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martes, 27 de mayo de 2014

CRÓNICA DE LECTURAS 82 - LECTURAS PROHIBIDAS - I

Crónicas de Lecturas - 82
Lecturas Prohibidas - I

I

El Acto de Prohibir, para Dummies (Parte Uno)

Iba a titular esta Crónica “Libros Prohibidos”, pero pensando pensando me tropecé con que lo que le interesa prohibir a quienes poseen el poder de prohibir no es el libro, que suena feísimo en un mundo orientado a la democracia liberal o cuando menos donde mucha gente se cree el cuentazo. Lo que interesa prohibir o cuando menos dificultar es el acto de leer. El genial Bradbury comentando su Fahrenheit 451 decía con donaire que no se necesita quemar bibliotecas, sino despoblarlas. Parece que viene a cuento describir algunos de tales modus operandi para prohibir la lectura en tiempo real, porque el pasado no está tan muerto como usualmente se cree. Una decena y pico de años atrás, por ejemplo, se publicaba en el Perú el Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (in extenso, acá: http://www.cverdad.org.pe/ifinal/), y dada la inexistencia de relatos del tiempo de la Lucha contra el Terrorismo la fuente parecía inatacable. Pero se visibilizó clarito el interés por invisibilizar una buena mitad de ese período: el de la violación masiva y descarada de los Derechos Humanos. Los que trataban de esconder el sol con un dedo no nos daban nada a cambio, pretendían ni más ni menos que no leamos ni averigüemos ni aprendamos, y de preferencia que tampoco pensemos. Toda la alternativa que presentaron era creerles a ellos y a su versión limitada, desaprensiva, atrabiliaria, parcial y sesgada. En varias polémicas que sostuve en espacios virtuales – relativamente fáciles de encontrar por poco que se busquen – respetables oficiales en retiro de ciertos Institutos Armados demostraban seguir estacionados mental y emocionalmente en la Guerra Fría, y decían con todas sus letras que el Informe podía ser elaborado y almacenado en Archivos y Bibliotecas para su consulta por los futuros historiadores del siglo XXX, suponemos, pero que era inadmisible que fuera leído libremente por la gente. Tal censura disimulada está de moda cuando un texto le pisa los callos al poder.

En 1440 se produjo la diabólica invención de la Imprenta de Tipos Móviles por el conocido radical y subversivo comunista Johann Gutenberg. La Iglesia y el Estado, desde premisas diferentes, estaban bien advertidos de los riesgos que envuelve que la gente lea y, Dios no lo permita, piense con libertad. Es común asociar Libre Examen con Imprenta, pero las primeras normas para regular la Imprenta y proteger los grandes capitales vinculados a la empresa en Italia y Europa son muy anteriores a Martín Lutero. El Imprimátur al que me he referido en otras Crónicas fue establecido por Inocencio VIII (Papa de raras habilidad y astucia, nada “Inocencio”, por cierto) en 1487, y duró casi medio milenio. Entretanto, las primeras normas de la República de Venecia de 1469 salvaguardaban los intereses comerciales de los impresores. Se evidencia así desde temprano la unidad de intereses entre el poder económico y el poder político en los medios de comunicación, que se potencia hacia 1540 gracias a la aparición de un enemigo común: La Reforma y su indeseable Libre Examen. Como es obvio, hay dos maneras de lograr que la gente no lea, una es no imprimiendo libros y la otra prohibir leerlos. Pero como la Imprenta es un negocio y los intereses comerciales terminan por imponerse, el paso de la prohibición de leer a la de imprimir se vio como signo de civilización, y de bárbaro se tildó al que reprimiera el ejercicio de la lectura. El malhadado Humanismo fue el culpable de esta vuelta de tuerca, que dio alas a los pensadores y utilizó artera e insidiosamente la Imprenta para difundir su material atentatorio contra la autoridad divina y humana, atreviéndose incluso a aspirar a la peligrosa utopía de la societas litteratorum, apoyada en los libros y en la libertad de ejercer el llamado ars scribendi artificialiter.

II

El Acto de Prohibir, para Dummies (Parte Dos)

A principios del siglo XV la situación estaba inclinada a favor de los scribendi. Quemar prójimos como Jan Huss o Giordano Bruno estaba muy mal visto y la naciente opinión pública no lo consideraba cristiano. Parecía momento de hablar, y de hablar alto: Martín Lutero clava sus 95 Tesis en la puerta de la Iglesia de Wittenberg en 1517 porque sabe que se las van a leer y sabe que tendrán impacto, y desde entonces ya no habrá vuelta atrás. Pese a excomuniones, represiones y prohibiciones, la Iglesia Católica no consiguió detener la progresión de las ideas de Lutero y otros reformadores, igual como no puede detener hoy a fuerza de represiones que sus fieles usen anticonceptivos o practiquen el aborto, y de entonces acá continúa en retirada. La unidad del cristianismo se hizo trizas cuando por vez primera en Occidente el Pueblo hizo saber que no cumpliría otra ley que la que ellos mismos aceptaran. La Lectura había derrotado a la Autoridad: En 1519 el editor y librero Giovanni Froben informaba a Lutero que sus escritos aparecían en toda Europa como los hongos después de la lluvia y que incluso ilustres caballeros italianos “devotos de las musas” compraban ediciones populares y las repartían por miles gratuitamente en las ciudades: No lo hacen por hacer dinero sino para ofrecer apoyo al renacimiento de la piedad cristiana. La Iglesia no toleró esto por mucho tiempo, y acusó a los editores de materialismo y corrupción (Algunas estrategias no cambian aunque pasen los siglos). Pero como suele ocurrir el mal había contaminado a los de adentro también: católicos sinceros conformaban una resistencia interna, creando tendencias espirituales de retorno a las enseñanzas del Cristo de los evangelios, y rechazaban la opulencia y el decaimiento moral en los prelados. En 1515 el papa León X establecía la censura previa para Occidente, según lo acordado en el V Concilio Lateranense, que prohibió imprimir libros sin autorización episcopal. La orden se aplicó ipso facto con la ruptura de la cristiandad por la Reforma. En 1523 Carlos V prohíbe difundir la obra luterana en España y Alemania, y en 1524 Clemente VII extenderá la prohibición al resto del mundo. Pero en el annus horribilis de 1527 la soldadesca germana de lansquenetes protestantes de Carlos V saqueó Roma, lo que se interpretó urbi et orbi como castigo de Dios sobre la impiedad de la Iglesia Católica. El trauma trajo un efecto aún visible en la estructura eclesial: Reforma hacia adentro, Contrarreforma hacia afuera.

En 1538 el Papa Pablo III (Alejandro Farnesio) delineaba los primeros rasgos de una Reforma interna en profundidad, y esa Reforma ya incluía en su primera fase ese enojoso asunto del control de los Libros. Dos posiciones entraron en conflicto durante el decisivo Concilio de Trento (1542 – 1564): Los “renacentistas”, con el Papa Farnesio, apoyaban los esfuerzos conciliadores y unificadores del Emperador Carlos V, y esto significaba dar pasos concretos hacia la tolerancia y la convivencia, y quien sabe así podría ser posible la reunificación de la Iglesia de Cristo. Por el otro lado, los “contrarreformistas”, con el Papa Caraffa (Pablo IV), uno de los autores del primer intento de censura, representaban la posición dura del no compromiso y no aceptación de nada que viniera del protestantismo, con los que se asociaba los libros y la lectura, incluso en su variable humanista católica. En el Concilio las posiciones terminaron por unirse en la formulación de estándares morales conservadores que proporcionarían la base para la censura y prohibición de lecturas. La Iglesia sólo era autoridad en los Estados Pontificios, y necesitó organizarse para ejercer el control moral que permitiera censurar la lectura. Así se fundó en 1542 la Congregación para el Santo Oficio de la Inquisición (o deberíamos decir refundó, había habido antes otra), y en 1572 la Sagrada Congregación para el Index Librorum Prohibitorum. Pareciera que tenemos que encontrar la motivación de todo esto en el miedo a que las bases de la autoridad se desvanecieran, el miedo a la desorganización del mundo, el miedo a perder el poder.

III

La Prohibición por las Iglesias

Retrocedamos un poco en busca de tendencias generales: El Concilio de Nicea, en 325 d.C. no se limitó a establecer el Credo de la Fe Cristiana, también inició la seguidilla de condenas, prohibiciones y quemazones de escritos considerados paganos, herejes y/o cismáticos. La prohibición se extendía a los discípulos y seguidores del condenado en cuestión, tal vez la más famosa sea la condena a Arrio en la misma Nicea, pues el arrianismo casi desplazó a la doctrina ortodoxa, y para desplazarla a ella los prelados recurrieron a la manu militari del emperador Constantino. La lista de herejías y escritos relacionados a lo largo de los siglos es tan grande que me libero de la obligación de mencionarlas una por una, quizá le dedique en su momento alguna otra Crónica. Que baste con señalar que las Biblias en las que basaban sus ideas más sus escritos propios eran sacados de la circulación para evitar que sus pestíferas ideas influyeran sobre la masa de los creyentes: Tal era el objetivo final, relativamente sencillo de alcanzar pues nunca había demasiados ejemplares de dichas obras, que debían ser copiadas a mano, y cuya posesión era casi indicio seguro de pecado. Por ello la quemazón de libros era más bien simbólica, a veces junto a la quemazón de los cuerpos vivos de sus autores, ya mencionamos a Bruno y Huss. Este simbolismo lo heredarían algunos sucesores en la historia, como el Partido Nazi de Alemania, también entusiasta en esto de quemar libros para sentar posiciones. En todo caso, la imprenta lo cambiaba todo, ya no se podía pretender que una quemazón de libros eliminara el problema; y más aún, matar al autor podía convertirlo en mártir. Por ello el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, dentro de la vigilancia general a que sometía a los fieles, observaba con suma atención qué decían o escribían, lo que indicaba con bastante seguridad qué pensaban y sobre todo qué leían. En Los Anales de la Inquisición en Lima (1863), de Ricardo Palma, se describe con sabor criollo y librepensador el cómo la Inquisición vigilaba a la sociedad del Virreinato del Perú, encuéntrala aquí: https://archive.org/details/analesdelainqui00palmgoog. La novela histórica La Gesta del Marrano (1991) de Marcos Aguinis mira el asunto desde la perspectiva mucho más dramática del heroico perseguido Francisco Maldonado da Silva, bájala desde aquí:  http://inabima.gob.do/descargas/biblioteca/Autores%20Extranjeros/A/Aguinis,%20Marcos/Aguinis,%20Marcos%20-%20La%20gesta%20del%20marrano.pdf

Las prohibiciones y controles “invisibles” fueron así más rastreras e insidiosas, “prevenían” el problema. Las restricciones aplicadas a la producción de libros implicaban vigilar las Imprentas. Y por cierto, cualquier parecido con circunstancias análogas actuales NO es coincidencia y tiene exactamente el mismo propósito. Ahora bien, vale la pena dejar claro que este asunto no puede achacarse a una sola iglesia con preferencia a las demás, ni yo ni nadie conocemos Iglesia tan tolerante que acepte las obras que la atacan, o atacan alguno de los dogmas en los que se sostienen. Y donde la censura resulta peor es donde se junta el Estado con la Iglesia. Pruebas al canto hay miles, señalemos sólo algunas de las contemporáneas: Los Versos Satánicos de Salman Rushdie desataron una ola de histeria colectiva y prohibiciones en los países musulmanes al tocar el Corán. Leer Jinnah de Pakistán, de Stanley Volpert se prohíbe en dicho país desde 1982 pues el musulmán Mohamed Alí Jinnah, padre de dicha nación, disfrutaba su chicharroncito de chancho acompañado de algún vinito aloque, menú que para el Islam parece inadmisible. La relación del Islam jurídico con la mujer se critica en No sin mi hija de Betty Mahmoody, y fue prohibida en el Irán de los Ayatollahs desde 1990. No se crea que por acá en el Occidente cristiano o en América Latina estamos mejor, sólo la hacemos distinta: Tendemos no a la censura directa y escueta, sino a la vergonzante y medio escondida adoctrinación y manipulación de ciertos sectores sociales a través del control de la Educación, o al empleo del aparato del estado para la censura disimulada – o no tanto - de las lecturas consideradas peligrosas. Las Peregrinaciones de una Paria de Flora Tristán y las obras de Clorinda Matto de Turner fueron quemadas en plazas públicas y a sus autoras les hicieron cuadritos la vida, eso solamente por mencionar dos casos del Perú republicano. Durante decenios ser liberal, librepensador, anarquista, socialista, o a veces sencillamente humano, pasaba por denunciar y combatir la connivencia de la Iglesia con el estado para la censura, connivencia que en diversos aspectos aún subsiste, y que fue extremadamente marcada en el mundo hispano, en particular durante el régimen franquista en España.

Por cierto, y para los que crean que le pego demasiado a las Iglesias, espérense a la segunda parte de esta Crónica, donde le pego al Estado.

IV

El Índex

El Índex librorum prohibitorum, Índex Expurgatorius o Índice de libros prohibidos es la lista de publicaciones que la Iglesia Católica entendía como perniciosas para la fe, sea porque la atacaran, la ofendieran, la criticaran o la minaran actuando sobre la Moral de los fieles. Lo primero fue las normas y criterios para censurar libros, con el efecto buscado declarado de evitar que los tales textos y libros se leyeran, es decir que su contenido actuara sobre la conciencia de los fieles dificultando así su “salvación”. En la práctica el Índex servía para elaborar pruebas contra los autores o poseedores de libros perniciosos. Lo pernicioso no abarcaba únicamente el protestantismo en sus diversas variantes, sino también a la superstición, la magia, la alquimia, la necromancia y la astrología. Sin embargo, se observa en las listas de libros y autores censurados una cierta i-lógica, basada tanto en las necesidades políticas del momento como en los procesos en que una obra o autor llegaba a alcanzar el honor de ser prohibida. Alguna vez esperamos hallar una historia de estos procesos que arroje luz sobre el tema. El Índex constaba de tres listas que agrupaban: Uno - Todas las obras y escritos de un autor prohibido. Dos - Libros específicos de un autor prohibido. Tres - Escritos específicos de un autor incierto, como el caso del Lazarillo de Tormes, cuyo autor parece prefirió prudentemente pasar desapercibido. Con estas tres listas se abarcaba un Universo de prohibiciones cuya progresiva acumulación ponía a los intelectuales y fieles en general frente a un dilema insoluble: Para ser un buen católico debías renunciar a ciertos saberes. Me permito opinar que nunca estuvo tan amenazada la libertad de los hijos de Dios por la propia Iglesia.   

Entre 1564 y 1571 las listas fueron elaboradas -  a petición del Papa y los Obispos - por las Universidades, lo que verdaderamente escandaliza, pues las dichas Universidades no solamente no se negaron sino que fueron incluso entusiastas en demostrar su adscripción a la fe. Y precisamente por lo complejo de la situación es que el papa Pío V crea una Congregación al efecto, la que operó entre 1564 y 1966, en que fue suprimida por el Papa Paulo VI. En sus cuatro siglos de existencia emitió cuarenta ediciones del Índex, la última en 1948. Para los curiosos, acá la edición de 1612, donde consta la prohibición de toda la obra del sumamente peligroso Desiderio Erasmo de Rotterdam, en el Índex desde 1500, que amenaza con poner en riesgo la salvación de los lectores del Elogio de la Locura: http://www.uco.es/humcor/behisp/informacion/documentacion/indice_censorio_expurgatorio.pdf. En la primera versión del Index Librorum Prohibitorum se prohibía toda versión de la Biblia escrita o autorizada por Martín Lutero, así como las que se parecieran a ellas o estuvieran escritas en lengua vernácula, con detalle incluso de la lista de los tipógrafos o impresores vetados por reproducirla. Puede que el caso que describa mejor el modus operandi de la Censura sea el de Galileo Galilei, a quién convocó el Santo Oficio en 1633 para conversar amigablemente sobre su Diálogo sobre los principales sistemas del mundo. La obra había pasado la censura, pero tuvo demasiado éxito al ser interpretada como heliocentrista y a favor de Copérnico. Galileo parece pensaba que pasaría la censura por su superior inteligencia y prestigio, y ser protegido del Papa Urbano VIII. Pero la Censura carece de escrúpulos tanto como de sentido del humor, e igual lo llevó a juicio. Finalmente el anciano Galileo decidió no complicarse, pasó por el aro y pronunció la famosa abjuración, tras la que no pudo evitar murmurar el mítico Eppur si muove (y sin embargo se mueve). Si será verdad eso.

Que en el transcurso de los siglos el asunto no debió ser muy cuidadoso se nota por las inconsistencias, puede que por la diversidad de políticas aplicadas o los distintos contextos históricos. Hay autores cuya no-presencia en el Índex extraña, como Arthur SchopenhauerKarl Marx o Friedrich Nietzsche, amplísimamente conocidos por su ateísmo o su hostilidad hacia la Iglesia Católica. Están, sin embargo, aparte del mencionado Erasmo, Nicolás Copérnico, François Rabelais, Michel de Montaigne, Giordano Bruno, René Descartes, Blas Pascal, Thomas Hobbes, Samuel Richardson, Francis Bacon, David Hume, Denise Diderot, Jean Jacques Rousseau, Heinrich Heine, George Sand, Honoré de Balzac, Émile Zolá, Anatole France, Alejandro Dumas, Edward Gibbon, Henri Bergson, Leopold von Ranke, Auguste Comte, Claude Henri de Saint Simon, Emilio Castelar, Gabrielle D´Annunzio, John Stuart Mill, Víctor Hugo, Maurice Maeterlinck, Gustave Flaubert, Emanuel Kant, André Gide, Pierre Larousse, Jean Paul Sartre, y un sumamente largo etcétera. La elección que el católico tendría que hacer entre la salvación de su alma y el saber del siglo podría de alguna manera considerarse cuestión de conciencia, si bien jalando muchísimo la pita, pues parecería que lo que no estaba explícitamente permitido estaba totalmente prohibido. Pero la sociedad hispanoamericana estaba tan dominada por la Censura Católica que el precio pagado por no leer ni imprimir a estos autores fue el retraso, el fracaso y/o la aceptación de la estupidez como elemento de la salvación personal. Y yo no sabo qué opinará el Buen Dios al respecto.    

V

Colofón


En este colofón deseo rendir homenaje a Sobre el infinito Universo y los mundos, libro que fue quemado junto con su autor: Giordano Bruno. El crimen cometido fue decir que el Sol era una estrella, que hay en el Universo un infinito número de mundos habitados por seres inteligentes. La emoción del descubrimiento llevó a Bruno a proponer una forma de panteísmo. Estoy seguro que el Buen Dios no va a castigar una visión portentosa y emocionada de la inmensidad del Universo con las llamas. Hasta otro día y otra Crónica.   

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martes, 4 de junio de 2013

CRÓNICAS DE LECTURAS 38: CLÁSICOS (2)

CRÓNICAS DE LECTURAS - 38
Clásicos (II)

I
Los Clásicos y la delicia de la relectura

Conforme pasan los años encuentro que me provoca leer y releer libros clásicos que por angas o por mangas no he podido leer, o que he leído pero me he olvidado y es como si no los hubiera leído. Me gustaría saber por qué lo hago, pero más interesante me parece dilucidar los criterios para determinar cuáles libros y lecturas se emprenderán o reemprenderán. Como todo el mundo que lee tengo mi lista de libros qué leer, soy consciente que hay mucho de obligatorio y de interesante que no he leído, y hay algunos libros de los que probablemente jamás tendré noticia y que me moriré sin haber leído. Horribles límites de la condición humana, aunque si tratamos de salvarlas hay ciertas cosas que de cajón uno siente que debe leer por razones profesionales y laborales, incluyendo las que de todos modos uno debe enterarse para hacer su trabajo más o menos coherente: En esta categoría entran todas las actualizaciones, artículos nuevos y libros editados recientemente en los temas en los que uno está vinculado e interesado por laburo. Y de eso no te libras ni a cañones. Por el otro lado, la lectura que podríamos llamar de cultura general y/o entretenimiento – he explicado en alguna otra parte lo idiota de separar la Cultura del Entretenimiento - presenta muchas obras y autores de las que tengo referencias, y que sé de algún modo que quiero leer, aunque no con la misma urgencia, necesidad, obsesión o ansiedad que los anteriores. Y son esas lecturas las que por angas o por mangas no puedo emprender por diversas razones, de las que la principal por lo general es la falta de disponibilidad de los libros por su elevado costo, aunque esto pueda relativizarse. Cuando se tienen gastos, gastar en libros no se puede, del mismo modo que cuando no te puedes tomar una chela pues no te la tomas, o no vas a ver los conciertos de tu vida porque no se puede, y ya. Y eso lo entenderá cualquier persona que conozca las viscisitudes de la vida, que los que no las conocen creen por tener zapatos que el suelo es de cuero.

Entre algunos autores que se me ocurren ahorita, y que no he abordado aún, están Paul Auster, Ayn Rand y Stieg Larsson, los que no he leído y por los que siento curiosidad. De otros he leído alguna que otra cosa, pero no me conquistan, a pesar de lo que me cuentan algunos amigos. Por otra parte, hay relecturas obligadas: Releí a la velocidad de la luz El Hobbit, de J.R.R. Tolkien, dado que no quería ver la película sin antes haberme refrescado esta lectura y poder hacer las comparaciones correspondientes. Por otra parte es interesante cada cierto tiempo releer Clásicos. Se me ha hecho costumbre cada cierto número de años releer la Odisea de Homero; La Divina Comedia de Dante Alighieri; el Fausto de Goethe; e igualmente El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes, algunos de estos los he mencionado junto con el Poema del Cid en otra Crónica, incluyendo algunas buenas razones personales para releerlos. Pero ¿a qué libros llamamos Clásicos? La antigüedad tiene que ver, indudablemente. Pero Herodoto y Homero son clásicos, tanto como Rabelais, Shakespeare, Milton y Víctor Hugo, pero entre unos y otros hay hasta milenios de diferencia. Me da la impresión que lo que está en el pasado se ve como la Historia en general, es decir como una pantalla tridimensional donde se ubican ciertos acontecimientos siguiendo criterios objetivos (su antigüedad real) y subjetivos (su importancia para uno). Así  puede resultar que uno sienta “más cerca” la Odisea que Ivanhoe, por ejemplo, aunque la primera es más “vieja”. Y debido a esa subjetividad parece natural que uno se plantee su propio concepto e idea de lo que es Clásico. Y así yo diría que es un Clásico toda aquella obra que nos dice algo importante y permanente sobre los valores humanos, empleando a su vez una forma y estilo de superior calidad. Y por ello debo confiar tanto en mi propio criterio como en el de filólogos, editores y literatos; amén de los especialistas en diversos temas, porque hay Clásicos de la Pedagogía como el Emilio de Rousseau, o de la Historia, como Vidas Paralelas de Plutarco; o de la Historia Natural, como El Origen de las Especies de Charles Darwin, de la Sociología como Las Reglas del Método Sociológico de Emile Durkheim, de la Antropología como La Rama Dorada de James George Frazer o de la literatura gauchesca como Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. Parece que abundan los Clásicos, y aspirar a leerlos puede ser un programa de vida, aunque uno se pregunte por la finalidad de semejante programa. Yo entiendo que a uno le tiene que gustar la cosa para darse el esfuerzo. No basta para ser Clásico plantear valores fundamentales y/o trascendentales y ser estéticamente convincente; se debe pasar la prueba generacional: Superar la generación del escritor y continuar superando generación tras generación victoriosamente, sólo así estamos seguros de que tal obra es universal. Es un hecho que hay Clásicos que mueren; y es más, deben morir tal como las obras de Galileo o Copérnico; que ya envejecieron, pues lo importante en ellas se asimiló a toda la Cultura. Es decir, la Astronomía o la Física de estos autores se integró a textos más modernos que incorporan lo posterior. No pasa esto con la Literatura, sin embargo, o si pasa, es más lento, y el Decamerón, la Epopeya de Gilgamesh y Os Lusíadas pueden seguir leyéndose hoy en día, aunque en versiones actualizadas. Si la obra se sigue leyendo es porque los valores que representa mantienen validez y permanencia para determinados grupos humanos.

II
La Divina Comedia (Dante Alighieri)

Entiendo que considerar épica a la Divina Comedia es un abusivo empleo del concepto, pero que es Clásico, es Clásico. A más de la incomparable belleza de la forma – visible aún en las traducciones castellanas, en especial en verso -, se enfoca en el tema del Camino de la Vida, que es tema de  todo ser humano, y en el problema esencial de nuestro destino más allá de la muerte: la cuestión de nuestra salvación eterna. Aunque es obvio que no creemos, como Dante y los demás hombres y mujeres de la Edad Media, en la realidad física del cielo, el purgatorio y el infierno; podemos aceptarlos como alegoría, aunque eso a muchos no los tranquilice. Detengámonos un momento aquí, y abundemos un poco en esto: He ido a la Iglesia de Andahuaylillas un par de veces en mi vida, y la segunda vez me entregué a mí mismo el obsequio de observar detenidamente las pinturas que adornan las paredes de este monumento religioso colonial del Perú, tratando de sentir lo que sentían las gentes al ver las representaciones del cielo y el infierno combinadas con las representaciones alegóricas de los caminos ancho y estrecho (Ancho es el camino que lleva a la perdición, cito la Biblia de memoria). Dichos caminos alegóricos eran entendidos como alegoría por los que veían las pinturas hace 200 o 300 años, pero ellos mismos asumían reales los tormentos del Infierno y las delicias del Paraíso, igual que los primeros lectores de las “dantescas” descripciones de Dite y los tormentos de los diversos círculos del infierno de La Divina Comedia: Eran realidades en el mismo plano que la realidad que experimentamos al presente. Para tratar de hacer entender la pervivencia de estas imágenes e ideas, siempre hago el ejercicio de preguntar a mis alumnos y expectadores de mis conferencias (y me atrevo a preguntarte, lector): ¿Dónde está Dios? Y te apuesto doble contra sencillo que miraste arriba, tal como invariablemente todos me señalan. Igual pasa con el Diablo, y apuesto que mirarás hacia abajo. No es solamente una cuestión de la topografía del Mundo, sino una Filosofía sobre la realidad que le debía casi todas sus ideas a Aristóteles. Un libro que me ayudó sobremanera a entender muy bien esta manera de pensar, y las escisiones mentales producidas al respecto, fue Los Sonámbulos, de Arthur Koestler, cuya lectura por supuesto recomiendo.

El hecho es que, tomada a lo alegórico o a lo real o en combinación, La Divina Comedia sigue siendo un clásico estremecedor. Compuesta entre 1304 y 1321 más o menos, ya tiene siete siglos de permanencia. Se llama Comedia debido a los cánones tradicionales, pues Tragedia no podía ser, ya que termina con la salvación eterna del Dante. Vale la pena en este punto rendir homenaje al fallecido estudioso Leopoldo Chiappo, intelectual peruano profundo conocedor de esta obra, a quien tuve el gusto de escuchar sobre este tema y otros. Consta La Divina Comedia de tres grandes partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso, divididos en cien tercetos – las traducciones castellanas en verso los mantienen, pero por lo general varían la métrica acomodándola a la castellana – y cada una de estas grandes partes culminan en la palabra stella: estrellas, lo que nos habla del conocimiento que el Dante tenía del cielo, y cómo pensaba en cosmológico mientras componía su poema. También pensaba en numérico, influido por Pitágoras y sus conceptos metafísicos sobre los números: El número tres de la Trinidad está en las tres partes del poema, como en los tres personajes principales: El Dante, que perdido en el camino de la vida, es protegido por su amada Beatriz (La Fe) desde el Cielo, quien le encarga al poeta clásico romano Virgilio (La Razón) que guíe y proteja a Dante.  El número cabalístico Diez está presente en los cien cantos (33 en cada parte, más uno de introducción), y en los nueve círculos del infierno, diez con el anteinfierno. Es notable lo que un gran poeta puede hacer con tan poco material: Los personajes antiguos y modernos que pueblan el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso son representados vívidamente, y de acuerdo a la situación en la que están: Desesperación absoluta en el Infierno; sufrimiento esperanzado en el Purgatorio; alegorías sobre lo indecible en el paraíso. El último verso nos remite al Amor: L'amor che muove el sole e l'altre stelle (Amor, que mueve al Sol y a las Otras Estrellas).

La Divina Comedia en verso: http://www.perueduca.edu.pe/c/document_library/get_file?p_l_id=42501&folderId=97683&name=DLFE-4682.pdf; y en prosa: http://www.mxgo.net/e-booksfree180511/1arteyentretenimiento/divina_comedia.pdf

III
La Guerra y la Paz (León Tolstoi)

No sé si los rusos de principios del siglo XIX eran como los peruanos de principios del siglo XXI, a veces me parece que sí, a juzgar por la manera como esta sociedad se desenvolvía, tal como se lee en los autores rusos del Siglo XIX: Dostoiévsky, Krylov, Gorki, Pushkin, Gogol, Turgueniev, Bunin, Chéjov y otros más. Entre esta pléyade de excelentes escritores destaca León Tolstoi, que en los ránkings de La Mejor Novela Jamás Escrita tiene a su obra La Guerra y la Paz compitiendo con el Ulises, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Rojo y Negro o Los Miserables. Aunque tales ránkings me parecen un poco sonsos, nos dan ciertas pistas acerca de la consideración que una novela puede tener por parte de un cierto público o de unos editores en particular. Que León Tolstoi conocía bien la sociedad de la que hablaba se distingue en que aunque su novela tiene carácter histórico y narra con lujo de detalles la epopeya nacional rusa contra la invasión de la Grande Armée del invicto Emperador Napoleón, abunda en la descripción de situaciones y en personajes muy bien delineados. Las partes en las que divide el libro nos presentan a sus grandes personajes Pierre Besukhoff, los príncipes Volkonsky, Nicolai y Natalia Rostov, el general Kutuzov, y muchos otros precisamente en el Antes, el Durante y el Después de la Invasión Napoleónica, complaciéndose en mostrarnos su intimidad, sus pensamientos, sus sentimientos gastados por el paso del tiempo y las circunstancias, conforme aumentan en edad y experiencias. Es magistral la pintura del desgaste prematuro de los sentimientos de una Natalia Rostov que al final de la obra arroja al mundo en un suspiro su frase: Nunca pensé que se pudiera ser tan feliz. Y asimismo, el final, puesto en boca del jovencísimo Príncipe Nicolasito: Haré algo más grande que los hombres de Plutarco, y mi hazaña se popularizará, me amará el pueblo y todos hablarán con elogio de mí.

Nos resulta difícil de creer en la actualidad que esta super-novela fuera escrita por entregas, y publicada por puchitos en revistas. Así se acostumbraba en el Siglo XIX, y parece esto continuó en las seriales cinematográficas de principios del siglo XX, y de ahí a las series de televisión de hoy en día, que se dividen en episodios y temporadas del mismo modo que las obras literarias que publicaban las revistas se dividían en entregas y capítulos. Hoy en día un escritor tiene que escribir para la televisión si quiere ganarse la vida y ser regularmente conocido, parece que la novela por entregas era la forma de hacerse conocido entonces, particularmente importante para anglosajones y franceses, pero también para los rusos. Cosas del mercado, que no entiendes pero igual es caro. Si tu novela era interesante la gente le seguía el argumento y esperaba la continuación en el siguiente número de la revista, la que adquiría precisamente para poderla leer. Y por supuesto, así se entiende que se escribieran historias cortas, que tenían su inicio, nudo y desenlace en la misma entrega, como se entiende que se contaran historias largas, que seguían la línea gloriosa abierta desde Las Mil y Una Noches, donde el argumento principal incluye precisamente interrumpir la historia en el medio para dejar al Sultán intrigado por el final, y así impedirle que le diera por cortar cabezas. Un algo de esto tiene La Guerra y la Paz, aunque no en la forma, pues resulta difícil soltarla, es la típica novela que se puede tener en la propia recámara, como para leerse algunas páginas antes de dormir. Y ello también es por la importancia del tema: Una epopeya patriótica que movilizó a todo y a todos tiene que haber marcado a profundidad a sus participantes. Y ello explica por qué Tolstoi, siguiendo en esto posiblemente a Víctor Hugo, se detiene a pontificar durante algunas páginas como historiador o filósofo, aunque por lo menos a mí nunca me cae pesado y algunas de esas páginas están entre las mejores del libro. Por cierto, este carácter también es compartido por los modernos Alejo Carpentier, Milan Kundera y Umberto Eco, a los que se les da por interrumpir la narración y hacer disgresiones de diverso carácter.

Puedes hallar La Guerra y la Paz acá:
http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/T/Tolstoi,%20Leon%20-%20Guerra%20y%20Paz.pdf   

IV
Fausto (Johann Wolfgang von Goethe)

No hace mucho reemprendí la lectura del Fausto. Creo que es en esta obra que se plantea completa por primera vez la leyenda clásica alemana del ser humano que, insatisfecho y presa de la frustración, vende su alma al Diablo a cambio de una respuesta económica al aquí y ahora que le permita disfrutar la vida, motivo por el que casi siempre hay una cláusula que contiene el tema de la eterna juventud. Es que dejándonos de vainas, eso de que te ofrezcan una eternidad de goce y pachanga celestial a cambio de unas cuantas decenas de años de sufrimientos, frustraciones y complicaciones, en los que encima hay que portarse bien y estarse quietecito, suena en abstracto como un magnífico negocio en el largo plazo, pero no se siente igual cuando estás subido en la mula. En el muy presente corto plazo uno tiene que sobrevivir y mantener gente, y esas complicaciones del hoy pueden ser muy complicadas. A largo plazo todos estaremos muertos y así no vale. Por eso no carece de atractivo venderle el alma al Diablo (O a quien sea, la cosa es que haya quien te la compre), cosa que además, por poco que observemos, parece que todos están ansiosos por hacer, y si no lo hacen no es por falta de demanda sino porque el Diablo ya no aparece por esta parte del camino como lo solía hacer. Así que existe una cierta tendencia a ajustar todo de manera que podamos tener ambas cosas, como por cierto logra Fausto, dejando al pobre Mefistófeles con un palmo de narices. Resulta obvio que Goethe inspiró su Fausto en la Historia Bíblica de Job, aunque volteada, zurcida y retorcida; pues el Job de la Biblia es básicamente un pobre diablo al que Dios no se digna dar una respuesta, con lo que el tema del mal en el mundo queda en ahí veremos. En el medio de esta contradicción, sazonada con el tema de la sabiduría, el poder y la satisfacción de los placeres sensoriales, es que Goethe inserta esto de vender la propia alma al Diablo. En medio hay más temas y alusiones, entre las que destaca la del eterno femenino que nos salva, representada en la desventurada Margarita (Gretchen), víctima de ese par de sinvergüenzas, Fausto y Mefistófeles.

Entre las muchas obras que se han escrito y filmado con este tema, me vienen a la memoria un par de piezas literarias en las que la anécdota se repite, aunque de modo muy diferente. Es que, claro, en ambos casos está al servicio de diferentes objetivos literarios y responde a los muy diferentes estilos de los autores. El estadounidense Stephen Vincent Benét emplea la anécdota en El Diablo y Daniel Webster, relato corto de 1941, de épica folklórica destinada a elevar el patriotismo de guerra, y en que con su algo de ironía el héroe que vencerá al Diablo será el patriarca estadounidense Daniel Webster, personaje histórico presentado como caballero medieval (sus caballos se llaman Constitución y Constelación; y su Caña de Pescar, cuál Espada de Héroe, llámase Killal y las truchas no la pueden resistir y se arrojan ellas solas al zurrón de Daniel) que defenderá en juicio a Jabez Stone, hombre con simple mala suerte que aspira a cambiarla (Juro que esto es suficiente para hacer que un hombre quiera vender su alma al diablo. Y yo lo haría si me diera dos centavos), demostrando que el Contrato firmado entre Stone y el Diablo es írrito: si queremos brujas en este estado podemos criarlas nosotros mismos sin ayuda de extraños. Y yo añado: God Bless America. El tradicionista peruano Ricardo Palma toma el tema en su tradición Don Dimas de la Tijereta, narrando como un escribano limeño consigue engañar al demonio empleando un retruécano verbal que modifica el contrato mismo. Muy criollo, aunque no consigue más que una ventaja individual, muy distinta de la declaración de principios que Bénet llega a plantear y que tiene la marca de la grandeza. Claro, las comparaciones son odiosas, pero es que no es para nada lo mismo decir Esa prenda se llama almilla, y eso es lo que he vendido y a lo que estoy obligado (…) Repase usted, señor diabolín, los términos del contrato, y si tiene conciencia se dará por bien pagado; que decir: (Jabez Stone) un hombre común (que) iba a ser castigado para la eternidad. (…) Era triste ser hombre, pero también constituía un orgullo (…) Si, aún en el infierno, si un hombre era un hombre, se sabía. La idea del Fausto es mostrar una elección entre el Hoy y el Futuro, y mientras Bénet consigue convertirlo en una epopeya de la libertad del ser humano, nuestro Ricardo Palma apenas puede sacarle la lección de la viveza criolla, y una extraña protesta: ¡Para ceñirse a la ley y huir de lo que huele a arbitrariedad y despotismo, el demonio!  

El Fausto de Goethe se puede descargar desde acá:
http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Goethe-Fausto.pdf

V
Colofón

Tres Grandes Clásicos, Tres Grandes Temas: El camino de la vida; lo que cambia y lo que permanece; y la elección entre el sacrificio del Hoy y la felicidad del Mañana. Y hay más, mucho más: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Lee Clásicos. 


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sábado, 25 de febrero de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 4: PRIMERAS LECTURAS


CRÓNICAS DE LECTURAS - Cuatro

Mis primeras Lecturas

I
Lectura enciclopédica y por qué no hacerla

Ya conté cómo aprendí a leer, aburriendo hasta la muerte a mis pacientes lectores. No trato de ser prescriptivo, sin embargo. Me limito a presentar algunos recuerdos personales, recordar mi proceso puede reflejar lo que pasa o deja de pasar en las familias en este tema. Como sabemos, si no practicamos la lectura se nos olvida la habilidad de leer. No hace mucho volví a retomar la bicicleta. Es broma común decir que montar bicicleta es como el sexo, y que en realidad nunca se olvida uno cómo se hace, o cuando menos cómo era. Pero eso no es tan cierto, cuando menos en lo que concierne a la bicicleta. Mi anécdota sobre cómo aprendí a leer a los tres años, supuestamente presenta cierto interés, pero la cosa hubiera quedado ahí como gracia de parvulito recién llegado. Podría no haber seguido leyendo, y ahí quedaba la promesa, yo sería un analfabeto funcional más. Me habría perdido de mucho, pero no lo sabría y no me haría falta, no añadiría o quitaría un ápice a mi felicidad o desgracia. Pero la anécdota trajo cola. Entre aquellas cosas que a uno lo definen está la visión que la familia tiene de uno. Y los míos parece me veían como un lector superdotado, y así me trataron. Así, como en la iniciación heroica, marcaron mi destino. Mi padre, ni muy parecido ni muy diferente a todos los padres del universo, pensó probablemente que valía la pena gastar unos cobres en tener libros en casa, dado que el muchacho de miércoles se leía hasta las instrucciones para el uso del papel higiénico, así que mejoró la calidad de mis lecturas poniendo a mi alcance algunos libros, entre ellos las enciclopedias, muy de moda en esa época pre-cibernética. Y todo esto que voy a contar me ocurrió antes de cumplir diez años de edad.

Creo que la moda de las enciclopedias empezó unos siglos ha, con la Enciclopedia Británica y la de los franceses que precipitó la Revolución Francesa, que desde entonces produjo en las clases dominantes cierta incomodidad frente a la posibilidad que la indiada de cualquier color se eduque. En mi caso, parece que estaba bien aprestado, y como a todos los chicos me atraían las ilustraciones y figuritas. Desde el principio me gustaron las enciclopedias, porque tenían muchas fotos y figuras. Mucho después encontré que al lado de las fotos y figuras había letras, oraciones y párrafos. No recuerdo ni cómo ni cuándo empecé a decodificar, parece haber sido aplicación espontánea de lo que aprendía en el Nido. La curiosidad por las letritas vino asociada al vacilón de los dibujitos, y la creciente sensación de dominio del texto llegó a través de la lectura de los textos tal y como me llegaban. Nadie trató de adaptar nada, a lo más trataron de exponerme a la letra escrita. Parece que la Enciclopedia Barsa, muy popular entonces, estaba razonablemente bien redactada, sin dificultades especiales, y por ende la exposición a una correcta sintaxis y vocabulario produjo un dominio espontáneo de la lengua castellana. Hay asociados ciertos rudimentos de metacognición: La gracia de que las enciclopedias empiecen por la A, y sigan el alfabeto hasta la Z, me intrigaba y me sugería una totalidad cuya comprensión se me escapaba, pero que intuía. Te das cuenta que leerte todo no es posible, te enteras que existe eso de los “libros de consulta”, complementado con un Diccionario que conservo y uso, y además un Tomo de Referencias. En todo caso, era rico eso de encontrar lo que uno quisiera buscándolo con la letra de principio. El alfabeto se te transforma sin querer queriendo en una “Base de Datos” digital, concepto de moda varios decenios después. Traté también la aproximación analógica, es decir empezar por la primera página y terminar en la última, y menos mal fracasé antes de terminar la “A”. Me fascinaba eso de que en una Enciclopedia esté compendiado absolutamente TODO, no me gustó descubrir que todo el conocimiento no estaba en la enciclopedia de mi casa. Fue frustrante, y a la vez esclarecedor. Si eres una enciclopedia ambulante te vuelves un mocoso pedante y un provinciano intelectual, aparte del insoportable del barrio e inmarcesible portador de chapas (apodos). En aquellas épocas se apreciaba la memoria repetitiva, y, dígolo para mi vergüenza, la poseía magnífica. Como en estos tiempos de Wikipedia y enciclopedias on-line las impresas son tan útiles como los pies para un pez, esta aproximación “enciclopédica”, funcional entonces, posee poca validez hoy en día, y la desaconsejo absolutamente.  

II
Contra las “Adaptaciones” y sobre el plagio

Me encantaría acordarme de los datos bibliográficos de una vieja y maravillosa colección que me habita aún hoy. La he visto contadas veces en otras partes que no fueran mi casa, no parece haber estado muy difundida. Se llamaba Mi Libro Encantado, y presentaba un conjunto de narrativas y textos en unos ocho o nueve tomos ordenados por las diversas etapas de la niñez. El primer tomo estaba dedicado a las mamás y se centraba en los cuidados a los bebés, y lo paso por alto. Del Tomo 2 en adelante se planteaba presentar y fomentar diversos valores a través de textos de diversas procedencias y géneros - líricos, narrativos, épicos, en prosa y verso. La extensión de los textos estaba cuidadosamente planeada, eran extractos de obras de literatos y autores universales y argentinos, entrelazadas y puntuadas con versos, canciones y poemas. La dificultad sintáctica y la extensión de los textos estaban bien diseñadas, y todo procedía de autores originales. Los editores, con criterio digno de ser imitado, estructuraron los extractos en unidades muy cortas, que tomo a tomo aumentaban su extensión y su dificultad semántica y sintáctica, dentro de una franja interesante, pues no necesitabas leértelo todo para disfrutarlo, que ese era el objetivo. Se fiaban de la genialidad de Víctor Hugo, los Hermanos Grimm o Almafuerte, y no trataban de enmendarles la plana. He estado mirando las “adaptaciones” que hacen ciertas editoriales hoy en día y distingo la petulancia sin nombre que significa enmendarle la plana a Borges, Tolstoi o José Martí. Estos “adaptadores” destruyen la obra de arte tratando a los niños y jóvenes como conceptuales tacitas de porcelana que se romperán si se los somete, oh crueldad infinita, a los textos originales. No jorobes, hombre. No necesitas “adaptar” lo que ya está bien hecho. Lo que tienes que hacer es presentarlo. En esta enciclopedia las unidades de sentido tenían creciente extensión y dosificación, y del original. Se facilita así extraordinariamente la lectura “digital”, la búsqueda de los padres y de los propios niños de lo que realmente quieren leer, desde una oferta amplia y variada. Doy fe que poemas como Los Caballos de los Conquistadores de Chocano, u otros de García Lorca, Víctor Hugo o Juan Ramón Jiménez ni estaban adaptados ni lo necesitaban. Con la prosa era igual, y como la función hace al órgano, acostumbras a los mocosos a leer directamente el original, y ya no necesitas “adaptaciones”. La única manera en que se podría aceptar “adaptar”, es cuando “cuentas” oralmente el texto, es decir en el cambio de lo escrito en oral, que implica cambio de registro lingüístico. De otra manera “adaptar” se convierte en una muleta, útil solamente para enriquecer a ciertas editoriales, pues no le encuentro ninguna, pero ninguna utilidad remedial. Volviendo a Mi Libro Encantado, su tipografía era variada, si bien tradicional, lo que entonces había. Hoy se hacen cosas maravillosas con la tipografía, que no estaban entonces al alcance de las imprentas. Pero este “tradicionalismo” se compensaba con ventaja con magníficas imágenes. De hecho, cuando la evoco vienen a mi mente esas imágenes, en particular la de San Francisco de Asís hablando con el terrible lobo de Gubbia, que ilustraba el bello poema Los Motivos del Lobo, de Rubén Darío, el que estaba completamente extractado, originalísimo por supuesto. Repito de memoria: El varón que tiene / alma de querube, lengua celestial / el mínimo y dulce Francisco de Asís / está con un rudo y torvo animal...

Particularmente interesante me resultaron los tomos Héroes y Santos; El Mar y la Aventura; Grandes Hombres, grandes hazañas; En Alto la bandera y así en adelante. Si de formación en valores se trata, y si éstos pueden fomentarse en base a ejemplos, estos textos son exitosos. Encontrabas desde las leyendas o historias de San Cristóbal y San Francisco de Asís hasta las de los héroes de las guerras de Independencia de España e Hispanoamérica, de autores como Benito Pérez Galdós, Perú de Lacroix o Leopoldo Lugones. Hace muchos años que no tengo esta colección, pero su evocación es en extremo notable, y puedo citar de memoria muchos pasajes. Los textos sobre científicos y descubridores me familiarizaron con las epopeyas de los descubrimientos geográficos y la terca búsqueda de los hombres de ciencia. De entre los diversos relatos que me impresionaron, dos me quedaron en la mente hasta hoy con pelos y señales. Uno es la sabrosa historia de Johann Kepler y su mujer, sobre el problema de la Armonía del Universo, salvada gracias a la deliciosa ensalada preparada por la Señora Kepler. Esta historia caló hondo, e inspiró mi primer ataque a la literatura hasta el extremo del plagio, pero a los siete años el plagio es casi una virtud. Nadie se imaginaba que yo pudiera escribir “tan bonito”, pero yo sabía que era una copia y que “ellos” no conocían el texto plagiado. La otra lectura relata la Expedición de 1911 al Polo Sur de Scott y sus cinco compañeros, en la que dejaron la vida. Usaba como fuente las cartas de Scott halladas con su cadáver. Esta fracasada expedición - el noruego Amundsen les ganó por un mes -, y todas las sensaciones, emociones e ideas que despertaba el aparentemente inútil sacrificio de vidas humanas obligaba a la reflexión y valoración. Era historia real, así la asumí, y aún hoy me estremece.

III
Julio Verne y lo que es “adecuado”

Había más libros en casa para sus diferentes usuarios, es decir mi padre, yo y mi recién llegado hermano menor, que heredó todas mis lecturas con resultados diferentes, ni mejores ni peores. Entre los aciertos de mi Señor Padre estuvo la adquisición de las Obras Completas de Julio Verne, de la Editorial Plaza & Janés, las que me comí con zapatos, calcetines y demás prendas. Están frente a mí cuando escribo estas líneas, junto con un par de sesudos estudios sobre la obra del autor. Al revés de lo que piensa la mayoría de las personas, los niños no son estúpidos. Ni tampoco Verne es “autor menor” por escribir para niños y jóvenes. A veces el esquematismo psicológico de sus personajes es atroz. Pero más esquemático es Salgari, y era tan popular como Verne. La reflexión que me hago ahora tiene que ver con lo que es adecuado y lo que no lo es. El hecho que Verne esté tan adaptado en las pantallas cinematográficas y televisivas indica que sus temas son muy rendidores, en especial los de su serie Viajes Extraordinarios. De hecho hay versiones, variantes y recontravariantes, pues es de los guionistas su chamba. Incluso hay en cartelera en estos precisos días una versión de Viaje el Centro de la Tierra. Pero si uno conoce a Verne se percata que hay contenidos que “no son adecuados”. Y aquí un problema. Como la quisicosa esa que dice “Chompa.- prenda que las mamás le ponen a sus hijos cuando ellas tienen frío”, algunos padres permiten o censuran ciertos libros. No dudo de que los padres tienen la responsabilidad, y la responsabilidad sin autoridad no existe. Pero estimados papis y mamis, no tapemos el sol con un dedo. Los niños acceden a la televisión y a los juegos de video sin anestesia, y aún programas tan aparentemente innocuos como Angelina Ballerina o los Backyardigans poseen cargas que podríamos considerar “peligrosas” o “inadecuadas”, no digamos el asesinato organizado de ciertos juegos de video. Repito una vez más: Los niños no son estúpidos, saben mucho, mucho más de lo que creemos, y ni siquiera resulta conveniente tratar de “censurar”. Verne, como muchos otros autores, es un mundo tan completo en sí mismo que te arrebata y te entregas. Si eres niño, te convence y te la crees. Si tú, papi, no has leído lo que tu hijo lee, tu hijo se da cuenta y le pasan dos cosas: Por una parte atrapa autonomía intelectual personal, por otra empieza a percatarse que tú no lo sabes todo. Así que es hora que si no lo haces, empieces a leer lo que tu hijo lee, papi. Y cuando lo hagas, habla con él sobre lo que está leyendo. Labor de los papis es introducir a sus hijos al mundo, y eso se hace sobre base cotidiana. A la manera de Vygotski, es mejor si estás tú para guiar el texto. Si no, puede ocurrir que tu hijo crea – me pasó a mí – que el Nautilus llegó al Polo Sur por aguas libres, por ejemplo. O que la venganza – guía del Capitán Nemo – es un sentimiento positivo.        

Como pasa en toda la Literatura, los autores escriben inevitablemente desde su carga personal, y Verne tiene harta. Compartía el antisemitismo francés del Siglo XIX, patente en sus personajes judíos, pero a Shakespeare le pasaba lo mismo y no es menos genial. Julio Verne pretendía explícitamente influir en la juventud – se observa este hecho en los autores europeos de la época como Salgari, D´Amici, y otros clásicos como Grimm y Perrault. Por ello algunos personajes vernianos son de antología e inspiran sagas, variantes y continuaciones para Cine y Televisión. Los protagonistas vernianos ejecutan hazañas y epopeyas: El Capitán Nemo el más importante, de hecho. Pero también son esenciales a sus respectivas tramas el Ingeniero Ciro Smith; el correo del Zar Miguel Strogoff; el Capitán de Quince Años Dick Sand; los viajeros lunares Barbicane, Nicholls y Michel Ardan; Phileas Fogg y su fámulo Passepartout; el Capitán Hatteras; el Profesor Liddenbrock; los hijos del Capitán Grant; e incluso el indio peruano Martín Paz. Nadie más podía hacer lo que ellos hacían. Los matices ético-morales son esquemáticos, los buenos son buenos y los malos, malos desde el principio hasta el mismísimo final. Hay excepciones, como la de Ayrton en Los Hijos del Capitán Grant y La Isla Misteriosa, pero la principal es el Capitán Nemo, que Verne presenta misterioso y torturado en 20.000 Leguas de Viaje Submarino, para descubrirlo humano en La Isla Misteriosa. De seguro los estereotipos de los valores de la Ciencia, el Trabajo, la Libertad y la Independencia en los que Verne creía, son el motivo por los que se le ve como un Clásico para Niños y Jóvenes. Los héroes vernianos adultos luchan por conocer y domar la Naturaleza al servicio de la Humanidad. Dirigen así la Iniciación Heroica de los jóvenes héroes vernianos. En el fondo del mar en 20.000 leguas … hay los tesoros que el Capitán Nemo usa para financiar revoluciones, el refugio del guerrero desilusionado y la iniciación de Pierre Aronnax; el Polo Norte en Aventuras del Capitán Hatteras es imán del orgullo nacional británico; la expedición en Viaje al Centro de la Tierra es investigación geológica, iniciación heroica de Hans y resolución del acertijo de un alquimista; Fergusson y Kennedy en el África de Cinco Semanas en Globo son descubridores y civilizadores; llegar al espacio interior en De la Tierra a la Luna es el objetivo de los norteamericanos, y también equivalente moral de la guerra; en Los Hijos del Capitán Grant el aristócrata Glenarvan usa su fortuna para reunir a los huérfanos Grant con su padre, y a la vez es inicio heroico del joven Robert. A mi modo de ver con acierto, las versiones modernas corrigen los estereotipos de los personajes y las inocencias de la trama, dándole actualidad a las viejas historias, conservando lo esencial: la iniciación heroica. Claro que a veces se les pasa la mano, pero no creo a Verne le hubiera importado mucho. Me parece que ciertas adaptaciones a la pantalla – en especial las que no pretenden ser exactas – resultan muy adecuadas para presentar hoy la temática verniana.    

IV
Más libros, y las lecturas sin supervisión

Entre otros libros que leía en mi niñez, destacaban algunos como la Enciclopedia Cumbre de la Editorial Jackson, que aún conservo, que registraba en lenguaje sencillo y con profusión de fotografías, los hechos curiosos y las costumbres de una época ya en retirada, justo antes de que el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y el principio de la Globalización empezaran a homogenizarlo todo. Aprendí que la especie humana era heterogénea, y capté avant-la-lettre eso de la interculturalidad. Por cierto, desde mi escritorio puedo ver la Cumbre, que conservo por razones puramente sentimentales. Sus fotos en blanco y negro y color atestiguan la diversidad de la especie humana, que empecé a entender poblada de todas clases de gentes. Junto a Barsa y Mi Libro Encantado, estos libros influyeron mucho en mi visión del mundo. De esta etapa data también mi encuentro con un conjunto de deliciosos libritos, de Richmal Crompton, que después hallé completa en la Librería Studium del centro de Lima - hoy cerrada - referidos a un niño inglés de nombre Guillermo en los 1930, que narraba en clave humorística muy británica sus aventuras y choques con el mundo de los adultos. Recuerdo en particular Guillermo el Genial y Guillermo y los Mellizos. Así encontré el Humor Literario, aunque al principio mucho no la agarraba, pero para eso son las relecturas. Esta colección debe haber sido una de las que más he releído, precisamente por su Humor. También a esta época corresponde mi encuentro con la literatura nacional a través de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma, que también me atraparon por el Humor, en nuestro propio y nacional sentido. Aún hoy día trato de conservar de la mejor manera posible un par de docenas de Tomos de la vetusta Enciclopedia Espasa, editados hace más de cien años, que conservo por razones sentimentales, porque como consulta mucho no eran, y hoy menos aún son. Este intento español de producir una Enciclopedia análoga a la Británica dio por resultado una acumulación de datos sin parangón alguno en idioma español, sólo la Espasa puede de algún modo compararse a la web hoy en día. Sigo. Salgari, después de Verne, no me impresionó, la verdad. Sí lo hicieron, y mucho, Las Minas del Rey Salomón y La Isla del Tesoro, de Henry Rider Haggard y Robert Louis Stevenson, respectivamente. De entre las muchas versiones en cine, de mérito desigual, recuerdo la muy jocosa de La Isla… protagonizada por  Abbott y Costello. No olvidamos los cómics o chistes, pero eso será materia de otra Crónica. Y para culminar este párrafo, antes de cumplir los diez años mi tío Lucho me obsequió tres libritos de la Editorial San Marcos que me marcaron inmensamente pues me hicieron descubrir dos cosas extraordinarias: El Teatro y a William Shakespeare. Y qué obras: Hamlet, Macbeth, y El Mercader de Venecia.  Desde entonces Will y yo somos patas del alma, aunque la verdad a Hamlet no la capté mucho, más me gustaron las otras. Mucho le debo a mi tío Lucho, descansen en paz sus nada santos huesos, pues no solamente me metió a Shakespeare por los ojos, sino también me enseñó a jugar al Ajedrez y cada cierto tiempo me regalaba libros fuera del main-stream. Así, creo, me entró el bicho de lo contestatario. Suele pasar así.

Concedámosle espacio a las lecturas “no calculadas”, es decir a los libros y otros textos que  leí sin que estuvieran en modo alguno pensadas para mí, o por lo menos con algún tipo de supervisión adulta. De hecho en mi casa esa supervisión brillaba por su ausencia. Si mis viejos hubieran sabido lo que leía el mocoso, se les hubieran parado los pelos. Los mayores compraban para sí novelas de temática adulta, best-sellers, algunos bien escritos, y los ponían con los demás libros. Así que este pechito se los enchufaba a velocidad de Grand Prix. Así leí a Upton Sinclair y su serie sobre Lanny Budd, a Harold Robbins, de descarnada narrativa; a Janet Taylor Caldwell, autora muy vaporosa aunque interesante, e incluso libros de cruda temática sexual o cultural, que entraron en mi novel mente antes de cumplir los diez años, con efectos más o menos catastróficos. La verdad, muchas de estas lecturas no eran adecuadas. Pueden constituirse en factor de “sobre-adaptación”, y aunque proporcionan claves para la comprensión de los conflictos de los adultos que repercuten en los niños y jóvenes, no deberían abordarse sin supervisión parental cercana. Yo sé lo que me costó entender, como dice Marguerite Yourcenar, que la vida no está sólo en la palabra escrita, pues no cabe entera. Entre otras lecturas “por fuera” que un ávido jovencito lector abordaba estaban las revistas de tipo Vanidades, Buenhogar y Cosmopolitan, leídas por mi madre, tías y demás féminas de la familia. Las llevaba a mi dormitorio a escondidas, y las devolvía a su lugar con la debida rapidez, antes que se echaran en falta. Si me hubieran confrontado entonces con el hecho no lo hubiera confesado ni sometido a tortura con caballos salvajes, no parecía muy varonil eso de leer revistas femeninas, aunque en verdad eso no me preocupaba. Me llamaba oscuramente la atención ese otro lado de la especie humana, así que seguro trataba de enterarme así qué pensaban y sentían esas extrañas criaturas del Señor. Leí así a Corín Tellado, que la verdad no me impresionó nada. Ciertos artículos me llamaban la atención, otros me dejaban frío. Era lectura descartable, si no había nada más interesante a mano. Todo eso lo leía a espaldas de la familia, y tenía el sabor de lo prohibido. Fueron las primeras veces que leí sobre sexo como actos que las personas realizaban. Debo decir que estas lecturas sin guía me indujeron a muchas preguntas, pero también a grandes confusiones. Fue interesante, por supuesto, pero nada conveniente. Supongo que eso es discutible.

Colofón

Hasta aquí la Crónica. No estoy cumpliendo mucho con mi propia promesa de disparar una cada Sábado, pero es que la verdad no es tan fácil como creí en un principio. Pero si fuera fácil seguro no valdría mucho. Trato de mostrar un proceso, una pasión, incluso una obsesión, y trato de hacerlo de manera que pueda contribuir a fomentar la Lectura. Y es así que lo dejo así, y termino como siempre: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás, brother.

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viernes, 25 de marzo de 2011

ELECCIONES Y GOBERNANTES EN LA HISTORIA DEL PERU (Parte 3)



Inicio esta Tercera, y espero que última parte, recuperando las ideas fuerza mencionadas en las partes anteriores. Decíamos que las sociedades tienen características que, fijadas en tradiciones, determinan mucho de su quehacer político, entre lo que destaca la visión que tienen de la manera de gobernar que tienen los mandamases, que expresa lo que de algún modo esperamos de ellos. Vale decir, aquellos gobernantes que identificamos como importantes, se convierten históricamente en paradigmas del “deber ser”, del Buen Gobierno. Y dichos paradigmas nos pueden ayudar a entender qué esperamos de ellos, especialmente cuando estamos en el trance de elegir a alguno de ellos.

Esta tercera parte se la dedico al Señor Presidente de la República, Don Ramón Castilla y Marquesado. Gobernó estas tierras y sus habitantes varias veces, como Presidente Provisional y como Presidente Constitucional. Él es quizá el mejor paradigma de todos, en la medida que siendo perfectamente hijo de su época, supo mirar el futuro y dejar encaminada a la Nación.

Orígenes psicosociales de Ramón Castilla

El Maestro Jorge Basadre dice de Ramón Castilla que fue el epítome y resumen de todo lo que es auténticamente peruano. Por ello nos llama la atención que fuera hijo de bonaerense. Más o menos como Don Miguel Grau, hijo de colombiano, y Don Francisco Bolognesi, hijo de italiano. Según parece, y dado lo que era “ser peruano” entonces – harto distinto de hoy – parece que ser “español” o ser “indio” no era ser demasiado peruano allá por esos años de principios y mediados del Siglo XIX. Tal vez heredamos ello de la Conquista. Los que vinieron acá, los que “ganaron el Perú” combatiendo contra los guerreros del Tahuantinsuyo, y sus hijos, los “criollos”, dejaron una marca de la que aún no terminamos de desprendernos. Tal vez para ellos, o para algunos, el “ser peruano” era algo que más bien había de ganarse. Y si alguien se lo ganó, ese fue indudablemente Ramón Castilla.

Esto me da pie a varias hipótesis y una reflexión sobre la “peruanidad”. En nuestro país hoy por hoy resulta imposible hacer un acercamiento étnico a la “peruanidad”, por lo imposible que es diferenciar las estirpes. Desde una perspectiva puramente práctica, hoy en día no es posible separarnos, y cualquier concepción moderna de la “peruanidad” tiene que tomar en cuenta este hecho. Pero esto no era tan cierto a principios del Siglo XIX. Las líneas sociales trazadas por la sociedad estamentaria española en América que nos habían dejado y con las que había que convivir, estaban marcadas por las diferencias establecidas legal y socialmente desde la Piel y la Plata. Tras la Independencia, los grupos sociales estaban más o menos igual que durante el Virreinato: Los indios, explotados como siempre o incluso peor; los negros, esclavos; los blancos, terratenientes o comerciantes o comechados. Si hubo algún grupo que con la Independencia cambió radicalmente su situación, ese grupo fue el de los desubicados, los perdidos, los “fuera del sistema”, es decir los mestizos. De ser “casi inexistentes” según la legislación hispana anterior a la Constitución española de 1812, pasaron a ser, de alguna manera, “gente”. Esto tuvo que impactar el cotarro social de entonces, porque muchos mestizos se abrieron paso socialmente haciendo carrera pegados al aparato del naciente estado moderno español constitucional - y luego peruano -, básicamente el aparato militar. Y la milicia colonial entre 1812 y 1820 fue la cantera de los oficiales que terminarían combatiendo contra los realistas durante largas campañas y librando batallas en Macacona, Torata, Moquegua, Zepita, Junín, Ayacucho y los Castillos del Callao. Y así deben haberlo sentido de algún modo los defensores de esta Patria repentinamente naciente, la que justamente por ser defendida con uñas y dientes la sentían como propia, como su niña bonita, como su propiedad. Una Tradición de Ricardo Palma muestra a un montonero capturado por los realistas, a quien un oficial español le espeta. Y a ti, ¿qué te ha dado la patria, pobre diablo?, y la retadora respuesta del montonero: La patria me ha dado este sable para defenderla, y para cortar pescuezos de godos.

De alguna manera el caudillismo de los primeros años de la república resultó ser una especie de “igualador social”, pero solamente para algunos mestizos y contados mulatos. La cualidad del “ser peruano”, el ser reconocido como integrante verdadero de esta patria recia y guerrera, hubo que ganársela en los campos de batalla contra los realistas, y en este aspecto el resto de los “peruanos” fuimos extraordinariamente laxos y ambiguos. Las grandes batallas de nuestra independencia fueron libradas por peruanos, pero la mayoría de ellos estaban en las filas de los realistas en calidad de carne de cañón. Y como hemos dicho, los oficiales peruanos de la Independencia, entre ellos el veterano de Ayacucho Ramón Castilla, se formaron en el ejército realista, y luego se enrolaron con los patriotas. Tras la Independencia, y como consecuencia de su cualidad de guerreros en la defensa de la Patria, había cierto desprecio de los militares por los civiles quejosos y acomodaticios, y parte de este desprecio se expresaba en la forma de una suerte de patriotismo montonero, en el que el gobierno y el poder político, a veces muy limitado, estaban a merced del más sanguinario o astuto arrastrador de sable.

Vale la pena mencionar que no fueron solamente mestizos los que se comprometieron con este novedoso Perú republicano. Miembros de otros grupos sociales hicieron suya la idea y el sentimiento, y se ganaron su espacio, uno de los muy pocos espacios de inclusión social que existía por entonces, pero que se abría precisamente porque los habitantes de este territorio habían dejado de ser súbditos de la Corona española para convertirse en ciudadanos de la libre República del Perú. Tal vez haya aquí uno de los lugares donde haya que buscar esa promesa de la vida peruana, y esa idea primigenia de los primeros hombres de la República, de la que habla Basadre.

Ramón Castilla, el hombre

Nacido en Tarapacá, en el medio del Desierto más seco del mundo, seguramente su carácter no fue nada contemplativo, sino más bien de acción directa, y de una sola pieza. Rudo en sus maneras, poco cortés, en el sentido medio hipócrita que a veces se le da a esta palabra, su trato era muy familiar, y empleaba el tú para referirse a la mayoría de las personas con las que conversaba. Tenaz en sus propósitos, astuto y calculador, y de intuición que compensaba su pobre educación, sus cualidades y rasgos lo podrían colocar, como quiere Basadre, en la categoría social de plebeyo.

A pesar de las muchas acusaciones de enriquecimiento ilícito que le obsequiaron sus contendores políticos, Castilla murió pobre. Claramente, no robó, aunque a veces se le pasó el gasto. Claro que tampoco armaba mafias para tirarse la plata. Ello, unido a otros datos sobre su persona, demostraría que, como el Virrey Toledo, era razonablemente inmune a la codicia, otra vez por la razón de que quien nada desea, nada apetece. Pero al revés del Virrey, contenido y sobrio, Castilla era fanático de las féminas, la cacería de patos y el juego del rocambor. Disfrutó todo lo que la vida le dio, pero no más. Y ello porque, un tanto como era el espíritu de su época, vivió con una tremenda intensidad y audacia. Resulta difícil hacer un recuento de todas las ocasiones de su vida en las que Don Ramón demostró esa intensidad, pero que podía ser impulsivo, podía. En especial si le tocaban el Perú. Porque el rasgo quizá más notable de su persona era un viril patriotismo. Siendo presidente del Congreso con posterioridad a su Presidencia, y con los buques españoles ocupando las Islas Chincha, al borde mismo de la Guerra con España, escucha asombrado desde su curul al Presidente Pezet pretendiendo negociar con los chapetones que le quieren ocupar la Patria. Y reacciona agresivamente contra el Presidente que en su idea está traicionando a la Patria, se sale violentamente de su curul, se lanza contra el Presidente de la República y ante el asombro de la representación nacional, lo echa por tierra a puñetazo limpio.

Y así como era agresivo, audaz y arrojado, tenía la característica del buen humor. Porque las ocurrencias de Castilla se hicieron proverbiales, hasta el extremo de escribirse libros contándolas. Mostraba, en especial en su vejez, la ironía propia de aquellos que conocen del mundo y sus demonios, pero nunca llegó al sarcasmo sangriento. Estaba protegido por su juventud de espíritu, su indeclinable cariño por el Perú, y la creencia desmesurada en su propio destino.

Ramón Castilla y Marquesado, Presidente del Perú

De estos entornos e ideas provino Ramón Castilla, hombre, soldado y presidente del Perú. Sin embargo, la Historia le reconoce cualidades que de alguna manera no tuvieron otros. Como hombre, soldado y político, estaba empeñado en lograr algún tipo de orden en la República, y por ello fue siempre partidario de los gobiernos fuertes. Parte de esta fortaleza era la solidez legal y constitucional, y por ello tal vez a Ramón Castilla siempre lo encontraremos en la línea política más apegada a lo legal posible, siempre y cuando ello no pusiera en peligro la existencia de la problemática Patria de entonces. Por ello fue uno de los más duros adversarios y enterradores del experimento de la Confederación con Bolivia entre 1836 y 1839. Astuto y trejo, ejerció cargos de gobierno con Gamarra, entre ellos el de Ministro de Hacienda. Nada mal para un soldado de vocación que apenas sabía leer, escribir y contar. Sus escuelas fueron solamente el ejército y la vida. Y ello debería darnos qué pensar acerca de esa oligárquica visión de los “inteligentes” en el gobierno, entendiendo por inteligentes a los que tienen cartón de San Marcos, claro. Un cartón no te hace buen Ministro o buen Presidente necesariamente.

La obra de Castilla como Jefe de Estado es ingente y bastante conocida. Pero siempre vale la pena señalarla. Porque si queremos ver la obra duradera de Ramón Castilla no podemos sino mirar alrededor de nosotros. La de coyuntura no es deleznable: Hacienda saneada, dinero en la caja fiscal, presupuestos ordenados, finanzas correctamente manejadas, orden constitucional, burocracia funcionando, ejército y marina de verdad, barcos a vapor, ferrocarriles, exploración de la selva, Libre Navegación en el Amazonas, defensa del continente frente a la agresión neocolonial, defensa acérrima e inclaudicable de la soberanía nacional, unidad de los americanos, apoyo a México contra la intervención francesa, alumbrado a gas, contacto con el mundo. Y ni siquiera he mencionado 25,000 esclavos y sus descendientes libres para siempre. Ni la supresión del indigno Tributo de los indios.

Su mayor preocupación como Presidente consistió básicamente en hacer plata, pero a diferencia de otros, para el Estado. Es decir, dedicó ingentes esfuerzos a arbitrar los medios necesarios para poder hacer cosas de importancia. De hecho es posible rastrear las investigaciones acerca del guano a su período como Ministro de Hacienda. Todo parece indicar que fue uno de los primeros en echarle el ojo al excremento de las aves guaneras como medio para poder construir un Estado. Y el hecho con seguridad debe de haberlo hecho sonreír. Pragmático él, usar la porquería de los guanayes en el país del Oro de los Incas, debió parecerle una broma del destino. Como buen hijo del Desierto, tendió siempre a seguir siempre la línea de menor resistencia, y no le temblaba la mano cuando en esa ruta había que hacer lo necesario, pero arbitrando siempre los medios legales y constitucionales para hacerlo. No siendo miembro de ningún partido, usaba a todos los que pudieran serle útiles a la República. Convocó a sus adversarios a hacer gobierno con él, siempre y cuando reconocieran quien era el Jefe. Se rodeó de las mejores cabezas del país. Pero su pragmatismo tenía límites concretos en los parámetros legales a los que ajustaba su acción. No se salía de la legalidad, pero dentro de ella se desenrollaba cuanto podía. Construyó el estado con lo que tenía a la mano, y nunca se quejó de que no fuera perfecto. Pareciera que su lema era “Lo Mejor es enemigo de lo Bueno”.

Porque si algo hay que decir de Ramón Castilla es que fue él el que construyó el Estado peruano. Gobernó durante dos periodos, de 1845 a 1851 y de 1856 a 1862. Doce años. Y su legado puede circunscribirse a una sola frase: Fortaleció el Estado, es decir la estructura básica de la gobernabilidad y de la convivencia humanas. Sin saberlo, era un estadista en el verdadero sentido del término. De hecho casi toda la estructura histórica de nuestro Ejecutivo y Legislativo, así como las relaciones entre ellos que permiten el Buen Gobierno, salió de su cabeza, conforme a la experiencia que iba acumulando en el día a día del gobierno efectivo. Nuestra República actual y su organización es, en todo lo básico, hechura de Castilla, modificada, mejorada – o empeorada – por los sucesivos gobiernos que le siguieron, hasta el día de hoy. Las Constituciones pasan, pero la estructura básica se quedó ahí, repetida todas las veces. Podríamos decir con cierta injusticia, parafraseando a Martí hablando de Bolívar, que en cuanto a la organización del Estado del Perú, lo que Castilla no dejó hecho, aún está por hacerse, o por lo menos por completarse.

La muerte de Ramón Castilla es el resumen de una vida dedicada al Perú. Castilla a los 69 años, levantado contra el gobierno que considera traidor a la Patria, muere en medio del Desierto, con las botas puestas, y murmurando en su delirio la palabra “Patria”.

Ahora hagamos algo con esta Información. Ramón Castilla presenta diversos caracteres, entre ellos la HONRADEZ, la AUDACIA, la TENACIDAD, la ASTUCIA, la SOBRIEDAD, la INTENSIDAD DE VIDA. Busca si esos caracteres están presentes en nuestros candidatos y anótale a cada uno un número 1 si lo tiene, y un 0 si no lo tiene El puntaje máximo es 6. El que más tenga más se parecerá a Ramón Castilla, el mejor Presidente que ha tenido el Perú.

Candidatos en orden
Alfabético

Luis Castañeda
Keiko Fujimori
Ollanta Humala
Pedro Pablo Kuczynski
Alejandro Toledo

Y gracias por la paciencia.