos criticarle en absoluto su insoslayable lealtad al Soberano, que fue absoluta y completa, hasta en sus errores. ¿Y qué significa eso de la lealtad? Ateniéndonos a algunas definiciones que encontramos por ahí, digamos que la lealtad es muy parecida a la Fidelidad, aunque no exactamente igual, y consistiría en “hacer aquello con lo que uno se ha comprometido”. Alto el fuego. Observemos primero que “ser leal” es asumir un compromiso determinado frente a un tercero; y en segundo lugar que se trata de ser consistente con ese compromiso y hacer todo lo necesario para cumplir el compromiso. Esto es tan importante para asegurar el Buen Gobierno, que hacemos jurar a los Presidentes, por lo que tenemos por más sagrado, el cumplimiento fiel de la Constitución y las Leyes. Y si lo cumple, se supone que la Patria se lo premiará, y si no, que se lo demandará. Y se entiende que el compromiso debe ser total, porque los intereses generales no se compelen con los particulares, y al que representa el interés general no le cabe anteponer intereses particulares ni propios ni ajenos. Hacerlo constituye una deslealtad política de alto vuelo. El soberano, frente al cual se ha asumido el compromiso, tiene el derecho de demandar el cumplimiento y castigar el incumplimiento.

La comparación con nuestros gobernantes republicanos es posible en este punto. ¿Cuáles de nuestros gobernantes republicanos resultaron más leales a su Soberano, es decir, al pueblo peruano que los colocó en el puesto? Hay que ver los dos elementos, el compromiso asumido y las acciones realizadas en función de éste. Se puede asumir de palabra el compromiso, de hecho todos los mandatarios lo hacen … ¿pero cumplirlo? Parece harina de otro costalillo. Porque los candidatos se comprometen a hacer y no hacer cosas, y cuando ya han gobernado, y tenemos la experiencia, se puede recurrir a ella para averiguar si efectivamente el Presidente cumplió con lo que prometió cuando era candidato. Y esto podemos observarlo, por ejemplo, en la persona de nuestro muy querido y jamás bien ponderado Señor Presidente de la República, cuya lealtad a su Soberano, el pueblo sufrido del Perú, es cuando menos cuestionable, dado que, según recordamos, en esto de la lealtad no lo es demasiado, pues fue electo con ciertas promesas cuyo cumplimiento aún estamos esperando. Pero tenemos fe que en los meses que le quedan de repente le da por cumplir alguna.

En el Siglo XIX tenemos dos casos tristes de lealtad presidencial. Derrotado nuestro país en la Guerra del Pacífico, el General Cáceres y sus heroicas huestes combatían con desesperación básicamente para no cederle territorio a Chile. Militarmente vencidos, peleamos en los aciagos años de 1881 a 1883 para minimizar el daño lo más posible. Haríamos lo que fuese para gestionar la paz, menos ceder territorio. Y por eso la lealtad del llamado “Presidente de la Magdalena”, Francisco García Calderón es un paradigma. Porque lo peor es que era un presidente de cartón, de esos que resultan elegidos para cargar el muerto, sin Poder efectivo, excepto el que viene de su investidura. No tenía plata ni tropa, y lo único que nos recordaba que era Presidente era esa bonita faja bicolor con la que se adornaba. Casi daba risa. Y los chilenos que ocupaban Lima por supuesto que rieron de buena gana, porque ya la veían hecha. Pero el caso es que el compromiso que García Calderón había recibido de la representación nacional era clarísimo: Paz, pero sin ceder ni un milímetro cuadrado de territorio. Y cuando los chilenos le pusieron el Tratado correspondiente ante los ojos – Tratado que estaba listo desde 1879 – se les congeló la sonrisa, porque, leal como era este valeroso hombrecito sin ningún poder, simplemente les dijo aquello que saca de sus casillas a esa gente que disfruta de poder efectivo y que cree que tiene la sartén por el mango: NO, NO y, en caso que haya dudas, NO. Y cumplió con ese compromiso hasta el extremo de soportar vejaciones e insultos, incluso la deportación de la patria a tierras enemigas. Un paradigma digno de seguir en horas aciagas.

Por cierto, el valor de la Lealtad parece distinguirse mejor en tiempos de Guerra. La discusión contemporánea sobre si era mejor ceder terreno y acabar esa maldita guerra de una buena vez se hizo amarga y compleja con la deportación a Chile de García Calderón. La potencia de ocupación esquilmaba sin misericordia al Perú, y la juventud peruana moría con denuedo en los campos de batalla. No soy de los que está de acuerdo con lo que hizo Miguel Iglesias al reconocer la derrota y ceder territorio, pero lo cierto es que demostró entereza al aceptar una posición que en automático lo haría odiado por todos. Iglesias prometió terminar la guerra, y cumplió con lo prometido, preso de inmensa amargura, podemos imaginarlo, desde que él mismo había combatido contra los chilenos en el Morro Solar, donde vio morir a su propio hijo, y en San Pablo. Cuando entendió que el Perú no podía soportar más la guerra (en lo que podemos y debemos discrepar), el Presidente Miguel Iglesias cargó sobre sus hombros la responsabilidad de firmar la rendición y hacer la paz con Chile. Podemos estar en desacuerdo, pero que se compró el pleito, se lo compró. Y la entereza moral necesaria para hacer lo que se debe hacer tiene en Miguel Iglesias un trágico exponente.

En el Siglo XX, tan pletórico de deslealtades y promesas incumplidas, la figura del Presidente del Gobierno de Transición, Valentín Paniagua, también posee este brillo de la Lealtad. Por mandato constitucional y exigencia popular, el Presidente Paniagua debía tomar una serie de medidas que permitieran al Perú recuperar la vía institucional y democrática tras casi un decenio de dictadura de Fujimori y Montesinos. Y lo hizo dentro de los plazos establecidos, convocó a elecciones, y cumplió con toda lealtad su deber para con el Soberano que ahí lo había puesto, es decir el pueblo del Perú. ¿Por dónde andará su monumento?

Volvamos al siglo XVI con el Virrey Don Pancho Álvarez de Toledo. Si tomamos en cuenta lo importantes y discutidos que fueron sus más de 11 años como gobernante del Perú, el carácter de Don Pancho deviene como muy importante, y explica en buena medida lo acertado de su nombramiento. Don Pancho, a los 53 años de edad, ya era hombre completo y experimentado en las lides militares y políticas de su época. Administrador no lo era tan bueno, curiosamente, o cuando menos nada nos hace pensar que tuviera una gran experiencia previa. Pero está claro que poseía valores personales propios, que se decantaban en una conducta que se puede calificar de moralmente intachable. Sobrio hasta el extremo, era bastante inmune a la corrupción, por aquello de que quien nada necesita, nada apetece. De contextura sólida e imponente físicamente, su carácter serio y su firmeza le permitían, y seguramente muchas veces lo hizo, imponerse sobre los que le rodeaban, y establecer un fuerte liderazgo, que ejerció con audacia. Pagado de su propia persona, era impulsivo por momentos, e impaciente frente a lo que no andaba bien o no funcionaba, con seguridad debe haber dado muchos puñetazos contra la mesa para hacerse obedecer por los españoles de la época, tan aficionados al revolutis; y seguramente debe haber tenido medio aterrorizados a sus subalternos. Como era altivo, seguramente pensaba que nadie haría mejor que él las cosas, y debe haberle costado delegar la Autoridad del Rey. De ideas firmes y concretas, vino con la idea de reformar lo que debía reformar y mantener lo que había que mantener. No era fácil meterse con el Virrey Toledo, y más difícil todavía tenerlo bajo control, coacción o relativizar su autoridad, incluso influir en él debe haber sido casi imposible, y eso que los peruanos tenemos harta experiencia en eso de manejar al Príncipe. Este hombre haría lo que creyera correcto al servicio de Dios, el Rey y la Patria española, y punto.

Quizá sea difícil hallar en nuestra historia republicana a un gobernante que, en términos de carácter fuerte y firmeza de propósito, le sea comparable. Nuestros presidentes han sido demasiado dubitativos, demasiado temerosos de pisar callos, y esto demasiadas veces. Tal vez podamos encontrar en el siglo XIX la figura de Don Andrés Avelino Cáceres, empecinado en la Resistencia contra los chilenos invasores hasta el extremo de nunca admitir la derrota, y que jamás se rindió, con lo que dio muestras de un carácter parecido en ciertos aspectos al del Virrey Toledo. Es indudable que el carácter de una persona influye grandemente en su forma de administrar el estado. Si es sobrio, de carácter reformista, firme en sus ideas y planteamientos, serio y capaz de ejercer liderazgo, podemos decir que es una persona idónea para ejercer el mando, que requiere tener autoridad. En el siglo XX tenemos realmente pocos ejemplos de carácter fuerte. Esto parece ser más propio de los gobiernos fuertes, donde la Autoridad del gobernante muchas veces se expresará en términos del carácter que posee. Los gobernantes de Facto no pueden basar su Autoridad en fuentes externas a ellos mismos, tienen necesariamente que ser muy caudillos. Es posible que el Presidente de Facto Juan Velasco Alvarado haya contado, según se cuenta de sus acciones y contando con su talante reformista, con estas características personales cercanas a las del Virrey Toledo.

Retornando al Siglo XVI, lo cierto es que Francisco Álvarez de Toledo, ni bien llegó a Lima, lo primero que hizo fue establecer su Autoridad. Podría haberse comportado como otros Virreyes, en el sentido de que cuando estás en un cargo así, contemporizas con la realidad para no chocar demasiado con Chocano – que debe ser personaje de mucho poder - y hacer lo que tienes que hacer de la mejor manera que veas, aunque eso implique que pases por alto ciertas cosas. Cualquier persona que ha ejercido alguna autoridad, de cualquier tipo, sabe que esa autoridad nunca se desenvuelve en el vacío, sino en medio de inquinas, recelos, antipatías, conflictos, conveniencias, luchas por el poder y el control. Pero Pancho Toledo metió carácter y puso orden donde no lo había, de manera que pudiera dejar la capital, que era lo que quería hacer, y las cosas siguieran funcionando. Así se metió con lo más difícil por delante, de arranque y sin meter embrague: Reorganiza la hacienda y las escalas de salarios, restablece el servicio militar, nombra corregidores, pone orden en la Iglesia y la Audiencia. Se toma un año entero para poner orden en casa, porque aspira a más, y por eso o pisa ahora los callos difíciles y complicados, o no lo hará nunca. Y no deja títere con cabeza, y se mete con los temas de la plata, de las armas y de los nombramientos, es decir, los recursos económicos, militares y políticos, con lo que se asegura el control de las fuentes del poder.

Con esto sólo bastaría para decir que el Virrey Pancho de Toledo hizo un Buen Gobierno. Pero eso fue solamente el principio. Uno no hace cosas por hacerlas, sino para algo. El Virrey tenía un programa qué cumplir. Y como la única manera de hacer las cosas bien es verlas con los propios ojos, inició una famosa Visita General al Perú que duró 5 años, de 1570 a 1575, y dejó huellas tan duraderas como los corregimientos, las reducciones y las mitas. No insinúo que estas medidas hayan sido positivas para nosotros o para el Perú visto como la “persona nacional” de Basadre, solamente dejo sentado que Pancho Álvarez de Toledo, con lealtad probada a su Rey y a su Patria, y con eficiencia y firmeza de carácter hizo lo que debía hacer, y lo hizo bien. Y dejó por ello una huella histórica imborrable. Podemos admirar al hombre sin tener que denigrarlo por hacer eficientemente lo que desde su posición debía de todos modos hacer. Quizá podamos deplorar que no haya sido más tonto, débil o ineficiente, como la mayoría de los que han detentado autoridad en nuestra Patria. Quizá hubiera sido mejor para la vida de los peruanos de entonces el que no hubiera hecho bien las cosas. O tal vez podemos deplorar que de todos los ineficientes españoles de la época justo nos haya tocado éste. Pero que fue eficiente y eficaz, por suerte o por desgracia, lo fue.

No por nada le llamaron el Solón peruano. Solón, como mis lectores saben o ignoran, es el paradigma universal del legislador reformista y creativo, el que a partir de la realidad que encuentra, la modifica para mejorarla, para desactivar los conflictos y permitir el desenvolvimiento de una vida más o menos normal, tras resolver las contradicciones que encuentra. El Virrey Francisco Álvarez de Toledo resultó ser un reformista creativo y realista, que encontró al Perú como la mona, y cuadró las cosas para hacerlas manejables. En la ruta cometió errores, que su empleador Felipe II no le perdonó, lo que consideramos fue muy injusto. Porque, efectivamente, tuvo características de un Solón. Quizá debamos pedirle a Dios que nos libre de tipos eficientes que gobiernan bien, pero para el extranjero …

Ahora hagámosla igual que la que hicimos en la Parte 1. Pensemos en los principales candidatos. ¿Quiénes de ellos podrían parecerse en algo al Virrey Francisco Álvarez de Toledo?

Instrucciones: Califica de 1 a 5 a cada candidato en los temas de LEALTAD - FIRMEZA Y DECISIÓN POLÍTICA - CARÁCTER REFORMISTA. No te hagas trampa. Intenta ser objetivo. Luego suma sus puntajes. El puntaje máximo es 15 y el mínimo 0. Ello te dará una idea de qué puedes esperar de ellos.

Candidatos por orden alfabético
CARÁCTER

Luis Castañeda
Keiko Fujimori
Ollanta Humala
Pedro Pablo Kuczynski
Alejandro Toledo

Y ojo, QUE DESPUÉS VIENE: El Presidente Ramón Castilla y Marquesado.



martes, 22 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 1)


Como dice la canción, no se puede nadar sin agua. Tengo en la línea de producción cosas sobre didáctica de la Historia, enseñanza / aprendizaje de valores, perlitas cognitivas, educación para el trabajo y varias cosetas más, pes cholo. Pero se nos meten las elecciones en medio, y queda tan poquito para la primera vuelta que mejor tratamos de hacerle guiños a la realidad política y meternos de nuevo en el ajo. Estos últimos días las cosas decantan. Las encuestadoras, temerosas de perder credibilidad – deben seguir vendiendo estudios de mercado cuando no hay elecciones, la vida hay que ganársela – empiezan a sincerarse. Y es lógico, hay dos mil maneras de manipularlas, y muchas se han evidenciado en los últimos días, con lo que la gente pensante debería no caerse de contento cuando una encuesta te da más votos de los que te dijo originalmente que tenías. Los abrazos de oso sueles ser algo apretados. Pero para nosotros, la indiada, pueden ser cosas del Orinoco, de esas que tú no sabes y yo tampoco.

Así que ni modo. Habrá que intentar meterle un poquito más de neuronas a la campaña electoral. Y en este caso se me ha ocurrido pensar qué es lo que esperamos lograr con las elecciones. Y pensaba que si vamos a votar por Presidente de la República, por Jefe del estado, valdría la pena hacer un pequeño recorrido.

Cultura política y orígenes

Nuestra cultura política es curiosa. Es una de esas cosas que determinan nuestra identidad. Y aunque quizá eso no nos guste, nuestra identidad, eso de “ser peruano”, está muy determinado por esa cosa que se llama sociedad, y la sociedad tiene un desarrollo en el espacio – este territorio que llamamos Perú – y en el tiempo. Lo que hacemos hoy tiene, tras de nosotros, casi 200 años de vida republicana, 300 años más de Colonia de los españoles, un siglo de Tahuantinsuyo más, y, casi nada, 10,000 años de constante permanencia en nuestro territorio. Ello nos sube la autoestima, y nos ha dado una cierta prestancia que otros países no tienen, y en América, salvo México, y quizá Bolivia y Guatemala, ningún país es comparable a este pedazo de tierra, con su curiosa gente y sus extrañas ideas de cómo gobernarse. En los Estados Unidos, algo que tenga 200 años es realmente viejísimo. En la Argentina, la gente no desciende de sus abuelos, sino de los barcos repletos de migrantes. Nuestras tradiciones son viejas como los agujeros de las orejas y el Hombre de Lauricocha. Gozamos o padecemos de una mezcla informe de estirpes, muy nuestra, donde convivimos desde bailarines de marinera moches hasta navegantes lacustres aimaras, pasando por descendientes directos de Huayna Cápac – nuestro amigo el genealogista Ronald Elward los ha encontrado -, polacos nacionalizados, palestinos fabricantes de alfombras mágicas, huancaínos que comercializan hasta los ojales vacíos de las camisas, quechuas mahometanos, pentecostales e israelitas del Nuevo Pacto Universal, zambos que tocan el cajón y rockean como los buenos, pitucas que charlan por los codos en sus casas de playa, tusanes que cocinan el mejor wantán frito del universo, croatas pescadores, tiroleses con mote, capullanas morenas de ojos verdes como la perdición de Adán, bricheros y pequeños empresarios, vedettes y delincuentes, sacerdotes y luchadores sociales, y un larguísimo e inacabable etcétera. Pucha, que tratar de entender nuestros orígenes como sociedad es tan sencillo como explicar en fácil la teoría de las Supercuerdas.

Don Nicomedes Santa Cruz, ese grande y orgulloso Negro Peruano, pretendía en una de sus décimas simplificar el nudo gordiano, y sugería con gracejo que en el Perú solamente cohabitaban tres razas, y eso era fácil de entender para todos. Total, no hay más que indoblanquinegros, blanquinegrindios y negrindoblancos. Pero se le olvidaron al zambrano los tusanes y los niseis, que hay harta gente de esa por acanga; y de que decir “indio” es meter en el mismo saco a huancas, quechuas, moches, tallanes, chachapoyas, cajamarcas, chancas, collas, shipibos, matsiguengas, aháninkas, aymaras, etc.; y que decir “negro” es mezclar a congos, angolas, ashantis, sudaneses, bantús, zulús, xhosas, hausas, etc.; y que decir “blanco” es mezclar a vikingos, árabes, tiroleses, andaluces, calabreses, provenzales, escoceses, bávaros, húngaros, bielorrusos, drávidas, etc.; y que decir “chino” es combinar viets, han, song, nipones, coreanos, taiwaneses, mongoles, tibetanos, y más etcéteras todavía. Así que tratar de dilucidar las mezclas y combinaciones puede ser realmente espeluznante, e incluso escandalizar a algunos creyentes en la imposible “pureza de la sangre”. ¿Cómo, Dios de Israel, le llamamos a alguien cuyos ocho bisabuelos son de origen cajabamba, portugués, croata, vasco, danés, chincha, alemán, y español? ¿”Chincapocromán? ¿”Davascajañol””? Yo tengo mi propia teoría al respecto, y creo que es la mejor posible. A alguien así le llamo “hija”. Es que solamente Dios, en su infinita sabiduría, quizá pueda tener una idea de los tipos de gente que existe, y de cuánto grupo más hay en nuestra patria tan extraordinaria. Total, dicen que Dios, para rematar esto de la mezcla, nació en Trujillo … Así que mejor no nos metamos con lo que no es posible meterse.

Un paréntesis

(Dicho sea de paso, eso del tema de “peruanos afrodescendientes” estará bacán para los discursos oficiales, pero desde que tengo memoria tengo amigos negros, y vaya, negros les he dicho siempre, aceptando bien interculturalmente el mote de “crudo” para mí, por cierto. Es que una cosa es el discurso oficial, que pretende marcar la interculturalidad para los que no la agarran, lo que debe hacerse y está muy pero que muy bien, y otra cosa muy distinta es jugar fulbito y decirle a Carlitos: “¡afrodescendiente no amarres bola, pásala!”. El idiolecto es el idiolecto, y solamente debiéramos pretender cambiarlo cuando resulta ofensivo o irrespetuoso con un grupo humano, o cuando el grupo mismo, con todo derecho, desee ser conocido de otro modo. También es cierto que el tono dice mucho, y entiendo que los “negros – afrodescendientes” se resientan de la palabra “negro” dicha con displicencia, desprecio o prejuicio. Y es cierto que palabrejas como “negroide” son monstruosidades por donde se las mire. Y para sentar un ejemplo, no otra cosa ha sido sustituír “campas” por “asháninkas” o “machigüengas” por “matsiguengas”, que es como los asháninkas y matsiguengas de nuestra patria desean ser llamados, por sus propias razones y sin que al resto nos tenga que importar cuáles sean. Si yo me llamo Javier no quiero ser Douglas Enrique, pues mi nombre es parte de mí y mi identidad. Y como dice Guareschi, cada uno consigo mismo, y Dios con todos. Fin del paréntesis.)

El Gobernante en la Historia del Perú

Me encantan las digresiones, dicho sea de paso. Mis sufridos lectores lo habrán notado. Llevo dos páginas y no he entrado en materia todavía. Así que, como dice el dermatólogo, vamos al grano. Los estilos de ser gobernante en nuestra Historia marcan, quieras que no, el estilo actual de serlo. Tratemos de entenderlo mejor.

¿De dónde proviene la autoridad republicana con la que revestimos al Presidente de la República? Teóricamente del consentimiento popular expresado en la voluntad general del pueblo. Este ya es un ajo conceptual. Porque el “consentimiento popular” siempre ha sido en eso que llamamos Democracia, una trampa para cazar inocentes pajaritos. La “voluntad general del pueblo” es algo tan huidizo y tan difícil de determinar que el teórico francés Condorcet – víctima de la Revolución Francesa que dio lugar a la frase de que la Revolución se traga a sus hijos-, que era hombre práctico, tenía que recurrir a una falacia, la de suponer que si alguien obtenía más de la mitad de los votos, entonces representaba la “voluntad general del pueblo”. Es decir, el hecho práctico de que todos los habilitados para ello votemos nos da una idea aproximada de la “voluntad general del pueblo”. En las actuales elecciones las encuestas, cuál grandes electores, proponen a cinco probables candidatos al “Sillón de Pizarro”, lo que nos parece gracioso. ¿Qué clase de autoridad republicana es la de alguien que sale elegido con el 30 % de los votos? Eso está en nuestra Tradición, porque el ballotage o Segunda Vuelta es cosa bien nueva en nuestra legislación.

Nuestra democracia actual arrastra sus tradiciones, la mayoría anteriores a ella. El Presidente de la República es el sucesor legal de todos los gobernantes anteriores de este territorio, y eso lo convierte en continuador por lo menos de tres de los grandes personajes de nuestra Historia: El Sapa Inca Pachacútec, el Virrey Francisco de Toledo y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado. Ello en la medida que el estado republicano de hoy es sucesor del Virreinato y del Tahuantinsuyo, que a su vez es resumen y compendio de los 10,000 años anteriores a él.

Autoridad y elecciones

Miremos un poco más adentro, ligeramente. Al principio de nuestra Historia Republicana el Presidente era elegido de manera indirecta por el Congreso. Lógico en una República que recién empezaba y que pretendía tener cierta estabilidad para lograr eso de ser Libre y Feliz por la Unión. Viéndolo en cierta perspectiva, veníamos de haber sido Virreinato y Tahuantinsuyo, y en esas unidades políticas nadie elegía a nadie. El Sapa Inca era resultado de una combinación de sucesión por sangre y guerra ritualizada; y el Virrey del Perú era nombrado por el Rey de España. Sin embargo, nuestro imaginario popular y social vio y ve aún a los gobernantes como una suerte de seres semi-divinos, con capacidad para hacer más o menos lo que les venga en gana, limitados básicamente por su propia voluntad y por las fuerzas concretas a las que les deben sus cargos. Nada raro si entendemos que la democracia y la república son instituciones novedosas – menos de 200 años - en un país con más de 10,000 años de Historia.

Nos pasamos los primeros 30 años de la República con caudillitos imitadores de los Virreyes y los Sapa Incas, pero incapaces de moverla con la solvencia ya no de Pachacútec o el Virrey Toledo, sino de sacristán de Iglesia de Cristo Pobre. Llegó Ramón Castilla y tuvimos ilusiones, ingresos y veleidades de gran potencia, y por un buen rato – lo que duró la plata del guano y el salitre -, nos la creímos. La Guerra con Chile nos devolvió a nuestro nivel, y con el tiempo y tras el supuestamente tranquilito período de la República Aristocrática (1895 – 1919), en la que gobernaban los que la movían y nadie más, se vinieron huaycos democratizadores de dentro y de fuera del Perú, y empezó un ajuste de cuentas interno que aún no acaba. Tras la dictadura de Leguía y su fracaso en perpetuarse, vino una Constitución – 1933 - que nos movió el piso y el cotarro, porque por primera vez había voto directo para elegir al Presidente de la República. Se acababan para siempre los compromisarios y las tutelas, y el pueblo pisaba con sus pies cochinos lo que hasta entonces fue salón dorado de aristócratas y señores semifeudales. Quien pateó esa puerta, debemos decirlo, fue Víctor Raúl Haya de la Torre. No nos interesa ahora lo que haya hecho después, en aquel momento era visto peor que Ollanta ahora. Hasta entonces caudillajes militares y civiles le pasaron la factura al sistema político peruano. Desde entonces las Dictaduras ya nunca más pudieron ser lo que eran, desde que el pueblo estaba involucrado. Para ser Dictador, como lo fueron Benavides, Odría, Velasco, Morales Bermúdez y Fujimori, debías rodearte de ciertas formas gubernamentales que te dieran legitimidad, para hacer tu régimen “sostenible”. Incluso elecciones, aunque fueran amañadazas, como las de Odría de 1950, o las de Fujimori. Y si te sometes a elecciones estás frito, Dictador, porque tarde o temprano te darán forata, de uno u otro modo. Testigo el ciudadano Fujimori. Y, desde otra perspectiva, testigo el general Velasco, que precisamente cuestionaba a profundidad las elecciones, dado que así como estaban no representaban a nadie, y por eso jamás las convocó pues no las necesitaba.

Desde 1933 hasta la fecha sostenemos la elección directa del Presidente de la República, aunque con dos cambios fundamentales. Uno fue la ampliación constante y sostenida de capas de población al electorado. Las ampliaciones fueron por edad, de 21 años a 18; luego por género, y las mujeres votaron; y al final se acabó con la prohibición para los analfabetos. La otra fue el sistema de Segunda Vuelta, que reflejaba la preocupación de darle más carne a la “voluntad general del pueblo”, para que el Presidente tuviera más del 50 % de los votos, y lograra legitimidad para que fuera más difícil bajárselo.

Pachacútec, Sapa Inca

Empecemos el recorrido por los gobernantes más característicos del Perú por el Sapa Inca Pachacútec, autocrático y divino gobernante del Tahuantinsuyo, que es su principal paradigma. Podemos suponer que la Autoridad del Sapa Inca reflejaba a la de los muchos Sinchis, Cápacs, Curacas y gobernantes de toda índole que hubo en el Perú desde 10,000 años en adelante. Así que tradición telúrica de gobierno había tras él. Hubo en apariencia, incluso, otro Imperio en la Historia anterior a la invasión española, el Imperio Huari, y podemos perfectamente suponer que el Sapa Inca heredaba, como era lógico, toda la parafernalia, características, y conceptos vinculados a la Autoridad in illo témpore. Así que el Big Boss en cuestión, autoridad suprema del Tahuantinsuyo, devenía su poder de una legitimidad basada en su relación con la Tierra y los poderes del más allá, que de una u otra manera hemos heredado. El Sapa Inca era un jefe religioso, porque era el Hijo del Sol, nada menos. Lo que quería decir que tenía que negociar con toda una élite religiosa muy poderosa. Aliado con ella rodeaba sus actos de ritos religiosos que reforzaban su legitimidad. Al Hijo de Dios no lo detienes en la calle y le pides DNI para que se identifique. Y por si hubiera alguna duda, el Big Boss circulaba sentado en sus andas, con una guardia personal de esas que no te las para ni mandinga, rodeado de sacerdotes, vírgenes del Sol, soldados adustos, ayayeros, cargadores de andas, funcionarios de gobierno, ministros de estado, portaquipus, y como diez mil extras encargados básicamente de gritar Causachum Pachacútec. Había que ser muy idiota para no verlo, y más te valía verlo y gritar causachum, so pena de perder salva sea la parte antes de que sin mayor ceremonia te cortaran el pescuezo.

Es obvio que a Pachacútec no lo eligió nadie, si acaso él mismo. Ni siquiera le tocaba ser Sapa Inca. Él se la hizo, por decirlo así. Es decir impuso su Autoridad. Naturalmente primero fue héroe militar al derrotar a los chancas en Carmenca y Yahuarpampa, cuando no era más que el Auqui Cusi Yupanqui, lo que demuestra su audacia al enfrentar ejércitos más poderosos, así como su capacidad militar. Es curioso, porque hemos tenido presidentes que han sido héroes militares, como Castilla, Cáceres y Benavides. Aunque tampoco ello asegure algo. Don Eloy Ureta, ilustre vencedor en la Guerra con Ecuador, perdió las elecciones frente al insípido Manuel Prado. Ah, pero el Jefe de Estado Mayor en esa guerra, Manuel A. Odría, sí que fue presidente por golpe de estado. En fin. Lo cierto es que el Auqui Cusi tiene que ajustar sanguinarias e internas cuentas con el aparente correinante Inca Urco, a quien le pisaba los callos; y hacer de su padre el Sapa Inca Viracocha una figura decorativa, conservándolo como mandamás teórico, para que sea el Auqui Cusi quien realmente la mueva. A la muerte de su padre, el Auqui Cusi deviene Sapa Inca, y ahí es donde lo vemos realmente en acción.

El Sapa Inca Pachacútec respeta la institucionalidad que ha heredado y la utiliza, ni más ni menos que un Presidente moderno, para remachar su Poder y aumentar su Autoridad. Hace alianzas sociales, políticas y militares con diversos ayllus y etnias, y combate a otras, lo que le permite controlar las fuentes de poder de todos los tiempos, los recursos económicos y a la vez aumentar sus efectivos militares. Organiza un aparato administrativo realmente eficiente para manejar dichos recursos. Los quipucamayocs son el aparato burocrático y administrativo al que nada se le escapa en su furia contable. Los tocricocs o tukuy ricocs son una combinación de contralores, fiscales y espías que, premunidos de la Autoridad del Sapa Inca, simbolizada en las hebras de la mascaypacha que portaban, vigilan con los ojos bien abiertos todo lo que ocurre y ponen orden en donde hay que ponerlo, destituyendo funcionarios y expandiendo, para ponernos poéticos, “la Justicia en toda la Tierra”. Claro que esa era la justicia de Pachacútec, no la nuestra. Pero que la gente se comió ese contenido ideológico se lo comió con ojotas y uncus completos. Y con todo éxito, pues aún hoy en día, nos la creemos.

Me imagino una posible escena de la época. Un Collca Camayoc (administrador incaico de collca) se tira una cantidad de maíz producto del tributo de los ayllus, y por el que debe responder, para hacerse su aqa (chicha) a espaldas de las gentes, y meterse su tranca de vez en cuando. Alguien más tenía que saber de esto, porque habría cuando menos un quipu camayoc que viera el faltante y lo registrara, pues así es la chamba. El astuto Tocricoc que casualmente “por ahí pasaba”, seguro metía la nariz en los quipus, y detectaba el faltante. Casi veo al Tocricoc desplegar las hebras, tomar el mando y dedicarle al corrupto, con la mismísima Autoridad del Sapa Inca, frente a quien todos tiemblan, una de esas muertes espeluznantes por lo horribles, y que se vuelven testimonio de la dureza en la aplicación de la Ley. Desde siempre es así como se sienta ejemplo sobre el adecuado manejo de los recursos comunes. Por supuesto no lo hacía en nombre del pueblo, sino del sacrosanto Sapa Inca Dueño de Todo y Detentador del Derecho, a quien robarle era, Inti no lo permita, nada menos que crimen nefando. Aquí tenemos ante los ojos el significado real de decir Ama Súa, Ama Qella, Ama Llulla, por más que la frase misma no sea real. Lo real y concreto era “róbame y miénteme, y verás lo que te pasa”.

De entonces acá, vemos la Autoridad política como la de un alguien que “organiza”, que “hace funcionar” el aparato del estado de manera correcta. Ese Alguien no tiene piedad con la corrupción. Nos interesa tanto que las cosas anden bien que le exigimos al Sapa Inca, perdón, al Presidente, que sea un buen organizador y que castigue duramente la corrupción. En nuestra historia republicana encontramos que hombres como Manuel Pardo y Nicolás de Piérola cumplimentan de alguna manera este primer paradigma, el de “organizador” y “luchador contra la corrupción”.

Sigamos con el Poderoso Sapa Inca Pachacútec que, premunido de la autoridad que le da poseer el control religioso, económico y militar, está subido en la cresta de la ola de una dinámica de expansión militar y política, en la que se va apoderando a la velocidad de Illapa (el rayo) de las fuentes de riqueza de la época. Lo vemos extender su aparato organizativo, ordenar el mundo poniendo a los ayllus a trabajar para él, construir, reconstruir y mantener con eficacia caminos, puentes, tambos, collcas, acllahuasis, centros administrativos, palacios y ciudades completas. Así legitima su Autoridad a cada paso que da, aprovechando todo lo que encuentra en su victoriosa marcha. Logra asegurar condiciones de vida vivibles y ordenadas a la población, y la organiza para utilizarla como un instrumento bien templado para la sostenibilidad del sistema de la que él es la cabeza. Crea círculo virtuoso tras círculo virtuoso. Es, realmente, un ejemplo extraordinario de Buen Gobierno que ha superado las barreras del tiempo. Sobre el Orden que erigió, su hijo Túpac Yupanqui y su nieto Huayna Cápac añadieron y modificaron, pero no fueron muy creativos, sino simples talentosos continuadores. Si miramos el paradigma de la Autoridad Política en el estado anterior a la invasión española, ese paradigma indudablemente es el Auqui Cusi Yupanqui, el Sapa Inca Pachacútec. Él es indudablemente nuestro Hammurabi, Marco Aurelio o Tsi Huang Ti andinos.

Hagamos un juego que tiene algo de ejercicio mental y pensemos en los principales candidatos. ¿Quiénes de ellos podrían parecerse en algo al Sapa Inca Pachacútec?

Instrucciones: Califica de 1 a 5 a cada candidato en los temas de AUDACIA - CAPACIDAD DE ORGANIZACIÓN - LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN. No te hagas trampa. Intenta ser objetivo. El puntaje máximo es 15 y el mínimo 0. Luego suma sus puntajes. Ello te dará una idea de qué puedes esperar de ellos.

Candidatos por orden alfabético
AUTORIDAD

LUIS CASTAÑEDA
KEIKO FUJIMORI
OLLANTA HUMALA
PEDRO PABLO KUCZYNSKI
ALEJANDRO TOLEDO

Nota: Que me perdonen mis amigos que piensan votar por otros candidatos, pero es que se necesita ahorra espacio también ...

Y ojo, TAMBIÉN VIENE: El Virrey Francisco Álvarez de Toledo, y el Presidente Ramón Castilla y Marquesado.