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jueves, 15 de noviembre de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 12: HISTORIA 1


La Libertad guiando al pueblo





























CRÓNICAS DE LECTURAS - Doce
Leer Historia  - Primera de muchas partes

I

Para leer Historia

Si hay algo en que los peruanos basamos en algo nuestra alicaída autoestima, es en la Historia. He discutido mucho en otras partes – y lo seguiré haciendo - la oportunidad y pertinencia de enseñar la Historia tal como lo hacemos, y no pienso tratar ahora el tema desde la perspectiva educativa, sino desde mis gustos y experiencias como lector. Pero el tema de dónde venimos y a dónde vamos nos llama a todos, más o menos. No por nada se lee tanto sobre teorías de conspiración, fin del mundo o ucronías. También esto explica la popularidad de los estudios genealógicos que nos atrapa de vez en cuando, aunque reto al más pintado a que me diga los nombres y apellidos de todos sus dieciséis tatarabuelos. Y la gran mayoría no podrá, pues es un asunto que sólo importa en la medida que hay vida afectiva involucrada, es decir suponiendo que hayamos conocido a alguno de nuestros choznos. Cuando nacemos, bisas y tátaras están largamente fallecidos y convenientemente olvidados, salvo que hayan sido presidentes de la república o asesinos en serie, lo que ya nos da una pista sobre qué cosas recordamos y por qué. Tras tres generaciones – parece ser el límite - el asunto tiende a olvidarse y hay que recurrir a los abuelos para que nos hablen, a su vez, de sus propios abuelos. Pero a falta de choznos y de abuelos (uno de los míos falleció antes que yo naciera, y el otro cuando tenía ocho años), es posible que al leer Historia tratemos de recuperar un sentido de pertenencia a un núcleo temporal, tal vez queramos sentirnos parte de una continuidad. Pero la modernidad capitalista nos aleja cada vez más de las tradiciones y nos orienta más hacia adelante-futuro que hacia atrás-pasado, y no trataré de valorar si eso está bien o mal, que me parece como juzgar si es mejor que el Sol salga por Oriente o por Occidente. Lo cierto es que necesitamos “pertenecer”, y tal vez por ello es que tratamos de conocer algo de la Humanidad que nos antecedió. Si para ello recurrimos a la lectura de la Historia es porque tenemos la vaga sensación de su importancia, aunque no sepamos cómo ni por qué. Y he aquí por qué tendemos a leer best-sellers de tema histórico, y por qué vemos series y películas de carácter histórico, basados por lo general en dichos libros.

A no ser que seas especialista o realmente te guste tanto el tema como para dedicarle tiempo y esfuerzo, tampoco somos muy profundos en esto de leer Historia, para la mayoría es un gusto o entretenimiento análogo al de leer novelas policiales. Sin embargo, repito, hay algo en lo profundo que nos impele a leer Historia. Por ejemplo, muchos peruanos poseen (otro tema es leerla) la Historia de la República de Jorge Basadre, monumental obra cuya gran extensión no ha sido problema para que varias empresas la editaran y difundieran. Y estoy seguro que cada país tiene su obra histórica, por así decir, epónima. Y sus leyendas por supuesto. La mayoría de los lectores no se preocupan tanto de la “verdad” histórica, pues leer Historia depende, como en toda lectura, del objetivo que te traces al leerla. Si solamente la lees para entretenerte haces bien, pues siempre es útil aprender entreteniéndose. No me atrevo a parangonar la lectura literaria con la histórica, muchas veces es la misma. Pero como soy entre otras cosas profesor de Historia y me apasiona la verdad histórica, tuve la suerte de poder aunar varios objetivos: Conocer la Historia que debo enseñar, emplearla para fomentar Ciudadanía, saber cómo se hace Historia y, no menos importante, aprobar mis cursos universitarios. Así que leí y leo Historia de manera un poco menos desordenada tal vez. Aunque ello no sea siempre del todo cierto: En estos días me leo la Historia de Herodoto casi como una venganza muy diferida, porque el acceso que tuve a ella años atrás fue a través de fragmentos traducidos de manera cuestionable. Pero como esta es mi primera Crónica sobre Historia, me concentraré en ciertos libros sobre los problemas teóricos de la Historia, es decir la Historia de cómo se hizo y se hace Historia. A esto normalmente se conoce con el nombre de Historiografía, y dejo pendientes las Crónicas sobre Narrativa Histórica, Biografías, Novelas Históricas, Ucronías y otros de la fauna correspondiente que con un poco de suerte, ganas y oportunidad escribiré en su momento. Así que ahorita me concentro en tres de estos libros historiográficos: ¿Qué es la Historia? de Edward Carr; Idea de la Historia, de R. G. Collingwood; y  Reflexiones sobre la Historia Universal de Jacob Burckhardt, en la esperanza de que la croniquita no me salga demasiado aburrida.

II

¿Qué es la Historia?: Una buena introducción

Si alguien viene y me pregunta cómo meterse en la teoría de la Historia, le recomendaría este libro. Y es que trata un problema básico: qué rayos es eso de la Historia. Los legos tendemos a pensar que el historiador es una suerte de recopilador de datos, que luego se expondrán en libros y clases para que la indiada los aprenda. Pero me temo que no es tan simple el asunto. La Historia plantea diversas interrogantes que trascienden los hechos: ¿Por qué nos parece más importante una guerra, revolución o suceso que otros? ¿Qué criterio tiene el historiador para decir este dato sí y este otro no? ¿Con qué métodos se obtienen dichos datos? ¿Cuál es el peso de los documentos? ¿Qué pasa si el historiador miente u oculta? ¿Y si los datos son falsos o tendenciosos? ¿Se puede falsear la Historia? ¿Se puede interpretar “mal” un suceso? ¿Qué peso tienen los “héroes”, los individuos? ¿O es que la historia la hacen las masas y los individuos no cuentan? Siempre hemos oído que la Historia la escriben los vencedores … ¿Será cierto? ¿Hay leyes históricas que se cumplen siempre? ¿O la cosa es hechos simplemente casuales? Nos metemos en estas y otras interrogantes en este sabroso librito de lectura muy fácil y entretenida, que llama a reflexión. En su origen fue un ciclo de conferencias que el historiador Edward Carr, especializado en historia soviética, dictó en 1961 en la Universidad de Cambridge. El libro conserva el carácter de conferencia dirigida a gentes no especialistas. Parece que los británicos poseen el bicho de la difusión, quizá eso explique en parte por qué nos llevan tanta ventaja. Dígase además, que la lectura de este librito es obligada para todo aquel que pretenda estudiar Historia, sea de modo académico o libre. Una cita al azar nos puede ayudar a orientarnos un tanto en el pensamiento de Edward Carr: Declaró (Benedetto) Croce que toda la historia es “historia contemporánea”, queriendo con ello decir que la historia consiste esencialmente en ver el pasado por los ojos del presente y a la luz de los problemas de ahora, y que la tarea primordial del historiador no es recoger datos, sino valorar: porque si no valora, ¿cómo puede saber lo que merece ser recogido? Naturalmente, Carr no se queda en esto, pero para nosotros, que estamos en el trance del “desencantamiento histórico” y que tratamos de construir una identidad inclusiva y democrática, esto se nos hace muy actual. Pensemos en nuestras propias leyendas históricas, en la “grandeza” del Tahuantinsuyo, en el “heroísmo” de Miguel Grau. O en nuestra propia historia reciente con Sendero Luminoso, que se trata de tapar con poco disimulada desesperación por cierto sector político, que insiste en no aprender del pasado, pues este tema le quema, y que ahora pagamos con el resurgimiento de un grupo análogo. Que la gente sepa de qué hablamos cuando de historia hablamos parece ser más importante de lo que parece … y por eso, qué bacán es que no se lea ni se aprenda …

Recurro al índice del ¿Qué es la Historia? para dar mejor idea del contenido de este libro, con una pequeña aplicación de nuestro propio acervo: El historiador y los hechos analiza el problema de las fuentes escritas como base tradicional de la Historia; cabe preguntarse si nuestra secular rivalidad con Ecuador parte del supuesto de las Crónicas de que Atahualpa era quiteño. La sociedad y el individuo trata del papel de los individuos y los grupos en el devenir de los hechos; por ejemplo el rol de los héroes, en nuestro país héroes de la derrota - siempre me he preguntado por qué. Historia, Ciencia y Moralidad trata de si la historia es en verdad una ciencia, y aborda entre otros el problema de los períodos históricos, hipótesis o herramienta mental, válida en la medida en que nos ilumina, y cómo me perturba que resumamos miles de años de historia peruana en esa monstruosidad que llamamos preinca, cuando los Incas no llegaron a dos siglos. La causación en la Historia trata el grave asunto de cuándo un hecho que antecede a otro es su causa, y las determinaciones de la historia, por ejemplo, cuando se dice que nuestro atraso se debe a que somos indios. La historia como progreso se adentra en si la historia tiene o no un sentido, y ahora que corremos como ratas tras el desarrollo económico, vale la pena preguntarnos a dónde queremos llegar, o si sólo tratamos de escapar hacia adelante. Y por último, Un horizonte que se abre enrumba hacia el futuro y el rol de la historia. Dado que ese futuro de 1961 es en parte nuestra actualidad, es posible corroborar en parte las previsiones del autor, y nuestras propias ideas al respecto. Lo repito, el que quiera meterse en problemas y no comerse lo que otros le digan tendrá en este librito un muy valioso compañero.


III

Idea de la Historia: Filosofía de la Historia

No es este un libro fácil de leer, pero sus dificultades se compensan por las amplias y profundas lecciones que ofrece tanto en Historiografía como en Filosofía de la Historia. En cierto modo, se le puede considerar la versión profunda y para especialistas del ¿Qué es la Historia? Por supuesto, el que me llegara este libro y no otros fue algo azaroso. No tengo la más mínima idea de por qué no me llegaron historiógrafos de otras nacionalidades, con excepción de los peruanos Jorge Basadre (El azar en la Historia y sus límites), Pablo Macera y Alberto Flores Galindo, entre muchos otros, cuyos libros y artículos procuro devorarme cada vez que puedo, y que como peruano que soy era previsible que me llegaran. Lo cierto es que la teoría de la historia no es muy leída, salvo excepciones como la de Carr, señalada líneas arriba. Y resulta una suerte poder leer sobre aquello que los historiadores dan por supuesto, y que los lectores no siempre conocemos. Pero vuelvo a Collingwood. Lo que pasó con este libro es casi una lección. Nuestro historiador realizó profundas investigaciones y estudios sobre Historia, pero como a tantos, no le alcanzó la vida para ver realizada su obra maestra. Y así sus manuscritos pasaron a manos de su editor, T. Knox. Vale la pena citar la Nota a la edición original inglesa de 1946: Era deseo de Collingwood que sus escritos póstumos fuesen juzgados conforme a las altas normas de criterio antes de (publicarlos), y por eso la decisión de sacar en limpio un libro a base de esos manuscritos (…) no se ha tomado sin algún temor. Sin embargo, se pensó que contenían materiales que podrían ser de utilidad (…) demasiado buenos para no publicarlos. Y así las lecciones, apuntes y trabajos inéditos de Collingwood se vertieron a este libro, que es denso porque se plantea un tema denso: Dar a conocer la naturaleza de lo que es la Historia. Ahora bien, decir de un libro que es denso es casi como no recomendarlo, y para bajar la gravedad del asunto diré que para que esta lectura dé fruto, se requieren ciertas condiciones del lector: La principal, una adecuada cultura filosófica e histórica que permita aprovecharlo a plenitud, o si no corrernos el albur de quedarnos en Babia – región que ya visitamos en otras Crónicas – cuando nos crucemos con cosas como esta: … en la Filosofía de la Historia, Hegel restringe el campo de su estudio a la Historia Política. Aquí sigue a Kant; pero Kant tenía una buena razón para hacerlo y Hegel no. Apoyándose en esta distinción entre fenómenos y cosas en sí, Kant, como hemos visto, consideraba como fenómenos los acontecimientos históricos, (…) en una serie temporal de la que el historiador es un espectador. Nótese que la redacción en verdad no ofrece mayor dificultad, pero presupone a un lector que conoce a Hegel y Kant, con cierta cultura previa. No lo podemos culpar, porque la redacción final no fue de Collingwood sino de Knox o de sus “negros” (término cariñoso referido a los que se ganan la vida escribiendo por encargo); y porque no es un libro dirigido al gran público. Así que si no la captas no tienes por qué sentirte culpable, salvo que seas un especialista.

Ahora bien, como todo libro, este tiene partes de mayor o menor dificultad en el sentido que ya dije. Está dividido en cinco grandes secciones, de las que considero de menor dificultad relativa la primera (La Historiografía grecorromana) y la quinta (Epilegómenos). En esta quinta sección el editor reunió diversos artículos de Collingwood, cuyos títulos pueden ser sugerentes y convocar la lectura: La naturaleza humana y la historia humana, La imaginación histórica, La evidencia del conocimiento histórico, La historia como re-creación de la experiencia pasada, El asunto de la historia, Historia y libertad y El progreso como creación del pensar histórico. La ventaja de estos artículos es que conforman ideas completas desarrolladas en corto por el autor, y pueden ser leídas aparte, fuera del contexto del libro. Las primeras cuatro partes, en cambio, se concentran muy fuertemente en la Idea de la historia en la Historia, y por eso tienen una pretensión de totalidad que, como hemos dicho, presenta ciertas dificultades para el lector que no tenga una cultura regular. Sin embargo, tratar de leerlo es un ejercicio válido para todo aquél que pretenda introducirse en la Historiografía, más aún porque no saldrá defraudado. Si a mí personalmente me gustó mucho fue, aparte de que su redacción no ofrece especiales dificultades, por el hecho que yo mismo, como profesor de Historia y Filosofía, tengo interés y alguna inmersión en los temas de que trata.


IV

Reflexiones sobre la Historia Universal: 
Un visionario

Este fue el primer libro sobre historiografía que leí, y se lo debo a un compañero mío de la academia preuniversitaria La Sorbona (pretencioso el nombrecito) donde estudié para postular a la Universidad hace ya largos años. No he visto desde entonces al amigo que me lo prestó, que hoy es un afamado especialista, e incluso concejal de la Municipalidad Metropolitana de Lima, y que hasta puede que lea esta Crónica. Espero que no me reclamará el libro, pero no lo culparé si lo hace. Diremos simplemente que Jacob Burckhardt (1818-1897) se merece ser reclamado. Casi leo en la mente de alguno de mis lectores qué hacemos preocupándonos por un autor del siglo XIX, más anacrónico y vetusto que las orejas de Lucifer. Pero, amigo lector, un autor es válido por la permanencia de lo que dice, y así lo que dice suele adquirir carácter intemporal, a nadie se le ocurre quitarle validez a la Biblia, a Platón o a Homero. Y oigo la réplica: que me deje de floro, que si eso funciona con la Biblia u Homero, ¿qué hacemos leyendo libros científicos – si es que la Historia es una Ciencia – tan apolillados como estas Reflexiones sobre la Historia Universal, o La Cultura del Renacimiento en Italia (ambos de Burckhardt)? ¿No es que la validez de una Ciencia, que es un producto en el tiempo, debe medirse más bien por sus avances? ¿No es mejor, si queremos aprender historiografía, acudir a lo ultimito, a lo moderno? ¿No es más fácil acudir a Internet a buscar lo ultimito? Y mi respuesta, previsible por demás, es que santo y bueno es buscar lo ultimito, aunque yo no confiaría tanto en Internet para ello; pero que eso “ultimito” no apareció del aire. Bien cierto es que para aprender la teoría atómica no acudimos a Demócrito, pero es que la Historia no es Física ni Biología, y si algo estamos aprendiendo en esta Crónica es que la Historia, más que ser una ruma de sucesos puestos unos encima de otros, es una explicación y valoración de estos hechos, y eso es lo que aún muchos no entienden y creen que se sabe historia porque puedes repetir de memoria la Cápac Cuna, cuando ni siquiera estamos seguros de si hubo más Sapa Incas que Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac.

Leer las Reflexiones de Burckhardt nos sorprende por su terrible actualidad, por sus cualidades de visionario. El libro fue producto de sus clases, compartiendo el destino de Colllingwood de ser interpretado por sus editores. Pero no se libró de la polémica en vida. Considerado a-científico en una candorosa y optimista época que hacía un ídolo del conocimiento científico “exacto” - lo que en Historia significaba apegarse a las fuentes escritas - sus Reflexiones fueron tildadas de fantasías. Se pensaba que el progreso era una entelequia con existencia propia y que el sentido de la Historia solo podía ir hacia mejor. Un espejismo, sin duda, que las Guerras Mundiales, los campos de concentración, la Guerra Fría y la devastación del medio ambiente desvanecieron. Lo cierto es que Burckhardt vio con claridad la catástrofe donde los demás no veían sino un progreso indefinido hacia arriba. En esto se basaba en su propia filosofía, por supuesto, porque las gentes construyen sus ideas con los ladrillos que su época les proporciona, y por eso siempre me sorprende que se tilde de racista a Mark Twain, o de antisemita a Shakespeare. Las categorías con las que se valora en la actualidad a las personas y obras del pasado están teñidas de una inocencia autosuficiente y muchas veces ignorante. Y se juzga el corpus completo de las ideas por cuatro dichos, sin detenerse en la misma época en que se escribe y en el sentido general de lo que se dice. Jacob Burckhardt estudió a profundidad el Estado, la Religión y la Cultura, e incluso se metió con conceptos como la dicha y el infortunio en la Historia, y en esto antecedió en muchos años a grandes historiadores del Siglo XX como Philip Ariès, editor de una grandiosa Historia de la Vida Cotidiana. Con los límites propios de su tiempo, previó y advirtió sobre el afán de lucro y de poder que se apoderaría de la sociedad occidental, la hipertrofia del estado, la continuidad y escalada de las guerras, la abdicación general de la Cultura, las persecuciones contra los judíos y otros pueblos, e incluso la aparición del fascismo en la figura de Führers “salvadores”, que observa venir con tal lucidez que podría pintarlo desde ahora. Y además: El placentero siglo XX verá otra vez al poder absoluto levantar su horrible cabeza. Claro está, los anunciadores de apocalipsis no son populares en épocas de ciego optimismo general. Es posible que sus contemporáneos Julio y Michel Verne se inspiraran en sus ideas para escribir la sombría novela Los quinientos millones de la Begum, que retrata un estado fascista y la guerra moderna, donde el único modo de evitar la devastación total será prevenir que ocurra.

No he encontrado link para bajar, si alguien sabe, avise.
   
V

Colofón

Ni abundan tanto ni se leen mucho las teorías de la historia o los libros sobre historiografía. Sin embargo, me parece que vale la pena empezar por tratar de adentrarse en ellos, en especial cuando uno ya está más o menos harto, cansado o aburrido de leer la Historia como un cuento de hadas. Lo cierto es que no estamos tratando aquí con el cuento de la Historia, sino con estudios de carácter hermenéutico, filosófico y/o científico, y ello puede dificultar la lectura. Sin embargo, hay encanto en averiguar cómo se llega a los libros de Historia tal como los conocemos. Esta Crónica será la primera de muchas dedicada, de frente o de perfil – jamás de espaldas – a Leer Historia. Y, como siempre, la cosa es Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás. Incluso si parece abstruso, el esfuerzo vale la pena.

La siguiente Crónica sobre Historia, dedicada a Biografías, es: 

Peru Blogs

miércoles, 27 de julio de 2011

28 DE JULIO: HERÁLDICA CÍVICA

28 DE JULIO: 
HERÁLDICA CÍVICA

“… esta tierra contradictoria y fabulosa, dulce y cruel…” (Jorge Basadre)


La Historia es el proceso de lo que cambia y lo que permanece. En un momento de la historia humana donde lo único permanente parece ser el cambio, siempre vale la pena volver a lo que de alguna manera siempre está con nosotros, como lo estuvo con nuestros padres, abuelos y ancestros, aún los más remotos. Si bien lo que hoy llamamos Perú tiene corta Historia, este 28 de Julio nos acercamos un poco más a nuestro bicentenario como nación independiente y republicana, y nos damos cuenta que nuestro país y sus antecedentes son una de esas realidades a la que estamos adscritos, queramos o no, por el mero hecho existencial de haber nacido aquí. Algunos aman al Perú con locura, otros – terrible es decirlo - lo odian con fanatismo. Hay patriotas, no-patriotas y antipatriotas de todas menas y calibres. Y me he encontrado tratando de escribir esto, con la sensación de que hay demasiado qué decir, o tal vez demasiado poco.

Entonces me acordé de un texto de Don Jorge Basadre Grohman, Historiador de la República, referido a la Heráldica Cívica, y parte de su monumental Historia de la República. Nuestra Fiesta Nacional, adornada de los colores rojo y blanco, se merece bastante más que mi modesta pluma. Por ello, le cedo la palabra al ilustre republicano:


Así quedaron fijadas las armas y la bandera de la República. Ellas simbolizaron una historia cuyo curso ningún desgarramiento, ningún infortunio, ninguna opresión pudieron hasta ahora, torcer o cortar. Acompañaron a la patria en jornadas de triunfo y de aflicción: Socabaya y Yungay, Ingavi y Montoni, Tarqui y Mapasingue, San Juan y Tarapacá, Miraflores y Concepción, Huamachuco y el Callao. Flotaron sobre el fragor y el polvo de las batallas, el parsimonioso ritualismo de las ceremonias, la sabrosa alegría de las fiestas populares, el tremendo oleaje de las muchedumbres.


Cinta en la guitarra criolla, escarapela en el uniforme escolar, faja en el indio de frontera, cadeneta en la vivienda humilde, condecoración en el pecho militar, adorno en el automóvil, el camión o el aeroplano que pasan por los desiertos, ríos, montañas y selvas y bordean precipicios, sello de identificación en la banda presidencial y en las insignias de magistrados y rectores de universidades. Dan sombra permanente, invisible y común a lugares y sitios que debieran ser de peregrinación como Machupicchu, el Coricancha, Sacsayhuamán, Paracas, Chavín, Chanchán, Pachacámac, Cajamarca, el balcón de Huaura, el árbol de Pativilca, la pampa de Junín, el Cóndorcunca, el Real Felipe, el cerro de Acuchimay y la casa en la que se decretó en Ayacucho la abolición del tributo y en Huancayo la abolición de la esclavitud, el istmo de Ftzcarrald, Paucartambo, de donde salió para su última expedición Faustino Maldonado, el Alto de la Alianza, la casa de Bolognesi en Arica, Huamachuco, Zarumilla, los reductos de Miraflores.


Han llegado a ser como el retrato de esta tierra contradictoria y fabulosa, dulce y cruel, donde están desde hace siglos esparcidos innumerables ruinas, chulpas y huacas y yacen todavía grandes riquezas inexplotadas y en cuyos paisajes y en cuya historia y en cuya existencia colectiva hay cumbres y hay abismos.


Enlazan la majestad imperial del Cusco y el señorío de Trujillo, las rebeldías cívicas de Arequipa y el heroísmo incontrastable de Tacna durante cincuenta años de ocupación, las ciudades embozadas en la magia de rica solera como Huancavelica, Huánuco, Ayacucho o Moquegua y las ciudades que se desarrollan rápidamente como hoy Chimbote, Ilo, Tarapoto, Huancayo o Chiclayo, las comarcas abiertas ya a la riqueza como Cerro de Pasco, Talara, Morococha, Toquepala, el Santa, Marcona o Acarí y las otras que el esfuerzo y la técnica van a ungir, las minorías de cultura cosmopolita y las masas urbanas o rurales que necesitan urgentemente elevar su nivel de vida.


Envuelven o deben envolver, por igual, a mestizos, indios, blancos, a los de otras razas y también a todos los que vengan a contribuir honestamente al quehacer nacional. Hacen más vibrantes las notas del Somos Libres y el Ataque de Uchumayo y algo de ellas alienta en la zamacueca y el huayno, el tondero y el yaraví, el festejo y la muliza tarmeña, el vals criollo, las danzas de los diablillos y de las pallas, de las chonguinadas de huancayo y de los Avelinos. Dan un sabor especial al pisco y a la algarrobina, a la coca y al café, al maíz y a la quinua, a la papa amarilla y a la chirimoya, al ají y a la chicha que puede ser de reír, de llorar, de pelear o de amar.


Otorgan un hechizo común al mate huancaíno, al sombrero de Catacaos, a la piedra de Huamanga, al “torito” de Pucará, al caballo de los “morochucos” y al bastón plateado de los alcaldes indígenas.

Podrían estar adornadas permanentemente por ramas, hojas o flores de plantas o árboles como la cantuta y la puya raimondi, que fue la especie vegetal más bella que encontró el naturalista, el algodonal, el algarrobo y el caucho, el amancae, la orquídea y la victoria regia, las lomas, cuya húmeda y abigarrada vegetación aparece en ciertos cerros de la costa fecundados durante algunos meses por las lloviznas o garúas y el ichu que, con la árnica, la tola y otras yerbas pajizas, forman la flora de las jalcas, el magüey en otras partes es llamado el árbol del Perú y el quiñual, árbol de las regiones situadas a más de tres mil metros de altura, el chachacomo de la sierra, de oscura copa en cuyos troncos el corte de hacha deja heridas de un rojo impresionante y la ceiba costeña, de grueso tronco con piel verde y ramas horizontales dirigidas en distintos sentidos como si fueran brazos.


El rojo, blanco y rojo verticales, nítidos como una cifra, pintorescos como un cuadro, emocionantes como un poema, hondos como una oración y más subyugantes aún bajo el frío de extranjeros cielos, son, en suma, sobre lomas y valles, barrancos y quebradas, palacios y chozas, batallones y navíos, muchedumbres y paisajes, cadáveres y niños, la esencia o la emanación del Perú.


Desmán condenable del diputado, del gamonal, del poderoso grande o pequeño, del alto o el menudo funcionario; enriquecimiento ilícito del que comete impunemente peculado, oratoria vacía y vana del que, en sus adentros, se ríe de sus frases comunes como sendas por cualquiera transitadas, ocio costoso del diplomático inútil, negligencia o rutina del burócrata mezquino en daño o en desmedro del derecho claro o del interés legítimo, intriga sórdida de las camarillas, egoísmo ciego de las oligarquías, conculcación mendaz de los derechos del pueblo y del ciudadano, calumnia vil en el pasquín y en el corrillo que quienes a sí mismos se llaman caballeros suelen sugerir o amparar, envidia tenaz, decidida a hundir o a manchar a la capacidad y al mérito, arrastrarse en las cadenas o enfurecerse en los tumultos, frenesí destructor de las turbas irresponsables, indiferencias, hostilidad y desprecio ante los que pueden o deben ascender legítimamente desde un nivel demasiado bajo. A nada de esto vino a ayudar o a proteger la patria, de la cual son emblema tangible sus armas y su pabellón que, sin embargo, muchos utilizaron para su propio beneficio. Todo eso, en lo que tenga de anormal o desmesurado, se halla contradicho y negado en principio por la razón de ser de la República, por la justificación del Perú independiente, entendido como morada donde se lleve una vida libre, justa, estable, de acuerdo con la bella esperanza, la amplia promesa, la misión y el destino altísimo entrevistos por quienes crearon y fecundaron nuestra libre existencia en común.


¡¡FELICES FIESTAS PATRIAS!!

viernes, 25 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 3)



Inicio esta Tercera, y espero que última parte, recuperando las ideas fuerza mencionadas en las partes anteriores. Decíamos que las sociedades tienen características que, fijadas en tradiciones, determinan mucho de su quehacer político, entre lo que destaca la visión que tienen de la manera de gobernar que tienen los mandamases, que expresa lo que de algún modo esperamos de ellos. Vale decir, aquellos gobernantes que identificamos como importantes, se convierten históricamente en paradigmas del “deber ser”, del Buen Gobierno. Y dichos paradigmas nos pueden ayudar a entender qué esperamos de ellos, especialmente cuando estamos en el trance de elegir a alguno de ellos.

Esta tercera parte se la dedico al Señor Presidente de la República, Don Ramón Castilla y Marquesado. Gobernó estas tierras y sus habitantes varias veces, como Presidente Provisional y como Presidente Constitucional. Él es quizá el mejor paradigma de todos, en la medida que siendo perfectamente hijo de su época, supo mirar el futuro y dejar encaminada a la Nación.

Orígenes psicosociales de Ramón Castilla

El Maestro Jorge Basadre dice de Ramón Castilla que fue el epítome y resumen de todo lo que es auténticamente peruano. Por ello nos llama la atención que fuera hijo de bonaerense. Más o menos como Don Miguel Grau, hijo de colombiano, y Don Francisco Bolognesi, hijo de italiano. Según parece, y dado lo que era “ser peruano” entonces – harto distinto de hoy – parece que ser “español” o ser “indio” no era ser demasiado peruano allá por esos años de principios y mediados del Siglo XIX. Tal vez heredamos ello de la Conquista. Los que vinieron acá, los que “ganaron el Perú” combatiendo contra los guerreros del Tahuantinsuyo, y sus hijos, los “criollos”, dejaron una marca de la que aún no terminamos de desprendernos. Tal vez para ellos, o para algunos, el “ser peruano” era algo que más bien había de ganarse. Y si alguien se lo ganó, ese fue indudablemente Ramón Castilla.

Esto me da pie a varias hipótesis y una reflexión sobre la “peruanidad”. En nuestro país hoy por hoy resulta imposible hacer un acercamiento étnico a la “peruanidad”, por lo imposible que es diferenciar las estirpes. Desde una perspectiva puramente práctica, hoy en día no es posible separarnos, y cualquier concepción moderna de la “peruanidad” tiene que tomar en cuenta este hecho. Pero esto no era tan cierto a principios del Siglo XIX. Las líneas sociales trazadas por la sociedad estamentaria española en América que nos habían dejado y con las que había que convivir, estaban marcadas por las diferencias establecidas legal y socialmente desde la Piel y la Plata. Tras la Independencia, los grupos sociales estaban más o menos igual que durante el Virreinato: Los indios, explotados como siempre o incluso peor; los negros, esclavos; los blancos, terratenientes o comerciantes o comechados. Si hubo algún grupo que con la Independencia cambió radicalmente su situación, ese grupo fue el de los desubicados, los perdidos, los “fuera del sistema”, es decir los mestizos. De ser “casi inexistentes” según la legislación hispana anterior a la Constitución española de 1812, pasaron a ser, de alguna manera, “gente”. Esto tuvo que impactar el cotarro social de entonces, porque muchos mestizos se abrieron paso socialmente haciendo carrera pegados al aparato del naciente estado moderno español constitucional - y luego peruano -, básicamente el aparato militar. Y la milicia colonial entre 1812 y 1820 fue la cantera de los oficiales que terminarían combatiendo contra los realistas durante largas campañas y librando batallas en Macacona, Torata, Moquegua, Zepita, Junín, Ayacucho y los Castillos del Callao. Y así deben haberlo sentido de algún modo los defensores de esta Patria repentinamente naciente, la que justamente por ser defendida con uñas y dientes la sentían como propia, como su niña bonita, como su propiedad. Una Tradición de Ricardo Palma muestra a un montonero capturado por los realistas, a quien un oficial español le espeta. Y a ti, ¿qué te ha dado la patria, pobre diablo?, y la retadora respuesta del montonero: La patria me ha dado este sable para defenderla, y para cortar pescuezos de godos.

De alguna manera el caudillismo de los primeros años de la república resultó ser una especie de “igualador social”, pero solamente para algunos mestizos y contados mulatos. La cualidad del “ser peruano”, el ser reconocido como integrante verdadero de esta patria recia y guerrera, hubo que ganársela en los campos de batalla contra los realistas, y en este aspecto el resto de los “peruanos” fuimos extraordinariamente laxos y ambiguos. Las grandes batallas de nuestra independencia fueron libradas por peruanos, pero la mayoría de ellos estaban en las filas de los realistas en calidad de carne de cañón. Y como hemos dicho, los oficiales peruanos de la Independencia, entre ellos el veterano de Ayacucho Ramón Castilla, se formaron en el ejército realista, y luego se enrolaron con los patriotas. Tras la Independencia, y como consecuencia de su cualidad de guerreros en la defensa de la Patria, había cierto desprecio de los militares por los civiles quejosos y acomodaticios, y parte de este desprecio se expresaba en la forma de una suerte de patriotismo montonero, en el que el gobierno y el poder político, a veces muy limitado, estaban a merced del más sanguinario o astuto arrastrador de sable.

Vale la pena mencionar que no fueron solamente mestizos los que se comprometieron con este novedoso Perú republicano. Miembros de otros grupos sociales hicieron suya la idea y el sentimiento, y se ganaron su espacio, uno de los muy pocos espacios de inclusión social que existía por entonces, pero que se abría precisamente porque los habitantes de este territorio habían dejado de ser súbditos de la Corona española para convertirse en ciudadanos de la libre República del Perú. Tal vez haya aquí uno de los lugares donde haya que buscar esa promesa de la vida peruana, y esa idea primigenia de los primeros hombres de la República, de la que habla Basadre.

Ramón Castilla, el hombre

Nacido en Tarapacá, en el medio del Desierto más seco del mundo, seguramente su carácter no fue nada contemplativo, sino más bien de acción directa, y de una sola pieza. Rudo en sus maneras, poco cortés, en el sentido medio hipócrita que a veces se le da a esta palabra, su trato era muy familiar, y empleaba el tú para referirse a la mayoría de las personas con las que conversaba. Tenaz en sus propósitos, astuto y calculador, y de intuición que compensaba su pobre educación, sus cualidades y rasgos lo podrían colocar, como quiere Basadre, en la categoría social de plebeyo.

A pesar de las muchas acusaciones de enriquecimiento ilícito que le obsequiaron sus contendores políticos, Castilla murió pobre. Claramente, no robó, aunque a veces se le pasó el gasto. Claro que tampoco armaba mafias para tirarse la plata. Ello, unido a otros datos sobre su persona, demostraría que, como el Virrey Toledo, era razonablemente inmune a la codicia, otra vez por la razón de que quien nada desea, nada apetece. Pero al revés del Virrey, contenido y sobrio, Castilla era fanático de las féminas, la cacería de patos y el juego del rocambor. Disfrutó todo lo que la vida le dio, pero no más. Y ello porque, un tanto como era el espíritu de su época, vivió con una tremenda intensidad y audacia. Resulta difícil hacer un recuento de todas las ocasiones de su vida en las que Don Ramón demostró esa intensidad, pero que podía ser impulsivo, podía. En especial si le tocaban el Perú. Porque el rasgo quizá más notable de su persona era un viril patriotismo. Siendo presidente del Congreso con posterioridad a su Presidencia, y con los buques españoles ocupando las Islas Chincha, al borde mismo de la Guerra con España, escucha asombrado desde su curul al Presidente Pezet pretendiendo negociar con los chapetones que le quieren ocupar la Patria. Y reacciona agresivamente contra el Presidente que en su idea está traicionando a la Patria, se sale violentamente de su curul, se lanza contra el Presidente de la República y ante el asombro de la representación nacional, lo echa por tierra a puñetazo limpio.

Y así como era agresivo, audaz y arrojado, tenía la característica del buen humor. Porque las ocurrencias de Castilla se hicieron proverbiales, hasta el extremo de escribirse libros contándolas. Mostraba, en especial en su vejez, la ironía propia de aquellos que conocen del mundo y sus demonios, pero nunca llegó al sarcasmo sangriento. Estaba protegido por su juventud de espíritu, su indeclinable cariño por el Perú, y la creencia desmesurada en su propio destino.

Ramón Castilla y Marquesado, Presidente del Perú

De estos entornos e ideas provino Ramón Castilla, hombre, soldado y presidente del Perú. Sin embargo, la Historia le reconoce cualidades que de alguna manera no tuvieron otros. Como hombre, soldado y político, estaba empeñado en lograr algún tipo de orden en la República, y por ello fue siempre partidario de los gobiernos fuertes. Parte de esta fortaleza era la solidez legal y constitucional, y por ello tal vez a Ramón Castilla siempre lo encontraremos en la línea política más apegada a lo legal posible, siempre y cuando ello no pusiera en peligro la existencia de la problemática Patria de entonces. Por ello fue uno de los más duros adversarios y enterradores del experimento de la Confederación con Bolivia entre 1836 y 1839. Astuto y trejo, ejerció cargos de gobierno con Gamarra, entre ellos el de Ministro de Hacienda. Nada mal para un soldado de vocación que apenas sabía leer, escribir y contar. Sus escuelas fueron solamente el ejército y la vida. Y ello debería darnos qué pensar acerca de esa oligárquica visión de los “inteligentes” en el gobierno, entendiendo por inteligentes a los que tienen cartón de San Marcos, claro. Un cartón no te hace buen Ministro o buen Presidente necesariamente.

La obra de Castilla como Jefe de Estado es ingente y bastante conocida. Pero siempre vale la pena señalarla. Porque si queremos ver la obra duradera de Ramón Castilla no podemos sino mirar alrededor de nosotros. La de coyuntura no es deleznable: Hacienda saneada, dinero en la caja fiscal, presupuestos ordenados, finanzas correctamente manejadas, orden constitucional, burocracia funcionando, ejército y marina de verdad, barcos a vapor, ferrocarriles, exploración de la selva, Libre Navegación en el Amazonas, defensa del continente frente a la agresión neocolonial, defensa acérrima e inclaudicable de la soberanía nacional, unidad de los americanos, apoyo a México contra la intervención francesa, alumbrado a gas, contacto con el mundo. Y ni siquiera he mencionado 25,000 esclavos y sus descendientes libres para siempre. Ni la supresión del indigno Tributo de los indios.

Su mayor preocupación como Presidente consistió básicamente en hacer plata, pero a diferencia de otros, para el Estado. Es decir, dedicó ingentes esfuerzos a arbitrar los medios necesarios para poder hacer cosas de importancia. De hecho es posible rastrear las investigaciones acerca del guano a su período como Ministro de Hacienda. Todo parece indicar que fue uno de los primeros en echarle el ojo al excremento de las aves guaneras como medio para poder construir un Estado. Y el hecho con seguridad debe de haberlo hecho sonreír. Pragmático él, usar la porquería de los guanayes en el país del Oro de los Incas, debió parecerle una broma del destino. Como buen hijo del Desierto, tendió siempre a seguir siempre la línea de menor resistencia, y no le temblaba la mano cuando en esa ruta había que hacer lo necesario, pero arbitrando siempre los medios legales y constitucionales para hacerlo. No siendo miembro de ningún partido, usaba a todos los que pudieran serle útiles a la República. Convocó a sus adversarios a hacer gobierno con él, siempre y cuando reconocieran quien era el Jefe. Se rodeó de las mejores cabezas del país. Pero su pragmatismo tenía límites concretos en los parámetros legales a los que ajustaba su acción. No se salía de la legalidad, pero dentro de ella se desenrollaba cuanto podía. Construyó el estado con lo que tenía a la mano, y nunca se quejó de que no fuera perfecto. Pareciera que su lema era “Lo Mejor es enemigo de lo Bueno”.

Porque si algo hay que decir de Ramón Castilla es que fue él el que construyó el Estado peruano. Gobernó durante dos periodos, de 1845 a 1851 y de 1856 a 1862. Doce años. Y su legado puede circunscribirse a una sola frase: Fortaleció el Estado, es decir la estructura básica de la gobernabilidad y de la convivencia humanas. Sin saberlo, era un estadista en el verdadero sentido del término. De hecho casi toda la estructura histórica de nuestro Ejecutivo y Legislativo, así como las relaciones entre ellos que permiten el Buen Gobierno, salió de su cabeza, conforme a la experiencia que iba acumulando en el día a día del gobierno efectivo. Nuestra República actual y su organización es, en todo lo básico, hechura de Castilla, modificada, mejorada – o empeorada – por los sucesivos gobiernos que le siguieron, hasta el día de hoy. Las Constituciones pasan, pero la estructura básica se quedó ahí, repetida todas las veces. Podríamos decir con cierta injusticia, parafraseando a Martí hablando de Bolívar, que en cuanto a la organización del Estado del Perú, lo que Castilla no dejó hecho, aún está por hacerse, o por lo menos por completarse.

La muerte de Ramón Castilla es el resumen de una vida dedicada al Perú. Castilla a los 69 años, levantado contra el gobierno que considera traidor a la Patria, muere en medio del Desierto, con las botas puestas, y murmurando en su delirio la palabra “Patria”.

Ahora hagamos algo con esta Información. Ramón Castilla presenta diversos caracteres, entre ellos la HONRADEZ, la AUDACIA, la TENACIDAD, la ASTUCIA, la SOBRIEDAD, la INTENSIDAD DE VIDA. Busca si esos caracteres están presentes en nuestros candidatos y anótale a cada uno un número 1 si lo tiene, y un 0 si no lo tiene El puntaje máximo es 6. El que más tenga más se parecerá a Ramón Castilla, el mejor Presidente que ha tenido el Perú.

Candidatos en orden
Alfabético

Luis Castañeda
Keiko Fujimori
Ollanta Humala
Pedro Pablo Kuczynski
Alejandro Toledo

Y gracias por la paciencia.